domingo, 6 de mayo de 2018

Email del 6 de mayo 2018

Max Kurzweil. Despair (1910)

Querida:

En ocasiones, me doy cuenta directa e irónicamente de que todo en lo que, de alguna forma, estoy implicado o simplemente depende de mis criterios fundamentales, no es más que una especie de imagen especular creada con el único propósito de indizar cada uno de esos determinados instantes. Y aunque en el primer termino de esas representaciones siempre aparezca una mancha caliginosa con aspecto desagradablemente freudiano que se supone me representa, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorríendome la columna vertebral, pues cada uno de los pretendidos píxeles que conforman esos detestables y ridículos desdibujamientos están marcados con una referencia con forma o apariencia de cifra. ¡Soy un maldito guarismo! ¿Debería responder por cada dígito numérico? Quizá, aunque estoy convencido de que todo se reduce a una simple y fundamental carencia de objetivos, a una rendición incondicional o un pogromo del que formo parte, seguramente sin proponérmelo realmente. Podría intentar desembarazarme del sudario de crinolina que me aprisiona, hacer un agujero en el ataúd de cartatextiel con los puños y no volver a preocuparme de los queloides formados en los nudillos. Pero también podría tratar de darme cuenta de que ese mysterium tremendum et fascinosum que me impide comportarme como un jodido mono erguido repleto de corpúsculos absurdos, ilógicos e irracionales, no es otra cosa que eso que algunos llaman anormalidad revolucionaria, que tanto dolor causa y que no sirve absolutamente para nada. Si realmente soy tan inteligente como he creído durante todos estos años, debería haberme convertido en buscona profesional hace algunas décadas (o por lo menos en macarra profano).

La totalidad de la estupidez humana se manifiesta en la sumisión masoquista ante cada una de esas figuras que representan a un Dios absoluto, omnipotente y vindicativo. Solo tenemos que identificarnos con algo similar al punto más bajo y con menos retorno existente para sentir que el poder y la gloria de esa especie de Mierda Suprema está a nuestro lado y se alimenta de nuestros espíritus. Y mientras ese culto cruel, caníbal y sanguinario predice nuestros días y maldice nuestras noches, una forma con apariencia de espectro enardecido y complejidad de helminto cilíndrico y alargado se apodera de nuestras contradicciones manipulándolas sádicamente. Y es en esa mistificación donde se produce el vínculo. ¡Sí, es un vínculo, aunque sin conexión empírica! No se me ocurre una forma comprensible de expresarlo, aunque cuando medito sobre esa trabazón, a menudo vienen a mi cabeza las imágenes de ese hombre sin rostro que rivaliza con el héroe protagonista de Nuits rouges, el fabuloso homenaje-parodia a Feuillade y la Gaumont.

La mente es sin duda el definitivo obstáculo (¿cuestión lógica?) que impide al ser humano comportarse como un verdadero ser humano. En lugar de respaldar los conceptos neurobiológicos que pretendidamente nos definen, preferimos seguir y respaldar líderes. Y mientras insistimos en horadar nuestra bajísima autoestima, nuestros destinos se corrompen. ¿Qué es lo que queremos ser? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para ser lo que queremos ser? Una vez más, la respuesta a dicha cuestión es tan utópica como los sueños de la lechera de Samaniego. ¡El quid de la naturaleza humana es tan elemental y se deteriora tan rápido como un queso poco curado! Y créeme, entiendo un montón sobre la dinámica de la maduración y fermentación. No sé. Creo que debería... ¿legitimar mi desesperación?

G