jueves, 5 de octubre de 2017

Email del 5 de octubre 2017

Wilhelm von Kaulbach. Mentally ill patients in the garden of an asylum, a warden l Wellcome (1834)

Unas horas más tarde eran unas horas más tarde. Supongo que son cosas del tiempo y sus misterios. Aunque me hubiera gustado que unas horas más tarde fueran unas horas más pronto. Entonces todo lo que conocemos sobre esa magnitud física que continuamente sodomiza al Aquí y Ahora dejarían de resultar imprescindibles para el devenir de la existencia. Imaginemos por un instante que "unas horas más pronto" significan realmente unas horas más tarde y no "voy a comprarme unos calzoncillos nuevos", como algunos pretenden que creamos. Si fuese así, no podría ahora mismo salir de un portazo mientras grito a mi compañera que me voy a Alcampo a comprarme unos calzoncillos nuevos, sino que "unas horas más pronto" sucedió algo. Entonces mi mujer se acercaría a mí, me agarraría con fuerza por las solapas de mi dos cuartos y me besaría apasionadamente. Porque el pasado y el futuro se enlazarían en una especie de cadena demente que impulsaría a la mecánica relativista y a sus seguidores a internarse en un bosque oscuro, arrodillarse y adorar al gran Dios escalopín de jamón.

No sé por qué razón no me dejan salir de esta habitación. Afortunadamente ya me permiten caminar los dos metros cuadrados de paredes y techos sin esa maldita camisa que se abrocha por detrás. El doctor Achutegui, que es primo hermano del doctor Cadorniga, dice que estoy mejorando. Pero todavía me obliga a que escriba mis pensamientos en una libreta. Al principio, es decir, unas horas más pronto, me daba miedo mirar de frente las hojas cuadriculadas, pero ahora soy capaz de mantener la vista sobre su espiral lateral sin sentir que le debo algo al adhesivo con el precio que está situado en el costado derecho de la parte de atrás.

Si de verdad "unas horas más tarde" o su significado pudiera extrapolarse a algo que tuviese la suficiente poca personalidad como para dejar que algo, poco o mucho, lo extrapolara lascivamente, sin tener el suficiente tiempo para llegar a alguna, o muchas conclusiones, mi vida no tendría el suficiente sentido para que yo, algunas veces, sobre todo cuando me afeito, pensara que mi vida tiene demasiado sentido. Por esa razón, el doctor Achutegui y su primo, el doctor Cadorniga tienen envidia de mí. Una vez, mientras el doctor Herbella, sobrino del doctor Cadorniga, me ponía una de esas inyecciones que me dejan tonto, el doctor Lejalde, amante del doctor Sagastia, a su vez, hermano del doctor Achutegui, me escondió los calcetines en la lámpara que cuelga del techo. Podían haberlos escondido en la lámpara que cuelga del suelo, pero para jorobarme decidieron ponérmelo muy difícil. Cuando les eché en cara sus conductas se pusieron a cantar "El vello es bello", canción compuesta por Matilde Cadorniga Lejalde, hija de sus padres y abuela de un ser que desapareció -dicen- minutos antes de que abortara espontáneamente tras ayudar a un chafarrinón a huir de un tizne que intentaba quebrantar su disposición.

A veces recibo visitas. Los doctores amablemente permiten a las cucarachas que pasen conmigo un par de horas. Cuando eso sucede, hablamos de temas contemporáneos y, sobre todo, de filosofía. Hay que tener en cuenta que las cucarachas no creen en la esencia. Ni siquiera en los principios de cualquier teoría. Lo único que hacen es darme la razón mientras mueven sus cabecitas en ángulos imposibles para cualquier ser que no posea antenas. Hace bastantes años yo tuve una antena. Cuando alguien se carcajeaba, la antena emitía unas ondas hertzianas que hacían que el emisor de las risas tuviera unas irrefrenables ganas de probarse un sujetador reductor. Daba igual que fuera hombre o mujer. El resultado siempre era el mismo. Nadie estaba conforme con la copa que le había tocado.

Oigo unos ruidos. A primera oreja parecen producidos por la Santísima Trinidad, pues puedo diferenciar tres voces. Pero la realidad es más horrible. ¡Esos sonidos los emite el doctor Herbella que viene a ponerme otra inyección! Pobre imbécil. Está convencido de que al final será el principio. Desde luego, yo no voy a corregir su error.