lunes, 12 de febrero de 2018

Email del 12 de febrero 2018

Albrecht Durer. The penitent (1510)

Amiga:

No voy a contarte lo que me sucedió ayer, prefiero que lo imagines. Podría inventar una bonita historia, pero entonces no haría otra cosa más que proclamar mi extraordinaria multiplicidad inexistencial. Llámalo entelequia o como quieras, aunque el resultado siempre es el mismo, incluso si se introducen variaciones. En realidad, soy totalmente profano en eso de tomarse la existencia demasiado en serio, pero si quieres que te sea sincero, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorriéndome la nuca y parte de la columna vertebral cuando escucho a cierta clase de gente emitir ruiditos de satisfacción. Una vez le pregunté a uno dónde había aprendido a hacer esos ruidos extraños y me contestó que observando a su madre mientras creía que nadie la estaba contemplando. Ahora, llegados a este punto, tú podrías hacerme a mí la misma pregunta o quizá una variación parcial de esta, es decir, ¿cómo sé que esos ruiditos significan placer o regocijo y no todo lo contrario? La respuesta es sencilla: si en lugar de complacencia significaran desagrado o amargura, los emisores de dichos soniditos pertenecerían a mi club: El club de los hastiados desinteresados. El problema es que ese club solo tiene un simpatizante afiliado que al mismo tiempo es director y tesorero: yo. Por lo tanto, estoy en condiciones de afirmar que todos esos sonidos y las laringes que los fabrican, o por lo menos los intensifican, pertenecen a verdaderos individuos felices. El cómo llegaron a convertirse en "eso" ya no pertenece a la razón, por lo menos a la mía y no tendría ningún sentido que me pusiera a definirlos o incluso a despotricar sobre ellos.

Es posible que yo sea el único culpable de todas las cosas que me suceden; lo admito, de mala gana, pero lo admito. Lo que no puedo admitir es que yo sea el único culpable de tus ataques aerofágicos, tal y como me reprochaste hace unas semanas. Supongo que la forma en que tragas y, sobre todo, las cosas que te metes en la boca tendrán mucho que ver. Con esto no pretendo que creas que estoy en contra de tu exacerbada pasión por los miembros masculinos o lo que estos fabrican y expulsan en ocasiones, pero deberías controlar ese apetito voraz o llegará un día en que dejarás de experimentar placer o, mucho peor, dejarás de sentir que el sexo es lo más importante en nuestras existencias. Y eso sería terrible, porque verdaderamente lo es. Otra cosa es que reniegues de cualquier otra actividad que pueda llevarse a cabo totalmente vestida. Desde luego, sin ropa estás muy excitante, pero con una blusita y unos jeans te transformas en la hermanita pequeña de Ikea e iluminas cualquier habitación. No sé si me explico, pero tampoco es demasiado importante que puedas llegar a comprenderme. La gente que se ama a sí misma por encima de todo no es capaz de entender nada que no haya sido inventado por ellos mismos para deleite de ellos mismos. Sería todo tan sencillo si en lugar de creerse extraordinarios creyesen que todo lo que son capaces de enfocar sus ojos ya ha sido visto con anterioridad por millones de ojos. Y que un porcentaje más o menos alto de esas personas dueñas de esos ojos han sentido lo mismo que ellos sienten, quizá con algunas modificaciones menores, de acuerdo, pero no suficientes como para tratar de llegar a la conclusión de que existir implica ser únicos. Nadie es único. Cada uno de nosotros somos modificaciones nimias de alguien anterior. Con esto no quiero dar a entender que tú y yo seamos casi idénticos, pues nuestras diferencias son abismales, pero sí que dentro de esas diferencias existe un nexo de unión que hace que nos reconozcamos como lo que somos y nunca dejaremos de ser por mucho que lo intentemos: primates. Y los monos se cansan muy rápidamente de lo que hacen. Y de cómo lo hacen. Ni siquiera necesitan conocer por qué lo hacen o si probablemente volverán a hacerlo. Les es suficiente con creer que lo hacen. Y, si puede ser, de la manera más ruidosa posible para que el vecino de rama se dé cuenta de que saben hacerlo o, por lo menos, que cuando se ponen a ello, lo hacen mejor que cualquier otro simio nacido de madre antropoide.

Un beso