martes, 19 de diciembre de 2017

Email del 19 de diciembre 2017

Jacek Yerka. Fly Alarmowka (2004)

En este momento me encuentro tan lejos de mí mismo que me cuesta incluso reconocerme cuando mi rostro se refleja en el vidrio de la ventana. El mismo vidrio que les sirve de autopista a mis dos moscas, Luciana y Teodora. Luciana es más frágil que Teodora, pero Teodora se toma los cambios de temperatura de una manera que desconcierta, desbarata y desbarajusta a Luciana. Y en ocasiones, me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta a mí. Y si algo me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta tiendo a encontrarme lejos de mí mismo. Y es entonces cuando me cuesta reconocerme. Incluso cuando me reflejo en el vidrio de la ventana. El mismo vidrio que sirve de suelo vertical a mis mascotas: Luciana y teodora. Luciana es tan débil, mucho más que Teodora, pero Teodora tiene un carácter que puede llegar a resultar molesto para cualquiera que no esté alcoholizado todo el día. Y parte de la noche. La noche es oscura y fría. Ni siquiera con la ayuda de un edredón noruego puedo llegar a entrar en calor. Mientras tirito, escucho a Teodora zumbar a la luna. Poco importa que la luna esté redonda o en forma de plátano. Ella zumba y rezumba porque necesita sobresalir de Luciana, que se contenta con sentir como su vida se acaba. Y es que estar al borde de la muerte implica ser más importante durante ciertos instantes. A mí me entristece tanto. Me entristece saber que Luciana no llegará a mañana. Puede que sí a mañana, pero de ninguna manera a pasado mañana. Tener conciencia de la muerte de una de mis dos únicas amigas me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta. Y cuando esas tres acciones suceden en las mismas sucesiones de microsegundos, es cuando suelo encontrarme lejos, muy lejos de mí mismo. Tan lejos que ni siquiera soy consciente de que mi figura pálida es irreconocible cuando se manifiesta sobre el vidrio de una o la práctica totalidad de las ventanas de mi hogar. El vidrio o los vidrios que sirven a Luciana y Teodora para interpretar el papel que les fue impuesto. Supongo que por la omnipotencia tornasolada que rige las circunstancias y los destinos de los seres alados de cabeza elíptica.

Teodora se ha disfrazado de salsifí y ha embadurnado la boca en forma de trompa de Luciana de color azul egipcio. No sé si lo que quiere es que su hermana muera lo más rápido posible o que cuando muera sienta ganas de reirse de sí misma. Y de Teodora. Y de mí. Y de todo. Porque todo es lo único que va a dejar en esta vida. Y esta es la única vida que debe existir. O por lo menos eso he creído durante décadas. Las mismas décadas sobrecargadas de tiempo y espacio en las que a menudo me he sentido lejos de ti. Sí, de ti. Y de mí, de cada uno de vosotros, de la absoluta totalidad de la proporción correspondiente a los que quisieron que nunca me acercara a ellos. De las idas y venidas. De los siempre y los jamás. De la mierda que sirve para describir las repeticiones. Y las incursiones. No. No, las incursiones, no. Las incursiones son como las penetraciones, inconstantes, dolorosas, egoístas. A veces incluso mezquinas. ¡No quiero volver a encontrarme tan lejos de mí mismo!

Luciana respira con dificultad. Teodora ha entrelazado sus uñas dípteras con las de su hermana. Yo contemplo la escena con cierta preocupación decadente. No comprendo cómo es posible preocuparse de forma apogea, pero todos lo hacen. Afortunadamente todos son ellos. No yo. Yo soy la mínima parte de algunos, determinados, señalados y concretos. Me siento obsoleto. Pero a veces me siento en sillas o sillones. En sillones solo si hay cojines. Sentarse en un sofá sin una almohada o colchoneta me parece terrorífico. Pero incluso sin almohadones los asientos con respaldo pueden ser intensamente aterradores. Me gustaría teletransportarme a la ladera de una montaña y sentarme sobre una roca de arenisca con forma angular, aunque me conformaría con poder asegurar mi trasero sobre roca caliza, mármol o cuarcita. Desde luego nunca sobre piedra triturada o ladrillos de adobe, rasilla o briqueta. ¡No quiero que se muera Luciana!

Teodora se ha posado sobre mi hombro. Eso quiere decir que Luciana no tendrá que volver a comportarse como un insecto. No la encuentro demasiado afligida, pero resulta difícil interpretar las emociones en el rostro de una mosca. Por lo menos sin la ayuda de una lupa profesional de 50 aumentos. Desde luego no actúa como suele ser normal en ella, es decir, pintiparada y altiva. ¿Debería mostrar desasosiego? No. Desasosiego es una palabra repugnante. Además no sirve para nada que no pueda ser expresado con vocablos más amables, fonéticamente hablando, como ansiedad, desazón o angustia. Es como el adjetivo "Justo" que tiene la capacidad de hacerme enfermar si es declamado, expresado o parloteado a menos de dos metros de mis oídos. Estoy convencido de que cuando se inventaron ambos términos, sus creadores creyeron que nunca nadie podría superar sus obras. Pero en algún lugar de la barahúnda mental de un imbécil señalado por los dioses de la involución surgió la voz "Tendencia". Y ya nada pudo ser lo mismo. ¡No puedo aguantar tanta mierda!

Han pasado varios momentos desde el momento reflejado en el primer párrafo. Sigo encontrándome lejano. Y me sigue costando reconocerme cuando me reflejo sobre el vidrio de la ventana, el agua que se acumula en el inodoro o los espejos. Luciana se ha transformado en abono y Teodora ha desaparecido. Me siento tan desconcertado, desbaratado y desbarajustado. Y si algo me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta tiendo a manifestar mi soledad interna. ¡Y es entonces cuando me cuesta reconocerme!