martes, 26 de septiembre de 2017

Email del 26 de septiembre 2017

Rene Magritte. The art of conversation (1950)

Todas las tribus disponen de sus territorios privados. Yo no pertenezco a ninguna especie de clan, pero administro una pequeña superficie secreta. Se encuentra en el interior de mi cabeza. A veces hace sol y los rayos de luz rielan sobre mis neuronas que todavía conservan la apariencia de margaritas o equináceas. Otras veces, cuando llueve, no tengo más remedio que soportar las gotas que impactan como meteoritos sobre cada una de mis estremecidas circunstancias. Estas, hastiadas de una existencia persistente y equilibrada, intentan agruparse en estructuras reducidas mientras fantasean con entusiasmo sobre aspectos inconmensurables de la inconsistencia.

Desde hace un par de meses paso el tiempo, ese maldito e intratable enemigo, escuchando conversaciones telefónicas de gente que no conozco. A veces las grabo y las analizo. Un jodido artilugio espía que alguien me regaló tiene la culpa. De todas formas creo que no hago daño a nadie. Por lo menos, mientras que no sepan que alguien les percibe. La mayor parte de conversaciones han sido aburridas y previsibles. Otras divertidas o incluso excitantes. Pero hay una que todavía despierta mi confusión y hace que me pregunte si realmente la aniquilación humana es necesaria e inevitable. Intentaré transcribirla en esta hoja de Microsoft Word:

RECEPTOR: ¿Diga?
EMISOR: Hola, Cangrejita. Soy Muslitos de pollo. ¿Cómo estás?
RECEPTOR: ¡Muslitos! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida?
EMISOR: Esta mañana mientras me duchaba he pensado en ti. Y como hacía tanto tiempo que no hablaba contigo me he dicho: luego saludaré a Cangrejita.
RECEPTOR: Yo también pienso a menudo en ti, en todos vosotros. ¿Cómo está Pan tumaca?
EMISOR: ¡Oh! Nos separamos hace unos meses, pero seguimos siendo buenos amigos. ¿Sigues con Pulpo a la gallega?
RECEPTOR: Sí, y nos va fenomenal. ¿Te acuerdas de Salmorejo cordobés?
EMISOR: ¿Salmorejo cordobés? Me suena...
RECEPTOR: Ese tipo que vestía siempre de amarillo y que tenía cara de ciruela pasa deshuesada.
EMISOR: Ah, claro. ¡Salmorejo!
RECEPTOR:Se mató en un accidente de moto.
EMISOR: ¡No me jodas! Me has dejado de piedra. Me debía 20 euros.
RECEPTOR: Pues me da que ya no los cobrarás.
EMISOR: No importa. Ya me había hecho a la idea. ¿Sabes algo de Pimientos del piquillo?
RECEPTOR: Hablé con él hace un par de días. Me dijo que pensaba largarse este fin de semana a Galicia con Patatas bravas, Alitas de pavo confitadas y Migas de pastor.
EMISOR: Qué suertudos. ¡Se lo montan bien los colegas!
RECEPTOR: ¿Por qué no te pasas un día a comer? Puedo invitar también a Gambas al ajillo. ¡Sé que siempre te ha hecho tilín!
EMISOR: ¡Pero si es gay!
RECEPTOR: Qué va a ser gay, mujer...
EMISOR: Pues si no lo es, lo disimula muy bien, porque estuvo enrollado un año con Pescaíto frito. Y acabaron muy mal cuando Pescaíto se puso a salir con Boquerones en vinagre.
RECEPTOR: ¡Me dejas muerta!
EMISOR: Cangrejita, me llaman por el móvil. Es Tortillita de camarones. Ya hablamos luego. Te quiero, niña. Un besazo.
RECEPTOR: Adiós, Muslitos. Dale recuerdos a Tortillita. Un besazo muy grande.

Ya no creo en analogías o superimposiciones. Ya no es necesario tener el poder de diferenciar entre tantas justificaciones. Solo quiero que cada uno vuelva a ser cada uno, sin particiones ni exclusiones. El resto no son más que castillos ardiendo.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Email del 25 de septiembre 2017

Piet Mondrian. Avond (Evening): The red tree (1909)

Cogí cutículas de semillas del árbol del sicomoro y las mezclé con colorante amarillo anaranjado E-110 y algunos excipientes. Agité la mezcla, me dirigí con aire satisfecho a la cocina y me preparé un vasito de sake Tokutei meishoshu. ¿Por qué cogí cutículas de semillas del árbol del sicomoro y las mezclé con colorante amarillo anaranjado E-110 y algunos excipientes? Lo ignoro. Sé que cuando fui a la cocina y me preparé un vaso de sake Tokutei meishoshu lo hice porque algo dentro de mí quería que lo hiciese. Pero no puedo decir lo mismo de la acción anterior. A veces hago cosas sin motivo aparente. No soy farmacéutico ni investigo sobre alteraciones intestinales. Sólo soy un jodido vividor que ha optado por no vivir demasiado o, por lo menos, vivir sin que parezca que vivo. Llegados a este punto sigo sin comprender la razón que me llevó a coger cutículas de semillas del árbol del sicomoro y mezclarlas con colorante amarillo anaranjado E-110 y algunos excipientes. ¡Y encima a agitar la mezcla! Toda la gente que me conoce (y conocerme es amarme) sabe que si hay algo que odio en este mundo es agitar mezclas extrañas. Puedo llegar a perturbar o violentar auras, almas o incluso hálitos, siempre después de uno o dos vasos de sake Tokutei meishoshu, pero nunca nunca-y repito el adverbio temporal- sería capaz de agitar mejunjes, potingues o pócimas. Ni siquiera brebajes o bebistrajos.

Me encanta el sake. Sé que después de varios vasitos repletos hasta el borde mi interior se asoma al exterior y se manifiesta. Cuando eso sucede, mi exterior se enfada y en venganza se recluye hacia el interior, organizando un desmadre del que sólo me recupero acostándome con una psicóloga o deslustrando el brillo que procede de los relumbrones. O haciendo estupideces extrañas, como coger cutículas de semillas del árbol del sicomoro y mezclarlas con colorante amarillo anaranjado E-110 y algunos excipientes. Por cierto, me gustaría tanto saber qué son los excipientes y para qué cojones pueden servir. ¿Podría tatuarme en el hombro un excipiente? ¿Sería capaz de excitar a un excipiente si me contoneo concupiscentemente? ¿Y si lo agarro agresivamente? ¿O bondadosamente? ¿O cadenciosamente? ¿Y si le insulto indirectamente? ¡Me gustaría tanto cruzar esa línea sin retorno! Claro que también me gustaría bañarme desnudo sin agua. O bañarme vestido con agua. O no bañarme, pero entonces la gente en la que confío me llamaría marrano o guarro.

¿Es que nadie va a ayudarme?

domingo, 24 de septiembre de 2017

Email del 24 de septiembre 2017

Jean-Michel Basquiat. Irony of the Negro Policeman (1981)

Me encontraba en casa, sentado en el sofá de dos plazas y comiendo unas barritas de pan con chocolate de la marca Velarte, cuando de repente, me vino a la cabeza una imagen del pasado menos reciente. Esta, con una resolución excelente y sin ninguna traza de pixelación o dentado, pesaba demasiado, creo que unos 80.000 terabytes, por lo que en menos de nueve microsegundos cósmicos me produjo un dolor de cabeza insoportable. Lo primero que pensé fue en tomarme un Dolalgial o un Termalgin, pero no pude encontrar ninguno en toda la casa. Ni siquiera en la casa de la vecina. Bueno, creo que tendría que explicar lo de la casa de la vecina, pues si no lo hago, corro el riesgo de que la narración se vuelva confusa, o lo que es mucho peor, incomprensible.

Hace algunos años -no voy a explicar cómo o la razón por la que lo hice- me agencié una copia de la llave de Soraya, mi vecina rubia de 34 años. Cada día, cuando se iba a trabajar, entraba en su casa y cotilleaba sus armarios y sus cajones. Eso me producía ganas de hacer de vientre (supongo que la maldad tiene algo que ver con la mierda y sus fundamentos) y enseguida tenía que correr hacia mi casa y meterme en el aseo. Un día, creo que fue en el mes de marzo del año pasado, descubrí que era imbécil. ¿Por qué razón tenía que correr hasta mi váter si en su casa habían dos. ¡Y además con azulejos de color rosa, papel higiénico rosa, toallas rosas y un maravilloso olor ambiental a rosa!

La primera vez que defequé en su inodoro sentí que todas las praderas del mundo, con todas sus flores, me pertenecían. Que todos los árboles, arbustos, matojos, matorrales, setos o macizos comulgaban en una especie de eucaristía celestial. Y que yo no era más un infusorio grotesco en un mundo de sensaciones olfativas desbordantes. Me cautivó tanto la percepción que evacué siete veces en menos de cinco minutos. La última fue demasiado olorosa, porque desde ese instante el cálido olor a rosas se transformó en una fragancia repulsiva realmente insoportable y no tuve más remedio que largarme a mi casa y confiar que en un par de horas el ambiente de su "salle de bain" se normalizara.

Supongo que no se normalizó lo suficiente, pues sobre las cuatro de la tarde escuché un grito de terror tan enfermizo, a un volumen tan elevado, y con una rabia intrínseca tan incrustada, que colegí que se avecinaba una tempestad. A la media hora exacta del alarido terrorífico escuché un ruido semejante al que emite un policía local cuando alguien le mete mano al paquete sin previo aviso. Y eso es lo que era: un policía. Bueno, dos policías. Pero nadie les estaba metiendo mano a sus partes íntimas. Acerqué la oreja derecha, que es en la que no llevo el Sonotone, y me puse a escuchar la conversación que ambos mantenían con Soraya.

SORAYA: Les digo que alguien ha, ha, ejem, ha hecho caca en mi cuarto de baño.
POLICÍA 1: ¿Quiere decir que alguien se ha cagado en su retrete?
SORAYA: Sí, sí.
POLICÍA 2: Quizá su novio, señorita.
SORAYA: No tengo novio. Vivo sola.
POLICÍA 1: No comprendo cómo alguien puede haber cagado en su retrete si vive sola. ¿No habrá sido usted y no lo recuerda?
POLICÍA 2: No diga tonterías, Anselmo. Cómo va la señorita a defecar y no recordarlo?
POLICÍA 1: ¿Por qué no? A mí me pasa a menudo. Tengo que apuntar todos los días si he cagado o no para no repetir la...
POLICÍA 2: Por Dios, Anselmo, cierre la bocha.
POLICÍA 1: ¿La qué?
POLICÍA 2: La boca. Es esta maldita dentadura postiza...
SORAYA: ¿Les interrumpo? ¿Creen que podrían ayudarme?
POLICÍA 1: Señorita, desde que soy policía no he dejado de ayudar a nadie nunca. Y debo hacerlo muy bien porque mi mujer me dejó hace dos años.
POLICÍA 2: ¿Y que tiene que ver que tu mujer se largara hace dos años con el comisario Taylor con el ayudar a la gente?
POLICÏA 1: No sé por qué tenéis que llamar Taylor al comisario si es de Pontevedra y se llama Arturo Negreiros Sanmartiño.
SORAYA: Ejem. Creo que les estoy molestando, caballeros. Les doy mi número de teléfono y me avisan si...
POLICÍA 1: ¡Antes tenemos que ver el cuerpo del delito!
SORAYA: ¿Cómo dice?
POLICÍA 2: Señorita tenemos que ver el, bueno, el zurrullo y tomar muestras. Es nuestro trabajo.
SORAYA: Pero si estiré la cadena. ¿Están tomándome el pelo?
POLICÍA 1: Señorita, no debió hacerlo.
POLICÍA 2: Era la única prueba de la que disponíamos.

Llegados a ese punto, dejé de escuchar y me tragué la copia de la llave de su piso. Ya no existían pruebas en mi contra. ¡Estaba salvado! Estaba salvado a menos que Soraya oliera mis excrementos y atara cabos. Pero no tenía que preocuparme. Ella nunca entra en mi casa. Está demasiado ocupada siendo guapa e inteligente. Y yo no admito visitas, pues no tengo ganas de barrer, limpiar el polvo, pasar la mopa y fregar los cacharros y cubiertos del fregadero. Me encanta no hacer nada. O casi nada. A veces, intento poner orden y hago ciertas naderías, que no pasan de ser insignificantes bagatelas, pero enseguida vuelvo a las andadas, me siento en el sofá de dos plazas y dejo que las imágenes entren en mi cabeza.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Email del 22 de septiembre 2017

Honore Daumier. Theater (XIX cent)
PLASTINUDOS (Pieza teatral en medio acto)

La representación se desarrolla en el dormitorio de un matrimonio cualquiera en alguna ciudad de algún país. La habitación esta casi a oscuras. Una lamparita de latón que descansa sobre una mesita produce una débil refulgencia. Al fondo, en dos camas separadas por un biombo, se encuentran nuestros personajes. Se levanta el telón mientras un furioso Scherzo en 3/4 adelanta al público la tragedia que se avecina.


MUJER: (Apagándo el televisor con el mando a distancia): Sin la televisión se está mejor. ¿Recuerdas cuando nos quedábamos hablando hasta altas horas de la madrugada? Tú, yo y dos copitas de vino. Era todo lo que necesitábamos...
MARIDO: Si los hombres no se masturbaran, las fábricas de rollos de papel de cocina entrarían en bancarrota, pues desde que a algún lunático se le ocurrió inventar las toallitas húmedas, el papel higiénico ya sólo se utiliza para matar cucarachas en el aseo o para cogerlas sin tocarlas y tirarlas por el inodoro.
MUJER: Nunca pensé que alguna vez nos instalaríamos en esta especie de vida muda, sin sorpresas ni empatía. Pero así ha sido. No somos muy diferentes de otras parejas. Parece que el tiempo no es más que otra prueba. Quizá la más inquietante de todas.
MARIDO: (Rascándose el trasero con aspecto muy seguro de sí mismo): Recuerdo aquella vez que me comí un huevo por la nariz. Quiero decir, aquella vez que me esnifé un huevo. Alguien dijo que no sería capaz. La verdad es que no consigo recordar si era un huevo frito, duro, escalfado o pasado por agua. Sin embargo recuerdo perfectamente que era un huevo.
MUJER: ¿Sabes? Cuando te conocí sí que valías la pena. Entonces eras todo lo contrario al bufón idiota y cretino en que te convertiste unos pocos años después. Sí, sí, sé que proclamar en voz alta lo que pienso no va a cambiar la situación, pero...
MARIDO: ¡Es curioso! Tu hermana es más fea que la mía. (Poniendo una cara extraña, como una mezcla de asco y pena.) Pienso a menudo en la desproporción física de los miembros de tu familia. El más horroroso fue tu padre. A veces me costaba distinguirlo de un bubón adventicio, pero el sonido a pato "tarro canelo" que salía de su boca acababa por delatarlo.
MUJER: Algunas noches, antes de rendirme a la dulzura de los sueños he pensado que quizá al día siguiente no despertarías. Pero en lugar de alegrarme, dicha ensoñación me perturbaba. Ya me he acostumbrado a tus memeces, a tus salidas de tono, en definitiva, a tus mamarrachadas. Algunas relaciones se convierten en tóxicas. La nuestra ha alcanzado una categoría específica, sin posibilidad de ser valorada o, en el mejor de los casos, analizada.
MARIDO: Los croissants de mantequilla son mucho mas sabrosos que los de hojaldre, pero no dejan de ser bollería para invertidos. Es igual que las camisetas de manga corta, que fueron diseñadas para los gays. Jamás me puse una que no tuviera las mangas hasta la muñeca o que incluso me ocultaran las manos.
MUJER: ¿Nunca te cansas de hablar contigo? ¿Te has llegado a escuchar alguna vez? ¿Cómo se puede llegar a convertirse en algo, que no tiene nombre? Por lo menos yo no alcanzo a bautizarlo. Me da grima todo lo que sale de tu bocaza. Me produce arcadas ver cómo te crees imprescindible. No tengo ni idea por qué...
MARIDO: Me encanta pensar en pelotitas. (Moviendo los brazos de forma brusca, como si estuviera espantando moscas, o demonios.) No en balones o bolas, no. En pelotitas. ¡Una pelotita tiene tal poder de persuasión! La gente se ha domesticado. Ya no piensan en pelotitas. En vez de eso intentan acercarse a cualquier cosa que tenga una forma esférica. Pero una esfera no siempre puede ser una pelotita. No sé si me entiendes. A veces no puedo expresarme como pienso. Mis neuronas se adelantan a los impulsos nerviosos. ¿Es posible eso?
MUJER: Quizá debería volver a poner la tele. Por lo menos todas las idioteces que salen de la pantalla están diseñadas para lavarnos el cerebro. Cada uno es libre de dejar que le manipule una o varias ondas hertzianas. Otra cosa es que el ser -y digo ser porque no se me ocurre otro adjetivo- que prometió ser un compañero fiel y educado por siempre y para siempre, se comporte como si estuviera a punto de sufrir un derrame cerebral. Un accidente cerebrovascular que nunca llega, pero que contínuamente avisa de su presencia.
MARIDO: La última vez que chupé un coño sufrí lo indecible. Ya sabes, la barriga que molesta cuando se intentan ciertas posturas. Por cierto, fue el coño más jugoso que he comido en mi vida. Hubo un instante en que tenía la boca tan llena de fluidos que casi me ahogo. Ahora me arrepiento. Me arrepiento de no haberme ahogado con esos fluidos. Por lo menos hubiera pasado a la posteridad como la única persona en el planeta que murió a causa de los fluidos vaginales. Fluidos acuosos y en ningún caso viscosos o con colores extraños.
MUJER: (Mirando desde el catre a través de los cristales de la ventana.) No puedo ver a la gente que anda por la calle. Pero sé que hay gente caminado. Algunos tienen un destino establecido, pero la mayor parte se comportan como autómatas. Van de aquí para allá empujados por la misma fuerza motriz que a ti y a mí nos separa. Creo que voy a intentar dormir.
MARIDO: Estoy preparado para capturar a Dios. He diseñado una trampa con un pecador como cebo. La omnipotencia olerá los pecados del infractor y se acercará a explorar. Entonces una tapa metálica compuesta por una rejilla electrosoldada y acero galvanizado se cerrará con fuerza y lo atrapará. Entonces me haré rico mostrándolo en ferias y circos.
MUJER: Buenas noches. ¡Ojalá todo fuera un sueño...!
MARIDO: Somos como esos pequeños alambres que se utilizan para cerrar las bolsas de pan de molde. ¡La parte más imprecisa de una manufacturación gloriosa! Porque cada una de esas partes son fragmentos de una totalidad comercial. Puede que algunas se parezcan a otras que existen desde hace décadas, pero las que nos interesan son nuevas, y lejos de querer innovar, se contentan con permanecer hasta que sean desalojadas. Para siempre.

                                                               TELÓN

jueves, 21 de septiembre de 2017

Email del 21 de septiembre 2017

Tia Peltz. Throughout the Neighbourhood

Así como los ancianos disfrutan acariciando, y sobre todo, clasificando los comprimidos que han de tomarse en el transcurso de un día o una semana, yo me deleito pensando en los padecimientos que ha de soportar mi vecina Adela Rodríguez Rodriguez (el primer apellido con tilde, el segundo sin ella), o como la llaman el resto de residentes, "la jodida loca de la escalera", pues desde hace unos ocho meses y por medio de las creencias que practico (vudú), estoy haciendo su existencia francamente insoportable. Al principio me contenté con provocarle repentinos ataques de tos irritativa, pero sin moco. Cómo vi que eso no la tranquilizaba demasiado, decidí causarle una brutal tos asmática con bastante mucosidad durante un periodo de cinco semanas. Pero la naturaleza vil, despreciable y mezquina de la señora no amainaba, sino que, debido a los sufrimientos que yo amablemente le proporcionaba, su cabreo llegó hasta un punto próximo a la psicopatía vecinal. Ya nadie estaba a salvo de su cólera, de sus barrabasadas o de sus intentos de pelea.

¿Qué se puede hacer cuando un plan fracasa estrepitosamente? La respuesta es sencilla: concebir otro plan o incrementar el poder del primero. Tengo fama de tipo espabilado, es más, para algunos soy realmente una persona lúcida e ingeniosa, pero un poquito haragán. Por culpa de esa congénita pereza, decidí que no valía la pena pensar otro plan y resolví intensificar el original. -A la mierda las toses, con o sin flemas -pensé para mis adentros mientras una especie de calambre jubiloso me recorría la espina dorsal- se va a enterar esta tipeja de lo que soy capaz.

Y de lo que fui capaz me ha convertido en el vengador más cañero de la historia, si exceptuamos a la "pícara viborita", ese personaje de dibujos animados de la Mirich Corporation que siempre se desquitaba de las desgracias causadas por terceros. Me hice con una muñeca de unos 50 centímetros, le abrí el trasero de una manera muy poco ortodoxa, le clavé 5 agujas en lo que debería ser el esfínter anal y solté una risotada tan dinámica, salvaje y aterradora que seguramente debió asustar a algunos cocodrilos cubanos mientras nadaban plácidamente en la Ciénaga de Zapata.

El resto es silencio, pues a partir de ese instante, Adela dejó de incordiar y prácticamente dejo de verse por el rellano. Algunas veces la percibíamos llegar cargada de medicamentos contra las hemorroides, pero en menos de lo que se tarda en comer una ostra Kumamoto del océano Pacífico, desaparecía de la vista. Pasaron los meses y nadie la echaba de menos. Ni a ella, en cuerpo y almorranas, ni a sus desvaríos. La paz se hizo aburrida en la escalera hasta que a Rosendo, el vecino de la puerta cuatro le dio una tromboembolia mientras se probaba vestiditos de gasa y seda Douppioni.

La verdad es que no tengo ni idea de cuál es la razón que me obliga a comportarme como un alcahuete. En realidad este texto iba a tratar sobre mis innumerables virtudes y la forma en que éstas ayudan a la sociedad a seguir adelante. No entiendo cómo he podido desviarme tanto. Cuánta razón tenía mi pobre Tía Federica, hermana de mi padre y casada en segundas nupcias con una foto de Manuel Benítez "El Cordobés" cuando sentenció que yo no era más que un maldito error de su hermano, seguramente debido a un ataque de exaltación varonil o frenesí irrefrenable.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Email del 20 de septiembre 2017

Jacopo Pontormo. Two male figures looking in a mirror and a putto (1518)

EL OTRO SEÑOR M

A menudo intento que no me afecten las cosas, pero lo único que consigo es darme cuenta de lo absurdo que es todo. Siento que de alguna manera estoy perdiendo un tiempo valioso e irrepetible. Pero no porque desaproveche los instantes y sus prostituidas circunstancias, sino por que me siento incapaz de controlar ese sudor frío que recorre cada poro de mi piel cuando los acontecimientos se desarrollan como estaban previstos. ¡Y eso sucede casi siempre! Sobre todo cuando me encuentro cerca de M. Podría llamarlo por su nombre, que por cierto no comienza con esa bella consonante silábica, pero entonces cada una de sus partículas o fracciones negativas anti-leibnizianas acabarían por emerger a la superficie, y ese perfecto prototipo de Triple I (iniquidad, ignominia, infamia), se desataría de una forma exponencial y acabaría por absorbernos a los inocentes que creemos que el cielo y lo que se esconde en él, son lo único que necesitamos para justificar la existencia.

M asesinó a su primera víctima en 1978. Le extirpó sus órganos vitales y los colgó en un semáforo. Había moldeado su primera obra maestra. A esa creación sucedieron bastantes más, según algunos, hasta cerca de 40. Entre el primer y último crimen, su vida pasó por diferentes ciclos. Sería absolutamente injusto para los mártires que ejecutó, enumerar y definir dichos periodos, por lo que me contentaré con copiaros unos versos de su propia creación que resultaron determinantes como prueba para su posterior acusación:

"Su piel promete satisfacción,
pero su sonrisa cercenada
me provocará un verdadero momento de complacencia,
de regocijo,
de intensidad desapasionada.
Y cada vez que recuerde el olor de sus vísceras,
sabré que los instantes helados
son un Todo entre un millar de carencias,
entre un puedo y un no debo,
entre un cambio y una maldita repetición.
Porque no se pueden administrar las formas,
ni se debe poner freno a las percepciones."

Recuerdo el día que M fue atrapado. Todavía tengo una fotografía de su rostro suspicaz enquistado en alguna parte de mi cerebro. Y recuerdo las palabras que surgieron de su átona boca mientras dirigía su mirada hacia el margen más oriental del horizonte. Desde entonces lo he visitado en el Centro Penitenciario en numerosas ocasiones. A veces hablamos, otras nos miramos a los ojos y permanecemos en absoluto silencio. Una vez me preguntó cuál era la razón de que lo hubiésemos bautizado como M. Yo le respondí que el motivo básico era la semejanza de sus actos de salvajismo con el M del film de Fritz lang. Eso pareció reconfortarlo, aunque me juró que jamás había visto "esa peli". Le prometí solicitar un permiso especial para que pudieran proyectársela, pero cuando averiguó que las únicas copias que se comercializan actualmente son subtituladas, me mandó "a la puta mierda".

Desconozco el motivo que me impulsa a escribir sobre M. Hace demasiados años que dejé el cuerpo de policía. Ahora estoy jubilado y dilapido las horas certificando mi absoluta incapacidad para ser o parecer feliz. Supongo que ese estado de ánimo debe ser utópico, o por lo menos complicado de experimentar. Mi mujer falleció hace cuatro años, sin embargo no consigo quitarme de la cabeza la muerte de mi perro. ¡Es todo tan complicado! Me refiero a los asuntos concernientes a los sentimientos. Creo que debería ser más condescendiente con mis seres queridos. O por lo menos, con los que yo creía que eran mis seres queridos. Me reiría si no me doliese cierta comparación. Alguien dijo alguna vez que mi sonrisa era una copia exacta de la de M. Eso me enfureció y golpeé a esa persona con saña. Luego le pedí perdón. ¡Es extraño! M siempre pedía perdón a sus víctimas después de decapitarlas. Después de degollarlas, asfixiarlas, acuchillarlas, inmolarlas, sacrificarlas. Tantos y tantos "arlas".

M nunca dio detalles de por qué hizo lo que hizo o cuál fue el móvil de cada uno de sus crímenes. La única vez que se acercó a algo semejante a una confesión fue cuando pronunció su (ahora) famosa frase: "Tenía que hacer algo con mi vida". Supongo que todos tenemos que hacer algo con nuestras vidas. Sólo disponemos de una y no es demasiado agradable. ¡Deberíamos guardar las oraciones para el futuro! O por lo menos resguardarlas en una especie de caja negra o dispositivo registrador de verdades ocultas. Quizá esa fuera una forma correcta de perpetuar las responsabilidades. No sé si me explico, pero tampoco me importa demasiado que puedan o no llegar a comprenderme. No creo que nadie, excepto el juez de guardia y los policías que encuentren mi cuerpo -más que nada porque están obligados- lleguen a leer esta pequeña confesión.

Ahora creo que debería comportarme...

martes, 19 de septiembre de 2017

Email del 19 de septiembre 2017

Francisco de Goya. La locura del miedo (1819)

Os miro. Os miro y sólo veo insuficiencia teórica. Os toco. Os toco y siento ese avance cíclico que antecede al origen empírico de la vesania. La única base actual de la descomposición sistemática subjetiva se asienta sobre vuestra esencia, porque no sois mejores que las recuerdos que veneráis. Me gustaría tanto poder vomitaros encima. Me gustaría tanto envenenar cada uno de vuestros falsos axiomas. Defecar sobre vuestras calladas esperanzas. Orinar en cada tirita, cada venda o esparadrapo, hasta que al final seáis incapaces de taponar vuestras heridas. Me encanta veros arrastrar las cruces. Quiero veros arrastrar esa jodida cruz. Por favor, arrastrad la cruz o me veré obligado a esputar lo que pienso. ¿Pienso? Claro que pienso. Y pienso en cuantas veces he estado a punto de arrojaros por una ventana. Hacia la calle. La calle repleta de idiotas. Los idiotas que buscan a otros idiotas todavía más idiotas con los que aparearse para proseguir el linaje. De idiotas. El linaje de idiotas que creen que lo saben todo. ¿Acaso sabéis cuántas preposiciones vestirán la última frase de este jodido texto? ¿O cuántas de esas preposiciones sufrirán de esa maldita metábasis? ¿Conocéis las condiciones, los requisitos o las restricciones? ¿El margen, la diferencia o algunas de las conclusiones?

El triunfo del tiempo es irreversible. Pronto no seréis capaces de escribir vuestros propios nombres ni con la ayuda de una falsilla. Vuestras madres sabían lo que hacían. Por eso lo hicieron. Lo hicieron. Podían haber hecho trampa. Pero las trampas se refugiaban en sus cerebros. Podría explicaros el aspecto determinista-erudito de cada una de las falacias que salieron de sus bocas y volaron en todas las direcciones. Yo estuve allí. Yo estuve allí y pude ver todo. Pude ver como el arrepentimiento se convertía en carne. Pude oler cada arteria chamuscada y fui capaz de distinguirlas, ordenarlas y clasificar unas pocas. El resto perdió la definición de sus contornos y fueron vilmente desdibujadas. Algunas incluso padecieron estupro, violencia o profanación. Y mientras esos desechos de médulas, sustancias, nervaduras y flujo se arremolinaban en una especie de falso torbellino colmado de evidencias inflexípedas e indefectibilidades inveteradas, mi sonrisa blasfema, impía y escéptica se transformó en una gran y flexible consecuencia indeterminada.

La impostura de la insatisfacción me reclama. Puedo escuchar esos malditos siseos, aunque no soy capaz de  interpretarlos. Puedo atraparlos, inmovilizarlos y pintarlos de algunos de esos colores inexistentes que tanto molestan a los espectros que danzan cuando las olas de mi memoria golpean las rocas de mi lucidez, pero no puedo analizarlos. Ni siquiera apostillarlos. Nada sucede como está escrito. Todos los sucesos vuelan directamente hacia ninguna parte. El resto, no es más que cualquier o todas las partes. A veces se puede observar a las pequeñas porciones de un todo absoluto desplazándose hacia las intensidades inusuales que malviven en las coherencias involuntarias.

Sé algo que nunca se ha hecho público. ¿Puede alguien, desde su pretendida realidad autoinducida, sospechar de la confusión ideológica que se desprende de cada una de las mesiánicas frases con las que intento apalear vuestras amodorradas sensaciones? Sé algo que nunca se ha hecho público. Pero no puedo sacarle partido. Quizá debería guardarlo dentro de una arqueta, pero no tengo arquetas. Y las cajas están repletas. Los baúles, los cajones y los maletines ya no me pertenecen. Los cofres, las urnas y los compartimientos secretos los destino a diferentes menesteres. ¿Debería mostrar mis cartas y escribir lo que sé?  ¿O lo que entiendo que debería ser? ¿O lo que no es y nunca podrá ser? ¡Sólo quiero recoger los beneficios! Y confundir a los que todavía creen que hay cierta bondad natural en mi interior.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Email del 17 de septiembre 2017

Rembrandt Harmenszoon van Rijn. El filósofo (1631)

Mi condición es la misma, aunque la situación no resulte tan trascendente. La cuestión es, ¿debo perpetuarme en el mismo emplazamiento hasta que la permanencia suponga un arriesgado contratiempo? No intento resolver el enigma. No necesito sentir ninguna clase de armonía en la distribución. Sólo quiero estructurar los sucesos y, si es necesario, arrancarlos de donde los depositó el tiempo. Sus intervalos. La irreversibilidad. La entropía.

Creo que debería dar un último paso y determinar las razones por las cuales no soy capaz de atravesar los cientos, las miles de coordenadas que impulsan a las invariancias a permanecer intangibles.
Admito que cada uno de los uróboros que maldijeron algunos de mis días y la práctica totalidad de mis noches no son sino alteraciones de un núcleo gestante que no debió sobrevivir.

Siempre que me zampo un aguacate acabo desvariando. Quizá debería comer manzanas o melocotones y dejar a un lado esta maldita fruta que transforma por completo mis circunstancias, mis anhelos. Pero me gustan sus huesos y a menudo los sumerjo parcialmente en agua y obtengo pequeños arbolitos que acaban muriendo al cabo de unos meses. Mueren porque soy como un simio, es decir, inestable y testarudo. Poco importa que mis amigos piensen que soy la perfecta radiografía del humanismo, de la consideración o de la piedad. ¡Soy un puto mono! Y mato el tiempo despiojando a un muñeco de trapo. Y cuando no tengo ganas de espulgarlo acabo violándolo por delante y por detrás. Por arriba y por abajo. De frente y de costado. Y cuando mi concupiscencia ha sido saciada hasta límites insospechados, lo crucifico mientras dibujo sonrisas sádicas de satisfacción en las comisuras de mis labios pecadores.

Mi condición es la misma, aunque la situación no resulte tan trascendente. La cuestión es, ¿debo perpetuarme en el mismo emplazamiento hasta que la permanencia suponga un arriesgado contratiempo? No intento resolver el enigma. No necesito sentir ninguna clase de armonía en la distribución. Sólo quiero estructurar los sucesos y, si es necesario, arrancarlos de donde los depositó el tiempo. Sus intervalos. La irreversibilidad. La entropía.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Email del 3 de septiembre 2017

Cuadro desconocido. Autor desconocido.


Me encanta mirar por la ventana. A veces escucho el plañido caquéctico e isócrono que emite el mundo al rotar. Otras, simplemente, me contento con imaginar perspectivas axonométricas. Hoy, es decir, hace un rato, he intentado deducir qué es lo que podría sucederle a un color primario cuando se le hace estallar al aprisionarlo entre dos o más colores neutros, ya sabéis, esas tonalidades viles y perniciosas expulsadas del círculo cromático por haberse atrevido a cambiar su saturación elemental por otra más compleja. Y he llegado a tres conclusiones principales y nueve secundarias. Omitiré las resoluciones complementarias, que se me antojan abuhadas y tan blandas como la secreción orgánica que producen algunas plantas y me ceñiré únicamente a las deducciones primordiales, que tantas veces han hecho que me sienta el perfecto adlátere ciclotímico, ese que en lugar de imprecar a partir de sus própios impúlsos erráticos, se contenta con elogiar a cada uno de esos malditos escrúpulos patológicos que hacen que me encierre en mí mismo bajo una tonelada de epifragmas ajenos.

Conclusión número 1:
He decidido dejar de pensar en el pasado. Ayer lo hice de nuevo y la experiencia volvió a resultar extremedamente amenazadora. Pensé en mis 19.964 días previos, es decir, desde el día de mi concepción hasta el momento anterior a los mismos instantes en que me encontraba. Pero no pude llegar demasiado lejos, pues unas terribles ganas de vomitar hicieron que me levantara y corriera al aseo, con tan mala fortuna que, cuando recordé que mi pisito carecía de váter y que cuando necesitaba demostrar mis humanidades excrementales bajaba al bar de la esquina o directamente tomaba posesión del arriate principal del parque público más cercano y lo convertía en un extraño compuesto de deyeciones, zurullos y orín, fue demasiado tarde y la regurgitación se desplomó sobre el suelo, tomó forma de un demonio abstracto e intento copular con mi ano, totalmente confundido, cansado y sumiso.

Conclusión número 2:
Jamás volveré a reír. Además de producir arrugas, la hilaridad provoca, se fanfarronea y compromete a la totalidad de nuestros actos simples, tan habituales en la vida diaria, como podrían ser acuchillar, desmembrar y bañar en cal viva los exoesqueletos de los blatodeos que tan febrilmente recorren nuestros aposentos por las noches, sin invitación y con esa extraña alevosía típica de los insectos fotofóbicos. Es preferible el llanto a la carcajada. Incluso a la sonrisa o la risotada. Algunos plañideros profesionales tienen un poder excepcional para reconstruir las falencias que anidan en sus interiores. Adormecen sus instintos primarios, es decir, ese conjunto de pautas de conducta que pelean como un Betta enfurecido por abrirse paso ante tanta inútil felicidad y utilizan ese poder para atafagar y encocorar sin remordimiento y en todas las direcciones. Es permisible el lloriqueo y el sollozo, pero todavía más si están acompañados de rabietas, berrinches y pataletas.

Conclusión número 3:
Es evidente que no me encuentro en pleno uso de mis facultades mentales, pero ¿importa algo esa fruslería, esa jodida nimiedad? Ninguno de vosotros está cuerdo. Sois un círculo dibujado por un niño sin miembros. Un crio nacido del vientre de un espectro inferior al que no se le permite materializarse. Un rorro malcriado y henchido de pústulas sangrantes y abcesos repletos de pus y podre. Y yo soy vuestro esparadrapo. Vuestra venda adhesiva y vuestra ligadura. Si queréis desinfectaros, antes tendréis que recordar cómo se peca.