martes, 24 de mayo de 2016

Email del 24 de mayo 2016

Peter Blake. The first real target? (1961)

Amiga:


En algunos momentos la resistencia de mi aflicción es eviterna e inextricable. Concibe dolor y angustia a partes iguales. Imita, regenera y combina los recuerdos en mi memoria. ¿Podría evitar ese inútil deterioro emocional? ¿Cómo? Quizá parapetando mis sensaciones internas tras un círculo de simulación, pero esa acción no evitaría que los espectros reaparecieran. Supongo que debería limitar mis excusas; doblarlas diagonalmente intentando que no se quebrara su frágil estructura. Pero entonces los pliegues interiores tenderían a solaparse y los pretextos resultarían seriamente afectados. Y aunque sólo son pequeñas alegaciones, las he manufacturado yo. No puedo destruir algo que me pertenece y que es una parte integrante de mi esencia, de mi naturaleza.

Atormentarme se ha convertido en una de mis ocupaciones habituales. No me produce ninguna clase de placer, pero evita que mis pensamientos se difuminen. Sería un error imperdonable creer que esa forma de sufrimiento intelectual sólo es una extensión de mi arrogancia, pues no voy haciendo participe de él a nadie de los que me rodean. Ni siquiera me jacto, ante mi propio reflejo en el espejo, de mi capacidad innata para convertir cualquier asunto peculiar en un refugio de contradicciones y pesimismo. Sin embargo, esa tendencia a ver las cosas de una forma contraproducente me ha salvado la vida.

Con objeto de no alargar indefinidamente este gemebundo email, me gustaría dejar claro un par de puntos que considero reveladores acerca de mi conducta sociológica (o moral):

1 - Acepto los contenidos, pero expreso mi derecho a negarme a ser el único responsable absoluto de mi existencia.
2 - Si por el contrario se demuestra que la elección es nuestra, ¿por qué sobrevivimos cuestionándonos por nuestros propios comportamientos?

Hace varias horas que un nimbo dispersa la luz que se atrinchera dentro de mi cabeza. No me produce dolor alguno, pero siento la nutación de sus movimientos giroscópicos. Podría descerrajarme un tiro en la sien y todo volvería a su estado inicial. ¡El principio sitúa la acción como norma de conducta!


Greg

viernes, 20 de mayo de 2016

Email del 20 de mayo 2016

Jacek Yerka. Morning self-biter (2009)

Querida:


Hoy es viernes, el día que más odio después del lunes, martes, miércoles, jueves, sábado y domingo.  Las calles están pobladas por una extraña y rica variedad de gente que caminan de un lado a otro sin ningún motivo aparente. La mayoría de ellos parecen sentirse colapsados, quizá deprimidos, pues saben que una buena parte de las cosas que les sucederán hoy no serán más que una jodida repetición de jornadas anteriores. ¡Unga, unga, unga! Perdón, no he podido evitarlo. Creo que desde hace unos cuantos meses padezco una variedad textual del Síndrome de Tourette. O puede que simplemente necesite llamar la atención. La verdad es que siempre me ha gustado involucionar de forma totalmente independiente, aunque a veces es necesario recrearse en los retrocesos evolutivos de la muchedumbre que me rodea y que, hasta hace muy poco tiempo, trataba de esquivar de todas las maneras posibles. A veces pienso que debería tomarme un par de litros de flogoprofen con etofenamato y poner fin a esta alucinación en que se está convirtiendo mi adaptación al mundo de los miserables, pero siempre acabo sustituyendo el analgésico por coca cola, con lo que me encuentro cada vez más sumido en la desesperación y los gases estomacales. Daría todo mi capital, que en estos momentos asciende a tres euros, por un poco de paz mental, espiritual y física.

Hace un rato he sentido que algo se movía junto a mis pies descalzos. Al agacharme he advertido que una extraña insuficiencia con aspecto de ausencia absoluta trataba de morderme un tobillo. Mi rápìda reacción ha sido determinante para salvar la vida. No conozco a nadie que haya sobrevivido al mordisco de algo que no existe. Después de tranquilizar mis nervios y preguntarme si no debería estar internado en una especie de lazareto bastante alejado de la civilización, he optado por concentrar mi atención en las arañas gigantes y de aspecto metálico que anidan en alguna parte del techo. No las he visto nunca, pero sé que existen porque a menudo he escuchado las vibraciones que emiten cuando se aparean.

El momento más temido por cualquiera que pueda definirse a sí mismo como vesánico competente, es aquel en que tiene que diferenciar lo que es real de lo imaginario. Yo acostumbro a registrar cada visión que me parece subjetivamente inexacta en una libretita que siempre llevo en un bolsillo y que se alimenta con las fibras sintéticas del forro que la cobija. A menudo la saco de su celda sedosa y la maltrato apretándola con fuerza con los dedos de una mano. En sus hojas malviven verdades, errores, excusas y justificaciones. Nadie conoce su existencia. Es un secreto que pienso llevarme cuando desaparezca. ¡A veces creo que ya he desaparecido!

¡Unga, unga, unga!

miércoles, 18 de mayo de 2016

Email del 18 de mayo 2016

Hieronymus Bosch. The ship of fools (1500)

Hola:

Cuando presto atención a las reacciones de los que se creen únicos, pero que en realidad son unos auténticos imbéciles, advierto claramente que son unos auténticos imbéciles. Y después de concluir que son unos auténticos imbéciles, suelo quedarme pensativo y, a veces, me pregunto: "¿qué hago yo perdiendo el tiempo analizando a unos auténticos imbéciles? ¿Me habré convertido también en un auténtico imbécil? ¿Por qué no me dedico a intentar cambiar mi Aquí y Ahora? O por lo menos, ya que estoy convencido de que mi presente se agota, ¿por qué no preparo un buen final a toda esta farsa en que se ha convertido la existencia, rodeado de tantísimos auténticos imbéciles? Pero casi nunca me respondo. Es imposible encontrar una respuesta sin sentir que debes algo a nadie, o que nadie te debe nada, porque algo es demasiado poco. O que nadie es nada, y que yo soy una conjunción específica de varios, algunos, y suficientes. No quiero sentirme tan vacío, pero admito que jamás he necesitado sentirme colmado. He caminado por el lado equivocado sin saber que todos y cada uno de los lados son incorrectos, erróneos, inexactos. Por esa razón ya no me muevo. Simplemente permanezco sin saber si existe una determinada razón. Ni siquiera cierro los ojos. ¿Serviría para algo? ¿Transformaría mis circunstancias? Soñar despierto es una ocupación extenuante e inútil, pues ninguna de las representaciones alteradas que se forman en mi cerebro permanecen el tiempo suficiente como para que el experimento me sobrecoja.

Es demasiado tarde para fingir, para compartir. Demasiado tarde para moldear un rápido arrepentimiento o una súplica delatora. Demasiado tarde para aislar los murmullos permanentes. De cualquier manera, estoy demasiado asqueado como para pretender que ocurra algo. ¡No! No quiero pertenecer al club de los auténticos imbéciles. Prefiero formar mi propio club.

xxx

martes, 17 de mayo de 2016

Email del 17 de mayo 2016

Pietro Longhi. Fall of the giants (1734)

Amiga:


El fracaso es siempre el resultado de una o varias adversidades concretas. Por lo menos yo no conozco a nadie que haya fracasado abstractamente, aunque supongo que con la cantidad de cenutrios y tipos raros que pululan por el planeta, quizá no debería ser tan taxativo. Es cierto que cometemos multitud de errores cada día, pero también es evidente que nos negamos a aprender las enseñanzas que nos brinda cada fracaso, contentándonos con asumir el importe como "algo que tiene que suceder" o echándole la culpa a terceros. Tengo un amigo que lleva una cuenta exhaustiva de cada fracaso. La última vez que hablé con él me dijo que ya iba por los 23.298.339´5. Cuando le pregunté por ese "y medio" me respondió que una vez no pudo llegar a fracasar completamente porque le dio un infarto intestinal mesentérico y lo tuvieron que ingresar de urgencias. Cuando le dieron el alta, intentó terminar por completo con el fracaso pero le fue imposible proseguir desde el punto en que lo había dejado.

La felicidad no existe. La perfección es una quimera, tal vez un delirio. La paz sólo existe para el cenobita más obstinado y que, por supuesto, padezca de hipoacusia total. Convivir con humanos es una forma de perder el tiempo, la libertad individual y el respeto hacia uno mismo. Por esa razón yo comparto mi vida con tres caracoles. Anteriormente la compartí, durante bastantes años, con mis demonios interiores, pero éstos se largaron cuando vieron que yo era disfuncional para con sus anhelos y pretensiones. Los gasterópodos no hablan, no te llevan la contraria, no se ponen a llorar cuando te olvidas un día de decirles lo guapetones que están, no corren a comprar modelitos y se deprimen cuando llegan a casa y desempaquetan las compras. En resumidas cuentas: los caracoles son el futuro de la supervivencia del planeta Tierra. Encima comen de todo y se pasan la mayor parte del tiempo dentro de sus espirales pensando en sus cosas.

Fracasar implica tener que darse explicaciones a uno mismo. Puede que eso no sea demasiado duro para alguien que está acostumbrado a hablar con su reflejo, pero, ¿y para los individuos disfémicos? ¿O para los afásicos, disfónicos, disliálicos, glosolalíacos, ecoliálicos, disartríacos, aprosódicos, anartriacos o anomíacos? Incluso los vampiros, que no se reflejan en los espejos podrían tener serios problemas. Lo mejor que se puede hacer para no fracasar es no intentar. Si no se tiene un propósito, dificilmente se llega al despropósito. Otra manera de mitigar los fracasos, aunque mucho más salvaje, es estar muerto. Los muertos jamás fracasan, de ahí que haya tantos en los cementerios.

Ahora debo dejarte. Dentro de unos minutos va a llegar el forense y aún tengo que bajar a comprar unas pastitas. Supongo que volveré a ponerme en contacto contigo mañana. Narrarte mis penas cada día consigue que evacue mejor sin tener que acudir a laxantes.


Un beso

lunes, 16 de mayo de 2016

Email del 16 de mayo 2016

M.C. Escher. Dream (1935)

Esta noche he soñado que se me aparecía Yago, y mientras me despertaba con un movimiento brusco de sus manos, me declamaba la famosa contestación a Otelo de la primera escena del cuarto acto de la tragedia sobre el moro de Venecia: "¡Ten calma! O diré que eres en todo ira y en nada hombre". La verdad es que cuando intenté apartar sus manos de encima me desperté de repente y ya no pude volver a dormir en toda la noche. Supongo que debo considerar este sueño como bastante inofensivo, por lo menos si lo comparo con el de ayer, en el cual se presentaba Dios de improviso y me golpeaba repetidamente la cabeza con una piedra de grandes dimensiones. Al cuarto golpe, la piedra se fracturaba en varios pedazos y la omnipotencia celestial me exigía una compensación económica. Soñar es una experiencia horrible, sobre todo si uno no está en paz consigo mismo. Pero, ¿es realmente fácil estar en paz con uno mismo, mientras compruebas con desesperación como ha subido de precio la pechuga de pollo con corte fino? Hasta hace unos pocos años, el pollo era la comida de los pobres. Entonces yo era tan pobre como el Raskolnikow de Dostoyevsky y me zampaba varias pechugas y muslitos cada día. Actualmente sigo siendo pobre, quizá como un personaje sacado directamente de una de las novelas de Charles Dickens, y sólo puedo comer atún en aceite de girasol. Por esa razón me cimbreo cuando me da de lleno el sol.

Si soñar puede ser tormentoso, imagínate lo horrible que es a menudo la realidad. Estoy pensando seriamente en cometer un delito para que de esa forma me metan en la prisión. Allí dispondré de televisión de plasma y multitud de canales, tres comidas calientes, techo y calefacción gratis. Cuando quiera sexo -si no soy demasiado tikismikis- lo podré obtener allí mismo, aunque tendré derecho a cuatro vis a vis a la semana y mi familia y mis amigos podrán visitarme cuando les apetezca. Podré sentarme en el sillón del dentista sin pagar un puto duro y si se me estropea alguna parte del cuerpo me lo cambiarán en un periquete sin tener que abonar la operación. Ah, ademas no tendré que pagar impuestos. Y si tengo suerte, incluso me puedo hacer amigo de algún político para que me enseñe a ser un perfecto crápula.

En otra vida fui un durazno. Los niños se subían por mis ramas para coger la fruta, pero algunos se caían y, una vez, uno de ellos se fracturó el trocánter menor. Como era un árbol no pude reírme, pero lo primero que hice nada más trasmutarme en humano fue carcajearme de lo lindo. ¡Estuve dos semanas sin poder parar de reír! La comadrona que atendió a mi madre le dijo: "Este neonato se lo pasa tan bien que creo que cuando crezca será un completo imbécil, además de un infeliz. ¡Y posiblemente feo de cojones!" No se equivocó en absoluto.

domingo, 15 de mayo de 2016

Email del 15 de mayo 2016

Vasily Perov. Grandfather and grandson (1871)

Tengo un Philip Morris en la comisura de los labios. Y tengo una especie de picazón -algunos lo llamarían Pavloviano- recorriendo mi cuerpo. El cigarro está apagado porque mi mechero está vacío, mientras que el hormigueo se ha parapetado en alguna parte de mi cuerpo y no quiere escabullirse. ¿Debería levantarme y ponerme a buscar una caja de cerillas? Mi abuelo llamaba a las cerillas mixtos, pero mi abuela le decía que la forma más correcta de denominar a esos palillitos era fósforos. ¿Debería tumbarme en el suelo, sobre una alfombrilla, y ponerme a hacer un par de horas de meditación? Mi padre decía que la meditación era una huida, sin embargo, a mi madre le parecía que cualquier momento de introspección jamás debería considerarse como una fuga o desaparición. Recuerdo una vez que mis abuelos trataban de encender la chimenea. Como no tenían cerillas intentaron prender la madera con la fuerza de su mente. No lo consiguieron, pero por lo menos creyeron que era una posibilidad factible y que con el tiempo y la debida preparación mental llegarían a lograrlo. Desde ese momento jamás me he acercado a un fogón. Recuerdo cierto día en que mis padres se pusieron a cantar el Om. Como mi padre desafinaba en las notas bajas una cortina empezó a arder y el fuego se extendió por una parte de la casa destrozando algunos muebles valiosos. Desde entonces jamás he vuelto a entonar melodías, ni siquiera en la ducha. Cuando me baño lanzo conjuros y me seco con con el aire que corre libre. Mi abuela creía que el aire era demasiado fino, pero mi abuelo capturó una molécula de esa mezcla gaseosa y le demostró que la palabra fina se quedaba bastante corta. Mientras ambos la sostenían en las manos se acercaron mis padres y soplaron y soplaron, quizá más fuerte que el lobo de la fábula de Los tres cerditos y el aire se precipitó hacia la brisa, la brisa hacia el viento, y el viento hacia la atmósfera. A veces, cuando estoy deprimido miro hacia el cielo intentando vanamente encontrar ese pedacito de aire correteando entre las nubes, pero hasta este momento no he sido capaz de distinguirlo de otros pedacitos de aire. Sin embargo no me cuesta nada distinguir las perturbaciones del pasado, que con apariencia de ondas sonoras longitudinales se propagan con forma ondulatoria por mi memoria. Puedo diferenciarlas, definirlas y clasificarlas. Casi siempre acabo escondiéndolas entre los pliegues de mi indiferencia, pero algunas veces, las acaricio y me las acerco a las mejillas, intentando sentir el pulso de ese tiempo anterior al presente.

Acabo de encontrar un mechero. La boquilla de mi cigarrillo está apelmazada de tanto chupetón infructuoso. Creo que debería fumar puros, quizá me dieran una apariencia más seria. Mi abuelo fumaba caliqueños y mi abuela tosía mientras le gritaba que esas mierdas le llevarían a la tumba. Efectivamente, esas mierdas lo mataron. Hace tantos años que murió que ni siquiera recuerdo su cara. Debería agenciarme una foto suya y llevarla siempre conmigo, al lado de las tarjetas visa. Mi abuela también murió un par de décadas después. Hasta el final de sus días estuvo convencida de que la muerte era perfecta. Yo también empiezo a pensar lo mismo.

sábado, 14 de mayo de 2016

Email del 14 de mayo 2016

Utagawa Kuniyoshi. The actor 

Estoy cansado de dotar a mis proyectos de una estructura preestablecida para que puedan seguir siendo factibles. Una estructura estática, casi irreal, sin demasiados razonamientos. Una estructura que hasta ahora se ha sostenido gracias a un impulso. ¡El impulso de la irreflexión y el aturdimiento! Alguien dijo una vez que todas y cada una de las vidas de los seres que pueblan este planeta son una película. Si eso es cierto, entonces, la que corresponde a ese puñado de tiempo que podría ser definido como "los ocho o nueve últimos años" de mi vida debería pertenecer al cine experimental, pues el argumento y, sobre todo, el contenido narrativo, no propone continuidad existencial, emocional o moral, sino que dispone las secuencias de una forma aleatoria con el fin de demostrar o manifestar que todo lo que está esculpido en el celuloide pertenece al territorio inexplorado de la disparidad conceptual y la alucinación hipnopómpica.

En cualquier decisión unilateral, no existe tiempo para la constricción ni el abatimiento. Todo lo que no sea extender una ventana iluminada repleta de nuevos espacios reconstruidos para la ocasión es una pérdida total de energía. No quiero seguir representando un papel que no se ajusta a mis limitados registros. O a los restringidos registros de los actores ocasionales. Yo soy yo y todo lo que no está a mi lado es simplemente decorado y tramoya. He intentado dotar de sentimientos al personaje que me ha tocado interpretar y, francamente, creo que he bordado los numerosísimos soliloquios que los guionistas me han redactado. Quizá no he estado a la altura de las circunstancias en uno o dos diálogos, pero a veces se hace difícil interactuar con actores ciclotímicos que se creen superiores por el mero hecho de que han interpretado en demasiadas ocasiones el mismo rol.

Evidentemente, no trato de echar la culpa a nadie. En todo caso debería ser mía. En primer lugar por haber aceptado una propuesta inaudita e inviable. En segundo lugar, por haber improvisado de una forma histriónica en lugar de haber recurrido a la ruptura del contrato. Ahora, debo finalizar este texto. Alargarlo es inútil. Pero antes de finiquitarlo, me gustaría agradecer la ayuda que me han prestado en todo momento el humo del tabaco y, sobre todo, la bendita soledad forzosa.

martes, 10 de mayo de 2016

Email del 10 de mayo 2016

Edvard Munch. Desesperación (1893)


Amiga mía:

La clausura definitiva del órgano impulsor de mis pensamientos cierra una última etapa repleta de opacidad y ambigüedad a partes iguales. Todo mi pasado no ha sido más que una constante busqueda. La mayor parte de las veces, no sabía si existía lo que buscaba. Por esa razón tuve que desarrollar un código de supervivencia repleto de imágenes repetidas y opacidad concentrada. He tenido que actuar sin ser actor, pintar sin ser pintor, aconsejar sin tener suficientes motivos. He nadado sin mar, he volado sin cielo; pero ahora me encuentro en un borde peligroso y no sé hacia qué lado despeñarme.

Si mi vida ha sido una película, entonces, está claro que al director de la misma no le interesaba la concisión del personaje, sino las continuas recaídas de un intérprete anacrónico y vulgar. Si mi vida ha sido un cuadro, entonces,debe suponerse que al pintor que lo plasmó en un lienzo no le importaba en absoluto la composición ni el cromatismo, ni siquiera los trazos o las pinceladas. Si en demasiadas ocasiones de mi vida tuve que dar consejos, sabiendo que aconsejar es humillar, entonces creo que todo lo que me está sucediendo es algo que sigue un curso preconcebido que no es posible detener. He visto la olas en sueños y he tocado las nubes con las manos. Ahora miro hacía abajo y todo lo que puedo ver no existe.

Supongo que no entenderás nada de lo anteriormente expuesto, pero te daré una pista: la responsabilidad no es mía, sino de la supuesta, compleja y minuciosa neutralidad de los acontecimientos.

lunes, 9 de mayo de 2016

Email del 9 de mayo 2016

Eileen Agar. The autobiography of an embryo (1933)

Bartolo Martinez definía a grandes rasgos sus creaciones como "un montón de embustes manufacturados para gente obtusa y obsoleta". De manera más sarcástica, consideraba "la idea es escribir una serie de mierdas que puedan ser comprendidas por el 99% de la gente de la calle, esa que no es capaz de mantener una conversación sin bostezar o rascarse el trasero". Desde 1951, fecha de su fallecimiento, hasta el día de hoy, no ha habido un año en que no se haya celebrado una retrospectiva de su obra en cualquier capital importante del mundo, exceptuando los continentes europeo, americano, africano, asiático y oceánico. Incluso eminencias como Albert Einstein, Carl Gustav Jung, Max Born, André Gide y Cantinflas se refirieron a él como uno de los más grandes autores de la Historia.

Bartolo Martinez fue un hombre del renacimiento. Escritor, pintor, escultor, director de cine, matemático y fontanero. Sus padres, Vladímir Martinez y Mei Ling Shuang se refugiaron en la península ibérica nada más acabar la primera guerra mundial y alquilaron un kiosko en el barrio valenciano de Ruzafa. Como el negocio marchaba bastante mal y los únicos beneficios se los gastaba Vlad en prostitutas tísicas, Mei Ling decidió marcharse a vivir al barrio madrileño de Vallecas sin sospechar que estaba embarazada. El día 14 de enero de 1923 nace Bartolo en una churrería. Su madre pensó que tenía flatos e intento dejar escapar el aire, pero la ventosidad resultó ser un hijo.

Bartolo creció fuerte y sano gracias a los cuidados de su madre y cuando cumplió los 20 ya era un tipo fuerte y apolíneo. A partir de esta fecha no tenemos suficientes datos como para completar una semblanza, aunque sabemos que se casó a los 23, se divorció a los 24, volvió a casarse a los 25, se divorció nuevamente a los 26, le operaron de una hernia discal a los 27 y murió a los 28. Durante todos esos años escribió siete grandes obras que hoy son consideradas monumentos literarios y arregló catorce grifos y dos letrinas. Fereshteh Aghdashloo, su biógrafo oficial, mantiene que los personajes de cada uno de sus libros experimentan una metamorfosis en la página 367 de cada libro, lo que según él otorga esa "belleza intensa y frágil a cada sustantivo, verbo, preposición, pronombre, adjetivo, adverbio, conjunción e interjección, aunque abusa de las comas, no evita anacolutos, silepsis y solecismos y sus discordancias entre los sujetos y predicados a veces sumen al crítico feróz en un mar de nervios."

BIBLIOGRAFÍA.

Narrativa escrita en castellano:

Una pera en mi bolsillo (1943)
Una manzana en tu bolsillo (1943)
Una pera y una manzana en nuestros bolsillos (1946)
El agujero de mi bolsillo (1948)

Narrativa escrita en chino:

皮瓣的口袋里 (Bolsillo con solapa) (1944)
无瓣口袋 (Bolsillo sin solapa) (1945)

Narrativa escrita en ruso:

Карманы, трубопроводов и моя мать в середине (Bolsillos, tuberías y mi madre en medio) (1951)

domingo, 8 de mayo de 2016

Email del 8 de mayo 2016

George Grosz. Día gris (1923)

Hola:

Con tu permiso te pego un cuentecito dadaista que se titula "Número tres" y que he escrito para que las personas que me odian y creen que no tengo talento sigan pensando lo mismo. Yo soy así, ya me conoces...


NÚMERO TRES

Tres son las oraciones con las que las que Beatriz intentó ponerse en contacto con Dios. Ninguna surgió efecto. O bien la omnipotencia estaba demasiado ocupada o ella no era digna de ser escuchada. Con aspecto triste se dirigió hacia su habitación, extrajo de un cajón un cilicio de metal bastante viejo y oxidado y se lo enrolló en un muslo. Cada vez que lo apretaba la sangre se escapaba de su carne.
-Por ti, mi Señor, por tu Hijo y por el Espíritu Santo.
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó ritmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se desencajó mientras que con su mano derecha se persignaba.
-¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-No soy digna de que entres en mi casa, pero...
-¿Sabe por qué he venido?
-No, pero mi casa es tu casa...
-Muchas gracias. Su arrendador me ha dicho que su pila no traga. Quiero decir, ejem, creo que está embozada.
-¿Entonces no es usted Dios?
-Bueno, veo que hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señora.

Tres son las veces que Darío intentó hacerse un huevo frito. Desde que su mujer lo abandonara hacía tres semanas había estado alimentándose con latas de atún y comida prefabricada, de esa que venden en las grandes superficies. Hoy era el día en que por fin se atrevía a encender el fuego y nada salía como él pensaba.
-Mierda, esto es más difícil que levantar la ceja izquierda.
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó ritmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se iluminó mientras dibujaba una gran sonrisa.
-¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-No sé quien es usted, pero por favor, ayúdeme a prepararme un huevo frito.
-¿Sabe por qué estoy aquí?
-No, y si quiere que le sea sincero, no me importa en absoluto. Pase a la cocina y enséñeme a freír un huevo y le invito a una copita de Jerez.
-Su arrendador me ha dicho que su refrigerador está tibia. Quiero decir, ejem, que su nevera no enfría.
-¿Entonces no me va a ayudar?
Bueno, veo que hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señor.

Tres son las historias que Patricio contaba cada día a su nieta antes de que ésta se fuera a la cama. Aunque siempre se las inventaba, en ocasiones se confundía y las repetía hasta que ella le regañaba. Cuando eso sucedía tenía que inventar una excusa a toda prisa para poder sentirse bien. La edad le pasaba factura y su genio, que hasta entonces nunca había salido de su cabeza, luchaba por desplazarse al exterior.
-¡Maldita pequeñaja petulante y engreída!
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó ritmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, no se le ocurrió otra cosa que mandarlo a la mierda.
-Espere, no me cierre la puerta. ¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-Supongo que un maldito Testículo de Jeováh o un vendedor de aspiradores. ¿Me equivoco?
-Osea, que no sabe por qué estoy aquí.
-Maldita sea, si lo supiera no le habría abierto la puerta.
-Su arrendador me ha dicho que su nieta es una chulita, ejem, que arma mucho escándalo y algunos vecinos se quejan.
-Dígale a ese exprimidor fascista que me paso por los cojones lo que diga y las molestias de los vecinos. ¿Se ha enterado?
-Bueno, veo que hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós.

sábado, 7 de mayo de 2016

Email del 7 de mayo 2016

Pavel Filonov. Eleven heads (1935)

Querida:


No estoy seguro del todo, pero creo que si me suicido no evitaré sentirme mejor de ese vacío existencial que me domina. Ya he tenido antes varios vacíos parecidos a éste y he intentado quitarme la vida en 34 ocasiones, bueno, 33 si no contamos la última y 32 si exceptuamos las dos posteriores al intento fallido en que me tragué a propósito 98 bolas de naftalina. La verdad es que en el paquete venían 100 bolitas, pero como nunca he soportado los números de tres cifras y el 99 es una cifra maldita para la familia López, no tuve más remedio que conformarme con las 98 anteriormente citadas. Creo que me estoy distrayendo de la cuestión. Y una cuestión suele ser, en mi caso, un punto dudoso o discutible. Pero las dudas me producen taquicardia y las discusiones diarrea. Imagínate al tipo que escribe este email con una mano en el corazón y con otra en el papel higiénico a todas horas y te harás una idea de lo dura que es mi existencia.

Vivir implica tener que morir. Morir es una pérdida de tiempo. Si naciéramos muertos, no tendríamos que vivir, para después morir. Pero si naciéramos vivos y muertos al mismo tiempo seriamos unos zombis. Y podríamos intervenir en series de televisión sin tener que memorizar diálogos, pues los muertos vivientes sólo hacen uuuurgggg, urggggg, arghhhhhhh, okokok. La verdad es que nunca he visto a un zombi en persona, si exceptuamos a la madre del amigo del hermano de mi padre, que trabaja tragando penes. Como no le gusta tragar miembros, suele quedarse petrificada mientras éstos entran y salen de su orificio destinado, en principio, a tragar alimentos. Desde luego, un pene no es un alimento. Si lo fuera todo el mundo llevaría uno en la boca y, supongo que algunos, los más avariciosos, hasta dos o incluso tres al mismo tiempo. Claro que para llevar tres al mismo tiempo, éstos deberían ser de una talla S o vietnamitas, que según mi "Guía de tamaños de miembros viriles mundial (actualizada)" son los más pequeñajos del planeta.

Es increíble. He comenzado este texto divagando sobre el vacío y de momento, no hago más que hablar de bocas llenas y falos insignificantes. ¡El vacío nunca está lleno! Si no, no sería vacío. A veces filosofo en silencio, otras filosofo mirándome al espejo. La diferencia fundamental entre ambas maneras de filosofar estriba en que la primera no molesta a los vecinos. Si malgastamos un poco, o mucho tiempo, reflexionando y exponiendo ideas carentes de valor sobre temas que implican materias o conceptos trascendentales, corremos el riesgo de sufrir una o varias molestas epidermitis exudativas. Se les llama exudativas porque nadie se atrevió a denominarlas infrastruncionasinativas. Me imagino a un galeno dicíendole a su paciente favorito que padece una epidermitis infrastruncionasinativa y que la única cura que existe hasta el momento es un medicamento en forma de pomada llamado "Hakaaaaaaaaaastil 500".

Recuerdo cierta ocasión en que llamé a la puerta del cielo esperando encontrarme a Dios en persona. Lamentablemente me recibió su secretaria disártrica. Como no la escuchaba con claridad le supliqué que hablara mas fuerte. Supongo que eso no le gustó pues me dio cita para el día Nunca de agosto. Te cuento esto para que te hagas una idea de lo difícil que es ponerse en contacto con el Ser que nos ha creado a su imagen y semejanza. No puedo entender cómo un tipo como él no recibe las visitas personalmente. O por lo menos, no delega los trabajos ofimáticos en algunos de los santos apóstoles.

La vida, tal y como la conocemos, es de una mierdosidad apabullante. Incluso huele a desagüe. ¿Por qué crees que existen más de 439 empresas, sólo en España, dedicadas a fabricar sprays neutralizadores de olores y ambientadores? Creo que debería sentarme en una silla y esperar la muerte por inanición y aburrimiento. De esa manera te evitaría pasar por el trance de leer mis cartas. Pero no lo voy a hacer. Me gusta tocar las pelotas a la gente. Ya sabes, no es cuestión de lógica. ¡Es mi carácter!


Un beso

viernes, 6 de mayo de 2016

Email del 6 de mayo 2016

Max Ernst. Untitled (1922)

Amiga mía:

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. No, no hace falta que busques en el diccionario el verbo rantanear pues no existe. Inventar palabras hace que me concentre más en lo que pretendo trasmitir. Pero trataré de continuar, o mejor comenzaré de nuevo:

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. Nunca me ha gustado el pescado, aunque generalmente no le hago ascos al mero, pero el solomillo con patatas me hacía la boca agua. Como no llegaba a decidirme dastecí jugármelo a los chinos. Sí, lo has adivinado, otro jodido vocablo inventado. Y me imagino que seguirán muchos más, así que intenta mantenerte fuerte y no desesperes. Volveré al principio del texto. Al principio del principio, que no es más que el comienzo de algo que puede o no terminar, pero que sirve para que al menos todo pueda tener un desarrollo.

Me encontraba sentado y rantaniando cuál de los dos platos pediría. Nunca me ha gustado el pescado, aunque generalmente no le hago ascos al mero, pero el solomillo con patatas me hacía la boca agua. Como no llegaba a decidirme dastecí jugármelo a los chinos. Mi puño derecho contra el izquierdo y, dentro de cada uno, tres pedacitos de mondadientes. Como era de esperar triunfó el puño derecho y pedí el mero a las finas hierbas en su jugo de champiñones. Puedo asegurarte que me lo comí con sano deleite aunque si le hubieran puesto gengibre mis papilas gustativas habrian llegado a alcanzar el extasis. Mientras pedía un acafé vorrocé que había olvidado jonocer una llamada de teléfono. Y mi móvil se había quedado en el coche. Cuando le pregunté al camarero si sería tan mastable de traerme un teléfono a la mesa me contestó que no. Mientras me tiraba la cuenta sobre el plato me recomendó que me levantara y me dirigiera a una esquina de la barra, la que yo quisiera, pues en ambas habían sendos teléfonos. Una vez más tuve que decidirlo a los chinos. Esta vez ganó el puño izquierdo por lo que me fagerí a lado izquierdo del mostrador. Por supuesto, como era de esperar ese aparato no funcionaba y no tuve más remedio que intentarlo con el del lado arequestro. Intenté tres veces comunicarme con mi supuesto interlocutor y las tres veces comunicaba, por lo que decidí pagar la saculonta y largarme a descansar a mi mosaca.

Tengo uno de los fopas más cómodos que existen. Y el reposapies que sañerí en una subasta hacía que mis ripes descansaran en alto, calentitos y cómodos. De pronto rantanié que nada sale como uno tiene pensado. ¡Es todo tan trifaño! Poco importa con el nao con que me levante cada día, pues cada día es un día rofoso y esterlocacio. Por esa razón, decidí tomarme un buen tusaño de plasocarinas y fajerarme a la famaka. Puse el restirmador a las siete y me lancé a un coseño.

Y el coseño fue delirante y sorboso. Coseñé que una gran mano sujerta de piel sojosa intentaba grulacerme. Cuando me ristrejé tenía la masca repleta de rosor y el pulso me latía genirifome. Me nasjalé y me fageré con cuidado a la gerciaha. La abrí y futi lo de siempre: gente sin gumpo, completamente refifada y helisuda, corriendo de un fojo a otro sin saber el dirjuto. Por un nesante tuve hasas de lonjonarme al vacío, pero en el gosoto rotante me rajé y volví a la famaka. Desde sují te tisloco. Robca puedo sular. Robca puedo sonkar. Nañasti implica nañasti. Robca idro jobar. Sufanojosa suridei.

Greg

jueves, 5 de mayo de 2016

Email del 5 de mayo 2016

George Stefanescu. Harlequin’s sadness (1978)

Cierto día, un cuervo se posó sobre el hombro de un campesino antepasado mío. Era el mensaje que esperaba. Lo que sucedió a partir de ese momento lo convirtió en alguien distinto. Se proclamó rey de todos los campos que le pertenecían y rehusó seguir viviendo con el resto de su familia. Rodeó sus posesiones con cuerdas hechas con crin de yegua y bautizó a cada uno de sus súbditos, que no eran más que serpientes, lagartos e insectos, con nombres rimbombantes. Talló sobre un tocón podrido que yacía en el suelo un aviso que serviría, según él, para ahuyentar a cualquier ser bípedo que osará acercarse a sus dominios. Pero para que esa especie de broquel sirviera para algo, debería traspasar sus límites y depositarlo a unos cuantos cientos de metros más allá de su cercado. Eso le asustó. Primero, no tenía la fuerza suficiente como para arrastrar el tronco y trasladarlo. Segundo, le aterraba la idea de salir de su extraño paraíso. Así que no tuvo otro remedio que reducir sus propiedades para que la advertencia pudiera ser interpretada debidamente. En unas cuantas horas su universo exclusivo mermó en la mitad aproximadamente, lo que no impidió que siguiera sintiéndose dichoso. Pasaron varios años. Las lluvias, el sol y los vientos del norte tejieron en su piel un indicio de lo que significa la edad. Una tarde de agosto murió mientras contaba piedrecillas en el lado sur. Ninguna de sus serpientes, lagartos o insectos derramaron una sóla lágrima. Su cuerpo se pudrió en siete días y los despojos resultantes fueron absorbidos por la tierra.

Cada día que pasa, siento que mi mundo se hace más y más pequeño. Si esta sensación sigue su curso natural, acabaré viviendo en el borde de un precipicio ficticio. No existen las caídas imaginarias, por lo que todavía me siento algo seguro, pero ¿y sí ese margen irreal sólo es un indicio? A menudo me siento a contemplar los Selenicereus. Me encantan sus tallos abatidos y las flores que desafiando las leyes universales se exponen cuando el sol se ha ocultado. ¿Por qué no puedo ser uno de ellos? Yo también me opongo a los principios de la Creación. Siento el dedo de Júpiter indicando una única salida. Pero, ¿es esa desembocadura la que en última instancia va a concederme unos cuantos gramos de libertad? ¡Me gustaría tanto poseer el arca de Gwydion! El tiempo carece de valor intrínseco. Confirman mis sospechas un montón de hechos, acciones, incidentes. No me atrevo a proclamar los vituperios que se ocultan en mi interior, por temor a que el resto de humanos reprobantes se ofenda ante la permisiva gravedad que los envuelve. Debería comerme las palabras. Debería cercenar cada uno de los acontecimientos. Quizá sería útil que en lugar de dibujar trazados difusos me decantara por agujerear cada una de las notas, blancas y negras, que me transforman en un imbécil idealista. Creo que me estoy convirtiendo en un bufón.

Donde yo vivo suceden hechos extraños. Pero yo vivo en mi cabeza, por lo tanto, mi órgano pensador, escrutinizador y deliberante, es un torbellino formado por casualidades, miedos inconscientes y tiempo. ¡Tiempo desperdiciado! Reunido y alterado. Masacrado, liquidado, y en numerosas ocasiones, entregado, devuelto y archivado. ¡Las columnas de fuego que me cierran el paso me recuerdan que las visiones no se acabaron con la muerte de Enoch!

miércoles, 4 de mayo de 2016

Email del 4 de mayo 2016

Koloman Moser. Loneliness (1902)
Amiga:


Podemos decir que un solitario, tal y como se entiende actualmente ese arquetipo, está totalmente privado de confianza en sí mismo. Pero también es cierto que, según los parámetros con que esta sociedad crea a sus enfermos mentales, la confianza en uno mismo no depende de un conjunto de circunstancias más o menos complejas, sino de la capacidad para asumir esa retahila de conductas contrapuestas con que se trata de "naturalizar", es decir, "integrar", a cualquier sujeto que no reúna las características exigidas. Ahora bien, si seguimos negándonos a diferenciar entre un individuo neurótico y un solitario, corremos el peligro de entrar a formar parte de ese extraño grupo que se siente superior cuando califica y que está absolutamente convencido de los peligros que implica la recapacitación. Un neurótico no es más que un egótico disfrazado. Alguien que alejado por completo de la sociedad que lo prostituye ha decidido compartir el resto de su vida con su Yo particular. Y es justamente ese Yo exclusivo el que le insufla la totalidad de las respuestas sin hacer demasiadas preguntas.

Soy consciente de que el anterior párrafo te va a llevar a responderme con una severa crítica, constructiva, por supuesto, pero no me importa demasiado. Necesitaba quitarme el sambenito de que soy un neurótico por ser un solitario. O al revés: también se me acusa de ser un solitario para enriquecer la leyenda de que soy un neurótico. No pertenezco al universo de ninguno de los dos grupos. Puedo ser neurótico, a veces, pero no más que el resto de humanos que intenta sobrevivir de una manera justa, es decir, sin interferir en la vida del resto de congéneres. También se me podría definir como un solitario, pero, francamente, ¿conoces a muchos "retirados" que rindan tanto culto a sí mismos o a su bienaventurado y exquisito alejamiento?

Alejarse de todo lo que implique desasosiego es un ejercicio de sensibilidad, no de egoísmo. Ningún neurótico podría llegar a percibir las sensaciones de esa manera. Por lo tanto, es un error tildar de neurasténico a un aprendiz de anacoreta. Siguiendo ese razonamiento me encuentro en condiciones de afirmar que cada uno de los que alguna vez me tacharon de ambas cosas, no eran más que un poco de todo, un mezcladillo deslavazado de cualidades y miserias, en resumidas cuentas: ganado.


Dadá Greg