lunes, 9 de octubre de 2017

Email del 9 de octubre 2017

Vincent van Gogh. Still Life with French Novels and a Rose (1887)

Estoy escribiendo una novelita titulada "El señor de los ratoncillos". Ya sé que el título tiene cierta similitud fonética con uno de Tolkien, pero estoy en condiciones de asegurar que en mi texto no salen elfos, orcos o ents, solo ratoncillos, ratoncillas y un señor con barba negra y cuidada, aunque rala, que se llama Gondolino. La trama es sencilla: los ratoncillos están eufóricos y el hombre con barba desesperado. Hasta el capítulo 32 no se sabe la razón por la cual los ratoncillos están eufóricos y hasta el 56 por qué Gondolino está tan desesperado. Como todavía estoy trabajando en el capítulo 11, ignoro la respuesta a ambas cuestiones. Supongo que todavía tengo tiempo de pensar una buena razón. Y llegar a algunas conclusiones aceptables. Si no soy capaz de llegar a algunas conclusiones, espero poder llegar a tiempo de sufrir un ataque cardiaco y así salir del paso de una forma creíble y con cierta gallardía. Claro que siempre podría derivar el texto hacia la propagación proporcional, es decir ¿existe un vínculo entre los ratoncillos y la expansión cuantitativa típica de los roedores miomorfos?

Mi idea inicial fue escribir sobre un asesino psicópata que coleccionaba los hígados de sus víctimas y cuando estaba hambriento se comía alguno encebollado, en salsa de pimientos de piquillos con bulgur o con patatas y tomate. El título de esa idea iba a ser "El señor de los higadillos", pero después de un tiempo pensando un desarrollo que fuera al mismo tiempo novedoso y seductor decidí abandonar el propósito o la intención y pasar al plan B que era la historia de un secretario que padecía una severa fobia a las tablas, plantillas o incluso listas. El título, como no, era "El señor de los estadillos", pero tuve que aparcarlo porque mientras escribía el prólogo sentía una extraña y terrible sensación en el cuerpo. Era como si mientras iba a alguna parte, no venía de algún lado. Ni siquiera volvía o regresaba, aunque en algunas contadas ocasiones acudía y hasta me trasladaba, pero nunca emigraba o me largaba. Y estaba comenzando a enloquecer, por lo que resolví dirigirme directamente al plan C. Ese plan, por supuesto, sufrió por algunos inconvenientes extemporáneos relacionados con lo que soy o parezco y lo que podría llegar a ser si me compraba una peineta flamenca, por lo que no me quedó otro remedio que aprobar a toda prisa el plan E, que era la historia de los ratoncillos y Gondolino.

Nada más puedo añadir. El proceso de creación de una novela no es más que dolor y castración. A veces pienso que estoy derrochando mi genialidad en repugnancias, asquerosidades y repelencias. ¿Acaso no son repugnantes, asquerosos y repelentes los ratones, las ratonas y los tipos con barba? ¡Y qué puedo decir del nombre Gondolino! ¡Manda huevos! ¿En qué estaría pensando el día en que se me ocurrió llamar de esa manera al protagonista y único humano que aparece en la obra? Creo que debería haber trabajado más en el plan D, que trataba sobre un campanero encondromatósico que carecía por completo de ritmo. Hasta el título era grandioso: "El señor de los cimbalillos".