sábado, 6 de febrero de 2016

Email del 6 de febrero 2016

Mel Bochner. Crazy (2012)

Mi primer y único contacto con Alfredo tuvo lugar en un parque publico. Nos habíamos conocido por medio de un amigo común y decidimos que un jardín sería un lugar maravilloso para estrecharnos las manos, pero cuando llegó el momento rehusó el clásico saludo y me convenció para que estrecháramos nuestra amistad con un apretujón de pies. Fue entonces cuando comprobé que las habladurías sobre que en lugar de usar calcetines cubría sus pies con manoplas de cocina eran ciertas. Después de pasear durante un buen rato se sentó, me invitó a que hiciera lo mismo y me contó sobre qué trataría su último libro.
-Se titulará Criptomnesia en la disyuntiva -dijo- y versará sobre los recuerdos imposibles de recordar. Ya he escrito 699 páginas y creo que, con el material del que dispongo, podré llegar fácilmente a las 700 páginas.
Alfredo era un sujeto excéntrico, pero bonachón y sincero. Su "Tratado para domesticar habichuelas" había sido un rotundo fracaso y desde que lo publicó sus rarezas se habían multiplicado. El hecho de que sólo vendiera cuatro ejemplares lo sumía en depresiones brutales que sólo desaparecían cuando alguien lo invitaba a un helado. Mientras nos dirigíamos al estanque me soló un discurso que todavía recuerdo.
- La gente es idiota. Básicamente estúpida, excepto Florentina y yo, y posiblemente tú, aunque para estar seguro todavía he de conocerte mejor. Por otra parte, si la mayor parte de mortales no fueran idiotas, la vida, tal como la conocemos no podría seguir hacia adelante. La imbecilidad es el factor dominante sobre el que gira la evolución. Aunque si quieres que te sea sincero, me daría exactamente lo mismo que todo explotara. Tengo a Florentina a mi lado y el resto carece de importancia. Con ella me siento importante.
Cuando le pregunté quién era Florentina me contestó con un guiño de ojo mientras acariciaba una de las solapas de su gabardina.
-Esta es Florentina. Mi reborde preferido. Adoro los dobleces. Los amo. ¿Tú no? -me contestó- Mira, nunca confíes en una recta, ni siquiera en un triángulo, excepto si es isósceles.
Acabamos el encuentro tirando migas de pan a los patos y los cisnes. Mientras rebuscaba en sus bolsillos me invitó a su casa. Llegamos media hora más tarde y me hizo sentar sobre el suelo. Él se sentó a mi lado, se llevó dos dedos de la mano derecha a la boca y silbó. Al momento llegó un perro de aspecto lustroso y nos sirvió dos copas de coñac.
-Me costó casi dos años enseñarle a Druso cómo abrir una botella con la trufa y pasaron tres por lo menos hasta que conseguí que pudiera hacer de camarero. Ahora es capaz de servir bebida, de limpiar el polvo de los muebles y de planchar la ropa. Si no se muere, pues ya tiene 14 años, espero hacer de él un mayordomo perfecto.
Cuando terminamos de saborear el Soberano, puso su mano sobre mi cabeza y empezó a cantar en un idioma extraño. Cuando finalizó su actuación se aplaudió a sí mismo y se pidió un bis. Como no quería desagradar a su público, en este caso él, Druso y yo, procedió a berrear de una forma enloquecida mientras ensayaba una especie de baile que no podría ser definido más que como demencial o lunático. La danza duró cuatro horas. Para entonces ya no quedaba ningún mueble en su sitio, pues con los pies, las manos y, a veces, con la cabeza, empujaba todo lo que había a su alrededor. Cuando al fin acabó me pidió que le pagara.
-No pongas esa cara, chico. Creo que el arte debe ser recompensado. Me debes 500 euros. Si me das 600 te dejo que te acuestes con Florentina. ¡Ah! vosotros los pedantes no comprendéis que todo tiene un precio. No te he cobrado por alegrar tu vida con mi presencia. Te he invitado a un brandy de Jerez y he actuado sólo para ti. ¡Es justo! Puedo aceptar un cheque o un pagaré firmado. Busca en tus bolsillos, chico.
En ese instante empezó a ponerse agresivo y yo tuve que salir corriendo. Dos semanas más tarde me denunció por impago e insinuaciones libidinosas y tuve que ir a juicio. Al final lo encerraron en un frenopático y yo me quedé con Druso. Por lo menos ahora tengo un camarero al que no he de pagar y una desagradable historia que contar a mis nietos.