domingo, 30 de septiembre de 2018

Email del 30 de septiembre 2018

Rene Magritte. The happy donor (1966)

Amiga (Nota: aunque te considero de esa manera, no creo que sirva para nada tener y mantener amigos):

La mayor parte de la gente utiliza el mismo amuleto... quiero decir... bueno, ya sabes, cuando las cosas no se parecen a lo que uno había previsto, se recurre a pensar en los viejos tiempos. Yo en ocasiones, también lo hago, pero no me sirve de gran cosa, pues los viejos tiempos no fueron tan buenos, o si lo fueron, han acabado totalmente distorsionados gracias al continuo paso de los días y de las noches, con lo que no resultan lo suficientemente fiables como para convertirlos en una referencia. Pensar sobre unos recuerdos adulterados se me antoja una acción tan inútil como llegar a la conclusión de que el futuro será una época increíble en la que no cometeremos errores (Nota: al hablar de periodos humanos no existe nada que pueda ser tildado de extraordinario).

No soy feliz porque no creo que exista ese estado de ánimo. Pero puedo estar equivocado, ya que la mayor parte de los habitantes del planeta están convencidos de que, no solo existe, sino que es el verdadero tesoro. Sin embargo, si das a elegir entre ambos cofres a cualquiera, me refiero entre el "tesoro felicidad" y el "tesoro dinero"... (Nota: no volver a utilizar ambos términos para provocar una reacción que pueda someter al lector-individuo a una catarsis emocional fraudulenta).

Vicente Corberá Sancho era un individuo del montón. Un día descubrió que no era feliz, pero ya era demasiado tarde pues acababa de cumplir 89 años. La primera idea que le pasó por la cabeza fue salir a la calle y hacer todas las gamberradas factibles en el mínimo tiempo posible, pero se confundió con ambos términos y ambas terminaciones en "ible" y cuando sus pies y las ruedas de su tacatá metálico tocaron el suelo de la avenida donde vivía, lo que hizo... ¡Sí!, fue algo aborrecible, inadmisible y muy muy muy discutible, pero por lo menos salió en la portada de todos los periódicos al día siguiente. ¿Qué hizo? ¿Qué hizo? (Nota: nunca se debe terminar un párrafo con una pregunta. Tampoco con dos preguntas o la misma duplicada).

Creo que este es el único email de todos los que te he enviado en los últimos ocho años que no puede ser catalogado. Me refiero a que no es ni serio ni humorístico. Seguramente es tan flojo o más que los anteriores, pero es diferente. Carece por completo de cadencia armónica y cada párrafo se asemeja a un pegote. ¿Y la historia de Vicente Corberá? Parece que la haya inventado un misacantano caquéctico, asténico y atafagado que padeciese de tenesmo rectal. Pero no me importa. ¡No me importa nada en esta vida!, excepto el continuo movimiento del aire, que carece por completo de forma. (Nota: en un principio iba a utilizar la frase "la blanca espuma de la cerveza" en lugar de "el continuo movimiento del aire". Al final me decidí por la segunda porque era la menos espantosa de las dos).

Greg (Nota: aunque cuatro párrafos después sigo sin ser feliz, noto que me quiero y sé que si fuera factible copularía conmigo mismo para ver qué sucede).

sábado, 29 de septiembre de 2018

Email del 29 de septiembre 2018

Marc Chagall. Having heard about the death of Jonathan, his closest friend, which had been killed in battle against the Philistines, David cries and sings a mournful song (1956)


Querida:

En 1917 el insigne Gregorio Peperomio publicó un anuncio en los principales rotativos del país informando a los lectores que pudieran estar interesados, que "sonfilan ir rumañofetur oz up ta dakasladaba". Pese a la complejidad del enunciado, el señor Peperomio recibió cerca de 17.000 respuestas, algunas de ellas totalmente coherentes. Cinco décadas después, para ser exactos, el 28 de septiembre de 1972, Gregorio Peperomio falleció mientras intentaba contar con las manos los años que tenía. A su funeral asistieron 17 personas y una paloma. Se cree que la paloma simplemente pasaba por allí, pero el resto de asistentes, es decir, los 17 restantes, lloraron la pérdida de Gregorio Peperomio como si se tratara de la de sus propios padres.

Gregorio Peperomio Frofró nació en Tralencia, que es como su bisabuela Rufina denominaba a Valencia. Rufina Frofró padecíó durante toda su vida un serio problema lingual que le impidió pronunciar las uves y sus descendientes adoptaron sus "palabros" con toda naturalidad. A la edad de 25 años, Gregorio se matriculó en la Facultad de basureros de Tralencia y al cabo de unos pocos años abrió su propio buffete de recogidas de basuras a domicilio con la ayuda monetaria de su madre, Adela Frofró Ñamñán. Los Ñamñán eran una estirpe de barrenderos cuyo linaje se remontaba 700 años atrás, cuando Federico Ñamñán I se desposó con su hermana Federica Ñamñán II y parieron dos criaturas: Federiquin Ñamñán III-a y Federiquina Ñamñán III-b.

Durante "La revuelta de los Ñamñan de 1635" que es como se denominó al primer cisma familiar que dividió en cuatro facciones a los Ñamñan, un tal Rigoberto Ñamñan Sinfrosfrisfrás, casado en segundas nupcias con Rosenda Calatatatatata Drundadrunda e hijo de Caciano Ñamñan Truscotrusco y Eleuteria Sinfrosfrisfrás Hamanananananananananan, se proclamó basurero principal de Tralencia. Cuando eso sucedió, Casildo Ñamñan, el líder de una de las facciones contrarias, la denominada "Facción émula empecinada" raptó al hijo de Rigoberto y lo desolló al amanecer del tercer día. Cuando su madre, Eleuteria Sinfrosfrisfrás, se enteró de lo ocurrido con su primogénito ordenó a sus sicarios favoritos que encontraran y cocinaran a fuego lento al nieto de Casildo, pero un terremoto de 9,5 de magnitud puso fin a las disputas durante dos siglos y medio.

Podría estar todo el día contándote anécdotas sobre la estirpe de los Frofró o los Ñamñan, pero lamentablemente he de ponerme a marchar triunfalmente de un lado a otro de mi pasillo mientras entono algunas canciones militares que me enseñaron en mi juventud. ¿Recuerdas la titulada Dos de Mayo?

"Dos de Mayo es primaveraaaaaaaa,
Todos se van a la guerraaaaaaa,
Unos ríen y otros lloraaaaaaan
y otros se mueren de penaaaaaaa."

En mi opinión la mejor de todas es esta, aunque desconozco cómo se titula:

"La muerte como es mujeeeeer
es bonita y traicioneraaaaa
por eso siempre estaréeeeee
acechante y a la esperaaaaaa."

Sin embargo la que más me emociona sigue siendo una que fue compuesta por un militar que se supone era miembro del ejército del Duque de Infantado:

"Aquí, en fin, la cortesíaaaaa,
el buen trato, la verdaaaaad, 
la firmeza, la lealtaaaaad, 
el honor, la bizarríaaaaa, 
el crédito, la opinióoooon,
la constancia, la pacienciaaaaa, 
la humildad y la obedienciaaaaa,
fama, honor y vida sooooon 
caudal de pobres soldadooooos;
que en buena o mala fortunaaaaa
la milicia no es más que unaaaaa 
religión de hombres honradooooos." 

Ahora sí, te dejo. Me espera sobre la silla de Ikea la réplica de trabuco que robé en el Marché aux puces de París durante mi Voyage d'amoureux. Un besazo.

Mambrú López Pérez

viernes, 28 de septiembre de 2018

Email del 28 de septiembre 2018

Wassily Kandinsky. Dreamy (1913) 

Querida:

Normalmente mis sueños están formados por bucles progresivos saturados de imágenes y símbolos arcanos e incoherentes. De todos esos sueños, hay uno que se repite desde la adolescencia. Lo llamo el sueño de la almorrana mecánica, aunque a veces la almorrana mecánica es sustituida por un dedo hiperrefléxico eléctrico. Intentaré resumirlo de la forma más sencilla posible...

Camino por una calle estrecha abarrotada de gente. De repente una almorrana mecánica de unos cuatro metros cuadrados baja desde el cielo gracias a un mecanismo imposible de comprender para nuestra naturaleza e intenta entrar dentro de mis pantalones por una de las perneras. Debido a su descomunal tamaño, la almorrana mecánica me desgarra el pantalón y durante unos segundos la gente puede ver parte de mis testículos, lo que les produce risa, jolgorio y farra, y a mí me sumerge -cuando me despierto- en una depresión que suele durar varias semanas.

El último psicólogo al que visité me dijo que no me preocupara, que mientras la almorrana mecánica no sintiera dolor no me atacaría, pero que sería más seguro para mis sueños futuros que llevara siempre conmigo un gran tubo de pomada rectal con acetato de hidrocortisona. Después me pidió que le abonase los 70 euros de la consulta y me deseó suerte, prosperidad y feliz año nuevo, aunque estábamos en julio.

Greg

jueves, 27 de septiembre de 2018

Email del 27 de septiembre 2018

Umberto Boccioni. Dynamism of the human body (1913)

Hola:

Llevo tres semanas trabajando en mi próximo libro que se titulará 389, la cifra de los minicuentos que conformarán el volumen. De momento ya llevo escritos 297, por lo que estoy en condiciones de asegurar que en otra semana y media más podré darlo por terminado. Todos los minicuentos tratan sobre una parte del cuerpo humano, tienen un máximo de tres párrafos y no pueden superar de ninguna manera los mil vocablos. Como suelo hacer normalmente, voy a transcribirte algunos. O mejor, la mitad de la extensión de cuatro de ellos escogidos al azar. Espero que una vez los hayas leído sigas queriendo ser mi amiga.


Cuento número 39: NARIZ

Las lucecitas que hasta entonces giraban a una velocidad increíble dejaron de rodar y de brillar. La culpa fue del superchute que le metieron directamente en una gran vena.
-Ahora ya no verás luces. Pronto te dormirás y te dejará de doler la cabeza.
Quien pronunciaba esas relajantes palabras era una doctora atractivamente madura que llevaba el pelo revuelto y a la que le brillaban los ojos como si estuvieran fabricados con purpurina.
-Doctora, ¿voy a morirme?
-Seguramente usted vivirá más que yo. Tranquilícese.
Y llevaba toda la razón, pues nada más pronunciar esa frase sufrió un ataque cardíaco y falleció desplomándose contra el suelo. El ruido que hizo su caída le recordó un efecto sonoro que había escuchado en numerosas ocasiones en films antiguos o de arte y ensayo. Mientras parte del personal retiraba el cuerpo de la fallecida con extremo cuidado, él se puso a meditar sobre macarrones con tomate y verduras sin Avecrem de Gallina Blanca, sobre macarrones gratinados, pero esta vez, con Avecrem de Gallina Blanca, y lo efímera que resulta la existencia. De repente, mientras trataba de distinguir una mancha en la lejanía, se le acercaron dos enfermeros charlando amigablemente.
-Esa doctora era una buena hembra.
-¡Me tenía completamente hechizado! ¡Una lástima!
-Me ha tocado a mí quitarle la bata. Al hacerlo se ha caído todo lo que llevaba en los bolsillos.
-¿Qué llevaba?
-¡Solo un palillo! ¡Un puto palillo!
-¿Un puto palillo?
-Sí. ¿Estás sordo? Un jodido palillo. Pero me ha venido bien, porque desde la hora del almuerzo me molestaba un diente, así que lo he usado y he sacado el trocito de calamar a la romana que me estaba jorobando.

Cuento número 76: HÍGADO

El hígado se le prolapsó por la narina derecha y eso le impedía respirar. No le importaba demasiado que se le prolapsara una víscera o cualquier órgano interno de vez en cuando, por supuesto, siempre que pudiera seguir llevando una vida plena. En el pasado había llevado una vida mermada y no le gustó absolutamente nada la experiencia. Mientras trataba de llegar a una conclusión pegó un alarido tan salvaje que un gorrión que estaba posado en una bajante cayó de cabeza y se estrelló contra el suelo del deslunado convirtiéndose en varios pedacitos de pájaro. De repente, se puso a reír como un histérico mientras bailaba agarrado a una figura invisible. Y no es para menos que su alegría acabara casi trastornándolo, pues lo que le salía por la nariz no era parte del hígado, sino un poco de mermelada de fresa light que con toda probabilidad se le había quedado adherida minutos antes, cuando se preparó y zampó cinco tostadas cubiertas hasta los bordes. Una vez pudo tranquilizar su euforia, lo primero que hizo fue buscar las gafas, que como siempre sucede estaban encima del piano, ponérselas y prometer frente a la foto de su anciana madre que nunca, pasara lo que pasara, se las volvería a quitar. Ni siquiera para dormir o sentirse más guapo.

Cuento número 147: PENE

Le gustaba andar desnudo por la casa. Como vivía solo no tenía que preocuparse de ser tildado de marrano o exhibicionista. Le encantaba notar su pene moviéndose de un lado a otro como si fuera el gran badajo de una campana de cobre, por esa razón cuando dejó de sentir regio el colgajo, intentó insuflarle algo de vida palpándoselo con las manos. Pero las manos no pudieron tocar nada porque no existía nada. Su premio colgante, el que certificaba que era uno de los mejores fornicadores del país, había desaparecido. En lugar de ponerse a gritar o salir disparado al hospital, decidió ponerse de rodillas y buscarlo por todos los rincones de la casa. Cuando llegó a un rincón que no parecía un rincón, sino un recodo o recoveco, se levantó, se dirigió al cajón de la cómoda y buscó el consolador que semanas antes se había dejado olvidado su amante. Como era un tipo con los nervios bien templados, decidió introducirse el dildo por la rendija que había dejado la verga antes de desprenderse. ¡Y obtuvo 14 orgasmos seguidos! Cuatro de ellos sensacionales, dos flojos, y el resto, simplemente aceptables.

Cuento número 294: PIE

Su mayor afán en la vida era poder lamerse los pies, pero estaba tan gordo que la única parte de sus piernas hasta donde podía llegar su rosada lengua eran las rodillas. Lo intentaba con ahínco todos los días, pero su barriga del tamaño de una reunión de sandías obscenas apretujadas se lo impedía. Cada vez que hablaba con sus amigos sobre su innata incapacidad, estos se reían mientras se despojaban de los calcetines y se ponían a chuparse con vehemencia las extremidades. En ocasiones uno lamía los pies de otro mientras un tercero chupaba los del primero, convirtiéndose todos en una especie de trenecito succionador avasallante. Cuando eso sucedía, él se iba corriendo con lágrimas en los ojos a su casa y allí, tumbado boca arriba sobre la alfombra planeaba su venganza. Una vez intentó planear la venganza boca abajo, pero lo único que consiguió fue soltar un pedete. Y una ventosidad no es una venganza, aunque en lugares cerrados puede llegar a convertirse en un infierno.

Acababa de diseñar mentalmente el asesinato de sus colegas cuando recibió la visita de un ángel del cielo.
-Soy Baladel, un ángel del Señor y vengo a decirte que aunque seas un jodido gordo, asqueroso y repugnante, eres una criatura de Dios.
-Gracias, pero yo no necesito un ángel...
-Soy Baladel, un ángel del Señor. De ahora en adelante adelgazarás medio gramo cada seis meses. Es el regalo que te hace nuestro Dios. ¿Estás contento?
-¿Medio gramo cada seis meses? Entonces tardaré 700 años en quedarme con 64 kilos...
-Soy Baladel, un ángel del Señor. No podemos asegurarte menos pérdida de grasa corporal, a menos que reces 34 padrenuestros, 28 avemarías, 57 glorias y...
-Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu...
-Soy Baladel, un ángel del Señor. ¡No hace falta que empieces ahora, so memo!
-Yo solo quiero poder chuparme los pinreles. Me importa poco cómo conseguirlo. Sería capaz de todo. ¡De todo!
-Soy Baladel, un ángel del Señor.
-¡Ya sé que eres Baladel, un ángel del Señor. Me lo has dicho cinco veces.
-Soy Baladel, un ángel del Señor. Ahora debo irme. Ya sabes cuan grande es la majestuosidad de Dios y lo cabreado que puede llegar a sentirse contigo si no te sometes a sus designios. Recuerda: eres un gordo seboso, pero por el módico precio de 34 padrenuestros, 28 avemarías, 57 salmos (números 21, 34, 51, 52) y 87 credos al día... dejarás de ser un gordo seboso y te convertirás en un gordito simpático.

Cuando Baladel, el ángel del Señor desapareció, las tinieblas cubrieron la habitación. Con la habitación totalmente cubierta, se escuchó una tos seca.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Email del 26 de septiembre 2018

Vladimir Tatlin. Meat (1947)

Hola:

Hace unas cuantas semanas la asociación cárnica del barrio que reúne a matarifes, destazadores, desolladores, carniceros, charcuteros, chacineros, consumidores carnívoros y un número indeterminado de asesinos psicópatas antropófagos, me pidió que creara un himno que los definiera y que fuera fácil de aprender para que pudieran cantarlo en todas las ocasiones en que se reunieran para debatir sus estatutos. Aunque acabé de componerlo hace varios días, fue ayer cuando se lo entregué al director de la congregación que pareció sentirse un poco disgustado, pues me lo arrojó a la cara antes de mandarme a la puta mierda. El cántico, más parecido a un epinicio que a una alabanza miríficamente zonza se titula El mondongo corrongo, pero mejor te copiaré el estribillo:

"El mondongo facilongo que presupongo (pongo, pongo, pongo),
no es bailongo ni se parece a los zorongos (rongos, rongos, rongos)
y si por algún motivo indefinido lo impongo (chu-chuaaaaa, chu-chuaaaaa),
obviamente es porque me sale de los cojonongos (yeah, yeah, yeah)."

Sí, ya sé que la letra está muy alejada de Dylan o Cohen y que el último verso es zafío, horrendo y produce vergüenza ajena, pero por un kilo de codillo y despieces porcinos que es lo que me querían pagar no iba a entregarles la Misa en si menor de Johann Sebastian Bach, ¿no crees?

Greg

P.D.
Acabo de provocar una erección brutal a un gato -que paseaba tranquilamente por la calle- por medio de la psicoquinesia. Bueno, no es que sea una noticia demasiado importante, pero quería hacerte partícipe de la extraordinaria intensidad emocional de mis actos.

martes, 25 de septiembre de 2018

Email del 25 de septiembre 2018

Don Van Vliet (Captain Beefheart). Shiny beast  (1975) 

Hey, vosotros:

Mi habitación es mi hura. Allí me revuelco como un mustélido. En ocasiones marco la entrada con orina, aunque últimamente no quiero gastar demasiado pis ya que saco una pasta vendiéndolo en frasquitos. La gente compra cualquier cosa y la micción de mamífero carnívoro está muy solicitada. Cuando alguien se acerca al linde que delimita mi territorio intento asustarlo emitiendo unos soniditos desagradables tipo "Grung, grung harr harr arhiorrrrr", pero si esta manera de advertir a los intrusos de que quiero estar solo no cumple su efecto puedo saltar sobre el infractor al mismo tiempo que le muerdo en cualquier zona de su anatomía que no esté cubierta. Recuerdo perfectamente que en cierta ocasión mientras dormía... ¡Espera! Si dormía, ¿cómo es que soy capaz de recordarlo? Si eso es posible, entonces ¡soy un superanimalia, chordata, mammalia, carnívora, caniformia, mustelinae! Y si soy superior al resto de mis congéneres, eso quiere decir que puedo rellenar más frasquitos de orina que ningún otro. ¡Me encantaría forrarme! Pero rellenar implica apuntar. Mi madre -una bonachona que jamás arrancó la carne de ninguna parte anatómica a un ser vivo capaz de desplazarse por medio de dos o cuatro patas- no se cansaba de repetirme una y otra vez "hijo, enfilar no es lo tuyo". ¡Pero necesito el dinero de los meados! Y la boca de los frasquitos es tan reducida. ¡Por qué tengo un falo tan enorme! ¡Oh, dios de las alimañas, todo me resulta tan complicado! ¡Eso ha estado bien! ¡Dios de las alimañas! Yo no soy una alimaña, soy un bicho, que es totalmente diferente. Las alimañas emiten sonidos desesperanzadores, sin embargo la música que sale de mi gaznate, como el "Grung, grung harr harr arhiorrrrr" que ya comenté antes, es armónicamente superior a los malditos "Murrr murrr jhionnnnnn" de esos asquerosos y molestos vecinos. Intentad deletrear mi aviso a los extraños. Intentadlo, por favor. G-R-U-N-G. ¡Grung! Repetidlo nuevamente. ¡Grung! Ahora vayamos a la segunda palabra, H-A-R-R. ¡Harr! sí, ¡H-A-R-R! ¿Escucháis la cadencia? ¡Harr! ¡Harr! ¡Perfecto, ahora vamos a por el último vocablo. El más difícil. A-R-H-I-O-R-R-R-R-R. ¡Arhiorrrrr! Debemos llevar mucho cuidado con las erres, pues si omitimos una o varias, el significado del término varía considerablemente. ¡Arhiorrrrr! ¡Arhiorrrrr! Vamos a intentar repetir la frase completa. "Grung, grung harr harr arhiorrrrr". ¡Maravilloso! Ahora vamos a repetirla en forma de letanía artificiosa. "Grung, grung harr harr arhiorrrrr"... "Grung, grung harr harr arhiorrrrr"... "Grung, grung harr harr arhiorrrrr"... "Grung, grung harr harr arhiorrrrr"... ¡Suficiente! Ahora quiero que una parte de vosotros cante el mantra mientras el resto hace coros y palmea. "Grung, grung harr harr arhiorrrrr"... "Ohhh, yeah"... "Grung, grung harr harr arhiorrrrr"... "Ohhh, yeah"...  "Grung, grung harr harr arhiorrrrr"... ¡Basta! Es suficiente! Me duele la cabeza. Además entonar para vosotros es como apuntar para mí. Dejémoslo estar. ¡Largaos! Necesito meditar sobre las fuerzas naturales que impulsan al líquido a resbalar sobre el vidrio. Ya os avisaré cuando tenga otro repentino ataque social. Hasta entonces, Grung, grung harr harr arhiorrrrr.

Hururr Fssssaih Moooorrr (anteriormente llamado Greg, "el afásico del distrito 46020")

P.D.
La diferencia entre, por poner un ejemplo, "Grung, grung harr harr arhiorrrrr" y "Grung, grung harr harr arhiorr" es estremecedora. Mientras la primera frase, la que sirve para legitimar mi auténtica soledad, significa "Mierda, mierda largaos largaos malditos hijos de la gran puta", la segunda, en una traducción libre vendría a equivaler a "Yo, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír. "

lunes, 24 de septiembre de 2018

Email del 24 de septiembre 2018

Govert Flinck. Angels announcing the birth of Christ to the shepherds (1639)

Amiga:

Eres vieja, pero todavía no lo suficiente como para ser incapaz de recordar un email que te envié hace tres años en el que te manifestaba que Dios ya no era mi pastor, sino mi proxeneta. ¿Lo recuerdas? Pues bien, ya no es ni siquiera eso, porque ayer en una trifulca de chulos terminó siendo apuñalado en 23 ocasiones, baleado 17 veces seguidas y golpeado en 74 partes del cuerpo y ahora se encuentra luchando entre la muerte y la resurrección. Desconozco qué va a ser de mi futuro sin alcahuete, pero supongo que a partir de ahora tendré que negociar el precio de cada día de mi jodida existencia con la ayuda de la app Fuck you deeply. Te cuento mis penas porque en Benimaclet ya nadie quiere escucharlas. Supongo que en lugar de contarte mis penas, preferirías que fuese yo el que escuchase las tuyas, pero ya sabes que me importa una mierda lo que pienses o cómo te encuentres.

Greg

P.D.
Mi pitonisa particular, la misma que adivinó que el día de mi pasado cumpleaños me picaría la espalda entre las siete de la mañana y las doce de la noche, dice que si introduzco un inclinómetro biaxial metálico en el cajón de la ropa interior durante 36 años seguidos, mi suerte cambiará para mejor a partir del primer día del trigesimoséptimo año, es decir, cuando tenga 92 tacos recién cumplidos.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Email del 23 de septiembre 2018

Paul Gauguin. Human misery (1889)

Querida:

He ojeado mi "Ahora". He visto arrugas y demasiado espacio negativo. Por supuesto, tomando este último término como un elemento retórico del lenguaje visual y fotográfico, no como un vocablo que exprese pesimismo o negación en mi existencia. ¡Aunque también existe pesimismo y negación en mi existencia! Sobre todo en lo que hago, lo que no hago, lo que quizá debería hacer si fuera menos juicioso o lo que jamás haría porque no me lo permitiría la gente a la que quiero y cuya compañía me produce sensaciones placenteras. El espacio negativo de una instantánea fotográfica es todo lo que rodea al motivo principal que hemos intentado resaltar y que se denomina espacio positivo. En ocasiones, el espacio negativo es más interesante o puede provocar emociones más profundas que el espacio positivo. Cuando eso sucede, es decir, cuando el sentido visual secundario somete a la especificidad protagonista, reduciéndola al papel de comparsa o ramera óptica, entonces es el momento de arrojar la Nikon del "Aquí" a la cabeza del sentido común, y de transformarse en una especie de paria sin causas, sin argumentos ni esquemas, y de sumergirse en lo más profundo del "No sé, pero tampoco me importa demasiado". Es entonces, cuando realmente comenzaremos a aprender para qué sirvió "Todo lo que fue..." o "Cualquier cosa que realmente te empujó a creer que yo..." o "Esa jodida máscara que me encanta, pero...".

Odio las mayúsculas. Si por mí fuera nunca las utilizaría. Ni siquiera para comenzar una frase. Todo resultaría extraño, pero estoy seguro de que podría acostumbrarme. Y todavía soy capaz de llegar más lejos expresándote el confuso e intermitente placer que siento cuando no hablo o escribo para humanos. Me gusta ladrar, me gusta muchísimo, pero actualmente no tengo un perro con el que comunicar mis inquietudes, que no son tan numerosas y magníficas como deberían ser. Los perros se mueren. Y las cicatrices que resultan de sus muertes son un peso demasiado enorme como para arrastrarlas eternamente. No quiero decir que no sienta nada cuando muere un pariente o un amigo íntimo porque mentiría, pero existen tantas maneras de sobrellevar las pérdidas... Tantas como pixeles conforman el espacio positivo.

Mi espejo refleja una imagen que según parece debo ser yo. ¡Caramba! O mejor, ¡recontracojones! Mis ojos recorren el espacio negativo y no ven más que pared y errores garrafales en la pintura. Es difícil creer que esa pared y esos errores puedan resultar más interesantes que mi reflejo, pero estoy seguro de que son más interesantes (e importantes) que cualquier reflejo de cualquier ser vivo que se mueva de una forma claramente bípeda. Supongo que por eso antes me gustaban los borrachos, hasta que descubrí que aunque imitasen perfectamente el andar cuadrúpedo y los ladridos, los maullidos, las ululaciones de ciertos animales, no eran más que sujetos pertenecientes a la raza dominante del planeta. ¿Raza dominante? ¡Hace tanto tiempo que dejé de tomarme en serio! ¡Y de tomarte en serio! ¡Y de tomarlos en serio!

¡Odio los pelos púbicos que se resisten a ser barridos!

G

sábado, 22 de septiembre de 2018

Email del 22 de septiembre 2018

Unknow french artist. A birth scene (1799)

Nadie pudo demostrar que yo fuera el que se comió el último huevo duro. Seguramente porque vivía solo. Pero el huevo duro había desaparecido de la nevera. Era un huevo duro blanco, de gallina castellana negra y su cáscara estaba perfectamente limpia, sin residuos fecales de la ponedora, pues el día anterior me había tirado 15 minutos limpiándolo a conciencia debajo del grifo. Por eso, cuando abrí la nevera y vi que no estaba en la huevera de la puerta, lo primero que pensé fue que un ladrón había entrado en mi casa y me había robado el huevo duro. Lo segundo que pensé fue lo mismo que el primer pensamiento, pero en inglés. Lo tercero que pensé fue lo mismo que el segundo pensamiento, pero en italiano. ¡Ventajas de ser políglota! Sin embargo la falta del huevo duro me sumió en una depresión que duro 23 años. De esos 23 años, casi la mitad me los pasé entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos y cuando al fin me dieron el alta y volví a pisar mi antigua casa no me lo podía creer. Lo primero que hice fue comprar víveres y meterlos en la nevera. Claro que antes tuve que enchufar la nevera. Y así, con la nevera enchufada y repleta de alimentos y alguna cerveza viví feliz y en armonía durante cuatro horas, porque la siguiente vez que la abrí vi que había desaparecido la col de Bruselas. En lugar de ponerme nervioso me contenté con pensar que quizá no había comprado col de Bruselas, así que volví a abrir la jodida nevera y faltaba el brick de leche semidesnatada. Y al cabo de un minuto volvía a abrir la nevera y no estaba el pack de seis yogures con trozos de frutas. ¡Cada vez que abría el refrigerador faltaba algo! El jueguecito de abrir y cerrar la nevera duró unos 15 minutos y al final ya no pude ni abrir la nevera porque había desparecido también. Y cuando salí gritando de la cocina me volví para comprobar que ya no existía. Me dirigí al váter y mientras trataba de encerrarme sentí cómo desaparecía el comedor, los tres dormitorios y el pasillo. Es curioso, sentía ganas de llorar pero empecé a reírme como un poseso y me bajé los pantalones y los calzoncillos y me senté en la taza. De repente los pantalones y los calzoncillos ya no existían. Tampoco el resto de la ropa. Pasó un minuto y todo el aseo desapareció, excepto la taza que era mi silla y yo.

Ya han pasado 12 años. Desde entonces sigo sentado desnudo sobre la taza del váter. Ignoro dónde estoy. Todo es negro, pero sé que pasa el tiempo porque cada 20 minutos una voz extremadamente bien modulada me lo indica. No necesito comer. No necesito orinar o defecar. No puedo ver lo que sucede en el otro lado porque no hay otro lado. Mi lado es único. Sé que me he convertido en inmortal. Quizá en deidad de segunda clase. Pero permanecer sentado en la taza cósmica me produce un poco de vergüenza cósmica. ¡Todo es cósmico! Incluso lo que no es cósmico. Como no tengo grandes cosas que hacer, a menudo pienso en el huevo duro de gallina castellana negra con el que comenzó todo. ¿Será un huevo duro de gallina castellana negra cósmico? ¿Podré verlo alguna vez flotando sobre mi cabeza? Mi cabeza es cósmica. ¡Zigoto bienaventurado! ¡Ya no tengo cabeza! ¡Tampoco tengo cuerpo! Pero puedo ver la taza bailando en el espacio! El espacio es cósmico. Mientras la letrina se aleja danzando empiezo a comprender que ese cagadero no es más que una representación exacta del verdadero Dios, ese que nos ha estado puteando durante milenios, y que todo lo demás, incluido el huevo duro de gallina castellana negra o cualquier ser o cosa que alguna vez existió, solo fueron pedazos de excrementos que por algún motivo se quedaron pegados alrededor de la bajante del inodoro. Los excrementos son cósmicos.

Zaratustra ya no caga en Benimaclet...

Greg

viernes, 21 de septiembre de 2018

Email del 21 de septiembre 2018

Autor desconocido. Príapo, Fresco del vestíbulo de la Casa de los Vettii, Pompeya (s. I d. C.)

Hola:

"Los carteles avisando de la desaparición llevaban una foto de su pene, pues no existía ninguna de su rostro que no tuviera un mínimo de 40 años y sí varias pornográficas que su mujer había hecho cierto día mientras retozaban. A partir del instante en que esa foto se hizo pública las llamadas telefónicas a la policía fueron incontables. De todas, el comisario Moreno eligió 3 como factibles e interesantes y desechó el resto. La primera era de una mujer llamada Kiti "la prorrogable", una prostituta que se jactaba de no olvidar una polla nunca (sic) y que la situó el mismo día de su desaparición en su propia boca. La segunda la hizo un tal Jeremías Chicote, escultor de profesión, el cual ubicó el órgano viril de Román encima de 45 cm cuadrados de terciopelo rojo solo dos horas antes de que fuera denunciada la desaparición. Cuando el comisario Moreno le preguntó qué diablos hacia esa picha encima del terciopelo, Jeremías explicó que llevaba varios días modelando el pene de Román en arcilla para fabricarse un pisapapeles grande. La tercera vino de otra mujer, la hermana de su esposa, que juró por sus hijos neonatos al comisario que esa foto del cartel era un fraude y no pertenecía a Román, sino al amante de su hermana, un tipo raro llamado Goyo L. al que todos llamaban Goyo M."

¿No te parece absolutamente sensacional el párrafo anterior? Pertenece a un cuento titulado El pene, que escribiré dentro de un par de años. Tómate ese extracto como un anticipo y disfrútalo. No todo el mundo puede presumir de haber leído unas cuantas líneas de una obra que no existe. De lo que más orgulloso me siento es del título, corto, directo y con cierto poder de persuasión, sobre todo para las mujeres heterosexuales y para ciertos camioneros apesadumbrados. Cuando escriba el cuento pienso sustituir el clásico vocablo "Fin" al final del texto, por un rasca de la ONCE que irá pegado a cuatro centímetros de distancia de la última palabra del texto, que también puedo adelantarte, será "aimosupurencia". Por supuesto todavía tengo que pactar con los directivos de la Organización Nacional de Ciegos Españoles y con el inventor del vocablo "aimosupurencia", un tal Remigio Paredes, pero no creo que ni unos ni otro me pongan demasiados impedimentos.

Greg

martes, 18 de septiembre de 2018

Email del 18 de septiembre 2018

Max Ernst. My absolute (1934)

Querida:

Entre los múltiples rasgos que caracterizan o incluso definen esa sensación tan desagradable denominada asco, existe uno que destaca sobre el resto, aunque en estos instantes no puedo recordar cuál es. Podría inventar algo y seguramente no levantaría demasiadas sospechas entre los eruditos que puedan leer este texto, pero prefiero demostrar mi extraordinaria humildad expresando la inquietante desazón que siento tras haberme convertido en un tipo viejo, cuya memoria en su totalidad ni siquiera puede ser comparada a algo tan inexistente como la Nada absoluta. Esta percepción, la de la Nada absoluta, es importante, porque de alguna manera define lo que han sido mis actos desde el preciso instante en que comprendí que todo lo que me rodeaba y me iba a rodear en el futuro, era absurdo y carecía de un mínimo de lógica. Me refiero, por supuesto, a la existencia.

Podría resultar un ejercicio realmente interesante comparar mi primer texto serio titulado El lobito azulmarrón, escrito a la tierna edad de cinco años, con las disgresiones antitodo que garrapateo, no sin cierta dificultad, en la actualidad. Pero supongo que a los que podrían hacerlo no les apetecerá intentarlo, pues están demasiado ocupados jugando a actores que interpretan a actores que interpretan a actores que interpretan como pueden a actores que en realidad atesoran los rasgos psicológicos absolutamente psicopáticos de sus propios progenitores, que en su día interpretaron a algo similar al rol de dioses, que en su día no fueron capaces de interpretar nada, porque los dioses solo escriben los guiones.

El error de esos actores fue creer que eran lo suficientemente competentes en escena como para poder trastocar el sentido de las obras sin que sus autores llegaran a darse cuenta. Los dioses a menudo dormitan rodeados de atrezzo con forma de nubes, luces amarillas iridiscentes y griales abarrotados de pestilencias ambrósicas. Mientras sueñan con algún estupendo tinte para ennegrecer sus aburridas y lacias barbas blancas, la representación que se sucede justo debajo de sus orondas barrigas está abocada al fracaso. Sé de lo que hablo porque yo fui un objeto de sus propiedades. Quizá una de esas barbas lacias con una gomita que permite ajustarlas en el rostro o puede que un anillo de cobre enmohecido en algún huesudo dedo omnipotente o una barriga falsa de plástico de talla indeterminada. Pero eso fue cuando todavía no había comprendido que pertenecer al género humano iba a pasarme factura.

Porque ser humano implica deyección. Recuerda que los dioses no defecan. Porque haber nacido de madre humana no exime de responsabilidades. Los dioses a menudo pueden ser sádicos, pero no más que un niño humano. Porque quizá pertenecer a la manada humana es no pertenecer a la manada animal. Los dioses sobre este tema tienen opiniones encontradas y prefieren toser o mirar a cualquier punto concreto del firmamento.

Pero resulta tan difícil expresar el dolor que siento por dentro. De la misma forma, me resulta tan difícil expresar el dolor que se desborda hacía afuera y cae como una rama. Y me resulta difícil no traspasar ese ilimitado número de trazos similares a líneas mal dibujadas y marcadamente confusas que delimitan el aquí y el "¿hasta cuándo?". Todo parece bailar ante mis ojos. Me pregunto qué es lo que haría si alguna vez dejo de ser algo parecido a yo.

G

lunes, 17 de septiembre de 2018

Email del 17 de septiembre 2018

Pablo Picasso. A muse (1935)

Queridísima amiga (no, no soy Carmen Sevilla):

"Caminaba por la calle comiendo chochos y follando alegremente... ¡Espera! aunque sé que eres una persona bastante ilustrada quizá sería necesario explicarte algo: un chocho es un altramuz y follar, entre otras cosas, significa hacer ruiditos con la boca. Pues eso, caminaba por la calle comiendo chochos y follando alegremente cuando de repente me encontré con Anunciarelorgasmo, el mote con el que conocemos en el barrio a Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio..."

... ¡Una puta mierda! Además de resultar machista, el humor es de barra de puti-club de barrio deprimido. ¡Debo comenzar de otra manera! ¿Pero de qué manera? Después de casi 1000 emails en cinco años ya no se me ocurre nada. Podría romperme una pierna y... ¿Pero qué coño digo? Si me rompo una pierna nadie va a saber que me he roto una pierna solo leyendo el texto, y además, aunque describa en la puta redacción cómo me he roto la jodida pierna, ¿a quién cojones le va a importar? Necesito una idea ahora mismo o... ¿O qué? ¿Ya vuelvo a amenazarme? ¿Voy a terminar, como hace unos años, enviándome a mí mismo a cuatro matones para que me apalicen? La solución debería ser más sencilla.

"Caminaba por la calle masticando la carne de una pata de cangrejo que me había regalado minutos antes mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio..." 

Debo tener una especie de fijación extrema con Marisa y con la carrera de Magisterio. Así no llegaré muy lejos. Por lo menos no más lejos de lo que se esperaría en un tipo con un cociente de inteligencia tan espectacular como el mío. Creo que debería sustituir el verbo caminar por otro. Quizá eso le infundiera más enjundia a la oración.

"Estaba sentado sobre el puf que me trajo de Marruecos mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio..." 

Lo volveré a intentar...

"Me encontraba sentado sobre el puf marroquí que alguien me había regalado hacía unos pocos años, cuando de repente sonó el timbre de la puerta. Me levanté de un brinco felino y miré por la ventana. Abajo estaba tan guapa como siempre mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio..." 

¡No logro entenderlo! Es como si una fuerza invisible se hubiera apoderado de mi cerebro y me obligara a citar una y otra vez a Marisa. ¿Y lo del timbre de la puerta? Es alucinante. ¡No conozco a nadie que tenga timbres en las ventanas! En serio, me encuentro preocupado. Desde que la musa se largó dando un portazo cuando quise obligarla a que trabajara más horas por menos sueldo, mi vida se ha convertido en una gaceta mal ilustrada. Si tuviera valor me haría espontáneo. Espontáneo en una corrida. En una corrida de toros. ¡Tengo una idea!

"El sexto morlaco de la tarde apareció como si fuera una montaña de pelos y músculos. En el ruedo le esperaba El Greg de Benimaclet dispuesto a enseñarle lo que significa el término "arte". En la grada los aplausos atronaban, aunque a veces, cuando el viento soplaba del lado oportuno, se escuchaba una voz femenina gritando "no al maltrato animal". Era, por supuesto, Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio..."

¡Lo he decidido! Voy a presentarme ahora mismo en casa de Marisa y a pedirle respetuosamente que se traslade a vivir a Kirkuk, en Irak. No puedo seguir de esta manera. O ella o yo sobramos en el barrio. Necesito escribir algo, lo que sea, sin que su nombre y su carrera se conviertan en protagonistas indiscutibles. ¡Pero si ni siquiera terminó Magisterio! ¡Y ahora pesa 147 kilos! ¡Y su último marido era galactosémico! Y...

El Greg de Benimaclet

domingo, 16 de septiembre de 2018

Email del 16 de septiembre 2018

Henri Matisse. Still life with books (1895)

Hola:

Los hijos de puta, mi relato en 1014 páginas sobre los mosquitos, ya está terminado. Si todo sale como tengo pensado, antes de que finalice la próxima primavera descansará en los anaqueles de las librerías del país y podrá ser disfrutado en toda su extensión. Los compradores de los primeros 100 ejemplares serán obsequiados con una figura -a tamaño natural en plata de ley 925- representando a un mosquito aplastado diseñada por el joyero invidente africano de renombre internacional, Akwetee Onwuatuegwu Ezekwesili. Ya he conminado por medio del soborno -y de un posible pogromo familiar si se niegan- a varios críticos ideológicamente contrarios para que escriban una reseña positiva, por lo que no me extrañaría que llegara a convertirse en una obra fundamental de la creación artística y de la literatura comarcal.

Puede que después de leer el título pienses, no sin razón, que este volumen puede ser una continuación del anterior, Las hijas de puta, el tratado que escribí sobre las moscas, pero no existe ninguna relación. Uno es una novela y el otro un ensayo. El primero fue escrito en tres meses y el segundo en tres meses y medio. Cuando trabajaba en Las hijas de puta sufrí una crisis asmática y durante la redacción de Los hijos de puta fui ingresado de urgencia en un McDonalds. Las diferencias son tantas y tan abismales que solo un badulaque sería capaz de no distinguirlas. Aunque estoy pensando seriamente en un futuro próximo libro al que podría titular Los hijos de puta y las hijas de puta, que versaría sobre algunos de mis mejores amigos y sus familiares más cercanos, pero todavía no lo tengo realmente decidido.

Acabo de acercar mi rostro a uno de los lados del acuario y un pez me ha mirado directamente a los ojos. En su mirada he podido ver claramente la retina, el cristalino y la pupila, pero también una especie de furia controlada y mis calzoncillos reflejados en el vidrio.

Greg

P.D
Mi churrería castañería favorita, regentada por el churrero castañero y detective aficionado García Pérez (si leíste mi email del 15 de febrero sabrás a quién me refiero) ha cerrado sus puertas. En su lugar han abierto una leotardería. Ignoro dónde podré comprar castañas y churros a partir de ahora, pero por lo menos no tendré que desplazarme al centro para adquirir leotardos, mallas o leggings. ¡El barrio está cambiando! ¡Hace más de dos años que no apuñalan a nadie! Siento que nada es como me gustaría que fuese, aunque a veces, intentando que algo sea diferente a como es, pienso que estoy haciendo las cosas equivocadamente. Todo debe ser como es. Si nada es como es, entonces, nada es lo que parece. Si nada es lo que parece, yo no soy escritor y el churrero castañero y detective aficionado García Pérez no es churrero castañero y detective aficionado. Entonces, ¿a quién he estado comprándole los churros y las castañas en los últimos 35 años? Pero, ¿si yo no soy escritor? ¿Qué es lo que soy? Desde luego una profesión cuyo vocablo termine en "or". Quizá estuprador o macroensamblador.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Email del 15 de septiembre 2018

Thomas Eakins. Gears (1860)

Amiguita:

A menudo medito sobre las ventajas e inconvenientes de los engranajes. Hay gente que piensa en la familia, en su trabajo, en las enfermedades o en el dinero. Yo pienso en engranajes. Y cuando voy muy borracho, en endranajes, que no tengo la más remota idea de lo que serán y para qué diantres pueden ser usados. La mayor parte del tiempo que dedico a pensar en engranajes es tiempo que no dedico a pensar en mujeres denudas. ¡Sí, denudas! ¡Sin ese! No me gusta el vocablo desnudez, pues implica ausencia de ropa interior. Y la ausencia de ropa interior implica a su vez golfería o roñosidad.

Los engranajes pueden ser rectos, cónicos o helicoidales. Personalmente siempre que pienso en ellos me vienen a la cabeza representaciones casi exactas de engranajes helicoidales, que según los expertos suelen ser más gallardos y varoniles, aunque en algunas ocasiones he sentido náuseas ante tanta virilidad y he necesitado hacer uso de mi parte femenina. Ya sabes, probarme vestiditos y faldas e insinuarme a mí mismo frente al espejo. Es una manera de sentirme genitálmente venéreo y eyaculántemente delicioso.

En cierta ocasión me contoneé con tan poca precisión que acabé luxándome el ilion, el pubis y el isquion. ¡Los tres al mismo tiempo! Pero afortunadamente no perdí los tacones. Siempre he odiado perder los tacones de 17 centímetros que utilizo para los contoneos exuberantes. No comprendo cómo hay tipos que se contonean con manoletinas o zapatos florita, que como tú sabes no son más que merceditas con cierre de hebilla.

Ahora tengo que dejar de escribirte. Llevo un rato escuchando ruidos extraños en el interior de mi diencéfalo y necesito averiguar si son graves y me voy a morir. Si no me muero, es posible que mañana te escriba otra vez. Si por el contrario la palmo, también es posible que te escriba mañana otra vez.

Řehoř L.

P.D
Mi tesis doctoral titulada Somatología del júbilo desenfrenado producido por la práctica de la amplexación anal en las orgías misofóbicas heterosexuales ha sido puesta en entredicho por algún malnacido, aunque en realidad no me importa demasiado, pues he llegado a un punto que me la refanfinfla cualquier cosa, exceptuando la brisa nocturna, por supuesto. No creo que exista nada más agradable en este mundo que recibir ese maravilloso viento suave sobre la cara o el culo.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Email del 14 de septiembre 2018

Marc Chagall. Rainbow in the sky, a sign of covenant between God and Earth (1931)

Querida:

¡En ocasiones veo heresiarcas carpetovetónicos!

Greg


P.D
La última vez que vi a Dios fue en el culo de un gato. Obviamente se trató de un claro ejemplo de pareidolia, pero te juro por el culo de ese gato, que allí estaba él, con toda la majestuosidad y omnipotencia que se podría esperar de una representación teológico-natural. Cuando me arrodillé para orarle, el minino se volvió y me pegó un zarpazo en el rostro que tardó siete semanas en sanar.

La penúltima vez que escuché la voz de los Santos Apóstoles fue en una huelga de prostitutas. La verdad es que yo no estaba ni a favor ni en contra de lo que ese gremio exigía, simplemente me encontraba sentado en la terraza de un bar tomándome un whisky cuádruple, cuando el grupo pasó voceando por mi lado. Seguramente fue el golpe de una pancarta que se le cayó a una de ellas sobre mi cabeza, o quizá las cuatro partes de la bebida que comenzaron a hacer efecto, o incluso una extraordinaria conjunción de las dos cosas al mismo tiempo, pero de repente oí cantar a cinco de los doce evangelistas dentro de mi cabeza. Lo hacían tan bien que no tuve más remedio que aplaudir como un loco. Lamentablemente el chulo de una de las señoritas que protestaban entendió que yo estaba a favor de que a él y al resto de los individuos de su calaña se les acabara el chollo, y no se le ocurrió otra cosa que intentar estrangularme con una minifalda. A día de hoy, todavía ignoro a quién pertenecía la minifalda, pero puedo asegurar que el chulo acabó detenido y yo pasé 8 días en la UCI (Unión de Créditos Inmobiliarios).

La primera vez que se me apareció una Virgen iba disfrazada de "Ursus el gladiador", por esa razón me llevó bastante tiempo reconocerla. Cuando me dí cuenta de quién era, seguí con mis asuntos como si nada hubiera pasado. No te puedes imaginar lo que me costó descuartizar a aquel tipo. Y más con esa aparición controlando mis movimientos. Al final pude desmembrar satisfactoriamente el cuerpo y acabé colgando sus despojos de una cuerda. Cuando estaba limpiando el suelo de sangre, la visión se esfumó y yo me sentí satisfecho por primera vez en mi existencia.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Email del 13 de septiembre 2018

Annibale Carracci. Man with monkey (1590)

Querida:

La gente suele cambiar. Cambia de hogar, marca de ropa interior, crema revitalizadora, de gimnasio, de cerveza, de posición sexual, de amante, de programas favoritos, de supermercado, de bolso o mariconera e incluso de hábitos. Los que ayer adoraban respirar el aroma de la tierra mojada hoy prefieren esnifar lo que queda tras la tierra quemada. Eso es lo que le sucedió a Roro, un amigo mío que se llamaba Roberto Rosales. Todavía hoy no consigo entender lo que sucedió o cómo pudo llegar a suceder, aunque conservo cierta esperanza de que algún día alguien será capaz de averiguar el por qué de toda esa mierda.

Roro carecía de un cuerpo perfecto, pero era alto, de unos 185 centímetros y con los brazos un poco mas largos que el resto de mortales. Quizá por esa razón en el colegio le apodaron "Roro, el chimpancé". Su nariz era un poco más grande que la de un judío de pura sangre medio y en ocasiones me recordaba a una rapaz, sin embargo, en la mili se dirigían a él como "Roro, el mono narigudo". Exceptuando esas dos desgracias y la manera de caminar, más parecida a la de un pongo al que han amputado las piernas por medio de un soplete de acetileno, Roro era un tipo corriente al que le gustaba ir al zoo a visitar a los primates. En ocasiones incluso intentaba mantener complicadas conversaciones con ellos, aunque las respuestas de estos eran en forma de escupitajos o trozos de heces.
-¡Eh, tú mono! ¿Sabes que uno de mis nombres es Roro el chimpancé?
-Hola, bolita. Acércate a los barrotes. Yo soy de los tuyos. ¡Soy Roro el mono narigudo!

Pero, desde hacía algún tiempo, dentro de Roro habitaba otro Roro. ¿Roro el gorila? No creo, los gorilas son simios gentiles y pacíficos y el primate que crecía en la cabeza de "Roro, el chimpancé", "Roro, el mono narigudo" era de diferente género. Recuerdo que unos días antes de que sucediera "eso", me lo encontré sentado en un banco del parque y con la mirada puesta en una de las ramas de una jacaranda bastante impresionante. Cuando le pregunté que era lo que miraba, simplemente se volvió y me preguntó dulcemente si le dejaba espulgarme. Cuando le contesté que alguien me esperaba en algún lugar para hacer no se qué volvió a dirigir su mirada a la rama y ni siquiera se molestó en despedirse. Lo siguiente que supe de él es que estaba detenido por matar a sus padres, a su hermana, a su novia, a su perro, al perro de su novia y al periquito de la hermana de su madre, recientemente fallecida. Mientras le conducían esposado de la comisaría al juzgado, Roro empujó a los dos policías que lo escoltaban y trepó a un árbol desde donde chilló a la gente que no dejaba de mirar, aunque fue rápidamente inmovilizado. El resto es todavía más triste: durante el juicio fue incapaz de articular una sola palabra y a menudo era expulsado y acompañado por las fuerzas del orden a una sala contigua, para que no pudiera seguir quitando las pulgas a su abogado, al fiscal y hasta a la secretaria judicial. El primer día de su condena de 16 años intentó arrancar de un mordisco la oreja de otro recluso y fue apuñalado 37 veces. Increíblemente sobrevivió.

Te cuento esto porque, aunque quería contarte lo otro, lo otro se dispersó en mi mente y allí se fraccionó en varios "otritos".

Zorromondongoncio López Pérez

PD:
Estoy casi seguro de que algunos conocidos de Instagram que siguen mis textos por recomendación psiquiátrica, acabarán preguntándome qué diantres quiere decir o de qué remota parte de mi psique he sacado el nombre de la firma que he utilizado para legitimar el texto anterior. Trataré de explicarlo lentamente como si cada uno de los posibles lectores de esta posdata fueran retrasados mentales. Todo empezó hace 14 años, cuando rellené los papeles pertinentes para cambiar de nombre, pues Gregorio, además de no gustarme nada, me recordaba -y me sigue recordando- a mi padre, y francamente prefiero un nombre que en lugar de recordarme a mi progenitor me recuerde a una lechuga o simplemente no me recuerde nada. Por supuesto el nombre elegido fue Zorromondongoncio, que además de parecerme realmente bonito, me recordaba al efecto que causa el estroncio sobre la córnea de un otárido cuando se lo introduces como castigo por no haber obedecido ciegamente las órdenes. Todo fue bastante bien hasta que me presenté en las oficinas de registro civil con los 34 formularios rellenos y un bocadillo de anchoas. El tipo que me atendió, tras separar el bocadillo de los papeles y entregármelo con cara de pocos amigos, procedió a leer los 34 documentos mientras yo me entretenía tarareando la melodía de Prometo no correrme en tu boca de Frank Zappa. Al cabo de unos minutos fijó su mirada sobre la mía, se rascó la punta de la nariz y me soltó sin inmutarse que el nombre elegido no era aceptable (sic). Cuando le pregunté la razón, simplemente me dijo que no significaba nada y no podía reconocerse. Yo le respondí que sí significaba algo, significaba "aquel que sube y baja y vuelve a subir y vuelve a bajar y al subir por tercera vez se rompe la aponeurosis plantar y tienen que escayolarle la pierna", pero a él no pareció importarle demasiado mi explicación y simplemente me preguntó que en qué idioma. Por supuesto la situación se estaba volviendo tóxica y yo sentí que debía hacer algo. Y lo primero que se me ocurrió fue pegarle un bocadillazo de anchoas en la cara y después amenazar a su padre y a su madre con una muerte lenta y dolorosa. Al final tuvo que hacer acto de presencia la Guardia Civil, la Policía Local, la Policía Nacional, la Policía Comarcal, la Policía Comunitaria y la Policía Europea. Entre todos me agarraron fuertemente y me llevaron a la comandancia de la guardia civil, pero al rato pasó algo extraño y los picoletos dejaron que fueran los cuerpos policiales los que se hicieran cargo de mi caso. Como ninguno de dichos cuerpos se decidía a imputarme, se lo echaron a los chinos y ganó la policía nacional. Así que me encerraron en una especie de jaula de 2 x 3 metros y me acusaron de agresión con bocadillo y amenazas a familiares difuntos. Cuando se celebró el juicio, un año después, el juez me condenó a 2 años de cárcel y a ser azotado 33 veces en la plaza mayor.

Por esa razón, aunque legalmente sigo siendo Gregorio López Pérez, en realidad prefiero que la gente que me aprecia me llame Zorromondongoncio.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Email del 12 de septiembre 2018

Ferdinand Hodler. Blick ins Unendliche (1904)

Amiga:

¿Sabes cuál es la noticia más importante (no política) para el periódico que he leído hace un rato? Pues que Paul McCartney, también conocido como Paul Macarronazo, había visto a su mujer Linda -fallecida hace años- en forma de ardilla blanca trepando por el tronco de un pino. Desde luego ni el ex-Beatle ni el diario especifican si se trataba de un Pinus taeda, elliotis, echinata o palustris. Bueno, la verdad es que el rostro de Linda siempre me pareció que tenía ciertos rasgos rodénticos, pero tampoco es para que el que fue su marido durante tantísimo tiempo vaya pregonándolo a los cuatro vientos. Yo en cierta ocasión vi, o igual me pareció ver, a un ciervo que en aquel momento me recordó a mi tío Alfredo, sin embargo, cuando me coloqué a una distancia prudencial, advertí que en realidad era mi tío Alfredo imitando a un músculo gastrocnemio. Cuando me acerqué a él y le pregunté qué sentido tenía esa acción, me confesó que siempre había querido ser minúsculo. Deberías haber visto su cara cuando le expliqué las diferencias fundamentales entre los vocablos "músculo" y "minúsculo". Pero no quería hablarte de mi tío, ni siquiera de mi tía, su esposa, una mujer liposoluble que adoraba a Kandinsky, aunque según confesaba no sabía si era herrero, castañero o taxidermista. De lo que realmente quiero hablarte en este email es sobre las sensaciones. Ya sabes, esas hijas de puta que se parapetan en la mente para hacernos la existencia más insoportable todavía. Según escribió el experto en emociones Wilfried Akerman en su obra maestra tantas veces reeditada Repleción viscosa, solo existen tres tipos de sensaciones: buenas, regulares y malas. Sin embargo su coetáneo Richard Ackerman (con "c" entre la "a" y la "k") manifiesta que realmente, y después de estudiar el tema concienzudamente, está en condiciones de asegurar que existen entre 25 y 289.653 tipos de sensaciones. Para mí, cada sensación es única, al igual que el berrinche que ocasiona. Recuerdo una vez que Soraya, una amiga, me dijo que mis mofletes le recordaban al culito de un bebé. Al principio su ocurrencia me hizo gracia, pero cuando la analicé en la soledad de mi habitación, casi me desmayo. ¡La tipa esa comparaba mi cara con un trasero! Al día siguiente me acerqué a su casa por la noche y pinté sobre las paredes de su finca "Soraya se atafaga mientras utiliza el alcadafe". No pasó nada. Supongo que nadie comprendió la indirecta, por lo que seguí con mi vida. O quizá seguí a mi vida. Ella siempre parece que va por delante de mí.

Por curioso que pueda resultarte, nadie, ni siquiera yo, tiene muy claro para qué diantres sirve una sensación. Particularmente siempre he pensado que es preferible no sentir que sentir o creer que uno siente o incluso tratar de que otros crean que sienten. Porque en realidad, ni los unos ni los otros sienten. Y si sienten algo es preferible denominarlo engurriamiento o acoceamiento. Y ya puestos, te dejo, pues he de pelar un pimiento. ¡Joder, que rima más rebonica y resalada me ha salido! Pero es verdad, hoy tengo para comer aguacate con gambas y pimiento asado al aceite de huevas de trucha de río. ¡Y todavía tengo que robar el pimiento, el aguacate y las truchas de río!

Greg Akermann (con dos enes)

martes, 11 de septiembre de 2018

Email del 11 de septiembre 2018

Lucian Freud. Man with leg up (1992)

Querida:

Repantingado o repachingado. Como quieras. Arrellanado. Tirado. Como el hombre con las piernas levantadas de Lucian Freud. Me gusta contemplar como el aire intenta mover mi pene. Solo yo puedo moverlo. Lo muevo. En estos momentos lo aparto hacia los lados. Tú no puedes verlo. Sé que te gustaría verlo. Ni siquiera yo puedo verlo. La luz está apagada. Las ventanas cerradas. Pero noto la frustración del aire. Y soy capaz de interpretar cada una de esas exquisitas contorsiones con las que quiere amedrentarme. Ahora cojo mi pene con una mano mientras con la otra lo acaricio, como si fuera un cachorro rechazado. Me mira fijamente. Lo miro en derredor. La ventana se abre como las piernas de una furcia. La luz. La luz. Me recuerda a Michelangelo Merisi. Mi pene. Y la luz. Desvinculada del firmamento. Alejada del marco. Los colores. Necesito poner la boca sobre un pezón. Mi pene. Las microformas naturales. El distanciamiento emocional. La luz.

Sin embargo todo se reduce a una sensación tan alejada de la poesía, que hasta me produce carcajadas cuando intento comportarme como lo que no podría llegar a ser ni en un trillón de años. Es cierto que estoy tirado y que mis partes íntimas, aunque no tan íntimas, pues las conoce un buen número de humanas, se encuentran a merced del aire. Pero de ahí a interpretar los gestos invisibles de una jodida mezcla gaseosa como un reflejo de la irrealidad que golpea mi existencia... Creo que si fuera un poco más coherente conmigo mismo acabaría momificado. No te voy a explicar la razón por la cual rehuso ser congruente, ni la forma en que un cuerpo ajado como el mío terminaría embalsamado, pero si quieres, puedo enumerarte las razones por las cuales debería tomar conciencia de que el juego, tal y como hasta ahora lo conocía, ha terminado. Y que si no quiero ser reutilizado como materia gris en descomposición para fertilizar algunas apariencias, necesitaría alejarme lo más rápido posible de todo lo que me rodea. Ahora. Sin necesidad de despedidas. Hasta nunca, no hasta la vista.

Greg

lunes, 10 de septiembre de 2018

Email del 10 de septiembre 2018

John Singer Sargent. Man screaming (1895)

Hola:

Te escribo este email mientras me hacen una anoscopia. Ante mi insistencia en usar la tablet durante el largo proceso de martirio por retaguardia, el doctor Fabriciano no ha tenido más remedio que claudicar. En estos instantes, tanto el médico como las dos enfermeras se lo están pasando pipa conversando sobre desastres aéreos mientras dirigen el espéculo a través  de mis entrañas rectales. Bueno, en realidad solo quería decirte que me alegro de ser heterosexual y que si en alguna ocasión vuelvo a repetir que la existencia es una puta mierda quiero que me golpees con un ladrillo en la cabeza, pues es mucho más que una puta mierda.

G

PD: El proctoscópico doctor Fabriciano me ha dicho que aunque tenga 56 años, mi trasero parece el de un joven de 25. Y aunque las dos enfermeras no han estado en absoluto de acuerdo con él, no sé si darle las gracias o salir corriendo.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Email del 9 de septiembre 2018

Piet Mondrian. Irrigation ditch with mature willow (1902)


Holaaaaaaaaaa:

Estoy sentado en mi despacho. Frente a mí tengo un relato que escribí en 1997 titulado Los vigilantes de la acequia que trata sobre un grupo de vigilantes que vigilan una acequia, evidentemente. Durante 35 años los tres hombres y dos mujeres que forman el grupo de vigilantes, vigilan la acequia en turnos de 12 horas sin que suceda nada reseñable, más allá de alguna obstrucción o pérdida de volumen de agua. Cuando el grupo de tres hombres y dos mujeres se jubila, el ayuntamiento propone dinamitar la acequia y así evitar tener que contratar a otro grupo de vigilantes y de paso ahorrarse cinco sueldos. Pero el día en que los dinamiteros preparan las cargas, un monstruo verde con forma de vasija kilix, sin ojos,  con 34 pares de patas y una severa indisciplina hídrica, emerge con aspecto cabreado y se traga al capataz y al ayudante del ayudante del capataz, emitiendo un eructo de 900.000 decibelios que hace que todas las vacas que pastaban por los terrenos adyacentes acaben encima de algunos árboles y tejados. Cuando el resto de dinamiteros salen corriendo aterrados en todas direcciones, el monstruo desaparece por uno de los canales. El alcalde, que no quiere perder las próximas elecciones, después de meditarlo concienzudamente, propone al consistorio contratar a otros cinco vigilantes para que continúen vigilando la acequia en turnos de 12 horas durante otra legislatura.

G


PD:
La diferencia más importante entre hoy y ayer, quizá la única diferencia, radicaría en el número de bostezos resultantes. Estoy casi seguro de que ayer bostecé en más ocasiones que hoy, claro que todavía es pronto, pues queda medio día y en ese lapsus de tiempo soy muy capaz de batir mi propio récord. Pero si comparamos, o mejor, si sumamos los bostezos de ayer -y los que llevo en el día de hoy por el momento- con los de otras jornadas anteriores, el número resultante me produce cefalalgia y somnolencia. ¡Y muchos más bostezos! ¿Sabes qué es lo más interesante que me sucedió ayer? Un picor en el antitrago de una oreja. ¡Te lo juro! ¡Una maldita picazón auricular! Y encima duró unos pocos segundos porque me rasqué demasiado pronto. ¿Y sabes qué fue lo más destacable de antes de ayer? Escuchar el eco producido por el ruido de una ventosidad, probablemente emitida por un vecino o quizá por un gorrión o una paloma.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Email del 8 de septiembre 2018

Odd Nerdrum. Twilight (1981)

Heil freund!

Estoy escribiendo una novela corta en la que el personaje principal, un tipo del montón, se masturba desde la página 4 hasta la 566. A partir de la página 567, el protagonista contrata a una mujer de vida licenciosa para que le masturbe, ya que se ha vuelto vago de repente. Esa mujer le masturba de varias formas diferentes hasta la página 984 en que deja de masturbarle por un problema de vértebras. Durante las siguientes 76 páginas nadie masturba al prota, que aburrido de su existencia medita seriamente con suicidarse, pero de repente, es decir a partir de la página 653, alguien (un personaje secundario) le regala para su cumpleaños una máquina eléctrica masturbadora y él vuelve a encontrar un sentido a su existencia, así que la utiliza día y noche hasta la página 1226 en que la compañía hidroeléctrica le corta el suministro por tener varias facturas pendientes. Presa del pánico, el protagonista sale a la calle agitando con un brazo la mano de látex de la máquina eléctrica masturbadora y cae muerto cuando un policía le dispara al confundirlo con un bisonte de la pradera. Todavía no tengo perfilado el capítulo final, pero supongo que será esperanzador.

Un escritor nunca debería ser juzgado por sus mejores textos, sino por aquellos que pudiesen provocar el vómito a los lectores. De la misma manera, ningún artista debería ser encumbrado sin antes haber sido pisoteado o apaleado y sus obras destruidas total o parcialmente. Cualquier cuadro, fotografía, texto literario o film que pudiera encajar en los gustos del público, debería ser desencajado con premura, para después ser encajonado y tirado al mar. Y con ellos, parte de ese público que se dejó encajar, pero sin encajonar, de uno en uno desde un sucedáneo de roca Tarpeya construida para esas ocasiones.

Y ahora me retiro al sofá, pero no al monoplaza o al biplaza, sino al triplaza. Así estiro las piernas.

Greg Von Benimacletessen

jueves, 6 de septiembre de 2018

Email del 6 de septiembre 2018

Rene Magritte. The use of the word (1936)

Querida:

El polvo ya no descansa encima de algunas de esas palabras. Las que tuvieron que ser marginadas porque resultaron previsibles e inevitables y ahora se arrastran como lagartos por el suelo. ¿Alguien es capaz de adivinar hacia qué lado de los cuatro posibles se dirigen? Yo sí, o por lo menos eso trato de creer mientras contemplo como algunas se acomodan y asolean debajo de la ventana. El resto, las que no poseen el gen de la paralización o el impedimento continúan su trayecto hacia alguna parte. Me gustaría inundarlas con la mirada, pero sin ahogarlas al hacerme visible. Ya sabes, como ese ojo estructuralmente desproporcionado que en los grabados antiguos observa en la distancia.

Ahora estoy tumbado y el techo se aproxima. Cuando llegue a menos de dos centímetros de mi cuerpo sabré que todo ha terminado. Mientras espero que eso suceda, intento cantar una canción que me enseñó un amigo hace muchos años. Pero como he olvidado por completo la letra, me invento las estrofas. El problema es que mi vocabulario se ha quedado muy mermado. Necesito disponer de algunas de las palabras que en estos instantes se dirigen hacia alguna parte, o incluso de las que permanecen acomodadas tostándose con los pedacitos de sol descompuesto que se filtran por la ventana.

Es curioso, la lámpara colgante va a atravesar mi torso y lo único que me preocupa es si el proceso será demasiado doloroso. Y mientras le sigo dando vueltas a ese pensamiento, el horizonte artificial que dibuja mi aliento se transforma en una especie de totalidad confusa y arriesgada. Me encantaría poder volver atrás y matarme a mí mismo. Sin embargo voy a ser asesinado por una imagen fantástica. ¡La realidad siempre es un impedimento!

G

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Email del 5 de septiembre 2018

Francisco de Goya. Perro semihundido (1819-23)

Todos los sistemas funcionan a la perfección (cuento breve escrito con la nariz, por medio de un bolígrafo Roller pegado con esparadrapo a ella)

"-Mi trabajo es explicar a todos los mortales que realmente son inmortales, aunque solo un 0.1 % llega a creerme y confiar en la mierda que les vendo. Sin embargo con la pasta que le saco a ese pequeñísimo porcentaje puedo vivir como un rey. Bueno, quizá como un rey no, pero sí como un archiduque.

Quien así se expresaba era un tipo al que odiaba con todas mis fuerzas, pero al que le suministraba drogas y putas. El me pagaba una buena pasta y yo hacía como que estaba fascinado por su palabrería. Pero cuando todas mis putas se largaron con todas mis drogas y me dejaron semihundido y con una mano delante y otra detrás, no tuve más remedio que decirle lo que en realidad pensaba de él y de sus memeces, aunque ni siquiera se inmutó. Se atusó el bigote con la mano derecha y volvió a demostrarme que era un gran charlatán.

-No importa. Siento que las furcias te hayan robado las drogas. También siento que creas que soy un aprovechado con serios problemas cerebrales. ¡Ningún oportunista es tonto! Recuérdalo siempre. Mi trabajo sigue siendo el mismo. Ya sabes, trato de explicar a todos los mortales que realmente son inmortales, aunque solo un 0.4 % llega a creerme y confiar en la puta mierda que les vendo. Sí, no pongas esa cara. ¡Un 0.4! He mejorado mi técnica desde la última vez que te conté lo que trato de contarte en este momento y lo que siempre te cuento en cualquier lugar donde podamos coincidir. Pero tal y como te digo en todas esas ocasiones, con la pasta que le saco a ese pequeñísimo porcentaje puedo vivir como un rey. Bueno, quizá como un rey no, pero sí como un vizconde."

FIN

Si piensas que es una jodida mierda, pégate un boli o una pluma a la nariz e intenta escribir algo. Poco importa si lo que puedes escribir carece por completo de sentido. Hace unos meses, cuando escribí ese poemario con la oreja, dijiste que eso lo podía hacer cualquiera que estuviera lo suficientemente zumbado como yo. ¡Eso me dejó indispuesto durante tres días! Y durante las noches de esos tres días medité y medité y medité sobre la imbecilidad y la isocronía. Por esa razón quise demostrarte que te equivocabas, y no se me ocurrió otra manera más que escribir un minicuento con un ojo. Como me fue completamente imposible sujetar un bolígrafo al ojo cambié el plan a la napia y me entrené concienzudamente durante tres largas semanas. Y hoy, por fin, he sido capaz de demostrarte que no soy un badulaque. Te chinchas (o te jodes, como te venga bien en este momento)

Ñeñoñio López

martes, 4 de septiembre de 2018

Email del 4 de septiembre 2018

Vincent van Gogh. Autorretrato con oreja vendada (1889)

Querida:

Me encontraba viendo un episodio de La abeja Maya titulado La parihuela y el moscardón neoludita, cuando de repente noté que mi oreja derecha se transformaba en la oreja izquierda. Sin embargo la oreja izquierda seguía con su papel de oreja zurda, con lo cual me encontraba con dos orejas izquierdas y ninguna diestra. Cuando llamé a urgencias el tipo que me descolgó el teléfono me lo colgó a lo bestia nada más escuchar que mi oreja derecha se había transformado en mi oreja izquierda. Ni siquiera me dio tiempo a decirle que mi oreja izquierda seguía siendo mi oreja izquierda y se comportaba como cualquier oreja izquierda. Como el tipejo del hospital me había colgado antes de explicarle la asombrosa transformación auricular, llamé a la puerta de mi vecina para ver si ella era capaz de consolar mi tremenda angustia, pero sin ni siquiera abrir la puerta, me gritó desde el interior que por favor la llamara diez minutos más tarde, que en ese instante estaba consolando la angustia de su exmarido, el fundador hebefílico del culto a la Nueva zanja neocatecumenal. Como no sabía qué hacer, me dirigí al aseo y me aseé. Cuando salía de asearme recordé que no había entrado a asearme, sino para ver de cerca mis dos orejas izquierdas en el espejo, así que volví a entrar y volví a asearme, pero a mitad del acicalamiento reparé en mi lado derecho y pensé que las cabezas sin orejas, o incluso sin una oreja, eran realmente asquerosas, así que me volví y vi el otro lado, el de al lado, con sus dos orejas paralelas. Si te dijera que me entraron ganas de echar la papa no te mentiría, pero en lugar de ponerme histérico intenté arrancarme la oreja usurpadora. Como no pude conseguirlo, y ya que seguía en el baño, me di uno reconfortante con las sales minerales con aroma geosmínico que había robado una semana antes en una perfumería del barrio. Mientras chapoteaba con los brazos imitando el salto de un rorcual común, escuché al vecino de enfrente berrear como un poseso e imaginé que la consolación había tenido éxito, así que me sequé, me vestí y me volví a dirigir a la casa de la vecina, que volvió a gritarme que estaba consolando a su exmarido. Cuando le pregunté cuántos maridos había tenido me desperté. Lo primero que hice fue pasarme las manos por las orejas para comprobar que estaban en sus sitios y después, con la indefinida imprecisión que caracteriza a casi todos los López Pérez, encendí la jodida televisión.

Joichi el desorejado

lunes, 3 de septiembre de 2018

Email del 3 de septiembre 2018

Karl Otto Gotz. Untitled (From a laugh without mouth) (1966)

Hola:

He podido extender una delicada sonrisa. Créeme, no ha sido fácil. Todos sabemos que las sonrisas no permanecen mucho tiempo en el mismo emplazamiento, aunque a algunas se las puede ver revoloteando con movimientos espirales cuando las partículas de la incertidumbre limitan la gravitación de los recuerdos. La memoria. ¿Esa maldita alimaña que marca su territorio con mentiras irregulares e intensas? El pasado. ¿Qué supondría descubrir que no existe nada más que descubrir? La nada. A veces sujeto los fragmentos de la ausencia absoluta, ya sabes, esos que en realidad no existen porque nadie quiere ver, y los agito con ritmo sincopado. No sé por qué lo hago, pero sé que es necesario. Durante el proceso de desplazamiento, algunos, supongo que los que no estaban debidamente asidos, salen disparados e impactan en ninguna parte, de ninguna manera. Y los que acaban en la superficie son pisoteados sin miramientos por el resto de consideraciones nulas.

Mi delicada sonrisa se ha transformado en un (r)ictus. ¿O quizá es una mueca? Nunca he sido capaz de diferenciar las torsiones del rostro. Por esa razón siempre veo la misma boca. Mi boca. Mi espejo. El reflejo. ¿Alguna vez has calculado la distancia existente entre el principio del principio y final del final? No estoy tratando de hacer un chiste o un juego de palabras facilón. Todos los primeros instantes de la existencia de un ser o un algo, al igual que los ocasos, se forman a partir de otros muchos millones de principios y finales diferentes, aunque de alguna forma interconectados. Yo fui algo. Ahora soy eso. Pronto no podrás verme. ¡La línea recta! ¡La línea recta! El sistema entrópico. La realidad. ¿Alguien es capaz de definir dicho vocablo sin sentir náuseas?

Las evidencias nos persiguen como partículas subatómicas, se inmiscuyen en nuestras circunstancias y las evisceran con requisitos condicionantes e implantados. Sea como sea, una cosa es cierta: cada vez que intento aflojar el nudo, se me escurre la silla.

Gregorio

domingo, 2 de septiembre de 2018

Email del 2 de septiembre 2018

Nicolas De Staël. Desnudo azul reclinado (1955)

Querida amiga reconstruida con materiales sincrónicos y hodiernos:

Mi obligación como ser humano perteneciente al género masculino es parecer humano y masculino el mayor número de horas posible. Por lo menos cuando estoy delante de otros humanos. Poco importa si esos otros humanos son o no realmente humanos y al género al que puedan pertenecer. Si parecen humanos es que son humanos, o por lo menos, en algún momento de sus existencias lo fueron. Sin embargo, desde hace un par de semanas cada vez me cuesta más demostrar mi humanidad y masculinidad, pero de la misma manera, también mi mundanidad, benignidad, serenidad, dignidad y valencianidad. Actualmente lo que realmente me interesa es demostrar mi impresentabilidad y desagradabilidad. Así evito tener que parecer lo que los que están alrededor de mí quieren que parezca.

Según mis cálculos, y no precisamente los biliares, desde que nací hace 56 años hasta hace apenas media hora, me he vendido en 345.982 ocasiones. De esas 345.982 ocasiones, 345.981 fueron conversaciones estúpidas o interacciones por conveniencia. Si restas a la primera cantidad la segunda, obtendrás un resultado como este: 1. ¡Uno! El uno, además de ser el primero de los números naturales, es la cifra menos agraciada -analíticamente hablando- del sistema numérico. Además, es la cantidad que representa al único proceso de normalización de los comportamientos radicales que he podido solucionar en mi existencia. Los médicos lo llamaron "síndrome de excitación genital persistente" pero para mí era simplemente "ir empalmado a todas horas". Aunque creo que no es necesario que me extienda más sobre la líbido de mis días lejanos y concluya de una vez lo que he querido trasmitirte desde la primera línea del primer párrafo. La verdad es que la primera línea del segundo párrafo es sensacional pero la cuarta línea del primer párrafo debería haber sido más trabajada.

¿Sabes? Incluso cuando parece que todo va bien, todo va mal. Sin embargo, cuando parece que todo va mal, todo va mal. A veces incluso requetemal. Solo en un par de ocasiones cuando todo parecía ir regular, las cosas acabaron arreglándose hasta llegar a un regular-casi-bien cogido por los pelos. ¿Qué pelos? Los míos no, pues están en barbecho. Pero creo que vuelvo a salir por peteneras, aunque si quieres que te sea horrendamente sincero, prefiero salir por peteneras que por restricciones fragmentadas en longitudes polimórficas.

Gel de baño López


P. D.
Ya sé que el cuadro que acompaña este texto no tiene ninguna relación con lo que expreso o trato de expresar en él. ¿Y qué? Me vas a denunciar a Blogger? "Desnudo azul reclinado" es uno de mis lienzos preferidos del siglo XX y me apetecía colgarlo hoy.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Email del 1 de septiembre 2018

Max Ernst. Day and night (1941)

Amiga:

A primera vista puede parecer extraño que un tipo como yo, tan resignado a las alteraciones que el efecto de reminiscencia produce en la manera de entender la ligereza de los acontecimientos, sea capaz de permanecer sentado sobre una silla, sin mover siquiera un músculo facial durante varios días y varias noches. Incluso es posible que tú y algunos de los que puedan leer este texto piensen -y no sin razón- que yo, Greg de Benimaclet, ataviado perpetuamente con cuerpo de fiera corrupia y rostro de orgasmo fallido, soy el azote de los fabricantes de inodoros. ¿Varios días y varias noches sin ir al aseo? ¿Es posible? ¡Lo es! ¡Y puedo demostrarlo! Pero, todavía podría ir más lejos. Así que creo que me voy a ir más lejos. Lo suficientemente lejos como para no tener que demostrar nada. Ni a ti ni a los incrédulos lectores de mis textos. ¿Ha quedado claro?

Adiós. ¡Hoy has acabado por irritarme profundamente!

Greg de Benimaclet (dadaísta epistemológico y empirista irracional desde principios de 1962)