martes, 13 de febrero de 2018

Email del 13 de febrero 2018

Roy Lichtenstein. Imperfect (1994)

Amiga:

¿Tienes idea de lo que significa "la absoluta perfección imaginaria"? Supongo que no, pero si por alguna casualidad conoces su definición estoy seguro de que será totalmente diferente a la mía. Y aunque fuera más o menos semejante a los conceptos que yo manejo, nunca te diría que has acertado de pleno. Si lo hiciese, tu percepción de la genialidad se dispararía como un cohete a la Congreve y no me quedaría más remedio que bajarte los humos y subirte las bragas. Pero dejemos por el momento las bragas en su sitio, ya sea donde deben estar o tiradas por el suelo,  y centrémonos en la pregunta que te formulé al principio del texto. Te lo volveré a preguntar: ¿tienes una ligera idea de lo que significa la absoluta perfección imaginaria? Supongamos que estás tumbada en el sofá meditando acerca de los amantes que has tenido en tu vida. Has llegado a la conclusión de que todos y cada uno de ellos no fueron gran cosa, pero que juntos, es decir, formando una gran masa de carne con un cerebro dirigido por control remoto,  podrían llegar a ser una estupenda máquina de orgasmos. Imagina que en ese justo instante te pica una pierna. No es una sensación verdaderamente desquiciante pero te impide llegar a resoluciones impactantes. De repente recuerdas que tienes dos brazos y azuzas a tu cerebro para que dé la orden de rascarse con delectación. Te rascas y continúas como estabas antes del ataque desazonador. Es decir, maravillosamente ensimismada en una serie de sandeces que no suponen ni un verdadero avance ni un retroceso para tu ilimitada sed de adquirir conocimientos. Eso, en pocas palabras, es la perfección imaginaria, que puede ser absoluta o relativa, como la humedad.

Hace un montón de años un tipo al que debía dinero, al mismo tiempo que meditaba si me cortaba el cuello o simplemente me rompía una pierna, me dijo: "tío, no tienes idea de lo duro que es llegar a alguna jodida conclusión". Mientras trataba de decidir qué hacer conmigo llegó su amante con su mancebo nuevo y los tres iniciaron un trío que se dilató en el tiempo. De repente, habían pasado siete años y los tres seguían practicando posiciones complejas y múltiples. Me desaté como pude y mientras trataba de escapar me reflejé en un espejo. Lo que vi me dejó sin habla. Era el mismo de siempre pero con una melena y una barba de 2.555 días. Mi primera intención fue dirigirme al aseo y afeitarme, pero por alguna extraña razón me hice dos trencitas en el pelo y tres en la barba, con lo que mi extrema gallardía se resintió, aunque no lo suficiente como para ignorar que todo lo que se debilita acaba por fortalecerse con un buen trago de ginebra mezclada con un astringente. Quizá por esa razón decidí que mi vida tenía que dar un vuelco y que la mejor manera de volcar era tumbarme boca abajo. Y eso es lo que hice, hasta que escuché el ruido de penes y vaginas que se acercaban a mí con ánimo libidinoso y escapé a toda velocidad. Pero no llegué muy lejos. Aproximadamente a 123 metros de la orgía apareció un estilista esquizofrénico que me obligó a deshacer las trencitas de la cabeza y convertirlas en un precioso moño alto con raíz trenzada y con una maravillosa diadema coronando la creación.

¿Te he contado alguna vez la conversación que mantuve con Dios? Ocurrió un día mientras intentaba orinar y mi próstata me lo impedía. Ya sabes cómo suelen ocurrir estas cosas: de repente,  la imagen de  un tío barbudo se apareció frente a mí y me dijo que aunque yo me creyera  Bukowski no era más que un Marcial Lafuente Estefanía de tercera. Cuando le repliqué que mi verdadera prioridad era convertirme en un sosias de Jun'ichiro Tanizaki la visión se puso a reír de una manera tan atronadora que hizo que el bidé explotara y que algunos de sus pedazos aterrizaran violentamente sobre mi cabeza. Mientras la alucinación desaparecía lentamente llegué a la terrible conclusión de que necesitaba ayuda psicológica. Y desde ese día sigo pensando que necesito ayuda de un especialista en conducta humana. Y también de un prestamista. Y,  si puede ser por el mismo precio, de un urólogo. ¿Tienes idea de por qué todo es tan complicado? Aquí tengo unas fotos de cuando era joven y trabajaba como toro en una ganadería. Era un trabajo muy duro, sobre todo cuando me cambiaban el forraje por pienso, pero llegué a aguantar en esa empresa durante cinco años. Trataré de escanear alguna y te la enviaré junto a este email. Verás que mi rostro era diferente al de ahora, pero en aquella época todo lo que tenía que ver conmigo, o de alguna manera me rodeaba, era completamente distinto. Después de despedirme de ese trabajo me dediqué a varios oficios diversos. Incluso trabajé para el Ejército de Salvación español, persiguiendo a las parejas que tenían cara copulativa y obligándoles a vestirse cuando se desnudaban para tratar de poner en práctica lo que sus rostros pregonaban. Pero no quiero que pienses que me siento como una especie de víctima social, porque realmente me siento así, aunque trato de disimularlo desde enero aproximadamente. Tampoco pretendo que creas que me estoy volviendo loco, porque realmente estoy loco, aunque trato de disimularlo desde enero aproximadamente. ¡No pienso recoger los excrementos que hay en la taza del váter! Están allí desde enero aproximadamente. ¿Aproximadamente? A veces me aproximo y luego me desaproximo. ¿Para que sirve desaproximarse? Para no aproximarse, supongo. Pero desaproximándome de algo es cuando realmente me aproximo a algo. Sé que resultará extraño lo que digo, pero es la pura verdad. Una vez me desaproximé de un cadaver para no resultar un sospechoso, pero me tropecé con una buena noticia que volaba sin rumbo fijo y totalmente indocumentada y caí de bruces sobre el muerto. La poli me detuvo, me acusó de desaproximación dolosa y fui condenado por un juez a cuatro años. Salí a los tres años y en los dos siguientes ya había encauzado mi vida. Seguramente por eso, al cabo de un año comencé a desarrollar mi teoría de la absoluta perfección imaginaria. Y desde entonces hasta hoy, que puedo llegar a decir sin recovecos que he alcanzado algo similar a la cima del infortunio desesperanzado, en cualquier momento me siento en condiciones de enviarme a mí mismo a la puta mierda o lo que se pueda esconder detrás.

Un besito.