martes, 22 de septiembre de 2015

Email del 22 de septiembre 2015

Jean Paul Lemieux, Les masques.1973


-Mi abuela todavía es capaz de andar haciendo el pino -exclamó Alberto mientras sorbía su café frio.
-Caray, ¿Cuántos años tiene la anciana? -pregunté incrédulo.
-En diciembre cumplirá 97 -me respondió no demasiado convencido. -También es capaz de levantar un saco de patatas de 100 kg con cada brazo mientras canta una marcha militar falangista.
Alberto es un tipo extraordinariamente mentiroso. Generalmente no pierdo el tiempo charlando con gente así, pero ayer me sorprendió mientras estaba sentado en la terraza de un bar tomándome un zumo  e intentando escribir un cuento y no pude escapar. Encantado de poder contar sus invenciones a alguien, este tipo con aspecto de facóquero despeinado se sentó a mi mesa y dio rienda suelta a sus habilidades.
-Hace un par de meses me encontré en la calle un bebé tirado al lado de un coche. No paraba de llorar y lo llevé a comisaria. Cuando vino la madre a recogerlo estaba tan contenta que prometió ponerle mi nombre cuando lo bautizaran.
-Eso sí que es suerte -respondí.
-Además, me dijo que si al hacerse mayor era la mitad de guapo que yo se daría por satisfecha. ¿Sabes?, mi guapura viene de mi abuela Adela.
-¿La que anda haciendo el pino?
-Sí, la que anda haciendo el pino -repitió- aunque mi otra abuela es incluso más guapa. Todos los días la paran los transeúntes para contemplar su belleza.
-¿Cuántos años tiene esa abuela? Pregunté mientras comenzaba a impacientarme su osadía.
-95 aunque aparenta 45 o 46.
Llegados a este punto y temiendo que me contará las historias de sus abuelos, decidí pagar y largarme, pero él, acostumbrado a estos percances fue más rápido y volvió a las andadas.
-Mi abuelo Carlos se fuma cada día nueve paquetes de Ducados y ni siquiera tose. Los estanqueros y los médicos le piden autógrafos y todo - exclamó con aire triunfante.
-Alberto, majo, tengo que irme, me espera mi abuela Francisca para que la ayude a ponerse su traje de submarinismo -repliqué con cierta sorna.
-¿Tu abuela hace submarinismo? No me lo creo, es demasiado vieja -contestó francamente contrariado-. Mi abuelo Miguel es profesor de buceo y tiene el record del mundo de pesca submarina. Una vez ensartó con su fusil subacuático una anchoa de 200 kilos. Tuvieron que llamar a una grúa para poder sacarla del agua.
-Es impresionante -contesté malhumorado-.
-Hasta vino Cousteau desde Francia a darle un apretón de manos.
-¿A la anchoa? -volví a preguntar suspirando-.
- No, imbécil, a mi abuelo. Por cierto, ¿sabes que mi cuñada Belinda tiene un cociente mental de 395?
Como empezaba a cansarme de sus embustes decidí participar en el juego.
-Pues yo tengo una tía que se acostó con el primer ministro uruguayo y no le cobró ni un duro.
-Eso no es nada. Mi tía Patricia se ha quedado embarazada del cónsul de Estambul- dijo, dubitativo, mientras trataba de pensar más rápido que yo.
-Mi sobrino Hierónides, con tres añitos es capaz de componer sinfonías con el ukelele- repliqué rápidamente.
-Yo tengo 23 sobrinos y todos y cada uno de ellos tocan varios instrumentos a la perfección. Bernardo, que tiene 2 años, incluso ha compuesto la música para una película de terror.
-¿Sabes que mi bisabuelo aún vive y tiene nada menos que 234 años?- le respondí, intentando convencerle de que yo también estaba capacitado para jugar en su partida.
-Mi bisabuela Marta vive en Australia y caza cocodrilos con un tirachinas. No necesita escopeta- respondió a su vez. Estaba claro que yo no podía ponerme a su altura así que volví a intentar despedirme.
-Alberto, tengo que irme, en serio.
-¿Ya? - preguntó desconsolado- Ni siquiera te he contado de lo que son capaces mis primos...
- Lo siento, de veras, me esperan en Marruecos a las 6 y ya son las 5:30. Ha sido un placer.
Mientras aceleraba el paso tratando de huir de semejante espécimen, pude contemplar por el rabillo del ojo, cómo se sentaba con una mujer de mediana edad que tranquilamente sorbía un gin-tonic y mi corazón se estremeció por ella.

Siempre me he preguntado por qué la gente miente y sobre todo por qué algunos incluso se creen sus propias mentiras. Es posible que la respuesta se encuentre en la clase de educación que han recibido, aunque también es posible que sea una forma de vida, sobre todo cuando los embustes son del calibre de los de Alberto. Yo creo que en toda mi vida no he dicho más de cinco mentiras, y cuatro de esas eran de las llamadas piadosas. La única trola realmente grave la inventé para conseguir un trabajo y nunca me he sentido orgulloso de hacerlo. Aunque consiguió su objetivo, que era empezar a trabajar con serpientes venenosas cuando en mi vida había tocado una, con el tiempo y la edad no puedo dejar de arrepentirme. Y de eso ya hace más de 30 años. Mentir es como andar desnudo por la calle, es decir, una completa imbecilidad que no lleva a ninguna parte. Para que una mentira triunfe, alrededor has de tejer varias otras de la misma anchura y calibre. Y siempre llega un momento en que ellas toman el poder, relegando al autor a segundo plano. No comprendo cómo para algunos se hace tan difícil ser sinceros. Quizá es la única manera que tienen de sentirse vivos. El mentiroso no es más que un maestro en el acto de fingir, de simular, un ser cuya moralidad está acorde con su intolerancia, una víctima social preparada para llegar todavía más lejos, para dar el gran paso hacia la calumnia y sus componentes psicológicos.

Ahora, mientras te escribo este email, son las 6 de la mañana y estoy escuchando el Full Anthem de Henry Purcell. Cuando termine de escribirte, seguramente me dedicaré a meditar, pues mientras me abstraigo alejo a los demonios interiores, esas criaturas malignas que trastocan nuestro innato instinto de subsistencia y lo transforman en decadencia irracional. Podría volver a acostarme, pero no sería más que otra perdida de tiempo. Y el tiempo no es más que un a secreción subsecuente de microacontecimientos.


Un saludo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Email del 20 de septiembre 2015

Gustave Dore. Spectrum appearance of Banquo 

Estoy escribiendo una pequeña obra de teatro en tres actos. La acción transcurre algunos años después de que Antonio casona, borracho como una cuba, se sacara el pene y golpeara con él la mesa de roble que perteneció a su hermana mayor Emerenciana durante una tertulia a la que asistieron algunos de los fantasmas de sus antepasados. Para ser exactos, 10 años después de aquel espantoso suceso. El paso del tiempo, que entierra todo, no ha podido sepultar la ignominia de aquel 23 de febrero, por esa razón los espectros están a la defensiva. Pero mejor te transcribo el comienzo del segundo acto:

ESPECTRO 1: Aún recuerdo lo que hiciste en esta misma estancia. Eh, veo que ya no está la mesa. ¿Qué ha pasado con ella?
ANTONIO: Después de aquello la vendí. Durante este tiempo no he querido que nada me trajera recuerdos de esa noche. Aprovecho para perdiros perdón.
ESPECTRO 2: ¿Perdirnos? Vuelves a estar ebrio.
ANTONIO: Quise decir "pediros" pero por alguna extraña razón me salió "perdiros". ¡Sí! Estoy borracho. ¡Llevo 24 años de borrachera ininterrumpida! Ya sabéis la razón. ¿O queréis que os la recuerde?
ESPECTRO 1: No hace falta. Todos conocemos los espeluznantes hechos que te llevaron al morapio.
ESPECTRO 3: Y al mismo tiempo a la muerte a Emerenciana. Que Dios la tenga en misericordia.
ANTONIO: En realidad la mesa perteneció a la madre de mi padre. Mi hermana la heredó. Parece que la memoria de los muertos no es tan...
ESPECTRO 2: Todos sabemos que tu hermana la recibió por testamento.
ANTONIO: He convocado esta reunión para manifestaros mi desdicha por mi comportamiento, pero también para que veáis algo increíble que está a punto de suceder.
ESPECTRO 1: ¿Qué es lo que va a suceder? Habla. Yo te lo ordeno.
ANTONIO: No me apremiéis. Antes os he de dar las gracias.
ESPECTRO 3: ¿Las gracias? ¿Nos pides indulgencia?
ANTONIO: No. ¿Conocéis el relato titulado "El buen yantar"?
ESPECTRO 2: Yo no, pero, ¿a dónde quieres llegar?
ANTONIO: Ese relato lo escribí en mi juventud. Creo que aún lo debo tener en alguna gaveta. Es natural que no lo conozcáis. Si os place puedo relataros su argumento.
ESPECTRO 1: ¡Comienza!
ANTONIO: Veo por vuestras azules caras que el resto de vosotros también quiere escucharlo. Comenzaré. El texto trata acerca de la envidia. Y de como una mujer, que se acostaba con tres traidores a la vez, maquinó con éstos un asesinato.
ESPECTRO 2: Creo que sabemos a dónde quieres llegar a parar. Detente. Detente antes de que sea demasiado tarde.
ESPECTRO 1: Siempre me distes pena. Cuando tu madre te alumbró...
ANTONIO: Callaos, espectros desleales.
ESPECTRO 2: ¿Cómo osas dirigirte a nosotros de esa manera?
ESPECTRO 3: No debimos asistir a esta reunión. Siempre serás un calamocano...
ANTONIO: Mirad lo que me voy a sacar.
ESPECTRO 1: ¡No! ¡Otra vez no! ¡Voto a mis antepasados!
ANTONIO: ¿Es grande, eh? Vosotros ya no la podéis usar, mamarrachos del infierno.
ESPECTRO 1: Creo que me voy a desvanecer.
ESPECTRO 2: Encierra eso donde corresponde, sicalíptico desvergonzado.
ANTONIO: Y ahora viene lo mejor.

No es difícil adivinar qué es lo que sigue. No te lo copio porque no me fío de ti. Ya me plagiaste una vez el panegírico que escribí tras la muerte de mi caballo Estroncio. Nunca podré olvidarlo. Si quieres leer el resto de la obra, deberás esperar a que esté escrita y editada o representada. Me auguro un éxito sin precedentes. Si sientes celos de mi talento, lo mejor que puedes hacer es colgarte del cuello de una viga. Ah, olvidé que vives en una casa prestada y que las vigas no te pertenecen. Lo siento tanto. Mientras espero que mi fama y mis posesiones se multipliquen de la misma forma que los misterios y circunstancias de los personajes que he creado, te aconsejo que no rabies demasiado. Para terminar con esta carta de una manera portentosa, voy a demostrarte mi generosidad con un lamento:

¡Ayyyyyyyy!

sábado, 19 de septiembre de 2015

Email del 19 de septiembre 2015

Andy Warhol, Telephone


Querida:


Al insomnio le ha salido un aliado, se llama Sento y tiene voz de pangolín, pues sólo a un estúpido se le ocurriría equivocarse de número de teléfono a las cinco de la madrugada preguntando por una tal Maica.

YO: Diga
ÉL: ¿Maica?
YO: Sí, soy yo
ÉL: ¿Maica?
YO: Sí, soy Maica, es que fumo demasiado y tengo la voz ronca.
ÉL: Soy Sento, ¿Te vienes a Aroma?
YO: Oye Sento, no soy Maica, ella está conmigo en la cama, pero está durmiendo.
ÉL: ¿Maica?
YO: ¿Quieres que te lo repita en siamés?
ÉL: ¿Por qué respondes con su teléfono?
YO: Mira, no quiero hacerte sufrir más. Te has equivocado, imbécil. Y son las cinco. Me has despertado y me dormí a las cuatro. Ponte las putas gafas la próxima vez ¿Vale?
ÉL: ¿Me he equivocado?
YO: Sí, deberías volver a la escuela, te fallan los números, o por lo menos al oculista.
ÉL: ¿Maica?
YO: Sí, soy Maica pero ahora estoy ocupada haciendo un bukkake con 5 tíos. Adiós.
ÉL: ¿Maica?

Al minuto de haberlo colgado, el aparato volvió a sonar. O el tío era idiota o Maica era un travesti.

ÉL: ¿Maica?
YO: Tío, que no soy Maica. Te has equivocado de número. ¿Por qué no te suicidas de una puta vez?
ÉL: ¿No eres Maica?
YO: No, me llamo Olaf y soy noruego, así que debes estar gastándote una pasta con la llamadita.
ÉL: ¡Oh, perdone señor Olof!
YO: No te perdono, me has jodido el sueño. Vete a hacer puñetas y a ver si dejas de molestar, especie de acémila desfasada. ¡Ah, y es Olaf, Olaf!
ÉL: ¿Acimila?
YO: Acémila. A-C-É-M-I-L-A.
ÉL: ¿Qué es un acimila?
YO: Tú. Adiós, cenutrio.
ÉL: No, no soy conutrio, soy Sento.

Casi me cargo el teléfono al colgar, aunque segundos después lo volví a descolgar, no fuera que semejante excremento humano volviera a molestarme y me acosté de nuevo. Como es habitual en los insomnes, el sueño ya no volvió a presentarse y tuve que levantarme. Para matar el tiempo, decidí pensar en las cosas que le haría a Sento si lo tuviera encerrado en una habitación, pero al final opté por abrigarme y salir al balcón a maullar.

No puedo llegar a entender cómo existen tipos que llaman a sus novias, amantes o amigas a esas horas de la mañana, y sobre todo a los que se equivocan. Si la llamadita hubiese sido a las cuatro de la tarde, no me hubiera puesto tan violento, supongo...

YO: ¿Diga?
ÉL: ¿Maica?
YO: Maica está en estos momentos con la boca ocupada.
ÉL: ¿Está comiendo?
YO: Sí, y come algo que le gusta mucho y que tú no le das.
ÉL: ¿Phoskitos?
YO: Exacto, un Phoskito de 18 centímetros. Adiós.
ÉL: No existen Phoskitos tan grandes.
YO: ¿No?, Deberías ver el que tiene ella en la boca ahora. Adiós.
ÉL: Espera, ¿dónde los compras?
YO: ¿Dónde compro el qué?
ÉL: Los Phoskitos gigantes.
YO: Ejem, pregúntaselo a ella. Buenas tardes.

Creo que en este blog he escrito cerca de 300 textos; una tercera parte tratan sobre los idiotas y el resto sobre los seres humanos en general. A veces he sido duro con los primeros, pero ahora me doy cuenta de que siempre me he quedado corto. ¿Existe la inteligencia o, por lo menos, el razonamiento humano o simplemente son dos palabrejas que alguien inventó para justificar la parálisis cerebral? A veces dudo que yo pueda pertenecer a la misma raza que algunos sujetos: o bien ellos son superiores o lo soy yo, me es indiferente. Lo que está claro es que no somos hermanos de creación. Menos mal que aún existen personas que piensan, aunque están tan desparramadas por el mundo que resulta realmente difícil encontrarlos y conocerlos. Recuerdo cierta llamadita que me sacó de quicio hace un par de años...

YO: ¿Diga?
VOZ: Tío, ¿sabes con quién me acosté ayer?
YO: Supongo que con un mamut...
VOZ: Jajaja, no, ¡Con Susana!
YO: Pues la pifiaste; tiene gonorrea.
VOZ: ¿No me jodas?
YO: Sí, así que ya puedes ir al urólogo para que te chute un litro o dos de de penicilina.
VOZ: La he cagado, la he cagado...
YO: Si, la has cagado. Ahora cuelga y corre a urgencias.
VOZ: Pero si yo soy médico... ¿Eres Carlos? Tú no eres Carlos. ¿Quién eres?
YO: Soy el propietario del número al que estás molestando. ¿Y sabes una cosa? Estaba duchándome cuando sonó tu puta llamada...
VOZ: Entonces, ¡no tengo gonorrea! ¡No tengo gonorrea!
YO: No en el pito, pero sí en el cerebro. Adiós chalado.
VOZ: ¡No tengo gonorrea!

Pero podría transcribirte un montón de llamadas de este calibre o incluso superiores. Recuerdo una...

YO: ¿Sí?
VOZ: Hola nene, ¿Cómo lo llevas?
YO: Bueno, pues estaba esnifando Jenkem en estos momentos, ya que me has pillado en el váter. ¿Quién eres?
VOZ: Soy Raúl, tío. Que no te enteras, coleguita...
YO: ¿Raúl?, no conozco a ningún Ra...
VOZ: Espera que quiere ponerse Martina.
MARTINA: Cosita, te echamos de menos, ¿Qué es de tu vida?
YO: Bueno, pues...
MARTINA: ¿Sabes? Raúl me acaba de regalar una chupa de Dolce & Gabana súper guapa.
YO: Pues me alegro pero creo que os estáis confun...
MARTINA: Te paso con Raúl.
RAÚL: Si, nene, es una chupa de 400 euros.
YO: Raúl, no te quiero asustar, pero te has equivocado. Has llamado a la morgue.
RAÚL: ¿Cómo?
YO: Te repito que has llamado al depósito de cadáveres. Hablas con el doctor Gregorio López.
RAÚL: ¡Coño! [Dirigiéndose a Martina] Tía, estás cegata, ¿Dónde cojones has llamado?
YO: ¿Necesitáis algún cadáver?
RAÚL: Oh no, no, no. Perdone. Ha sido una equivocación. Lo siento.
YO: No importa. Ya que habéis llamado, ¿No os gustaría haceros donantes?
RAÚL: No, no, Perdone. Adiós.
YO: No colguéis, por favor. En estos momentos estamos necesitados de pulmones, hígados y córneas.
RAÚL: ¡Dios santo!, Perdone, doctor. Adiós...

Supongo que Martina se llevaría una buena reprimenda ese día, o quizá no. Francamente, no me quita el sueño. Lo único que verdaderamente me interesa es no ser molestado por cafres, pero por algún motivo, todos me llaman a mí. Las equivocaciones telefónicas deberían estar penadas por la ley, por lo menos con tres o cuatro años de cárcel o con una incapacitación de por vida. Hasta donde yo puedo recordar, sólo una vez en toda mi vida, me he equivocado al marcar. Sucedió hace más de 35 años. Trataba de llamar a una chica que me gustaba para hacerle ruiditos raros con la respiración y por error marqué el número de un sacerdote:

YO: Ahhhhgg, ahhhhhg...
CURA: ¿Quien es?
YO: Aaaahhggg, aaaahhggg…
CURA: El padre Ahg no se puede poner en estos momentos, está celebrando la Santa eucaristía.
YO: Aaaahhgggg...
CURA: Pero no se preocupe, le transmitiré su mensaje.


Besos y abrazos.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Email del 17 de septiembre 2015

Antonello da Messina. Ecce Homo (1470)

Amiga:


La costumbre de abstenerse en lugar de participar es común entre los hombres y mujeres que pueblan el planeta. Hoy en día está plenamente vigente y es una de las particularidades que nos diferencian de las bestias. Cualquiera que sea la explicación, el hecho es que un numeroso grupo de indecisos está poniendo en jaque la continuidad de la civilización. En algunos momentos de la historia pasada, la inhibición, condicionada por cúmulos de circunstancias y, sobre todo, por un mal uso de la fe -comprada a charlatanes e impostores a precios realmente desorbitados- trajo consigo un estancamiento general de lo que algunos se empeñan en denominar dignidad humana. Parte de la responsabilidad, aunque por descontado no toda, la tuvieron las doctrinas, sobre todo las que implicaban a la clase política y las religiones. ¡Joder! No puedo seguir. Me apetece comerme unas natillas de vainilla. Hay un par en la nevera. Bueno, intentaré quitarme de la cabeza este repentino ataque hipoglucémico e intentaré proseguir con mi disertación. Me había quedado explicando la clase de basura que trajeron consigo tanto la clase política como la mayor parte de las religiones. El primer mono que se irguió hace aproximádamente tres millones y medio de años no era consciente de lo que iba a acarrear para el resto de congeneres su maldita elevación. Podría haberse tumbado, directamente, pero prefirió enderezarse, el muy imbécil...  Sinceramente, creo que la seriedad de mis primeras líneas se ha venido abajo. Todo por culpa de la leche, la vainilla, el azúcar, la canela y el limón. ¡Ah, y las yemas de huevos!

Sucedió en Tanzania. Me refiero a la hominización. Que nadie se lleve a engaño. Las natillas fueron inventadas en alguna parte de lo que hoy se conoce como Europa por monjes aburridos. Si las hubieran creado en África se llamarían de otra forma. Y en lugar de galletitas María llevarían insectos palo. Ambos alimentos (galletas y fásmidos) crujen al masticarlas. Aunque el árbol genealógico de nuestra especie sigue aumentando con nuevos descubrimientos... ¿Eh? Mi abuela tenía una vaca lechera. No era una vaca cualquiera. Le daba leche merengada, ¡ay! que vaca tan salada, tolón , tolón, tolón , tolón. Creo que las dos última frases pertenecen a un anuncio de los años setenta, pero el resto es completamente cierto: mi abuela tenía una vaca lechera. Una vez intenté ordeñarla, pero no lo hice demasiado bien y le ocasioné un fibroadenoma en el pezón de una de las fusiones de la ubre.

Entre los textos que tratan sobre los homínidos destaca por encima de todos el titulado Soy un maldito chimpancé escrito en 1896 por el paleontólogo galo Aubouin Tocqueville Pérez. De padre francés y madre española, Aubouin, más conocido como Aubo, desarrolló el primer mapa homínido al mismo tiempo que se cepillaba a su suegra Amandine y la dejaba preñada de trillizos monozigóticos. Lamentablemente no existe traducción al castellano de su obra, aunque si al pitjantjatjares, que es un dialecto que se utiliza en la zona desértica occidental de Australia. ¡En la nevera queda una tarrina de natillas! ¡Y puede que un yogur! ¡Y en la alacena queda media torta de chocolate!

A dos kilómetros de donde me encuentro hay un pueblo. En ese pueblo hay gente y comercios. Uno de esos comercios en un Consum. En el consum venden natillas, aunque pueden ser robadas fácilmente. ¡Uf! Mañana intentaré proseguir con el rollazo de los jodidos monos y sus putas madres. Ahora me es imposible. Aunque puede que me dedique a otros menesteres. No sé. Soy tan inestable...

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Email del 16 de septiembre 2015

Victoria Contreras. El mundo perfecto (1985)

Querida:


En la etapa más prematura de su crecimiento consciente el ser humano se considera eterno por naturaleza: fantasea con la idea de que nada tiene límite y que su cuerpo no morirá jamás. Esta imagen sugerida por los sentidos, que carece de objetividad real y que poco o nada tiene que ver con el conocimiento puro y racional, pronto se altera y transmuta en una especie de percepción antagónica que, la mayor parte de las veces, sólo sirve para distorsionar la eterna conexión del ente con su propia esencia. Cuando esto sucede, lo que es, existe o puede existir deja de tener importancia y de repente, un conjunto de sensaciones, pensamientos y emociones ficticias nos alejan de la presencia. Desconocemos que cualquier cambio puede llevarse a cabo únicamente en el ahora. Cualquier otro modo de proceder constituye una injerencia. Aferrarnos al statu quo de que siempre somos niños no es sino una racionalización evocadora.

Intentamos tomar contacto con nuestras emociones bloqueadas y lo único que conseguimos es perder el control intelectual y sumirnos en una etapa de gimoteos continuados y confusos, ovbiando que somos una parte del todo, y que ese todo sólo se puede definir como casualidad. El resto es puro caos. Pero es dentro de los parámetros del desorden y el desconcierto, donde parece que nos encontramos más cómodos. Fabricamos embustes con el único propósito de convencernos, y cuando esas patrañas son demasiado considerables, las ocultamos en recipientes inestables, protegidas de cualquier atisbo racional que pudiera poner fin a la mímesis paradójica en que hemos convertido nuestras realidades concretas. Carecemos de proposiciones pero defendemos hasta el último aliento cada una de nuestras inútiles abstenciones. El simple deseo de tener razón ha llevado a una gran parte de la raza humana a abundar en la incongruencia, el despropósito, la incoherencia.

Quiero volver con mi mamá. Ella me mimaba y le daba sentido a mi desconcierto existencial. Recuerdo que mi padre sentía celos de mí, yo me moría de envidia al ver la vida que llevaba nuestra perrita, Rizoma, y ésta suspiraba por parecerse al periquito que mantenían en una jaula de acero los vecinos de enfrente. Los vecinos recelaban de cualquier cosa que no sirviera para ganar dinero y el portero sospechaba de cada uno de nosotros. Pero nosotros éramos ellos y ellos pretendían ser todos, o por lo menos, una parte divisible del total. El total era parcial, por lo que algunos viandantes se quedaban estupefactos, pero la vida mantenía un pulso firme, general y absoluto, y las pequeñas bagatelas nunca excedían su tamaño (el que ocupa un simple momento determinado en el tiempo). Daría lo que fuese para volver hacia atrás, sin tropezarme con un año bisiesto, aunque con los ojos firmes en el horizonte y en la línea que traza para diferenciar lo de aquí con lo de allí.

Quiero volver con mi mamá. Ella sabía donde se metía alentándome para que hiciese lo que ella siempre había querido hacer, pero que no hizo por temor al verbo hacer y a cada una de sus temibles conjugaciones. Alguna vez lo intentó, pero como no sabía desistir o insistir, el proceso la sumía en un aburrimiento emocional que he heredado. ¡Sí! Nosotros éramos ellos. Ellos procuraban mirar en otra dirección cuando las gotas de lluvia se colaban en el interior por las ventanas. Las ventanas eran de madera de pino y requerían una mano de pintura al año. La pintura costaba bastante dinero. El dinero no servía para nada. La nada era apreciable cuando nos parapetábamos tras las cortinas. Las cortinas necesitaban una buena limpieza, pero la lavadora hacía tanto ruido que le producía unas terrible migrañas a mi abuelo que vivía a siete manzanas de distancia. La distancia equivale a la longitud del segmento de la recta que une dos puntos. Cada punto no es más que un concepto primario.

Quiero volver con mi mamá. Ella se relamía las heridas que produce vivir sin ninguna razón aparente. Yo me relamo porque ella se relamía. Yo me relamo porque ella se relamía... Se relamía.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Email del 10 de septiembre 2015

Edwin Lord Weeks. Feeding the sacred pigeons, Jaipur (1894)

Hola:

Intento dejar de proyectar mi lado más pesimista, que no es más que otro comodín que, al mismo tiempo, disimula el cinismo, la desesperación -por ser comprendido- y el sarcasmo. Lucho por expresarme, pero mi tozudo y despiadado escepticismo explota ante la imparcial ingenuidad de los que todavía se atreven a rodearme. Ya no soy ese exhibicionista que se autoproclamaba como "el último nihilista". Dicen que el egocentrismo casi siempre acaba en paranoia.

Te escribo tumbado sobre una confortable cama de un hotel de cinco estrellas en Agra (estado de Uttar Pradesh), a casi 300 kilómetros de Jaipur. ¿Qué diantres hago en un lugar como este? Creo que no podría responder a semejante cuestión ni aunque fuera capaz de vivir mil vidas. Claro que tampoco sería capaz de contestarte a ninguna otra pregunta en el estado en que me encuentro. ¿Me deshidrato! ¡Por arriba y por abajo! Supongo que es parte del precio que debo pagar por meterme en semejantes fregados.

Estoy condenado por mi propia desesperación, por ese motivo me siento incapaz de llegar a ningún destino. Intento levitar para deslizarme a través de la ventana abierta, pero la ventana huye cuando me aproximo a ella. Me gustaría tanto poder expresar lo que siento en estos instantes, pero mis palabras serían demasiado personales y me harían demasiado vulnerable frente a alguien que, como tú, sabe lo que se esconde tras de ellas en cada momento. Recuerdo que un día me dijiste que yo era el único ser humano que se amaba a sí mismo sin reservas. También recuerdo que no me tomé demasiado bien tus palabras e intenté estrangularte mentalmente; pero como mis manos y la soga no existían, sólo pude defenderme proclamando que sin quererse a sí mismo, nadie podría llegar a querer a los que se supone merecen ser queridos. Pero sólo fue otra frase hecha. ¡Amar! ¡Querer! ¡Qué bonita forma de perder el tiempo! ¿Acaso necesitamos justificar nuestras existencias por medio de la inmolación emocional?

Agra, al igual que Jaipur o Delhi está repleta de suciedad y pobreza. La gente inunda las calles y su falsa felicidad inunda mi alma... (nota: por un lado, como turista entregado, acabo de descubrir que me está haciendo efecto el decorado); por otro, como anhedónico profesional, siento una especie de gozo maléfico al comprobar que todo lo que antes había leído sobre la India no son más que un montón de memeces sin sentido. La República de la India es una inmensa cueva de ladrones donde todo está permitido. Te pondré un pequeño ejemplo: ¡24 euros por dos cervezas Amstel! ¿Tienes idea de cuántos botellines de Amstel podría haber mamado en España con 24 euros? La respuesta es muy sencilla: de 18 a 20. Por supuesto, si me hubiera bebido esa cantidad de birras (tanto en España como en la India o en Helsinki) hubiera acabado en un hospital y algunos días después en la sala principal de Alcohólicos Anónimos lloriqueando frente a un montón de borrachos inútiles.

Acabo de releer las líneas anteriores y creo que, además de pésimamente escritas, he abusado del humor paradójico, pasivo e introspectivo, sobre todo en los párrafos referentes al subcontinente del Taj Mahal, los encantadores de serpientes y las vacas esqueléticas aunque sagradas. Pero ya me conoces, necesito disfrazar lo que no cuadra en mi sesera. El verdadero problema  es que nada cuadra realmente en mi cabeza. ¿Debería cortármela de un tajo y arrojarla a un cubo de basura?

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Email del 2 de septiembre 2015

Vincent van Gogh. Still life potatoes in a yellow dish (1888)

Querida:

Desconexión. Desincronización. Es todo tan extraño para mí. Dicen que la luz tarda 8 minutos y 17 segundos en viajar desde el sol hasta la superficie terrestre. Hoy sólo me rodea la oscuridad. Dolor. Aflicción. Todo lo que existe o puede ser percibido, ya sea real, concreto o abstracto carece por completo de cualquier importancia cuando esa sensacion llamada sufrimiento físico toma las riendas en el cerebro. Dicen que en algún lugar del parpadeo de cualquier canal de televisión mal sintonizado se encuentra en el fondo la radiación desprendida por el Big Bang. La verdad es que no me importa demasiado. Yo vivo en una dimensión diferente. Siempre he sido un tipo raro. Nesciencia. Egresión. Me gustaría tanto dejar de ser tan anhedónico. Dicen que cada hora el Universo se expande más de mil millones de Kilómetros en todas direcciones. Yo sigo anclado en este pequeño rincón de ninguna parte. Si pudiera volvería al principio, es decir, al punto original o al primer momento, al instante inicial de la existencia, de mi existencia, ¡quizá todo sería diferente!

Quizá todo sería diferente si me trasformara en un maldito hijo de puta. Y me expreso con el verbo Ser, en lugar de usar una conjugación del verbo Parecer. Conozco un montón de personas que no son hijos de puta aunque lo parecen. De la misma manera, por las calles pululan sujetos que ni siquiera lo parecen, pero lo son. Cada uno es uno mismo cuando sabe que nadie le está observando. Y aun a solas, interpretamos frente al espejo, y nos mostramos a nosotros mismos nuestra mejor cara: nadie es alguien, nadie es nada, nada hay puro, la pureza es una idea que inventamos. Yo, en la intimidad de mi habitación, no soy nada. ¡No existo! Sólo dejando de existir puedo llegar a razonamientos perfectos. Ordeno las ideas o los conceptos y llego a una o varias conclusiones. Existir implica dolor. El dolor proclive a reflexiones y deducciones contaminadas. Una deducción corrompida es una perdida de tiempo. Por lo tanto, estarás de acuerdo que es preferible la no-existencia a la existencia malgastada, inadecuada. Empero, todos somos existencia accidental y el gasto, sólo un concepto usurero y pecuniario: ¿no será más libre quién frente a cualquier cuenta, dilapide? ¡Existen tantos rincones oscuros inexplorados!

Existen tantos rincones oscuros inexplorados en el fondo de cada mente. Algunos son del tamaño que uno mismo ha consentido. Otros, comenzaron siendo pequeños, como la cabeza de un alfiler, pero con el paso del tiempo se convirtieron en pequeños firmamentos. Desconexión. Desincronización. Dolor. Aflicción. Nesciencia. Egresión. Dicen que el 10% de los seres humanos de todos los tiempos está vivo en este momento exacto. También dicen que el ser humano tiene 23 pares de cromosomas y la patata 48. ¿Debería desprenderme de todos mis amigos y frecuentar la compañía de los tubérculos?