sábado, 12 de mayo de 2018

Email del 12 de mayo 2018

Ronnie Landfield. Something else (1967)

El vacío, es decir, esa sensación estática y dinámica al mismo tiempo que nos agobia constantemente -por lo menos a algunos de nosotros- y que suele presentarse en forma de gabela existencial, me recuerda a Cosme, un amigo íntimo que se suicidó disolviéndose en ácido. Cosme tenía cara de vacío y siempre llevaba los bolsillos y la cartera vacíos. Quizá por eso se quitó la vida, aunque todavía es un misterio de dónde sacó el dinero para comprar ese compuesto incoloro e inodoro de azufre, hidrógeno y oxígeno que lo desligó de la naturaleza viva y lo convirtió en algo similar a un excedente de inexistencia absoluta. Cosme, que en realidad se llamaba Cosme, aunque todos lo conocíamos por Cosme, era un imbécil parapetado dentro del cuerpo de otro imbécil, quizá incluso más imbécil todavía, pero la mayor parte de nosotros le queríamos. En esa época, nosotros éramos solo yo. Años más tarde Éramos pasó a ser el nombre de un perro pequeñito y, actualmente, "éramos" no significa gran cosa, sobre todo para esa gente que nunca fue porque no se le permitió ser.

Cosme adoraba acariciar los rayos de luz que entraban por los agujeritos de las cortinas. Un día me metí en la boca un agujerito y mi amigo casi se desmaya. Tuve que convencerle de que todo era una broma, pero él ya nunca llegó a ser lo que él era antes de dejar de ser él. Desde ese instante, las nubes dejaron de presentarse en mi cielo y se petrificaron en una perfecta ausencia. La de Cosme, por supuesto. Cuando reparé en todos esos cambios y en la forma en la que pretendían trastocar sus nadas y mis casi nadas, decidí que había llegado el momento de rellenar de ósculos fingidos la completa totalidad del Universo. Creo que todo sucedió durante la canícula de julio de un año cuya cifra terminaba en siete, aunque tendría que comprobarlo para estar más seguro, pero ¿importa algo? ¿A alguien le importa un poco, cualquier cosa, que no sea ese mismo y jodido alguien? ¿Existe alguien en cualquier lugar que sea capaz de entonar o susurrar a otro alguien diferente esos madrigales de amor sin odio que permiten que el continuo rodamiento gravitacional no sea más que eso, un continuo rodamiento gravitacional, sin mierda, sin redención, con permanencias tangibles y demostrables? Yo ya no puedo dejar de ser yo. Lo he intentado, pero es demasiado tarde. Demasiado tarde para continuar con la farsa. Demasiado tarde para justificar la farsa. Demasiado tarde para intentar que la farsa se sostenga y con ella ese millón de deslizamientos patológicos. Algunas veces, sobre todo cuando esas algunas veces dejan de ser algunas veces y se convierten en la mayor parte de las ocasiones, las equimosis que conforman el lado oscuro de mi corazón, bailan esa danza espectral diseñada por la mujer guapa vestida de blanco que se aparece en mis pesadillas. Cosme conocía mis pesadillas porque una tarde de primavera se las incrusté a la fuerza. Recuerdo que él gritaba. Recuerdo que yo gritaba. Recuerdo que la tarde gritaba. Todos gritábamos, porque no sabíamos cómo dejar de gritar. En ocasiones hasta las cosas más sencillas se olvidan. En ocasiones hasta las ocasiones dejan de ser ocasiones. Todo es tan terriblemente complicado...