viernes, 27 de abril de 2018

Email del 27 de abril 2018

Vincent van Gogh. The bakery in the geest (1882)

Hola.

Mientras te escribo este texto me estoy comiendo dos croissants. Todos los viernes me como dos croissants, sin embargo los jueves me zampo uno, los miércoles medio, los martes el otro medio y los lunes ninguno. Los sábados me trago casi de un bocado una napolitana de jamón y queso y los domingos rezo 60 padrenuestros y 40 avemarías. A veces rezo 61 padrenuestros y 40 avemarías o 60 padrenuestros y 41 avemarías porque me descuento. Una vez incluso recé 61 padrenuestros y 41 avemarías. Algunos amigos dicen que se me está poniendo una cara de panificadora industrial católica de espanto. Pero no me importa, pi pi pi, porque llevo torta, pi pi pi. Vamos de paseo, pi pi pi, en un auto feo, pi pi pi.

A menudo, tras la orgía bollerística siento remordimientos y salgo a caminar. Dicen que cada croissant proporciona unas 400 calorías, por lo que los viernes suelo andar unos ocho kilómetros, cuatro de manera estándar, dos al estilo Rajoy y otros dos a saltitos o a pata coja, según me dé en ese momento. Con esos ocho kilómetros reduzco a cero las 800 calorías por lo que me quedo como antes de haberme zampado los croissants y corro a toda velocidad a comprar otros dos a la panadería más cercana. En ocasiones no corro a toda velocidad a por otros dos croissants, sino que voy trotando o a velocidad mínima, por lo que cuando llego ya han cerrado. Entonces me enfado conmigo mismo y siento la necesidad imperiosa de ponerle la zancadilla a un anciano. Pero si le pongo la zancadilla a un anciano siento remordimientos y necesito volver a mi casa, encerrarme en mi cuarto de las penitencias y apretar fuertemente sobre mi nariz el minicilicio de cobre que robé en una sacristía hace algunas décadas.

La existencia se me hace insoportable. Incluso con la ayuda de unos comprimidos que transforman la abulia y el asqueamiento en jolgorio y liposucción mental. Creo que debería poner fin a este maremagnum de harina de trigo, levadura, azúcar, sal, mantequilla y oraciones. También creo que... ¡Creo que no creo en nada! Lo cual me hace partícipe de creer en algo, pues no creer en nada es creer en algo. Pero si intento creer en cositas, se me pone una cara de embustero de cojones. Y cuando hago verdaderos esfuerzos para creer en lo que veo suelo quedarme ablépsico. Por lo tanto, he llegado a la conclusión de que creer es una completa gilipollez, pero no creer también es una gilipollez, quizá incompleta, pero una gilipollez. Todo lo incompleto tiende a completarse. Y cuando no se completa de forma natural, viene un cenutrio y lo completa. ¡Es increíble! Los imbéciles, que son famosos entre los no imbéciles por no ser capaces de completar nada, se inmiscuyen en las circunstancias ajenas y las completan. La vida es así de absurda.

Tengo la cabeza fría. Por eso llevo una coca-cola colgando de una oreja. El jodido refresco americano caliente es repugnante. Supongo que alguien me dirá que llevo una botella en la oreja. Todos los "alguien" son así. Se creen únicos por ser "alguien" pero, sin embargo, cuando sus madres y padres les pegan una paliza, sumisamente dibujan sonrisas. Yo nunca he sido capaz de poner los labios en posición de sonrisa. A lo único que llego es a esbozar un rostro apesadumbrado a punto de gritar. Y si no grito es porque he llegado a un punto en que me importa todo una mierda.