viernes, 31 de julio de 2015

Email del 31 de julio 2015

Avigdor Arikha. A dead leaf (2002)

Según unos documentos que no tengo derecho a rechazar, yo nací de padres mortales, luego no soy divino. Al no ser sobrehumano, mis pies pueden tocar el suelo y los rayos del sol no pueden herirme. Espero que después de esta recusación categórica no seré acusado de abrazar un procedimiento de mitología ridículo y absurdo. No soy el protagonista de ningún relato acunado por la religión, la cultura o la sabiduría, pero estoy vivo. Afortunadamente la gente que camina por la calle o ilumina o ensombrece la totalidad de mis días y mis noches tampoco forman parte de la tradición o la leyenda. Pero, si tanto ellos como yo somos perecederos, temporales, fugaces como un rayo de luz que se apaga cuando llega la noche, ¿por qué extraña razón somos tan impredecibles? ¿Por qué necesitamos personificar las fuerzas del Universo? ¿Por qué somos tan crueles y vengativos? ¿Tan volubles, caprichosos e inconstantes?

Miro una flor. Contemplo embelesado su estambre y su pistilo, es decir, la parte masculina y femenina respectivamente. Pero si me fijo detenidamente en ambas, soy capaz se distinguir la antera y el filamento, el estigma, el estilo, y el ovario. Ya estoy cansado de admirar los pétalos o los sépalos. Quiero profundizar en los entresijos de la Creación, es decir, la obtención de algo a partir de la nada. Ya no me interesan los colores, las formas, ni siquiera si la inflorescencia se ha originado en el ápice del vástago principal o en alguno de las ramas laterales.

Si un dios es un ser sobrenatural al que se le atribuyen poderes significativos, entonces, una flor es una diosa. Lo mismo puedo decir de cualquier otro vegetal o animal, excluyendo la alimaña humana. Las piedras y las rocas son omnipotentes. El cielo, las estrellas y los planetas son omniscientes. Todo lo que existe y puede ser visto y no visto son partes de un ser supremo. Excepto tú y yo. Excepto tus hijos, mis padres, sus padres, sus hijos, los padres de los padres y los hijos de los hijos. Ellos, al igual que tú y yo somos carroña. Fuimos, somos y seremos nefilims y seguiremos revelándonos, cuestionando y cayendo, mientras nos sometemos al libre albedrío, a la lujuria, a la vanidad.

No puedo recordar si cuando vine a este mundo hice feliz a mis progenitores. Tampoco es que me importe demasiado. Aterricé en esta cloaca en que hemos convertido al mundo, porque no existían otros sumideros cercanos -a años luz quiero decir-. Desde que cumplí los cuatro años sé que no pertenezco a nadie. Por la misma razón, tengo absolutamente claro que nadie ni nada me pertenece a mí. Ni siquiera las flores. Pero soy un dios, por lo menos cuando estoy solo en en el cubículo que me sirve de habitación. Y allí hago y deshago a mi antojo. Dicto órdenes injustas y someto a mis vasallos. Pero mis súbditos son ceniceros, figuritas de metal o una pila de cajas de madera, bellamente trabajadas, probablemente compradas para satisfacer mi instinto huidizo o la insatisfacción personal.

A veces, mientras dejo que mis ideas mesiánicas vuelen a su antojo, mis ojos reparan sobre un libro que descansa en un anaquel. Es un tomo bastante voluminoso con un lomo de color negro. Y aunque me gustaría quemarlo, y con él todas las copias existentes, no puedo dejar de sentir una especie de alegría maligna recorriéndome la espina dorsal. Por supuesto se trata de mi libro. Lo escribí hace algunos años, aunque quizá debería decir que no fue escrito, sino vomitado. Lo regurgité para sentirme en paz conmigo mismo. Pero nunca pude conseguir ni un ápice de sosiego. Supongo que algunos simplemente nacemos para desarrollar el concepto de fatalidad y elevarlo a la enésima potencia.

Según unos documentos que no tengo derecho a rechazar, yo nací muerto...

miércoles, 29 de julio de 2015

Email del 29 de julio 2015

Olexandr Archipenko. The past (1926)

Hola:


El pasado, esa agrupación de acontecimientos acaecidos en un lapso anterior a un punto temporal establecido, es un homicida en potencia. Transforma el presente y determina el futuro. Existe una fase en el desarrollo intelectual del ser humano, una fase temprana o prematura, en la cual todos nos consideramos inmortales. Es quizá por esa razón por lo que obramos con el corazón y obviamos el poder racional del cerebro. En esa etapa en la que reina el aprendizaje, pero también la demencia, aprendemos a venerar al pasado, porque nos sirve de referencia. Y mientras tratamos de determinar lo indeterminable, ese maldito álbum de fotos añejas nos acuchilla con la contundencia de un yatagán. A partir de esos instantes, cada momento, cada instante del aquí y ahora se prostituye como una ramera sin escrúpulos apaleada por su chulo.

Aprendemos de lo que vemos. Pero lo que vemos es irreal. Sólo la melancolía resultante del fustigamiento emocional nos redime. Construimos castillos de aire y los rellenamos de añoranza y resignación. Colgamos con chinchetas en las paredes los vocablos inextricable, inevitable e incontrolable y les prometemos sumisión. Pero el sometimiento tiene un precio: la involución emocional.


Hasta este preciso momento nunca me había importado el número de lectores que tenían mis textos. Durante estos años he escrito sobre la estulticia y sus poderes ocultos. He tratado de expresar mis sentimientos disfrazados con una maraña imposible fabricada con humor absurdo e incongruencias. ¿He aprendido algo? Por supuesto, he aprendido a distinguir los amigos que se creían el centro del universo y que te dejaban tirado cuando creían que tu los habías dejado tirados antes. Las causas no importaban, sólo esa maldita insolencia resultante de un mal entendimiento de lo que algunos llaman orgullo.

Resulta tan sencillo imputar sin aportar evidencias. Y los recuerdos, es decir, cada uno de los instantes que anteceden al Aquí y Ahora, suelen presentarse tan desvirtuados por las circunstancias o por el tiempo que resulta imposible, o por lo menos poco factible, considerarlos como esa carta que vale por cualquier otra carta y que te brinda infinitas posibilidades de acabar el envite de forma victoriosa.

Hace algunos años, un hijo de puta me dijo a la cara que yo era un ser despreciable que andaba todo el día por las nubes. Ese desgraciado, maltratador de mujeres y cocainómano profesional se atrevió a definirme sin haber intentado buscar una descripción para él. Recuerdo que mientras se alejaba, probablemente extasiado por su hazaña, me miró de soslayo mientras se metía las manos en los bolsillos de los pantalones sucios y desgastados. Cuando de repente su mirada vidriosa se cruzó con la mía, no pude reprimir arrojarle unas palabras:
-Tienes razón, soy un maldito ñiquiñaque nefelibata
Supongo que todavía estará tratando de dilucidar qué quise decir con dicha sentencia.

miércoles, 22 de julio de 2015

Email del 22 de julio 2015

Kira Ayn Varszegi. A sleep-deprivation


Amiga:


Un conocido mío al que no veo desde hace varios años, que padecía la enfermedad de Pick y cuya perversión inconfesable era la Folliculaphilia, me vacilaba explicándome continuamente que, gracias a los poderes de la ciencia infusa, había dejado de ser un tosco filisteo. Yo solía replicarle barboteando o emitiendo extraños ruiditos con la boca, que sonaban como un bandoneón deteriorado cuando es tocado a toda prisa por un lémur hipertrófico que ha padecido una severa crisis existencial. En realidad, este sujeto provenía de una familia bastante singular. Su padre, que era azacán de profesión, se hizo rico a le edad de 65 años fabricando capachos oblongos y su madre construía trojs anti-cellisca que se derrumbaban cuando algún insensato se apoyaba en ellos. Tenía un hermano, tres años más mayor, que se ganaba la vida escribiendo opúsculos en servilletas de papel y que falleció a consecuencia de un desgajamiento del periostio y una hermana que levantaba grandes tolvaneras cuando estornudaba.

No sé por qué te cuento esto. Es posible que los gilipollas borrachos que me han despertado tengan parte de la culpa. Y la culpa de mi trastorno del sueño es de la existencia. Podría transformarme en un animálculo, pero sólo me siento realizado y útil a la sociedad almacenando intuición en alguna parte del cerebro. Algunos acumulan riquezas, otros trastos viejos e inservibles. Yo amontono conocimientos cinésicos. ¿Algún problema?

PD:

Toda causa provoca una serie de sentimientos. De todos éstos, la aflicción es el más destructivo y posiblemente el de más difícil curación. La pena es una asesina y puede llegar a acabar con la razón. No se me ocurre una forma de contrarrestar los estragos que produce. No sé si conseguir exterminar un padecimiento puede servir para crecer emocionalmente. En estos momentos no sé nada. Y, créeme, me gustaría saberlo todo.


Saludos

sábado, 18 de julio de 2015

Email del 18 de julio 2015

Vladimir Makovsky. To crown (Farewell) (1894)


Ains:


Hoy tengo una boda. El despotricador anhedónico va de boda. Pero, eso no es todo, pues no hace ni un mes asistí a una graduación escolar. Sí, el despotricador se tragó una graduación. ¡Con diploma incluido! De seguir así, supongo que el próximo paso es asistir a misa o una comida navideña. ¡Con pavo incluido! Afortunadamente las comidas navideñas sólo se producen en Navidad, aunque según me ha comentado un amigo que es sodomizado sistemáticamente por un párroco rijoso, hay misas a casi cualquier hora del día. ¡Con homilía incluida! Claro que si lo pienso podría ser peor. ¿Peor que tragarse una boda, una graduación, una misa y una comida navideña?

La boda es de blanco. Me refiero a que todos los invitados debemos vestir el color cromático de claridad máxima. Incluso la ropa interior tiene que ser blanca. Todo la gente que ha tenido el privilegio de contemplarme en gayumbos sabe que el blanco no me favorece. Realza demasiado mis perfectas piernas, por lo que el resultado siempre es el mismo: suicidios en masa por envidia y celos.

Los dos humanos que contraen nupcias desconocen por completo la que se les viene encima. Yo podría adelantarles un par de capítulos. Pero, ¿realmente gano algo si les anticipo las inconveniencias? Casarse no es más que un trámite, un papel. El dinero también es un puto papel. Y el papel de váter es,lógicamente, un jodido papel. También es un papel nuestro paso por la existencia. ¡Es curioso! Una millonésima de la millonésima de la millonésima de la millonésima de la millonésima de segundo después del Big Bang, el universo tenía el tamaño de un guisante. Lo que no está claro es si era un guisante "Provenzal", "Oberon" o "Lincoln". Ahora, después de 13.798 miles de millones de años desde ese instante supremo, los humanos todavía se vinculan por medio de unos papelitos, unas firmitas y un "Sí quiero".

Y ni siquiera me voy a dignar en desvariar sobre el convite, esa especie de reunión pagana donde todo o casi todo está permitido, excepto insultar a los ancianos de cada familia o no depositar un cheque en el bolsillo de uno de los cónyugues. Sólo de pensar que voy a acabar con un maldito Farias en la boca y cantando el "Halo" de Beyoncé me produce unas ganas enormes de saltar desde El Miguelete.


G.

sábado, 11 de julio de 2015

Email del 11 de julio 2015

Duy Huynh, Time Flies With Strings. 2009


Hola querida:

Ahora mismo estoy escondido detrás de una puerta, esperando que no regrese o por lo menos se retrase indefinidamente la inconsistente repetición de los días anteriores disfrazada de jornada innovadora u original. Hoy necesito que suceda algo, cualquier cosa. Ya no soporto percibir cómo un desperdigado puñado de segundos comprometedores se unen sin un verdadero motivo y forman una hora amenazante. Si yo no fuera el mismo individuo saturado e insatisfecho que seguramente seré mañana, me gustaría que el tiempo como magnitud física finita que separa y mide los acontecimientos, o por definirlo de otra forma, el flujo sucesivo de microsucesos constantes, pudiera arder en una especie de pira, pues hace un rato, dos ratos o quizá tres, es decir, el instante que equivale a un tercio de un momento completo, he sentido la necesidad de arroparme con un pequeño pensamiento, fugaz y distorsionado, porque tenía frío.

No conozco el lugar del que seré expulsado cuando el orden y el destino, aliados en esa especie de clan corrompido, sometan el conocimiento a la lenta agonía de la demencia más trastocada. No soy capaz de distinguir entre las sombrías razones o la percepción distante (¿fingida?) que criogeniza los recuerdos más relevantes. Pero de una cosa estoy seguro: no entiendo absolutamente nada de lo que sucede a mi alrededor. Nunca lo he entendido. Nunca me ha importado. ¿Nunca?

Mientras miro hacia ningún lado, el "ahora mismo estoy escondido detrás de una puerta" ya no existe, por lo tanto no tengo más remedio que participar en el "hace apenas unos instantes" o incluso algo parecido a "cuando estaba escondido detrás de una puerta", aunque me cueste cierto sacrificio enterrar ese suceso más o menos lejano, restringido y falsamente evocador. Si pudiera volver a esconderme tras la puerta quizá aprendería a asumir los preceptos que por cobardía delego, esas lustrosas concepciones remotas pero evidentes, esos maquiavélicos esbozos que representan cada cara de cada una de las distintas percepciones. ¡Todavía espero que suceda algo!

La regla que prescribe que la sensación de angustia ante la presencia del futuro no es más que un comportamiento común dentro de una sociedad regida por los pensamientos catastróficos, probablemente se basa en la ausencia de estadísticas refutables. O quizá en la seriedad de su postulado, aunque éste sea totalmente desacertado y engañoso. El miedo no puede ser agrupado, ni amontonado o combinado. El miedo no tiene ética, ni conoce la moral. No diferencia el bien del mal y es insobornable. Puede ser alimentado, pero no domesticado. Podemos ocultarlo entre nuestras fobias u obsesiones, podemos acicalarlo y perfumarlo, pero siempre se moverá inquieto porque está vivo.

Y cuando sus desechos pútridos y descompuestos invadan nuestros cuerpos, dejaremos de ser "nosotros" y nos convertiremos en "ellos". Y ellos saben que no tienen un destino predeterminado. Ellos saben que la realidad muta a conveniencia. Ellos saben que las representaciones mentales son sospechosas. Ellos saben que el pasado nos narcotiza. ¡Ellos lo saben todo! Lo saben todo porque no son más que cada uno de nosotros, dispersos como semillas al viento, esperando el momento oportuno. Ellos son parte de la línea y son capaces de alterar los instantes, las circunstancias. Ellos se nutren del desconocimiento y cuando están ahitos emanan enconos uberrimos e instilan dosis eternas de voluntad corrupta que ofusca nuestro poder de decisión.

El miedo es una gárgola que nace en nuestro cerebro y se desarrolla en el hipotálamo y el complejo amigdalino. Cuando ese hecho sucede, las emociones de lucha o huida entran en competición. La partida siempre se desarrolla de una manera amañada, pues las reacciones apuestan por la curva ganadora. Eso nos hace errar y abandonar el envite apresuradamente. Pero nunca somos capaces de reparar en que la apuesta ha sido arriesgada y las contingencias están definidas. Por esa razón la puerta que me protege sólo existe porque yo le insuflo vida. Cuando la traspase, un millón de actitudes racionales golpearán mi dignidad atrofiada y cuestionarán, localizarán, procesarán y sentenciaran cada uno de mis dogmas manufacturados con el único propósito de sintetizar y equilibrar los cambios continuos, no estáticos, casi dinámicos, y de ningún modo, adaptados al comportamiento humano.


Besos y abrazos

jueves, 9 de julio de 2015

Email del 9 de julio 2015

Andre Petterson, Spent (s.XXI)


Querida:

Hace poco más de un año estuve en el despacho de un tipo que, después de deshacerse en elogios sobre mis dos libros, mi blog y mis "chispeantes diálogos" me pidió que escribiera el guión de una peli porno que pensaba rodar en primavera. Cuando le contesté que aunque fuera pobre tenía unos principios éticos tan firmes como el escroto de Belén Esteban, él me respondió que le importaban un comino mis principios y me enseñó un cheque. Al ver la cantidad garabateada sobre ese pedacito de papel le choqué la mano, me la choqué a mí mismo y se la choqué a la señora de la limpieza, que en esos momentos trataba de quitar el polvo de un frenillo esculpido en madera que servía de pisapapeles.
-Bueno, ¿Y cuál es el título de la película? Necesito tener una idea de la que partir para empezar a escribir algo.- pregunté.
-"El taladrador de la Complutense"- respondió, satisfecho de sí mismo.
-¿El taladrador de la Complutense?
-Sí, "El taladrador de la Complutense"- volvió a contestarme, esta vez despacito, como si se dirigiera a un retrasado mental.
-¿El taladrador de la Complutense?- preguntó la mujer de la limpieza.
-Señora, usted a lo suyo- Escupió a la empleada mientras intentaba fulminarla con la mirada.
-Entiendo... El taladrador, ejem. ¿Escribo sobre un obrero de la construcción que...?
-Gregorio, ¿te puedo llamar Grego? Grego, escribe lo que quieras, pero has de tener en cuenta que deben haber dos escenas de sexo oral, tres de sexo en grupo, cinco de auto sexo, seis de voyerismo, una de orgía, cuatro de lesbianismo, una de lluvia dorada, tres de sadomaso y dos de anal.
-Espere, por favor... tomo nota. ¿Puede repetírmelo?

Cuando ese mismo día llegué a casa y medité acerca de dónde me estaba metiendo, sufrí un repentino ataque de asco. Lo primero que se me ocurrió fue llamarle y rechazar el trabajo, pero cada vez que intentaba agarrar el teléfono, una cifra siniestra y con varios ceros sinuosos y completamente desnudos, transmutaba mi ingenuidad moral en avaricia ciega.

No sé por qué te cuento esto. Quizá para que te des cuenta de qué clase de puta literaria tienes por amigo. Ya no quiero seguir siendo un escritorzuelo. Necesito ser feliz. Un escritor jamás podrá ser dichoso, ni siquiera dopado. Los fruteros, los enterradores, esos sí son felices. Quiero volver al principio. Quiero irme con mi mamá. ¿Sabes? Ella me acariciaba y a su lado nunca tenía miedo. Claro, que luego llegaba papá y ella lo acariciaba a él. Pero no me importaba demasiado porque entonces yo me ponía a acariciar un pañuelo de seda. Me encantaba notar su suavidad sobre mi piel.

El tiempo no perdona. ¡Cómo me gustaría asesinarlo! Los años pasan como si fueran neutrinos y atropellan nuestras ilusiones, que se esfuman avergonzadas. Nos hacemos mayores, pero nunca perdemos la inocencia y el candor que tantas veces nos meten en problemas de difícil solución. Y mientras esto sucede, dilapidamos las horas contando cada una de nuestras lágrimas y poniéndoles un nombre. ¡Está decidido! Voy a alquilar un bajo y a despachar productos fitosanitarios. O quizá togas y vestimentas de la antigua Roma. A la mierda las palabras, las frases, los puntos y las comas.


Un besazo.

lunes, 6 de julio de 2015

Segundo email del 6 de julio 2015

Brad Phillips. Insomnia

Hola otra vez:


El problema de padecer insomnio es terrible: mientras el cerebro rechaza el sueño, la mente sigue funcionando. Una mente que funciona es una mente que razona -desde luego no en todos los casos- y razonar más de la cuenta es un error que puede llevar a un individuo a hacerse un montón de preguntas perturbadoras. Pero no son esas preguntas las causantes del sufrimiento que puede acarrear la demencia, sino las respuestas. O la ausencia total de ellas. A veces, mientras doy vueltas en la cama, intentando extraerme de los maleficios de dichas preguntas, los acúfenos taladran mi consciencia. Cuando eso sucede, nada me importa más que imaginar que estoy muerto. Pero es tan dificil convencerse de una mentira. Mientras fumo un cigarrillo tras otro, recorriendo el pasillo de mi propia prisión, trazo planes precisos sobre mi futuro. Proyectos que nunca llevaré a cabo porque no puedo romper las estúpidas normas que como humano inteligente estoy obligado a cumplir. Es entonces cuando comprendo que el cambio es una quimera que se alimenta de despropósitos y falsas percepciones, un círculo de simulación donde sólo está permitida la renuncia sin condiciones, un ardid del tiempo y del espacio para propiciar una huida fácil hacia ninguna parte. Y mientras corro despavorido, dejo huellas en el camino.

Mañana por la noche, antes de rendirme a la vorágine de sueños sonámbulos de supervivencia y trance, pienso detener la realidad consciente renunciando a la acibarada flagelación que serpentea sobre mi subconsciente, y que enlaza los eslabones de los pútridos recuerdos, fundiéndolos entre la inercia negativa de mis abúlicas contorsiones. ¿Por qué finjo, si conozco el desenlace? Estoy ciego. Me agacho para palpar el suelo. Pero el suelo está encima de mi cabeza. Puedo notar cómo se desliza mientras cubre de oscuridad los márgenes de la lógica y de la razón. ¿Dónde se encuentra esa línea, tan fina y delicada como el cristal, que delimita la vida de la muerte? ¿Me oye alguien ahora? ¿Estás todavía en el mismo lugar de siempre? ¿Podrías ayudarme?

Email del 6 de julio 2015

Réné Magritte, "The Reckless Sleeper" (1928)

Hola:

Esta noche he tenido un sueño realmente extraño y preocupante, pero no voy a contártelo, sólo se lo relataré a mi psicólogo y a mi forense, pero puedo adelantarte que trataba sobre escolopendras modificadas genéticamente que se alimentaban de globos oculares humanos con trastornos glaucomatosos. Está claro que no ha sido un sueño especialmente agradable, pues me he levantado sudoroso y compungido; incluso ha habido un momento en que he pensado que seguía soñando todavía, sobre todo cuando he intentado afeitarme con el cepillo de dientes eléctrico. ¿Para qué sirven los sueños? En mi caso para desayunar tres cigarros seguidos, aunque me imagino que su fin primordial será que nos planteemos por unos instantes el sentido de nuestras existencias. ¿Cuál es la razón que tenemos para vivir? ¿Quizá prepararnos para morir? Si es así ¿Por qué no nacemos muertos? Nos evitaríamos un montón de facturas y, lo que es más importante, nos libraríamos de tener que robar ropa de diseño cada principio de temporada o estación. Alguien dijo una vez que soñamos unicamente para lubricar el cerebro y que éste no se atrofie, pero yo estoy convencido de que soñamos exclusivamente para poder movernos en la cama y sacar partido a toda la extensión del colchón de látex.

Si los humanos soñamos, ¿cómo será el sueño de los animales y de las plantas? ¿Soñarán los perros con huesos y palmaditas en la cabeza?, ¿Soñarán los cocodrilos porosos con cadáveres flotando en el estuario y libres para ser devorados? Una begonia, por ejemplo, ¿soñará con abono nitrogenado? Nadie que no haya sido animal o vegetal puede responder a estas preguntas, lo cual me lleva a replantearme otras cuestiones que no deberían dejar indiferente a ningún ser: ¿Por qué no se fabrican Valiums en formato de gominola? ¿Es eficaz un Tranxilium si nos lo introducimos por el recto? ¿Cómo es que a día de hoy ningún chef perteneciente a la corriente renovadora ha inventado el soufflé de Clonazepam?

Si quieres que te sea sincero -ya sabes que a veces puedo llegar a serlo- no me seduce la vida y eso es algo que saben todos los que me conocen, pero tampoco me convence demasiado la muerte. Morir implica tener que vivir, aunque sólo sean cinco minutos y en algunas ocasiones, cinco minutos pueden ser una eternidad. Imagínate lo largos que pueden hacerse esos minutos al lado de un imbécil, o sentado en la silla del odontólogo escuchando sus memeces mientras te escarba en la boca con un osteotomo de punta fija de acero inoxidable y te hace preguntas estúpidas que te es imposible contestar. O por poner un ejemplo extremo, imagina que alguien te obligue a tragarte cinco minutos del film de Ozores "Los bingueros" sin posibilidad de cerrar los ojos o dirigir la mirada a otra parte.

Lo ideal sería que tuviéramos el poder de manufacturar nuestros propios sueños: hoy quiero soñar con Milla Jovovich acariciando un solomillo de ternera y mañana con Santiago Segura eyaculando sobre la cabeza de Rosy de Palma. ¡Eso sería ideal!, pero lamentablemente no es posible, aunque algunos cenutrios estén convencidos de que es algo factible.

Me gustaría acabar este pesadillesco texto con una frase corta de William Butler Yeats que creo que define con exactitud cínica todo lo que yo no he conseguido en todos los párrafos anteriores: "Pisa con suavidad porque estás pisando mis sueños"


Besos (reales)

domingo, 5 de julio de 2015

Email del 5 de julio 2015

Emil Robinson, "London Window" (2008)

Hola:


En mi habitación hay una ventana que suele estar cubierta con una cortina opaca. Entre la cortina y el cristal viven dos moscas y a veces se enfadan, pues puedo oír sus zumbidos de disgusto incluso con los cascos puestos cuando escucho el concierto para piano y orquesta de Alfred Schnittke. En el suelo del cuarto a veces crecen setas y cuando ésto sucede las recolecto y me preparo una tortilla con ellas. Las paredes están cubiertas de pequeñas telarañas y sus inquilinas, las llamadas patilargas, contemplan extasiadas todos mis movimientos, los analizan o los sintetizan, pero nunca los critican abiertamente, porque entre otras cosas, esos arácnidos están ilustrados y pertenecen a la realeza Arthropoda, una rama del subfilo Chelicerata que no se caracteriza por comadrear sin fundamento.

La estancia se encuentra alejada del cuarto de baño, por eso, cuando tengo que manufacturar alguna función corporal excremental la envío por correo, pues odio salir de mi Universo y no necesito enfrentarme al largo pasillo con las paredes pintadas de un amarillo mostaza que divide mi hogar, dulce hogar. Nunca he tratado de indagar quién tira de la cadena, pero lo que está claro es que alguien lo hace; es posible que sea la monstera o el ficus que instalé allí una vez para alegrar el ambiente húmedo y mugriento, hace muchos, muchos años.

Algunos días, sobre todo aquellos en los que mi humor no es demasiado afable, enciendo las luces con el poder de la mente y las apago de un disparo. Esto provoca entre mis insectos cierto desasosiego terrorífico que sólo se calma cuando canturreo una canción inventada cuya letra suele tratar de los problemas de la moral, sus consecuencias y el destino anímico racional de la inmanencia de los sinsentidos ocultos.

Los días de lluvia las gotas entran por los resquicios de la madera vieja y carcomida de la ventana y dibujan extrañas figuras en la pared. No me importa demasiado porque soy un amante del arte abstracto sin autor y en algunas ocasiones incluso me convierto en marchante e intento vender un pedazo de cal mojada a alguna de mis compañeras, las moscas. Estas suelen ser reacias a comprar, pues piensan que en los tiempos que corren lo mejor es el ahorro y la economía de gastos, y entonces, tengo que tragar saliva y darles la razón.

Mi habitación. Mi habitación. En mi habitación suceden demasiadas cosas, algunas te las estoy contando, otras son alto secreto. Tú eres mi amiga y te quiero de la misma forma que la quietud ama a la oscuridad, aunque algunas veces y siempre por medio de factores externos, ésta se difumina, convirtiendo la espiritualidad sincera en rumores malignos.


Besazos

sábado, 4 de julio de 2015

Email del 4 de julio 2015

Yiannis Tsaroychis, Primera idea para El Espíritu del Aburrimiento,1968


Querida:

No es necesario tener un motivo para llorar; a veces es bueno como mero ejercicio de limpieza para el lagrimal. Yo he intentado hacerlo hace unos minutos y sólo me han caído un par de lágrimas, seguramente por que no tengo cuenta Premium en las glándulas de Meibomio. El caso es que como no he podido lagrimear he decidido encenderme un cigarrillo y ponerme delante del ordenador a escribirte lo que me sucedió ayer. ¿Sabes lo que me sucedió ayer?: nada. Absolutamente nada, si exceptuamos unos cientos de pipís y popós de Mac, el cachorro de grifón maltés. Y eso no puede ser bueno, aunque ya estoy acostumbrado. Claro que siempre es mejor que no suceda nada a que te detenga la policía por mantener una relación carnal con un muslito de pollo. A lo mejor es que espero demasiado de todo; no sé, es posible que el aburrimiento perpetuo forme parte de mi existencia. Hace muchos años, no me agobiaba de la misma forma que lo hago en esta época de mi vida. Supongo que debe ser cosa de la edad. ¡Me gusta tanto otear la línea que separa el cielo y la tierra mientras escribo mentalmente otro guión para una vida ficticia!

Ahora, en esta vida, la real, el sol entra por la ventana y me deslumbra. Me doy cuenta de que todo es un chiste; me refiero a cada uno de los días con sus respectivas noches. Pululo sin rumbo por un relato mal escrito que todavía no está completamente definido, y mientras lo hago o trato de hacerlo, siento que la única opción que me queda es dejar que la corriente me arrastre. No hay tiempo para el constreñimiento, para pensar, para recriminarme; es mejor exorcizar cada una de las alternativas que se presentan y tratar de no justificar la soledad existencial con pequeñas artimañas prefabricadas con el vano pretexto de aguantar un poco más, a cualquier precio.

Quizá si fuera un poco más inteligente distinguiría entra todas las opciones, pero me niego a ponerme las gafas. De momento voy a tratar de recomponer ese destartalado puzzle que se amotina en mi interior. Y no se me ocurre una manera más sensata que desconectando el interruptor que me mantiene cuerdo. No te asustes si mi próximo texto está escrito en tailandés.


Un abrazo.

viernes, 3 de julio de 2015

Email del 3 de julio 2015

Anónimo

Ahora ya no queda nadie. Algunos no existen y el resto simplemente se deja ver de vez en cuando. Los que se fueron lloraron en los hombros de los que se quedaron o de los que no podían irse. Todos necesitaban un cambio de vida. Los que huyeron, pero regresaron al no encontrar un motivo, sintieron que habían cometido un error de proporciones considerables y partieron de nuevo. Mientras se alejaban, un sueño cayó del cielo y sepultó sus esperanzas. Los encargados de enterrarlas las bendijeron y ocultaron cada una de sus promesas incumplidas bajo un dosel de madreselva y lavanda. Mientras cantaban los himnos aprendidos a base de cachetes en la nuca, una sensación de ahogo se apoderó de cada uno de ellos. El más viejo se atusó la barba y parió un deseo con vehemencia antes de fijar su vista sobre la línea del horizonte.

Ahora ya no queda nadie. Los pocos que eran alguien, cualquiera o algunos, tienen miedo. Los goznes de las puertas de sus hogares se han petrificado y los rayos del día ya no caldean los visillos de sus ventanas. María, Sol, Carmen y Consuelo están sentadas sobre la tierra, que una vez fue suelo. Sus manos temblorosas intentan extraer el calor del sinsentido aferrándose al pasado, de la misma forma que un lagarto se agarraría a una piedra para intentar pasar inadvertido. Cuando se miran a los ojos una niebla densa oculta sus emociones, sus pretensiones y cualquier hecho, palabra o aspiración que se le parezca. Ya no hay tiempo para rezar, para santificar, para expresar los anhelos o convertirlos en futuro. Ya no existen las sonrisas, ya no existen los abrazos. Sólo perviven el frío y la oscuridad. La noche perpetua y los demonios que nos acechan.

Ahora ya no queda nadie. Todos los que formaban parte de la comunidad se han arrancado los ojos. No podían mirar donde les apetecía, por lo tanto pensaron que ya no los necesitaban. ¡Ya no eran útiles! Cada una de las sillas, sillones, camas o artefactos que sirven para descansar han sido sacrificados en la pira de fuego. Ya no queda tiempo para la constricción. Sólo queda tiempo para aguantar las continuas vejaciones. Ya no quedan momentos para la oración. sólo quedan pequeños instantes; fotografías veladas o carcomidas. Todos los que se fueron y todos los que se quedaron siguen sintiéndose diferentes, aunque ya no son los mismos. Y los que ni siquiera salieron de sus casas. Y los que no podían abrir las puertas. Los que cerraron los portillos, los tragaluces. Los que se ocultaron en los rincones. Los que se estiraron el cabello mientras se escondían de su propia cobardía. Y los que se miraron en los espejos. Y los que se encerraron en los graneros. Los que lloraron lágrimas fingidas. Los que parieron criaturas adulteradas. El resto, el remanente o la diferencia. Los despojos, la basura y los vestigios. Los sacrificios, las epifanías y los compromisos. El perdón, el sayal y el cuchillo.

Ahora ya no queda nadie.

jueves, 2 de julio de 2015

Email del 2 de julio 2015

El Mac , Portrait of a Dying Cockroach. 2011


Querida:

Me encontraba absorto en mis pensamientos más disparatados e inconfesables, cuando de repente un grito indignado, bastante parecido al que emitiría un repartidor de publicidad al que están violando, me ha despertado de golpe de mi ensoñación. Era un sonido ululante y francamente descorazonador, pero al mismo tiempo frio y con un toquecito repugnante y estremecedor. Como no creía que estuvieran forzando al repartidor, sobre todo porque, desgraciadamente, no se suele violar a los hombres, me asomé a la ventana y contemplé un espectáculo que jamás, ni siquiera dopado con algunos gramos de Diazepam, hubiera creído que pudiera representarse en una calle de barrio de una de las ciudades más proclives a experimentar sucesos ilógicos e intrascendentes.

Alrededor de lo que parecía una cucaracha negra y de aspecto poco famélico, se congregaba un grupo formado por unas siete u ocho personas de ambos sexos tratando de pisarla por todos los medios, aunque por el aspecto satisfecho del insecto parecía que todos, humanos y bicho, simplemente estuvieran representando el segundo acto del ballet El sombrero de tres picos. Cuanto más trataban de aplastar al Heterometábolo paurometábolo, más difícil se lo ponía éste, hasta que llegó un momento en que, cansado de servir de blanco a un puñado de pies aquejados de una especie de Tarantela epiléptica, la cucaracha optó por trepar a las faldas de una anciana escuchimizada y de apariencia enclenque, mientras esta sufría una crisis nerviosa esquizoide y subía encima del que parecía el líder de la banda de apisonadoras al mismo tiempo que con las manos le agarraba por el cuello. En un momento dado, seguramente cansado de servir de montura y para desembarazarse de la abuela, el tipo saltó a su vez sobre una mujer de unos 46 años y entre los tres representaron un bonito número de Cirque du Soleil barriobajero y poco sutil. Al final, no podía ser de otra manera, el trio acabó con sus huesos en el suelo mientras el resto de insurrectos corrían despavoridos hacia todas partes. No pasaron ni dos minutos cuando se acercó un abuelo que aparentaba unos 400 años de vida, aunque me imagino que no tendría más de 100, y puso punto final al desparrame estrujando al bicho con el garrote. Cuando parecía que la historia de terror había finalizado, regresaron los que momentos antes habían salido pitando. De repente, sin que nadie se lo esperara, el salvador de la situación sufrió una repentina transformación y, arrancándose la camisa con un rápido movimiento de las manos y dejando ver su camiseta azul ceñida y raída con una S a la altura del pecho, proclamó con una voz bastante bien afinada y con cierto acento kryptoniano que él era Superman y que de nuevo había salvado a la humanidad de un gran peligro.

Llegados a este punto, como la representación estaba resultando mediocre y me sentía arrepentido por haber perdido el tiempo de una forma tan idiota, volví a mis labores y retomé mi ensoñación en el punto en que la había dejado. Medité sobre la fatalidad, y la manera en que ésta se presenta en nuestras vidas, trastocando todas nuestras ilusiones y transformándonos en ilusos perturbados. Pronto me cansé de este tema y pasé a otro, y luego a otro y a otro. Y cuando después de ocho o nueve asuntos diferentes me entró hambre, me dirigí a la nevera y me preparé un bocadillo de fuet con tomate y luego otro y otro, hasta que se me terminó el pan, y el fuet, y el tomate. Entonces comprendí que la vida es algo tan efímero como un bocata, que lo mejor es no vivirla -sobre todo si tienes un pariente apellidado Brunicefalo- y me tumbé en la cama. Desde allí te escribo.

Acabo de bostezar, eso significa que mi mente quiere volver a estar muerta o dormida, así que voy a apagar mis pensamientos y a sumirme en la oscuridad reconfortante y perturbadora que sólo proporciona la inmovilidad mental. Puede que dentro de algunos meses despierte y entonces es posible que vuelva a prepararme varios entrepanes con mortadela o incluso jamón de pavo. No lo sé. ¿Acaso tú puedes adivinar el futuro? Lo que sí tengo claro es que afuera, en la calle, las cucarachas seguirán tratando de escapar de los pisotones y que los dueños de los pies tarde o temprano sufrirán cánceres, tumores o carcinomas. Y lo que para unos es vida, para otros se convertirá en muerte. Y la muerte es un principio, el único que no tiene conclusión racional, básicamente por que es comienzo y final al mismo tiempo.


Un saludazo y algunos besos.

miércoles, 1 de julio de 2015

Email del 1 de julio 2015

Lucian Freud, "Leight Bowery back" (1992)

Hola cielo:

El lunes de esta semana fue un día de inflexión y hoy miércoles, lo es para la flexión. Acabo de intentar hacer treinta flexiones con los pies apoyados en una silla y el resultado no ha sido el que esperaba. Para empezar, la silla ha quedado seriamente traumatizada y ya no es la misma, y mi capacidad para ponerme de pie de un salto atlético y varonil ha disminuido hasta límites insospechables. Ahora mismo pediría hora con el traumatólogo, pero hasta dentro de tres años no le dan la libertad condicional y mi fisioterapeuta favorito está convencido de que una araña gigante quiere robarle la crinolina de popelín para almidonarla y su estado mental empeora con el tiempo.
Estoy seriamente empeñado en escribir un "Catálogo general de mis achaques más importantes" en tres tomos, pero no encuentro a ningún galeno que quiera prologarlo, así que dudo entre mandar la idea al carajo o bailar un rap con zancos. De momento voy a intentar llevar una vida sana y saludable, alejada de los excesos que caracterizaban la anterior y libre de las ataduras sociales y, sobre todo, morales, que son los instrumentos que realmente envenenan la mente y el cuerpo. ¿Qué más da que mi barriga entre en una habitación diez minutos antes que el resto de mi cuerpo? A mí no me importa demasiado...
No hace falta que te recuerde lo que me sucedió el lunes, pero voy a contarte una cosa: mientras intentaba tranquilizar mis nervios crispados debido a las contínuas deposiciones excrementales de Mac (el cachorro del que soy copropietario) tuve una visión en la que una figura omnipotente, seguramente el primo de Dios, se me aparecía rodeado de una aureola luminosa y mágica aunque bastante desconcertante y con su voz perfectamente modulada me gritaba: "Marchando una de sepiaaaaaaaaa". Esta especie de alucinación, como ya pasó en su día con el consejo que me dio mi padre cuando me dejé mis primeras patillas, va a marcar mi antes y después, mi principio y mi final.....
Ahora debo dejarte, mi lumbago (no te confundas con el plumbago) necesita sus cuidados matinales. Medita sobre mis palabras y mantente recta y garbosa al caminar, por lo menos si te vigila desde una esquina oscura un picoleto con un alcoholímetro o tienes un cachorrito obsesionado por masticar tobillos.


4 Besos