domingo, 21 de febrero de 2016

Email del 21 de febrero 2016

Fernand Leger. The two faces (1951)

A menudo discuto con mi otro Yo. Él piensa que soy un didelfo hidrópico por el mero hecho de que me suelo oponer a cada una de sus rabietas. Cuando se comporta como una niñita oligofrénica me exaspera. Y siempre termino gritándole que es un marica extremófilo, un gilipollas tan maniático como un gato capado, o que su parálisis psíquica de origen claramente demoníaco va a acabar por volverme loco. Pero él siempre encuentra excusas, y cuando no las encuentra las inventa, las roba, las modifica o las prostituye.

YO: Hoy no tengo un buen día, sería mejor para ambos que no te dejaras ver demasiado.
ÉL: ¡Son las cuatro! ¡Ni siquiera me has dejado comer contigo! Te empiezas a parecer a algo en lugar de a alguien. Me incriminas cuando intento ayudarte, pero a veces me necesitas, y eso te corroe.
YO: Sólo te necesito cuando quiero estar verdaderamente jodido. Tú me recuerdas que dentro de mi cabeza algo no funciona...
ÉL: No sólo dentro de tu cabecita. ¿Te has parado a pensar alguna vez en que quizá lo que es bueno para ti puede llegar a resultar molesto o insufrible para el resto?
YO: Tú no perteneces al resto. No existes. Eres una enfermedad que me aprisiona; una indisposición, un padecimiento heredado...
ÉL: ¡Oh! Si sigues así acabarás por hacerme enfermar a mí. ¿Sabes? Ser un invento psíquico tuyo me está empezando a pasar factura. Necesito el divorcio. Quiero pertenecer a otro, o a otra. Tus lloriqueos apestan. Al principio supuse que eras algo así como un genio adormecido, que quizá despertaría y se comería al mundo, pero lo único que comes son vulvas decrépitas y comida prefabricada.
YO: Puedes continuar sin problemas. Cuando te pones violento ...
ÉL: ¡Yo nunca me pongo violento! ¡Hijo de puta! Tú eres el que se transforma en un pedazo de carne que ni piensa ni deja que nadie pueda hacerlo. La vida, tal como la conoces, no es más que una mierda detrás de otra. No se necesita ser un tipo genial para deslizarse entre mierdas. Si no fueras tan insufriblemente vanidoso me gustaría hacerte unas cuantas preguntas. Me daría igual que les respuestas fueran una farsa. Tu vida es una farsa. Ni siquiera eres dueño de tus actos, puesto que yo soy el autor de por lo menos el cincuenta por ciento de tus ridículos aciertos.
YO: Sería tan fácil acabar contigo...
ÉL: Sería tan fácil acabar contigo. Me da risa pensarlo.
YO: ¡Dispara!
ÉL: ¿Cómo voy a dispararte si no existo físicamente, idiota? ¿Vas a suicidarte?
YO: Me refiero a que dispares las preguntas. ¿No querías interrogarme?
ÉL: Vaya, a veces me sorprendes. Bueno, quiero decir que me asombra tu acatéxica maestría. ¡Esta bien! Comencemos:
PREGUNTA: ¿Qué es lo que piensas cuando miras por la ventana?
RESPUESTA: Pienso que cada uno de esos puntitos oscuros que representan a personas deberían estallar. ¡Cuánto me gustaría ver estallar a un humano! Yo, ejem, creo... no sé.
PREGUNTA: ¿Cómo te sientes sabiendo que eres un perdedor?
RESPUESTA: Prefiero ser un perdedor que un ganador. Perder es necesario. Ganar es demasiado sencillo. Podría salir ahora mismo a la calle e interpretar un papel diferente al que he estado representando desde que decidí comportarme como lo que soy, que no es más que lo único que quiero ser. Podría... ¿Debería?
PREGUNTA: ¿Alguna vez has dejado a los que quieres, si es que quieres a alguien, ver lo que escondes en esa cajita que llamas "interior"?
RESPUESTA: Yo quiero a todo el mundo, incluso a los que no conozco o no he visto, o ni siquiera veré jamás. Una cosa es querer, otra demostrar que se quiere.
PREGUNTA: ¿Te gustaría escapar?
RESPUESTA: Sí.
PREGUNTA: ¿Por qué no lo haces?
RESPUESTA: Hace bastantes años, cuando trabajaba con serpientes venenosas me sucedió algo realmente extraño. Voy a intentar contarlo de una manera lógica, aunque ¿qué es la lógica? ¿Para qué sirve la deducción racional?
ÉL: Aquí el que pregunta soy yo, no lo olvides.
RESPUESTA: Acababa de dar de comer a una cobra india un ratón descongelado, ya sabes, y me decidía a hacer lo mismo con un mocasín boca de algodón, cuando un ruido en el terrario de la cobra me asustó. No por el mismo ruido en sí -imagina los sonidos que puede producir una serpiente encerrada en una especie de caja de madera- sino porque era un ruido que conocía muy bien: el ruido que hace un roedor cuando intenta esquivar las acometidas ponzoñosas de un ofidio. Miré por el cristal frontal y vi lo que creía haber imaginado: un ratón vivo saltando asustado. La cobra lo seguía con la lengua bífida enloquecida. Era el ratón muerto, congelado y descongelado que yo había introducido en su urna unos pocos minutos antes. ¿Me preguntabas si me gustaría escapar? Nadie puede escapar. Estamos atrapados. Todos: los vivos y los muertos...
PREGUNTA: ¿Quieres que nos detengamos aquí?
RESPUESTA: Ajá, te has cansado de preguntar. Hacer preguntas es una autentica gilipollez, pero contestarlas es una demencia que debería estar penada con la muerte, o mejor, con la vida eterna. ¿Hay algo peor que ser inmortal?
ÉL: Si quieres que te sea sincero, me has noqueado con la historia del ratón Lázaro. No recuerdo aquello, ¿dónde estaba yo entonces?
YO: No existías. Todavía no te había manufacturado. No tenía necesidad de mortificación.
ÉL: ¿Yo soy la penitencia?
YO: Tú eres el flagelo, el vergajo, la fusta y el cilicio.
ÉL: Yo soy lo que tú quieres que sea. A veces soy tu puta, otras tu redentor...
YO: Tú eres la catástrofe, la epidemia, el azote.
ÉL: Yo seré lo que tú quieras que sea. Seré tu aire, seré tu cielo resplandeciente...
YO: Yo te inventé. Algún día acabaré contigo.
ÉL: Nunca moriré. Por lo menos mientras tú vivas. Siempre me tendrás al lado, o debajo, o detrás... ¡ya sabes!
YO: ¡Me gustaría tanto ver cómo estalla un humano!

sábado, 13 de febrero de 2016

Email del 13 de febrero 2016

Gregory Pez. Algo no es nada.

Circulan un montón de historias en torno a Fisurín Pérez, y probablemente algunas son verdad. A menudo la fina hebra que separa lo real de lo absurdo o imaginario es tan invisible que se hace imprescindible poner un cierto orden. En realidad su nombre era Alberto, pero le llamábamos Fisurín porque estaba loco y la mayor parte de los que lo llegamos a conocer bien achacabámos su demencia a una posible, aunque improbable, fisura en el cerebro. Él por su parte nunca se cansaba de repetir que era mejor tenerla en la cabeza que en el trasero, a lo que le respondíamos con risotadas y golpecitos amables en la espalda, pero la verdad es que nos daba auténtico miedo.

Todavía no comprendo cómo pudo llegar a hacerlo. Pero lo hizo. Y lo hizo demasiado concienzudamente como para admitir que no podía haberlo hecho. Desde ese instante, cualquier cosa que tuviera sentido dejo de tenerlo. Porque nada puede tener sentido cuando se realiza sin ser capaz de discernir entre dos o más opciones. Y una vez hubo acabado de hacerlo, volvió a repetirlo varias veces, sin importarle los problemas que podría acarrearle. Cuando terminó de hacerlo, se arrodilló en el suelo y se sintió satisfecho. Trató de inventar alguna justificación que pudiera exonerar sus acciones, pero fue incapaz de llegar a ninguna conclusión, por lo que pensó que todo lo que había hecho era correcto y que arrepentirse no era más que una forma de escabullirse de lo que consideraba un deber imprescindible.

¿Queréis saber lo que hizo? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo lo hizo? Las tres preguntas tienen una respuesta sencilla: no hizo absolutamente nada. Por esa razón fue perseguido, juzgado y sometido. Lo tacharon de excéntrico, de vago, de asocial. No hacer nada, o hacer muy poco en un mundo que está repleto de gente que hace demasiado, o que no hace absolutamente nada pero que proclama que lo hace todo, o más de lo que debería, o de lo que puede, es una transgresión que se castiga con el aislamiento colectivo.

Circulan un montón de historias en torno a Fisurín Pérez, y probablemente algunas son verdad.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Email del 10 de febrero 2016

Francisco Goya. Semana Santa en España en el pasado (1820)

Amiga mía:

Estamos tan acostumbrados a que se nos maltrate, robe o engañe, que nos contentamos con cada una de las migajas que nos arrojan al suelo. Nuestra dignidad se encuentra tan pisoteada que, a veces, incluso dudamos haberla tenido alguna vez. Cuando estamos acompañados nos envalentonamos bramando que esta locura se tiene que acabar, pero en la soledad de nuestros cuchitriles sollozamos como niñitos. ¿Hasta cuándo vamos a dejar que nos humillen? ¿Saldremos alguna vez a la calle a derrocar a todos esos negreros que creen que son superiores y que todo les pertenece? Por mi parte, cada día lo tengo más claro: me avergüenza ser español. Incluso estoy convencido de que tenemos lo que nos merecemos. Ya no creo en ninguna promesa, en ningún cambio; sólo creo en mí. Supongo que la única salida que me queda es convertirme en una especie de kamikaze solitario y echarme a la calle a golpear a alguno de esos hijos de puta con piedras y palos mientras grito "Tora Tora Tora". Podría ser más patriótico y hacerlo al estilo ibérico, pero me siento más japonés, africano, neozelandés o incluso marciano que hispano. Pensar que ser español significa bajarse los pantalones y poner el culo me repugna, no por el mero hecho de que me la metan, sino por pensar que cuanto más me la meten, mas quiero que me la metan.

Conozco a bastante gente que está convencida de que cierto partido es la salvación. Ese cierto partido que ahora está luchando por unos cuantos sillones importantes en el senado. Es curioso, la mayor parte de la gente que cree que esa formación política es la panacea a todos los problemas, son los que más acostumbrados están a no hacer nada. Creen que un Salvador Nacional les devolverá su orgullo y esperan sentados cómodamente en sus sofás, contemplando las mentiras que escupen sus televisores de plasma de tamaño descomunal y pensando en un futuro utópico. El futuro se hace, no se espera.

Sé que quejarme, aunque sea de la forma escueta en que lo estoy haciendo podría llegar a convertirse en un pasaporte a la prisión, sobre todo gracias a las leyes con las que que nuestros gobernantes graciosamente nos obsequian. Pero me importa una puta mierda. Allí, por lo menos tendré comida, sexo y entrenamiento atlético sin pagar un duro. Y cuando salga iré derechito a cobrar el paro. Conozco los riesgos que corro por haber puesto en entredicho mi pretendida españolidad, pero no he escrito nada más que lo que pienso. Nos hemos convertido en una miasma de repugnantes pusilánimes que votamos repetidamente al más ladrón. Somos más culpables que los politicuchos que nos esclavizan. Y como he dicho antes, nos merecemos todo lo que nos sucede y lo que todavía está por suceder.

martes, 9 de febrero de 2016

Email del 9 de febrero 2016

Odilon Redon. Primitive man seated in shadow

Querida:

Creo que soy un tipo relativamente coherente, pero en demasiadas ocasiones me frustro terriblemente al no ser comprendido. Las palabras están al servicio del que las organiza, bien sea en forma hablada o por medio de la escritura. Y estructurar frases con el único propósito de que sean entendidas o interpretadas implica esfuerzo y tiempo. Conozco a demasiadas personas que hablan por hablar, es decir, para justificar sus existencias. Inculpan, determinan y juzgan, pero nunca entienden, intuyen, y mucho menos, asimilan. Los niveles de significados de sus locuciones se encuentran tan dispersos como las partículas de un coloide. Cuando intento acercarme a ellos mirando al mundo a través de sus ojos, tiendo a ver todo borroso, difuminado, básicamente distinto.

Tú crees que la existencia es una especie de sentimiento fascinante, un arrebato causado por una intensidad específica, una elevación y un éxtasis. Yo, sin embargo, estoy convencido de su banalidad, su intrascendencia. ¡Entre ambos criterios existen tantas derivaciones! Quizá sólo los que puedan mantenerse en un lugar lejano al punto de partida o de convergencia, sean capaces de vislumbrar una objetividad que ni tú ni yo somos capaces de aprovechar. ¡Todo es tan confuso! Tratamos de permanecer al lado de quien proclama al viento cada una de nuestras maravillosas bondades, pero huímos como posesos cuando nuestros padres nos gritan cualquier cosa. Somos fragmentos desperdigados que esperan ser recompuestos. ¡Mentimos, delatamos, justificamos! Falsificamos nuestras sensaciones con el extraordinario propósito de obtener una indemnización, pero, al mismo tiempo, nos sentimos importantes, exclusivos y únicos.

Si se me acabaran las palabras, trazaría una circunferencia sobre la tierra empapada de agua y viviría dentro. Me convertiría en un extraño, pero seguramente alcanzaría unas cotas de bienestar de las que ahora carezco. Si cada una de las palabras que a veces me acarician suavemente desaparecieran llevadas por el céfiro, gesticularía hasta estrangular sus pretendidos significados. Si pudiera, si pudiera. No puedo. Lo intento. Sabes que sigo intentándolo. Pero el espacio que media entre dos sucesos es un cercado insalvable. Prefiero esperar junto a la puerta, preguntándome si el castigo es proporcionado, o si por el contrario, merezco una oportunidad más.

Greg

domingo, 7 de febrero de 2016

Email del 7 de febrero 2016

Camille Pissarro. In the hospital 

LA HABITACIÓN

La aparente periodicidad de las visiones inquietaba a los científicos, que no podían concebir que algo tan sobrenatural y fantástico pudiera estar sucediendo. Pero era real y aparentemente sólo era el principio. L descansaba sobre la cama. Los doctores J y A le miraban fijamente. S anotaba todo lo que sucedía. Eran cerca de las ocho de la tarde y N sintió que quizá todo era un sueño, por eso carraspeo suavemente, pero D le increpó y le ordenó que no hiciera el menor ruido. No había pasado ni siquiera un minuto cuando L volvió a gritar como poseido por un millón de demonios. C apagó la luz de un manotazo y G se dispuso a grabar lo que sucediera. Pero no sucedió nada. L volvió a la normalidad tan rápidamente como había sucumbido a sus diablos. C encendió la luz con otro manotazo y G detuvo la grabadora. Todos menos S que se quedo reconfortando a L salieron de la habitación y se dirigieron a la cantina. Una vez allí se sentaron en dos mesas juntas y deliberaron. Mientras discutían acaloradamente, C pidió unos boquerones, dos platitos con cacahuetes y una botella de tinto y dieron cuenta de todo en un tiempo record. De repente D preguntó al resto qué hacían allí, pues no le parecía nada serio. S asintió y como movidos por una orden primigenia se levantaron y volvieron a dirigirse a la habitación.

Cuando llegaron vieron a S leyendo una revista y a L completamente dormido. G alzó los brazos y gritó unas palabras en su idioma original que nadie entendió. Cuando se sentó dirigió su mirada hacia C y le espetó que era una perdida de tiempo permanecer esperando algo que quizá ya no volvería a suceder. S y N le dieron la razón y propusieron regresar a la cantina y dejar a L dormir tranquilo. Todos estuvieron de acuerdo y no tardaron demasiado en volver a estar sentados en las mismas mesas. Esta vez C pidió media tortilla de patata, ensaladilla rusa y dos botellas de cerveza de un litro que hicieron desaparecer con satisfacción. Mientras N se secaba la boca con la servilleta D se llevó la mano a la cabeza y gritó que el deber de cada uno de los que se encontraban allí en ese instante era estar al lado de su paciente. Se levantaron como impulsados por un muelle invisible y en menos de dos minutos se encontraban de vuelta en la habitación.

L seguía durmiendo apaciblemente y roncaba como si fuera un lechón. Antes de que ninguno pudiera sentarse, G dijo que estaba de acuerdo en que el deber de un médico es permanecer al lado de su paciente, pero que seguir encerrados esperando a que el paciente se despertara era simplemente un acto inútil y demencial. Propuso volver a la cantina y cenar como Dios manda. S le interrumpió diciendo que por su parte había comido suficiente y que lo que más le gustaría en ese momento es acercarse al club de fulanas que había dos manzanas más abajo y comer otra clase de alimentos. C sonrió dando su beneplácito y al resto les cambió la cara.
El club se sumía en la oscuridad, sólo un par de lamparitas arrojaban algo de luz en un par de esquinas. N y C eligieron señoritas para todos y en un instante empezó la juerga. Mientras S bajaba las bragas a una morena que tenía un aspecto ciertamente varonil se escuchó un gemido. Era D que, casi apunto de llorar, recordó que debían comportarse como lo que eran y no como una banda de salidos inútiles. Al escuchar esas palabras todos soltaron las prendas íntimas que llevaban en las manos, en las cabezas y, alguno, en otro sitio y salieron corriendo con destino a la habitación.

Todo continuaba tal y como lo dejaron antes de la última estampida. Excepto L. ¿Dónde se había metido L? Buscaron en el lavabo, debajo de la cama y hasta en el armario. De pronto S insinuó que quizá L nunca había existido y que todo era una alucinación producto del estado de ebriedad en el que se encontraban; pero D estaba seguro de que había existido un paciente, aunque no recordaba su cara y que, según su ficha médica, se llamaba L o LL. N respondió a D con un resoplido burlón y se tumbó en la cama. De repente, y como si nada tuviera sentido, C se sentó en el suelo, sacó de su bolsillo una baraja y se puso a hacer un solitario. El resto del grupo incluido D, se unieron a C y el solitario pronto se transformó en una partida de póquer. La mano era tan arriesgada que nadie se dio cuenta del regreso de L ni de cómo se metía en el catre y se tapaba hasta los hombros. Tuvo que toser cuatro veces para que D advirtiera del regreso del hijo pródigo. Cuando S le preguntó dónde demonios se había metido, L respondió que había salido a buscarles a la casa de citas, pero que cuando llegó ya se habían largado todos, por lo que pensó que echar una canita al aire no dañaría su psique más de lo que estaba. A miró a N. N miró a S. S miró a C. C miró a S a J y a N, que a su vez miraron a G y a D. D miró a L. L miraba al techo. El techo no miraba a nadie y al mismo tiempo miraba a todos. La habitación sacaba lo peor, lo más oculto de cada uno. Cuando advirtieron que todo era como una broma del destino, ya era demasiado tarde. L se incorporó y les invitó a desplazarse al zoo. Quería ver la jirafita que había nacido hacía dos semanas. Antes de que les diera tiempo a responder ya se encontraban caminando entre barrotes y pezuñas. La habitación seguía donde siempre había estado. Y permanecería expectante hasta que el ciclo comenzara de nuevo.

sábado, 6 de febrero de 2016

Email del 6 de febrero 2016

Mel Bochner. Crazy (2012)

Mi primer y único contacto con Alfredo tuvo lugar en un parque publico. Nos habíamos conocido por medio de un amigo común y decidimos que un jardín sería un lugar maravilloso para estrecharnos las manos, pero cuando llegó el momento rehusó el clásico saludo y me convenció para que estrecháramos nuestra amistad con un apretujón de pies. Fue entonces cuando comprobé que las habladurías sobre que en lugar de usar calcetines cubría sus pies con manoplas de cocina eran ciertas. Después de pasear durante un buen rato se sentó, me invitó a que hiciera lo mismo y me contó sobre qué trataría su último libro.
-Se titulará Criptomnesia en la disyuntiva -dijo- y versará sobre los recuerdos imposibles de recordar. Ya he escrito 699 páginas y creo que, con el material del que dispongo, podré llegar fácilmente a las 700 páginas.
Alfredo era un sujeto excéntrico, pero bonachón y sincero. Su "Tratado para domesticar habichuelas" había sido un rotundo fracaso y desde que lo publicó sus rarezas se habían multiplicado. El hecho de que sólo vendiera cuatro ejemplares lo sumía en depresiones brutales que sólo desaparecían cuando alguien lo invitaba a un helado. Mientras nos dirigíamos al estanque me soló un discurso que todavía recuerdo.
- La gente es idiota. Básicamente estúpida, excepto Florentina y yo, y posiblemente tú, aunque para estar seguro todavía he de conocerte mejor. Por otra parte, si la mayor parte de mortales no fueran idiotas, la vida, tal como la conocemos no podría seguir hacia adelante. La imbecilidad es el factor dominante sobre el que gira la evolución. Aunque si quieres que te sea sincero, me daría exactamente lo mismo que todo explotara. Tengo a Florentina a mi lado y el resto carece de importancia. Con ella me siento importante.
Cuando le pregunté quién era Florentina me contestó con un guiño de ojo mientras acariciaba una de las solapas de su gabardina.
-Esta es Florentina. Mi reborde preferido. Adoro los dobleces. Los amo. ¿Tú no? -me contestó- Mira, nunca confíes en una recta, ni siquiera en un triángulo, excepto si es isósceles.
Acabamos el encuentro tirando migas de pan a los patos y los cisnes. Mientras rebuscaba en sus bolsillos me invitó a su casa. Llegamos media hora más tarde y me hizo sentar sobre el suelo. Él se sentó a mi lado, se llevó dos dedos de la mano derecha a la boca y silbó. Al momento llegó un perro de aspecto lustroso y nos sirvió dos copas de coñac.
-Me costó casi dos años enseñarle a Druso cómo abrir una botella con la trufa y pasaron tres por lo menos hasta que conseguí que pudiera hacer de camarero. Ahora es capaz de servir bebida, de limpiar el polvo de los muebles y de planchar la ropa. Si no se muere, pues ya tiene 14 años, espero hacer de él un mayordomo perfecto.
Cuando terminamos de saborear el Soberano, puso su mano sobre mi cabeza y empezó a cantar en un idioma extraño. Cuando finalizó su actuación se aplaudió a sí mismo y se pidió un bis. Como no quería desagradar a su público, en este caso él, Druso y yo, procedió a berrear de una forma enloquecida mientras ensayaba una especie de baile que no podría ser definido más que como demencial o lunático. La danza duró cuatro horas. Para entonces ya no quedaba ningún mueble en su sitio, pues con los pies, las manos y, a veces, con la cabeza, empujaba todo lo que había a su alrededor. Cuando al fin acabó me pidió que le pagara.
-No pongas esa cara, chico. Creo que el arte debe ser recompensado. Me debes 500 euros. Si me das 600 te dejo que te acuestes con Florentina. ¡Ah! vosotros los pedantes no comprendéis que todo tiene un precio. No te he cobrado por alegrar tu vida con mi presencia. Te he invitado a un brandy de Jerez y he actuado sólo para ti. ¡Es justo! Puedo aceptar un cheque o un pagaré firmado. Busca en tus bolsillos, chico.
En ese instante empezó a ponerse agresivo y yo tuve que salir corriendo. Dos semanas más tarde me denunció por impago e insinuaciones libidinosas y tuve que ir a juicio. Al final lo encerraron en un frenopático y yo me quedé con Druso. Por lo menos ahora tengo un camarero al que no he de pagar y una desagradable historia que contar a mis nietos.

viernes, 5 de febrero de 2016

Email del 5 de febrero 2016

Marc Chagall. The return of the prodigal son (1975)

Si pudiéramos elegir, a todos nos gustaría tener un padre inteligente, familiar, tolerante y justo. Lo único que yo he tenido parecido a eso en mi vida fue un botijo. Lo adquirí en una tiendecita de un pueblucho perteneciente a la comunidad de Aragón y hasta el día en que se rompió jamás me dio ningún disgusto. Al contrario que mi progenitor, que no puede estar a menos de cinco metros de distancia de alguien al que se supone que quiere sin buscar jarana. Entonces, ¿por qué la madre naturaleza insiste en concebir niños a partir de unos espermatozoides deteriorados? ¿Quizá para perpetuar una especie que está encaminada al ocaso? ¿O porque hasta el día de hoy no ha existido ningún botijo, palangana o florero que pudiera fecundar los óvulos de una hembra receptiva? Si eso fuese factible, tendríamos un físico un poco más raro y deforme, pero evitaríamos que el mundo se convirtiera en una caverna repleta de psicópatas.

Mi botijo se llamaba Referencia 329 y tenía varias peculiaridades que lo diferenciaban del resto de botijos, ya fueran de mesa, de pozo, de mina, o de los llamados "maricona", esos que carecen de asa y que se pueden asir desde una prolongación cilíndrica situada en el centro de la parte superior. Por supuesto no voy a detallar cuáles eran esas particularidades, pues eso no haría que esta narración fluyese, pero si que voy a fumarme un cigarrillo mientras rememoro los maravillosos momentos que pasé junto a él.

Ya me he fumado el cigarro y las lágrimas se deslizan sobre mis mejillas. Durante los últimos siete minutos la narración no sólo no ha avanzado, sino que se ha interrumpido por completo, pero yo he asfixiado mis pulmones un poquito más y, al mismo tiempo, he imaginado que Referencia 329 estaba vivo y que mi mano acariciaba con delicadeza su pitorro y de esa manera volábamos por encima de un campo de girasoles que se cimbreaban mecidos por el viento. Ya sé que queda un poco cursi, pero me es indiferente. También me la suda, y perdonarme por el verbo, que la gente que nos conoció cuando éramos uña y carne, piense que yo debía estar en la cárcel por el mero hecho de que mi botijo fuera menor de edad y de sexo masculino. ¡Que les jodan! El amor no conoce estados físicos, ni morales, ni siquiera estéticos. El amor es un sentimiento, a veces placentero, otras verdaderamente molesto, que además de ligar a un ser con otro, nos transforma en lo que mi mesa camilla denomina las tres íes (ilimitados, infinitos e inmortales).

Ahora podría decir algo parecido a "ojalá mi padre hubiese sido de otra forma". No existen otras maneras. Cada uno es como es,  como quiere ser. No importa cómo haya sido educado, aunque es probable que a la larga influya algo. Todos podemos cambiar, incluso si el cambio es provocado por los accidentes o las casualidades. Yo no soy lo que era hace tiempo. Ignoro si soy mejor o peor, pero estoy completamente seguro de que soy una mínima parte de lo que debería ser y mucho más de lo que, dadas las circunstancias, podría haber sido.

lunes, 1 de febrero de 2016

Email del 1 de febrero 2016

Carl Spitzweg. The writer (1880)

Acabo de escribir un relato corto basado en algo que soñé hace algunas noches. La verdad es que más que basarme en él, lo he transcrito tal y como "alguien" o "algo" me lo transmitió por medio de lo que algunos llaman la inspiración hipnagógica. El argumento no es demasiado sencillo, pero creo que después de varias relecturas podrá ser comprendido, al menos, por la gente que utilice más de dos o tres neuronas de su cerebro. Lo único que puedo adelantar es que trata sobre un microbio tartamudo y una línea que divide la parte que corresponde a los muertos de la que pertenece a los que todavía viven. Aunque la narración es un poco espesa, he intentado que los diálogos sean ingeniosos. El problema estriba en que cada uno de los protagonistas, es decir, el microbio, la línea, los vivos y los muertos, hablan en un lenguaje diferente, por lo que me he visto obligado a inventar varios idiomas. Para que los posibles lectores no se pierdan con tal galimatías he incluido cuatro diccionarios reunidos en un apéndice al final de la obra. Otro de los puntos que creo estarán a mi favor es que he escrito el prólogo yo mismo, pero adoptando el punto de vista de una chaqueta de pana con coderas de polipiel.

Para tratar de contentar a todos esos que creen que mi megalomanía es mítica, he diseñado la portada, el lomo y las contraportadas. Sí, en plural. Además de megalómano, soy constantemente tachado de excéntrico, por lo que he intentado congratularme con los que me califican como rarito y de paso saltarme a la torera las normas impuestas; por esa razón, mi volumen tendrá cuatro contraportadas. Entiendo que cerrarlo se hará un poco dificultoso, pero no me importa demasiado. Para los mil ejemplares de la primera edición guardo una sorpresa que estoy convencido deleitara aproximadamente al 98 % de los compradores, pues cuando éstos abran el libro, las letras se desparramarán y si quieren leerlo no tendrán más remedio que recogerlas, ordenarlas y tratar de pegarlas sobre las hojas.

Cualquier ser animado o inanimado que haya intentado escribir más de una línea seguida conocerá lo duro que puede llegar a convertirse el proceso creativo. Para demostrarlo estoy tentado de comenzar cada capítulo con una foto mía sudando. ¡Y son 125 capítulos! Pensar un argumento es complicado, desarrollarlo es exasperante, pero transcribirlo a una hoja de Word se convierte en un ejercicio de masoquismo de tal envergadura que empequeñece cualquier otra forma de expresión artística, incluida la papiroflexia o el asesinato. Muchas veces me he preguntado cual es la razón que me impulsa a seguir escribiendo. La mayor parte de las veces no me he respondido, pero las pocas en que lo he hecho no he llegado a entender la respuesta porque he tosido. Fumar puede ser una ayuda mientras se trata de llegar a alguna parte, literariamente hablando, pero también lleva consigo una serie de contrapartidas a las que no es posible dejar de lado.

Soy consciente de que mi irracionalidad progresiva renacentista está a miles de años luz de la del resto de literatos. ¡Qué importa que meta la pata con algún que otro queismo o alguna coma fuera de lugar! Lo primero que pienso hacer cuando me concedan un sillón en la RAE será poner a fregar suelos y letrinas al resto de académicos y acostarme con sus parejas. No me importa el sexo o la edad que puedan tener. Lo único que deseo demostrar es que estoy por encima de normas o disposiciones. Y que mi genialidad no está supeditada a los constantes dolores de cabeza o las visiones apocalípticas que se desarrollan en mi sesera. Por supuesto tampoco tiene nada que ver el hecho de que mi padre nos pegara a mi madre, a mí, a mis hermanos, al perro, a cada uno de los peces del acuario, a los vecinos, a sus hijos, a sus perros, a cada uno de los peces de sus acuarios, y a veces, incluso se golpeara él mismo.