martes, 6 de junio de 2017

Email del 6 de junio 2017

Marko Pogacnik. Cards

Toda negación es el resultado de una consecuencia inicial. Excepto en sujetos como Loreto, mi prima por parte de madre. Ella actúa según órdenes de su espíritu y éste, se encuentra totalmente deshumanizado y muy cerca de lo que algunos no dudarían en denominar vesanía pasional e impetuosa. Pero no es de Loreto de quien me gustaría escribir, sino de su hermano Cosme, un tipo presuntuoso, inadaptado y repleto de escrúpulos patológicos que una vez estuvo a punto de asesinar a un repartidor de hielo que no llevaba hielo, encima. El problema es que esta nota podría acabar en sus manos y entonces mi vida no valdría gran cosa, por lo que he decidido componer este texto a partir de recuerdos sobre una persona que ha sido muy importante en mi vida: yo mismo.

Yo mismo nació en un pueblucho de mierda parapetado tras el macizo montañoso que delimita dos provincias. A la edad de 16 años intentó atracarse a sí mismo y fue internado en un colegio de señoritas de espalda ancha. Seguramente por esa razón se hizo nadador profesional aunque nunca nadó para nadie. El 15 de febrero de 1969, una fecha que pervivirá en la infamia, Yo mismo diseñó un cartabón de forma atomatada con plastinudos y papelitos ennumerados extraidos de un turnomático que robó en una carniceria. El cartabón no le llevó a lo más alto de la ciencia, como él creía, y eso le sumió en una depresión que duró 23 segundos, tras la cual, Yo mismo se dirigió con aspecto apesadumbrado hacia su hogar y se dedicó a imitar a un ratoncillo durante 19 días seguidos. El día número 20 su padre entró en la ratonera y lo sacó a puntapiés gritándole que ya era hora de que se buscara una mujer o una rata y encauzara su jodida vida. Y eso es lo que hizo. El 35 de abril, Yo mismo orientó su existencia hacia el norte y rápidamente le creció musgo y liquen en la barbilla. Se guardó el musgo para utilizarlo en el Belén de Navidad y vendió el liquen a un tratante de organismos simbióticos que, en lugar de venderlo y obtener una suculenta comisión, se lo alquiló como alfombrilla de entrada a un coleccionista de felpudos ergonómicos que padecía de heterocromía del iris.

Hace unos cientos de años Linneo dijo que "la naturaleza nunca da saltos". Claro que, mientras pronunciaba tan distinguidas palabras, él permanecía sentado en un sillón estilo Luis XVI. Es probable, pero de ninguna manera execrable, que mientras la naturaleza sigue un curso en línea recta, parte de su extraña relación con el ser humano se desvíe de la dirección principal escogiendo uno o varios atajos. Personalmente estoy cansado. Cansado de escoger vericuetos. Vericuetos con variantes. Variantes sin sentido. Cada sentido es blando como la resina. En mi opinión, la resina es como el petricor, pero sin el procedimiento bacterial producido por esporas. ¡Creo en la imprecación! Y estoy convencido de que es necesaria para resistir. Resistir tantos embustes, tanta porquería. A veces me siento como un lemniscate garabateado por un niño al que le faltan los brazos. ¡Y le sobran las piernas! ¿Por qué estoy tan abuhado? Es extraño, estoy sudando pero me gustaría jugar al Oshikura Manju. Por lo menos tendría contacto con otras pieles, con otros pedazos de carne. Creo que cada una de las miodesopsias o los fosfenos que atraviesan mis ojos, se enclaustran en mi cerebro y mortifican mi alma, no son más que preceptos sin estructura aparente, que necesitan parasitar a badulaques como yo. Que piensan que lo saben todo y, cuando nadie les mira, se golpean el rostro con jaculatorias, plegarias y súplicas. Y que cuando nadie les siente se enzarzan en disquisiciones, análisis y razonamientos inmarcesibles, que no son más que reflexiones efímeras, tan fugaces como los segundos de una clepsidra.