domingo, 18 de febrero de 2018

Email del 18 de febrero 2018

Hossein Zenderoudi. First name (1977)

Me llaman Descerrajín aunque mi verdadero nombre es Gregorio. Una de las cosas que más me gusta hacer en la vida es descerrajar. Si en lugar de descerrajar me dedicara a resquebrajar me llamarían Resquebrajín y no Descerrajín; eso resulta obvio. Pero si en lugar de descerrajar o resquebrajar decidiera cambiar mi mote a Cascamajar, me sentiría obligado a transmutar mi hábito preponderante y ponerme a aplastar cosas u objetos, con o sin convicción. No voy a negar que chafar tiene un punto concupiscente, pero no creo que pueda llegar a ser comparable con descalandrajar, la costumbre que proporcionó mote a mi padre, Gregorio López senior, o Descalandrajín como le apodaban sus amigotes de juergas. Descalandrajín fue un tipo extraño al que no le importaba nada que no fuera desgarrar ropa nunca desgarrada anteriormente. Si le entregabas un pantalón de tergal o una camiseta de algodón ya descalandrajada por otro descalandrajador su rostro se contraía de una manera que invitaba a salir disparado y ponerse a cubierto durante por lo menos un par de horas, que es el tiempo que necesitaba para volver a tranquilizarse y olvidar que alguien había pretendido que descalandrajara algo ya muy descalandrajado o, como mínimo, indesgarrable. Pero creo que me estoy perdiendo en un océano de pretéritos arrinconados. Mi objetivo textual es fomentar el uso de remoquetes, aunque supongo que no fomento todo lo bien que sería deseable, pues sé que este montón de renglones solo será leido por mí, Gregorio Descerrajín, cuando intente corregir las faltas ortográficas que pueda haber cometido. Por esa razón estoy pensando seriamente cambiar mi sobrenombre y convertirme a partir de un futuro próximo, en Gregorio Fomentarín en lugar de Gregorio Descerrajín, hijo de Gregorio Descalandrajín senior.

Que así quede escrito.

sábado, 17 de febrero de 2018

Email del 17 de febrero 2018

Romul Nutiu. Searching (XX cent.)

Querida:

Vivo en una casa de papel donde las paredes se sujetan por medio de chinchetas metálicas. Quizá por esa razón los días en los que no tengo nada que hacer son los más perfectos de mi existencia. Me encanta sentarme en mi rincón favorito mientras contemplo el centelleo que producen las lámparas de sal cuando no están encendidas. Porque solo imaginando puedo sentir que cada uno de los pequeños objetos que me rodean existen de verdad. A veces, cuando creo que no me miro, deslizo las manos sobre los brocados inexistentes que adornan y visten cada una de las estancias que no conozco y que no llevan a ninguna parte. Otras, me contento con cambiar las tachuelas de lugar o sustituirlas por largas tiras de celo o pingajos de cola. Y mientras veo pasar los días y las noches como si se trataran de solemnidades indescriptibles, trato por todos los medios de conseguir ese beneficio exclusivo que me permita desplomarme de la forma en que se me antoje sobre la mesa de disección. Me gustaría tanto tener el suficiente poder sobre mí mismo como para ser capaz de escapar de este escarpado Ahnenerbe en que se han convertido mis razonamientos y sus homonímicas reflexiones posteriores. Me siento como un personaje secundario dentro de mi propia biografía.

¿Anagnórisis? Probablemente...

Soy un amante de los extremos opuestos. No necesito conocer lo que vive y a menudo se oculta entre dos puntos distantes. Me basta con creer que sus vértices pertenecen a las mismas líneas que los soportan. Me importa poco si las trayectorias son un elogio a la síntesis de su armónica profundidad o a las sombras de las dimensiones a las que pertenecen. Lo único que quiero es que alguien me escupa un poco de verdad. O por lo menos me mienta de una manera sincera y coherente. En realidad, por mucho que necesito que me hieran, siempre termino de una misma pieza. No es justo. Podría ser suficiente. ¿A alguien le importa? Ceremonia. Iniciación. El papel. Las chinchetas. La luz. Los pinceles. ¿Acaso los pinceles podrían revalorizar al papel? ¿Revalorizarlo sin la necesidad de mantener a esas malditas tachuelas? ¿Esas malditas chinchetas metálicas que contrastan tan monstruosamente con la luz mortecina que escapa de las lámparas de sal cuando no están encendidas? ¿Alguien puede asesinarme? Soy tan cobarde. Y no se me ocurre otra manera de dejar de contemplar los bordes. Esos márgenes amedrantadores y tan densos como un caligrama.

¿Anagnórisis? Probablemente...

He contraído una obligación. ¿Cuál puede ser el origen de los compromisos? Prefiero no encontrar la respuesta. En realidad siempre he huido de cualquier forma de resolución. Quizá por eso no he necesitado encerar la madera que hace de suelo. Aunque todavía conserva el color de árbol, no armoniza demasiado con la tonalidad clásica del papel. Aunque si quieres que te sea sincero, el papel tampoco armoniza demasiado con las tachuelas que lo mantienen pegado a esas perfectas inexistencias que algunos llaman paredes. Creo que debería hacer un agujero en alguna inexistencia para poder sacar la cabeza. Claro que también podría extender una pierna y dejar que los rayos del sol acariciasen el maléolo interno, el borde externo, la región del tobillo o los dedos de los pies. ¡Es una magnífica idea! Las ventanas pertenecen al que las abre, no a cualquiera que crea que lo sabe todo por el mero hecho de haber tenido que cerrarlas toda su jodida vida para guarecerse del frío, de la lluvia o de los sonidos externos. ¿Acaso un maullido callejero no es similar o incluso superior a una sinfonía? Es evidente que no se qué hacer con mi casa. Ni siquiera tengo muy claro para qué sirve una casa. Admiro a la gente que son sus propios hogares y que no tienen necesidad de almacenar posesiones. Mis únicas posesiones son ese maldito papel del que no paro de hablarte. Las chinchetas son prestadas y las lámparas de sal... ¡Algún día te hablaré de esas lámparas de sal!

¿Anagnórisis? Probablemente...

viernes, 16 de febrero de 2018

Email del 16 de febrero 2018

Edward Hopper. Excursion into philosophy (1969) 

Hola:

Actualmente no existe nadie que acepte los conceptos subjetivos en los que yo todavía creo, como la Nadita absoluta y el Todito implícito. La verdad es que nunca he dispuesto de la suficiente fuerza interna como para ser capaz de definirlos, pero afirmo que existen, pues son y están. Y si en algún instante de mi minúscula existencia he podido llegar a dudar de sus persistencias infinitas o, por lo menos, de los ilimitados corpúsculos que las constituyen, siempre he terminado rindiéndome a sus ostentosas y solemnes sustantividades. Supongo que no habrás entendido nada de lo anteriormente expuesto, pero no deberías preocuparte, porque yo tampoco comprendo la mitad de las cosas o incidentes que me suceden, ya sean realmente abstractos o concretamente irreales. Los acontecimientos existen desde el mismo instante en que nacen. Y dejan de ser un auténtico coñazo cuando mueren. Desde el origen hasta la conclusión, cada suceso pasa por diferentes etapas, retapas y contrarretapas. Las etapas suelen ser de colores neutros mientras que las retapas y las contrarretapas son esencialmente negras, aunque existen algunas contrarretapas que pueden ser albinas, realbinas o contraalbinas. A su vez, las contrarretapas contraalbinas en ocasiones pueden llegar a formarse en una Nadita absoluta pero jamás en los Toditos implícitos, mientras que las etapas y retapas negras prefieren permanecer resguardadas en un infinito limitado y tangible denominado "Puajjjj". Este infinito finito con nombre angustioso o de malestar físico solo puede ser concretado en la entropía. Pero la entropía a menudo se encuentra demasiado ocupada glorificando al caos y la confusión y no siempre se puede confiar en ella por lo que algunos pensadores prefieren dejar de relacionar ideas y ponerse a contar intersticios dentro de la propia esencia. Pero si la esencia no es más que un conjunto de caracteres necesarios para que algo o alguien pueda llegar a ser algo o, por lo menos, lo que es y no lo que debería llegar a ser o parecer, entonces, ¿para qué somos lo que somos si podríamos ser lo que no somos o lo que otros deciden ser y así jorobarles parte de su incierto futuro? Yo soy, de eso estoy completamente seguro. Lo que no puedo llegar a comprender es por qué llegaré a ser, si no quiero llegar a ser o a estar. Ni siquiera permanecer o persistir. Las persistencias son cosas de viejas. Prefiero las asistencias y, sobre todo, las inexistencias, a poder ser, parciales o de alguna manera no totales. La totalidad es un virus resistente. La resistencia implica coexistencia. La coexistencia no puede cohabitar o amancebarse con la Nadita absoluta, aunque en ocasiones sí con los Toditos implícitos. No obstante, según algunos filósofos incongruentes, los Toditos tienden a ofrecer una ligera resistencia que finaliza de manera brusca cuando la cohabitación sufre uno o varios soponcios y se desvanece.

Greg

jueves, 15 de febrero de 2018

Email del 15 de febrero 2018

William Hogarth. The madhouse (1735)

Queridísima:

Acabo de terminar la segunda historia perteneciente a un futuro ciclo de novelitas detectivescas a las que he titulado Los casos del churrero castañero ambulante García Pérez. El primer texto el que inagura la serie, se titula La tortilla de patatas con cebolla inficionada y la continuación, que como acabo de explicarte ha sido finiquitada esta misma mañana con relativo éxito, posee un título bastante explícito: García Pérez y la cuñada del electricista con personalidad psicopática. No creo que el protagonista de ninguno de los dos relatos entre en el top de los detectives famosos de la historia del thriller criminal, pero tampoco sería desacertado pensar que la saga pueda llegar a convertirse en un pequeño éxito de ventas sin precedentes. Claro que primero necesito encontrar un editor lo suficientemente alcoholizado y falto de ética como para que las publique sin dilación. Intentaré esbozarte la trama de ambas sin alargarme innecesariamente y, sobre todo, sin destripar demasiado su argumento. En la primera, nuestro héroe el churrero castañero García Pérez trata de poner al descubierto una trama de asesinos sin escrúpulos pertenecientes a una logia de asociales intratables denominada Los eremitas arteros que se dedica a envenenar tortillas de patata con cebolla de la marca blanca Sabrosita, mnnnnn. Durante cuatro meses la asociación criminal envenena a 87 personas y a un número indeterminado de mascotas y logra crear una alarma social que termina de forma trágica cuando al jefe supremo le diagnostican Síndrome de Cotard, justo el mismo día y a la misma hora que a su mujer la intervienen quirúrgicamente de una endometriosis benigna, y tres días después de que su tesorero sufra severas complicaciones debidas a la escoliosis que padece desde hace décadas. La segunda entrega, que desarrolla un guión bastante caracoleante en sus 768 páginas, intenta manipular al lector haciéndole sufrir angustia y terror en forma de ronchitas dérmicas somáticas de color sonrosado desde la página 767 hasta el final de la narración.

Supongo que en un plazo de tres o cuatro días comenzaré a desarrollar la próxima entrega. Aunque me gustaría escribir la séptima novela de la saga antes que la tercera para que, cuando se edite la quinta, el público se sienta totalmente confundido y, después de la sexta, los pocos lectores que pudieran quedarme se manifiesten airados delante de la editorial con pancartas agresivas y yo tenga irremediablemente que recurrir a los ansiolíticos. Porque, no te equivoques, me encanta doparme con estupefacientes legales que resultan mucho más económicos, pero mi médico, ese maldito alienista zonzo y atafagado, se niega a recetármelos aduciendo que estoy perfectamente cuerdo. ¿Acaso un sujeto sensato o juicioso sería capaz de dedicar su tiempo a un detective aficionado como el churrero castañero ambulante García Pérez? Ayer mantuve una conversación extremadamente interesante sobre enaguas y combinaciones con una ratoncilla. ¿Podría un tipo totalmente equilibrado hablar con ratoncillos y ratoncillas durante horas sin sentir que algo dentro de su sesera no funciona correctamente? Pero no quiero que llegues a pensar que sufro un desvarío auto-coaccionante, porque no me he puesto a escribir novelas disfuncionales para que se me trate como a un perturbado tan maniático como una pantera negra distrófica, sino para hacer un llamamiento al mundo exterior, es decir, ese que solo funciona cuando abro la puerta o las ventanas de mi pisito de soltero y que no cree en roedores parloteantes.

Tampoco quiero que comiences a preocuparte. Te doy mi palabra de honor de que a partir de marzo no volveré a enfadarme ni a sentir lástima de mí mismo. Y que daré siempre las gracias y seré tan amable con la gente como lo soy con los ratoncillos. Sonreiré, meditaré y comeré alimentos más sanos. Ah, y hablaré lo menos posible y me dedicaré a escuchar, que es como se aprende verdaderamente. Y me trataré los callos neuro-vasculares. Y no volveré a testificar contra mi personalidad distópica en un futuro juicio paralelo. Y santificaré las fiestas entonando cánticos y salmos. Y después de hacer el amor conmigo mismo me mentiré y gritaré que ha sido algo inconmensurable. Y si me quedo embarazado no abortaré, pero tampoco puedo prometer que no renuncie a educarlo yo mismo. Y que nunca más me carcajearé cuando alguien sufra un prolapso, ya sea cistocele, rectocele, enterocele, uterino o de cúpula vaginal.

G. L.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Email del 14 de febrero 2018

Autor desconocido. Excellence (Fecha desconocida). 

Hola:

Aunque soy tan viejo como Henoc y todos sus hijos juntos, todavía tengo momentos en los que me encuentro magreable e ingerible. Claro que esos instantes no son tantos o suceden tan a menudo como yo querría, pero por lo menos sirven para que mi DD, es decir, mi disgustada dignidad, no me imponga condiciones imposibles de cumplir. Siempre he tenido claro que no soy un tío espectacular, pero tampoco un individuo ordinario y mucho menos un reptil siseante que culebrea de forma errática. Ni siquiera soy capaz de definirme o reconfigurar mi desconcertante cara de máscara "Hannya" sin sentir que le debo algo a alguien en algún lugar de alguna parte. Pero, ¿te das cuenta?, vuelvo a perder el control total sobre mis frases más estúpidas. Llegados a este punto necesito hacerte una pregunta fundamental: ¿eres mi amiguita o mi enemiguita? Si todavía te consideras amiga mía, debes saber que la amistad para mí es como pensar en escrotos, es decir una memez que en algunos casos puede llegar a convertirse en una fijación estructural de carácter mental. Si por el contrario me demuestras que ambos funcionamos mejor comportándonos como enemigos civilizados, entonces, no tendría otro remedio que ponerme a contar los gatos de mi calle. Contar gatos me desensibiliza. Desensibilizado me importa una mierda la cantidad de amigos y enemigos que conservo. Y también la calidad de estos.

Una vez reuní en torno a una mesa a todos mis amigos y a parte de mis enemigos. Después de decirles a cada uno que tenían una cara maravillosa, les conté a todos que no era una casualidad que en algún momento de sus vidas (y de la mía) hubieran estado en mi casa de visita. Y que mientras me visitaban yo les hubiera servido un refresco, una cerveza o incluso agua mineral. Lo importante -proseguí- de mi amabilidad extrema no era lo que antecedía, sino lo que sobrevenía. En aquel instante el rostro de mis invitados se puso de una bonita tonalidad verde que me recordó a una pera tendral porque sabían que yo podía llegar a resultar un tipo impredecible. ¡Y realmente lo era! Por esa razón, cuando les informé de que desde hacía varias décadas yo estaba totalmente reñido con las gamuzas y los estropajos y que, a falta de éstos, siempre limpiaba las copas y los vasos con un calzoncillo sucio, nadie se alarmó demasiado, seguramente porque lo que esperaban escuchar era que acababa de envenenarlos con potasa o alguna clase de ponzoña química.

Y es que al final todo se reduce a eso. La mitad de la población introduce o intenta introducir mientas que la otra mitad deja que le introduzcan sin miramientos, consideraciones especiales o circunspección. Y mientras introducimos y permitimos que nos introduzcan, poco o nada importa si hay o no masa cerebral sobre nuestras ropas manchadas de fluidos liminales o si la prima de la amante de mi charcutero ha llegado a la conclusión de que sin pintarrajearse se vive mejor porque se liga más.

Ahora debo terminar este email lo más rápido posible porque el estómago vuelve a hacerme chof, chof, rechof. O son gases o es un cáncer abdominal. Sea lo que fuere me importa bastante poco porque para teñirme el cabello sólo confío en Excellence de L´Oréal Paris.

Greg

PD:
Vendo una preciosa cama de madera de caoba robada (a mano armada) del prostíbulo Big big big clit. Como sabrás, ese lupanar estaba dirigido por Carlos "Esnifabragas" Martinez, natural de Castellón, biselador de profesión y anglicano de religión (¿o era metodista?). Precio a convenir. Si te interesa mándame un privado o un kilo de morcillas de arroz, lo que que te salga de las narices primero.

martes, 13 de febrero de 2018

Email del 13 de febrero 2018

Roy Lichtenstein. Imperfect (1994)

Amiga:

¿Tienes idea de lo que significa "la absoluta perfección imaginaria"? Supongo que no, pero si por alguna casualidad conoces su definición estoy seguro de que será totalmente diferente a la mía. Y aunque fuera más o menos semejante a los conceptos que yo manejo, nunca te diría que has acertado de pleno. Si lo hiciese, tu percepción de la genialidad se dispararía como un cohete a la Congreve y no me quedaría más remedio que bajarte los humos y subirte las bragas. Pero dejemos por el momento las bragas en su sitio, ya sea donde deben estar o tiradas por el suelo,  y centrémonos en la pregunta que te formulé al principio del texto. Te lo volveré a preguntar: ¿tienes una ligera idea de lo que significa la absoluta perfección imaginaria? Supongamos que estás tumbada en el sofá meditando acerca de los amantes que has tenido en tu vida. Has llegado a la conclusión de que todos y cada uno de ellos no fueron gran cosa, pero que juntos, es decir, formando una gran masa de carne con un cerebro dirigido por control remoto,  podrían llegar a ser una estupenda máquina de orgasmos. Imagina que en ese justo instante te pica una pierna. No es una sensación verdaderamente desquiciante pero te impide llegar a resoluciones impactantes. De repente recuerdas que tienes dos brazos y azuzas a tu cerebro para que dé la orden de rascarse con delectación. Te rascas y continúas como estabas antes del ataque desazonador. Es decir, maravillosamente ensimismada en una serie de sandeces que no suponen ni un verdadero avance ni un retroceso para tu ilimitada sed de adquirir conocimientos. Eso, en pocas palabras, es la perfección imaginaria, que puede ser absoluta o relativa, como la humedad.

Hace un montón de años un tipo al que debía dinero, al mismo tiempo que meditaba si me cortaba el cuello o simplemente me rompía una pierna, me dijo: "tío, no tienes idea de lo duro que es llegar a alguna jodida conclusión". Mientras trataba de decidir qué hacer conmigo llegó su amante con su mancebo nuevo y los tres iniciaron un trío que se dilató en el tiempo. De repente, habían pasado siete años y los tres seguían practicando posiciones complejas y múltiples. Me desaté como pude y mientras trataba de escapar me reflejé en un espejo. Lo que vi me dejó sin habla. Era el mismo de siempre pero con una melena y una barba de 2.555 días. Mi primera intención fue dirigirme al aseo y afeitarme, pero por alguna extraña razón me hice dos trencitas en el pelo y tres en la barba, con lo que mi extrema gallardía se resintió, aunque no lo suficiente como para ignorar que todo lo que se debilita acaba por fortalecerse con un buen trago de ginebra mezclada con un astringente. Quizá por esa razón decidí que mi vida tenía que dar un vuelco y que la mejor manera de volcar era tumbarme boca abajo. Y eso es lo que hice, hasta que escuché el ruido de penes y vaginas que se acercaban a mí con ánimo libidinoso y escapé a toda velocidad. Pero no llegué muy lejos. Aproximadamente a 123 metros de la orgía apareció un estilista esquizofrénico que me obligó a deshacer las trencitas de la cabeza y convertirlas en un precioso moño alto con raíz trenzada y con una maravillosa diadema coronando la creación.

¿Te he contado alguna vez la conversación que mantuve con Dios? Ocurrió un día mientras intentaba orinar y mi próstata me lo impedía. Ya sabes cómo suelen ocurrir estas cosas: de repente,  la imagen de  un tío barbudo se apareció frente a mí y me dijo que aunque yo me creyera  Bukowski no era más que un Marcial Lafuente Estefanía de tercera. Cuando le repliqué que mi verdadera prioridad era convertirme en un sosias de Jun'ichiro Tanizaki la visión se puso a reír de una manera tan atronadora que hizo que el bidé explotara y que algunos de sus pedazos aterrizaran violentamente sobre mi cabeza. Mientras la alucinación desaparecía lentamente llegué a la terrible conclusión de que necesitaba ayuda psicológica. Y desde ese día sigo pensando que necesito ayuda de un especialista en conducta humana. Y también de un prestamista. Y,  si puede ser por el mismo precio, de un urólogo. ¿Tienes idea de por qué todo es tan complicado? Aquí tengo unas fotos de cuando era joven y trabajaba como toro en una ganadería. Era un trabajo muy duro, sobre todo cuando me cambiaban el forraje por pienso, pero llegué a aguantar en esa empresa durante cinco años. Trataré de escanear alguna y te la enviaré junto a este email. Verás que mi rostro era diferente al de ahora, pero en aquella época todo lo que tenía que ver conmigo, o de alguna manera me rodeaba, era completamente distinto. Después de despedirme de ese trabajo me dediqué a varios oficios diversos. Incluso trabajé para el Ejército de Salvación español, persiguiendo a las parejas que tenían cara copulativa y obligándoles a vestirse cuando se desnudaban para tratar de poner en práctica lo que sus rostros pregonaban. Pero no quiero que pienses que me siento como una especie de víctima social, porque realmente me siento así, aunque trato de disimularlo desde enero aproximadamente. Tampoco pretendo que creas que me estoy volviendo loco, porque realmente estoy loco, aunque trato de disimularlo desde enero aproximadamente. ¡No pienso recoger los excrementos que hay en la taza del váter! Están allí desde enero aproximadamente. ¿Aproximadamente? A veces me aproximo y luego me desaproximo. ¿Para que sirve desaproximarse? Para no aproximarse, supongo. Pero desaproximándome de algo es cuando realmente me aproximo a algo. Sé que resultará extraño lo que digo, pero es la pura verdad. Una vez me desaproximé de un cadaver para no resultar un sospechoso, pero me tropecé con una buena noticia que volaba sin rumbo fijo y totalmente indocumentada y caí de bruces sobre el muerto. La poli me detuvo, me acusó de desaproximación dolosa y fui condenado por un juez a cuatro años. Salí a los tres años y en los dos siguientes ya había encauzado mi vida. Seguramente por eso, al cabo de un año comencé a desarrollar mi teoría de la absoluta perfección imaginaria. Y desde entonces hasta hoy, que puedo llegar a decir sin recovecos que he alcanzado algo similar a la cima del infortunio desesperanzado, en cualquier momento me siento en condiciones de enviarme a mí mismo a la puta mierda o lo que se pueda esconder detrás.

Un besito.

lunes, 12 de febrero de 2018

Email del 12 de febrero 2018

Albrecht Durer. The penitent (1510)

Amiga:

No voy a contarte lo que me sucedió ayer, prefiero que lo imagines. Podría inventar una bonita historia, pero entonces no haría otra cosa más que proclamar mi extraordinaria multiplicidad inexistencial. Llámalo entelequia o como quieras, aunque el resultado siempre es el mismo, incluso si se introducen variaciones. En realidad, soy totalmente profano en eso de tomarse la existencia demasiado en serio, pero si quieres que te sea sincero, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorriéndome la nuca y parte de la columna vertebral cuando escucho a cierta clase de gente emitir ruiditos de satisfacción. Una vez le pregunté a uno dónde había aprendido a hacer esos ruidos extraños y me contestó que observando a su madre mientras creía que nadie la estaba contemplando. Ahora, llegados a este punto, tú podrías hacerme a mí la misma pregunta o quizá una variación parcial de esta, es decir, ¿cómo sé que esos ruiditos significan placer o regocijo y no todo lo contrario? La respuesta es sencilla: si en lugar de complacencia significaran desagrado o amargura, los emisores de dichos soniditos pertenecerían a mi club: El club de los hastiados desinteresados. El problema es que ese club solo tiene un simpatizante afiliado que al mismo tiempo es director y tesorero: yo. Por lo tanto, estoy en condiciones de afirmar que todos esos sonidos y las laringes que los fabrican, o por lo menos los intensifican, pertenecen a verdaderos individuos felices. El cómo llegaron a convertirse en "eso" ya no pertenece a la razón, por lo menos a la mía y no tendría ningún sentido que me pusiera a definirlos o incluso a despotricar sobre ellos.

Es posible que yo sea el único culpable de todas las cosas que me suceden; lo admito, de mala gana, pero lo admito. Lo que no puedo admitir es que yo sea el único culpable de tus ataques aerofágicos, tal y como me reprochaste hace unas semanas. Supongo que la forma en que tragas y, sobre todo, las cosas que te metes en la boca tendrán mucho que ver. Con esto no pretendo que creas que estoy en contra de tu exacerbada pasión por los miembros masculinos o lo que estos fabrican y expulsan en ocasiones, pero deberías controlar ese apetito voraz o llegará un día en que dejarás de experimentar placer o, mucho peor, dejarás de sentir que el sexo es lo más importante en nuestras existencias. Y eso sería terrible, porque verdaderamente lo es. Otra cosa es que reniegues de cualquier otra actividad que pueda llevarse a cabo totalmente vestida. Desde luego, sin ropa estás muy excitante, pero con una blusita y unos jeans te transformas en la hermanita pequeña de Ikea e iluminas cualquier habitación. No sé si me explico, pero tampoco es demasiado importante que puedas llegar a comprenderme. La gente que se ama a sí misma por encima de todo no es capaz de entender nada que no haya sido inventado por ellos mismos para deleite de ellos mismos. Sería todo tan sencillo si en lugar de creerse extraordinarios creyesen que todo lo que son capaces de enfocar sus ojos ya ha sido visto con anterioridad por millones de ojos. Y que un porcentaje más o menos alto de esas personas dueñas de esos ojos han sentido lo mismo que ellos sienten, quizá con algunas modificaciones menores, de acuerdo, pero no suficientes como para tratar de llegar a la conclusión de que existir implica ser únicos. Nadie es único. Cada uno de nosotros somos modificaciones nimias de alguien anterior. Con esto no quiero dar a entender que tú y yo seamos casi idénticos, pues nuestras diferencias son abismales, pero sí que dentro de esas diferencias existe un nexo de unión que hace que nos reconozcamos como lo que somos y nunca dejaremos de ser por mucho que lo intentemos: primates. Y los monos se cansan muy rápidamente de lo que hacen. Y de cómo lo hacen. Ni siquiera necesitan conocer por qué lo hacen o si probablemente volverán a hacerlo. Les es suficiente con creer que lo hacen. Y, si puede ser, de la manera más ruidosa posible para que el vecino de rama se dé cuenta de que saben hacerlo o, por lo menos, que cuando se ponen a ello, lo hacen mejor que cualquier otro simio nacido de madre antropoide.

Un beso

viernes, 2 de febrero de 2018

Email del 2 de febrero 2018

Achraf Baznani. Confusion (XX cent.)

Hola.

Su rostro bituminoso -más parecido al de una cucaburra que al de un de un ser humano- se ladeó mientras su vista se clavaba en la distancia. Cuando le pregunté qué es lo que le tenía tan absorto, solo me respondió que él "nunca miraba nada", que mirar era sinónimo de buscar y que, afortunadamente, no necesitaba encontrar porque todo estaba descubierto y catalogado. Más tarde, añadió que simplemente hacía trabajar a sus ojos, pues "para eso los tenía" y que si mi afán en la vida era preguntar y escrutar me había equivocado de hombre. Tras esa respuesta decidí marcharme de su casa y me dirigí hacía ... ¡su casa otra vez! Pues por más que quería largarme de allí siempre acababa en la puerta de entrada y llamando al timbre. Él me abría y dibujaba caritas de asombro. Después de bastantes intentos, al fin pude dominar a mi cerebro y salí de su patio para siempre. Mientras caminaba no dejaba de meditar en los sucesos anteriores, así que me senté en el único banco de madera de un jardín y traté de ordenar mis ideas. Pero cuanto más intentaba organizarlas, más se desordenaban ellas. Llegó un momento en el que mi confusión era tan considerable que llegué a pensar que me estaba volviendo loco. Pero no estaba perdiendo la cordura, porque no se puede perder algo que ya estaba perdido.

La aguja se clavó en la vena de mi brazo al primer intento. Una mujer de rostro iluminado se alegró mientras me susurraba que "no me iba a doler nada". Después comprobó que las bridas que me sujetaban con fuerza a la cama estaban aseguradas y se marchó. No había pasado ni un minuto cuando volvió a entrar y me volvió a inyectar. Y volvió a salir, y a entrar, y a pincharme. Y otra vez, salió, entró, me inoculó y se largó. La situación se repitió no menos de siete veces hasta que finalmente el bucle temporal volvió a su estado original y los acontecimientos continuaron como si no hubiera sucedido nada.


Y ahora voy a tomarme un Bisolvon Antitusivo. O lo que es igual, 2 miligramos de Dextrometorfano hidrobromuro. Ya terminaré el textito cuando el resfriado que me está jorobando solo sea un suceso ocurrido en un tiempo anterior al presente. Hasta entonces puedes alegrarte por no tener que seguir leyendo esa estupidez de relato. Para ser sincero, me importa poco lo que la gente pueda pensar sobre mis dotes artístico-literarias. Lo único que es verdaderamente importante para mí es... ¿Existe algo que sea importante para mí? Hasta hace un par de meses, los Donuts eran importantes para mí, pero el matasanos me los ha prohibido. También tengo vetado el sexo con Coca-cola. Sin Coca-cola, no. Y los insultos. Ya no puedo insultar, pues según mi abogado si insulto cuatro veces más entraré en bancarrota y el juez que me impone las multas me impondrá también el título de "ser repugnante non grato del año".

¿Ves esta bolsa? Cómo vas a poder ver esta bolsa si esta bolsa no existe? Lo que tengo en la mano es un pañuelo de papel repleto de flemas verdes. ¿Ves el pañuelo de papel repleto de flemas verdes? ¿Cómo vas a verlo si hace unos minutos lo he tirado por el inodoro. ¿Recuerdas mi inodoro? Tu trasero ha estado en numerosas ocasiones encima de él. Y hasta es posible que tu cara también. ¿Recuerdas cuando vomitaste en mi váter? ¿Cómo vas a recordarlo a tu edad? A tu edad solo puedes recordar cuando eras joven, bonita y todos los hombres te perseguían. ¿Quién te persigue ahora? ¿Qué sientes cuando te das cuenta de que nadie quiere perseguirte ahora? ¿Podrías definirme el adverbio temporal "ahora"? ¿Serías capaz de distorsionar el ahora? ¿Es tu actual ahora similar a cada uno de los ahora del pasado? ¿Podrías recordarlos? ¿Serviría para algo? ¿Has denunciado alguna vez la desaparición de algún momento? ¿De qué color son los momentos? ¿Has amenazado en algún momento a algún momento? Te lo preguntaré de otra forma: ¿has amenazado alguna vez a alguna vez? ¿Qué se siente al contemplar que un número tan elevado de condiciones favorables son totalmente irrelevantes para que puedan darse las circunstancias correspondientes?

Sé que quieres saltar al vacío. ¡Quiero mirar! ¡Déjame que mire cómo saltas al vacío!

G

jueves, 1 de febrero de 2018

Email del 1 de febrero 2018

Felix Vallotton. At the market (1895)

Amiga:

Mañana será viernes y supongo que como todos los viernes me daré una vuelta por el mercadito. Aunque lo que más me gustaría, sobre todo por llevar la contraria al orden correcto de las cosas y los acontecimientos, sería que el mercadito me diera una vuelta a mi. Y de paso, me piropeara. Después del paseíto me dirigiré a mi cafetería preferida a tomarme un té verde y luego a una de las mejores teterías que hay en Benimaclet a beberme una Coca-cola. Pero no quería contarte lo que haré mañana porque no creo en el futuro y, por supuesto, muchísimo menos en el pasado, aunque hace aproximadamente dos o tres horas me he arrancado el alma y la he arrojado con cierto placer sobre la mesa. Allí debe seguir todavía, salvo que le hayan crecido patas. Y ya que he tocado el mañana y el ayer, voy a armarme de valor para demostrarte mi hoy. Y mi hoy es extraño, y si no te lo crees sigue leyendo:

Ñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Ñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Ñaaaa Ñaaaa Ñaaaa Ñaaaa. Ñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa Ñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa Ñaaaa Ñaaaa Ñaaaa Ñaaaa.

Me apetecía ñañear, ¿pasa algo? Es más, esos terribles y despiadados ñañeos son mi único Aquí y ahora. Podría continuar con el presente y dirigirme a cualquier ventana, abrirla, sacar la cabeza y roznar. Roznar y roznar hasta quedarme afónico. Pero tengo miedo de que algunas, o quizá todas las pretendidas personas que caminan por la calle con aire tan distinguido suban a mi casa creyéndose parte de mi recua. Por esa razón ñañeo. Y dicen los que saben algo sobre el arte de ñañear que soy un maestro. Aunque también soy capaz de recalentarme progresivamente. Y ya que estoy con mis "soy", seguiré con la letanía: soy proaborto, proeutanasia, proindependentista, prorrevolucionario, proateo, progimnasia abdominal hipopresiva y varios muchos otros "Pro". Según las normas con que nos alimenta esta sociedad involucionista, debo ser un tipo peligroso al que hay que controlar, amedrentar y amaestrar. Podría llegar a dar la patita o incluso dejar que me acaricien detrás de las orejas, pero no creo que llegue el día en que me deje encerrar en las perreras sociales.

Y para finalizar de una manera apoteósica este email voy a hacer un cunnilingus a un peluche que representa a Burbuja, la más inocente de las Supernenas. Y espero acertar porque hace un par de semanas con las prisas y sin las gafas se lo hice al peluche de Doraemon. No te puedes imaginar cómo me sentí después.

Greg