domingo, 7 de febrero de 2016

Email del 7 de febrero 2016

Camille Pissarro. In the hospital 

LA HABITACIÓN

La aparente periodicidad de las visiones inquietaba a los científicos, que no podían concebir que algo tan sobrenatural y fantástico pudiera estar sucediendo. Pero era real y aparentemente sólo era el principio. L descansaba sobre la cama. Los doctores J y A le miraban fijamente. S anotaba todo lo que sucedía. Eran cerca de las ocho de la tarde y N sintió que quizá todo era un sueño, por eso carraspeo suavemente, pero D le increpó y le ordenó que no hiciera el menor ruido. No había pasado ni siquiera un minuto cuando L volvió a gritar como poseido por un millón de demonios. C apagó la luz de un manotazo y G se dispuso a grabar lo que sucediera. Pero no sucedió nada. L volvió a la normalidad tan rápidamente como había sucumbido a sus diablos. C encendió la luz con otro manotazo y G detuvo la grabadora. Todos menos S que se quedo reconfortando a L salieron de la habitación y se dirigieron a la cantina. Una vez allí se sentaron en dos mesas juntas y deliberaron. Mientras discutían acaloradamente, C pidió unos boquerones, dos platitos con cacahuetes y una botella de tinto y dieron cuenta de todo en un tiempo record. De repente D preguntó al resto qué hacían allí, pues no le parecía nada serio. S asintió y como movidos por una orden primigenia se levantaron y volvieron a dirigirse a la habitación.

Cuando llegaron vieron a S leyendo una revista y a L completamente dormido. G alzó los brazos y gritó unas palabras en su idioma original que nadie entendió. Cuando se sentó dirigió su mirada hacia C y le espetó que era una perdida de tiempo permanecer esperando algo que quizá ya no volvería a suceder. S y N le dieron la razón y propusieron regresar a la cantina y dejar a L dormir tranquilo. Todos estuvieron de acuerdo y no tardaron demasiado en volver a estar sentados en las mismas mesas. Esta vez C pidió media tortilla de patata, ensaladilla rusa y dos botellas de cerveza de un litro que hicieron desaparecer con satisfacción. Mientras N se secaba la boca con la servilleta D se llevó la mano a la cabeza y gritó que el deber de cada uno de los que se encontraban allí en ese instante era estar al lado de su paciente. Se levantaron como impulsados por un muelle invisible y en menos de dos minutos se encontraban de vuelta en la habitación.

L seguía durmiendo apaciblemente y roncaba como si fuera un lechón. Antes de que ninguno pudiera sentarse, G dijo que estaba de acuerdo en que el deber de un médico es permanecer al lado de su paciente, pero que seguir encerrados esperando a que el paciente se despertara era simplemente un acto inútil y demencial. Propuso volver a la cantina y cenar como Dios manda. S le interrumpió diciendo que por su parte había comido suficiente y que lo que más le gustaría en ese momento es acercarse al club de fulanas que había dos manzanas más abajo y comer otra clase de alimentos. C sonrió dando su beneplácito y al resto les cambió la cara.
El club se sumía en la oscuridad, sólo un par de lamparitas arrojaban algo de luz en un par de esquinas. N y C eligieron señoritas para todos y en un instante empezó la juerga. Mientras S bajaba las bragas a una morena que tenía un aspecto ciertamente varonil se escuchó un gemido. Era D que, casi apunto de llorar, recordó que debían comportarse como lo que eran y no como una banda de salidos inútiles. Al escuchar esas palabras todos soltaron las prendas íntimas que llevaban en las manos, en las cabezas y, alguno, en otro sitio y salieron corriendo con destino a la habitación.

Todo continuaba tal y como lo dejaron antes de la última estampida. Excepto L. ¿Dónde se había metido L? Buscaron en el lavabo, debajo de la cama y hasta en el armario. De pronto S insinuó que quizá L nunca había existido y que todo era una alucinación producto del estado de ebriedad en el que se encontraban; pero D estaba seguro de que había existido un paciente, aunque no recordaba su cara y que, según su ficha médica, se llamaba L o LL. N respondió a D con un resoplido burlón y se tumbó en la cama. De repente, y como si nada tuviera sentido, C se sentó en el suelo, sacó de su bolsillo una baraja y se puso a hacer un solitario. El resto del grupo incluido D, se unieron a C y el solitario pronto se transformó en una partida de póquer. La mano era tan arriesgada que nadie se dio cuenta del regreso de L ni de cómo se metía en el catre y se tapaba hasta los hombros. Tuvo que toser cuatro veces para que D advirtiera del regreso del hijo pródigo. Cuando S le preguntó dónde demonios se había metido, L respondió que había salido a buscarles a la casa de citas, pero que cuando llegó ya se habían largado todos, por lo que pensó que echar una canita al aire no dañaría su psique más de lo que estaba. A miró a N. N miró a S. S miró a C. C miró a S a J y a N, que a su vez miraron a G y a D. D miró a L. L miraba al techo. El techo no miraba a nadie y al mismo tiempo miraba a todos. La habitación sacaba lo peor, lo más oculto de cada uno. Cuando advirtieron que todo era como una broma del destino, ya era demasiado tarde. L se incorporó y les invitó a desplazarse al zoo. Quería ver la jirafita que había nacido hacía dos semanas. Antes de que les diera tiempo a responder ya se encontraban caminando entre barrotes y pezuñas. La habitación seguía donde siempre había estado. Y permanecería expectante hasta que el ciclo comenzara de nuevo.