miércoles, 11 de octubre de 2017

Email del 11 de octubre 2017

Nicholas Roerich. Spell words (1922)

Las palabras fueron inventadas para que juntas, es decir, formando frases de un tamaño indeterminado, tuvieran sentido. No es lo mismo decir que "este bocadillo de atún con aceite de oliva está cojonudo" que "no chupchup de diez y media sale desde luego". Si una chica guapa con medidas despampanantes me susurra al oído "no chupchup de diez y media sale desde luego", sé que o quiere mantener una conversación táctil con mi espléndido cuerpo o se acaba de fugar de un centro penitenciario para reclusos enfermos mentales. Pero si por el contrario, esa misma chica, con esas mismas medidas prodigiosas, me comenta que "este bocadillo de atún con aceite de oliva está cojonudo", mi reacción lógica sería dar un mordisco al bocadillo y responderle que tiene toda la razón, o que no tiene razón alguna, o incluso que "no está mal, pero me gustaría más que llevase olivas rellenas con pimientos y anchoas", aunque en ese instante esté más pendiente del movimiento de su articulación coxofemoral que de su teórica habilidad culinaria con panecillos cortados en dos rebanadas y carne de pez osteíctio perciforme en su interior.

Entonces, si la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en el valor intrínseco de los vocablos, ¿por qué en numerosas ocasiones necesitamos que nos repitan los enunciados? Quizá es que nos gusta demostrar nuestra afásica incompetencia. No sé. Todo lo relacionado con humanos suele terminar de forma confusa. No sucede lo mismo cuando interactuamos con animales. Ellos no fabrican preocupaciones falsas con el único motivo de justificar réplicas efectivas. No les preocupa el pasado ni asusta el futuro. Tienen suficiente con el presente y su excelsa encarnación llamada Aquí y Ahora. Si pudiera empezar de cero. Si tuviera otra oportunidad. Si los colores que representan el Todo pudiesen ser reclamados por mi Yo, parido y difuminado gracias al mismo movimiento continuo. Ese que descansa entre la cal de las paredes. Y que cambia de posición para no concentrarse en una extensa masa de uniformidad sin apariencia. Sin esencia. Sin pertenecer ni suspender. Pero con los ojos acuosos para proteger a los seres con branquias que viven en sus órbitas impregnadas. Esos que se asemejan a las respuestas involuntarias de los serafines. De los arcángeles. De cada uno de esos organismos mutilados por la incontinencia ilegítima de sus falsos creadores.

Me gustaría tanto derrocar a mi cerebro. Apresarlo, encadenarlo, juzgarlo y ajusticiarlo. Pero antes de destruirlo le pagaría una sesión especial con cuatro prostitutas de lujo. Y supongo que se dejaría humillar, vejar, pisotear, por ocho pechos, sus respectivos pezones y cuatro vaginas con diferentes formas de ver lo que es o debería significar una buena erección controlable, estable y palpable. Todas las erecciones, o rigideces, empalmes, o como quieran ser definidas, sean totales o parciales, deberían terminar con un sacrificio. Todos y cada uno de los verdaderos o falsos orgasmos deberían ser incontrolados. No, no me estoy volviendo loco. Y para demostrar mi lucidez, volveré a repetir lo que creo que es muy importante: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. Volveré a repetirlo: las erecciones deben ser controlables. Los orgasmos incontrolables. ¡Supongo que os habrá quedado claro!