sábado, 30 de enero de 2016

Email del 30 de enero 2016

Gustave Doré. Evil counsellors 

Cuando se justifica un pensamiento erróneo, no tanto como una motivación preconcebida o procrastinada, sino simplemente como una serie de realidades conscientes y exactas, estamos dejándonos maltratar por ese proxeneta denominado ego. Él idealiza lo que no es o no debiera ser y acaba trasformándolo en un conjunto asimetrico de síes extraordinariamente peligrosos. Y son cada uno de esos síes manufacturados y deificados por la mano del dios de la anosognosia, que nos acarician suavemente mientras aplauden cada desviación, los que terminarán apuñalándonos. Lamentablemente, cuando eso suceda ya nos habremos convertido en una masa deforme repleta de pompas disparadas y casualidades modificadas.

En su forma más general, el egocentrismo desmesurado, unido a una especie de maldad adquirida, siempre puede diferenciar o elegir entre dos o más opciones. La cuestión no radica en la posibilidad, ni siquiera en la eventualidad o la aptitud, sino en esa vaga consideración que se tiene de uno mismo y la facilidad con que se puede representar un papel en una naturaleza irreal, escogida simplemente para otorgar un poder inexistente al lemniscate interior.

Muchas personas creen en sí mismas, porque creen que de esa forma justifican su propia concepción. Por el contrario, existen otras que están convencidas de que su propia concepción es omnímoda y que el resto de concepciones no son más que un instrumento, una herramienta puesta en sus manos para hacer patente la diferencia entre el sentido común y las respuestas pretenciosas y pueriles. Son ese último tipo de entidades vampíricas las que hacen que nada ruede hacia su destino, las que detienen o paralizan los devenires. Y contra esa clase de iniquidad concentrada no existen medicinas ni placebos, ni recapitulaciones ni soluciones. Conviven con nosotros para hacernos la existencia insoportable y, sobre todo, para recordarnos eternamente que todo es una pequeña parte de un Nada considerable y no una serie concatenada de apariencias desordenadas.

Enfrentado a estos hechos, un superviviente se verá forzado a sospechar que está contemplando una sociedad donde se valora más el juego que a los propios jugadores. Asumiendo que un participante sólo puede mover los peones conociendo las reglas de cada partida, ¿por qué razón debe callar cuando otros hacen trampas? Quizá dependa del carácter, de la lógica y de algunas de sus circunstancias. Esto podría explicar por qué los hijos de puta, que carecen de carácter, de lógica, y que tienen completamente estructuradas sus circunstancias, se opongan a participar en cualquier juego cuando otro individuo de su misma calaña toma parte en el mismo lance.

La desagradable realidad es que cuando aumenta el número de probabilidades, disminuye virtualmente la cantidad de inversión equitativa. Y cuando la inversión equitativa y, la mayor parte de las veces, imparcial y asumida, compite en un terreno que depende por entero del tiempo, en un espacio predeterminado, con unas reglas adulteradas, y sin jueces que determinen cada movimiento, el resultado no puede ser otro que la privación, la pérdida y, por consiguiente, el verdadero y temido vacío.

domingo, 24 de enero de 2016

Email del 24 de enero 2016

Rene Magritte. The infinite recognition (1963)

No hace mucho más de cien mil años, éramos unos pocos miles de cazadores y recolectores viviendo en las sabanas de lo que ahora llamamos continente africano. Actualmente somos casi ocho billones de personas loa que habitamos cada rincón de ese planeta llamado Tierra. Cada minuto nacen entre trescientos y cuatrocientos bebés en todo el mundo. Algunos de ellos, demasiados, se convertirán en políticos, sacerdotes o psicópatas. Y como un persistente eco insonoro conspirarán unidos para hacer la existencia todavía más insoportable. Adquirirán la aquiescencia que otorga el poder para dispersar el virus que los hará eternos. Porque sólo los hijos de puta son recordados, admirados, seguidos y reverenciados. Omne ignotum pro magnifico est.

HIJO DE PUTA Nº 1: Tengo en mis manos unas tijeras. No están demasiado afiladas, pero todavía pueden servir para rebanar vuestros cuellos. Si pudiera, es decir, si tuviera las agallas necesarias, me demostraría lo sencillo que puede ser ejecutar a alguien. Si mi moral no fuera demasiado tradicional, y si esa pequeña parte que comprende mis valores corruptibles fuera capaces de liberarse de la facultad meramente humana por la cual comprendemos y juzgamos...

HIJO DE PUTA Nº 2: Espera, ¿quieres decir que puedes controlar tus impulsos?

HIJO DE PUTA Nº 1: ¡Por supuesto! En eso se puede decir que estoy por delante de todos vosotros. Por ejemplo, tú, que has cometido todos los delitos y perversiones existentes, incluido el asesinato masivo -asesinato por placer debería llamarse- y que por no tener la mínima ética criminal has llegado a beber la sangre de tus víctimas, entre ellos niños y ancianos a los que primero engatusaste para luego...

HIJO DE PUTA Nº 2: ¿Crees que soy peor que tú? ¿Crees que por el mero hecho de pensar lo que harías, pero que no haces, por la simple razón de justificar que todavía no estás corrompido por la sociedad de la que reniegas, te hace mucho mejor que algunos de nosotros?

HIJO DE PUTA Nº 3: Mirad, yo he matado, he descuartizado y me he comido parte de los cuerpos de esos infelices desgraciados que verdaderamente deseaban desaparecer. ¿Soy un asesino? ¿Quizá un demente, un loco? He hecho lo que me suplicaban, desde luego no con palabras, sino con el poder de la mirada. Personalmente me veo más como un eutanasiador.

HIJO DE PUTA Nº 2. ¡Vaya! Esa sí que es buena. Si sigues por ese camino acabarás haciéndome llorar...

HIJO DE PUTA Nº 1: ¡O vomitar!

HIJO DE PUTA Nº 3: Nunca quité la vida de nadie que no quisiese desaparecer...

HIJO DE PUTA Nº 1: ¿Por eso te los comiste? Los guisaste y te los zampaste. ¿Te pedían con la mirada que los engulleras y que rebañaras sus huesos?

HIJO DE PUTA Nº 3: Por supuesto que no, pero una vez muertos, ya no servían para nada. Además me gusta comerme todo lo que amo.

HIJO DE PUTA Nº 2: Creo que necesito que alguien me de un sopapo porque debo estar soñando. ¿Quieres decir que amabas a cada uno de los que sacrificaste?

HIJO DE PUTA Nº 3: A todos menos a uno. Cómo sé que me preguntaréis quién era esa excepción os lo confesaré.

HIJO DE PUTA Nº 1: A mí me importa poco conocer a quién amabas u odiabas...

HIJO DE PUTA Nº 3: Fue mi tía, la hermana de mi padre. Se llamaba María de las Mercedes y era una bocazas. Ella fue la causante de que toda la familia supiera que mojaba la cama. Os juro que cuando la troceé en porciones equivalentes mi...

HIJO DE PUTA Nº 2: ¿Porciones equivalentes? Me reiría si no fuese porque odio reír.

HIJO DE PUTA Nº 1: En resumidas cuentas, te comiste a tu tía María de los Ángeles...

HIJO DE PUTA Nº 3: María de las Mercedes. Se llamaba María de las Mercedes, pero yo la llamaba Merceditas.

HIJO DE PUTA Nº 2: ¡Me vas a hacer llorar!

HIJO DE PUTA Nº 1: ¡O vomitar!

HIJO DE PUTA Nº 3: Como os contaba, la imbécil además de contar que me meaba en el catre iba por ahí...

HIJO DE PUTA Nº 2: ¡Enuresis nocturna! Jajajaja.

HIJO DE PUTA Nº 3: ¡Puedo continuar? Decía que iba por ahí diciendo que también me cagaba en la cama...

HIJO DE PUTA Nº 2: ¡Incontinencia fecal! Jajajaja.

HIJO DE PUTA Nº 3: ¡Vaya! Parece que tenemos aquí un médico. Y además guasón.

HIJO DE PUTA Nº 2: No, no soy médico, pero me gusta ilustrarme, por eso leo todo lo que cae en mis manos.

HIJO DE PUTA Nº 1: Yo cuando era joven, no sé, sobre los 30 o así...

HIJO DE PUTA Nº 3: Para ti ser joven debe ser hasta los 200...

HIJO DE PUTA Nº 1: Vale, corrijo y vuelvo a comenzar, si te callas la boca unos minutos. Yo cuando entraba en la madurez, sobre los 30, sufría unas dolorosas erecciones cuando contemplaba un árbol. Al principio...

HIJO DE PUTA Nº 3: ¡Dendrofilia! Jajajaja.

HIJO DE PUTA Nº 1: Cuando veía un árbol dibujado por una anciana o un anciano.

HIJO DE PUTA Nº 3: ¡Gerontofilia! Jaja...

HIJO DE PUTA Nº 1: Te juro que como vuelvas a interrumpirme con risotadas será la última vez en tu ilustrada vida que lo ...

HIJO DE PUTA Nº 2: Espera, ¿quieres decir que ya no puedes controlar tus impulsos?

HIJO DE PUTA Nº 1: ¡Claro que puedo! ¡Este tipo va acabar por desquiciarme! Bueno, continúo. Os comentaba que al principio la cosa no era demasiado grave, pero llegó un momento que no pude llegar a controlarme y acabé violando con cierto salvajismo una acuarela sobre cartulina delante de su creadora, que entonces sobrepasaba los 98 años. Eso supuso un cisma entre mis dos personalidades dominantes y tuve que alejarme de la gente y refugiarme en una casita que alquilé en el campo. Allí mejoré y como las cosas empezaban a tomar un camino más o menos sensato, acabé comprándome dos pares de ovejas merinas y me hice criador.

HIJO DE PUTA Nº 3: Dirás ganadero. A mí me sucedió algo parecido. Me hice rico antes de cumplir los 25. Las mujeres se pegaban por obtener mis caricias, pero a mí sólo me interesaba comérmelas. En aquellos días todavía no sabía leer los mensajes visuales por lo que no pude eutanasiar a ninguna. Todavía tendrían que pasar dos décadas hasta que cometiera mi primer acto de bondad. Se llamaba Críspula y era tan preciosa. Su carne tenía cierto regustillo a bisonte, pero me comí sus brazos y una de sus piernas. Cuando acabé ofrecí el resto, debidamente asado y condimentado a mis vecinos, que me felicitaron efusívamente. Nunca comprenderéis cómo me sentí tras liberarla de...

HIJO DE PUTA Nº 2: ¡Cállate! ¡Me vas a hacer llorar!

HIJO DE PUTA Nº 1: ¡O vomitar!

miércoles, 20 de enero de 2016

Email del 20 de enero 2016

Arthur Rackham. When Caliban was lazy and neglected his work 

La dos cosas que más odio son ir al odontólogo y escribir. La primera no me aporta ningún beneficio, pues es de todos conocida mi aversión a las conversaciones banales entre médico y paciente, sobre todo si éstas se desarrollan con mi boca abierta y con diferentes tipos de instrumental dentro. Escribir, no sólo me saca de mis casillas, sino que me transforma en una especie de cretino engreído e insolente. Entonces, ¿por qué razón voy al dentista y escribo regularmente? Iba al estomátologo porque no tenía más remedio, sobre todo si deseaba seguir sonriendo sin causar pavor. Escribía porque me salía mucho más económico que suicidarme. Lo que verdaderamente me gusta hacer es no hacer nada. Pero incluso a veces, no hacer nada termina por cansarme. Cuando eso sucede, suelo mandar un par de órdenes al cerebro, como por ejemplo, me pica una pierna o me apetece bostezar, y mi cerebro ejecuta el mandato sin dilación alguna. Entonces vuelvo a seguir no haciendo nada y esperando hasta el siguiente aviso de agotamiento. Es una especie de maniobra cíclica que me conviene. A veces pienso que debería reencarnarme en un Ficus o en una tortuga tetrapléjica. Lamentablemente, no siempre puedo entregarme a mis pasiones, pues para algunas funciones corporales, sobre todo las excrementales, necesito estar despejado y alerta. Aunque hasta para eso he desarrollado un método que impide las interrupciones constantes, debidas a un mal funcionamiento de la vejiga como consecuencia de mi avanzada edad. He transformado una garrafa de 5 litros de agua en un orinal. Podría haberlo comprado, y de porcelana, pero nunca me apetece desplazarme más allá de dos centímetros de mi sofá favorito.

No hacer nada no es lo mismo que hacer muy poco. Nadie debería confundir ambos términos. Hacer muy poco es algo común entre los españoles, sobre todo los de la zona mediterránea, pero no hacer absolutamente nada es algo tan sumamente complicado que sólo está al alcance de semidioses como yo. Incluso he decidido dejar de fumar, y eso que me encienden los cigarros un par de esclavos que tengo contratados por medio de unos chantajillos, pero inhalar el humo me extenúa. Lo mismo me sucede al mirar fijamente en cualquier dirección. A partir de mañana no pienso abrir los ojos. A decir verdad, ni siquiera voy a abrir la boca, y mucho menos las piernas. Hace un par de años que no me ducho y algunos más desde que dejé de pensar, pues llegué a la conclusión de que era una enorme pérdida de energía. Poco o nada me importa que mi compañera sentimental me llame "Greg cogió su fusil". No hago daño a nadie y no quiero que nadie me lo haga a mí. Tampoco soporto cuando alguien insinua que estoy muerto, porque no lo estoy. Los muertos no babean.

lunes, 18 de enero de 2016

Email del 18 de enero 2016

Enrico Donati. Evil eye (1946)

A veces las personas hacen daño sin realmente querer hacerlo. Es una cuestión de carácter y de erróneo entendimiento por parte del posible receptor. Pero otras, a sabiendas de que las injurias van a fracturar el estado de ánimo del que las recibe, son expulsadas de la boca con el único fin de deteriorar, de causar dolor. A esa praxis se la denomina maldad. Cuando uno se ve envuelto en una conversación en la cual uno de los interlocutores sólo pretende lastimar al otro, la línea que los separa, y al mismo tiempo los diferencia, se hace difusa e interminable. De repente se llega a la conclusión de que no existe un parapeto o una barricada donde poder ocultarse. La única solución es desaparecer o arremeter contra el enemigo, que probablemente, es una de los individuos que más quieres. Si se opta por desaparecer, que es el camino más apropiado, deberá asumirse que la ausencia sea eterna, pues de lo contrario se corre el riesgo de volver a repetir el proceso. Un proceso que empequeñece al destinatario y engrandece al emisor. De la misma manera, si la decisión es presentar batalla hasta llegar a ganar la guerra, o incluso para poder quedarse en tablas, el desgaste y el deterioro físico y moral dejarán una huella indeleble en el colocutor más indefenso interiormente, lo que nos llevará directamente al proceso al que me he referido anteriormente.

Dañar gratuitamente es la cualidad que define a los mezquinos y a los cobardes. Es mucho más sencillo despreciar que agradecer. Pero al final el aspecto que determina lo que somos o hacemos y lo que se supone que debemos ser o deberíamos hacer, no es más que una especie de comodín con forma de espoleta invisible, que en lugar de alterar el juego a conveniencia, no hace más que definir con precisión absoluta la falta de valores y la extrema vulgaridad del que cree que es superior por el simple hecho de que domina el arte de amedrentar.

viernes, 15 de enero de 2016

Email del 15 de enero 2016

Eyvind Earle. Cliffs of darkness (1986)

A partir de una sencilla realidad construyo una ficción adulterada. Puedo escuchar unas palabras en forma de letanía maliciosa retumbando en mi cabeza: "no limpies las manchas, no limpies las manchas". Nunca limpio las manchas. Con el paso del tiempo he llegado a descubrir que cada mácula corresponde a un periodo de mi vida. De modo que las conservo, las protejo y, en ocasiones, hablo con ellas. Nunca me contestan, pero no me importa, sé que me escuchan, que comparten mis presentimientos, entonces, ¿por qué sigo escuchando esas súplicas semejantes a oraciones? Nunca limpio las manchas. Nunca limpio los recuerdos, aunque intento mantenerme alejado de ellos. Contemplo cómo pasan los días. Observo cómo se suceden las noches. En ocasiones falsifico los instantes. Me siento tan a gusto encerrado entre luz y sombras, administrando ocasiones, estipulando coincidencias. Rebelándome ante las sonrisas inclinadas que se desgañitan cuando reprimes sus murmullos.

Tengo una cuerda. La acaricio con manos inventadas para ese propósito. La imagino rodeándome el cuello. Siento cada uno de sus hilos torcidos besándome la piel. Es una sensación extraña a la que no puedo resistirme. La alejo de mi cuerpo. La alejo de mi vida. La guardo en una caja de cartón y meto ésta debajo de la cama. Me arrodillo en el suelo. Intento imaginar que no existe. Pero existe. Intento distraerme dirigiendo mis ojos en todas direcciones, pero ya no hay direcciones. Ya no queda nada, sólo ese rumor del viento arrastrando las siluetas imaginarias de los esqueletos de mi confusión.

La niebla se ha esparcido. Cada uno de sus puntitos repletos de fluido ha volado en direcciones opuestas. Intento reconstruirlos para formar una figura mojada. Estoy convencido de que soy el único ser vivo capaz de moldear el agua. Me responsabilizo de mis actos, aunque nunca he creído en las obligaciones. Me inmiscuyo en divagaciones, pero cada uno de esos desvíos me remolca al presente. Necesito creer que sirvo para algo, pero entonces vuelven a surgir desde dentro esas molestas repeticiones. No, no pienso limpiar las manchas. Han estado ahí demasiado tiempo.

jueves, 14 de enero de 2016

Email del 14 de enero 2016

Marc Chagall. The birthday (1915)

¡Mierda! Acabo de cumplir 54 tacos. Creía que no me acordaría pero ahí están los amigos, sobre todo los del Facebook, para restregármelo por la cara. ¡Los quiero tanto! Tanto como una culebra a un ratón. Si sigo cumpliendo muchos acabaré descontándome. No sé, puede que eso sea lo más conveniente. De todas formas, soy inmortal (también inmoral). No pienso morirme nunca. El mundo, tal y como lo conocemos, necesita un despotricador. Y yo soy el mejor. El mejor de los peores, pero el único que padece anhedonia y el síndrome de Capgras al mismo tiempo. Pero dejémonos de mamarrachadas y pongámonos serios. Y como no se me ocurre otra manera para alcanzar la seriedad requerida que contaros un poco de mi vida, comenzaré por el principio:

EL PRINCIPIO:

Nací a las seis de la madrugada, aunque algunos historiadores difieren por completo y citan las seis de la tarde como hora más probable. Mi parto se desarrolló a la perfección, si de la perfección omitimos que varias enfermeras tuvieron que agarrarme por los pies y estirar fuerte para que no volviera a meterme en la barriga de mi madre. ¡Allí dentro se estaba tan cómodo y calentito! Como me negaba a llorar, la matrona me pego un cachete en la espalda y yo le oriné en la cara.

Lo que sigue hasta que me convertí en un apuesto hombrecito carece de importancia, sobre todo para conseguir que este jodido texto avance, por lo que omitiré los siguientes 7.300 días y pasaré a relataros de qué manera me convertí en un opositor nihilista...

EL NIHILISTA:

Sucedió un martes tormentoso de noviembre cuando me afeitaba. De repente el reflejo del espejo se puso a gritarme. Entre otras cosas me vociferó que si quería convertirme en una barata repetición de los idiotas que caminaban por las calles, él no se iba a entrometer, pero que debería pensármelo bien; y me aconsejó que me suicidara con lo primero que encontrara a mano y que sirviera como arma letal. Así que le hice caso e intenté apuñalarme repetidas veces con un tubo de pasta dental bicarbonatada que en esos días ofrecía una estupenda relación calidad-precio. Pero en lugar de asesinarme sólo conseguí manchar mi baberito azul. ¡Sí! ¡Me acabo de delatar! Usé babero hasta bien entrada la madurez, pues era la única manera de no mancharme la ropa con las babas que me producía un terrible absceso periamigdalino.

Normalmente, las vidas de las personas son un auténtico coñazo. La mía no lo es menos, por lo que acabo de optar por pasar directamente al día de ayer. A ese salto en el espacio y el tiempo se le denomina "elipsis". Existen cinco tipos de elipsis: inherentes, expresivas, de estructura, de contenido y alcahuetas-paranoicas. La que voy a usar pertenece al último modelo.

EL DÍA DE AYER:

Me desperté boca abajo. Me levanté de la cama y mientras me dirigía al aseo me rasqué los cataplines con delectación. Después de asearme -para eso está el aseo- abrí la ventana y vomité sobre una buganvilla con brácteas de color amarillo indio. Diez minutos más tarde me zampé unas tostadas muy poco tostadas regadas con aceite de oliva extra virgen de la marca Koipesol y me tiré un pedo. No fue una ventosidad silenciosa, pues varios gatos salieron corriendo despavoridos en todas direciones, pero me dejó bastante realizado. Me costó más de una hora convencer a Mac, mi Bichón Maltés, para que dejara de olisquearme el culo, pero al final lo conseguí y me sentí muy satisfecho. Tan satisfecho que tuve que hacer dos bises. El primero no se escuchó demasiado, pero el segundo hizo que el techo del cobertizo del vecino se viniera abajo. Eso se tradujo en una monumental bronca entre su mujer, que lo acusaba de avaro por haber comprado "esa mierda" en Ikea y sus hijos, que lo tachaban de pusilánime y calzonazos. Entre la bochornosa pelea y mis meditaciones matinales se gastó la mañana y no tuve más remedio que prepararme la comida: dos huevos fritos, dos pimientos fritos, dos croquetas de jamón fritas, y dos chuscos de pan sin freír. Me bebí dos vasos de agua de Lanjarón y de postre devoré dos tarrinas de tocino de cielo. Eructé un par de veces y volví a meditar, esta vez sobre la sífilis (¿o fue sobre el busilis?)

¿Pero qué hago contando a desconocidos mis interioridades más externas? ¿Acaso vosotros me referís las vuestras? Podría comportarme como un ser detestable y detallar algunos de vuestros secretos inconfesables para que los leyeran todos. Pero, ¿qué ganaría con ello? ¿Ser más odiado que amado?. ¡Necesito tanto que me quieran! Bueno, necesito ser querido, pero sin que me lo demuestren. Cuando alguien demuestra su amor, apego o como diantres se quiera llamar a ese conjunto de sentimientos paralizantes que nos ligan a unos con otros, no se puede esperar un final dichoso.

Podría seguir y seguir, pero también podría parar y parar. Entre continuar y detenerme existe una fina línea. ¡Mecachis! Ya estoy otra vez con las dichosas líneas. Se supone que este texto era una magnificación de mi eterna juventud pese al paso de los putos años. El tiempo es alto, guapo y posee unas caderas sinuosas, pero yo soy un heterosexual veterano de la antifornicación y puedo resistirme a sus impulsos, que no son más que pasiones modificadas. Hablando de modificaciones: podría modificar mis costumbres y terminar de una vez con esta disparatada manifestación de mis temores más profundos. Poco importa que los suavice por medio del sarcasmo. Los miedos seguirán siendo miedos y las sospechas siempre ocultarán puñales.

miércoles, 13 de enero de 2016

Email del 13 de enero 2016

Conroy Maddox. Free associations

Si estuviéramos en condiciones de liberarnos. ¡Si fuera posible! El tiempo nos hace mayores. Pronto seremos ancianos y registraremos la casa buscando los álbumes de fotos. Tantos vivos y tantos muertos para nada. Parece que controlamos las lágrimas. Parece que somos capaces de diferenciar entre lo que fue y lo que nunca podrá ser. Las sombras han aparecido colgando como cortinas de hierro. Nos miramos en los espejos agrietados y sólo vemos restos. Nos gustaría gritar pero, al mismo tiempo, no queremos que nos oiga nadie. Nos gustaría gritar. Nos gustaría gritar. Nacimos en el exilio. Vivimos en mazmorras. Moriremos solos. Moriremos solos. Nos gustaría gritar. ¡Si fuera posible liberarse! Desprenderse de la piel y los huesos. Despojarse de los recuerdos. Renunciar a las emociones. Nos gustaría gritar. Y esparcir al viento cada gramo de lo que no somos.

Tengo escondido un deseo. Soy capaz de acariciarlo. Puedo estirar su masa y deformar su apariencia. Puedo sentir sus pasos. Puedo ver sus huellas. A veces trato de ponerme en contacto con él, pero no atiende a razones. Quiere que abra la puerta. Quiere que atraviese la línea. Quiere que me deslice entre las ondulaciones. Las ondulaciones. ¿Son sensaciones? ¿Ilusiones? ¿Confusiones? ¿Conclusiones? ¿Son lamentos adheridos a cada poro, a cada orificio, a cada partícula o porción? ¿Son los vestigios desmoronados que se alzan como estatuas de tierra cada vez que la soledad se acurruca en el estómago? Me gustaría comprender algo. No necesariamente todo de ese algo. Sólo una pequeña parte. Quizá una fracción equivalente a un suspiro.

Mantengo con vida varios recuerdos. Los alimento con las sobras desnudas de las particiones excedentes. Los visto y los desvisto como si fuera muñecas de trapo. Cuando me siento solo les peino el cabello y cuando estoy acompañado los muestro como si fueran extensiones anormales de mí mismo. Los sumerjo en sollozos cansados y flotan. Los arrojo por la ventana y regresan. Algunos son del color de la sangre, otros se mimetizan y me cuesta encontrarlos. Cada uno de ellos me pertenece, aunque yo quiero que se sientan libres.

Si pudiéramos ser libres. ¡Si fuera posible! El frío del invierno nos aprisiona como si fuera una gran lápida de piedra cubierta de líquenes. Tantos días y tantas noches para nada. Parece que divisamos una luz en el horizonte. Parece que en cada hebra del algodón de la esperanza se oculta un cúmulo concentrado de placer distorsionado. La penumbra silenciosa congela el umbráculo. Nos gustaría gritar. ¿Por qué no gritamos? ¿Acaso esperamos un milagro asombroso que nos convenza de que existe un futuro? ¡Si fuera posible liberarse. Arrojar cada excusa y cada lamento al contenedor de espejismos desdeñables. Silenciar por medio de sollozos indoloros cada fracción del Yo, de la Nada, del cuándo y del por qué. Nos gustaría gritar. Y esparcir al firmamento cada gramo de lo que no somos ni seremos.

martes, 12 de enero de 2016

Email del 12 de enero 2016

Jacek Yerka. Little dog's rock 

En esta casa hay 567 plantas, sin contar las que están plantadas en el exterior. Desde suculentas a tropicales. Regar esa cantidad me cuesta varias horas, no sé, quizá unas cinco horas. Cinco horas son demasiados minutos, pero no cuando se está a gusto con una tarea. No es lo mismo enterrar cadáveres en una fosa común que enterrar bulbos de jacintos o lirios. Yo nunca he enterrado cadáveres, ni en nichos ni en fosas comunes, así que no puedo desvariar sobre los beneficios que pueda acarrear a los tipos que se dedican a eso. Claro que para poder enterrar, primero hay que ejecutar.  O dejar que asesinen otros para que haya algún despojo que pueda ser inhumado. Una vez, y de eso hacen varias décadas, maté a un escarabajo diminuto que se había caído en mi vaso de cerveza y se la estaba bebiendo toda. Desde entonces no lo he vuelto a repetir (liquidar bichos, beber cerveza sí), y dudo que vuelva a hacerlo alguna vez. Claro que si me dieran la oportunidad de matar imbéciles, me lo pensaría varias veces.

En esta casa hay 566 plantas. Acaba de morir encharcada una petunia. Pero no ha fallecido ahogada en una mezcla de agua y ricos nutrientes, sino en pis perruno. Yo sé de quien es la culpa, pero como no lo he pillado infraganti tengo que sonreírle cuando me mira con esos ojazos casi negros. La petunia se llamaba "Little Mimi" y tenía dos años. Sus hojas eran de un exuberante verde "Petunio" y sus flores azules eran la envidia del resto de Solanáceas. Comía perfectamente abonos nitrogenados y fertilizantes granulados. Este año, para su aniversario, iba a regalarle un tutor de musgo nuevo. Su exterminador yace a mi lado, tumbado y ajeno a todo, moviendo las patitas como una mantis religiosa mientras se entrega a sueños de huesos y pedacitos de beicon. Pero ésto no va a quedar así. El día quince de marzo es su cumpleaños. El dinero destinado a su nuevo pecherito con correa servirá para comprar otra petunia, esta vez de una variedad híbrida muy rara.

Ahora hace un solete de cojones. Podría ser más fino y escribir que luce un sol radiante, pero mi refinamiento está de vacaciones. Creo que en Bora Bora o Papeete. Le he enviado allí porque me estaba volviendo loco. Su esmero y delicadeza me subía las transaminasas. Prefiero comportarme como un camionero a ser conocido como un perfecto caballero educado y amable. Todos los sujetos bondadosos que he conocido en esta vida han acabado bajándose los pantalones mientras sacaban dos kilómetros de lengua o fulminados por un ictus homicida. ¡Todo es tan complicado! Quiero decir que cada uno de los elementos que nos alertan o incluso se inmiscuyen en nuestra existencia resultan tan difíciles de evaluar. Una vez evalué. Fue en un concurso de condones. Yo formaba parte del jurado junto con nueve hombres y catorce mujeres de diferentes partes del mundo. Nos costó once días tomar una decisión. Al final otorgamos el premio a unos profilácticos fabricados en Bujumbura, que al mismo tiempo que jugueteaban con el potorro gracias a unas pilas alcalinas -sigo sin ser fino- proporcionaban partes metereológicos muy exhaustivos cada media hora.

He comenzado este texto hablando sobre plantas y lo termino divagando sobre preservativos. Es increíble lo indirecto que puede llegar a ser el proceso creativo cuando se carece de talento. Pero, ¿qué es el talento? ¿Un conjunto de facultades artísticas o intelectuales? Me paso la definición de la RAE por el escroto. ¿Qué es el escroto? Prefiero no responder a ninguna pregunta sobre envolturas testiculares.

lunes, 11 de enero de 2016

Email del 11 de enero 2016

Lynd Ward. Song without words (1936)

Hace un día asqueroso. El cielo está tan oscuro como el paladar de una mamba y la condensación provocada por la altísima humedad ambiental resbala por mi calva en forma de gotas de agua. Me apetece gritar, pero odio asustar a los pájaros que hartos del invierno se dedican a descansar en las ramas de los árboles. Si en lugar de aves fueran humanos los que dormitaran en las ramas no me comportaría de una forma tan afable. Claro que si los seres humanos se dedicaran a reposar en las ramas de los árboles, no tendría árboles. Mac se las tendría que alegrar marcando su territorio en las patas de las sillas plegables o en los muros que separan los arriates.

Hace un par de ratos he visto a una lagartija corretear por las escaleras que conducen a la vivienda. Su cara desprendía disgusto y desazón a partes iguales. Detrás de ella trotaba un gato atigrado de aspecto famélico, seguramente con malignas intenciones. Como no quería que el felino se saliera con la suya me he bajado la cremallera del pantalón y me he sacado el pene. Todos sabemos que los mininos odian los falos que miden más de 35 centímetros de largo en estado de flacidez, por lo que éste ha salido espantado y presa del pánico se ha dado un mamporrazo contra un almendro. El golpe ha hecho que tres pájaros salieran volando, así que ya no importaba que contuviera las ganas de ulular. Y es lo que he hecho. He bramado y vociferado en sol menor, con un volumen tan alto y modulado, que habría causado envidia en cualquier frenopático. Después de desgañitarme, he sentido ganas de cigarrearme un fumarro, así que me he metido la verga en su sitio y me he dirigido con pasos majestuosos a buscar el paquete. Como no he dado con él he decidido confeccionar una lista de las tareas que tenia previstas para hoy:

1- Podar los sarmientos de las parras.
2- Regar los setos y las tuyas.
3- Plantar las campanulas y los ranúculos que compré ayer.
4- Sulfatar las palmeras.
5- Limpiar el polvo de toda la casa.
6- Fregar los suelos con amoniaco o detergente de Marsella.
7- Poner dos lavadoras.
8- Recoger la ropa del tendedero.
9- Fregar con estropajo los quemadores de la cocina.
10- Enviar un email al Movimiento Cultural Cristiano expresándoles lo que pienso acerca de Dios.
11- Orinar cinco o seis veces.
12- Levitar.

Pero como no me apetece hacer absolutamente nada, voy a dormitar el resto del día tumbado junto a Mac en la cama. Podría dormitar junto a Mac en el sofá, pero he decidido cuidarme. Lo bueno que tiene dormir es que no me entero de nada. Y si no me entero de nada, no tengo pensamientos perversos acerca de la humanidad y sus terribles habitantes bípedos. A veces creo que soy un chiste mal contado en medio de un velatorio. Otras, por el contrario, siento una especie de fuerza comprimiendo mi vejiga. Supongo que será la próstata.

Me duele la garganta, los brazos y la cabeza. Me huelen los pies. Me arde el esófago y me supuran los folículos pilosos de los furúnculos. Me tiemblan las piernas. Me he convertido en una momia. ¿Dónde se encuentra mi sarcófago? Creo que debería donar mis orejas a la ciencia. ¡Han escuchado tantas gilipolleces a lo largo de los años! Mi organismo está saturado. Atiborrado. Repleto, colmado y henchido. Hace años mi cuerpo era una obra maestra. Y mi cerebro pesaba cinco kilos. Ahora estoy en muy mal estado. Tantos y tantos años de cohabitación con subhumanos han acabado pasándome factura. Me miro al espejo y no me reconozco. Lo limpio con Luminia o Cristasol y sigo sin reconocerme. ¿Esas facciones ojerosas son mías? ¿Esa monstruosa barriga falstaffiana que entra por las puertas diez minutos antes que el resto del cuerpo me pertenece? ¿Dónde están mis dientes? Todo me abandona. Hace años se largó mi cabellera. Después lo hizo mi ingenio. Y ahora el resto de las partes de mi marchita anatomía. Mi mamá ya no me mima. Ni mi tía me tutea. Mis sueños se han podrido. Mis circustancias me piden dinero o me amenazan con una apoplejía.

Si no fuera tan cobarde me colgaría de un árbol. Quizá ese que comentaba al principio. El que soporta el hastío de los pájaros. El mismo contra el que se estrelló el puto gato asesino. Pero no quiero que un jodido forense me descuelgue. Odio ser descolgado por alguien que tiene estudios superiores. Me encantaría que me descolgara la lagartija que correteaba por las escaleras. Quiero que me descuelgue la lagartija que correteaba por las escaleras. Si no me descuelga la lagartija que correteaba por las escaleras, prefiero que me dejen suspendido. Suspendido hasta que mis huesos sin carne sirvan de cobijo para la pequeña fauna del bosque. Enganchado hasta que mi mamá y mi tía me lloren. Pendido por los siglos de los siglos. O hasta que todo explote.

domingo, 10 de enero de 2016

Email del 10 de enero 2016

Giovanni Battista Piranesi. The smoking fire

Me encanta fumar. Con un cigarrillo en la boca me encuentro más carnal, más erótico. Con dos cigarros en la boca me encuentran más subnormal, por eso siempre me los fumo de uno en uno. Pero también me vuelve loco hacer varias cosas que terminan con ar, como abarbechar, titilar, alforrochar, candonguear, acensuar, embrosquilar, aquellotrar, perniquebrar, achucuyar o zaragatear. Nunca he soportado a los que se han desenganchado del tabaco y ahora se dedican a sermonear sobre los peligros que conlleva su inhalación. También es sumamente peligroso abrocharse la cremallera del pantalón de un tirón, sobre todo si se es hombre o transexual, y a nadie parece importarle. Entonces, ¿por qué existe esa cruel demonización? La respuesta es elemental, pero de tan sencilla yo no la conozco. Y aunque la conociera, no podría entenderla. Y si fuese capaz de entenderla, haría como que no la comprendo: en el pasado, hacerme pasar por tontito me ha sacado de graves apuros.

Cuando el humo pasa por mi garganta, siento que que soy un tipo sensacional. Lo único que me jode de toda esta situación es tener que pagar por fumar. Puedo tolerar el tener que apoquinar por comida, plantas o drogas, pero por tabaco me fastidia hasta un punto en que me convierto en psicópata. Por esa razón hace unos años intenté atracar un estanco. Como me puse un poco nervioso, entré de un salto casi atlético en el establecimiento, pero con un pasamontañas en la mano y el revólver en la cara. Al verme de esa guisa, el estanquero me pidió matrimonio. Lo rechacé porque me recordaba a mi tía Enriqueta, la que fabricaba orinales en la posguerra. Aun después de tanto tiempo, sigo convencido que fue una mala decisión, pero he tomado tantas de esas en mi vida. Como cuando decidí hacerme un tatuaje en la columela, pero eso es otra historia.

Si hablamos del éxtasis que provoca el tabaquismo, deberíamos considerar que lo más importante es la marca de los cigarros. Y si al comprarla regalan mechero, muchísimo mejor. Personalmente prefiero fumar tabaco pelirrojo o albino, aunque en determinadas ocasiones me he tenido que contentar con un triste cigarrillo rubio emboquillado. Tenía una prima que adoraba fumar judías verdes planas, por eso la llamaban "la bachoquetera". Lamentablemente falleció una noche ahogada en su propio sueño húmedo. Su marido no pudo soportar la pérdida y desde entonces se niega a cocinar paellas. Pero es capaz de comer una o dos raciones si se sustituyen las judías por conguitos u ositos de regaliz.

sábado, 9 de enero de 2016

Email del 9 de enero 2016

Bruce Nauman. Life death love hate pleasure pain (1983)

Impregnado. Estoy impregnado. Impregnado de vida y muerte. Impregnado de días y noches. Impregnado de ti y de otros tantos. De todos y nadas que desaparecen cuando no me lo propongo. Estoy impregnado, de la misma forma que esas toallita húmedas que utilizas para limpiarte el trasero. Impregnado de imbecilidad, de desconcierto, de miedos. De luminosidad apagada y claridad oscura. De durezas blandas. De anmistías engañosas. Me impregno cuando abro la ventana. Me impregno cada vez que sonrío. Me siento impregnado. Impregnado de ensoñaciones amañadas. De puertas abiertas de una patada. Me impregno cuando hablo. Me impregno cuando respiro. Estoy tan impregnado que sólo podría salvarme si cercenara de un tajo el útero materno. Impregnado. Estoy demasiado impregnado. Impregnado de teorías indefinidas, eternas, ilimitadas. Y tengo miedo.

Impregnado. Noto la sangre que me impregna, de la misma forma que tú sientes mi bilis goteando. Estamos impregnados. Impregnados de propuestas inconstantes. De soluciones imperfectas. Estoy tan impreganado. Impregnado de caricias desalojadas. De apreciaciones demasiado vagas. Impregnado de genes mezquinos, avariciosos, egoístas. Impregnado de dulce y salado. Impregnado de  comportamientos mutantes que obedecen las leyes externas. Estoy impregnado. Impregnado de sonrisas lastradas y gestos ordinarios. Impregnado profundamente. Escépticamente. Estoy impregnado y programado. Nací impregnado y esclavizado. Me impregno cuando respiro. Me impregno cuando asesino. Estoy impregnado. Impregnado de subjetividad y descensos. Impregnado de excitación y aplacamiento. Impregnado de dilemas. Impregnado de excesos e insuficiencias. Y tengo mucho miedo.

Impregnado. Impregnado de vocablos robados. De visiones monocromáticas congénitas. De sonidos estirados. Impregnado de excrementos. Impregnado de dioses. Impregnado de leyes. Estoy tan impregnado que podría escurrirme. Pero no quiero. Me gusta estar impregnado. Impregnado de soles y lunas. Impregnado de teorías. De observaciones, análisis y comparaciones. Impregnado de monólogos y declamaciones. De razonamientos insuficientes. Impregnado, tocado y hundido. Impregnado de elegías irreales. Estoy impregnado. Impregnado de sospechas. Impregnado de apatía. Impregnado. Acabado. Impregnado de miradas predatorias. De sediciones infructuosas. Impregnado de virus, microbios, gérmenes. Impregnado de cimientos que se convertirán en ruinas. Moriré impregnado. Impregnado de fauna cadavérica. Impregnado de sollozos vanos. Impregnado de sotanas, cálices y salmos. Y tengo tanto miedo.

viernes, 8 de enero de 2016

Email del 8 de enero 2016

Tadanori Yokoo. The silly generation (1970)

A y N eran novios. Se habían conocido por internet y aunque su "gilipollez emocional" ya duraba varios meses, todavía no se conocían. A era especialista en hacer como que trabajaba, aunque lo que realmente tenía era mucha cara dura. Le faltaba poco para llegar a los sesenta y su cerebro parecía el de un niño de doce años. Como un niño de doce años, escribía poesía, o mejor sodomizaba a la poesía con estrofas intragables repletas de faltas de ortografía. Y sus familiares y amigos las aplaudían. Yo también aplaudo a los monos en el zoo cuando intentan una cabriola. De N nunca supe gran cosa, exceptuando que debía ser retrasada o tan infeliz en su vida como para enrollarse virtualmente con un tipo como ese. La sociedad humana siempre ha creado monstruos. Algunos de ellos destacan por su maldad o afán de poder y son rápidamente catalogados. Otros, por el contrario, llevan una existencia tan gris que pasan desapercibidos. La verdad es que los sujetos que pertenecen a esta último grupo no hacen daño a los demás, por lo menos a conciencia, pero se convierten en una molestia al no servir para ningún fin. Son parásitos cobardes y pusilánimes a los que sólo les importa su propio ego, su propia supervivencia. Se equivocan constantemente pero no son capaces de reconocer sus errores y patalean por cualquier incidente, aunque lo hayan provocado ellos mismos con su inmadurez patológica.

A y N eran novios. Se pasaban el día y la noche diciéndose tonterías por Facebook o Whastapp. Mientras ellos vivían en su mundo repleto de luces y color, el tiempo pasaba como un marco asesino. Estaban convencidos de que eran especiales y que su falso amor estaba por encima de todo y de todos, pero desconocían que la ignorancia es un virus cuya única cura es darse cuenta de que estás infectado. Se prometían amor eterno, aunque no se habían tocado. Se juraban lealtad suprema, aunque nunca se habían mirado a los ojos. ¿Vacuidad emocional? ¿Intento de suicidio psicológico? La respuesta es mucho más sencilla: huían, huían de su necedad emocional e intelectual. Huían a cualquier lugar, poco importaba que ese lugar no existiera.

A y N eran novios. Él ya había tenido otra relación igual de ficticia antes de conocer a N. Pero el nexo que los unía los distanció cuando su anterior pareja se miró al espejo y vio reflejada una sombra desproporcionada. A veces la realidad trastoca las impresiones. Cuando eso sucede, el desasosiego, innegable y concreto, atropella a la esperanza, artificial y postiza. Cuando la irrealidad de la imaginación debilitada se rinde ante la confirmación evidencial, el todo y la nada se confunden, formando una masa equilibrada de seguridad donde sólo existe una razón por la que luchar: la verdad. Y es esa verdad, disfrazada de terribles sentimientos de culpa, la que, de alguna forma, puede curar las heridas infectadas producidas por la estulticia.

jueves, 7 de enero de 2016

Email del 7 de enero 2016

Vangel Naumovski. Black cradle of bright life (1963)

El sentido de nuestras vidas se encuentra en el mundo en que vivimos. Poco importa que éste sea una letrina donde cada uno es libre de arrojar sus mierdas. No disponemos de otro. Y aunque fuéramos capaces de descubrir una dimensión desconocida o incluso colonizar otros planetas, ¿nos salvaría eso de nosotros mismos? Una vez conocí a un tipo que estaba aterrorizado con su existencia. Pensar que sólo tenía 28 años y todavía le quedaban varias décadas de sufrimiento, miseria y autoinmolación, le sumía en depresiones bárbaras que solo remitían cuando daba rienda suelta a sus placeres, que no eran otros que asaltar mujeres y obligarlas a que se comieran una pera de agua. No les hacía ningún daño físico, sólo intentaba trastocar sus mundos por unos instantes. Cuando la víctima había acabado con la fruta, mi ex-amigo le hacía preguntas sobre su sabor y textura y les pedía que puntuaran la experiencia del 0 al 10. Anotaba todas las respuestas en un cuadernillo de anillas y más tarde, en la soledad de su casa, las catalogaba cuidadosamente. Un día que no pudo encontrar peras tuvo que resignarse a realizar el experimento con melocotones, pero su primera "paciente", por llamarla de alguna otra manera, casi se atraganta. En plena desesperación, mi amigo intentó saltar al vacío desde un segundo piso. Mientras estaba convaleciente en el hospital sintió remordimientos y confesó sus desordenes a la policía. El sargento primero, un tipo de aspecto rechoncho y cabello cortado al estilo vallisoletano, se quedó su libreta para analizarla y casi llegó al orgasmo la primera vez que la leyó. Sin embargo los datos que contenía ese cuadernillo no eran de índole sexual ni escandalosos. A veces la mierda no está donde se supone. A mi colega lo condenaros a 12 años de prisión y el suboficial de la poli pidió la baja y se hizo domesticador de babuinos en África. Unos años más tarde falleció al ser sodomizado con extrema brutalidad por un transexual perteneciente a la tribu Samburu.

Una de las cosas que siempre me han sorprendido de la sociedad humana es su simpatía por todo lo que tenga que ver con el crimen en masa, los genocidios y el holocausto. A esta insensibilidad definitoria la llamamos "progreso". Para que esa prosperidad alcance las cotas deseadas, no existe otro remedio que sacrificar las emociones. De esa manera nos convertimos en zombis y perseguimos a los pocos que no están de acuerdo en malgastar sus vidas humillándose ante el dios dinero o las veleidades que implican las posesiones. Hace algunos años tuve una novia que era tan fea que incluso parecía guapa. Su belleza había dado la vuelta al círculo y la mayor parte de los hombres que conocía se la querían agenciar. Tenía un hermano que era tan atractivo que si lo mirabas bien de cerca se diría que estaba más emparentado con un molusco gasterópodo que con un ser humano. Ambos mataban sus horas libres coleccionando todo lo que era coleccionable y la cantidad de sus posesiones llegaron al extremo de hacer explotar en varios pedazos lo que hasta ese momento era su hogar. Dicen que uno de los cuartos de baño acabó en Madagascar, aunque yo no me lo creo. Como necesitaban una serie de cubículos inmensos para almacenar los miles y miles de trastos que habían ido reuniendo con los años, acabaron por alquilar una nave industrial extremadamente gigantesca, lo que les llevó a la ruina. Las facturas llegaban sin parar y para afrontar los gastos tuvieron que tomar decisiones trascendentales. Ella se hizo prostituta, y en tres años su cara asquerosa y su cuerpo deforme se convirtieron en una especie de pedazo de carne purulento y acabó sus días en un hospital que pertenecía a la beneficencia. Él intentó vender parte de su colección, pero como le pagaron una miseria no tuvo más remedio que que hacerse actor porno, hasta que contrajo una enfermedad innombrable que lo llevó a la tumba en pocos años.

Vivir es inmiscuirse en una serie de experiencias. La mayor parte de ellas nos hacen sentirnos insignificantes. Si esta insignificancia nos caracteriza como personas racionales, entonces, ser inteligente implica trivialidad. El vocablo "trivialidad" significa "carente de importancia", por lo que se puede deducir que los seres humanos no somos nada. Simplemente unos pequeños puntitos que se mueven al compás que dicta la evolución. Pero dentro de estos puntitos móviles, hay algunos que intentan desplazarse con movimientos que no estaban programados. Cuando eso sucede, entra en juego algo llamado conflicto. Carlitos era un tipo aplicado. Sus estudios denostando la teoría de la oblicuidad de la eclíptica le hicieron ganarse una serie de enemigos poderosos. Algunos de ellos pertenecían a sociedades secretas que no veían con buenos ojos a alguien que se oponía a las cuestiones imponderables certificadas por la ciencia. El líder supremo de una de esas sectas, un sujeto ruin y muy satisfecho de sí mismo ordenó que asesinaran a Carlos y que lo cortaran en porciones. Asignaron la tarea a dos esbirros llamados X y Z. X era esquizofrénico y escuchaba voces que le ordenaban que se metiera el dedo indice en el culo cada viernes de cada semana. Z padecía dolores abdominales y casi siempre iba encorvado. El día del asesinato, un viernes, ambos sicarios se dispusieron a llevar a cabo sus maquiavélicos planes. Era un día soleado en el que, por algún motivo, los pinzones piaban más que de costumbre. El crimen salió bien y los cachitos de Carlos llegaron en varias bandejas ante el caudillo del clan. Éste cogió con las manos uno de los pedazos y se lo comió con delectación. Después de relamerse eructó desagradablemente y se sentó en su sillón de rey a hacer la digestión. Mientras el trozo de sabiduría se licuaba gracias a los jugos gástricos, el adalid se sintió enfermo y falleció. Los dos verdugos fueron acusados por el lugarteniente de envenenadores y acabaron descuartizados y engullidos por el resto de la congregación. Al día siguiente, todos estaban muertos. La noticia salió en todos los periódicos y escandalizó a los vegetarianos disidentes, pero el resto de lectores sintió que se había hecho justicia. Justicia divina. La teoría de la oblicuidad de la eclíptica ganó todavía mas adeptos y colorín coronado...este cuento ha acabado (quizá nunca debió empezar).

martes, 5 de enero de 2016

Email del 5 de enero 2016

Arthur Rackham. Father! Father! 

Nunca vi coger un libro a mi padre. Quizá las horas que dedicaba a trabajar se lo impedían. Yo creo que los odiaba, de la misma manera que odiaba al mundo, a la gente, a cualquier objeto que no sirviera a sus propósitos, que no eran otros que amasar un flujo continuo de negatividad y mal humor interior perpetuo. Por aquellos días yo todavía le quería. Es curioso cómo pueden ser domesticados los sentimientos. A menudo he pensado en ello. Le he dado tantas vueltas a la idea que ésta ha acabado petrificándose como una víctima de la mirada de la Gorgona. Pero meditar sobre el pasado es un ejercicio inútil, pues no puede ser cambiado. A lo sumo podemos transformarlo por medio de las mentiras. Las mentiras a uno mismo, a sus recuerdos ¡Un trabajo verdaderamente fatigoso y repleto de peligro!

Mi madre era un árbitro, un mediador, y a veces, un intermediario entre el pesimismo supremo y casi escandaloso de mi padre y nosotros. Nosotros eramos tres. Yo era el mayor y el que más perdido deambulaba, pues pelear con un ceporro me hastiaba y me arrastraba a la desesperación más frustrante. Mis dos hermanos eran demasiado pequeños para saber distinguir entre el sol y la luna y lo único que les importaba era intentar crecer lo más rápido posible. Quizá si hubieran sabido lo que significa ser adulto no hubieran tenido tanta prisa.

Ahora estamos todos muertos. Mi padre, mi madre, mis hermanos y yo. Nos enterraron a petición propia bajo un montón de medianoches. Las tumbas ya no existen. Un fuerte viento de Levante las arrastró hacia el lugar donde deben ser destruidas las apariencias. No conozco a nadie que haya lamentado lo sucedido. Los muertos no sollozan por los muertos. La brisa esparce el olor pútrido de los recuerdos, otorgándoles un poder y un privilegio inmerecido.

Ya no queda nada por lo que arriesgarse. Ya no se necesitan las sonrisas. Los pájaros del destino picotean los huesos esparcidos a ambos lados de las líneas. Las líneas que delimitan las palabras. Que las mecen antes de apuñalarlas. Las líneas solitarias, henchidas de vacío y estranguladas. Las líneas que representan una sospecha, una suposición, un presagio, una conjetura. O un síntoma.

lunes, 4 de enero de 2016

Email del 4 de enero 2016

Jan Sluyters. Forest trail (1910)

Desde el punto A al punto B hay varios kilómetros. El primero está abarrotado de movimientos oscilatorios y los recuerdos cuelgan de las paredes. Allí poseo una serie de silenciosos rincones que me protegen en los instantes que siento la necesidad de huir. Las puertas están rotas y nunca abren, por lo que no puedo ver a la gente, aunque escucho sus murmullos a través de los ojos de las cerraduras. Cuando necesito que la luz del sol me ilumine me la imagino. Cuando preciso que la luna blanca me acaricie me deslizo en sueños. A veces es más sencillo imaginar o soñar que vivir.

Respiro oxígeno y lo transformo en rielantes significados y equilibrados entendimientos. Las sombras no me acechan porque he aprendido a escabullirme. Nunca necesito nada porque carezco de todo y cada porción de ese conjunto de inexistencia me proporciona más placer que la suma de un millón de posesiones. Mi alma está fundida en una amplia gama de colores que no existen, aunque no se manifiesta en ninguna de sus múltiples formas. Soy una fecha fijada en un calendario olvidado por el tiempo, pero representada en el espacio. A veces las cosas más importantes carecen de importancia.

Desde el punto A al punto B hay varios kilómetros. El segundo vive dentro de mi y está rodeado de flores y mariposas que continuamente descargan sus diferentes gradaciones sobre el pico rocoso que separa las olas. Aunque a veces hace frío y las noches son húmedas, no tengo miedo, porque la sonrisa que se dibuja en el espejo hace que cada una de las pequeñas cosas que me importan fluyan en todas las direcciones. Me gustaría tanto pasar los últimos años de mi vida jugando a esconderme entre la tupida frondosidad de las madreselvas, las lantanas y los jazmines. A veces creo que todo va a salir bien.

Intuyo las opciones y restituyo las que carecen de sentido. Mientras elijo las más placenteras, siento unos ojos marrones, parecidos a perlas de los mares del sur, que me gruñen mientras me vigilan. Entonces cojo una pelotita de goma y la arrojo lo más lejos posible. Me encanta escuchar los jadeos y el ruido de las cuatro patas acercándose timidamente. El aire azul envuelve los tres músculos huecos que forman una familia. Cada retraso nos acerca todavía más. Cada duda nos hace más fuertes. A veces me despierto sintiéndome tan especial y afortunado.

domingo, 3 de enero de 2016

Email del 3 de enero 2016

M.C. Escher. Merry Christmas & Happy New Year (1961)

Querida:


Una de las cosas sorprendentes respecto a la navidad es que todavía no comprendemos que es un invento para hacer que nos sintamos todavía más idiotas de lo que parecemos. Y si parecemos memos es porque realmente lo somos. Y si efectivamente, lo somos, el futuro es muy incierto y no debería pertenecernos. Pero si por el contrario, como mucha gente dice, esa fiesta sólo es un pretexto para reunirse con los amigos y los familiares, entonces, la imbecilidad alcanza un punto sin retorno, tan demencial como eyacular sobre el macis de una nuez moscada y tan irracional como un discurso de un político fascista. Yo, y cada una de mis personalidades interiores, nos reunimos con los individuos que nos interesan cuando nos sale de esos órganos glandulares que fabrican los espermatozoides. No necesitamos que un invento del sistema nos autentifique. Y me es completamente indiferente que esa invención provenga del "Natalis Solis Invicti", del Capac Raymi o por el el advenimiento de Huitzilopochtli. Vivimos, crecemos y morimos viviendo y bendiciendo miriadas de farsas eutécticas continuas. Quizá es una forma de huir de una concepción no deseada. O simplemente una manera sencilla de poner el culo sin bajarse los pantalones o subirse la falda.

Durante milenios, los seres humanos se han vanagloriado de su deficiencia mental. Sólo hay que echar una mirada de soslayo a las personas que nos rodean para certificar que el planeta y toda la vida racional tienen las horas contadas. Que la hecatombe aniquiladora no haya sucedido unos pocos siglos antes se puede considerar un accidente de la involución. Pero esos sucesos eventuales e involuntarios siguen una coordenada inalterable y lo que debió suceder, sucederá.

Pero, imaginemos que no sucede; imaginemos que la estulticia en masa no sea suficiente para acabar con todo lo que conocemos y -al mismo tiempo- exprimimos, prostituimos, y unos cuantos "imos" más; imaginemos que las restricciones racionales no son un impedimento para que una especie de Big Rip manufacturado nos libere; imaginemos que...¡Yo no puedo imaginarlo! No soy tan sádico, tan cruel, tan malévolo. He hecho cosas de las que no me siento orgulloso; he tenido pensamientos convencionales en algún momento de mi vida; he deseado que un virus extraterrestre y de aspecto repulsivo inyectara conocimiento donde no existe, pero nunca he sido capaz de coger unas tijeras filosas y abrirme las venas. ¿Soy un cobarde?

Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.
Sí, soy un cobarde.