domingo, 31 de diciembre de 2017

Email del 31 de diciembre 2017

Max Ernst. Switzerland, Birth-Place of Dada (1920)

Apreciada amiga:


Aunque me separé del género humano hace unos 55 años, todavía suelo mostrar algunos rasgos antropoides, sobre todo cuando paseo por las calles de mi barrio. Y es curioso, cuando camino como una persona normal y sensata, es decir, desorientado, melancólico y sin querer llamar demasiado la atención, casi todo el mundo me mira, pero cuando voy dando saltos muy parecidos a los que intentaría un músico heavy al que le han puesto una araña en el sobaco o cuando ando imitando a Jerry Lewis en el papel de mariscal Erik Kesselring en la maravillosa pero denostada "¡Donde está el frente?" nadie repara en mí. Por esa razón estoy pensando seriamente en bajar a la calle completamente vestido, o por lo menos, con pantalones y calzoncillos.

Mañana será el primer día del último año de mi vida, por lo menos eso es lo que auguró la refugiada suiza Madame Jeaninne cuando me negué a pagar sus servicios de predicción. Si realmente muero el próximo año, quiero que escribas un libro sobre mí. Si no quieres escribirlo puedes dictarlo, pero me gustaría que estuviera repleto de trápalas y comadreos. Y sobre todo que comenzara con el siguiente párrafo:

"Hace un millón de años que hace un millón de años. No podría hacer un millón de años si solo hubieran pasado medio millón de años. Por lo tanto hace un millón de años que hace un millón de años. No, queridos, no os estoy vacilando, simplemente quiero que aprendáis a distinguir entre ciertas cantidades".


Greg

sábado, 30 de diciembre de 2017

Email del 30 de diciembre 2017

Max Beckmann. Dancing bar in Baden-Baden (1923)

Querida:


La gente vulgar y solcialmente prostituida suele despedir el año tragando uvas. Yo lo hago tragando hidrato de cloral en 12 sorbitos, pero sin seguir el isocronético ritmo de las jodidas campanadas. Entonces te preguntarás por qué razón me sedo con 12 sorbitos y no 14, 16 ó 18. Podría responderte en un periquete si no estuviera anonadado ante la ínfima calidad de la pregunta, más propia de un ejemplar de Equus africanus asinus al que le han practicado una lobotomía con un tenedor para entrantes, que de un Homo sapiens del género femenino, con tres carreras universitarias y cuatro vibradores multirrítmicos, dos de ellos dobles.

Celebrar el fin del año se me antoja tan inútil como introducirse -uno mismo- una cobra india por la bragueta. O como introducir 3/4 partes de la Nada en una pequeña fracción del Todo. O como introducir algo anteriormente introducido y decir a todo el mundo que ese algo nunca había estado plenamente introducido, o por lo menos, debidamente introducido. Por cierto, ¿existe el verbo "extroducir"? Yo suelo festejar los días en que no me ha sucedido nada malo (que son pocos) o los que le ha sucedido algo malo a cualquiera de mis ex (que son muchas), a mis vecinos o al director de mi banco, pero nunca celebraría algo que no tiene sentido. ¿Por qué no se celebra el día que uno se contagia de herpes genital? Lo veo más lógico. ¿O el día en que se revienta una almorrana?

Hace algunos años, un amigo mío se dejó llevar por sus impulsos erráticos y se quemó a lo bonzo en Nochevieja. Por lo menos eso creyó él, pues se equivocó de fecha y se inmoló un día antes. Mientras el negro y gemebundo manto de la muerte lo envolvía en el pabellón de requemados del hospital, se le escuchó gritar "mierdaaaaaaaaa". Te cuento esto para que me ayudes a llegar a una conclusión. Si no puedes ayudarme a llegar a una conclusión, me bastará con que me ayudes a llegar al orgasmo.

Te quiere


Greg

viernes, 29 de diciembre de 2017

Email del 29 de diciembre 2017

Autor desconocido. M (fecha desconocida)

Algunos residentes exigieron respuestas, pero solo obtuvieron flores. Y no es casual, ya que J era el gerente de una cadena de floristerías. Cuando M, el cabecilla de la facción vecinal se enfrentó a J, este le clavó un tallo de rosal en una oreja que días después se infectó y tuvo que ser extirpada. M imploró a los médicos que le entregaran el pabellón auditivo de recuerdo, pero G, el director del hospital, se negó aduciendo que todo lo que entra en la clínica acaba perdiendo la propiedad tras un tiempo perfectamente especificado dentro de los estamentos sanitarios aprobados en junta. H, una rubia despampanante que se acostaba algunos fines de semana con M, trató de convencer a este de que desistiera del intento, ya que creía que una oreja no era un pedazo de carne más importante que ella, sobre todo si estaba separada del cuerpo principal, pero M la apartó con fuerza, se arrodilló delante del retrato de su madre y lloró una serie de lágrimas amargas envueltas en rastros antiguos, sombríos y ensuciados, quizá con algún propósito absurdo, disparatado.

El tiempo cayó con violencia y el ruido asustó a un perro que corrió hacia varios lados al mismo tiempo, por lo que acabó desmembrandose de una forma espontánea. Mientras cada una de sus partes decidían sobre la conveniencia de vivir troceados, M, que pasaba por allí, se sentó en un banco del parque y comenzó a apilar piedrecitas y tronquitos por tamaños. Cuando uno de los montones se derrumbó, M miró al cielo con los ojos cerrados e imaginó una serie de montículos perfectamente agrupados según las características más frecuentes. Entonces, se emocionó y se arrodilló entre la tierra mojada y las hojas completamente desgastadas y lloró una segunda serie de lágrimas envueltas, esta vez, con fibras bellamente elaboradas, singulares en la forma, pero acariciadas con algunas pinceladas de vulgaridad claramente interesada.

Luz suave infestada de remolinos remolones,
a trompicones,
a trompicones.
Escondida entre un millón de visiones,
y alusiones,
y alusiones.
Desfila a través de superposiciones...

Mientras chupaba y mordisqueba el bolígrafo, M decidió que el poema podría ser una obra maestra, siempre que el autor fuese una rana o un sapo, así que rompió la hoja y tiró todos los trozos por la ventana. Uno de esos fragmentos voló durante siete días y siete noches hasta que aterrizó en un lugar que, aunque era similar a otros lugares, no era el lugar más perfecto del que se tuviera conocimiento. Allí, rodeado de insuficiencias perfectamente señalizadas, se transformó en un pronombre indefinido y promulgó proporciones e intensidades que aumentaban o disminuían a cada lagrima -salobre o dulce- de M que, a varios cientos de medios palmos de distancia, lloraba para justificar el verdadero origen de cada uno de esos pequeños agujeros que inundan las paredes y que a nadie le apetece rellenar.

El secretario del líder de los residentes, hastiado de tantas flores, se comió el papel de celofán que envolvía a los ramos y eructó agradecido. J, que estaba escondido tras una falsa creencia tallada en piedra, pudo ver toda la escena y decidió dejar de existir en interiores poco luminosos o mal ventilados. A cuatro manzanas ácidas de allí, M depositaba pensamientos fugaces en una vasija de barro poco trabajada. El recipiente renegó de cualquier acción humana y se deslizó hacia el otro lado del lado del lado del lado en que se encontraba M, que asombrado decidió no tomárselo demasiado a pecho. H no podía creerlo y le preguntó si no iba a llorar un poco. M se alzó como un monumento, aspiró aire y parte de la luz infestada de remolinos remolones y se limitó a desfilar a través de superposiciones.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Email del 28 de diciembre 2017

Pablo Picasso. Mother and son with handkerchief (1903)

Han pasado unos cuantos meses desde que decidí largarme de la casa que compartía con Pepita, su madre, su tía, sus tres hermanos y también con cinco perros, dos gatos, nueve periquitos y un conejo doméstico de la variedad "Lanoso de Jersey". Pepita fue mi amante durante los 19 días que duró nuestra relación. Elenita, su madre, que trabajaba de catadora de acelgas en el mercado central, no veía con buenos ojos nuestro amor, ni siquiera cuando se ponía las gafas, y los gritos de odio hacia la raza humana que emitía se podían escuchar hasta en Dinamarca cuando el viento era favorable. Y no estoy exagerando, pues me lo contó en varias ocasiones Einar, un danés alto, rubio y con pecas en el glúteo derecho que vivía en Tórshavn y que tocaba el tamtam en la DR SymfoniOrkestret. Einar perdió la nalga izquierda a la edad de 17 años mientras dormía en casa del abogado de su madrastra y nunca pudo recuperarla, aunque movía las caderas de una forma tan sinuosa que resultaba tremendamente difícil reparar en su desgracia. El hermanastro de Einar, un islandés de pura cepa que se llamaba Skarphéðinn, aunque todo el mundo lo conocía como Uk-aruk-Haas, se definía a sí mismo como un "androminauta sogistivo" que malvivía zozobrando y atafagando cuando le era posible. Cierto día, cuando le pregunté qué significaba "androminauta" y "sogistivo" se sintió tan acorralado que decidió desmaterializarse en esos instantes y materializarse en Quito, donde vivió unos meses hasta que fue confundido con un plato de locro ecuatoriano y devorado por nueve huaoranis hambrientos. Uno de esos indígenas se llamaba Tihueno y diecisiete años antes había sido proclamado "la cosa más bonita de Orellana". Tenía una copa de madera de quebracho que podía atestiguarlo, aunque tuvo que empeñarla en 1988 para comprarse un kilo de urucú. El tipo que le vendió ese futuro colorante se dedicaba a la trata de vegetales andino-patagónicos y era conocido en el mundillo barriobajero como "el ñacas", que no es más que una corrupción fonética de "el cañas". Según le contó él mismo a Tihueno, le llamaban "el cañas" porque su tatarabuelo Jonás IV, que vivió durante 29 años en Almusafes (Valencia, Spain) estaba obsesionado con "Cañas y barro" del escritor Vicente Blasco Ibañez.

Es increíble lo cerca que estamos los unos de los otros, aunque vivamos a miles de kilómetros de distancia. Alguien dijo una vez que "el mundo es un pañuelo". Supongo que fue un fabricante de pañuelos, pues si hubiera sido un fabricante de sábanas bajeras el apotegma hubiera sido "el mundo es una sábana bajera". Y si lo pienso detenidamente, estoy mas cerca de la segunda sentencia que de la primera. La mayoría de pañuelos, incluso los que pertenecen a damas de alta alcurnia, acaban repletos de mucosidad y flemas, sobre todo en otoño e invierno, pero las sábanas bajeras tienen que lidiar con pelos púbicos y ocasionales manchas de esperma o fluidos vaginales. Creo que el mundo, tal y como lo conocemos, no es más que una jodida sábana bajera elástica y ajustable, fabricada con microfibras de algodón tosco e inflamable. Todos conocemos el caso de Manolita "la murciana" que después de soltar una pequeña pedorreta mientras estaba plácidamente tumbada en su cama con somier tatami apareció de repente en Tórshavn, donde conoció a Einar, se casó con él y le dio cinco hijos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Email del 27 de diciembre 2017

Umberto Boccioni. Drawing after 2states of mind: The rarewells" (XIX-XX cent.)  

Amiga mía:


Me gustaría relatarte de qué manera afronto algunas de mis incapacidades más absolutas, que casualmente también son las más absurdas, aunque creo, y estarás de acuerdo conmigo, que tildar de absurdo algo que procede o está relacionado con la neurosis y la forma que esta afecta a algunos individuos seriamente adocenados, entre los que me encuentro yo y algunas de mis múltiples personalidades, es como creer que Dios existe y que su barba larga, blanca y lacia es algo más que un invento de la Iglesia para avasallarnos, teniendo en cuenta que actualmente se cree que suele afeitarse con las maquinillas Gillette Fusion Proglide, que con tecnología FlexBall se adaptan a los contornos para un perfecto contacto y máximo confort.

Pero antes de comenzar a enumerar mis insuficiencias neuróticas, me siento obligado a advertirte que, por lo menos en mi caso, la neurastenia es una forma alternativa de subsistencia más que un trastorno parcial de las emociones. Yo podría comportarme de la misma manera que lo hacen cualquiera de tus otros amigos, ya sabes, esos que a menudo son tachados de seres maravillosos provenientes de otro universo, y que están en el nuestro únicamente para alegrar los corazones y sacar de graves entuertos a terceros. Podría, si quisiese, desde luego, pero no me da la gana, o como suele decir el bedel del Centro Municipal para Jóvenes Neuróticos de la Comunidad Valenciana (CMJNCV), no me sale de las gónadas fabricantes de esperma. Es mucho más sencillo destacar siendo naturalmente imperfecto. Siempre he odiado la perfección y la excelencia, fuese natural, artificial, afectada, alícuota o ilógica. No hay nada más deprimente que darse cuenta de que todo lo que haces o dices es sensato y conveniente. Cuando eso sucede, aunque sea en una sola ocasión, es necesario tomar acto de conciencia y salir a la calle lo más rápidamente posible a insultar a una o dos abuelitas o poner la zancadilla al primer administrador de fincas o notario que se cruce en el camino.

Pero creo que ya he divagado bastante. Supongo que la dispersión lingüística o textual todavía no está penada con una fuerte sanción o la cárcel. Y aunque lo estuviera, me importaría bien poco, o como suele decir el primogénito de la señora de limpieza que nos deja inmaculado el bajo donde nos reunimos algunos enfermos sociales para preparar con dulzura el fin del mundo, y por consiguiente, el ocaso de la raza humana, me rezuma y me trasuda todo.

- Soy incapaz de comerme un huevo pasado por agua si alguien me mira. Pero sin embargo, si me observan, no. Yo todavía no soy capaz de distinguir entre ambas terceras personas del plural de sus presentes de indicativo correspondientes, pero mi subconsciente primario sí.
- Estoy seriamente incapacitado para cantar cualquier canción del gilipollas de Melendi si llevo calcetines rojos de la marca "Jimmy Lion". Por el contrario solo puedo entonar el Kyrie Eleison, en la versión de los Monjes Benedictinos de Santo Domingo de Silos, si visto con ropa interior lavada tres veces con detergente neutro, un chorrito de vinagre blanco, que limpia, abrillanta, suaviza y potencia el jabón y, muy importante, aclarada de tres a cinco veces.
- Soy incapaz de rascarme la pierna derecha si no me pica. Lo he intentado en numerosas ocasiones y las tentativas han terminado en fracaso, miseria y desolación.
-Estoy incapacitado para reconocer cualquier clase de problema, sin embargo, si es un enema, que fonéticamente suena parecido, reconozco al instante que es una lavativa y jamás intento usarla para obtener sensaciones agradables prohibidas.
- No soy capaz de externacionalizar cualquier cosa, hecho o acción internacionalizada con anterioridad, aunque dicha internacionalidad haya sido impuesta por un externalista convencido.
- No puedo acariciar escalopines de ternera rebozados, pero no me sucede lo mismo con escalopines de ternera en salsa, a la milanesa o al roquefort. Por supuesto, si los escalopines son de cerdo, de pollo o de salmón, los manoseo sin problemas, y lo que es más importante, sin erecciones indebidas, incorrectas o innecesarias.
- Soy incapaz de ser capaz, pero soy muy capaz de parecer incapaz.
- No puedo permanecer en un hospital más de 27 segundos seguidos. Mi nosocomefobia es legendaria, por eso la ultima vez que tuvieron que operarme, los cirujanos tuvieron que convencer a una trabajadora del sexo para que se hiciera pasar por una enfermera, se acostara conmigo y después del tercer orgasmo me inyectara en el músculo glúteo mayor cinco centímetros cúbicos de valeriana. La intervención quirúrgica tuvo éxito y a partir de entonces me convertí en proxeneta negro con melena afro.
- Estoy incapacitado para diferenciar un queratoacantoma de un tumor epitelial seudoepiteliomatoso.

La verdad es que podría llenar varios extensos volúmenes explicando detalladamente cada una de mis inhabilitaciones más preciadas, pero prefiero que se me recuerde como el adalid de las imperfecciones modélicas culminantes. Ahora voy a abandonarte por unos cuantos días. Necesito seguir rodando, y siempre que te escribo acabo planeando en línea recta. También quiero prepararme el discurso de aceptación para el albañil que tiene que arreglarme el alicatado de la cocina, aunque no creo que llegue a comprender nada porque es armenio, pero que se joda. Como diría la amante del hijo del ayudante de dirección del film documental sobre los imposibilitados ajados en la que intervine hace unos meses: ¡que lo tribunalicen!

lunes, 25 de diciembre de 2017

Email del 25 d diciembre 2017

Rene Magritte. The menaced assassin (1927)

Ahora estoy más tranquilo. Me acabo de comer a mi vecino. Bueno, entero no, pues llevo varios días nervioso y eso me ha restado apetito, pero me he podido zampar su mano derecha y parte de la garreta. La mano me la he preparado tostada en el grill y la garreta guisada. Mañana cocinaré sus turmas y un par de costillas y el resto lo congelaré. Espero que cuando alguien lea esta especie de confesión intente ser benevolente conmigo. Soy una víctima del hijo de perra de nuestro presidente del gobierno y el hambre y el vicio me han empujado al asesinato y posterior canibalismo. Al principio pensé en matar a Federica, la hija de la víctima, pues colegí que estaría menos correosa, pero cuando me enteré que padecía de aerofagia anorectal cambié de opinión. Y el cambio fue excelente. Su padre, pese a la edad, esta tierno como la ternera de leche y sus finas líneas de grasa intramuscular, aparte de darle un aspecto sabroso y muy parecido a la del cebón, tienden a deshacerse en la boca provocándome espasmos de placer como no experimentaba desde que era un pequeñajo maleducado y marrano y succionaba directamente de las ubres de Gandulaza, la cabra anglonubia de mis abuelos maternos.

La existencia, tal y como nos ha tocado vivirla (o padecerla), no es más que una jodida carrera de obtáculos con forma y aroma de letrina. Pero no de letrina de aseo de establecimiento de gran superficie tipo El Corte Inglés, sino de váter de club de alterne de carretera secundaria. Nacemos para morir, pero mientras esperamos a la mamona de la parca nos toca sufrir, sufrir y sufrir, o ver sufrir, sufrir y sufrir a otros, o hacer sufrir, sufrir y sufrir al resto, o hacerse sufrir, sufrir y sufrir a uno mismo tomando el ejemplo de cualquier gurú, mentor o maestro de pacotilla, mientras unos cuantos, a veces creo que una mayoría, nos joroban, joroban y joroban hasta el infinito y más allá.

Hace algunos años la gente me llamaba "el Calimochero", pero ahora se dirigen a mí como "Don Simón, el mamón". Desde La mezcla con Coca-cola hasta el rechazo total al mejunje norteamericano en pro del brik, han pasado muchas lunas. Algunas han sido rojas, con destellos tornasolados y otras de colores claramente determinados, pero en todas he deseado colgarme de una viga con las bolas chinas con mando a distancia que robé por error en un sex-shop cuando lo confundí con Mercadona. Desearía que esta ceguera vincular que me aprisiona y me hace creer que vivo en un mezclador de regurgitaciones cesara de la misma manera que cesan mis depilaciones. Ya no me siento seguro deslizando la depiladora Braun sobre mi piel. ¡Joder! He sido tan putero. ¡Tan fulero! Pero también fui fallero. Todavía recuerdo los desfiles de espolines de falleras mayores. Todavía recuerdo los "torrentí" y los "saragüell". Todavía recuerdo esa época en la que tenía prohibido pensar antes de actuar. Solo obedecía a la ciencia infusa que permite el escape como forma alternativa de vida. ¡Y funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! Pero un maldito día leí un folleto y unos meses después un libro. No era un gran texto, pero me abrió los ojos, y tan rápidamente como se succiona un huevo duro de codorniz con la boca, pasé a formar parte de la denominada "gente rarita de cojones", es decir, de esa miasma de inconformistas que nunca dialogará sobre motos, gimnasios o pechos turgentes con pezones sonrosados y en punta. ¡Y la cagué! Desde entonces mi corazón es una piedra cubierta de musgo y liquen a partes iguales, mis calcetines, un colador de diseño francés o italiano y mis mocos, bellamente cristalizados con metanfetamina, impregnan con clase mi barba descuidada y blanca. ¡No! No soy Papá Noel, pero tampoco soy ninguno de sus putos renos. La verdad es que no quiero saber qué soy. Está claro que no soy un humano, sino una cosa. Quizá una cosita, que empieza por la letrita...

Mientras escribo estas líneas, tan mal redactadas como extraordinariamente acusadoras, estoy pensando en "ejos", que es como yo llamo a los cangrejos. Siempre que me pongo nervioso pienso en "ejos". Pero no en cualquier clase de cangrejos, solo en los de la familia Paguroidea, es decir, en los cangrejos ermitaños. Esos cabronazos pequeñajos que arrastran su guarida hasta que se les queda pequeña y entonces buscan otra. Yo ya no quiero buscar otra. La que tengo ahora huele a lejía perfumada Neutrex porque soy un tipo curioso y no me gusta tener las paredes y el suelo llenos de sangre y vísceras. Nunca me he sentido un extraño en ella, aunque realmente lo soy. Acabé con sus propietarios, me los comí estofados con cebolleta, patatas y mucho ajo y ahora uso algunas de sus pertenencias. Pero de eso hace varios años. ¡El tiempo viaja tan rápido!

Dentro de un mes, cuando se haya terminado la carne del padre de Federica, me entregaré en la casa-cuartel de los picoletos. Antes de hacerlo me beberé un par de litros de cerveza de bote de la marca blanca de Carrefour y cuando esté preparado anímicamente relataré al sargento de guardia mi historia. Lo que pueda sucederme después me la refanfinfla. Lo que tengo claro es que jamás tendré que volver a destripar a nadie. No es que me moleste asesinar y abrir en canal a alguien, lo que me saca de quicio es no poder limpiar y desinfectar en lugares de difícil acceso donde la sangre suele enquistarse como juntas o rodapiés. ¡Está claro! ¡Me he convertido en una jodida maruja!

domingo, 24 de diciembre de 2017

Email del 24 de diciembre 2017

Paul Klee. The lover (1938)

Amor mío:


Quiero cortejar a tu madre. Dicen que tiene mucho dinero en el banco y varias propiedades inmobiliarias. ¿Crees que si le regalo un ramo de rosas negras podré llegar a ser algún día tu padre? Si en un futuro cercano -tu madre no está para futuros lejanos- me convierto en tu padre, voy a ser muy muy duro contigo, porque vengo notando que desde hace un par de años tiendes hacía la abstracción cuando practicas sexo conmigo. Y yo lo único que tengo poco concretado en la actualidad son las coderas de la chaqueta de pana. Me encanta que seas una tía politélica, pues así tengo otro mamelón para mordisquear, pero me importunan en exceso esos ruidos mortecinos, más propios de un cadáver viviente que de una mujer de cincuenta y tantos que se gasta cantidades desorbitadas en ropa cara. La última vez que yací contigo tenía en mi bolsillo un crucifijo y agua bendita. Por eso he decidido hacer todo lo posible para contraer nupcias con tu progenitora, esperar a que fallezca y con el peculio que herede largarme a vivir a Raiatea o Maupiti y dedicarme a plasmar al óleo su frondosa vegetación y los cuerpos bien torneados de sus habitantes.

Supongo que no intentarás malograr mi plan. Si así lo hicieras, te juro por la Virgen de la Milagrosa que soy capaz de cortarte el cuello. Nadie ni nada se va a interponer entre mis deseos y el resultado de estos. Y estos son como sangre en el agua para los tiburones. Así pues, te conmino a seguir proporcionándome placer mientras tienes el pico cerrado y sientes como finiquito tu futuro.


Te quiere:

El maldito hijo de puta.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Email del 23 de diciembre 2017

Francisco Goya. Loco tras las rejas (1824)

Lo primero que hago todas las mañanas nada más despertarme es pensar en mí. ¿Por qué debería pensar en vosotros si no os conozco? ¿Acaso alguno de vosotros pensáis en alguien que no seáis vosotros mismos? Si, ya sé que queda realmente conmovedor afirmar que vuestro primer pensamiento matinal es para vuestros hijos, padres o incluso para vuestros compañeros de cama o vuestras asqueadas mascotas. Una mañana de hace un par de meses desperté húmedo, pues mi primer pensamiento me había escupido en un ojo, pero normalmente mis amaneceres son secos y traqueteantes, y a menudo, fruncidos o con los pliegues alisados, como los hules de tela resinada que utilizaba mi abuela Narcisa cuando quería resultar interesante para el resto de la familia.

Lo último que hago cada día antes de acostarme es imaginarme en el centro de un gran corro de mujeres desnudas. Una vez me equivoqué fantaseando y el corro que apareció en mi cabeza fue de hombres desnudos. Y contemplar hombres desnudos, con taparrabos, o incluso totalmente vestidos, es algo que a un heterosexual convencido como yo, siempre le acaba pasando factura. Pero, afortunadamente, la factura no fue demasiado elevada porque la psicóloga que me trató necesitaba dinero con suma urgencia para mejorar su experiencia de usuaria de internet sin utilizar cookies a la hora de personalizar sus contenidos.

Lo segundo que hago tras contemplar mi cuerpo perfecto reflejado en el espejo es preguntarme por qué razón no me aplaude la gente cuando camino por la calle. Lo primero que hago, prefiero seguir manteniéndolo en secreto. Creo que un día escribiré todos mis secretos en una libreta y se la regalaré a Dios Padre, es decir, a la primera de las tres personas que forman el tripartito denominado Santísima Trinidad. Entonces, la primera persona delegará sobre la segunda, el hijo, y éste ordenará al Espíritu Santo que me fulmine de la forma más cruel posible, dentro de lo aceptable para los dogmas de los creyentes.

La cuarta cosa que hago después de rascarme con delectación los cataplines es similar a las tres anteriores, aunque con algunas variaciones en las disposiciones. Intento que cada acción sea diferente en su concepción a la precedente, respetando sus determinaciones específicas, pero no siempre obtengo la modificación deseada. Ni siquiera introduciendo variables estables concebidas con el único propósito de alterar el movimiento establecido con anterioridad. Por esa razón, al final siempre acabo rascándome los cataplines con la misma delectación de siempre, pero intentando que las circunstancias redefinan o maticen cada oscilación o desplazamiento de mis dedos.

Lo antepenúltimo que hago tras cortarme las uñas de los pies es envolver en papel los restos separados de las cutículas madre, pegarles una etiqueta con la fecha y otros datos relevantes y guardarlos en una cajita de cartón de color verde Peridot que anteriormente había pertenecido a un perfume caro, de esos que sirven para realzar la estupidez de las personas. Deseo llegar a alguna conclusión algún día, pero si no soy capaz de llegar a alguna conclusión, espero que por lo menos pueda recibir tratamiento para la oclusión parcial sin compromiso vascular de mi intestino, que amenaza mi buen comportamiento estas dos últimas semanas.

Lo que realmente debería hacer en estos instantes es comerme este texto a palo seco y salvar a los posibles lectores de una pérdida de tiempo irrecuperable, pero no me siento capaz de perdonar a esos posibles lectores y prefiero que pierdan ese tiempo irrecuperable. Y que después de haber perdido ese tiempo irrecuperable se acuerden de mi padre, Gregorio II, pues creo que no ha sido suficientemente valorado, a pesar de haber sido uno de los artífices de mi concepción y haber tratado de que mi existencia fuera lo más surrealista posible. A él le debo todo lo que me gustaría ser y lo que no seré nunca, ni siquiera aunque lo intente o lo imagine.

martes, 19 de diciembre de 2017

Email del 19 de diciembre 2017

Jacek Yerka. Fly Alarmowka (2004)

En este momento me encuentro tan lejos de mí mismo que me cuesta incluso reconocerme cuando mi rostro se refleja en el vidrio de la ventana. El mismo vidrio que les sirve de autopista a mis dos moscas, Luciana y Teodora. Luciana es más frágil que Teodora, pero Teodora se toma los cambios de temperatura de una manera que desconcierta, desbarata y desbarajusta a Luciana. Y en ocasiones, me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta a mí. Y si algo me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta tiendo a encontrarme lejos de mí mismo. Y es entonces cuando me cuesta reconocerme. Incluso cuando me reflejo en el vidrio de la ventana. El mismo vidrio que sirve de suelo vertical a mis mascotas: Luciana y teodora. Luciana es tan débil, mucho más que Teodora, pero Teodora tiene un carácter que puede llegar a resultar molesto para cualquiera que no esté alcoholizado todo el día. Y parte de la noche. La noche es oscura y fría. Ni siquiera con la ayuda de un edredón noruego puedo llegar a entrar en calor. Mientras tirito, escucho a Teodora zumbar a la luna. Poco importa que la luna esté redonda o en forma de plátano. Ella zumba y rezumba porque necesita sobresalir de Luciana, que se contenta con sentir como su vida se acaba. Y es que estar al borde de la muerte implica ser más importante durante ciertos instantes. A mí me entristece tanto. Me entristece saber que Luciana no llegará a mañana. Puede que sí a mañana, pero de ninguna manera a pasado mañana. Tener conciencia de la muerte de una de mis dos únicas amigas me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta. Y cuando esas tres acciones suceden en las mismas sucesiones de microsegundos, es cuando suelo encontrarme lejos, muy lejos de mí mismo. Tan lejos que ni siquiera soy consciente de que mi figura pálida es irreconocible cuando se manifiesta sobre el vidrio de una o la práctica totalidad de las ventanas de mi hogar. El vidrio o los vidrios que sirven a Luciana y Teodora para interpretar el papel que les fue impuesto. Supongo que por la omnipotencia tornasolada que rige las circunstancias y los destinos de los seres alados de cabeza elíptica.

Teodora se ha disfrazado de salsifí y ha embadurnado la boca en forma de trompa de Luciana de color azul egipcio. No sé si lo que quiere es que su hermana muera lo más rápido posible o que cuando muera sienta ganas de reirse de sí misma. Y de Teodora. Y de mí. Y de todo. Porque todo es lo único que va a dejar en esta vida. Y esta es la única vida que debe existir. O por lo menos eso he creído durante décadas. Las mismas décadas sobrecargadas de tiempo y espacio en las que a menudo me he sentido lejos de ti. Sí, de ti. Y de mí, de cada uno de vosotros, de la absoluta totalidad de la proporción correspondiente a los que quisieron que nunca me acercara a ellos. De las idas y venidas. De los siempre y los jamás. De la mierda que sirve para describir las repeticiones. Y las incursiones. No. No, las incursiones, no. Las incursiones son como las penetraciones, inconstantes, dolorosas, egoístas. A veces incluso mezquinas. ¡No quiero volver a encontrarme tan lejos de mí mismo!

Luciana respira con dificultad. Teodora ha entrelazado sus uñas dípteras con las de su hermana. Yo contemplo la escena con cierta preocupación decadente. No comprendo cómo es posible preocuparse de forma apogea, pero todos lo hacen. Afortunadamente todos son ellos. No yo. Yo soy la mínima parte de algunos, determinados, señalados y concretos. Me siento obsoleto. Pero a veces me siento en sillas o sillones. En sillones solo si hay cojines. Sentarse en un sofá sin una almohada o colchoneta me parece terrorífico. Pero incluso sin almohadones los asientos con respaldo pueden ser intensamente aterradores. Me gustaría teletransportarme a la ladera de una montaña y sentarme sobre una roca de arenisca con forma angular, aunque me conformaría con poder asegurar mi trasero sobre roca caliza, mármol o cuarcita. Desde luego nunca sobre piedra triturada o ladrillos de adobe, rasilla o briqueta. ¡No quiero que se muera Luciana!

Teodora se ha posado sobre mi hombro. Eso quiere decir que Luciana no tendrá que volver a comportarse como un insecto. No la encuentro demasiado afligida, pero resulta difícil interpretar las emociones en el rostro de una mosca. Por lo menos sin la ayuda de una lupa profesional de 50 aumentos. Desde luego no actúa como suele ser normal en ella, es decir, pintiparada y altiva. ¿Debería mostrar desasosiego? No. Desasosiego es una palabra repugnante. Además no sirve para nada que no pueda ser expresado con vocablos más amables, fonéticamente hablando, como ansiedad, desazón o angustia. Es como el adjetivo "Justo" que tiene la capacidad de hacerme enfermar si es declamado, expresado o parloteado a menos de dos metros de mis oídos. Estoy convencido de que cuando se inventaron ambos términos, sus creadores creyeron que nunca nadie podría superar sus obras. Pero en algún lugar de la barahúnda mental de un imbécil señalado por los dioses de la involución surgió la voz "Tendencia". Y ya nada pudo ser lo mismo. ¡No puedo aguantar tanta mierda!

Han pasado varios momentos desde el momento reflejado en el primer párrafo. Sigo encontrándome lejano. Y me sigue costando reconocerme cuando me reflejo sobre el vidrio de la ventana, el agua que se acumula en el inodoro o los espejos. Luciana se ha transformado en abono y Teodora ha desaparecido. Me siento tan desconcertado, desbaratado y desbarajustado. Y si algo me desconcierta, me desbarata y me desbarajusta tiendo a manifestar mi soledad interna. ¡Y es entonces cuando me cuesta reconocerme!

lunes, 18 de diciembre de 2017

Email del 18 de diciembre 2017

Paul Gauguin. The dreaming (1982)
Estaba a punto de quitarme la ropa cuando sonó el teléfono. Una voz masculina ronca pero con un acento agradable me preguntó si me gustaría cambiar de compañía, a lo que respondí que primero tendría que tener compañía. El tipo de la voz ronca no se rió de mi chiste, pero se disculpó y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, que se refería a compañía telefónica y me prometía que con las ofertas que estaba en condiciones de compartir conmigo, mi vida, la de mis familiares y la de mis mascotas darían un cambio de 350 grados. Cuando le pregunté por qué no de 360, se disculpó por segunda vez y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, que realmente quería decir que el cambio en mi vida, en la vida de mis familiares y en la de mis mascotas sería de 360 grados. Llegados a este punto se me ocurrió decirle que los únicos bichos que vivían conmigo en casa eran unas cuantas moscas y mosquitos comunes, a lo que me respondió que sentía que no tuviese ni un perro o un gato. Estaba claro que ese operador era un tipo muy sensible, pues en menos de 5 minutos de conversación había demostrado su sensibilidad tres veces. Cuando le pregunté si se llamaba Pedro, como el apóstol que se supone negó tres veces conocer a un tal Jesús, volvió a hacer caso omiso de mi humor de barra de club de alterne, aunque me respondió que su nombre era Huan Yue Cheng y que hablaba tan bien el castellano porque su madre se había casado con un español cuando él tenía "jatro" años. Supongo que se refería a cuatro años, pero yo estaba en plan gamberro y le pregunté si también sentía haber dicho "jatro" en lugar de cuatro. Como era de esperar, Huan Yue Cheng volvió a disculparse y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, que obviamente se refería al número cuatro.

La conversación, que duró otros ocho o nueve minutos más, transcurrió entre mi deseo de enviarlo a él y a sus jodidas disculpas -completamente ridículas y exentas de transgresión o compromiso- y unas terribles ganas de orinar que arrastraba desde hacía varias horas. Al final, para no alargar eternamente una conclusión que debía haberse producido mucho antes, le pregunté cuánto le medía el pene, esperando que de esa manera me tomara por un maníaco genital y me colgara el teléfono pero, sin embargo, me contestó que según su última medición efectuada dos meses atrás, su dimensión real era de 32 centímetros y que había rechazado varias ofertas para dedicarse al cine para adultos. Estaba claro que Huan Yue Cheng había dejado las disculpas para otro nuevo cliente y ahora tenía respuestas para todo, así que colgué el auricular con fuerza y me dirigí a saltitos al aseo, pero no pude llegar porque el teléfono volvió a sonar. Cambié de dirección de un brinco extraordinariamente felino, y me dirigí también a saltitos a descolgarlo. Era Huan Yue Cheng. Y se disculpaba por el corte en la comunicación y por la medición falsa que me había dado antes. No eran 32, sino 28 centímetros. Volvió a disculparse y me contó que tenía un problema bastante serio con el número 32 y siempre que podía intentaba pronunciar esa cifra, pero como yo era una buena persona repleta de sentimientos nobles y altruistas, había sentido la necesidad imperiosa de ser sincero conmigo. Luego me explicó que su conflicto con el número 32 era el resultado de no tener dinero suficiente para comprarse un ordenador con procesador de 64 bits y tener que ser la comidilla de sus amigos por ser el único que todavía trabajaba con procesadores de 32 bits. Entonces le repliqué lo que deduje cómo la respuesta más perfecta de la historia, y también la más anfibológica, es decir, le insté a aceptar alguna de las ofertas que había rechazado para convertirse en actor porno, pero él se disculpó y me contestó que quizá lo había entendido mal o no se había expresado con claridad, pero que nunca dijo que había rechazado ofertas, sino que las estaba estudiando detenidamente. Al final no me quedó más remedio que escupirle hipócritamente que, aunque su conversación y la forma en que construía las frases estaban más cerca de Cervantes que de Luo Guanzhong, lamentablemente yo era un tipo muy ocupado y debía redondear el día con algo que necesitaba hacer con suma urgencia. Entonces él me susurró algo parecido a una despedida incómoda y colgué el teléfono triunfalmente.

Volví a dirigirme al aseo a saltitos, pero de repente, sin previo aviso, desperté mojado.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Email del 15 de diciembre 2017

Jheronimus van Aken, el Bosco. La extracción de la piedra de la locura (1505)

No era demasiado idiota, por lo menos no lo suficiente como para haberlo catalogado entre "Los 100 cenutrios más grandes que han aparecido ante mi vista", el tratado que escribí y publiqué en febrero del 2012 -aproximadamente siete meses antes de conocerlo- sobre algunas de las acémilas humanas que habían pasado por mi vida. Se llamaba José nosequé, tenia cara de híbrido entre Brassica rapa y Brassica napus, cerebro de mando a distancia de televisor de 65 pulgadas y una voz que me recordaba al ruido de asombro que emite una lagartija colilarga cuando le arrojan por encima un litro de champú de uso diario para cabellos grasos. Creo, aunque no estoy del todo seguro, que me lo presentó una amiga en común y desde el primer encuentro supe que ese tipo no era normal. Pero no fue hasta la segunda vez que coincidí con él en una cafetería cuando me di cuenta del potencial asnal de su cerebro batido.

Me encontraba sentado degustando plácidamente un Choleck de chocolate, o quizá un Cacaolat de vainilla, no lo podría precisar, cuando de repente una fuerza infrahumana me empujó hacía delante e hizo que me clavara la boca del vaso en el ojo derecho, con lo que la forma armoniosa y totalmente simétrica de mi rostro ovalado perdió un poco de atractivo durante unos minutos. Me giré con agresividad para ver quién había sido el desgraciado que me había propinado una palmada tan salvaje en el hombro y lo vi de pie, con aspecto de planta vivaz trepadora, y sonriendo como una especie de Gato de Cheshire de tercera división regional.

Mi primer impulso fue agarrarlo de forma que no se pudiera mover, abrirle la boca, introducir mi brazo derecho y agarrarle los intestinos, sacarlos fuera de su cuerpo y entregárselos a Paquita, la cocinera del establecimiento, para que me preparara algo sabroso con ellos, pero llegué a la conclusión de que, aunque algunas mujeres en el pasado se habían quejado amargamente de mi condición de pulpo, no tenía las suficientes extremidades como para llevar a cabo mi plan. Por esa razón me contuve, forcé una sonrisa hipócrita que hubiera hecho palidecer de envidia a la Madre Teresa de Calcuta y lo invité a sentarse conmigo. Bueno, en mi silla no, a mi lado.

Estuvimos charlando durante unos veinte minutos, aunque a mí me parecieron catorce años y medio. Lo que en ese tiempo me contó hubiera invitado al suicidio a alguien que no tuviera una resistencia mental tan extraordinaria como la mía. Intentaré hacer un pequeño resumen: su verdadero nombre no era José sino Granfhu 438 y era un habitante intraterrestre, es decir, del centro de la tierra. Allí vivía junto a su familia en un adosado en el exterior del núcleo externo. Su padre, Granfhu 437, había sido soberano de su país, llamado Granfhuland 000 hasta aproximadamente el año 110.001.100.913 o lo que equivaldría al año terrícola 89.000 a.C. Por supuesto toda su raza era inmortal y no sudaban nunca por las axilas. Cuando le pregunté la razón por la cuál estaba en la superficie terrestre me contestó que había subido hacía diecinueve siglos para probar la cerveza germana y le había gustado tanto nuestra sociedad que decidió quedarse para siempre.

Entre otras cosas me cantó varias canciones granfhuleiras, me contó cuatro chistes granfhuleiros y me enseñó su tatuaje de un granfhuleiro y una granfhuleira bailando en el ocaso del sol granfhuleiro que tenía grabado en el pecho. Pecho granfhuleiro, por supuesto. Cuando le dije que tenía que marcharme porque tenía pérdidas de orina y se me habían olvidado los pañales en casa, pareció entristecerse un poco, pero yo volví a sentirme terrenal y, afortunadamente perecedero. Cuando llegué a mi casa me preparé un cubata de ron, aunque igual fue de ginebra, me senté en mi sofá favorito e hice planes para un próximo segundo volumen de mi obra magna "Los 100 cenutrios más grandes que han aparecido ante mi vista" que podría titularse "Los 101 cenutrios más grandes que han aparecido ante mi vista o cómo escapé de un granfhuleiro y sobreviví para contarlo".

jueves, 14 de diciembre de 2017

Email del 14 de febrero 2017

Edvard Munch. Christmas in the Brothel (1905)

Querida amiga:


En estas jornadas navideñas repletas de irresponsabilidad moral y falsa conciencia social, tengo que darte una noticia muy importante que creo puede cambiar tu vida. A partir del día de hoy, 14 de diciembre de 2017, mis testículos cambian de nombre y pasan de llamarse Victorio y Peregrino a Cástor y Pólux, siendo Cástor el derecho y Pólux el izquierdo. Si tienes alguna duda o necesitas una aclaración en cualquier idioma, incluido el siamés, puedes ponerte en contacto conmigo por los circuitos habituales. Muchas gracias.


Greg

martes, 12 de diciembre de 2017

Email del 12 de diciembre 2017

Pablo Picasso. Breakfast (1953) 

Hace un rato, cuando me tomaba el café con leche que me sirve de desayuno, he tenido unas ganas absolutamente irrefrenables de estamparlo contra una pared. Si no lo he hecho es porque luego tendría que limpiar los destrozos y desde que cumplí la avanzada edad de 55 -de eso hace ya casi 12 meses- me prometí a mí mismo moverme lo menos posible, pensar lo menos posible, hablar lo menos posible y exprimir naranjas lo menos posible. Y hasta ahora he cumplido a rajatabla todas esas promesas. Y otras que no me atreví a prometerme pero que consideré mientras exprimía las 4 naranjas que entonces comprendían la totalidad de mi desayuno. ¡Sí! Lo habéis acertado. El desayuno siempre ha sido muy importante para mí. Cuando todavía era un adolescente inmaduro solía desayunar al más puro estilo americano, es decir, café acuoso, 3 huevos fritos, un buen pedazo de tocino, 4 tostadas con mermelada, brownies y un vaso grande con zumo de pera y piña. El problema, o mejor dicho, lo que me hizo cambiar al desayuno francés, fue que tardaba unas 5 horas en prepararlo y dos en engullirlo, lo que no me dejaba tiempo para ir a trabajar y mis jefes acabaron despidiéndome. El desayuno francés cumplía ampliamente mis expectativas, pues consistía en un pan baguette entero con Nutella, 4 croissants grandes, café con leche y zumo de pomelo. Cuando el médico me diagnosticó diabetes mellitus tipo 2, maldije a los jodidos gabachos y solicité el internamiento en un monasterio famoso por sus desayunos que consistían básicamente en vino sin consagrar, vino consagrado, vino añejo y vino amontillado (con y sin consagrar). Allí aprendí a cantar en un tono totalmente desafinado. Y también aprendí a correr para salvar mi honra. Después de 4 meses de borracheras solo aptas para adultos decidí volver a casa de mis padres, pero mis padres decidieron que lo mejor para mí sería dejarles tranquilos y buscarme la vida y el desayuno de una forma independiente. 

Y la independencia me llevó a la cárcel. Me acusaron de renegar de mi patria, España, de pretender autogobernarme y me torturaron durante 4 días y 4 noches negándome un desayuno decente y sustituyéndolo por una rebanada de pan de molde añosa y un vaso de agua calcárea del grifo. Si gritaba de desesperación, entraba un hombre gordo con un antifaz de color amarillo y rojo y una gran águila negra tatuada sobre su antebrazo derecho y me cantaba canciones patrióticas hasta el amanecer. No desafinaba en absoluto, pero después de terminar cada canción se aplaudía durante 25 minutos y se pedía un bis. En ocasiones incluso bailaba una especie de mezcla entre flamenco comatoso y kazachok poco ondulante, que me recordaba a los movimientos de una grulla retrasada mental que busca con desesperación ser penetrada con cariño por el grullo ganador del festival primaveral de aves desquiciadas del Pacífico Norte.

Afortunadamente me soltaron cuando descubrieron que el vocablo independencia puede tener diferentes significados, pero para entonces yo ya era una piltrafa humana que se arrastraba por las calles mendigando un currusco de pan y un brik de vino tinto Peñasol, Gran duque, Cumbres de Gredos o incluso Don Simón. Ese fue mi desayuno durante 14 años. Hasta que un día vino en mi ayuda un ángel del cielo con forma humana llamada Liliana-Jacqueline Afaraya Tacanahui, que me dijo "no me toques, asqueroso" y se largó corriendo en dirección contraria. Sé que se llamaba así porque en su huida perdió la tarjeta de compras de Alcampo y yo lo recogí y me la comí con gusto y delectación. Ese pequeño y casi inaudible saludo con acento peruano se convirtió en mi salvación. Me senté en un banco del parque y medité sobre mi pasado, sobre mi presente y mi futuro, pero una repentina embolia me envió directamente al hospital para pobres, asociales y sociópatas cohibidos, donde una monja doblada y arrugada midió el tamaño de mi sutura interparietal sin quitarme el gorro de lana y llegó a la conclusión de que, o yo era un genio, o sufría el síndrome de Marfan. 

A veces, cuando me miro en el espejito policromado de bolsillo de mi ex novia, no puedo creerme lo que soy, sobre todo después de haber sido lo que fui. Y fui lo que fui por culpa de perseguir un desayuno saludable, equilibrado, completo y no demasiado calórico, y sobre todo, por seguir unas normas dementes dictadas por esta maldita sociedad que hemos creado para sentirnos un poco menos primates. ¡No he estampado el café con leche sobre la pared, pero debería haberlo hecho! Luego podría haber contratado una esclava búlgara o rumana, de esas que cobran 4 euros al día, para que la hubiera dejado como estaba antes del lanzamiento. Y voy a callarme, porque alguien puede confundir lanzamiento con alzamiento. 

lunes, 11 de diciembre de 2017

Email del 11 de diciembre 2017

Arshile Gorky. The artist with his mother (1926)

Si me fuera dado escoger, preferiría que se me considerase como mamporrero antes que como escritorzuelo, aunque nunca he tenido en mi mano un miembro de caballo. Ni de caballo ni de ningún otro animal o persona. Solo el mío. Y en contadas ocasiones. Todos sabemos que los Dioses no tienen que ir al retrete ni al banco a sollozar por un adelanto de la pensión. Yo, como semidiós, estoy exento de cualquier función corporal excremental. Excepto cuando cometo una falta y soy castigado por el altísimo adjunto del Ser supremo. Entonces, como penitencia, puedo ser sancionado a un par de jornadas con dolencias leves pero molestas como hiperplasia prostática en grado 2 o cistitis aguda. Es en esos instantes cuando no tengo otro remedio que sujetar el órgano viril con la mano izquierda, aunque a veces puedo utilizar la derecha, todo depende de cómo me levante o cuántos días de punición se me hayan asignado.

Pero no quería escribir sobre falos ni sobre mi condición superior y prácticamente definitiva. A decir verdad, no sé qué hago delante de esta maldita hoja de Word. Debería estar vacilando de masculinidad ante divinidades femeninas o incluso hermafroditas. Además, el párrafo anterior es tremendamente apestoso e incoherente. Necesito salvar el texto de una forma determinante y absoluta o la ninfa que me consigue la ambrosía de estraperlo me envenenará.

"Los días pasados en Zurich fueron tranquilos, aunque fríos y desapacibles, por esa razón cuando Ramón Pérez regresó a Valencia pensó que debía extirpar la tilde de la última sílaba de su nombre. De ahora en adelante sería Ramon. Ramon Pérez. Pero mientras más meditaba sobre el cambio, más intranquilo se sentía. El apellido de su padre le producía temblores y calambres. A media tarde salió al jardín a dar su acostumbrado paseo de cuarenta y cinco minutos y veintitrés segundos y se sintió enfermo. Manuel, el jardinero cojo y asmático que podaba los rosales en esos momentos acudió en su ayuda.
-¿Señor, se encuentra bien? Siéntese en el arriate, por favor. -exclamó asustado.
Pero Ramon (sin tilde) no pudo contestarle pues no existía. Nada existía, ni siquiera este zurullo de narración que me acaba de salir. ¡Menuda mierda! No sé por qué razón me martirizo intentando escribir algo, cuando lo que realmente me gustaría hacer es no hacer nada".

Cuando no hago nada, no necesito intentar convencerme por todos los medios de que soy una especie de cruce entre Hefesto y Gracita Morales. Solo no haciendo nada de nada puedo llegar a ser yo mismo. Y siendo Yo, todo resulta más sencillo. No es que crea que soy algo parecido a un perturbado con múltiples desdoblamientos de personalidad, y que no haciendo nada, mantengo encerradas en la prisión del subconsciente las pesadillas psicopáticas que se supone que me atormentan. Porque actualmente lo único que me atormenta es la posibilidad de que un alienígena gris proveniente de dimensiones desconocidas se concrete delante de mí e intente convencerme de que Odilon Redon no fue impresionista simbolista.

Me siento cansado y muy poco inspirado, pero tengo que justificar los dolores del parto de mi pobre madre. Todos sabemos, quizá excepto Ramon Pérez, que las explicaciones no nos redimen. Intuimos que la experimentación constante nos salvará al final del camino. Pero el camino no posee veredas ni bifurcaciones, solo tierra mojada y piedras que constantemente se meten entre los intersticios del cuero bellamente trabajado de las sandalias fabricadas en Taiwan, o quizá China. De las sandalias de un personaje que intenta ir en contra de la trama inventando sus diálogos y aturdiendo al resto de intérpretes que siguen el guión como pueden. Ni siquiera el autor protesta. Su mente está implosionando. Y mientras la rotura engulle lentamente la totalidad de las partes que comprenden el interior, la división de los átomos se interrumpe. De repente, cada una de las pequeñas cosas que conformaban su existencia salen disparadas en todas las direcciones. Mientras la sangre de su cabeza ensucia las paredes pintadas de blanco, los actores y sus roles desaparecen. Nada es lo suficientemente constante como para continuar resistiendo. Los motivos extramentales y las elegías que los protegen se disuelven y la creación que iba a sentar cátedra termina donde comenzó, unas semanas antes.

Las palabras no deberían sustituir a las miradas. Las miradas no deberían estar limitadas por el espacio y el tiempo. El espacio es extensión. El tiempo, sucesión. El significado existe. Siempre ha estado ahí. ¡Nunca aprendimos a relacionarlo con el signo! Pero el signo, aunque no sea más que un indicio, tiende a relevar, a suceder, a transferir un concepto y su representación más o menos genuina. Entonces, cuando eso sucede, lo deseemos o no, estamos hablando de las sensaciones. Y las sensaciones no atienden a normas ni disposiciones. Solo siguen un orden natural que todavía no comprendemos.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Email del 10 de diciembre 2017

Marc Chagall. God creates man (1931)

Estoy escribiendo un relato corto titulado "Amarteración, queratoacantoma, somatología y panecillos topochos" que trata sobre los misterios y las evidencias morales o intuitivas de las masas no fermentadas hojaldradas y que está repleto de poder, lujuria, venganza, mentiras y pasiones desenfrenadas. De momento es tan corto que ni siquiera se podría calificar como narración breve, ya que solo he escrito una palabra compuesta de tres vocales y dos consonantes. No voy a desvelar de qué palabra se trata para evitar plagios, pero puedo adelantar sin duda alguna que este cuento será considerado mi obra maestra absoluta. Nunca, en la historia de la literatura universal, nadie se atrevió a escribir un relato cuyo título es más largo que la propia narración, y lo que es más importante, que con sólo un vocablo consigue reflejar la complejidad de los sentimientos, de la época y de unos personajes desesperados y al borde del colapso físico, emocional e intelectual.

Tego varios conocidos provenientes del mundillo erudito que amablemente se han ofrecido a prologar el texto, pero hasta ahora los he rechazado a todos porque sus rostros son desagradablemente asimétricos. No me interesa la gente fea o antiestética, aunque conservo amistades a las que sería verdaderamente difícil distinguir de un salmorejo poco majado. Si todavía no las he borrado de mi extensísimo círculo de amistades es porque mi mamá no quiere. Y yo detesto encrespar a mi progenitora, mentora y consejera al mismo tiempo. Me encanta cuando me grita "¡Eh, tú, catecúmeno babieco, ven aquí ahora mismo!".

Pero creo que me estoy alejando del punto inicial de mi disquisición, que no es otro que la exaltación de mis valores, de mi ingenio y de mi grandeza existencial. Lamentablemente, no puedo continuar en estos momentos, pues un fuerte ataque del síndrome diarreico agudo que padezco desde hace décadas me obliga a dirigirme con paso veloz al escusado. Volveré pronto. Supongo.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Email del 8 de diciembre 2017

Vincent van Gogh. Head of an old man (1885)

VECINO: Hola, vecino. Estoy helado.
YO: Hola, Roberto. Sí, caray, hace un frío que pela. 
VECINO: Es insoportable. Hasta Bartolín está congelado. Es normal, hay que fregar los cubiertos...
YO: Perdona, Roberto, no te entendí. ¿Tu hijo no se llama como tú?.
VECINO: Bartolín es mi picha. Cada vez que friego los cubiertos y después voy a mear, la congelo.
YO: Ah, ejem, claro. Pues ve a mear antes de fregar ¿no?
VECINO: ¿Me estás vacilando?
YO: Joder, no. Mira que llamarle Bernardín.
VECINO: Bartolín. Bartolín. En honor a mi madre, Bartola. Antes era Bartolo, pero mientras más viejo me hago yo, más joven quiere hacerse él.
YO: Ajá. Bueno, me voy corriendo. Me esperan en la clínica para extirparme el hígado. Que tengáis un buen día ambos.
VECINO: ¡Coño! Que no sea nada, Gregorio...

Dijo Rafael Sanchez Ferlosio, en uno de sus fundamentales libros, que lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere. No puedo estar más de acuerdo. Las soluciones tienen un propósito fundamental, aunque no por ello francamente desopilante: narcotizar las dudas y modificar los desenlaces. Pero si nos aflojamos un poco los pantalones o las faldas, y el riego sanguíneo puede recorrer sin impedimento las venas de nuestros decrépitos cuerpos, comprenderemos que realmente nada tiene solución. N-A-D-A. Todo lo más conclusión. Y hasta donde mis 145 de CI alcanzan, una solución dista mucho de ser una conclusión. Ambos vocablos son realmente sugestivos y terminan con la silaba "on", como anatematización, connaturalización y deslateralización, aunque sus definiciones son verdaderamente desemejantes. Pero existe un problema. O mejor dicho, YO tengo un problema, bueno, tengo varias decenas de ellos -pues llevo la cuenta en una libretita negra de tapas duras- pero solo uno es lo suficientemente inquietante como para quitarme el sueño: el espejo. El espejo que me insulta cada día. El jodido espejo que intenta por todos los medios que tome conciencia de esa figura vieja, achacosa y repugnante que se refleja sobre su superficie pulida, que no es otro que yo. Con o sin circunstancias. Poco importa eso en estos instantes. Si tuviéramos algo de sentido común, tú, él, ella, todos, incluido YO, nos moriríamos antes de haber cumplido los 40 años. Cuando nuestros rostros y nuestro cuerpo todavía conservan atisbos de juventud. Y nuestro cerebro todavía no ha empezado a olvidar los recuerdos escondidos en la memoria.

CAMARERO: Buenos días, Greg. Hacía tiempo que no te veía.
YO: Buenos días. He estado constipado. Pero no te acerques demasiado, todavía llevo una buena turca.
CAMARERO: Se te nota en la voz. ¿Un cortadito con la leche fría y sacarina, no?
YO: No, hoy lo quiero con la leche abrasando, sin sacarina.
CAMARERO: ¿Con azúcar?
YO: Sin azúcar. Ni sacarina. Quiero tomármelo sin avasallarlo. El café me ha hablado esta noche en un sueño y me ha dicho que soy idiota por disfrazar su exquisito sabor amargo.
CAMARERO: Hostias, Greg. Me quitas un peso de encima. Yo también oigo voces. No se lo había dicho a nadie por temor. Ayer una  servilleta me dijo que como soy tan atractivo no llegaré a los 25. 
YO: Jajajaja, cabrón, si ya debes estar cerca de los 40. Déjate de patochadas y tráeme el cafetito que estoy helado.
CAMARERO: No estaba de broma. Y tengo 24 años. Los cumplí hace tres días. Eres un hijo de puta. Me has mentido para burlarte de mí. Voy a mearme en tu puto café, gilipollas de los cojones. 

Como es natural, no se puede negar que la senectud es un periodo -el último- de la decadencia humana. Ese descenso a la Nada que comenzó segundos después de haber salido por la vagina de la persona que dice ser tu madre, haber sentido los gritos de falsa satisfacción del tipo que dice ser tu padre y haber recibido una palmada con muy mala leche de una "cosa" que se llama a sí misma doctor y que se cree Dios por haber estudiado muchos años. ¿Cuántos de nosotros hubiésemos nacido si nos hubiesen concedido la posibilidad de elegir? Con esta pregunta no quiero dar a entender que la existencia es aterradora, siniestra y negativa, porque aunque estoy totalmente convencido de que lo es, quiero que los pocos valientes que lean este texto continúen hasta el final. Soy una puta, lo he repetido en innumerables ocasiones. No me visto con shorts y blusas trasparentes, pero soy una zorra de alto nivel. Los 55 años pasados tienen parte de la culpa. Podría arrepentirme pero no sería más que otra mentira.

DEPENDIENTA: Hola caballero, ¿qué le pongo?
YO: Quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada, por favor.
DEPENDIENTA: ¿Por qué dos de casi todo y una torta salada sola. Mejor te pongo dos de cada cosa...
YO: No, quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. 
DEPENDIENTA: Me parece que tu pedido es inestable. Si pides dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana, no sé por qué narices no pides dos tortas saladas.
YO: Porque no quiero. ¿Vas a decirme tú lo que tengo que pedir?. Te lo repito: ponme dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Una sola!
DEPENDIENTA: Aunque mi mamá siempre me ha dicho que no discuta con las personas mayores, me niego a ponerte una tarta salada. Además hoy es el día de dos por uno en tartas saladas. Compras una y te llevas dos. 
YO: En una cosa tienes razón, soy viejo. Soy casi un abuelito, y podría ser tu tatatatarabuelo, pero quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Cojones! ¡Puta mierda ya! Serás joven pero estás agilipollada, nena. 
DEPENDIENTA: No hace falta que me insulte. Ahora se lo pongo. ¡Anda! Si acabo de darme cuenta de que no quedan tartas saladas. 

Durante el invierno de 1980, en un lugar que no viene a cuento para que la narración siga fluyendo, me sucedió algo terrible. Era un día 14 de enero, es decir el día de mi 18 aniversario. Y mientras trataba de robar una pera de un manzano, una imagen semejante a una pérdida de orina celestial y majestuosa se apareció a mi derecha. Durante los 14 microsegundos que duraba la acción de girar el cuello hacia su presencia, otra imagen, esta con forma de catéter doble J se manifestó a mi izquierda, con lo que tuve que decidir a qué lado miraba primero. Mientras tomaba esa decisión tan importante vi pasar toda mi vida, bueno, mis dieciocho años de vida en un instante. Entonces, supe que todo era una mentira. La derecha, la izquierda, el centro, los lados, los márgenes, los flancos, los bordes, el horizonte, las superficies, el plano, la zona, la superficie, las líneas, los trayectos, las orientaciones, las ringleras. Todo existía porque yo quería que existiese. Me había dejado adiestrar por el programa. Por los proyectos. Sin embargo todavía existía el espacio. Y el tiempo. ¿Iba a dejar que toda la basura recopilada por humanos para hacer pequeños a otros humanos dominara mi vida? ¡No! Por esa razón, escuché todo lo que tenía que decirme el cielo, las nubes, el sol, la luna (ah, la luna), las flores, los tallos, las rocas, los bichos (ah, los bichos), la tierra, el fango, el agua -tanto la corriente como la estancada- los sueños (ah, los sueños), la luz, los colores...

VECINO: ¿Pero no ibas al hospital? ¿Ya te han quitado el hígado? Caramba qué pronto te han dado el alta.
YO: Hola otra vez, Roberto. No tengo ganas de hablar con nadie. Me voy a acostar, dejar de respirar...
VECINO: Si no respiras acabarás por morir.
YO: Eso es lo que quiero. 
VECINO: ¿Quieres espicharla?
YO: Quiero desaparecer.
VECINO: Has perdido mucho en los últimos meses. Cada vez estás más viejo. Y se te va la pinza. Deberías buscarte otra novia, comprarte un perro de raza, y si tienes dinero, ir de putas tres veces a la semana. Por lo menos.