domingo, 3 de septiembre de 2017

Email del 3 de septiembre 2017

Cuadro desconocido. Autor desconocido.


Me encanta mirar por la ventana. A veces escucho el plañido caquéctico e isócrono que emite el mundo al rotar. Otras, simplemente, me contento con imaginar perspectivas axonométricas. Hoy, es decir, hace un rato, he intentado deducir qué es lo que podría sucederle a un color primario cuando se le hace estallar al aprisionarlo entre dos o más colores neutros, ya sabéis, esas tonalidades viles y perniciosas expulsadas del círculo cromático por haberse atrevido a cambiar su saturación elemental por otra más compleja. Y he llegado a tres conclusiones principales y nueve secundarias. Omitiré las resoluciones complementarias, que se me antojan abuhadas y tan blandas como la secreción orgánica que producen algunas plantas y me ceñiré únicamente a las deducciones primordiales, que tantas veces han hecho que me sienta el perfecto adlátere ciclotímico, ese que en lugar de imprecar a partir de sus própios impúlsos erráticos, se contenta con elogiar a cada uno de esos malditos escrúpulos patológicos que hacen que me encierre en mí mismo bajo una tonelada de epifragmas ajenos.

Conclusión número 1:
He decidido dejar de pensar en el pasado. Ayer lo hice de nuevo y la experiencia volvió a resultar extremedamente amenazadora. Pensé en mis 19.964 días previos, es decir, desde el día de mi concepción hasta el momento anterior a los mismos instantes en que me encontraba. Pero no pude llegar demasiado lejos, pues unas terribles ganas de vomitar hicieron que me levantara y corriera al aseo, con tan mala fortuna que, cuando recordé que mi pisito carecía de váter y que cuando necesitaba demostrar mis humanidades excrementales bajaba al bar de la esquina o directamente tomaba posesión del arriate principal del parque público más cercano y lo convertía en un extraño compuesto de deyeciones, zurullos y orín, fue demasiado tarde y la regurgitación se desplomó sobre el suelo, tomó forma de un demonio abstracto e intento copular con mi ano, totalmente confundido, cansado y sumiso.

Conclusión número 2:
Jamás volveré a reír. Además de producir arrugas, la hilaridad provoca, se fanfarronea y compromete a la totalidad de nuestros actos simples, tan habituales en la vida diaria, como podrían ser acuchillar, desmembrar y bañar en cal viva los exoesqueletos de los blatodeos que tan febrilmente recorren nuestros aposentos por las noches, sin invitación y con esa extraña alevosía típica de los insectos fotofóbicos. Es preferible el llanto a la carcajada. Incluso a la sonrisa o la risotada. Algunos plañideros profesionales tienen un poder excepcional para reconstruir las falencias que anidan en sus interiores. Adormecen sus instintos primarios, es decir, ese conjunto de pautas de conducta que pelean como un Betta enfurecido por abrirse paso ante tanta inútil felicidad y utilizan ese poder para atafagar y encocorar sin remordimiento y en todas las direcciones. Es permisible el lloriqueo y el sollozo, pero todavía más si están acompañados de rabietas, berrinches y pataletas.

Conclusión número 3:
Es evidente que no me encuentro en pleno uso de mis facultades mentales, pero ¿importa algo esa fruslería, esa jodida nimiedad? Ninguno de vosotros está cuerdo. Sois un círculo dibujado por un niño sin miembros. Un crio nacido del vientre de un espectro inferior al que no se le permite materializarse. Un rorro malcriado y henchido de pústulas sangrantes y abcesos repletos de pus y podre. Y yo soy vuestro esparadrapo. Vuestra venda adhesiva y vuestra ligadura. Si queréis desinfectaros, antes tendréis que recordar cómo se peca.