domingo, 8 de abril de 2018

Email del 8 de abril 2018

Mark Tobey. Patterns of conflict (XX cent.)


Querida (y odiada al mismo tiempo) amiga:

El conflicto es el principio fundamental en el que se basan nuestras existencias. Sin él cada uno de nuestros días y nuestras noches resulta vacío, lúgubre y predecible. Por supuesto, cuando hago mención a dicho vocablo, estoy refiriéndome a su acepción psicológica, es decir, a las inclinaciones más o menos paranoicas y, sobre todo, discordantes e incoherentes, que generan ansiedad, incertidumbre, tristeza o aflicción. El conflicto se produce cuando existe una necesidad utópica de ocultar la absoluta -aunque desconcertante- perfección de la fatalidad. Conozco a un numeroso grupo de gente que admite sin tapujos que sus vidas son un enorme y grasiento (esto último lo añado yo) colmado de felicidad, amor y empatía, lo cual, si es que he de tratar por todos los medios de creerlos, los transforma en unos absolutos perturbados, mentirosos y manipuladores, carentes de escrúpulos y con tendencias maníacas obsesivas inevitables. Y además, feos.

Hace bastantes años uno de esos resbaladizos desequilibrados (y además, feos) se atrevió a escupirme a la cara que yo era un ser maravillosamente sensato (y además guapo) y que se notaba a la legua que aunque me disfrazaba de tipo duro y matón arrabalero no era más que una buena persona dolida con los acontecimientos del pasado. Nada más escuchar sus memeces me despedí de él con un ruido áspero, me dirigí con paso acelerado a mi cubículo de los sortilegios y me concentré con fuerza en producirle una buena colitis pseudomembranosa.  Pero durante la parte más importante del encantamiento me vino a la cabeza la visión fugaz de un clítoris femenino relativamente joven y el hechizo salió disparado por la ventana y aterrizó sobre el bisoñé de mi vecino ocasionándole un agujero de dos centímetros cuadrados. Cuando este se dirigió a mí con cara de pocos amigos y moviendo de un lado a otro la peluca agujereada con las manos, yo me transformé en aire, o quizá en brisa o céfiro, no lo recuerdo bien en estos instantes, y desaparecí de la majestuosa forma en que lo hacen los grandes e ínclitos cobardes.

Existen diferentes tipos básicos o esenciales de conflictos. Según Matias Lucero Santos, experto en hostilidades, disentimientos, desavenencias y contrariedades, los conflictos pueden dividirse en 429 categorías, de las cuales 428 no están aprobadas por la FPA (¿federación de patinaje artístico?) y el resto está pendiente de compulsamiento y convalidación. Se supone que en un plazo máximo de tres siglos, 237 deberían estar totalmente confirmadas o, por lo menos, en lista para una posible revalidación y 24 completamente desnudas y expuestas a la lujuria de los especialistas en la materia.

Llegados a este punto me gustaría hacerme unas cuantas preguntas:
1-¿Cuál es la condición condicionante que me condiciona normalmente?
2-¿Existe la normalidad anormal? Y si es así, ¿por qué no se normaliza de una manera más o menos normal e incondicional?

Supongo que con un poco de esfuerzo podría ser capaz de responderlas, por lo menos a la segunda, la que cuestiona la anormalidad normal y la normalización ínfimamente condicional. Claro que si fuera capaz de responder también a la primera, es decir, la que intenta descifrar los condicionantes de las condiciones ordinarias, mi vida estaría totalmente realizada y sería capaz de morir sin sentir que todo lo que somos, conocemos o parecemos no es más que un vacío repleto de otros vacíos más pequeñajos, realmente vacíos e incontrolados, o vaciados a la fuerza o por una fuerza exterior dotada de libre albedrío. Y es que:

No me quiero enterar, ye ye
que me quiero de verdad, ye, ye, ye, ye
y jamás vendré a pedirme de rodillas
un poquito de amor.
Pero no me lo daré, ye, ye
porque no me quiero ver, ye, ye, ye, ye
porque no me hago ni puto caso,
ni me apiado, de mi pobre corazón, ye ,ye ,ye, ye