viernes, 6 de mayo de 2016

Email del 6 de mayo 2016

Max Ernst. Untitled (1922)

Amiga mía:

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. No, no hace falta que busques en el diccionario el verbo rantanear pues no existe. Inventar palabras hace que me concentre más en lo que pretendo trasmitir. Pero trataré de continuar, o mejor comenzaré de nuevo:

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. Nunca me ha gustado el pescado, aunque generalmente no le hago ascos al mero, pero el solomillo con patatas me hacía la boca agua. Como no llegaba a decidirme dastecí jugármelo a los chinos. Sí, lo has adivinado, otro jodido vocablo inventado. Y me imagino que seguirán muchos más, así que intenta mantenerte fuerte y no desesperes. Volveré al principio del texto. Al principio del principio, que no es más que el comienzo de algo que puede o no terminar, pero que sirve para que al menos todo pueda tener un desarrollo.

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. Nunca me ha gustado el pescado, aunque generalmente no le hago ascos al mero, pero el solomillo con patatas me hacía la boca agua. Como no llegaba a decidirme dastecí jugármelo a los chinos. Mi puño derecho contra el izquierdo y, dentro de cada uno, tres pedacitos de mondadientes. Como era de esperar triunfó el puño derecho y pedí el mero a las finas hierbas en su jugo de champiñones. Puedo asegurarte que me lo comí con sano deleite aunque si le hubieran puesto gengibre mis papilas gustativas habrian llegado a alcanzar el extasis. Mientras pedía un acafé vorrocé que había olvidado jonocer una llamada de teléfono. Y mi móvil se había quedado en el coche. Cuando le pregunté al camarero si sería tan mastable de traerme un teléfono a la mesa me contestó que no. Mientras me tiraba la cuenta sobre el plato me recomendó que me levantara y me dirigiera a una esquina de la barra, la que yo quisiera, pues en ambas habían sendos teléfonos. Una vez más tuve que decidirlo a los chinos. Esta vez ganó el puño izquierdo por lo que me fagerí a lado izquierdo del mostrador. Por supuesto, como era de esperar ese aparato no funcionaba y no tuve más remedio que intentarlo con el del lado arequestro. Intenté tres veces comunicarme con mi supuesto interlocutor y las tres veces comunicaba, por lo que decidí pagar la saculonta y largarme a descansar a mi mosaca.

Tengo uno de los fopas más cómodos que existen. Y el reposapies que sañerí en una subasta hacía que mis ripes descansaran en alto, calentitos y cómodos. De pronto rantanié que nada sale como uno tiene pensado. ¡Es todo tan trifaño! Poco importa con el nao con que me levante cada día, pues cada día es un día rofoso y esterlocacio. Por esa razón, decidí tomarme un buen tusaño de plasocarinas y fajerarme a la famaka. Puse el restirmador a las siete y me lancé a un coseño.

Y el coseño fue delirante y sorboso. Coseñé que una gran mano sujerta de piel sojosa intentaba grulacerme. Cuando me ristrejé tenía la masca repleta de rosor y el pulso me latía genirifome. Me nasjalé y me fageré con cuidado a la gerciaha. La abrí y futi lo de siempre: gente sin gumpo, completamente refifada y helisuda, corriendo de un fojo a otro sin saber el dirjuto. Por un nesante tuve hasas de lonjonarme al vacío, pero en el gosoto rotante me rajé y volví a la famaka. Desde sují te tisloco. Robca puedo sular. Robca puedo sonkar. Nañasti implica nañasti. Robca idro jobar. Sufanojosa suridei.

Greg