miércoles, 30 de diciembre de 2015

Email del 30 de diciembre 2015

Rene Magritte. Memory (1948)


Cuando miro los álbumes de fotos viejas o chequeo en los discos duros las carpetas que contienen imágenes de mi vida y todo lo que la ha rodeado, me entra una especie de terror incontrolable. Cuando esto sucede no me queda más remedio que bajar disparado a la tienda de chuches para comprar alguna mierda incomestible y saturada de grasas y azúcar para que me ayude durante unos breves momentos a combatir el bajón. El pasado es un veneno. Quizá no tan peligroso como los pastelitos a los que me refería antes, pero igual de nocivo para la salud mental. Y no es que me preocupe contemplar que cada vez tengo más arrugas y estoy más decrépito. Tampoco tiene nada que ver que me encuentre feo, fondón y asqueroso. El verdadero problema, la clave de la cuestión, radica precisamente en todo lo que no tiene que ver conmigo, sino con las circustancias.

A veces rompo o borro fotos que contienen gente y recuerdos que creo no han significado nada en mi vida. Nada más hacerlo, es decir, cuando no hay forma de volver atrás para recuperar las pruebas del error fatal, un sentimiento de culpa me atraviesa el cuerpo y se parapeta en alguna parte del cerebro, donde permanece callado aunque alerta. Entonces me siento fatal. Cada uno de los instantes de una existencia son irreemplazables, sean felices, desdichados o incluso terribles. Cada imagen pegada a un papel o repleta de pixeles es un recordatorio del valor que tiene cada segundo del total de un pasado. Como ya he señalado antes, no deja de ser un ejercicio inútil contemplar lo que ya no existe y yo soy de los que piensan que lo único que importa es el Aquí y Ahora, pero sí considero que es una abominación trastocar el orden, o la página del libro de una vida, arrancando uno o varios capítulos para poder combatir la vergüenza, el desasosiego, la melancolía. Otros, quizá los que vengan después, tienen derecho a hacerse una idea.

Mientras escribo estas líneas tengo la boca ocupada con una Chapela de Dulcesol. La verdad es que su sabor me recuerda al cemento cola, pero he cometido la imprudencia de hacer lo que he estado criticando en los párrafos anteriores. Noto cómo los diglicéridos y el E-262 corretean por mis venas. Siento la placentera sensación del cobarde que piensa que todos huyen menos él. Porque cuando el difosfato asesina pausadamente cada una de mis células, siento que obtengo lo que me merezco. Necesito un cigarro y un vaso (o dos) de zumo prefabricado. Me es indiferente la forma de eutanasia, lo que importa es que haga efecto.

Hablando con propiedad, tan sutil percepción del pasado y el presente, y por consiguiente del futuro, no se puede tildar, como es natural, de lloriqueante o destructiva, pues aunque estoy convencido de que somos una pequeña fracción de lo que nos permiten ser, también creo que podemos revelarnos. No creo que sirva para nada, pero reconforta saber que existe la posibilidad.

martes, 29 de diciembre de 2015

Email del 29 de diciembre 2015

Gianfranco Baruchello. Cordiali saluti dell'entropia-errore (1963)


Pensar en las equivocaciones y comprender su razón, no es lo mismo. Los errores no están sujetos a subsumciones lógicas y por consiguiente, no se hallan dominados por la impulsividad o la falta de coherencia psicológica, sino por la posibilidad. Erramos porque podemos permitírnoslo y no hacerlo sería como desafiar cada uno de los esquemas pertenecientes a las categorías que definen nuestra representatividad natural e individual. Pero, no obstante, salta a la vista que si intentamos aprender de cada uno de ellos, lo único que conseguimos es reincidir y amplificarlos. ¿No sería más reconstituyente que aprendiéramos a aceptar los conceptos erróneos como sintéticamente determinantes? Si lo hiciéramos así, nos ahorraríamos un montón de excusas, pretextos o percepciones paradójicas. Cada vez que recurrimos a las manidas frases de recurso como "lo siento" o "no fue mi intención", nos imposibilitamos. Y la imposibilidad no es más que un comodín que sólo sirve para ocultar una definida incapacidad tan artificial como espuria.

Tengo clara conciencia de mi existencia. Y ésta se basa en repeticiones de errores conscientes. Algunos de ellos fueron diseñados para causar pena y dolor, otros, simplemente, para descubrir o incluso incidir en mi propia identidad trastocada. Ambas formas concuerdan perfectamente con la definición humana y, por supuesto, son válidas como acercamiento o trabazón relativo al principio único y noúmeno que define al ente racional como insuficiencia biológica.

Debería existir algo parecido a una Universidad de los Errores, donde el alumno pudiera llegar a aprender la forma de enfrentarse a ellos, sin descartarlos u obviarlos. Una institución donde además de impartir una serie de conocimientos -para más tarde obsequiarnos con una bonita y refulgente titulación- se nos entregaran junto a la licenciatura un pañuelo y un cilicio. El primero nos serviría de consuelo en los instantes posteriores al hecho, mientras el segundo podría llegar a convertirse en un poderoso amuleto.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Email del 27 de diciembre 2015

Damien Hirst. Home sweet home

Querida:


¡Es increíble lo bien que le hace a uno regresar a su antiguo hogar! En cuanto cada mueble o cada objeto comprendió que volvía para quedarme comenzaron de súbito el bullicio y los aplausos. Cuando el jolgorio finalizó, mi sofá favorito me expresó lo triste que se había sentido estos últimos diez meses sin tener que soportar mis posaderas -y alguna ventosidad- encima. Sin embargo, la nevera me gritó que aunque era una bendición que estuviera otra vez de regreso, no me iba a perdonar haberla tenido en marcha vacía, con la excepción de un tarro de mayonesa rancia. Añadió refunfuñando que, según las especificaciones de la empresa que la construyó, debería haber sido descongelada y limpiada por lo menos dos veces durante todo este tiempo y que no se hacía responsable de un buen funcionamiento hasta que no la llenara de viandas de todas las clases y botellas de agua de Lanjarón o Bejis. Nada más prometer que así sería me asaltaron los muebles con estanterías donde descansa mi extensa colección de películas, música y libros y me abrazaron hasta casi cortarme la respiración. Enfadada, aunque con cierto grado de comedimiento, una de ellas me cuchicheó al oído "ninguna vicetiple rubia de bote es canjeable por lo que nosotras y lo que descansa en nuestras baldas te proporcionamos. ¿Cómo has podido hacernos ésto?"

Cuando abrí la ventana del comedor escuché una voz que provenía de alguna parte por encima de mi cabeza. Se trataba de una persiana enrollable que con aire de falso cabreo me preguntó si era capaz de saber lo que se siente estando enrollada durante tantos meses, sola, en la misma posición y contemplando cómo las persianas y los estores de los vecinos eran enrollados y desenrollados varias veces cada día. Cuando le pedí disculpas y le prometí que no volvería a suceder pareció tranquilizarse y me obsequió con una bonita rotura en el recogedor abatible de plástico (Nota: Llamar urgentemente al persianero). Más tarde, cuando entré en el aseo me esperaba una buena bronca. Tanto el lavabo como el inodoro se negaron en redondo a dirigirme la palabra. Me costó más de media hora de súplicas y caricias que entraran en razón. Al final, cuando los ánimos se habían relajado bastante, la ducha me comentó que largarme sin despedirme, que es lo que yo había hecho, y lo que es peor, sin echarles un chorrito de lejía o de esos maravillosos limpiadores que se comercializan en cualquier supermercado, les había sumido en una gran depresión, pero que ahora que estaba de vuelta, lo mejor era perdonar y prepararse para el nuevo futuro abarrotado de esperanza que nos esperaba.

-He escuchado que tenías un perro -farfulló la almohada nada más recostar mi cabeza sobre ella.
-Sí, así es. Todavía lo llevo en el corazón. Es una bolita blanca de lana y se llama Mac. Mañana pienso tatuármelo en el pecho.
-Pero antes tendrás que depilarte esa maraña de pelos canosos, ¿no? -me preguntó con cierto aire insolente.
-Lo haré -dije- no me importa en absoluto.
-¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?
-No existen las preguntas indiscretas, sólo las respuestas son indiscretas -contesté.
-¿Eso que has dicho está sacado de una película?
-Cierto, ¿y qué? Todo es una película.
-Y esa frase es de una canción.
-Eres una almohada repelente, pero has hecho un buen trabajo desde que te compré en una superoferta hace un par de años. Ahora lo único que quiero es dormir y soñar. Quiero revivir los buenos instantes. Necesito volver a jugar a la pelota con Mac o me derrumbaré. Ya hablaremos más adelante, cuando me recomponga. ¡Buenas noches!

viernes, 25 de diciembre de 2015

Email del 25 de diciembre 2015

Kaoru Kawano. Figure with eyes closed (1955)

Cierro los ojos. ¿Para qué sirve cerrarlos? Para acercarse a la nada. Pero entonces ¿qué es la nada? La nada es la ausencia total, una respuesta sencilla e inútil con la que poder disimular el vacío. Existen infinidad de vacíos. El mío poco se puede parecer al tuyo, o al de cualquiera que sea capaz de interpretar este texto. Mi vacío lo he construido yo. ¿Yo? ¿Qué es el yo? El yo es una línea virtual que divide y, a veces incluso, aísla a los individuos. Mi yo es infinito y limitado. Eterno y perecedero. Yo soy una piedra a la orilla de un riachuelo. Soy una gota dentro de una nube. Soy los días, los meses, los años, pero también soy parte del espacio y del tiempo. Soy la esquina doblada de un libro. Soy el filo de un cuchillo. Soy la sangre que se escurre por tu antebrazo. Soy una semilla. Soy un hueso, pero también soy lo que he sido en mis días y en mis noches anteriores. Y he sido un árbol. He sido una mortaja. He sido un alfil y he ganado algunos juegos. He sido guitarra. He sido hechicero. He sido cristal y he sido hierro.

La imaginación me transporta al pasado, pero el pasado no es más que un suicidio elaborado. Si a esa forma de inmolación lenta y dolorosa sumamos los naufragios de un presente repleto de timoneles con formas de espectros y mástiles corroídos de enfermedad y óxido, el resultado siempre es el mismo: cadáveres macilentos ahogados en los que se alojan los espíritus de krakens y Morwaurs.

Vuelvo a vivir en la entropía. A veces las cosas no funcionan y a uno no le queda más remedio que regresar con el rabo entre las piernas. Pero el verdadero problema no radica en volver avasallado y con la sensación de haber perdido el tiempo, sino en retornar con esa extraña sensación de fracaso. Ni siquiera importan las palabras o las culpas. Sólo esas preguntas sin respuesta revoloteando alrededor del cuerpo marchito e hipersensible: ¿Si yo lo he dado todo, si tú has hecho todo lo posible, entonces por qué todo ha salido tan mal?

Hay gente que huye de lo que le atormenta. Hay gente a la que le atormenta huir. Los primeros lo hacen porque les resulta más sencillo escabullirse, los segundos simplemente, ya han pasado por eso y conocen a la perfección los efectos secundarios que produce cualquier forma de escape. Además, el precio que se paga es siempre demasiado alto.

Puede que haya gente que al leer este compendio de líneas mal hilvanadas piense que qué coño le importa una situación emocional imaginaria. La respuesta es muy sencilla: si te he agregado o eres lector habitual de mi blog sabrás que siempre cuento -o por lo menos lo intento- todo lo que sale de mi corazón y algunas de las muchas cosas que ven mis ojos. Algunas veces con un toque absurdo, otras con humor surrealista, y a veces, como sucede en estos instantes, con cierta melancolía decadente por las cosas, los hechos, que pudieron ser y que por alguna razón nunca fueron. Cada ser inteligente que puebla este planeta es capaz de discernir lo que es bueno o malo para él y para los que le rodean. A algunos les interesa por encima de todo apostar a ese juego llamado autodestrucción, otros por el contrario quieren llevar una vida tranquila repleta de conocimiento y caricias, y sobre todo, alejados de conversaciones estériles y perdidas de horas inútiles. Cada uno hace lo que le provoca una porción de felicidad con la que poder mantener una volátil esperanza.

Al final el tiempo, ese terrible juez que dicta los veredictos y ejecuta las sentencias, es el que se encarga de poner a cada uno donde le corresponde. Sin favoritismos pero con extrema dureza.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Email del 23 de diciembre 2015

Diego Velazquez. El bufón Calabacillas (1639)

¡Jamás!
Lo anteriormente expuesto me lleva a considerar algunas opciones. Si tomamos ese vocablo como un sinónimo de nunca, que indudablemente lo es, sólo me queda una excusa para aplacar los incesantes cuchicheos que desde algún lugar de mi cabeza atormentan mis fantasías más desorbitadas; pero si por alguna razón, creemos que dicho adverbio es una simple forma de decir "no, de ninguna manera, en ningún momento", entonces no tendría otro remedio que salir de mi habitación y pegar un fuerte portazo. Porque no puedo soportar los imperativos negativos ni cualquier adverbio o reunión de palabras que signifiquen un rechazo absoluto a mis pretensiones, si, por supuesto, exceptuamos las dos anteriormente citadas. La primera, pese a incrustarse en mi hígado como lo haría una bala de punta hueca, no llega a sumirme en la desesperación porque he llegado a la conclusión de que sólo es una forma, una excusa para cambiar una conversación que de alguna forma se está descontrolando. La segunda, sin embargo, me produce emociones placenteras, pues me recuerda a un gorrión que mi abuela crió desde que era un pollito y al que todos los niños llamaban así.

Es posible que esta aparente carencia de objetividad, o si quieres, racionalidad, incite al resto de mortales que tienen la satisfacción de estar a mi lado a no tomarme demasiado en serio, pero eso no es algo que me quite el sueño, pues media hora antes de acostarme me trago cuatro o cinco comprimidos de Tranxilium. Ese fármaco milagroso, además de conseguir que mis neuronas se tranquilicen, me otorga la capacidad de creerme un ser supremo por encima del bien y del mal, que está en este puto Universo para corregir las deformaciones de identidad de algunos individuos determinados.

A primera vista, este texto puede parecer una reunión de demencias dignas de un lelo engreído, pero no te lleves a engaño: ¡lo es! Soy un gilipollas soberbio y altanero. Me ha costado 54 años llegar a ser así. ¡He aprendido tanto de tí, de ellos, de todo el mundo! ¡Y tengo tan poco que perder! Debería haberme hecho político o abogado (¿quizá sacerdote?).

Ahora, desde el instante en que se convierta en una realidad mi magnificencia, no me resta más que encerrarme en el váter y rezar allí mis oraciones. Me gusta escuchar mis propias ventosidades mientras dirijo mis alabanzas a la Creación, sobre todo por haberme engendrado a partir de la nada.

martes, 22 de diciembre de 2015

Email del 22 de diciembre 2015

Ellsworth Kelly. Vertical lines (1951)

La gente suele traspasar la línea por diversas razones: quizá para sentirse omnipotente durante un instante en el tiempo, mientras contempla un horizonte infinito e imperfecto que no ofrece dudas ni admite respuestas. Tal vez para sintetizar el desconcierto que se parapeta tras el barotraumatismo que produce la anoxia de los sentidos. Sea cual fuere la razón, la línea siempre es la misma; no admite ningún progreso, ni siquiera la mínima modificación. No está sujeta a leyes, ni a razonamientos. No atiende los ruegos o súplicas y, deontológicamente, carece de ética, de principios, de moral. Es indómita y su sometimiento incondicional no es más que una ilusoria utopía. Podemos pisarla, arrastrarla, cogerla con las manos y tirar de ella hasta transformarla en una curva, pero siempre seguirá siendo una sucesión de puntos continuos. Podemos taparla, podemos desgarrarla, romperla en pequeños pedazos y arrojarla por la ventana. La línea nunca desaparecerá. De alguna forma está ligada a nuestras más recónditas esperanzas.

Hace bastantes años las líneas eran gramos de granos minúsculos, de puntos amontonados encima de la mesa. Para trazarlas, las tenía que separar con tarjetas de crédito. Al final, invariablemente acababan en mi cerebro. Entonces veía las cosas como no eran, pero a mí me parecía lógico asesinarme lentamente. Algunas de ellas entraban en mi sangre por la nariz, otras directamente en vena. La mayoría salían disparadas por mi boca y ensuciaban suelos ajenos, pero unas pocas me convencían por medio de susurros armónicamente entrelazados. Y entonces, entonces todo volvía a comenzar. Las líneas tumbadas sobre un periódico, sobre una silla, sobre cualquier superficie plana me mostraban su erotizante dominio. Y yo no podía hacer nada. Era su esclavo y si no les rendía pleitesía la fiebre me devoraba, los esfinteres se vaciaban sin orden cerebral, sudaba y bostezaba sin control y los escalofríos se adueñaban de la piltrafa en que me estaba convirtiendo. ¡La línea ya no delimitaba espacios ni definía formas!

Las líneas siempre preguntan. Las respuestas dependen, en cierta medida, del grado de maduración de los individuos. La yoidad, es decir, la condición de ser un yo, uno mismo, sólo es una bonita alegoría. Entre el principio de todo y el final de nada sólo existe una insignificante directriz: ¡la línea! Esa que cada uno cree que traza a su manera, cuando es ella quien empuja inexorable y nos conduce al mismo punto a todos. El punto final.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Email del 21 de diciembre 2015

Carsten Nicolai. Void (2002)

No estoy de acuerdo con nada. Acepto la imposibilidad como un placebo que me azota cada mañana, pero sigo sin comprender cualquier hecho que tenga que ver con las circunstancias o particularidades humanas. Por esa razón me enfrento a todo. ¿De dónde nace la cándida pasión a regocijarme de mi asqueamiento social? Sólo me quedan unos pocos sueños. Algunos de ellos los he pagado, pero la mayor parte permanecen parapetados tras mi orgullo buscando un razonamiento que los libere. ¡Soy un objeto! Me niego a transformarme en un yo. Mi conciencia adormecida me grita que me una al ser, pero el ser se inmoló cuando comprendió que cada éxtasis, cada acción y reacción, cada suspiro y cada impetración no eran más que un argumento neutro concebido para magnificar la tensión irracional del sufrimiento.

A los mirlos les encanta el tocino. Por lo menos eso he leído en un texto sobre la naturaleza. Yo tengo algunos mirlos en la cabeza, pero mi corazón está repleto de cuervos que se alimentan en los basureros de la desesperación. Podría levantar mis brazos y clamar a ese invento de los mortales llamado Dios para que narcotizara mis impulsos, pero ya me he vendido bastantes veces. ¿Cambiaría algo si lo hiciese una vez más?

El vacío interior es como una puesta de sol sin sol. Una especie de amanecer oscuro y aterrador que obliga al enfermo a sumirse en una eternidad irreconocible, extraña, inconsciente. Un categórico y definitivo acercamiento al secreto que esconde la inmanencia. Todo lo que no es accesible para los que creen en un único e intransferible todo y abominan de la nada. La nada, esa terrible carencia que permanece enhiesta como un tronco viejo y carcomido, mientras a su alrededor nacen brotes nuevos que algún día serán pisoteados. ¡Es tan fácil destruir! Tan sencillo como inventar una mentira. Tan útil como clavar un alfiler en un muñeco de trapo. Tan necesario como despilfarrar esa magnitud física que es el tiempo.

Así como el psicópata tiene que inventar nuevas maneras de proporcionarse satisfacción interior por medio de la sangre y el dolor ajeno, yo necesito llegar a un punto donde no exista la continuación ni la permanencia. Un espacio rodeado de percepciones fingidas y eternidades desteñidas. Un lugar alejado del resto de lugares, donde escupir y defecar sobre los Dioses no esté castigado con la pena máxima. La sociedad nos necesita para adquirirnos y devolvernos. Para hacernos sentir putas y chulos al mismo tiempo. La sociedad es una corporación. O estás fuera o estás dentro. Si decides meterte en la mierda y creer que por medio de actualizaciones diarias llegarás a saber de qué va todo esto...

Cada uno de nosotros tiene una teoría favorita sobre el cuándo, el cómo y el porqué. Algunos incluso van más lejos y son capaces de interrogarse sobre el qué, el quién y el dónde. Yo me conformo con asustar a los mirlos y jugar con los cuervos. Supongo que en un mundo paralelo las cosas funcionarán de un modo diferente.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Email del 20 de diciembre 2015

Kazimir Malevich. Someone Wicked (1913)
LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien no soportaba a alguien, pero no tenía más remedio que tragar saliva y escuchar las memeces que salían de su bocaza porque ese segundo alguien era un familiar cercano de la persona con la que vivía. Y a la que quería. Y que por alguna estúpida casualidad de la existencia también se llamaba Alguien. ¿Alguien?

LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien era alto y aunque estaba demasiado pagado de sí mismo podía permitirse odiar a los individuos monotemáticos y a los que sólo les interesaba huir por encima de cualquier otra cosa. Esa clase de gente que cuando la miras te das cuenta de sus terribles carencias disfrazadas de felicidad engañosa y a los que, supuestamente, nada asusta, quizá porque sus neuronas no saben distinguir entre lo que es real y lo que es pura patraña. ¿Patraña?

LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien amaba la soledad, pero no la que proporciona el aislamiento o el ascetismo, sino la interior, la que proporciona sabiduría y entendimiento. La que no reniega de un buen libro o un film clásico y a la que las conversaciones banales sumían en un inaguantable sopor que somatizaba enfermedades misteriosas y por la que era tildado de rarito y loco. ¿Loco?

Llamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien coartaba la libertad del alguien que tanto amaba, simplemente hablando, hablando de cualquier cosa. A veces se sentaba en el suelo en total oscuridad y se preguntaba para qué había nacido, si todo es tan irreal, tan confuso. En esos momentos, los colores que formaban sus circustancias se desteñían. Mientras eso sucedía, un remolino de sentimientos antagónicos golpeaban su conciencia. ¿Conciencia?

LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien no podía cruzar el océano que separa los continentes del "mi culpa" y "tu culpa". Por eso un día llego a su casa, saludó a sus paredes y se cortó las venas. Su sangre de consistencia acuosa formó un riachuelo en el suelo y se deslizó hacia ninguna parte. Porque esa zona es la única en que todo está permitido. Nada supone nada. Las palabras tienen el valor que esos muchos alguien quieran darle y donde los necios sin cerebro no trasmiten su mierda a quien no este interesado. Esa porción de una totalidad difusa, aparente, tan difuminada como una flema pisada en la arena mojada y que de alguna forma, se rinde ante la plenitud de lo inalcanzable. ¿Inalcanzable?

LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Llamadme Gregorio.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Email del 18 de diciembre 2015

Giovanni Battista Piranesi. Bust of unknown

Hola:


Es muy posible que el ente que vive en mi hogar y que mueve los objetos y hace saltar los fusibles se esté vengando en mi persona por algo que le sucedió en otros tiempos, puede que incluso en alguno de los innumerables multiuniversos. No sé. Quizá esa fuerza está ligada de alguna forma a mi propio ser y hasta es posible que sea yo, o algo que anida en mi interior el causante de todo. Lo único que soy capaz de explicar, o mejor, lo único que soy capaz de explicarme a mí mismo es que algo vive en cada una de las habitaciones de esta inmensa casa. A veces puedo sentir su presencia. La siento cuando apago la luz. La percibo en los momentos en los que mi espíritu se siente más decaído. Escucho los ruidos que provoca. Advierto cuando interrumpe las llamadas telefónicas. La verdad es que nunca le he visto pero se que está ahí. Pero si no hay nadie, si ÉL soy yo, si esa cosa duerme en alguna parte de mi cuerpo, ¿de qué manera puedo alejarme de mí mismo?

Supongamos que esa entidad, o esencia, o como quiera que pueda llamársele, no soy yo, sino algo que está por encima del conocimiento humano; si esa visión interior, ese ser inmaterial dotado de cierta inteligencia y proclive a la iniquidad, habita en este domicilio, ¿cómo puedo defenderme? ¿Cómo puedo proteger mis pensamientos, mis emociones, mis días y mis noches? Pensar que las huellas de mis zapatos se superponen a las suyas no ayuda a estabilizar el terror cerval que me provoca su existencia. O su inexistencia.

Mi intimidad se aferra a un rincón en el que me siento bastante seguro. Sé que ÉL nunca se atreverá a traspasar ciertas líneas. Pero mi esquina, mi recoveco, tiene un tamaño definido y no es posible incrementarlo. Sin embargo la entelequia aumenta su poder y su tamaño cuando mi denuedo se acoquina. Necesito saber cúal es la verdadera diferencia entre infinito y eterno. Entre seguro y evidente. ¡Me gustaría tanto dejar de pensar en la muerte! Conozco sus preferencias y tengo claro que es perfecta. Pero la excelencia no es tal cuando se vive agazapado en un escondrijo oscuro escuchando jadeos y sintiendo que algo que quizá no existe se divierte contemplando mis recelos.

En ninguna parte se está mejor que en la camilla con sistema hidráulico esperando la prosección.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Email del 16 de diciembre 2015

Jean-Michel Basquiat. God, law (1981)  

Hola:


Mi cuento titulado "Dios" ha ganado el primer premio del concurso literario para degenerados que organicé el mes pasado. Como fui el único que presento algún texto, el jurado, compuesto por mí mismo, no ha tenido ninguna dificultad en deliberar y llegar a una conclusión. Por esa razón, además de recibir el primer premio, el segundo, el tercero y catorce accésits de compensación, he sido gratificado con un magnífico viaje al bar de la esquina, donde se rumorea -en realidad los rumores los he distribuido yo- que seré agasajado con una fabulosa cena consistente en un bocadillo de bacalao rebozado con pimientos verdes fritos y un par de birras. Pero creo que será mejor que te regale unas cuantas líneas para que caigas rendida ante la exuberante calidad literaria de mi prosa y el fino y magistral argumento tejido a base de sobresaltos que dejaría patidifuso de envidia hasta al mismísimo Michael Chabon. Ahí van un par de párrafos:

"-Naturalmente, cuando se regresa de una orgía celestial se encuentra uno cansado y lo más necesario en esos instantes es meterse en la ducha -se comentó a si mismo Dios mientras contemplaba absorto la flacided de su pene-. Una vez limpio y reconfortado suelo apuntar en una libreta negra la cantidad de erecciones salvajes que he tenido y la duración de éstas. Yo, al contrario que otros que conozco, no llevo un recuento de los orgasmos que he proporcionado, más que nada porque me importa poco si los he producido o no. Como soy un egoísta de tomo y lomo, lo único que me interesa es mi placer personal.

Dios era un prepotente y siempre hablaba sólo. Aborrecia el contacto con otras deidades ya que éstas siempre se referían a él llamándolo "el viejo trotón fanfarrón". Hacía milenios que tenía que demostrarse que su existencia estaba plenamente justificada y una forma de acreditar su validez era asistiendo a bacanales donde experimentaba con todo tipo de placeres, tanto sensuales como perversos. Aunque su belleza todavía era apolínea, no lo era su miembro viril, que desgastado por continuas correrías se asemejaba más a un pimiento Capsicum annuum de la variedad longum".

El editor de esta obra maestra (yo, lo has adivinado) ya está preparando la segunda parte que promete será espeluznantemente increíble. En ella se indaga en el nacimiento, infancia y las primeras experiencias de la vida de esa deidad prefabricada por los mortales para tener una cabeza de turco cuando se meten en problemas.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Email del 13 de diciembre 2015

Theodor Severin Kittelsen. Creepy, crawly, rustling, bustling (1900)

Nos vimos por última vez hace 319 años. En esa época, el se hacía llamar Alonso Solís y Torregosa. Recuerdo como si fuera ayer la conversación que mantuvimos y la forma en que la luz que se filtraba por la cortina de una ventana incidía sobre su rostro. Fue allí, en medio de la nada y del todo, donde decidimos dejar de vernos en el tiempo. Su reciente papel de médico del rey Carlos II no le había otorgado la pompa que esperaba. El monarca seguía sin tener descendencia y las promesas se volvieron en su contra. Mientras trataba de llegar a una conclusión, yo decidí viajar hacia delante. Mi destino era cualquier año del siglo XXII. No me importaba la edad ni el sexo. Lo único que necesitaba era que mi nuevo Yo fuese maligno. Quería experimentar las sensaciones que provocan la perversidad y la depravación. Sin embargo había un problema: el subternancio no funcionaba correctamente y la traslación tendría sus riesgos. Pero antes de continuar con la narración, permitidme explicaros que es un Subternancio...

En un principio iba a llamarse Ubersetor, pero pronto nos dimos cuenta que al pronunciarlo poníamos unas caras muy raras, como de alguien que traga semen con cuidado para que no se caiga al suelo ni una sola gota, así que decidimos cambiarlo a lo primero que se nos ocurriera. Y lo primero que se nos ocurrió fue Subternancio, que es un vocablo bastante horripilante y feo. Pero creo que me he adelantado. He explicado cual era el nombre de la máquina que inventamos para trasladarnos por los siglos, pero he omitido descuidadamente exponer el cómo y el por qué, y esto no es digno de alguien que está convencido de que es superior al resto, o a las tres cuartas partes de la fracción que queda de un todo, o al fragmento indeterminado que se asocia a la generalidad o al conjunto. ¿Pero a que venía ésto? ¡Ah, si! La verdad es que tengo serios problemas con la memoria. Puede que la culpa sea de los malditos cócteles a base de Seroquel, Geodon, Abilify, Clozaril y Eszoplicona con los que me atiborraban en el frenopático. No sé...¿debería? ¡Es todo tan sumamente enrevesado.

Alonso era alto. No tanto como un tapir, pero más que un lebrel irlandés. Su rostro era opaco, por esa razón había que mirarlo entornando los ojos. Sus orejas tenían forma de asa y los lóbulos inmensos que colgaban como dídimos denotaban materialismo y superficialidad. Cuando preguntaba algo solía echar la cabeza hacia atrás mientras que con la mano derecha se rascaba la pierna izquierda. A veces, sobre todo cuando contemplaba sus lúnulas agrisadas, se echaba a llorar y yo tenía que convencerlo de que a pesar de la edad y de sus múltiples circunstancias, éstas todavía eran blancas y que si él las veía de color ceniza era, seguramente, debido a un leve problema ocular. Recuerdo una tarde en que se empeñó en morder unos zapatos. Los zapatos llevaban pies dentro, y los pies iban unidos a un cuerpo. El cuerpo era inmenso y estaba rodeado de filamentos delgados y algo parecido al vello amedulado y sin pigmento. No sé... ¿debería? Las palabras no sirven de mucho si no hay alguien dispuesto a escucharlas.

Dios tiene escamas y cuernos. Cuando le atosigan con un palo, arroja fluidos por la boca. Yo lo he visto. Puedo jurarlo. Y cuando de entre las luces del ocaso que rielan resplandecientes surja una garra externa, será el momento de empezarlo todo. Y cuando su unguis queratinoso toque nuestra inmarcesible carne impía y profana, será el instante de terminar lo que hemos empezado. Porque no se puede acabar si antes no se ha comenzado. No se puede maltratar si antes no se ha mimado. Y cuando todo lo que hemos temido se transforme ante nuestros cansados ojos en júbilo y exultación, sabremos que la mitad de nada sigue siendo demasiado poco.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Email del 11 de diciembre 2015

M.C. Escher. Whore's superstition (1921)

Querida:


La fusión de los sensaciones y de las circunstancias -ya sean propicias, adversas o incluso modificables- no sólo son lógicas, sino necesarias para que las experiencias que perfilan el carácter funcionen. No existe ninguna forma de perpetuar una idea o un proyecto sin ayuda de ciertas condiciones indispensables cuyo deber es sencillamente afectar de la forma más convencional posible. Cuando éramos jóvenes, casi siempre nos desmoralizaba el hecho de que algunas, o la inmensa mayoría de personas a las que teníamos afecto, poseyeran versiones diferentes sobre lo que realmente implicaba el vocablo "amor". Yo, desde luego, no voy a indagar en los aspectos metafísicos de ese cúmulo de sentimientos que unen a las personas, sobre todo porque estoy completamente convencido de que existen pocos seres que realmente hayan experimentado esas sensaciones irracionales de una forma incondicional y desinteresada.

Entonces, ¿Si no voy a despotricar ni reflexionar sobre dicho tema, para que diantres he manchado una hoja de Word nuevecita? La respuesta es muy simple: no tengo ni puñetera idea, por lo tanto voy a tratar de llegar al cupo de líneas autoimpuesto de una manera más o menos ajustada y sin llegar a meterme de lleno en el meollo de ningún asunto. Podría relatar mis estólidas experiencias juveniles con los corotos, o quizá lo que me sucedió una noche intentando introducir algo introducible en una botella de Fanta naranja, pero creo que sería perder el tiempo. Lo que verdaderamente me apetece es mandar a la mierda a un montón de gente. Si tuviera las suficientes agallas escribiría aquí debajo cada uno de los nombres de esos inútiles y la razón por la que pienso que, escatologicamente hablando, son porquería, deyeccion y boñiga. Si fuera tan valiente como a veces creo que soy, incluso se lo escupiría en sus mismos rostros, pero no puedo. Soy una furcia viciosa y decadente y debo seguir comerciando con mi carne. Soy una puta infecta de la peor calaña y debo tragar lo que me quieran meter en la boca. Dejo que me empalen por detrás a cada minuto de cada día y cuando por la noche regreso a la bendita oscuridad de mi habitación, me limpio la sangre con agua mientras dibujo sonrisas desesperadas.

En esta sociedad que trabajosamente hemos creado, sólo se puede ser íntegro dentro del crematorio. El resto del tiempo, debemos consagrarlo a poner en práctica las lecciones que nos han enseñado. Y ahora me voy, necesito que mi protector, que también es mi chulo, me pegue una buena paliza.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Email del 9 de diciembre 2015

Albrecht Durer. Hands of an Apostle (1508)

Hola:


En caso que nos sintamos tentados a conjeturar sobre si la memoria eidética fue o no la causante de sus desgracias, deberíamos echar un vistazo a los sucesos acaecidos en su habitación el mismo fatídico día en que se descerrajó un tiro en el cráneo, redactados en un aturullado texto de 18 páginas que en estos momentos se encuentra en poder del titular del Juzgado de Instrucción número 9. Según algunos, no todos, simplemente unos pocos del total impreciso, estos hechos nunca debieron ocurrir; pero si hacemos caso a la mayoría, es decir, la casi totalidad de los pocos que opinaron, el suicidio estaba prácticamente "cantado" desde el momento en que recibió la misiva que cambiaría su existencia. Que dicha carta estuviera en blanco, no parece contradecir las ideas de los unos y los otros, por lo cual ha surgido un nuevo grupo, formado por personas que opinaron en su día y que tras diversas circunstancias cambiaron de criterio. Esa congregación, llamada por los que ya no juzgan ni valoran como "Los cientifistas desposeidos", están convencidos de su imparcialidad extrema y sólo pretenden prescindir de elementos ideológicos una trama compleja pero previsible.

-En realidad nadie está libre de culpa -sugirió un tipo con bigote acartonado y blanco, con pelos tan lacios como una sílaba adormecida y que pretendía ser el jefe del resto de individuos que participaban en la conversación.
-Creo que te equivocas. Yo no me siento culpable. Jamás pretendí su muerte, aunque si he de ser sincero... -exclamó una voz susurrante que provenía de un hombre muy corpulento-. Si he de ser sincero me alegro de que la pesadilla haya concluido.
-Estoy de acuerdo con vosotros, pero si alguna vez, a alguno de los que estáis aquí reunidos, se os ocurre comentar mi pensamiento a terceros, lo negaré rotundamente -vociferó un bizco que manoseaba con impaciencia un billete roto.
-Entonces queda todo dicho y hecho. Por lo que a mí concierne, esta reunión no ha tenido lugar.-consintió la voz que ordenaba y hacía cumplir las órdenes.

Si la ilusión natural de cada uno parece ser una necesidad biológica, entonces ¿para qué sirve vivir en este mundo? ¿Qué ganamos con sentir que pertenecemos a la raza humana? ¿Raza humana? Me reiría si no estuviese tan feliz por haber cometido el crimen perfecto. Posiblemente tenga que rendir cuentas a alguien, alguna vez, en cualquier lugar, pero mientras todos se afanan por encontrar y juzgar al culpable, yo me siento como se sentiría un Dios despreciado. Porque la verdad es que cada uno de mis Yoes, hasta el más benigno, sabe que la unidad no existe. Sólo el caos absoluto posee el nivel de gradaciones y de estados capaces de ensamblar cada átomo de maldad. Sólo la conclusión primigenia, sólo el atisbo, la sospecha, el temor a parecer falsos culpables nos hace traspasar las rectas. Y mientras, nuestra nobleza y honradez corre despavorida gritando a quien quiera escuchar las palabras de solemnidad que celebran la gloria de los desprotegidos con las cuales se debe humillar al hombre.


lunes, 7 de diciembre de 2015

Email del 7 de diciembre 2015

Oswaldo Guayasamin. Tears of blood

Mi perro me regaló una bonita sonrisa. Aunque a diario me llenaba todo el cuerpo de ellas, yo sabía que la de ese instante era especial, porque era la última. Media hora más tarde su cuerpo reposaba inerte sobre la mesa del veterinario. A su lado descansaba un catéter con unas pocas gotas de Tributame. Mientras mis ojos barrían la consulta, intentando obviar le imagen de la muerte, tan perfecta e inadmisible, mis lágrimas se apretujaban en una especie de masa incolora y se rebelaban por saltar al vacío. Yo lo impedí mientras pude, pero al salir a la calle resbalaron por mi cara y se deslizaron hasta el suelo. Como éste estaba mojado, supongo que por gotas de sollozos anteriores, no fui capaz de recogerlas.

Ahora estoy frente a una ventana. Intento mirar hacia afuera, pero es de noche y la oscuridad dificulta la percepción de lo que se esconde detrás. Recuerdo que hace bastantes años mi padre me regaló algo que para él era muy importante. Ese algo era de color corriente y llevaba una pequeña etiqueta con el precio pegada en un lateral. Cuando se largó despegué la etiqueta, me la guardé en el bolsillo y arrojé a ese algo por la ventana. Mientras pensaba en lo fácil que es comprar el afecto, decidí bajar a la calle y buscar el algo. Lo encontré sin dificultad y lo arrojé a la papelera. Cuando volví a subir a casa, saqué del bolsillo la etiqueta y me la pegué en la frente. Fui con ella clavada en la cara durante tres días y cuando se cayó lloré porque no había cumplido mis deseos, que no eran otros que mi padre se fijara en ella.

Entre esa etiqueta que arranqué del algo y las lágrimas que se desecaron en el suelo pasaron casi dos décadas. Durante ese periodo de tiempo lloré diecinueve veces, supongo que una por año. De todo ese montón de lamentos, cuatro resultaron inútiles, seis lograron avasallar las emociones de los receptores y el resto no fueron verdaderamente importantes, o por lo menos no sirvieron para los propósitos que estaban concebidos.

La verdad es que no sé porque escribo sobre el pasado. Quizá en un vano intento por arrastrar hacia la nada ese maldito círculo de simulación que siempre acaba por comprometerme. ¿O es una especie de comodín que la mayor parte de las veces me exime de poner los dedos entre las fauces de lo que es real y lo que es inventado?

Creo que pese a todo, sigo huyendo...