miércoles, 20 de septiembre de 2017

Email del 20 de septiembre 2017

Jacopo Pontormo. Two male figures looking in a mirror and a putto (1518)

EL OTRO SEÑOR M

A menudo intento que no me afecten las cosas, pero lo único que consigo es darme cuenta de lo absurdo que es todo. Siento que de alguna manera estoy perdiendo un tiempo valioso e irrepetible. Pero no porque desaproveche los instantes y sus prostituidas circunstancias, sino por que me siento incapaz de controlar ese sudor frío que recorre cada poro de mi piel cuando los acontecimientos se desarrollan como estaban previstos. ¡Y eso sucede casi siempre! Sobre todo cuando me encuentro cerca de M. Podría llamarlo por su nombre, que por cierto no comienza con esa bella consonante silábica, pero entonces cada una de sus partículas o fracciones negativas anti-leibnizianas acabarían por emerger a la superficie, y ese perfecto prototipo de Triple I (iniquidad, ignominia, infamia), se desataría de una forma exponencial y acabaría por absorbernos a los inocentes que creemos que el cielo y lo que se esconde en él, son lo único que necesitamos para justificar la existencia.

M asesinó a su primera víctima en 1978. Le extirpó sus órganos vitales y los colgó en un semáforo. Había moldeado su primera obra maestra. A esa creación sucedieron bastantes más, según algunos, hasta cerca de 40. Entre el primer y último crimen, su vida pasó por diferentes ciclos. Sería absolutamente injusto para los mártires que ejecutó, enumerar y definir dichos periodos, por lo que me contentaré con copiaros unos versos de su propia creación que resultaron determinantes como prueba para su posterior acusación:

"Su piel promete satisfacción,
pero su sonrisa cercenada
me provocará un verdadero momento de complacencia,
de regocijo,
de intensidad desapasionada.
Y cada vez que recuerde el olor de sus vísceras,
sabré que los instantes helados
son un Todo entre un millar de carencias,
entre un puedo y un no debo,
entre un cambio y una maldita repetición.
Porque no se pueden administrar las formas,
ni se debe poner freno a las percepciones."

Recuerdo el día que M fue atrapado. Todavía tengo una fotografía de su rostro suspicaz enquistado en alguna parte de mi cerebro. Y recuerdo las palabras que surgieron de su átona boca mientras dirigía su mirada hacia el margen más oriental del horizonte. Desde entonces lo he visitado en el Centro Penitenciario en numerosas ocasiones. A veces hablamos, otras nos miramos a los ojos y permanecemos en absoluto silencio. Una vez me preguntó cuál era la razón de que lo hubiésemos bautizado como M. Yo le respondí que el motivo básico era la semejanza de sus actos de salvajismo con el M del film de Fritz lang. Eso pareció reconfortarlo, aunque me juró que jamás había visto "esa peli". Le prometí solicitar un permiso especial para que pudieran proyectársela, pero cuando averiguó que las únicas copias que se comercializan actualmente son subtituladas, me mandó "a la puta mierda".

Desconozco el motivo que me impulsa a escribir sobre M. Hace demasiados años que dejé el cuerpo de policía. Ahora estoy jubilado y dilapido las horas certificando mi absoluta incapacidad para ser o parecer feliz. Supongo que ese estado de ánimo debe ser utópico, o por lo menos complicado de experimentar. Mi mujer falleció hace cuatro años, sin embargo no consigo quitarme de la cabeza la muerte de mi perro. ¡Es todo tan complicado! Me refiero a los asuntos concernientes a los sentimientos. Creo que debería ser más condescendiente con mis seres queridos. O por lo menos, con los que yo creía que eran mis seres queridos. Me reiría si no me doliese cierta comparación. Alguien dijo alguna vez que mi sonrisa era una copia exacta de la de M. Eso me enfureció y golpeé a esa persona con saña. Luego le pedí perdón. ¡Es extraño! M siempre pedía perdón a sus víctimas después de decapitarlas. Después de degollarlas, asfixiarlas, acuchillarlas, inmolarlas, sacrificarlas. Tantos y tantos "arlas".

M nunca dio detalles de por qué hizo lo que hizo o cuál fue el móvil de cada uno de sus crímenes. La única vez que se acercó a algo semejante a una confesión fue cuando pronunció su (ahora) famosa frase: "Tenía que hacer algo con mi vida". Supongo que todos tenemos que hacer algo con nuestras vidas. Sólo disponemos de una y no es demasiado agradable. ¡Deberíamos guardar las oraciones para el futuro! O por lo menos resguardarlas en una especie de caja negra o dispositivo registrador de verdades ocultas. Quizá esa fuera una forma correcta de perpetuar las responsabilidades. No sé si me explico, pero tampoco me importa demasiado que puedan o no llegar a comprenderme. No creo que nadie, excepto el juez de guardia y los policías que encuentren mi cuerpo -más que nada porque están obligados- lleguen a leer esta pequeña confesión.

Ahora creo que debería comportarme...