miércoles, 4 de octubre de 2017

Email del 4 de octubre 2017

M.C. Escher. The Drowned Cathedral (1929)

Hace bastantes años entré en la Catedral. Supongo que mi tasa de alcohol en sangre aquel día superaba la media de aquella época, ya bastante alta de por si y rozando a menudo el coma etílico. Podría decir en mi descargo que iba buscando un club de alterne y por equivocación acabé en esa iglesia de Iglesias, pero mentiría. Jamás he estado a menos de dos kilómetros de meretrices o proxenetas, si exceptuamos aquella vez que fui de visita guiada a la sede de cierto partido político. Ocurrió cuando gané una rifa organizada por la embotelladora de gaseosas de la marca que me gustaba por entonces. Era una bebida bicarbonatada y cálcico nitrogenada que me hacía yum yum yum en el labio superior cuando la bebía y que... ¡Creo que me estoy yendo por las ramas! Os pido perdón.

Atravesé el portón de madera bellamente trabajada y un repentino escozor -similar al que produce una fisura anal, pero multiplicado por tres, cuatro o cinco- me recorrió el cuerpo. Como no sabía que hacer, decidí contar las arañas de patas largas que cubrían algunas paredes y la totalidad de los retablos. Pronto me aburrí y opté por enumerar y clasificar ancianas de patas cortas. Esas que van vestidas de arriba a abajo de negro y que según como les da la luz pueden llegar a parecer aguacates demasiado maduros, ya sabéis, esos que solo sirven para elaborar guacamole o aderezo para ensaladas.

No pasó demasiado tiempo cuando di por terminada la visita y salí a tomar el aire a la calle. En ese instante se apareció algo parecido a un espectro con rostro de sapo y cuerpo de santo asceta que me susurró que no me deprimiera buscando la razón de mi estancia allí. Después de croar durante la sexagésima parte de una hora continuó con su perorata y añadió que todo en esta dimensión sucede para dar salida a esa especie de relación existente entre las causas y los efectos que algunos, sobre todo los que han estudiado más de tres años, denominan "casualidad". Pero las casualidades dejan de ser eso, es decir, casualidades, cuando se suceden de la misma forma, en un contexto similar, en un determinado lapso de tiempo. Entonces pasan de comportarse como una jodida casualidad a un absoluto coñazo. Y los coñazos, sean o no absolutos, me producen una sensación extraña, parecida a la que siente una niñita de ochenta y cuatro años cuando su padre, sin previo aviso, se levanta de la tumba y le introduce una mierda de perro todavía caliente por el escote.

Supongo que a nadie le interesa saber por qué entré ese día en la Catedral. ¡Me da igual! A mí tampoco me interesa saber nada de lo que les ocurre a vuestras vidas. Ni a las de vuestros familiares o mascotas. Ni siquiera a las de vuestros amantes. Me importa muy poco si fulanita usa Vaginesil porque le pica el chumino o si menganito tiene tres testículos. ¡Joderos! ¡Dejadme en paz! ¡Sois destructores!