jueves, 4 de enero de 2018

Email del 4 de enero 2018

Odd Nerdrum. Lunatics (2001)

Admito que disparé a Pedro, Vicente, Manolo, José, Ricardo, Bernardo, Marcos, Andrés y Sergio. Pero lo hice en defensa propia. Me querían obligar a probar una tapita de jamón de bellota sabiendo que soy vegano desde hace 38 años. Siento mucho el dolor que estoy ocasionando a las familias de Manolo, Bernardo, Andrés y Sergio. El resto, Pedro, Vicente, José, Ricardo y Marcos no estaban casados y dos de ellos (Vicente y Marcos) ni siquiera sabían quienes habían sido sus padres. Admito que me dejé llevar por la furia, pero no soporto que me agarren por los brazos y José, Bernardo, Andrés y Sergio se atrevieron a hacerlo mientras Pedro, Vicente, Manolo y Ricardo miraban entusiasmados al mismo tiempo que lanzaban risotadas caballunas y Marcos se hurgaba la nariz.

Ahora, sentado en un asqueroso calabozo que me servirá de lazareto hasta que se celebre el juicio, no puedo parar de pensar en Marisa, Susana, Elena, Sol, Teresa, Carmen, Rebeca, Victoria y Adolfa, las hijas de Manolo, Bernardo, Andrés y Sergio. En Adolfa pienso, desde luego, pero lo hago sin poderme concentrar demasiado. Su nombre me provoca hilaridad y jolgorio. Sin embargo no pienso en absoluto en Raúl, Emilio, Fabián y Cosme, los hermanos de Marisa, Susana y Elena, y mucho menos en Soraya y Tomás, los nietos de Andrés. ¿Me convierte eso en una persona más perversa todavía?

Porque, ¿qué diantres es la maldad? ¿O quizá en mi caso sería más justo hablar de malicia? A primera vista ambos vocablos son homólogos, pero existe una gran diferencia entre sus significados. Sobre todo si los razonamos en posición decúbito supino. Es curioso, a menudo hablaba del tema con Rafael y Gaspar, los únicos de mis amigos que se salvaron de recibir una bala ese extraño y fatídico día. Rafael había tenido que acompañar a su mujer Elisa y a su única hija, Flora, al conquiliólogo y al asiriólogo respectivamente, y Gaspar estaba demasiado ocupado echando de menos a Azucena y Belén (también llamadas "las gallinas turulecas"), las hermanas gemelas heterocigóticas que desde hacía semanas se encargaban de que sus convulsiones sexuales fueran lo más poco relajantes posibles.

Hace un rato que se acaba de marchar Duccio, el abogado de oficio que se va a encargar de mi defensa. Su padre era italiano y su madre de Plasencia. Desconozco el nombre de ambos progenitores, pero si me acuerdo se lo preguntaré mañana. Duccio sostiene que mi mejor argumento es declararme imbécil o delaminado cerebral, lo que surja primero. Se me hace muy difícil situarme en el instante en que me cargué a Pedro, Vicente, Manolo, José, Ricardo, Bernardo, Marcos, Andrés y Sergio, pero tengo que intentar recordar en qué orden les disparé. Según el asistente de Duccio es de suma importancia. He estado exprimiéndome la cabeza y creo que el primero en caer fue Bernardo, pero eso no significa que fuera el primero en recibir la bala del 22. Bernardo siempre fue un tío apresurado. Es posible que le disparara en segundo lugar, quizá tras balear a Pedro, y que su dinamismo natural le hiciera caer el primero. Pero si cayó en tercer lugar, tal y como sostiene un testigo, ¿quién fue el segundo en ser tiroteado? ¡Es un lío tremendo!

¡Me siento tan sentado! Sin embargo, cuando me tumbo, me siento muy tumbado. Me gustaría tanto sentirme tumbado cuando solo estoy sentado, pero parece ser que eso es imposible. La última persona que lo intentó acabó encerrado en una alacena grande. ¡Pero qué cojones estoy diciendo! ¡Dios mío y de mi corazón, me estoy volviendo loco! Necesito salir de aquí. Yo nunca quise matarlos, solo asustarlos. De hecho soy un tirador malísimo y juro por la Virgen de los Desamparados que apunté a todos varios metros por encima o por debajo, excepto a José y Marcos, a los que apunté a la derecha. Que hiciera diana en cada uno de ellos se debe a una maldita coincidencia. Lo juro. Lo juro.

Si me condenan nunca volveré a ver el sol. Solo barrotes. Un barrote no es un sol, sino una barra gruesa fabricada a conciencia. Si mi futuro son los barrotes, entonces, solicitaré que los cambien por travesaños o palitroques. Si me lo conceden seré un tipo infeliz bastante feliz, pero si por el contrario me lo deniegan, prometo que jamás volveré a hacerme la permanente. ¡Vuelvo a delirar! Pero yo no quiero estar aquí. Es un lugar sucio, húmedo y deprimente. Yo quiero estar junto a "las gallinas turulecas", o mejor, encima de ellas. Por supuesto, siempre que Gaspar no se sienta traicionado. Y si Gaspar se siente traicionado, siempre podría destraicionarlo comentándole a su mujer María del Carmen su pequeño pasatiempo doble y poco natural.

Alguien está tocando a los barrotes. Suena como si alguien estuviera llamando a los barrotes, pero sin darse cuenta de que son barrotes. ¿A quién coño le importa si alguien está llamando a los barrotes? Pero llaman a los barrotes. Desconozco si con los nudillos o con algún objeto romo, pero suena a toc toc toc, y si suena a toc toc toc es que alguien golpea los barrotes. O eso o mi desvarío está alcanzando cotas imposibles de imaginar. Quizá me encierren en un manicomio. Allí hay timbres, por lo tanto no tendré que escuchar los toc toc toc cuando alguien quiera verme y no se le ocurra otra cosa que golpear los barrotes. Los barrotes. Los barrotes. ¡Mamá, ven conmigo, por favor! ¡Te necesito tanto! Pero no llames a los barrotes. ¡No llames a los barrotes!