jueves, 21 de septiembre de 2017

Email del 21 de septiembre 2017

Tia Peltz. Throughout the Neighbourhood

Así como los ancianos disfrutan acariciando, y sobre todo, clasificando los comprimidos que han de tomarse en el transcurso de un día o una semana, yo me deleito pensando en los padecimientos que ha de soportar mi vecina Adela Rodríguez Rodriguez (el primer apellido con tilde, el segundo sin ella), o como la llaman el resto de residentes, "la jodida loca de la escalera", pues desde hace unos ocho meses y por medio de las creencias que practico (vudú), estoy haciendo su existencia francamente insoportable. Al principio me contenté con provocarle repentinos ataques de tos irritativa, pero sin moco. Cómo vi que eso no la tranquilizaba demasiado, decidí causarle una brutal tos asmática con bastante mucosidad durante un periodo de cinco semanas. Pero la naturaleza vil, despreciable y mezquina de la señora no amainaba, sino que, debido a los sufrimientos que yo amablemente le proporcionaba, su cabreo llegó hasta un punto próximo a la psicopatía vecinal. Ya nadie estaba a salvo de su cólera, de sus barrabasadas o de sus intentos de pelea.

¿Qué se puede hacer cuando un plan fracasa estrepitosamente? La respuesta es sencilla: concebir otro plan o incrementar el poder del primero. Tengo fama de tipo espabilado, es más, para algunos soy realmente una persona lúcida e ingeniosa, pero un poquito haragán. Por culpa de esa congénita pereza, decidí que no valía la pena pensar otro plan y resolví intensificar el original. -A la mierda las toses, con o sin flemas -pensé para mis adentros mientras una especie de calambre jubiloso me recorría la espina dorsal- se va a enterar esta tipeja de lo que soy capaz.

Y de lo que fui capaz me ha convertido en el vengador más cañero de la historia, si exceptuamos a la "pícara viborita", ese personaje de dibujos animados de la Mirich Corporation que siempre se desquitaba de las desgracias causadas por terceros. Me hice con una muñeca de unos 50 centímetros, le abrí el trasero de una manera muy poco ortodoxa, le clavé 5 agujas en lo que debería ser el esfínter anal y solté una risotada tan dinámica, salvaje y aterradora que seguramente debió asustar a algunos cocodrilos cubanos mientras nadaban plácidamente en la Ciénaga de Zapata.

El resto es silencio, pues a partir de ese instante, Adela dejó de incordiar y prácticamente dejo de verse por el rellano. Algunas veces la percibíamos llegar cargada de medicamentos contra las hemorroides, pero en menos de lo que se tarda en comer una ostra Kumamoto del océano Pacífico, desaparecía de la vista. Pasaron los meses y nadie la echaba de menos. Ni a ella, en cuerpo y almorranas, ni a sus desvaríos. La paz se hizo aburrida en la escalera hasta que a Rosendo, el vecino de la puerta cuatro le dio una tromboembolia mientras se probaba vestiditos de gasa y seda Douppioni.

La verdad es que no tengo ni idea de cuál es la razón que me obliga a comportarme como un alcahuete. En realidad este texto iba a tratar sobre mis innumerables virtudes y la forma en que éstas ayudan a la sociedad a seguir adelante. No entiendo cómo he podido desviarme tanto. Cuánta razón tenía mi pobre Tía Federica, hermana de mi padre y casada en segundas nupcias con una foto de Manuel Benítez "El Cordobés" cuando sentenció que yo no era más que un maldito error de su hermano, seguramente debido a un ataque de exaltación varonil o frenesí irrefrenable.