lunes, 28 de marzo de 2016

Email del 28 de marzo 2016

Oyvind Fahlstrom. List of memory (1964)

Siempre me ha gustado puntuar. He puntuado filmes, libros, cuadros, chistes, curvas (de mujeres), forma de ser de los conocidos, forma de no ser de los desconocidos, etc. Mis puntuaciones siempre han seguido las normas de los críticos franceses de Cahiers du Cinéma, es decir, del cero al cinco, siendo el signo numérico de valor nulo la nota más baja (obviamente) y el número natural que sigue al cuatro y precede al seis la más alta, destinada sobre todo a lo que denomino "signos o vestigios extraterrestres". Además de puntuar a diestro y siniestro soy conocido por ser un forofo de los listados. Me encanta escribir listas. Listas de compra, de las cosas que me gustan, de las que me disgustan o de las que no puedo soportar. Listas que cambian, permutan, se acoplan y marchitan. Listas que no valen nada, ni siquiera el tiempo que he perdido en diseñarlas. Pero no puedo dejar de hacerlas. Lo he intentado todo. He ido a un montón de psicólogos y todos han estado de acuerdo en que mi caso es más extremo que el de cualquier otro paciente que hayan podido analizar. He acudido a Lourdes y estado a punto de fracturarme una pierna bajando a la Gruta de las apariciones. He encendido un millar de velas votivas y se las he ofrecido a San Francisco de Asís, a San Jorge (y al dragón), a San Vladimir de Kiev, a Santa Quiteria e incluso a Simón el Estilita, pero nunca me han hecho el menor caso, seguramente porque soy ateo, feo y calvo.

Odio escribir. Si lo hago es porque soy un MMA (Maldito Masoquista Anosognósico). Odio las berenjenas, el caviar y a la gente que se hurga las narices. ¿Qué coño buscarán ahí dentro? ¿Algo que no existe aquí afuera? Odio hasta ponerme enfermo a los médicos, abogados, sacerdotes, políticos y militares. Odio el frío y el calor extremo. Odio las actualizaciones de Windows, el whatsapp y al hijo de la madre de Mark Zuckerberg. Odio que me recuerden lo que soy, o lo que no soy y pude haber llegado a ser. Odio tener que odiar tantas cosas y a tanta gente. Odio a mi padre, y a veces, al padre de mi padre por haber engendrado al semidiós Gregorio I, inventor de la negatividad solidificada y fanático del "I'm the greatest". Odio las túnicas romanas, la ginebra barata y la voz de Richard Cocciante. Me sacan de quicio las conversacione estériles, esas que tratan sobre uno mismo, sobre recetas de cocina o sobre las vacaciones en Florida. Odio a esa oveja descerebrada llamada Enrique Bunbury. Pero también odio a Karlos Arguiñano, Ignatius Farray, Cayo Julio César Augusto Germánico y a "Facundito", el perro del vecino.

Me encanta que la gente me tome por idiota o por loco. Seguramente soy ambas cosas. Me gusta ponerme pelucas exageradas y hacerme fotos con ellas. Me fascina reirme de mí mismo, pero también de los demás. Adoro la música, sobre todo la que contenga numerosos cambios de ritmo y no se ciña al puto verso, estribillo, verso, estribillo, puente, verso, estribillo. Tengo momento de máxima excitación de mis órganos sexuales cada vez que escucho a Peter hammill, Frank Zappa, Moondog, Sun Ra o Arvo Part. Adoro a Krzysztof Kieslowski, Béla Tarr y a los yogures griegos de stracciatella. Me encanta tocar la guitarra. Supongo que me sentiría más realizado tocando el bikelophone, pero carezco de bikelophone. Ojalá tuviera un Bikelophone. De momento sólo tengo guitarras y birimbaos. Un birimbao (y menos una guitarra) no es un bikelophone. Y no se parecen en lo más mínimo. Me gusta llevar la contraria y oponerme a todo. A veces incluso me opngo a mí mismo. Amo a las plantas. Me acostaría con ellas si tuviesen una especie de oquedad donde pudiera meter lo que se mete cuando se ama. Y cuando no se ama. O cuando se ama de mentiras o se ama para meter y dejar de amar. Me acostaría con petunias, kalanchoes, tradescantias y passifloras, pero jamas restregaría mi órgano copulativo sobre una opuntia. Me encanta dormir poco, el lubricante urológico Organon y las semillas de calabaza.

Creo que seguiré puntuando. La nota de este texto no puede superar el uno. No veo razón para dejar de garabatear listas. Puedo permitirme pagar la conexión a internet, y me gusta escribirlas en un procesador de textos como el Word, aunque en determinadas ocasiones soy capaz de redactarlas en servilletas de papel, esquinas de gayumbos de color blanco o incluso en en papel higiénico de doble capa o interplegado.

lunes, 21 de marzo de 2016

Email del 21 de marzo 2016

Vincent van Gogh. Still life. French Novels (1888)

A menudo los días son dolorosos. Con demasiada frecuencia las noches se me hacen eternas. A veces, cuando no puedo escapar del aburrimiento interminable rehago el pasado o trato de imaginar el futuro. El presente se me antoja extraño, por esa razón, la mayor parte de las veces no me atrevo ni siquiera a tocarlo. Esta noche ha sido larga y lastimosa, por lo tanto, podría afirmar sin temor a equivocarme o parecer idiota que esta noche ha sido lamentable. Como a las tres de la madrugada ya no me quedaban ovejas que contar, decidí levantarme y me senté a escribir un cuentecito. Al final lo que ha salido de mi mente orinienta y enferma no ha sido demasiado malo, me parece, siempre y cuando evito pensar que he plagiado Jaws (Tiburón) de Peter Benchley. Te contaré de qué trata el argumento: una sardina enloquecida y asesina siembra el pánico en el puerto de un pueblucho valenciano. Para tratar de poner fin a esa pesadilla, la alcaldesa bollera del municipio contrata a un taxidermista con incompetencia glótica cuya probidad deja mucho que desear y entre ambos intentan poner fin a la vorágine homicida del pez clupeiforme. Cuando están a punto de darle caza a diez millas marinas de la población, tienen que regresar al puerto ya que un juez ha cometido un error sintáctico y la orden de búsqueda no tiene validez. Al parecer, dicho magistrado ha confundido a las anchoa con las truchas, de la misma manera que su prima Rafaela suele confundir los términos "Derrelicto" y "Masturbación" y su perro Ataulfo confunde los astrágalos con piedrecillas de río. No voy a contarte el desenlace porque me da cierta vergüenza, sobre todo haber utilizado el vocablo "Fin" para expresar que el relato ha terminado.

Ahora debo dejarte pues me siento completamente depresivo. Y recapacitar sobre ciertas mierdecillas con las que nos obsequia cada día la vida no va a ponerme de mejor humor. Por cierto, ¿sabías que las babosas tienen cuatro narices?

miércoles, 9 de marzo de 2016

Email del 9 de marzo 2016

Giovanni Battista Piranesi. Kitchen utensils 

Tengo un estropajo nuevo. Puedo mojarlo, arrugarlo, arrojarlo lejos para que mi perro me lo traiga. Puedo lavar los platos sin destrozarme demasiado las manos, pues es un salvauñas. No es de Vileda, sino de una marca blanca. Su esponja es de color amarillo y la parte fibrosa, la que rasca, de una tonalidad entre verdosa y marrón sucia. Posee unas hendiduras a cada lado que hace que pueda agarrarlo con mucha facilidad. Antes tenía un estropajo verde, de los de toda la vida, pero lo tiré a la basura porque rayaba los vasos y las tazas de cristal. Es increíble lo bonito que es. Cuando lo miro al trasluz no veo nada. Cuando lo froto sobre mi rostro me produce una serie de sensaciones difíciles de describir. Una vez llegué al orgasmo acariciándolo, pero eso nunca se lo he dicho a nadie. No podrían entenderlo. Sus mentes son demasiado pequeñas, cerradas, rancias y añosas.

Mi vecino tiene un estropajo plateado. Lo he visto a través de la ventana. Un día se hizo sangre con él, lo tiró al suelo y lo pateó durante media hora. Cuando le recriminé la acción me dijo que ese tipo de estropajo tiene las fibras de aluminio, pues están diseñados para limpiar utensilios metálicos como las rejillas de los hornos y los culos de las ollas o sartenes. Como vio mi cara repleta de incredulidad se ofreció a prestármelo, pero le respondí con una evasiva. No podría soportar engañar a "Bernardo" que es como he bautizado a mi debilidad, a mi pasión de doble cara.

A veces pienso que llegará un día en que tendré que sustituirlo. Al no limpiarlo con el lavavajillas su vida útil se está reduciendo drásticamente. Pero es que no tengo lavavajillas. A decir verdad no tengo ni siquiera cocina. Ni casa. Vivo junto a mi perro en un solar lleno de escombros y basura, al lado de un colegio del Opus. Mi vecino es un pirado que vive a quince metros de mí, resguardado por unas ventanas rotas de aluminio que alguna vez representaron el papel para el cual fueron diseñadas. Tanto mi estropajo como el suyo duermen en dos cubos de plástico. Mi cubo es de tamaño mediano y está tan ajado que ya no se puede decir que sea de un color determinado. El suyo es de tamaño regular, de los que se usan junto a los mochos para fregar el suelo. Sólo que él no tiene mocho, ya que sus pies no descansan sobre el suelo. No descansan porque no existe. Me lo he inventado. No soy un mentiroso, pero me encuentro tan sólo que he de imaginar para sobrevivir. Lo siento mucho. No vivo en un descampado. No tengo perro. Ni siquiera estropajo. Jamás he fregado un puto plato, de eso se encarga mi mujer y cuando ésta se enfada y me echa de casa, mi madre.

Tengo algo dentro de la cabeza. A veces me hace daño y la única forma de poder soportar tanta mierda es encerrarme en el lavabo y ponerme a imaginar otras mierdas. Es lo que he hecho hace un rato. Pido perdón a todo el mundo, sobre todo por haber nacido. Tengo tantas cosas buenas para ofrecer...

lunes, 7 de marzo de 2016

Email del 7 de marzo 2016

Gustave Caillebotte. Portrait of a man writing in his study (1885)

Amiga mía:


Acabo de arrojar a la papelera de reciclaje un texto que escribí hace aproximadamente una semana. Al releerlo un par de veces me ha parecido digno de cualquier adicto a las pasas sultanas. Te copiaré el primer párrafo para que te hagas una idea:

"Todo empezó una noche de enero de 1962, cuando un abuhado e inmarcesible imbécil asomó su cabeza a través de la vagina de su madre. Había pasado los anteriores nueve meses creciendo desde algo parecido a la nada hasta llegar al estado en el que ahora se encontraba. Su aspecto había cambiado todavía más en las últimas semanas: un gran músculo hueco impulsaba su sangre y un complejo órgano compuesto de tejido nervioso controlaba cada una de sus actividades vitales."

Si este revoltijo de vocablos hubiera estado redactado por tu mortinato sobrino Braulio o incluso por mi perro Mac, hubiera dado saltos de alegría, pero, lamentablemente, ha sido escrito por la misma persona que se hizo famosa (y mítica) gracias a una recopilación de cuentos cortos titulada He pisado una mierda, es decir, yo. Llegados a este punto, ¿qué es lo que debería hacer? ¿Quizá garabatear a toda prisa un He pisado una mierda II o He pisado dos mierdas? La verdad es que nunca me ha gustado repetirme, aunque lo hago a menudo, sobre todo para tranquilizar a la bestia salvaje e irracional que se esconde dentro de mí. Ese engendro extremófilo que persigue la adulación y el piropo como única forma de supervivencia tolerable.

Supongo que te cuento todo esto porque eres la única persona en el mundo a quien se lo puedo expresar sin que se carcajee. Más que nada porque no existes. Yo te inventé. Y lo hice para que sufrieras mis delirios, mis despropósitos, mis dislates. Y si te di la vida, puedo reclamártela cuando se me antoje. Porque eres mi escupidera, mi cubo para los vómitos y mi orinal. Nada de lo que te rodea te pertenece, ni siquiera tu nombre o esa falsa sonrisa. Te ejecutaré cuando crea que no eres útil o simplemente cuando piense que ha llegado el momento. Así que no te queda otra alternativa: ríe mis idioteces, aplaude mis disparates, alaba mi ignorancia.

Comenzaré de nuevo:

Acabo de arrojar a la papelera de reciclaje un texto que he escrito no hace ni siquiera cinco minutos. Al releerlo un par de veces me ha parecido predecible y realmente horroroso. Te copiaré el último párrafo para que te hagas una idea:

"Supongo que te cuento todo esto porque eres la única persona en el mundo a quien se lo puedo expresar sin que se carcajee. Más que nada porque no existes. Yo te inventé. Y lo hice para que sufrieras mis delirios, mis despropósitos, mis dislates. Y si te di la vida, puedo reclamártela cuando se me antoje. Porque eres mi escupidera, mi cubo para los vómitos y mi orinal. Nada de lo que te rodea te pertenece, ni siquiera tu nombre o esa falsa sonrisa. Te ejecutaré cuando crea que no eres útil o simplemente cuando piense que ha llegado el momento. Así que no te queda otra alternativa: ríe mis idioteces, aplaude mis disparates, alaba mi ignorancia."

sábado, 5 de marzo de 2016

Email del 5 de marzo 2016

Pyotr Konchalovsky. Spanish woman (1910)

Hola:


Por favor, mira la foto adjunta. La de la izquierda es Rita B, cuando era menos enorme-deforme que ahora. El del centro soy yo, cuando todavía era guapo. Desconozco quién es el tipo con aspecto de florero de la derecha, pero por su cara supongo que estará relacionado con ésta (la derecha, aunque también con Rita B). La imagen fue tomada por un amigo que se escondió tras un bargueño destartalado para inmortalizar lo que él creyó que era un milagro, es decir, yo, cuando todavía era guapo, charlando amigablemente con Rita B, cuando era menos enorme-deforme, y con un tipo con aspecto de florero. Ignoro cuál es la razón que me impulsa a enviarte una imagen repleta de pasado, de enormidad y deformidad, de guapura concluida, de búcaros, jarrones o floreros, de derechas intransigentes y amigos escondidos, parapetados, esperando el instante preciso para poder herir la altivez de Rita B-cuando era menos enorme-deforme-, el embelesamiento oneroso de mi Yo, cuando todavía era guapo, y la indiferencia hiperrefléxica del tipo con aspecto de florero.

Los que me conocen, o por lo menos están convencidos de que me conocen, saben que al fin y al cabo sólo soy un mísero jiujitsuista emocional al que no hay que llevarle nunca la contraria. Por lo tanto estoy en condiciones de asegurar que la imagen es real, tan real como sus protagonistas. Tan real como los sueños repulsivos que tenéis cada uno de vosotros y que os impiden alcanzar el Satori; pero eso, eso es otra historia.