martes, 29 de mayo de 2018

Email del 29 de mayo 2018

Pierre Alechinsky. Seen in Profile, Sticking Out Tongue (Tireur de langue profilé) (1964)


Hola:

La opacidad privativa del Yo (sin el Mí y el Mío) suele degenerar en algo similar a una especie de luminosidad aherrojada, pero armónica y suntuosa al mismo tiempo. Sin embargo, estoy totalmente convencido de que aunque lo intentara durante treinta o más días, sería incapaz de reescribir una memez como la anterior, por eso me siento satisfecho. Soy el campeón de las locuciones vacías y sin sentido. ¡Y mejoro con el entrenamiento! Mi intención era construir cinco o seis frases de ese estilo, enviártelas y salir corriendo, pero he decidido salir por la claraboya.

Greg


PD:
Si te apetece venir a mi casa a barrer y fregar el suelo, quitar el polvo de los muebles, las arañitas de las paredes, limpiar por completo y en profundidad la cocina y el aseo, poner un par de lavadoras y zurcir unos cuantos vaqueros, por supuesto gratis, y mientras yo miro con aire pretendidamente solemne o agradecido -como tú prefieras-, me pegas un toquecito o dos, ¿vale?. Después de dejarme la casa como una patena podría contarte algunos de mis problemas y un par de secretos. No sé. Siento una extraña sensación de tristeza recorriéndome las narices. Ni siquiera insultar a los imbéciles me estimula. Si no te apetece venir a mi casa para convertirte en el paradigma de la subyugación imprecativa durante cuatro o cinco horas, no vengas. No me importa convivir con la suciedad. No creo que la porquería sea capaz de asesinar a alguien. Solo las personas necesitan matar a otras personas y, en ocasiones, algunas perdices. Sí, ya sé lo que estarás pensando: si soy capaz de convivir con la mugre, ¿por qué intento que vengas a limpiar mis pertenencias? Bueno, yo soy así. Mi dualidad cósmica es un hecho comprobado. Además me gustan los vocablos que terminan en "encias", como inmunodeficiencias, interdependencias, intrascendencias o desasistencias. ¿Pasa algo? Pero podríamos llegar a una especie de pequeño entendimiento. Quiero decir, tú limpias mi cochambre y yo te lo agradezco de corazón. Incluso podría derramar unas lagrimitas y dejar que me contaras unas cuantas contrariedades -absolutas o relativas- mientras te envuelvo en un abracito tan falso como la bolsa de cuero donde guardaba las monedas ese tipo llamado יהודה איש־קריות. ¡Joder, solo me tengo a mí! Yo soy mi propio amante, pero al mismo tiempo soy mi ramera preferida y me cobro un plus por depravación cuando pretendo hacerme una postura extraña. Obviamente también soy mi proxeneta y me pego unas palizas de muerte. Y mi banquero. Y mi médico. Y mi antivirus, así que me actualizo automáticamente para ofrecerme la mayor protección posible. ¡Y me paso las normas de la jodida RAE por los testículos! Y cuando lloriqueo tapono mi nariz con efedrina. Y cuando salto por los sofás espumarrajeando por la boca me meto un chute de bromuro de metilnaltrexona. Y a partir de ese instante ya nada me importa, porque me encuentro muerto y, obviamente, muchísimo mejor.

sábado, 26 de mayo de 2018

Email del 26 de mayo 2018

Max Ernst. Untitled (Dadá) (1922)


Amiga mía:

Te juro por Dios que todo lo que no voy a relatarte a continuación es verídico y puede ser fácilmente confirmado.




























Greg

viernes, 25 de mayo de 2018

Email del 25 de mayo 2018

Bob Guill. Wonderwall

Nota importante: El siguiente texto está escrito mientras esperaba que mi novia me pegara el primer grito del día. Afortunadamente no tengo novia, ni amante, ni siquiera mascota, por lo cual el primer grito del día nunca se hizo ni se hará realidad. Quizá por esa razón mi cutis desprende esa luminosidad tan especial que me ha hecho tan famoso dentro del particular mundo de los seres perfectamente tonificados.

Querida:

Cada vez que pienso en los pros y los contras de la existencia me entran unos deseos irrefrenables de no pensar en los pros y contras de la existencia. El problema es que soy un tipo extraordinariamente masoquista, mi espíritu de contradicción es legendario y gozo hasta el paroxismo mientras pienso en los pros y contras de la existencia, sobre todo porque la existencia está repleta de contras y algún que otro pro, como los calzoncillos marca Unno o las patatas bravas Hacendado. Pero no quiero que llegues a la conclusión de que mi odio a la existencia no es más que un vulgar pero terrible miedo a la inexistencia. Personalmente, existo porque el semen de mi padre era de una calidad suprema y, sobre todo, porque aunque llevo varias décadas pensando en la autoeutanasia, no consigo pagar el jodido crédito de Bancaja y sus directivos vigilan cada uno de mis movimientos con la ayuda de algunos videntes africanos. De todas formas, tras miles y miles, quizá millones, de razonamientos y reflexiones, he llegado a la increíble conclusión de que la existencia gruñe, ronca y resopla. Puedes pensar que mi locura se desborda, pero tengo varias grabaciones que lo atestiguan. En una de ellas la existencia entona una canción, se equivoca en el estribillo y se disculpa en el minuto 01:52.

Sipu... quiero decir, si pudiera volver al principio, ten por seguro que volvería, sobre todo para saber realmente qué coño es el principio y para qué cojones puede servir. Algunos mequetrefes totalmente idiotizados piensan que sin elprin, ¡perdón!, quería decir el principio, bueno, pues eso, algunos mequetrefes totalmente idiotizados piensan que sin el principio no puede haber final. Sin embargo yo estoy convencido de que todos los finales carecen de principio, de principios y de perspectivas axonométricas ortogonales. Y aún soy capaz de llegar más lejos, pero cobro por horas cuando alguien quiere que llegue más lejos.

Ahora voy a dejarte. Bueno, en realidad te he dejado en numerosas ocasiones y siempre has vuelto a mí arrastrándote y lloriqueando. Esta vez te dejo hasta mañana, porque todo lo que pueda escribir a partir de este mismo instante puede ir en mi contra y solo escribo, hablo o me comunico cuando estoy seguro de que mis palabras pueden servir para desarrollar mis ocurrencias. Me gusta que me aplaudan. Me gusta que me digan que soy único. Me gusta que me presten dinero. ¡Ahora grítalo conmigo! Me gusta que me aplaudan. Me gusta que me digan que soy único. Me gusta que me presten dinero.

Gargajo López

jueves, 24 de mayo de 2018

Email del 24 de mayo 2018

Mark Beard. The triumph of sodomy

Hola:

¿Recuerdas mi égloga titulada Conciliábulos, obliteraciones y estados fálicos? Pues aunque hace casi 10 años que la escribí, todavía sigue perturbando a cierto tipo de lectores. Ayer recibí un correo electrónico que... Mejor te lo pego y sacas tus propias conclusiones:

"Señor Gregorio:

No puedo expresarle mi completo desasosiego tras leer su poesía. Decir que ha trastocado mi existencia sería quedarme corta. Por más que lo intento no puedo llegar a comprender la razón por la que existen animales abotargados y furiosos como usted. Ni siquiera soy capaz de entender por qué nadie le ha puesto un bozal, le ha atado las manos a la espalda con una correa de amarre y le ha lanzado al mar. Quizá por el daño que los pedazos desprendidos de su cuerpo infecto pudieran ocasionar entre la fauna marina, ya sabe, peces, cangrejos, tortugas y aves marinas. Por mi parte rezo todos los días para que un cáncer o tumor extremadamente doloroso ponga fin a su paso por este planeta. Y por pedir, me gustaría que entre el diagnóstico de la enfermedad terminal y el bendito, sagrado y obligatorio deceso, un grupo de unos 17 fornidos hombres, inadaptados y de varias razas, le violasen bucal y analmente durante dos jornadas completas mientras un exorcista lanza pétalos de petunias y rosas rojas sobre las sábanas sudadas y repletas de orín, semen y sangre.

María de los Dolores García Flores"


Desde luego, esta señora, María Dolores, no es miembro de mi club de admiradores, pero no me importa. Lo que ella desconoce es la cantidad de veces que he recibido correos parecidos. Y a pesar de todo: sigo vivo, con una salud de hierro y con ganas de escribir una segunda parte a la que titularé Eres una burdégana picia, María de los Dolores.

Cambiando de tema, ayer dediqué parte de la tarde a imaginar parte de la noche que se acercaba. Durante las primeras horas de esa noche de ayer medité profundamente sobre la mañana de hoy, y hoy, es decir, ahora, voy a zurcir unos calcetines. Aunque soy un fan de las patatas calcetineras, en un par de horas tengo sesión con el podólogo y ya me dejó muy claro la última vez que lo visité que debería guardarle el respeto y que la mejor forma de guardárselo era llevar perfectamente zurcidos los calcetines o llevar calcetines nuevos de trinqui. Está claro que por un puto especialista no me voy a comprar calcetines, ni siquiera un camisón o un chubasquero. No me compré ropa cuando vino de visita su santidad el papa Benedicto XVI, ni siquiera cuando acudí al Salón Erótico de Barcelona a ver en primer plano la chirla de Apolonia Lapiedra. A decir verdad solo compro vestiditos para la Nancy que le regalé a la hija de una amiga a la que me quiero beneficiar y que todavía no me he podido beneficiar. Los beneficios llevan su tiempo. Pero sin embargo el tiempo pasa. Entre el preámbulo beneficial y la consumación ganancial, un millón de gatos son atropellados en las carreteras. Algunos de esos atropellos podrían haber sido evitados, pero es tan difícil evitar, eludir, esquivar. Por eso a veces afeito la cara de la nieta del fundador de Cofidis. Ella dice que nadie, ni siquiera Pierre, el peluquero francés de su abuelo, le deja la piel tan irritada como cuando lo hago yo. Y encima dicen que soy un tipo que no hace nada por nadie, que solo piensa en sí mismo y que escribe églogas dolorosas y que rayan la pornografía más descarnada, inmunda y mugrienta.

En realidad, solo quiero que me quieran... y me paguen bien por quererme.

Greg "Manson" López

miércoles, 23 de mayo de 2018

Email del 23 de mayo 2018

Pierre Bonnard. Toilet with a bouquet red and yellow (1913)


Amiga:

Me encontraba vaciando los intestinos cuando de repente sonó la puerta. No es que la puerta se pusiera a emitir sonidos sino que alguien apretó con ganas el timbre que sirve para avisar de que hay gente (generalmente imbéciles) al otro lado. Me subí los pantalones con una rapidez inusitada para un tipo de mi edad y me dirigí con los ojos sanguinolentos a asesinar al gilipollas de turno, pero a mitad de recorrido me quedé totalmente paralizado y toda mi vida pasó y bailó alrededor mío. Mientras los hechos pasados se pegaban por emitirse en el receptor de mi cerebro, el imbécil del otro lado seguía llamando a la puerta como si ese fuera el último día de la raza humana en la Tierra. En un momento dado, mis manos dejaron de asir el pantalón con lo cual éste cayó hasta quedarse descansando sobre mis tobillos, y mis genitales, normalmente impacientes, quedaron expuestos al mejor postor. Menos mal que en esos instantes el único postor era un Lepisma que correteaba con dicha por la ventura de una pared. Supongo que pasaron unos 30 minutos, aunque a mí me parecieron 32, quizá 33 cuando la fuerza que paralizaba mi cuerpo salió disparada por una ventana y me dejó la cuenta sobre una mesita baja que normalmente hace de consola: 256 euros por la paralización y 25 euros de IVA. Cabreadísimo, abrí la puerta para apalear al que instantes antes la aporreaba como un poseso pero ya no había nadie, solo una factura descansando satisfecha sobre el suelo. La agarré con desdén y pude leer que la empresa dedicada a molestar, INCORDIA S.A., me había multado por no recibirles con 60 Euros (IVA incluido). Intenté respirar profundamente pero seguramente me pasé de profundidad porque casi esnifo la alfombrita que con un Welcome people recibe a los visitantes.

Puedes creerte o no lo relatado en el anterior párrafo, pero te aseguro de que TODO es real y que TODO me sucedió hace un par de días. Desde entonces ya no he vuelto a intentar evacuar. Seguramente por esa razón mi abdomen parece una esfera armilar o una alcancía. Te juro por Avalokitesvara que ni siquiera tengo ganas de prohijar, frutecer, ni cesantear.


Greg

martes, 22 de mayo de 2018

Email del 22 de mayo 2018

Piero Manzoni. Mierda de artista (1961)


Amiga mía:

En el edificio de enfrente viven varias ancianas. Según mi espía Pepe Walsingham, de las 30 puertas que tiene la finca, 27 están ocupadas por una o varias abuelas. Por supuesto, no tengo nada en contra de los ancianos, pues yo casi lo soy, pero también soy un gamberro de cojones y me gusta desnaturalizar el aburrimiento que se enclaustra en mis días y mis noches. Ayer por la tarde, provisto de un reproductor de última generación y unos altavoces amplificados me dirigí a esa finca y me escondí en la azotea. Allí esperé a que el reloj marcara las ocho y cuando eso sucedió presioné la tecla Play mientras subía los altavoces al máximo. De repente todo el edificio, y supongo que algunos edificios colindantes, escucharon una voz de hombre perfectamente modulada gritando:
-"¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo!"
Como no sucedía nada, esperé cinco minutos y volví a apretar la tecla, esta vez con tanta presión que estuve a punto de cargármela:
-"¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y cincooooooooo!"
No sucedía nada. O bien las viejas estaban más sordas de lo que yo había esperado o les parecía normal que alguien gritara a esas horas que le gustaba tocarse la minga. Así que lo volví a intentar. Afortunadamente tenía varias grabaciones diferentes:
-"¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y dieeeeeeeez!"
Nada.
-"¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y cuartoooooo!"
Silencio total.
-"¡Ayyyyy, cómo me gusta tocarme el miembro viril a las ochooooooo y veinteeeeee!"
De repente una voz de anciana respondió:
-¿Las ocho y veinte? Muchas gracias.

En realidad lo que acabas de leer nunca sucedió, pues ni tengo espías ni soy un tipo excesivamente gamberro. Me lo acabo de inventar porque no se me ocurría qué contarte, más que nada porque nunca me ocurre nada diferente. Mis días son una repetición exacta de jornadas anteriores y mis noches la perfecta definición del vocablo "insomnio". Creo que debería meter la cabeza en una fresadora y enviar la viruta sanguinolenta a nuestro Creador y Todopoderoso por correo ordinario. Pero existen varios problemas: ¡ni existe Dios, ni tengo fresadora! Aunque creo que en la nevera todavía deben quedar algunas fresas que compré para taponar una vagina. Y después poder destaponarla con la boca. Bueno, tú ya me entiendes. Pero es que la existencia es tan terriblemente aburrida... A veces cuento cucarachas. Eso me reconforta. En ocasiones las cuento en francés, pero siempre acabo haciéndome un lío con el "soixante" y el "soixante-dix". Otras veces intento contrarrestar la apatía contando en castellano las petequias de las caras de los cadáveres que veo en mi imaginación. O contando en valenciano las señeras que cuelgan de los balcones de mi calle. O contando en inglés del uno al tres y del tres al uno. O contando en italiano las líneas horizontales que cruzan mis recorridos arriba y abajo cuando camino por el pasillo. O imaginando que cuento aunque no cuente. O contando objetos que no existen. O contando enfermos que tosen en la sala de espera del médico de Atención Primaria que depende de la Seguridad social. O desviándome del procedimiento estándar y en lugar de contar, simplemente computar o enumerar.

Una mosca rolliza camina por mis moretones. A veces se detiene en las intersecciones, pero otras sigue una línea recta indefinida y totalmente invisible y se pierde por la cara oculta de alguna de mis extremidades. Cuando eso sucede, aprovecho para rascarme con mucho cuidado la nariz y espero a que el díptero vuelva a asomar su cuerpo. Sus alas brillan con la luz del sol que se filtra por las cortinas. Su cara, de color impaciente, nunca permanece quieta mucho rato. Sus patas me producen cosquillas y sus canciones silbantes, quizá incluso zumbantes, se disparan como cohetes y explotan formando racimos zigzagueantes. No tiene nombre. Cuando me dirijo a ella simplemente hago un ruidito con la boca. Me pregunto qué vehículo tendrá la mosca. Y si tiene, por qué razón transita sobre mi piel. También me pregunto cuantos padres y madres tendrá la mosca y si realmente todavía confía en ellos. ¿A cuántos seminarios habrá asistido la mosca? ¿Sabrá contar embustes la mosca? ¿O imaginar que todo lo que le sirve para desplazarse no le pertenece? ¿Comete errores las mosca? ¿Es capaz de identificar a su futuro asesino? ¿A qué lado miran las moscas cuando se hacen una foto de carnet? ¿Pueden llegar a perpetuar las mentiras las moscas? ¿Rezan a sus muertos las moscas? ¿Son capaces de doblarse lo suficiente como para chuparse sus propios sexos las moscas? ¿Retienen las sensaciones? ¿Disfrazan las ilusiones? ¿Se juntan en corporaciones?

Imagínate que existe una mierda, una gran mierda, flotando en el cielo. Imagina que esa mierda siempre está sobre tu cabeza y te protege de los elementos. Si eso sucediera, ¿cambiarías tus percepciones sobre las mierdas? ¿Serías capaz de adoptar una mierda y llevártela a tu casa? ¿Y presentársela a tu amante, a tu familia y a tus vecinos o nombrarla heredera? ¡Basta de preguntas ya!

Greg

lunes, 21 de mayo de 2018

Email del 21 de mayo 2018



Georges Braque. Still life with red tablecloth (1934)

Querida:

"Durante los siguientes días y noches, seguí rascándome la pierna dos veces cada dos minutos durante dos horas en periodos binarios y alternos. Me gustaba rascarme la pierna. Por alguna razón desconocida, prefería rascarme la derecha, aunque a veces intentaba acariciar a la izquierda, como previa preparación para un posterior y futuro rascado, pero las matemáticas dominaban mi existencia y estaban acabando con lo poco que me quedaba de salud mental. Por esa razón decidí cortarme la pierna derecha con un serrucho de poda dentado y llevársela a un taxidermista que la rellenó de algodón mezclado con yeso y la sujetó en un bonito panel de madera noble con refuerzos de cuerda de fibra trilobulada. Ahora está colgada en el pasillo, justo al lado del paragüero donde dejo las muletas cuando no las utilizo. ¡Y mis invitados la contemplan maravillados! Algunos hasta me han comentado que cualquier día son capaces de cortase un brazo o una oreja y llevársela a su disecador favorito".

Lo que acabas de leer es el final de mi nuevo cuento cuyo título es tan imposible como las seis cosas antes del desayuno de Alicia de Lewis Carroll. Por esa razón voy a tratar de no transcribirlo aquí. Hasta ahora, siempre que escribía algo te enviaba uno o varios párrafos del principio para que me dieras tu opinión. Esta vez te he pegado el último párrafo. Y en lugar de escuchar tu opinión quiero que tú escuches mis gemidos. Te adjunto un archivo Mp3 con los más representativos. Algunos son antiguos, pero la mayor parte no tienen más de cinco años. Los primeros nueve pertenecen a ocho orgasmos diarios, excepto el número cuatro y el cinco que fueron gritados el mismo día y en las mismas condiciones de éxtasis incontrolado. Los siguientes 17 gemidos pertenecen a una serie que denomino Los grititos desayunales pues, aunque no soy Alicia, están grabados después de varios desayunos. Algunos tras la ingesta del yogurt, otros después de las tostadas con aceite extra virgen de oliva o mermelada light marca Hero y la mayor parte, tras beberme los dos huevos fritos o haber mojado el pan en el café con leche. El resto de gemidos están grabados en condiciones adversas, bien en la ducha, en el dentista, a mitad de una operación quirúrgica o tras una maratón orgiástica con 34 señoritas con medidas comprendidas entre 90-60-90 y 94-58-94, aunque una de esas señoritas tenía una medida bastante extraña (87-56-82). De todas formas he adjuntado una relación completa -de cada gemido, no de las medidas de las señoritas- y sus explicaciones en tres hojas de Microsoft® Word junto a cinco cupones regalo. Cuando tengas otros 30 cupones más, podrás canjearlos en mi cocina por un precioso juego de manteles que contiene seis individuales antideslizantes, tres lisos con estampados de polialgodón, un lote de 12 servilletas de lino tejido y un protector de mesa rectangular, aunque si lo prefieres ovalado, por mi parte no hay ningún problema.

Ahora voy a intentar tranquilizarme. Normalmente lo hago con pastillitas, pastillas o pastillazas, pero hoy lo voy a hacer por medio de los golpecitos, golpes o golpazos en el cráneo. Con un palo, naturalmente. De madera de pino, por supuesto. Totalmente controlados, faltaría más. Pero si los golpes no surten efecto y acabo en urgencias -ya me ha ocurrido en ocasiones anteriores-, cuando me den el alta me tragaré con el mismo vaso de ginebra tres pastillitas, siete pastillas, dos pastillazas y una cucharadita de ajenjo, que va estupenda para las flatulencias que producen los estearatos de magnesio que forman parte de cada comprimido.

Greg

domingo, 20 de mayo de 2018

Email del 20 de mayo 2018

El hombre angustiado (artista y año desconocidos)

Hola:

Nunca lo sabré si no lo intento, pero no creo que tenga ganas ni fuerzas suficientes para intentarlo si averiguo realmente qué es o para qué diantres sirve. No sé si tú sabrás que todo lo que sirve para unos carece de valor para otros. Tanto unos como otros son meras piezas de una especie de ajedrez eterno, cuyo tablero ha sido diseñado por una fuerza Suprema supuestamente misericorde y piadosa, pero claramente frenasténica. ¿A quién se le ocurriría crear todo lo que existe, lo que no existe, lo que vemos, lo que no vemos (incluso con la ayuda de unas gafas), lo que fue y será o lo que nunca comprenderemos aunque lo intentemos? Dicen que a Dios. ¡Me gustaría tanto ponerle una silla de montar y cabalgarlo hasta más allá del infinito! Dios es un vocablo diseñado para maldecir algo o para cagarnos en algo. Si no existiese esa imagen omnipotente y absoluta no nos quedaría más remedio que tragarnos toda la mierda. Y, amiga mía, te aseguro que la mierda es mierda, aunque a algunos les dé por decir que tiene un ligero regustillo a pollo al curry con pasas y manzanas. Y si no me crees, puedes intentar algunos ejercicios de contorsionismo extremo que con el tiempo te permitan poner tu morro en el agujero de tu propio culo.

A veces abro la boca y digo "aaahhhhh". Otras abro la boca y digo "ooohhhh". Tanto cuando digo "aaahhhh" como cuando digo "ooohhhh" quiero decir "aaahhhh" y "ooohhhh". Nunca disfrazo las palabras para que los posibles interlocutores se sientan felices. Me importa una mierda neurasténica si se sienten maravillosamente bien o prefirirían arrojarse al vacío desde una octava planta. Digo "aaahhhh" y "ooohhhh" porque me sale de dentro. En ocasiones incluso me sale de fuera. Soy experto en no prostituirme, quizá por esa razón me prostituyo. Y si es necesario me divido en dos y convierto a la nueva partición en un chulo demasiado palurdo. Y le doy permiso para que abofetee a la otra parte, la que cree que es una meretriz satisfecha. Pero nunca dejo que ninguna de las porciones sepa de qué va el juego. Les obligo a interpretar sus papeles pero no les doy tiempo para que los perfeccionen. Me gusta la naturalidad. Me gusta la nata, sobre todo cuando la unto en algún clítoris poco estimulado. Necesito descubrir el secreto de Doraemon. Necesito descubrir lo que tú, amiga mía, escondes cuando nadie te mira. Necesito dejar de sentir esta extraña fuerza que me obliga a sentir y sentir. Francamente, preferiría no sentir y no sentir. O por lo menos sentir sin que parezca que siento, porque solo no sintiendo dejaré de escuchar tantas insensateces. ¿Por qué la gente no implosiona? Necesito ver cómo implosionan. Necesito saber la razón por la cual nada es como quiero que sea. Necesito probar el sabor del cerumen de tus orejas. Y el secreto que intuyo que ya no es secreto, porque una o varias de las figuras amortajadas que lo custodiaba lo dejaron al alcance de... ¿todos? ¿De algunos? ¿De unos cuantos? ¿O de una gran mayoría? Quiero volver a ser algo similar a nada. Cuando era nada era todo. Ahora trato de parecer todo, pero ni siquiera soy todo, ni nada. No sé lo que soy ni lo que no soy. Incluso es posible que sea lo que sea, para ti o para otros, no sea lo que queréis suponer que soy. Porque todo lo que miro me hace llorar. Porque todo lo que toco me produce llagas. Podría decir que resulta divertido arrastrar esas impresionantes ganas de no existir, pero no sería más que otra sucia y repugnante mentira.

Lo he intentado, pero sigo sin conocer la respuesta. De todas formas ¿para qué cojones puede servir saberlo todo? ¡O saber una parte de ese (in)finito todo? Se supone que sabemos lo que queremos saber o lo que es necesario para creer que sabemos más que otros. Tú sabes muchas cosas, pero como no llevas una relación de tus conocimientos, en realidad no sabes nada. Yo... ¡Yo, tampoco entiendo nada! ¡Nada! Sé que lo repito en cada texto, pero es la puta realidad. Si entendiese algo, cualquier cosa, todo me resultaría más sencillo. Siempre termino escribiendo sobre el Todo y la Nada, sobre Doraemon, sobre calzoncillos y calcetines. Y de la tremenda estupidez de los humanitos, de mí, de lo mío, de mi único, dinámico y particular Yo. Pero es que necesito descojonarme. ¿No me entiendes? Necesito descojonarme de algo. Lo siento. Lo siento de corazón. Siento tener que descojonarme de algo para poder seguir rodando. Desde luego no siento nada que tenga que ver con vosotros, estúpidos imbéciles malnacidos que creéis que sabéis todo. ¿Acaso conocéis la fuerza o velocidad, eólicamente hablando, de mis prodigiosos y muy poco comunes pedos?

G

sábado, 19 de mayo de 2018

Email del 19 de mayo 2018


Edward Hopper. Sunlights in cafeteria (1958)

Querida:

Los sábados y domingos suelo ir a las diez de la mañana (en punto) a tomarme un café con leche a una cafetería-panadería. No tendría sentido ir a una cafetería-panadería a decapar la pintura vieja de una puerta de madera de roble o nogal. Desde que tomo café allí (nota: el día 23 de junio de 2008) jamás he llegado ni un minuto antes o después de las diez, quizá por esa razón me llaman amablemente "el puñetero de las diez" (¿o es "el putañero de las diez?). Pero no quiero hablarte de las cosas que hago, ni de cómo las hago y dónde las hago, sobre todo porque a menudo ni siquiera las hago y me conformo con imaginar que las hago. Si quieres que te diga la verdad, te escribo para hacer tiempo hasta las diez menos diez en que saldré hacía esa cafetería-panadería y pediré un café con leche, o quizá un té chai, con un croissant de mantequilla y sacarina. La sacarina para el té chai, por supuesto. Me cuesta nueve minutos y 34 segundos llegar hasta la puerta. Una vez allí suelo esperar a que mi reloj-cronómetro toque la hora y entonces entro. A menudo cuando entro me da la impresión de que salgo, pero eso es algo que solo (sin tilde desde 2010) yo noto, porque el resto de clientes siguen a lo suyo, que no es ni más ni menos que atiborrarse del mayor número de calorías en el menor tiempo posible, mientras charlan los unos con los otros y se cuentan las últimas mentiras recién manufacturadas. Es extraño, pero cuando salgo del establecimiento nunca tengo la impresión de que entro, sino de que permanezco. Creo que debería contárselo a mi psicólogo, pero como no tengo psicólogo se lo trataré de contar a mi abuela, que es la única que verdaderamente me entiende, quizá porque lleva varios años muerta. O puedo seguir notando esa sensación de permanencia mientras no permanezco. Me lo pensaré algún día. Puede que ningún día. ¡Soy tan inestable!

El sábado de la semana pasada llegué a la cafetería-panadería ocho minutos antes, pues salí de casa nueve minutos antes. Perdí un minuto intentando llegar a una conclusión sobre por qué cojones había salido nueve minutos antes. Cuando llegué a una conclusión que me dejó satisfecho me dirigí hacia la cafetería-panadería y permanecí ocho minutos en la puerta completando la secuencia esquemática de Tai-chi chuan que comienza con el movimiento " La raya en la crin del caballo salvaje", continúa con "Clavar la aguja en el fondo del mar" y termina con la postura del Supremo Infinito. ¡Oh, Om namo bhagavate vasudevaya! Cuando salga de la cafetería-panadería me dirigiré a otra panadería, sin cafetería, y compraré dos panes integrales. No tendría sentido ir a la otra panadería a comprar aguacates o limones. Llegados a este punto es posible que te preguntes por qué razón no compro el pan en la cafetería-panadería. A menudo me hago yo mismo esa pregunta. Y otras muchas que no vienen al caso. Quizá tenga que ver con que la panadera de la panadería sin cafetería me dijo una vez que tenía la cara más triste que había visto en sus cinco reencarnaciones. No sé. Tampoco me importa. Todo sucede porque tiene que suceder. Si los sucesos no sucedieran nada tendría sentido. Ni siquiera este texto obligado por las circunstancias. Tampoco parte de mis emociones parapetadas bajo toneladas de nihilismo, aunque si quieres que te sea asquerosamente sincero no puedo concebir el sufrimiento que implica estar vivo sin la ayuda del sarcasmo y el cinismo. Lo he intentado en numerosas ocasiones, pero siempre he acabado tirado en el suelo lloriqueando. No es que esté harto de la existencia, sino que estoy hasta los huevos de todo lo que implique pertenecer a la tribu humana, que es completamente diferente. Preferiría convertirme en cualquier cosa que permanecer como esencia troglodita. Daría todo lo que tengo por tener más de lo que tengo, porque todo lo que tengo es mucho menos de lo que deseo tener. Y sin tener lo que debería tener no puedo dejar de sentirme alejado de todo lo que necesariamente implique caminar a dos piernas, espatarrado por el sudor de los vaqueros baratos comprados en Alcampo y con el lamentable orgullo de sentir que pertenezco a un error biológico terrorífico.

Greg "Inter urinas et faeces nascimur" López

viernes, 18 de mayo de 2018

Email del 18 de mayo 2018

(Autor y título desconocidos)

Amiga:

Como escribidor profesional, siempre sé hasta dónde puedo llegar porque tengo claro cuál es mi jodido límite. Los escribidores nos diferenciamos de los escritores, además de por la poca calidad de nuestros textos, por habernos fijado un límite infranqueable. Todos los escribidores que he conocido que se han atrevido a traspasar dicho límite han acabado escribiendo maravillosamente bien y, más tarde o más temprano, convertidos en verdaderos escritores y creadores, con lo cual, han dejado de ganar dinero y han tenido que cambiar el supermercado de El Corte Inglés por Mercadona, Consum o DIA. De entre todos los escribidores, seguramente yo soy el único que también compro y robo en esos establecimientos, más que nada, porque soy tan pobre como un escritor. Y te aseguro que jamás he querido comprar o robar la comida y los cosméticos en El Corte Inglés. ¿Te imaginas lo que dirían mis amigos y conocidos si se tropezaran conmigo en dichos grandes almacenes? Hay que continuar con el mito. Hasta ayer, toda la gente que coincidía conmigo en Mercadona, Consum o DIA, se limitaba a darme consejos adquisitivos o me chivaban los últimos chismes del barrio. Digo hasta ayer, porque he decidido morirme de inanición. Si la palmo por algo tan elemental y básico como no comer, mi último texto puede llegar a convertirse en un éxito de ventas. Se titula La armonía cromática de mis testículos y es un thriller pornográfico. Quizá es el único texto pornográfico donde no sale ningún personaje, solo mis testículos, los cuales se limitan a contemplar el movimiento de la existencia mientras recitan poesías, mantras y textos basados en sus propias ensoñaciones. He dedicado el libro a Martin Klaproth y a Glenn T. Seaborg, aunque todos los beneficios, si los hubiere, serán legados a los 49 clubs de alterne que he visitado desde el día que descubrí qué es y para qué sirve un club de alterne.

Te habrás dado cuenta de que últimamente siempre tengo a mis testículos en la boca, bueno, quiero decir, en fin, tú ya me entiendes, ¡siempre estoy escribiendo o hablando de ellos! Quizá sea por la edad, o puede que por mi incapacidad para escribir o hablar sobre los polisacáridos no amiláceos. Si supiera más sobre polisacáridos no amiláceos o incluso sobre monosacáridos u oligosacáridos, te aseguro que no escribiría o hablaría sobre testículos, propios o ajenos. Ahora en serio: escribo y hablo tanto sobre mis testículos porque, primero, son míos y se han portado extraordinariamente bien durante todos estos 56 años; segundo, mantienen su forma primigenia y no han crecido ni disminuido de tamaño; tercero, aunque padezco en silencio de criptorquidia en el derecho y el izquierdo es claramente ectópico, nunca he tenido que rascármelos, agarrarlos o vacilar de mi hombría delante de ningún futbolista o torero.

Después de la anterior explicación, y para terminar con el email, me gustaría, como hago siempre, pegarte un párrafo del texto. No es ni el mejor ni el peor, sino uno elegido al azar. Al releerlo mientras trato de copiarlo, siento que he tocado ese límite del que te hablaba antes y que separa a un simple escribidor de un correcto escritor. Afortunadamente no lo he traspasado. Y me congratulo de no haberlo franqueado porque El Corte Inglés más cercano a mi barrio se encuentra a unos 4 kilómetros de distancia.

"Aunque él no lo sabía, mi hermano estaba sometido a vigilancia por parte del Centro Nacional de Inteligencia Testicular. Por esa razón tuve que convencer al cerebro para que proporcionara un dolorcillo sutil en la túnica albugínea y en la cola del epidídimo. Mientras los dolores amargaran a mi hermano, supuse que harían lo mismo con los esbirros de los servicios de inteligencia de las gónadas, pero me equivoqué y los detectives se pusieron en contacto con el representante oficial autorizado responsable de las sediciones septales, mediastínicas o extratesticulares y le contaron que todo era una estúpida representación programada para denostar a las instituciones reproductoras."

Greg

martes, 15 de mayo de 2018

Email del 15 de mayo 2018

Vincent van Gogh. Still life - French novels and rose (1888)

Amiga:

Estoy escribiendo cinco versiones de una misma novela que, básicamente, trata sobre apariciones monstruosas, ventanas de madera y degeneración caucásica. En realidad el argumento es el mismo, lo único que cambia es la construcción y el número de desatinos. Cuando la termine pienso publicar las cinco en un mismo volumen que irá acompañado de un carrito metálico para poder transportarlos y de un desodorante, puede que Fa o quizá Axe. Te dejo los cinco primeros párrafos del primer capítulo de cada uno de los cinco libros. Me gustaría mucho que me dijeras cuál te ha gustado más, cuál te ha gustado menos, cuál te ha dado ganas de vomitar y cuál crees que con toda probabilidad pasará a la "historia de la infamia". Ya puestos, también me gustaría que me dijeses qué pantalón debo ponerme hoy y por qué razón no debo esnifar más sildenafilo machacado.

Primera versión:
Creo que eran cerca de las cuatro de la noche cuando me acerqué a la ventana. Entonces la vi. Se movía de una forma extraña, muy similar a como lo haría una anciana de 347 años que padeciera sarcoma del tejido blando y a la que le faltara una pierna. Al principio creí que estaba imitando a la bisabuela de Jackie Chan, pero al enfocar el cristalino bien fui capaz de ver su rostro, que en esos momentos me pareció similar al de una serpiente de cascabel de Valladolid (Crotalus vallisoletanus).

Segunda versión:
Creo que eran cerca de las dos del mediodía cuando me asomé a la ventana de la cocina. Entonces divisé una serie de desplazamientos extraños al otro lado. Dichos movimientos me recordaron al trote de un semidiós cuando baja a la tierra para fulminar a cualquier primogénito que no esté debidamente circuncidado. Durante siete minutos con nueve segundos estuve tratando de dilucidar si todo lo que veía era real o fruto de la mistela de Mercadona, que es la más barata del mercado. Cuando llegué a una conclusión, el movimiento de la "cosa" se había transformado en un pasodoble y enseguida supe que en realidad no estaba en casa, sino en los lavabos de un tablao flamenco.

Tercera versión:
Creo que eran las once de la noche, porque a esas horas siempre me duele el segundo metacarpiano de la mano derecha y la quinta falange distal de la mano izquierda. Hace años me los mordió una vaca mientras trataba de hacerle una foto erótica y desde entonces se han convertido en mi reloj nocturno particular. Cuando llegué a la ventana ya eran las once y uno, porque tardo justo un minuto en desplazarme de la salita  al comedor. Cuando abrí la ventana pude ver a un monstruo de color verde cuyas patas verdes no eran tan verdes como su cabeza. Tenía una cola verde que terminaba en punta y su lengua verde era tan repugnante como el glande rosado de un perro grande.

Cuarta versión:
Creo que no era ni la una cuando sonó el timbre de la puerta. Cuando abrí entró corriendo y completamente asustada Faustina Vazquez Somoza, mi vecina de origen colombiano. Faustina padece artrosis de cadera y cierta miopatía metabólica que le impide caminar a mas de 0.00000001 por hora. Sin embargo se introdujo a tal velocidad que mi hermoso bigote Chevron acabó encima del televisor Telefunken. Cuando le pregunté qué es lo que le sucedía solo pudo santiguarse, orinarse, abotagarse, amoratarse, enzurronarse, ensimismarse y enroscarse. Al tratar de desenroscarla, su menudo cuerpo se transformó en una especie de gancho abierto de quijada, mientras sus huesudas manos señalaban a la ventana. Cuando me acerqué y la abrí, pude ver una sombra gris que se deslizaba de derecha a izquierda, mientras de lo que parecía una boca infernal, salían guirnaldas satánicas que cuando tocaban el suelo se convertían en sapos con forma de bizcochos ligeros y que exhalaban un sonido más parecido al que emitiría un hongo mucilaginoso que al de un batracio.

Quinta versión:
Creo que eran las siete porque siempre que miro el reloj del comedor son las siete, seguramente porque está roto desde julio de 1963. Ese día mi madre se lo tiró a la cabeza a mi padre por haber intentado bajarle las bragas mientras fregaba unas sartenes antiadherentes y un tazón semiesférico con asas. Mi madre odiaba que mi padre le metiera mano cuando fregaba, pero a mi padre eso le ponía a cien y siempre que podía intentaba llevarla al catre cuando se acercaba a la pila de mármol. Después de recibir una sonora bofetada y el relojazo en la cara, mi padre se dirigió a la ventana a fumarse un cigarrillo para tranquilizar a su ego machista y, de acuerdo con sus memorias, le pareció ver en la acera de enfrente un trozo de la acera de debajo. Asomó la cabeza para intentar ver la acera de debajo y vio la acera de enfrente junto con trozos de la acera de debajo y fragmentos desprendidos de otra acera, seguramente la de la calle Coontraalmirate Mistral que está sita a 237 metros de cualquier otra acera.

Es posible que cuando termine las cinco versiones escriba una rumba para una amiga. Repito, solo es posible. Nadie conoce el futuro. Yo conozco el pasado porque me lo han contado en numerosas ocasiones, pero el futuro, amiga mía, es otra cosa. Lo único que sé es que mi futuro está por venir, pues si no estuviera por venir, claramente no sería futuro. No conozco a ningún futuro que haya pasado. Ni ningún pasado que esté por llegar. Algunos creen que el pasado es prácticamente una mentira y por esa razón confían en el futuro y en la bono-loto, pero yo creo que no existe el futuro, ni siquiera el pasado y que todo lo que fue y será no es más que una cena que me ha sentado fatal. Por eso cuando termine las cinco versiones y la rumba me haré trapicheador de bicarbonato sódico.

lunes, 14 de mayo de 2018

Email del 14 de mayo 2018

Philip Guston. Daydreams (1970)

Querida:

Estoy de píe y giro al contrario. ¿Soy un derviche girador? No creo, pues existen otros muchos lugares y momentos. Aunque si quieres que te sea sincero, todavía sigo soportando esa maldita sensación de molestia en el estómago, porque me doy cuenta de que no soy capaz de comprender una jodida mierda de lo que sucede alrededor. A veces incluso creo que con la edad entiendo todo menos. Pero no trato de gritar mi profundo malestar a cualquiera que pueda escucharme, solo quiero que nadie me importune mientras doy vueltas. Cuando giro siempre tengo la sensación de que se abren todas las puertas. Y es en esos instantes cuando todo me importa un carajo. Porque mientras cierro los ojos y me impulso hacia el lado izquierdo todas las pequeñas cosas que antes me producían conflictos ahora pertenecen a la danza. Y la danza forma parte de esa inercia histórica y recurrente que tiene el poder de aniquilar cualquier forma de pensamiento ajeno. Trataré de explicártelo de una manera más comprensible. Supón que sales por la puerta y el principio de oscuridad se arroja sobre tus ojos. Entonces piensas, "¿cómo es que está atardeciendo tan pronto? Seguro que la tarde esconde algo". Das la vuelta y vuelves sobre tus pasos. Cierras la puerta y enciendes la luz eléctrica. De repente todo lo que pudo ser deja de representar una amenaza, porque lo que verdaderamente deseas es volver a participar de lo que conoces bien, aunque no te represente. Aunque no te represente. Ese es el quid de la cuestión. ¡La esencia, el motivo! La causa y el fondo como sustantivo. Todo lo demás, no son más que moléculas insuficientes, restos de demasiadas carencias, que en su infinito camino hacia el demasiado poco absurdo "ningún lado", se estrellan en la vana y hueca insustantibilidad de tus emociones. Es en esos instantes cuando decides que, al fin y al cabo, no salir fue una buena jugada, magníficamente rediseñada y con un final tan predecible como el de un estúpido sueño.

G

sábado, 12 de mayo de 2018

Email del 12 de mayo 2018

Ronnie Landfield. Something else (1967)

El vacío, es decir, esa sensación estática y dinámica al mismo tiempo que nos agobia constantemente -por lo menos a algunos de nosotros- y que suele presentarse en forma de gabela existencial, me recuerda a Cosme, un amigo íntimo que se suicidó disolviéndose en ácido. Cosme tenía cara de vacío y siempre llevaba los bolsillos y la cartera vacíos. Quizá por eso se quitó la vida, aunque todavía es un misterio de dónde sacó el dinero para comprar ese compuesto incoloro e inodoro de azufre, hidrógeno y oxígeno que lo desligó de la naturaleza viva y lo convirtió en algo similar a un excedente de inexistencia absoluta. Cosme, que en realidad se llamaba Cosme, aunque todos lo conocíamos por Cosme, era un imbécil parapetado dentro del cuerpo de otro imbécil, quizá incluso más imbécil todavía, pero la mayor parte de nosotros le queríamos. En esa época, nosotros éramos solo yo. Años más tarde Éramos pasó a ser el nombre de un perro pequeñito y, actualmente, "éramos" no significa gran cosa, sobre todo para esa gente que nunca fue porque no se le permitió ser.

Cosme adoraba acariciar los rayos de luz que entraban por los agujeritos de las cortinas. Un día me metí en la boca un agujerito y mi amigo casi se desmaya. Tuve que convencerle de que todo era una broma, pero él ya nunca llegó a ser lo que él era antes de dejar de ser él. Desde ese instante, las nubes dejaron de presentarse en mi cielo y se petrificaron en una perfecta ausencia. La de Cosme, por supuesto. Cuando reparé en todos esos cambios y en la forma en la que pretendían trastocar sus nadas y mis casi nadas, decidí que había llegado el momento de rellenar de ósculos fingidos la completa totalidad del Universo. Creo que todo sucedió durante la canícula de julio de un año cuya cifra terminaba en siete, aunque tendría que comprobarlo para estar más seguro, pero ¿importa algo? ¿A alguien le importa un poco, cualquier cosa, que no sea ese mismo y jodido alguien? ¿Existe alguien en cualquier lugar que sea capaz de entonar o susurrar a otro alguien diferente esos madrigales de amor sin odio que permiten que el continuo rodamiento gravitacional no sea más que eso, un continuo rodamiento gravitacional, sin mierda, sin redención, con permanencias tangibles y demostrables? Yo ya no puedo dejar de ser yo. Lo he intentado, pero es demasiado tarde. Demasiado tarde para continuar con la farsa. Demasiado tarde para justificar la farsa. Demasiado tarde para intentar que la farsa se sostenga y con ella ese millón de deslizamientos patológicos. Algunas veces, sobre todo cuando esas algunas veces dejan de ser algunas veces y se convierten en la mayor parte de las ocasiones, las equimosis que conforman el lado oscuro de mi corazón, bailan esa danza espectral diseñada por la mujer guapa vestida de blanco que se aparece en mis pesadillas. Cosme conocía mis pesadillas porque una tarde de primavera se las incrusté a la fuerza. Recuerdo que él gritaba. Recuerdo que yo gritaba. Recuerdo que la tarde gritaba. Todos gritábamos, porque no sabíamos cómo dejar de gritar. En ocasiones hasta las cosas más sencillas se olvidan. En ocasiones hasta las ocasiones dejan de ser ocasiones. Todo es tan terriblemente complicado...

viernes, 11 de mayo de 2018

Email del 11 de mayo 2018


Sam Francis. Bright nothing (1963)

Querida:

Nueve de la mañana. Un taxista sin taxi encuentra un taxi y se sube al taxi. Cuando intenta ponerlo en marcha regresa el taxista propietario del taxi y se lía a hostias con el segundo taxista, el que no tenía taxi. Al final ambos taxistas se terminan cayendo bien y surge entre ellos un deseo libidinoso. Cogidos de la mano se acercan a una pensión de tercera categoría y hacen manitas. Mientras las manitas se transforman en guarradas no aptas para un público no debidamente preparado, otro taxista sin taxi se monta en el taxi, le hace un puente y se lo lleva. Cuando los dos taxistas se visten, acuden al taxi del primer taxista y reparan en que el taxi ya no está donde debía estar, llaman a la policía y denuncian la sustracción y vuelven a la habitación de la pensión de tercera categoría. Mientras los dos taxistas intentan nuevas posturas imposibles, el taxista ladrón para frente a un club de alterne y entra para alternar. No tendría sentido entrar en un club de alterne para incomunicarse. El alterne va viento en popa y las alternadoras son bastante jóvenes y atractivas. Mientras todos alternan en el club de alterne otro taxista sin taxi se encuentra con el taxi robado por el taxista ladrón al taxista que en esos instantes enseña posiciones comprometidas al segundo taxista, el que intentó robar el taxi y acabó en la cama con el taxista. Este último taxista es tan cleptómano como el anterior y roba a su vez el taxi. Ni siquiera debe hacer un puente porque aprovecha el que hizo el primer ladrón taxista. Ya sé que es complicado, pero es el argumento de mi próxima novela titulada Tengo información sobre el taxista que estará lista cuando acabe de pensar y escribir todas las burradas que se me pasen por la cabeza. Cuando la termine regresaré al texto que tengo empantanado desde hace siete horas, que se titula Ay y que trata sobre un anciano que se atusa la barba. No sucede nada más, solo el atusamiento lánguido y continuo de la larga barba blanca. Demuestro en 78 capítulos que soy capaz de describir un atusamiento sin necesidad de complicar demasiado una trama. Al final de la obra, el anciano fallece de aburrimiento y la barba deja de ser atusada.

El proceso de creación de una novela es siempre parecido al proceso de creación de una tortilla de patatas. De hecho son tan semejantes que a menudo acabo comiéndome la novela y reescribiendo la tortilla. En ocasiones, sobre todo cuando a la novela le falta sal o la tortilla se hace predecible, suelo meterme en la ducha y bañarme. Soy el único tipo del mundo que es capaz de bañarse en la ducha y ducharse en la bañera. Por esa razón mi cutis reluce, refulge y fulgura. Y a veces incluso centellea. Cuando eso sucede, apago las luces de la casa y admiro mi piel. Pero no me gusta sorprenderme con profundidad, no sea que descubra una pequeña imperfección cutánea y sienta la necesidad de dejar de existir. Pero creo que estoy desviándome del verdadero tema de esta disertación. Cuando creo un personaje siempre intento crear al mismo tiempo una personaja. Un personaje sin una personaja no es un personaje. Claro que una personaja no es nada. No existe. Por lo tanto no puede ser seguida en Facebook. Hace años creé un personaje que no era personaje, pues era un un músculo bipenniforme humano que tenía vida y tomaba decisiones. Mi editor se negó a publicar la novela y yo cambié de editor y transformé al músculo bipenniforme humano en un músculo multipenniforme animal. Entonces la obra satisfizo a mi primer editor que imploró que lo volviera a contratar. En lugar de eso despedí también a mi segundo editor y me preparé una paella de pollo y conejo. A día de hoy es esa paella de pollo y conejo quien edita mis textos. Y debe hacer un gran trabajo porque ya ha recibido más de 30 premios, galardones y propuestas de cohabitación.

Siempre que pienso en mis novelas y cuentos antiguos me entran ganas de volver a reescribirlos. La única obra que no tocaría -pues creo que representa el culmen de la perfección literaria- es Cáscaras melindrosas, la historia de una vaina meliflua que cae por error en un vaso de cerveza negra de Baviera y recuerda su vida mientras poco a poco se sumerge y se ahoga. Que el ahogamiento suceda en la segunda página y que la obra completa solo tenga 4 páginas no quiere decir absolutamente nada. Por esa razón, jamás nadie se atrevió a sacar conclusiones, pero conozco a un tipejo que intentó sin éxito meter las conclusiones, aunque nunca me dijo el lugar donde intentó introducirlas. Y si quieres que te sea tan sincero como un ministro, no me interesa saberlo. Lo único que me interesa en estos instantes es saber si el segundo ladrón taxista debe morir o por el contrario debe vivir. Claro que también podría hacer que muriese para luego resucitarlo en forma zombificada y que siguiera robando taxis. No sé. Quizá es una solución demasiado facilona. O podría dejar que se suicidara metiendo la minga por el tubo de escape todavía caliente. ¡No! Ya pensaré una buena continuación. Pero la pensaré más tarde. Ahora todavía es demasiado pronto. Demasiado pronto para seguir las huellas. Demasiado pronto para imaginar un deseo. Los deseos son bastante tiquismiquis y solo se dejan desear en ciertos instantes. Y esos instantes suelen ser los más distantes. E indeseables. ¿Has conocido alguna vez un instante distante e indeseable? ¡Yo también!

A veces miro a través del cristal de la ventana, pero no veo nada porque está muy sucio, así que me imagino todo lo que sucede en el otro lado. Y lo que sucede son... cositas. Podría relatarte qué clase de cositas pero no me siento con ganas. Hace 24 años sí me sentía con ganas. Hace 32 años también tenía bastantes ganas. Hace 44 años me descubrieron desnudo contemplando unas fotos de varias ganas desnudas y en posiciones comprometidas. Hoy estoy completamente desganado. Ni siquiera escribir novelitas sobre taxistas cuatreros me produce algún tipo de sensación que no sea de profundo asco. Incluso pienso en el suciocidio, que no es otra cosa que suicidarse estando sucio. Yo estoy sucio, más por dentro que por fuera. Me gusta la suciedad, pues me recuerda que nací humano. Todos los humanos son unos marranos. Tú eres una marrana. Tu madre también es una marrana. Y la amante del que se supone es tu padre. Y tu tía Felisa. Y tu primo Fermín. Sois una familia de marranos. Todos tus vecinos, todos tus amigos y enemigos, tus clientes y tus proveedores, todos son unos marranos. Vivo rodeado de una piara de marranos. Por eso creo que vivir no es vivir. Vivir es contemplar marranos. Y yo solo soy capaz de continuar con mi vida si en lugar de ver marranos a todas horas veo ninfas del bosque. Una ninfa no es un marrano. Aunque hay ninfas guarras, no llegan a ser unas marranas. Creo que voy a romper con todo o puede que rompa todo. No estoy seguro. ¿Tú estás segura? Si tú nunca has estado segura de nada, ¿por qué jodida razón ibas ahora a estar segura? Tu inseguridad me crea seguridad. Mi seguridad me cobra una pasta al mes por mantenerme seguro. Pero tu inseguridad es completamente gratis. Por eso tú eres poco y yo soy mucho. Todo en mí es mucho, excepto cuando es poco. Creo que estoy llevando mi disquisición a un mundo paralelo. Podría haberla llevado a un mundo oblicuo, pero la oblicuidad me trastorna. No sé si eres capaz de seguir mis razonamientos. Si eres capaz de seguirlos te ruego me expliques qué cojones estoy diciendo porque hace un par de párrafos que me perdí. ¡Pero me he perdido tantas veces! Tantas como escapularios coleccionaba mi abuela Narcisa. Recuerdo que una vez le robé un escapulario y me até las Nike con él. Supongo que esas zapatillas deben estar ahora en el cielo. Pero... ¿existe el cielo? Y si existe, ¿es de libre admisión? ¿Cobran las consumiciones? Tengo tantísimas dudas. Tantas como escapularios coleccionaba mi otra abuela, que por una casualidad de la vida también se llamaba Narcisa y coleccionaba escapularios. Supongo que si fuera coherente dejaría de ser incoherente. Claro que se puede ser perfectamente incoherentemente coherente o coherentemente incoherente imperfectamente. ¿O la incoherencia es proclive a lo anatema?

Hace algunos años subí para volver a bajar. Mientras bajaba sentí ganas de subir otra vez, pero por llevarme la contraria bajé y bajé. Y llegó un momento en que estaba tan bajo que estaba muy alto. Había cerrado el círculo. No, no pienses marranamente, no era un círculo vicioso, ni siquiera el Círculo de lectores, sino un círculo sin segmento meridiano cuya recta tangente acababa de estrangular al ángulo que mantenía su vértice en el centro del círculo. En lugar de denunciar el estrangulamiento decidí intentar una subida hacía abajo con lo cual acabé siendo encerrado por incompetencia mental. Y todavía me encontraría encerrado si no hubiese roto la cerradura y salido al exterior, que es el lugar donde no me encuentro ahora mismo. Me gusta el exterior porque no tiene tabiques. Y sin tabiques no es necesario colgar cuadros. Cuando cuelgas un cuadro, de alguna forma jodes todo, pues necesitas buscar muebles que combinen con el color de los cuadros. También suele suceder lo contrario: cuelgas muebles en los tabiques y te das cuenta de que no combinan con los cuadros que descansan sobre el suelo. En el exterior se es libre, por supuesto siempre que uno se mantenga lejos de los marranos. Recuerda: tú eres una marrana. Tu madre también es una marrana. Y la amante del que se supone es tu padre. Y tu tía Felisa. Y tu primo Fermín.

G

jueves, 10 de mayo de 2018

Email del 10 de mayo 2018

Utagawa Kunisada. Ichikawa Danjuro VII in his dressing room (1827)

Amiga mía:

De las siete personas que visitan mi blog regularmente, seis piensan que debería ponerme en manos de un psiquiatra y una que necesito urgentemente la ayuda de un buen peluquero. Por esa razón acabo de cambiar de odontólogo y he suspendido de empleo y sueldo por 12 meses a mi proxeneta habitual. Mi dentista antiguo coleccionaba chalets que le financiaba yo por medio de las continuas ortodoncias; y mi chulo, un día y sin previo aviso, dejó de insultarme y se dedicó a componer canciones espirituales sin estribillos. Pero no quiero contarte lo magnífica que es mi existencia o demostrarte lo magnífica que es mi existencia, ni siquiera convencerte de lo magnífica que es mi existencia. Lo que realmente quiero es que se termine de una jodida vez mi magnífica existencia. Y tú has sido la elegida para que eso suceda. Solo tienes que asesinarme. ¿Serías capaz de taladrarme ambos ojos con el palito de un Chupachups? Sé que me quieres y que harías cualquier cosa por mí. Después de taladrarme los ojos con el palito del Chupachups podrías comerte el Chupachups o regalárselo a un niño. Si te preguntas por qué he elegido una forma de muerte tan dolorosa e inhumana tienes la respuesta garabateada en un papel dentro del bolsillo de uno de los pantalones Levís 511 que cuelgan en mi vestidor. De paso podrías plancharme la camisa de lino que está tirada encima de las perchas. Quiero que me entierren con esa camisa. Me la regaló Dios el día que se apareció ante mí. Yo quería que me ofreciese las Tablas de la Ley, pero él prefirió renovarme poco a poco la guardarropía. Ah, necesito que le digas al tanatopractor o a la tanatopractora que cuando me tinte las cejas no use el color negro, ya que entonces parezco una vieja dama de la aristocracia latifundista. Y también que compres un calzoncillo sin sisas. No quiero largarme al otro mundo con molestias en las ingles. Y bueno, creo que no me dejo nada. ¡Ah, sí! Quiero que arrojes mis cenizas desde la cima del pico Uhuru en el monte Kibo, en pleno Kilimanjaro. Y que mi última ex lea mi panegírico. Lo escribí ayer y me siento muy orgulloso de su valor literario. Lo tienes en el bolsillo del camisón que cuelga al lado de mis pantalones Levis 511 que a su vez cuelgan en mi vestidor. ¡Todo cuelga en mi vestidor! Excepto mi vestidor, que siempre permanece impasible y absolutamente verticalizado, quizá esperando una manita de pintura acrílica que nunca llegará.

Para terminar con este postrero email y, sobre todo, para acabar con todo y con todos, quiero explicarte dónde se encuentra la puta mierda. Te he dibujado un mapa. Lo encontrarás en el bolsillo de mi chupa de polímero sintético preferida que se encuentra -¿lo adivinas?- colgada en el compartimento secreto de mi vestidor. Cuando lo encuentres quiero que memorices el recorrido y lo comuniques a cualquier persona, animal o cosa que haya tenido que ver conmigo en los últimos 56 años.

Te querrá (si cumples sus designios):

Greg

miércoles, 9 de mayo de 2018

Email del 9 de mayo 2018

M.C. Escher. Dream (1935)

Querida:

Esta noche he soñado que tenía una almorrana muy gorda y tan grande que colgaba entre las nalgas. Sé que no me vas a creer, pero es absolutamente cierto. Tan cierto que nada más despertarme he sentido la necesidad de meter la mano y comprobarlo. A veces los sueños pueden llegar a ser muy reales y se necesitan varios minutos para volver a la realidad. El problema ha sido que al meterme la mano para verificar si existía o no esa madre de todas las hemorroides, he sentido una especie de placer sicalíptico recorriendo cada poro de mi cuerpo. Un placer que todavía perdura porque, aunque ya hace más de tres horas que me despabilé, no he sido capaz de retirar la mano de... ejem, donde tú ya sabes. Lo único que he podido hacer ha sido cambiar de mano para poder escribirte este email. Creo que toda esa gente que afirma que el ser humano es básicamente rectal tiene razón. Me he convertido en un tipo anal (¿o quizá asnal?) y sigo siendo la hostia de heterosexual, pero lo que verdaderamente me preocupa es si seré capaz de sacar la mano de ahí algún día, pues el placer es tan inmenso y adictivo como el que proporciona restregar la parte protegida por la cremallera de los pantalones sobre una superficie metamórfica demasiado poco pulida. ¿Crees que si salgo a la calle con el brazo metido por la parte trasera de los vaqueros causaré alguna forma de repulsión que haga que la gente me considere un ser asqueroso, despreciable y ruin? ¿O por el contrario, el vulgo considerará mi maniobra como algo particular y completamente aceptable? Tengo que ir al banco a hablar con su director y después a una frutería. Y tanto en un sitio como en el otro me gusta palpar con ambas manos los productos que ofrecen, ya sea dinero usado o frutas y verduras frescas. Está claro que he de llegar a una conclusión. ¡Y acabar con esta oclusión! Si no lo hago mi existencia estará supeditada al perineo y sus alrededores. Y eso no puede ser bueno. Te seguiré manteniendo informada.

Greg

PD:
La UE busca fórmulas para mantener vivo el acuerdo nuclear con Irán.

domingo, 6 de mayo de 2018

Email del 6 de mayo 2018

Max Kurzweil. Despair (1910)

Querida:

En ocasiones, me doy cuenta directa e irónicamente de que todo en lo que, de alguna forma, estoy implicado o simplemente depende de mis criterios fundamentales, no es más que una especie de imagen especular creada con el único propósito de indizar cada uno de esos determinados instantes. Y aunque en el primer termino de esas representaciones siempre aparezca una mancha caliginosa con aspecto desagradablemente freudiano que se supone me representa, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorríendome la columna vertebral, pues cada uno de los pretendidos píxeles que conforman esos detestables y ridículos desdibujamientos están marcados con una referencia con forma o apariencia de cifra. ¡Soy un maldito guarismo! ¿Debería responder por cada dígito numérico? Quizá, aunque estoy convencido de que todo se reduce a una simple y fundamental carencia de objetivos, a una rendición incondicional o un pogromo del que formo parte, seguramente sin proponérmelo realmente. Podría intentar desembarazarme del sudario de crinolina que me aprisiona, hacer un agujero en el ataúd de cartatextiel con los puños y no volver a preocuparme de los queloides formados en los nudillos. Pero también podría tratar de darme cuenta de que ese mysterium tremendum et fascinosum que me impide comportarme como un jodido mono erguido repleto de corpúsculos absurdos, ilógicos e irracionales, no es otra cosa que eso que algunos llaman anormalidad revolucionaria, que tanto dolor causa y que no sirve absolutamente para nada. Si realmente soy tan inteligente como he creído durante todos estos años, debería haberme convertido en buscona profesional hace algunas décadas (o por lo menos en macarra profano).

La totalidad de la estupidez humana se manifiesta en la sumisión masoquista ante cada una de esas figuras que representan a un Dios absoluto, omnipotente y vindicativo. Solo tenemos que identificarnos con algo similar al punto más bajo y con menos retorno existente para sentir que el poder y la gloria de esa especie de Mierda Suprema está a nuestro lado y se alimenta de nuestros espíritus. Y mientras ese culto cruel, caníbal y sanguinario predice nuestros días y maldice nuestras noches, una forma con apariencia de espectro enardecido y complejidad de helminto cilíndrico y alargado se apodera de nuestras contradicciones manipulándolas sádicamente. Y es en esa mistificación donde se produce el vínculo. ¡Sí, es un vínculo, aunque sin conexión empírica! No se me ocurre una forma comprensible de expresarlo, aunque cuando medito sobre esa trabazón, a menudo vienen a mi cabeza las imágenes de ese hombre sin rostro que rivaliza con el héroe protagonista de Nuits rouges, el fabuloso homenaje-parodia a Feuillade y la Gaumont.

La mente es sin duda el definitivo obstáculo (¿cuestión lógica?) que impide al ser humano comportarse como un verdadero ser humano. En lugar de respaldar los conceptos neurobiológicos que pretendidamente nos definen, preferimos seguir y respaldar líderes. Y mientras insistimos en horadar nuestra bajísima autoestima, nuestros destinos se corrompen. ¿Qué es lo que queremos ser? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para ser lo que queremos ser? Una vez más, la respuesta a dicha cuestión es tan utópica como los sueños de la lechera de Samaniego. ¡El quid de la naturaleza humana es tan elemental y se deteriora tan rápido como un queso poco curado! Y créeme, entiendo un montón sobre la dinámica de la maduración y fermentación. No sé. Creo que debería... ¿legitimar mi desesperación?

G

miércoles, 2 de mayo de 2018

Email del 2 de mayo 2018

William Hogarth. The Madhouse (1735)

Hola:

Esta mañana he dedicado un par de horas a releer y corregir un relato que escribí hace 25 años y que se titula "Infancia, vocación, danza ritual y primeras experiencias de un viejo calcetín agujereado y sumido en un momento de degradación bioquímica parcialmente indeterminada". Mi primera impresión al acabar el cuento ha sido la de pegar fuego a la finca para estar completamente seguro de que el texto ardería hasta su total consumición, pero al pensarlo fríamente he llegado a la conclusión de que es perfecto para la clase de imbéciles que puebla este país. Mañana lo enviaré a mi editor para que decida si tiene verdadero potencial comercial y, si es así, para que lo publique. Me gustaría mucho que los posibles lectores acabaran estabilizados al leerlo. La chusma desestabilizada solo puede aspirar a estabilizarse, aunque es verdaderamente difícil que eso suceda. Para algunos, como el experto en estulticia binaria monocorde Aitor Beitialarrangoitia Agirregomezkorta, que eso sucediera no sería más que un auténtico milagro, comparable a la multiplicación de los peces y los panes, aunque si la estabilización se intenta con fe, cariño, dinero y autodominio es posible mantener la desestabilización más controlada. Incluso conozco a un tipo que trabajó en un restaurante de esos que se anuncian como de la Nueva cocina, que es capaz de esferificar cualquier desestabilización e incluso acaramerarla o nitrogenarla. Particularmente, no recomiendo intentar demasiadas guarradas con las desestabilizaciones aunque sí con las estabilizaciones, ya que al ser más constantes, soportan mejor cualquier tipo de manoseo descontrolado. Y si a mitad del toqueteo pasamos una bayeta mojada por el epifragma -que impide que el resto de desestabilizaciones acaben por desestabilizar lo poco estabilizado que pueda quedar-, entonces mejor que mejor. Y si queremos rematar el desquicio, podemos insertar un perlizador en uno de los extremos de cualquier desestabilización para que atomice los conductos expelidos de cada uno de los diminutos proyectos de posesión estabilizadora vinculada.

Greg "Mojarrito" López

martes, 1 de mayo de 2018

Email del 1 de mayo 2018

Saul Steinberg. Untitled (Question Marks) (1960)

Querida (¿querida?):

No soy un concentrado de resina de própolis, pero tampoco se puede decir que estoy en "esto" para derramar mi bilis sobre las cabezas de los que algunos denominan "víctimas sociales". Es cierto que me encanta desbarrar sobre la estupidez humana y que aproximadamente el 90 % de mis textos se deslizan por ese terreno tan infecundo y gredoso, pero también es cierto que mi artificiosa pretenciosidad es perfectamente lógica. Por supuesto, siempre que comprendamos que dentro de todo razonamiento dialéctico se parapetan principios disparatados. Si tú fueras una supuesta "víctima social" ya hace tiempo que no existirías, porque en mi particular "esto" no hay espacio para los sandios, ya lo sean de nacimiento o tardíamente asilvestrados. Si estoy en "esto" y no en "lo otro" es simplemente porque me resulta más sencillo permanecer que renunciar. Mi padre ya hablaba de mí en términos semejantes hace cinco décadas. Para él yo solo era un cobarde vago y caradura que merecía un futuro lo más mierdoso posible. Y así ha sido. No sé si mi "aquí y ahora" es tan mierdoso como él predijo, pero estoy convencido de que es mierdoso. Y cuanto más vivo el hoy, más añoro el nunca. Dicen que allí, en el nunca, no existe la mierdosidad. No existe básicamente porque no existe nada. Bueno, sí existe la Nada, pero no como nosotros la imaginamos, sino de una forma totalmente completa. Intentaré explicarme: para nosotros, los supervivientes asocialmente inquietos o incluso para las "víctimas sociales" todo lo que existe, y por lo tanto somos capaces de percibir, no son más que pequeños "estos" absurdamente incompletos a los que no vale la pena acercarse. Pero cada uno de esos pequeños "estos" absurdamente incompletos, esconden una o varias realidades insondables que, aunque no trastocan sus principios de insuficiencia parcial, sí podrían llevar a conclusiones francamente erróneas. Personalmente soy un seguidor de cualquier cosa que parezca o sea una conclusión errónea porque me acerca un poco más al absurdo; y el absurdo no es más que un minúsculo disparate; y el disparate hace que mi existencia sea sosegada, tranquila, quizá aburrida, pero sin rastro de compulsiones, provocaciones o perturbaciones. ¡Pero con infinidad de eyaculaciones! E imperfecciones. Y disquisiciones, perpetraciones, aceleraciones (jodido gin-seng), consumiciones, penetraciones, reclinaciones, admoniciones, meditaciones, afiliaciones, sucesiones... ¡Y pan de molde marca Bimbo!

Un día seré capaz de distanciarme de todo. O mejor dicho: puede que alguna vez deje de creer en los "estos". Ningún jodido "esto" va a financiarme la existencia. Pero es tan sencillo echarle la culpa a algo. ¿Un "esto" es algo? Varios "estos" son varios "algos". ¿Cuántos "algos" son necesarios para llenar un "esto"? ¿Por qué no existe el plural de algo? ¿Por qué existe el singular de testículos si normalmente suelen ir en pareja? ¿Por qué tengo tantas ganas de echar la papa? ¿Si pido ayuda a una bruja y acaba convirtiéndome en tejido ulceroso puedo denunciarla a la Dirección Pública de Sanidad? ¿Me atenderían en la Dirección Pública de Sanidad si soy un tejido ulceroso y no un ente con apariencia gallarda y humana? ¿Si no me atendiesen, dónde podría denunciarlo? ¿Quizá en El diario de Patricia? ¿Es todo realmente complicado o lo complican para mí? ¿Es lícito que salga a la calle y enseñe el pene?

Greg