jueves, 27 de agosto de 2015

Email del 27 de agosto 2015

Jan Toorop. The desire and the satisfaction (1893)

Hola:

Este es un texto sobre la satisfacción, o en otras palabras, sobre la alegría, el placer o el resultado de cumplir una necesidad o deseo. Pero antes de entrar de lleno en la materia, me gustaría resaltar que sigo siendo el paradigma del perfecto despotricador anhedónico, y que si doy un vuelco de 360 grados a mis percepciones, no es debido a un posible (e improbable) aletargamiento neuronal, sino a una especie de experimento sensitivo cuyo objetivo es demostrar al ofidio que llevo dentro que es aceptable un cambio programado; o con otras palabras, que me resulta totalmente permisible un intento de prostitución emocional sin sufrir una alteración producida en la estructura de los genes (o cromosomas).

Aparte de los cinco sentidos que ya clasificó Aristóteles, poseemos algunos más. El problema no radica en el número, sino en la indisposición para no sacarles partido. Quizá la dependienta de El Corte Ingles que te suministra la ropa interior lo desconozca, pero es un hecho que gracias a la propiocepción, la termocepción, la nocicepción y algunos otros que en estos momentos no recuerdo, el ser humano ha alcanzado la culminación en ese proceso involutivo que más tarde o temprano nos va a llevar al principio mismo del merecido final.

Si pudiéramos cambiar...
Si pudiéramos cambiar...

Si pudiéramos cambiar, seguramente decidiríamos ser lo que somos siempre que no intentamos ser lo que podríamos o deberíamos ser. Supongo que no comprenderás lo que intento expresar. No te preocupes, a mí me sucede lo mismo. Pero pensar que algunos de nosotros, o lo que los positivistas denominan "raza humana", pudiéramos ser capaces de transformar la bajeza moral y convertirla en altruismo, dignidad, o incluso queso de Gruyère, se me antoja tan alejado de la realidad que lo único que consigo en el intento es que el trígono vesical de mi próstata se irrite. De todas formas, estoy completamente convencido de que el 99.9 % de la población no cambiaría aunque apareciera un hada madrina y les otorgara la oportunidad a golpe de varita mágica. Están demasiado orgullosos de la mierda que se esconde en sus lindas cabecitas. Esa mierda que les impulsa a creerse únicos y especiales. Esa mierda que se propaga por el resto de sus infectos cuerpos hasta salirles por la boca y que contamina a los pocos que se han visto libres de ella.

Existe un modelo de tienda en Japón (Burusera) donde las mujeres pueden vender sus bragas. Te aseguro que no es broma. Las chicas se las quitan en la misma tienda y se las entregan al dependiente que a su vez las pone a la venta. Tengo un amigo que viajó una vez al país del sol naciente, entró en una de esas boutiques del desgastamiento y adquirió cuatro kilos. Con ellas se fabricó un edredón y se lo regaló a su novia. Ésta lo usó durante un mes y lo guardó en una caja junto a varias bolitas de naftalina. Así veo yo a Gaia, como una gran tienda del tipo Burusera. Las bragas usadas y sin lavar somos nosotros, los humanos. La naftalina son las enfermedades, los virus, los gérmenes, los bacilos...

Si pudiéramos cambiar...
Si pudiéramos cambiar...

Yo puedo cambiar. Tengo la cualidad de reinventarme cuando quiero. Pero cada reinvención es un plagio. Una perfecta imitación de una personificación anterior. Por lo tanto soy un estafador, un charlatan, un tramposo, aun cuando me copie a mí mismo, no a los demás. Si me apropiara de los defectos, o incluso las virtudes de otros, dejaría de ser lo que soy. ¿Qué soy? No sé lo que soy, pero tampoco es algo que me quite el sueño. A decir verdad, lo único que me quita el sueño es no ser dependiente de una de esas tiendas Burusera. Bueno, y no ser rico. Si fuese asquerosamente adinerado contrataría a un químico demente y le llenaría los bolsillos de oro. A cambio él tendría que fabricar un repelente anti-imbéciles.

Si recuerdas lo que ponía en la primera línea, este es un texto sobre la satisfacción. Me siento absolutamente satisfecho de ser diferente, porque como el resto, estoy absolutamente convencido de que lo soy; y mi equilibrio mental, mi supervivencia dependen de ello. Me siento plenamente satisfecho de mi calvicie, de mis almorranas y de mi neurosis. No me doy besitos porque me es físicamente imposible. Pero te aseguro que cada noche sueño con que me follo a mí mismo. Rectifico: follo a una versión femenina de mí mismo, con pelo, sin almorranas y menos neurótica. Y puedes estar segura de que los orgasmos son intensísimos. En resumidas cuentas: si Yo no existiese, alguien tendría que inventarme.

lunes, 24 de agosto de 2015

Email del 24 de agosto 2015

Salvador Dali. Un chien andalou (film still) (1928)


Querida:

Dicen que la existencia es en color, pero yo la veo en blanco y negro. Cada vida es una película. La mía está filmada con un objetivo de 17 milímetros, es decir, un super gran angular, ya que le doy un gran valor a la profundidad de campo. Al contrario que otros films sobre vidas, por ejemplo, de algunos conocidos o incluso buenos amigos, el guionista he sido yo, sin compartir la autoría y, por supuesto, basado en un argumento original. La he producido, montado (de una forma experimental, creativa y abstracta), he sido el director de fotografía, el escenógrafo, el compositor de la banda sonora y el distribuidor. Me he ajustado fielmente al presupuesto y he decidido terminarla cuando no encuentre un motivo para levantarme cualquier mañana o acostarme cualquier noche. Obviamente soy el protagonista principal y aunque el resto de actores no lo han hecho nada mal, mi interpretación de un fracasado idealista neurótico se acerca a la perfección absoluta.

He estado tentado de cortar innumerables escenas, pero al final he decidido mantenerlas, pese a que son completamente discondartes o rompen el ritmo en algunas partes esenciales. No he escatimado en mostrar detalles y primeros planos y jamás me he mostrado reticente a la hora de realzar el feísmo, la absurdidad y la incongruencia que supone el acto de existir. Pese a que todavía no está finalizada, estoy completamente seguro de que será un éxito de proporciones abrumadoras, pero ya puedo adelantar que nunca realizaré una segunda parte, pues no creo en la reencarnación.

jueves, 13 de agosto de 2015

Email del 13 de agosto 2015

Joaquin Sorolla. Niños en el mar (1909)

Amiga:

Esta mañana he ido a la playa. Como ya sabes, odio tomar el sol y sobre todo bañarme, desde que hace cinco años me tragué una de esas tiras higiénicas desechables de celulosa que se utilizan para absorber el flujo menstrual, que flotaba en La Malvarrosa. Si recuerdas, escribí sobre el asunto en un cuento ("Compresa a la Malvarrosa") que destruí para que no me acusaran de plagiar a Manuel Vicent. Como supongo que no me creerás te envío un gramo de arena de playa adjunto en un archivo Rar.

Siempre he pensado que tostarse al sol durante horas para parecer un poco más moreno es tan estúpido como intentar tocarle el clítoris a un camionero. Pero parece ser que a cierto tipo de hombre y de mujer les ponen más los miembros del género opuesto que lucen un bonito marrón negruzco en la epidermis. Poco o nada importa el cerebro. Sólo esa maldito color a tortita frita criolla o semidulce que en demasiadas ocasiones antecede a un precioso melanoma.

Mientras me encontraba tirado sobre la toalla ha desfilado por delante de mis ojos una singular fauna playera. Podría describírtelos pero supongo que ya los debes conocer. Son los mismos que se ven en otras playas. Al final del desfile ha pasado una anciana que aparentaba unos 700 años -aunque biologicamente no creo que tuviera más de 89- con las tetas -sin sujetador- arrastrando por la arena. Cuando he visto esa especie de ilusión óptica enfermiza he pensado que debe ser realmente maravilloso estar muerto.

¡Joder! Siento pena por el ser humano, pero sin embargo no siento lástima por mí. Si no siento compasión por mí mismo significa que no soy un ser humano. O que soy el único ser humano y el resto, incluido los que desfilan por las playas, no lo son. Algo no funciona correctamente. ¡Me gustaría tanto encontrar a alguien que piense como yo! Pero no sólo en el asunto playero, sino en conjunto. ¿Por qué soy tan raro? ¿Por qué necesito despotricar a todas horas? ¿Soy un estúpido y consentido idealista? Si quieres que te sea sincero, ya no sé lo que soy. Ni siquiera sé si soy o no soy. ¿Quién me garantiza que todo lo que me rodea existe? Porque si de verdad existe, yo no quiero seguir existiendo. Dejar de existir implica morir. Morir incluye dolor. El dolor siempre se asocia con la enfermedad (corporal, mental o emocional). La enfermedad nos obliga a visitar a los galenos, tanto de pago como de la seguridad social. Los galenos conducen coches de gama alta. ¡Nada tiene sentido! Ni siquiera este texto; claro, que mis textos nunca han tenido sentido. ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago en esta inmensa casa? ¿Qué hago delante del teclado, intentando dar un sentido a algo que carece de él? ¿Por qué razón no me pego un tiro? ¿Quizá porque no tengo arma ni permiso o licencia para dispararlas? Podría colgarme de una viga, pero padezco vértigo. Si tuviese un poco más de dinero contrataría a un asesino profesional para que me liquidase, pero con la suerte que tengo seguramente se equivocaría de persona o huiría con el dinero sin cumplir el contrato. ¡Me gustaría no ser tan diferente! ¡Me gustaría que todo el mundo, incluida la anciana de las tetas colgantes me quisiese un poco. ¡Sólo quiero que me quieran...!

El problema estriba en que para que alguien te demuestre afecto o te regale una o varias emociones, antes o después, pero en algún momento, tiene que recibir su dosis. Y yo soy incapaz de fabricar demasiadas porciones y dosificarlas de una forma correcta. Siempre me armo un lío. ¡Soy una pena de tío! Y encima fumo...

martes, 11 de agosto de 2015

Email del 11 de agosto 2015

Rembrandt. Cristo expulsando a los mercaderes del templo (1626)

Amiga mía (y asociados humanos):

A continuación, otro capítulo sobre mi tema recurrente: los estultos, también llamados idiotas, imbéciles, memos, bobos, pazguatos, tontainas, bobalicones, papanatas, gaznápiros, ceporros, palurdos, bobos, lerdos, burros, lelos, estúpidos, gilipollas, simples, ignorantes, zoquetes, incultos, zotes o babiecas. Pero antes un mensaje comercial de mi patrocinador, que no es otro que yo mismo (junto con mis circunstancias):

"No compréis mis libros. No me sigáis en Facebook o Twiter. No respiréis el mismo aire que respiro yo. Porque si por una terrible casualidad os infectáis con el mismo virus que me impide comportarme como vosotros, que no sois más que una pobre extensión de vuestros padres, vuestra vida podría dar un vuelco y volveros inteligentes. Si os volviéseis listos, avispados o incluso ingeniosos, no podríais seguir negando que la existencia, tal y como la conocemos, no es más que un grandísimo excremento pinchado en un palo".

Después del mensaje del patrocinador del email, que como ya señalé soy yo mismo, procederé a prepararme un bocadillo de fuet. Así que deberéis ser pacientes. Vuelvo en un ratito, es decir, en cuanto devore la pitanza, para continuar sobre mi tema recurrente: los estultos, también llamados idiotas, imbéciles, memos, bobos, pazguatos, tontainas, bobalicones, papanatas, gaznápiros, ceporros, palurdos, bobos, lerdos, burros, lelos, estúpidos, gilipollas, simples, ignorantes, zoquetes, incultos, zotes o babiecas. Como soy casi una especie de omnipotencia con forma carnal, y sobre todo, un ente dinámico y resolutivo, os dejo con otro mensaje comercial:

"No santifiquéis las fiestas, No sigáis líderes. No deseéis la fortuna de vuestros progenitores. Porque si por un imprevisto del azar os convertís en lo que no sois, pero queréis ser, el resultado puede ser desastroso. Aunque es ciertamente comprensible que, dentro de la catástrofe que significa pulular con vuestros renqueantes cuerpos y vuestras enfermas mentes, carentes por completo del mínimo poder de raciocinio, deseéis seguir con las miserables subsistencias repletas de júbilo ficticio, amor condicionado (restringido y subastado a un precio desproporcionado), lealtad, resignación y sacrificio".

El bocadillo estaba francamente bueno, pero el fuet ha resultado algo rancio. Es el problema de fiarse de las marcas blancas. Supongo que ahora, en este mismo instante, tendría que empezar con el dichoso discurso sobre mi tema recurrente: los estultos, también llamados idiotas, imbéciles, memos, bobos, pazguatos, tontainas, bobalicones, papanatas, gaznápiros, ceporros, palurdos, bobos, lerdos, burros, lelos, estúpidos, gilipollas, simples, ignorantes, zoquetes, incultos, zotes o babiecas. El problema es que esa clase de individuos no se merecen ni una puta línea. Han sido diseñados para acelerar la destrucción total del planeta. ¡Y el trabajo que hacen es insuperable!

Para finalizar este resignado y nada tolerante compendio acerca de los estultos, también llamados idiotas, imbéciles, memos, bobos, pazguatos, tontainas, bobalicones, papanatas, gaznápiros, ceporros, palurdos, bobos, lerdos, burros, lelos, estúpidos, gilipollas, simples, ignorantes, zoquetes, incultos, zotes o babiecas, osea, mi tema recurrente, os dejo con el último mensaje comercial de mi patrocinador, que como recordaréis no es otro que una extensión de yo mismo:

"No penséis que soy un presuntuoso, aunque lo soy. No sintáis pena por mí, yo no siento ninguna emoción hacia vosotros. No tratéis de disuadirme. Caminad hacia el precipicio y arrojaos al vacío. Buscad el final que os plazca, pero por favor, dejad de consideraros humanos y redentores. ¿Queréis cambiar el mundo? Cambiad antes vuestro procesador y formatead el disco duro. ¿Cómo podéis ser tan capullos? ¡Sois tan capullos!"

domingo, 9 de agosto de 2015

Email del 9 de agosto 2015

Jamie Wyeth. Pumpkinhead. Self-portrait (1972)

¿Para qué sirve estar aquí? Utilizo ese adverbio de una manera tramposa, pero es que yo soy un fulero. Aquí no significa en esta casa, rodeado por esa gente, sino "en este planeta" o "en este mundo". ¿Qué sentido tiene que yo viva cuando no quiero vivir y que otros que quieren vivir esten condenados a una muerte segura? Pero no deseo ser malinterpretado. No es que realmente quiera estar muerto, es que estoy convencido de que no debería haber nacido. ¿Qué he hecho que tenga una cierta importancia desde el 14 de enero de 1962? Voy a contestarme: ser malinterpretado por mis amigos y humillado por los que están por encima de mí, que son demasiados. He sido acusado de lo que he hecho y felicitado por lo que no he hecho. Me han acabronado, acordonado, alborotado, apedreado, arrinconado y asermoneado. Y eso que sólo voy por la "A". Pero tambien me han vilipendiado, ninguneado, condicionado, demandado, desairado, desmotivado, jorobado y lisiado. Algunos me llaman perturbado, otros simplemente insubordinado, pero nunca han podido ver más allá. Soy un refugiado. Y sé que soy obstinado y que estoy bastante enquistado, pero ¿quién es capaz de no enquistarse cuando se encuentra rodeado de idiotas? Y lo de idiota no va por ti, ni por un número reducido de gente que no se merece ser etiquetada con ese vocablo. ¡Soy Calimero!

...Calimero, Calimero
es muy chiquitin
redondito eres tú
mi buen pequeñin.
Calimero, Calimero
te quiero un montón
porque Calimero es
todo corazón...

¿Para qué sirve el cerebro? Pesa demasiado y la mayor parte de la gente que conozco no sabe utilizarlo. Utilizar es un verbo que a menudo se emplea mal. ¡Caray! Parezco subnormal, pero soy más bien formal, aunque a veces peco de informal y para mi padre siempre seré un anormal y un animal. Y para mí él es un carcamal infinitesimal. Por lo tanto la diferencia entre ambos es abismal. Por esa razón cuando estoy a su lado me siento un ser sensacional. Y cuando me considero de esa forma tiendo a comportarme de una manera subliminal, y por supuesto, imparcial. ¡Me gustaría ser tan pequeñajo como un quark! Me pasaría las horas puteando a los leptones. Desgraciadamente soy alto y mi cuerpo esta perfectamente formado, aunque según los parametros con los que hoy en día se juzga la belleza, mis hombros están demasiado cargados y mi cintura es demencialmente estrecha aunque parezca todo lo contrario. Ya que no puedo ser un quark, me contento con ser un gnomo. Un gnomo sin barba. Un gnomo que se escaquearía de sus trabajos cotidianos en la mina y que robaría tantos metales preciosos -de los que le tocara custodiar- como fuera posible.

...Soy un gnomo y aquí en el bosque soy feliz
Bajo un árbol vivo yo, junto a su raíz
Soy un gnomo y simplemente con mirar
Todo lo que piensas tú podré adivinar
Soy siete veces más fuerte que tú
Muy veloz y siempre estoy de buen humor
Soy un gnomo, el más anciano del lugar
Uso hierbas que yo sé que pueden curar
Soy un gnomo, muy diminuto y bonachón
Si me quieres conocer pon mucha atención...

Ojalá pudiera estar allí. Encima, debajo o al lado. Y si no pudiera encontrar un huequecito allí, por lo menos allá o allende. Sin embargo no soy capaz de alejarme unos milímetros de este aquí que enturbia mis emociones. Si fuese capaz de desfragmentar cada uno de los aqui y transformarlos en sinónimos de allí, supongo que llevaría mejor todos los desaciertos e infortunios que implica haber nacido sin estar realmente preparado. Supongamos que hablo conmigo mismo:

GREG 2: Joder tío, pareces Gloria Fuertes...
GREG 1: ¿Físicamente?
GREG 2: No, me refiero a este texto. Los juegos de palabras me recuendan a Gloria.
GREG 1: En lo único que me parezco a ella es en la barriga.
GREG 2: Pues ahora que lo dices, tienes razón. Tu figura se va haciendo cada día más y más falstaffiana.
GREG 1: La barriga no me impide pataseudofilosofar.
GREG 2: Yo más bien lo llamaría delirar.
GREG 1: ¿Quieres acostarte conmigo?
GREG 2: No puedo, estoy ovulando.

Merecen ser señalados algunos detalles sobre mi trastorno de identidad disociativo. En primer lugar, me desdoblo cuando quiero, aunque a veces haga falta la ayuda de dos o más personas para regresarme a mi estado natural, es decir estado vesánico agónico. En segundo lugar, soy más educado cuando converso conmigo mismo, pues el diálogo se centra en dos grandes y dinámicas personalidades y no entre un genio, en este caso yo, y un infrahumano del montón. Además, departir conmigo mismo me sume en un estado paranoico-libidinoso que me excita. Y yo, necesito estar excitado las 24 horas del día. Sin excitación no hay aportación. Ni siquiera argumentación, celebración, demostración  o examinación. Tampoco condenación, humillación, idealización o narcotización. Sólo ese estúpido estado de ánimo en el que uno se siente como si fuera el centro del primo del hijo del multiuniverso. Quiero cruzar la línea que guarda el resto de rectas. No de rectos. Los rectos son asquerosos y a menudo están bastante sucios. Las rectas son atractivas y seductoras.

GREG 2: ¿Las rectas son seductoras? Deberías dejar de esnifar lilimento.
GREG 1: Y tú deberías hacerte una ligadura de ovarios.

Tal como yo lo veo -siempre y cuando yo no se intervenga en la conversación entre esos dos- la cuestión está zanjada. Nací por casualidad, malvivo por casualidad y cuando muera se lo pondré difícil al juez de guardia. Y al forense. Es el sentido que yo le doy a la existencia: oponerse a todo, en cualquier circunstancia. No soporto a esas personas que siempre me dan la razón. Por cierto, ¿dónde están, que no los veo? Vivir es un acto de fe y además un acto sumamente caro. Morir sale más económico, siempre que tu madre no esté previamente entrampada pagando las mensualidades de "Seguros Ocaso". Ya no se me ocurre nada que decir. No tengo las suficientes fuerzas para despotricar sobre lo que significa la palabra Existir.

GREG 2: Mejor. Ya se calla el tío. Qué palizón...
GREG 1: Te recuerdo que ese tío eres tú. Y yo.
GREG 2: Bueno, siempre me he conformado con cualquier cosa...

sábado, 8 de agosto de 2015

Email del 8 de agosto 2015

Mel Bochner. Nothing (2012)

Hola:


La opinión de que la nada y el ser son esencialmente indeterminados, ya que ambos comparten la misma falta de determinación, me parece una memez. Hegel debería estar depresivo cuando formuló dicha teoría. Te pondré un sencillo ejemplo: yo soy, pero soy nada. La Nada es hermosa, sobre todo cuando aparece de improviso y engalanada de circunstancias imperceptibles. Pero si posee el don de manifestarse a su antojo y meter en un lío a un individuo -me refiero a un ente que piense y sea capaz de llegar a algunas conclusiones- no entiendo cómo es posible situarlas en un mismo nivel. La Nada implica inexistencia. El Ser incluye un montón de facturas y algunas conversaciones estériles. Pero supongo que debo estar agradecido a Georg Wilhelm Friedrich Hegel, pues una vez propuesta su teoría se fue de putas y no regresó a su hogar hasta pasados cinco días, mientras que Bergson quiso rizar el rizo y propuso que la idea de la nada es una pseudo-idea. Cuentan sus discípulos que el tipo se sintió tan realizado que desde ese instante prohibió a cualquiera que se hallase en su presencia pronunciar la palabra "Burdégano" si antes no se había lavado tres veces los pies con sales marinas.

Pero hoy no te escribo para darte el coñazo con mis disquisiciones filosóficas, sino para contarte lo que me sucedió una vez cuando intenté guardarme un solideo en el bolsillo de la gabardina. Para empezar, las gabardinas carecen por completo de bolsillos, en su lugar los fabricantes ofrecen una o dos capuchas, aunque si quieres que te sea sincero, todavia no he sido capaz de encontrar a nadie con bicefalia. Sí con tricefalia, pero no con bicefalia. Sí con tricefalia, pero no con bicefalia. Joder, perdona la repetición, pero es que creo que he inventado un trabalenguas y quería desarrollarlo. Si con tricefalia, pero no con bicefalia. ¡Es maravilloso! Y ademas resulta casi impronunciable. ¡Me encanta! Bueno, continúo con mi explicación de lo que me aconteció el día que robé un solideo a un arzobispo e intenté escondérmelo en un bolsillo (que no existía, luego era parte de la nada y no del ser) de mi gabardina. Por cierto, esa gabardina la robé dos veces en El Corte Inglés. En la primera ocasión me equivoqué de color, volví a dejarla en su anaquel correspondiente y me llevé la del color elegido. Como me puse bastante nervioso, en este segundo intento metí la pata dos veces, pues la gabardina que acabé chorizando era de talla liliputiense, seguramente diseñada para niños famélicos, por lo que a día de hoy, no puedo usarla. Claro que en Valencia no llueve casi nada (ojo, no confundas esta nada con la del principio el texto) y sólo la he tenido que utilizar una vez: esa vez que intenté guardarme un solideo en su bolsillo (inexistente, hipotético, irreal).

Heidegger, en lugar de meditar qué es la nada, se atrevió a aclarar que preguntarse por qué hay una nada es de asnos y sugirió que deberíamos profundizar en la inexistencia de esa nada. Luego, unos años más tarde, Sartre corrigió a Heidegger manifestando sin el menor recato que la nada existe por su propia nada. Y tras quedarse relajado con su elucubración, se preparó una Vichyssoise y se la regaló al catador de alimentos para perros que se acostaba con su casera y se alejó del mundo durante nueve segundos. Según su biógrafo, Antoine Morandé, Jean-Paul se sintió tan sólo durante ese breve lapso de tiempo que consideró que el ser humano está "condenado a ser libre" y que "la existencia precede a la esencia".

Me acabo de dar cuenta de que he llegado a un callejón sin salida, por lo que voy dar por finalizado este email. Sí  con tricefalía, pero no con bicefalía. Sí  con tricefalia, pero no con bicefalia.

viernes, 7 de agosto de 2015

Email del 7 de agosto 2015

Zoran Music. Zoran Music 1

Querida:


Ayer escribí un cuento bastante corto al que titulé con el patronímico del protagonista. Te adjunto unas pocas líneas del comienzo, es decir, del planteamiento, para que te quedes con ganas de saber cuál es el desarrollo y el desenlace. Si por alguna extraña razón no tienes ninguna gana de conocer cómo se desarrollan los acontecimientos y de qué manera éstos nos conducen inevitablemente al final, te recomiendo que sustituyas la horchata Chufi por vodka Absolut y los aburridos paseos por el jardín botánico por desenfrenadas orgías en cualquier elitista local liberal de tu barrio.


SÁNCHEZ (Inicio)

El tren se zarandeaba de una manera que sólo se podría definir como garbosa. Mientras deglutía traviesas, una ringlera de vagones sucios perseguían a la locomotora de la misma forma que unos patitos lo harían con su madre. Pero la máquina no era una mamá ni los coches unas anátidas sedientas de calor maternal. A decir verdad, tanto la una como los otros eran la representación del mal, pues en ellos viajaba Sánchez. Este personaje, homicida confeso en su juventud y multimillonario e inversor en la última parte de su existencia, era temido por todos. Y cuando digo todos, me refiero a cualquier ser vivo. Su cara, alargada como una rodaja de sandía y con unas mejillas hundidas y huesudas no podía disimular unos ojos grandes, aparatosos, como de búho, de color rojo bermellón. Las venas de su cuello resultaban repugnantes y de su boca desaguaba un olor pútrido, corrompido, semejante al que produce la descomposición de la carne cuando la vida la abandona para no regresar jamás. Solía apoyarse con un bastón sin empuñadura y cuando odiaba algo, a alguien, por ejemplo a ti o a mí, los ofidios de su corazón mordían con fuerza e inyectaban un veneno mortifero con forma de insensibilidad permanente, de rabia modificada, de furia indefinida. 

Sánchez sudaba como un chancho. Cuando se aburría recogía algunas gotitas y alimentaba a las moscas, que adormecidas o drogadas por la sal corporal acumulada se comportaban como mascotas. Cuando tenía bastantes recorriendo sus manos, las apretaba con fuerza y lamía el jugo producido por la muerte en conciliábulo.


Creo que enviándote principios de mis textos no hago otra cosa que convencerte para que rehuses llegar a los finales. por esa razón, y sin que marque un precedente, voy a agregar la conclusión del cuento. Como falta la parte intermedia, que es donde realmente sucede todo, tu cara, a menudo agraciada, se tornará de un color insoportable. Pero la existencia es dura y a veces es preferible conformarse con una minucia a requerir o exigir una absoluta totalidad. Bueno, no me enrollo más, lo prometido es deuda:


SÁNCHEZ (Final)

Mientras metía su ropa en la maleta notó algo viscoso entre los pliegues de un chaleco. Cuando miró su mano, vio que los dedos habían desaparecido. Corrió como pudo hasta un espejo y no pudo verse reflejado. Cada una de las partes de lo que había sido un cuerpo viejo y decrépito se habían esfumado. Intentó gritar pero en lugar de un sordo sonido de lamento, de lo que antes había sido una garganta maligna y perversa, emergió una lúgubre carcajada que resonó como un trueno por las estancias de la mansión derruida. Y la luz que desde entonces se filtra por los intersticios de las ruinas sólo es un principio elemental de lo que sucedería a partir de entonces.


Quizá pienses que la prosa es infumable o que lo leído te recuerda algo ya leído pero mejor redactado y estructurado. ¡Es cierto! El texto es una completa nulidad y un conglomerado de tópicos, pero he llegado a la conclusión de que la mayor parte de la población que aún se atreve a leer es retrasada y si quiero ganar algo de dinerito como escritor, tengo que darles lo que se merecen. Y lo que se merecen es porquería y desasosiego neuronal. Regalarles frases estructuradas o magnificamente hilvanadas sólo equivaldría a garantizar su memez por un lapso indeterminado de tiempo. De todas formas, estoy muy orgulloso de un párrafo que se puede leer en la página 34...


SÁNCHEZ (Párrafo genial)

El arroyo se ensanchaba hasta adquirir el tamaño de una laguna. A lo lejos se podía divisar la tierra húmeda repleta de juncias y algún que otro pedazo de madera emergiendo. Mientras contemplaba la escena pensé en las connotaciones cómicas de lo que veía: un paisaje de ensueño y pedazos de féretros desparramados por la tierra. De repente un ruido me despertó de la ensoñación, era Sánchez que se acercaba a mí con un cuchillo de grandes dimensiones en su mano derecha. 


Ya tienes tres pequeños fragmentos de una mediocre totalidad. Si los juntas en tu cerebro e intentas imaginar lo que falta, es posible que llegues a alguna conclusión. Mi labor, siempre que entendamos por labor justificar la vida por medio de la ficción, ya ha terminado. Lo que viene tras ésta etapa, es decir, los halagos o las críticas severas, no me interesan. Lo único que me importa es mirar por la ventana y ver cómo cada uno de los puntitos que se mueven entran y salen de mi campo de visión. Mientras esos puntitos sigan un movimiento significa que sigo vivo.

jueves, 6 de agosto de 2015

Email del 6 de agosto 2015

Joan Miró. Hermitage (1924)

Todos nos equivocamos contínuamente. Yo no soy una excepción. Errando aprendo, pero mientras asimilo e incorporo los conocimientos adquiridos debido a las acciones desacertadas, hago daño a gente que no se lo merece, bueno, es posible que algunos sí se lo merezcan; de todas formas, el que me convierta en justiciero emocional o incluso social no invalida la aseveración anterior. ¿Qué puedo decir? ¿Perdón? Siempre pido perdón, aunque sé que es injusto hacerlo después de haber parido y amamantado una o varias ideas distorsionadas. Me refiero a que siempre que la lío comprendo el alcance de mi hipersensibilidad y me dejo llevar por ella. Lo juicioso sería anticiparme a esas emociones extraodinariamente mal aderezadas y comportarme de una manera adulta. Y sobre todo no mezclar las conmociones afectivas con fármacos sedantes. Necesitar ser querido es un hecho triste y turbador. Cuando me trago un Valium, o incluso algunos miligramos de Lorazapan, entonces, nada me importa, porque mis venas adormecidas sólo están actuando en un papel, quizá el más difícil de interprtar: el de muerto. Cuando mi vida se escapa no tengo que preocuparme en si lo que hago o lo que no hago está bien, o es bueno para los que me rodean. Quizá sea un egoísta. Si lo soy, entonces la muerte es una condición (¿condición? ¡Ja!) egoísta. Pero si la definición de dicha palabreja es tener excesivo aprecio por uno mismo... No sé. Algo no me cuadra.

Hasta donde alcanza mi mente racional, jamás he hecho daño a nadie a sabiendas. Sin embargo cada día que pasa -y desde el principio de mi existencia- no paro de dejar cadáveres de ambos sexos descuartizados por el suelo. Recuerdo un sueño que tuve hace bastantes años. Bueno, no lo recuerdo perfectamente, por lo que voy a tratar de edulcorarlo un poco, y si me es posible, modificarlo a mi antojo, y al de este texto. ¿Edulcorarlo? Me niego. Eso sería como pedir un recibo al chulo de una furcia. Creo que necesito relajarme. Lo único que recuerdo de esa pesadilla, porque fue una maldita pesadilla, es que una voz en off no paraba de repetirme las siguientes palabras:

-Estás en un sueño. No despertarás de él hasta que asimiles la idea. Éstás en un sueño. Sólo lo interrumpiré cuando comprendas el significado y lo incorpores a tus conocimientos anteriores. El concepto es sencillo: la culpa siempre es del receptor, jamás del emisor. Estás en un sueño. Es mi responsabilidad hacer cumplir los preceptos. También es mi responsabilidad alertar a los tipos como tú de los peligros que les acechan, tanto en forma de bondad moral, como con diferentes disfraces apropiados para dichos fines. Estás en un sueño...

Si me paro a pensarlo, resulta gracioso que recuerde sólo una parte. Pero de la misma forma, resulta desternillante imaginar cuál pudo ser el sentido de esa especie de mantra largo y continuo. Pues, a la manera de un Loop, las frases fueron repetidas hasta la extenuación, hasta el infinito. Supongo que cuando desperté ya era un sujeto nuevo. Sin falsos remordimientos ni vestigios de inquietud o pesadumbre apretujadas en mi cabeza. El problema vino con el paso del tiempo. El jodido paso del tiempo que todo lo desprograma. El perverso y execrable paso del tiempo que nos incita a improvisar las farsas, los camelos, la mentira.

Estoy en un sueño. La vida no es una película, es un sueño. Los films tienen un guión, la realidad carece por completo de él. Estoy en un puto sueño y no despertaré hasta que digiera por completo el propósito. Estoy en un perverso sueño. Sólo se interrumpirá cuando comprenda el valor de las palabras y las incorpore a mis circunstancias. La idea es muy sencilla: soy inocente porque no existe la culpabilidad, la responsabilidad. Ni siquiera el prejuicio o un precio que pagar. Estoy en un sueño...