viernes, 26 de enero de 2018

Email del 26 de enero 2018

Adolf Wölfli. Die psychiatrische klinik Waldau (1921)

Hay momentos en que me gustaría ser de verdad. No es que crea que en realidad no existo o que soy de mentiras, pero me parece que me estoy convirtiendo en una especie de esencia desnaturalizada, aunque todavía no he empezado a echarle la culpa a nadie. ¡Tengo tanto tiempo para pensar e inventar víctimas! Una vez le preguntaron a mi otra personalidad qué sentía al ser relegado continuamente al papel de segundón, pero no pudo contestar porque yo, el personaje dominante, se lo prohibí por medio de una señal en forma de espasmo intramuscular. Aunque no me gusta la palabra dominante, prefiero preponderante o principal. Cuando llegamos a casa y nos acomodamos en la cama azucé a mi otro yo para que respondiera a la pregunta, ahora que no había nadie que pudiera escuchar su respuesta. Y su contestación fue que "todos tienen que arrastrar su propio staurós" y que ya se había acostumbrado a ser un puto auxiliar que hace las veces de suplente. Cuando le respondí que siempre sería eso, un auxiliar, un suplente, y que lo mejor para su subsistencia como ser distópico sería que dejara a un lado los pensamientos revolucionarios, ni siquiera se dignó a contestar y se limitó a abrir la boca y lanzar una pedorreta. Eso me enfureció y no tuve más remedio que tirarlo al suelo y golpearlo con la fusta. Estuve maltratándolo durante lo que me parecieron un par de horas pero que en realidad fueron una hora y 55 minutos. Y después le pedí perdón. Él, es decir, yo, se puso a relinchar. Supongo que por atizarle con la fusta. Eso me desquició definitivamente hasta llegar al punto de agarrar ese amasijo ensangrentado y lanzarlo por la ventana.

Me desperté en el hospital. Unos días más tarde me visitaron un poli y un loquero. Me querían acusar de intento de suicidio. Desde luego no iba a ir a la cárcel, pero podía terminar visitando psiquiatras y psicólogos durante parte del resto de mi vida. En un momento dado el psiquiatra me preguntó por qué lo hice. Cuando le contesté que no entendía nada, me hizo el gesto de lavarse las manos y se largó en compañía del policía. Media hora después ambos fueron pillados in fraganti manoseándose y besándose en el despacho de la enfermera jefe, mientras esta, excitada, intentaba hacerse un cunnilingus a ella misma. En el transcurso de las semanas siguientes, los tres fueron despedidos y a mí me dieron el alta. Nada más salir a la calle intenté ponerme en contacto con mi otra identidad, pero no contestó. Deprimido, entré en una tortillería y pedí una pechuga de pollo a l'ast. El camarero me indicó amablemente que en una tortillería se hacen tortillas y no carne. Entonces le pedí una tortilla de pechuga de pollo y él llamó al gerente, que me cogió con fuerza por las solapas de la camisa y me arrojó a la calle. Me levanté y me limpié la suciedad, pero pronto me di cuenta de que en posición horizontal se estaba mejor y volví a tirarme, esta vez en la acera, por lo que la gente que caminaba por ella tuvo que aprender a saltar fardos de carne.

Me gustaría evitar declararme loco. Podría llegar a la conclusión de que no estoy bien, que es un término más aceptable. Pero de momento quiero pensar en otras cosas. ¿Qué cosas? ¿Que cosas? ¡Yo que sé!