jueves, 25 de enero de 2018

Email del 25 de enero 2018

Nicholas Roerich. The dead city (1918)

Amiga mía:

Ya sé que es algo que hace casi todo el mundo, pero yo lo llevo a extremos demencialmente coherentes. Me refiero a meditar sobre la vida y la muerte. Siento volver con lo mismo una y otra vez, pero por más que lo intento no puedo llegar a conseguir entender de qué sirve nacer para acabar muriendo. Siempre me han encantado las cosas absurdas, quizá por esa razón no dejo de darle vueltas y vueltas. O puede que me haya dado cuenta de que realmente soy viejo y que ya no puedo hacer nada para invertir el juego. Ni siquiera mentirme a mí mismo. Nacemos y morimos, entre medio de esos dos momentos decisivos contraemos enfermedades y sufrimos accidentes. Un número muy elevado de esas enfermedades y accidentes acaban fatalmente y si por una de esas casualidades del destino no palmamos, siempre podemos caer bajo el cuchillo o la pistola de un psicópata o bajo las ruedas Pirelli o Goodyear de un mal conductor. Y encima se supone que debemos sentirnos dichosos por el obsequio que se nos ha entregado. ¿Acaso yo pedí regalitos? Odio los regalitos. Si deseo algo me lo compro. Y si no tengo dinero, me aguanto. ¿Por qué tengo que esperar algo que me ha sido impuesto? La muerte es una imposición. Y mientras espero a esa jodida mierda, tengo que ver cómo enferman y mueren mis familiares y mis amigos. Y las mascotas de mis familiares y amigos. Y las mascotas de los familiares y amigos de mis familiares y amigos. ¡Es absurdo! ¿Dónde está la lógica?

Hace un rato, mientras iba en el autobús, me he entretenido mirando por la ventana a toda la gente que caminaba por las aceras. ¿Cuántas de esas personas estarán vivas dentro de 10 años? ¿O dentro de 25 años? ¿Cuántos tendrán la posibilidad de reír, llorar, vomitar o defecar dentro de 100 años? ¿Morirá alguno de ellos sintiendo que ha valido la pena nacer, tener hijos, mantener a los hijos, aguantar a los hijos, prestar dinero a los hijos y fallecer mientras sus hijos hacen surf en Manu bay o Bundoran beach? Al bajar en mi parada, un viejecito me ha mirado fijamente. Pero el viejecito era yo reflejado en un escaparate. Supongo que mis circunstancias no andarían demasiado lejos, pero no pude verlas. Tampoco es que me importara demasiado en ese momento, pero ahora, en casa y sentado sobre un puff otomano pienso de forma diferente. ¡Me gustaría tanto golpear a esos putos sucesos accidentales hasta que solo quedara un amasijo informe de sustancia condicionada!

Habrás observado que desde hace unas semanas he cambiado mi tema favorito, la estulticia humana, por la gerontología. Supongo que estoy harto de perder amigos. Todos se mueren. Y yo veo como después de sus partidas todo sigue igual. Es como si no hubieran existido. Quizá alguna lágrima forzada, pero no mucho más. Es posible que en algunas conversaciones futuras salgan sus nombres y alguien se atreva a decir que fueron los mejores y que no pasa ni un día en que no sean recordados. ¡Menuda gilipollez! Vomitaría si no fuese porque acabo de vomitar. La muerte es el único final. Oscuridad. No creo en pasillitos y lucecitas. Para eso ya tenemos al moñas de Spielberg. Solo creo en lo que veo. Y lo que veo no me gusta. Lo que imagino tampoco. Lo que tu ves me importa un pimiento y lo que puedan imaginar el resto, no cambiará ni sus coyunturas ni mi repugnancia.

Gog (de Magog)