domingo, 28 de junio de 2015

Email del 28 de junio 2015

Andre Petterson, Burst

Hola.

Mi cuento "100 maneras de pelar un huevo duro" está casi terminado y me satisface cómo está quedando; creo que será incluso superior a "100 maneras de molestar a un obispo" aunque ambos son radicalmente distintos. Mientras el primero se adentra en el maltratado mundo de los alimentos, el segundo trata de diseccionar al clero y las marcas de preservativos, estampitas  y juguetes que utilizan en sus correrías sexuales. Como odio a muerte el número 2, he decidido escribir un tercero que se titulará "100 maneras de escupir sobre un gato callejero" en el que disertaré, por supuesto con mucha mala leche, sobre las relaciones entre los seres humanos y los animales que sobreviven en nuestras ciudades desde una perspectiva nada moralizante y con ciertas dosis de cinismo y absurdo. En cuanto a "Dios no paga impuestos, pues tiene un abogado estupendo", la novela que llevo entre manos desde hace 3 años, he decidido aparcarla por el momento mientras me concentro en otros menesteres más necesarios, tales como fumar o comer caramelos.

Ayer por la noche me sucedió algo extraño: durante unos veinte segundos -mientras mi perro Mac se peleaba con mi pie y aparentemente le ganaba- experimenté un estado de ánimo que podría definirse como de absoluta felicidad. pero tras ese momento de satisfacción y alegría sufrí un repentino ataque de picor en la conjuntiva del globo ocular derecho que me devolvió a la realidad, por lo que estoy en condiciones de afirmar que es preferible ser infeliz antes que gastarse el sueldo o parte de él en colirios o pomadas oculares. Ser infeliz es gratis, y eso es algo que nunca deberíamos olvidar, sobre todo en estos tiempos que corren. Según el Libro Guinnes de los records, el hombre más infeliz del mundo fue un tal John Maizena, que vivió en Londres durante el siglo XIX y que murió a la edad de 134 años rodeado de sus acreedores más queridos. Sin embargo, su único hijo, John Maicena II se suicidó a los 25 años después de una orgía de felicidad descontrolada sin haber traído al mundo más vástagos que perpetuaran la estirpe.

Cierto día del año 1962, en un hospital de las afueras de una ciudad cualquiera, nací yo. Desde entonces he muerto varias veces. Si todo sigue el curso establecido, aún me quedan varios decesos que celebrar. Los gatos tienen 9 vidas, pero los humanos sólo tenemos una, y es una vida de perros, repleta de aburrimiento, facturas, virus y pies con los que luchar. La muerte es perfecta y saludable, y lo que es mejor, está al alcance de todos, pues es barata. Vivir eternamente puede ser trending topic, pero ocasiona demasiados problemas, por lo cual debería ser una opción rechazable.

Mientras te escribo estas líneas, Mac ha hecho un popó y se lo ha comido. Estoy tratando de decidir si lo estrangulo con el cable del teléfono o lo meto en un barril con salmuera para que se conserve y cure al mismo tiempo. Aunque si lo pienso detenidamente puedo llegar a una terrible conclusión: la existencia, tal y como ahora la conocemos y padecemos, no es más que un grandísimo montón de heces que deben ser engullidos para hacerla soportable. Desde pequeños aprendemos a tragar. Es una sencilla forma de justificar lo injustificable. Algunos tragan el pasado, otros cada uno de los instantes que les escuecen. Los hay que tragan flujo vaginal y los que tragan saliva. Yo prefiero tragar caracolas de chocolate y horchata de la marca Chufi. Pero, mientras me atiborro, intento encontrar un sentido a todo esto.

Según la ley de la termodinámica, el Universo tiende al caos. Quizá es por esa razón por la que todavía no me he decidido a dejar de respirar. Ojalá ese estado de confusión y desorden en que se hallaba la materia hasta el mismísimo momento de la creación del cosmos decidiera actualizar su estado en Facebook. ¡Ojalá! Me encanta esa interjección que expresa deseo legada por los árabes tras su exitosa dominación de ocho siglos. Pero sin embargo sólo la utilizo cuando escribo. Hace algunos años tuve un amigo que decía que cuando yo la pronunciaba sonaba como si estuviera "mamando semen con delectación y alegría". Desde entonces ya no tengo amigos, sólo conocidos.

En mi opinión, existir implica tener vida, estar o hallarse. Por lo que deduzco que no existir contiene ausencia. La ausencia no es más que un alejamiento, una privación o incluso una carencia de algo. Sin embargo ese "algo" no puede definirse más que como una "intensidad indeterminada" y, lo que no puede ser definido, tiende a ser impreciso e ilimitado. Si la limitación proclive a la restricción, el vacío en un anatema.


sábado, 27 de junio de 2015

Email del 27 de junio 2015

Chagall, "Le violiniste bleu" (1947)

Mucho antes de que las lágrimas de la Edad Media dieran paso a los días luminosos, existió sobre la faz de la tierra ensangrentada de cierta ciudad española bañada por el mediterráneo un juglar que, lejos de cantar y transmitir historias, se dedicó en cuerpo y alma a santificar a la luna. No era el bardo de Elphin, pero sí pertenecía a la legión de los lunáticos enamorados de nuestro satélite natural, y a él dedicaba prácticamente cada suspiro de su vida.

Desafortunadamente para la sensibilidad de los que creemos que es posible localizar la verdadera inteligencia en algún lugar concreto del cosmos, este chalado genial del que desconocemos prácticamente toda su biografía y del que sólo nos han llegado unos cuantos versos inconexos y un par de reflexiones filosóficas, nunca fue muy dado a desvelar su vida. Conocemos su nombre: Gregorio; sabemos que nació en Valencia sobre en el siglo XVII y que fue un hijo muy querido por su madre pero odiado y repudiado por su padre. Parece ser, que a una edad muy temprana, se trasladó a Francia donde contrajo matrimonio con una hilandera en Lyon y que participó en la guerra franco-holandesa que finalizó con los tratados de Nimega. Eso es todo, desconocemos el resto de páginas de su existencia. Ni siquiera conocemos la fecha de su muerte o donde descansan sus restos, pero de lo que realmente estamos seguros es de que nunca un chiflado incomprendido escribió versos tan maravillosos como los que él dedicó a su musa:

La luna está desnuda;
Yo guardaré su secreto,
pero no apartaré la mirada...

Si tuviéramos que hacer caso a nuestras intuiciones, a veces bastante alteradas (unas veces debido a los infortunios del día a día y otras por el sufrimiento que conlleva el conocer la realidad de la estupidez humana y sus temibles consecuencias para el espíritu global), nos sería fácil etiquetar una obra tan prosaica bajo el epígrafe "animus iocandi"; nos evitaría problemas y lo que es más importante, trabajo y desasosiego oneroso. Pero también es cierto y "iuris tantum" que nos haría más apocados e irresolutos frente a nuestras circunstancias morales y a los azares de la dignidad que nos alimenta.

viernes, 26 de junio de 2015

Email del 26 de junio 2015

Roy Lichtenstein, Alka-seltzer, 1966


Hola:


Ha salido el sol. Me hubiera gustado más que saliese la primitiva, pero no se puede tener todo en esta vida. Hace unos doscientos años existió un tipo que tenía tres ovejas en una cabaña, pero en estos tiempos que corren, mantener un ganado, por pequeño que sea, no deja de ser una inutilidad. Personalmente, mantengo varias cosas, entre ellas, los nervios a base de tranquilizantes; aunque no me dan leche ni lana, ni siquiera me mantienen toda la semana, por lo menos son de mi propiedad y me sirven para marcar el terreno sin necesidad de orinar en las paredes.


Besos.

martes, 23 de junio de 2015

Email de 23 de junio 2015

 Yves Tanguy, Blue Bed. 1929

Amiga:


Todos sabemos que no existen las razones sino los momentos reflexivos involuntarios, pero por algún motivo intrascendente yo acabo de llevar la contraria a mis propias reflexiones y he tenido una razón; una razón para desplegar un momento reflexivo aunque totalmente voluntario, mantenido por la tenacidad más extrema y una intención a menudo sobornable o corrompida. Y es que acabo de trasladarme al pasado agazapado en una especie de casualidad entrópica y ese paso por los instantes perdidos pero archivados en alguna parte del cerebro, me ha regalado una serie de recuerdos munificentemente onerosos que, lejos de tranquilizar mi corazón esparcido o transformar la tiflosis mesmerizante en una especie de bálsamo divino o sagrado, no han logrado apaciguar la indiferencia apática que desde hace tantos años es mi única aliada.

Recuerdo a mi padre, un tipo que no sabía nada aunque él creía saberlo todo, recuerdo sus ejercicios de autoconvencimiento vano; todavía puedo recordar su mantra preferido: "¡no, nunca, para nada!" Camino entre las décadas perdidas y oigo sus lamentos, sus suspiros. Miro al espejo donde se reflejaba diariamente y las tinieblas me impiden revelar mi cuerpo, plasmar la evidencia, manifestar el juego.

El mundo está lleno de ángeles, por lo menos eso creen los que sonríen. Yo no fuerzo mis labios en posturas vanas que irremediablemente van a transportarme al otro lado de este flanco que ahora llamo "la nada". Tampoco he visto ángeles. No, no he visto ángeles; ni siquiera querubines o serafines. Es muy probable que mi incapacidad innata para la contemplación de fenómenos celestiales esté supeditada a mi ineptitud para sonreír delante de un ser humano. No, no puedo sonreír; ni siquiera delante de un demonio. No puedo sonreír, pero tampoco lo intento.

Mi madre era la luz que batallaba contra la oscuridad de la negación, la oscuridad de ese tipo que no sabía nada y que gimoteaba al darse cuenta de su condición de rey palurdo entre idiotas. A veces, ella alargaba las manos y me regalaba milagros. Aunque nunca transformó panes o peces, te juro que cientos de veces la vi modificar el aspecto de lo inapreciable. Y nunca le he dado las gracias, ni siquiera la he abrazado, porque soy incapaz de rodear con mis brazos algo que esté vivo, que respire, que tenga emociones. Mi insuficiencia sentimental me hace parecerme cada vez más a ese rey desafiante que llora a cada momento al darse cuenta de cómo ha malgastado su tiempo.

Los sueños no existen, simplemente caen como losas, pero no tienen entidad propia. Yo no sueño porque me niego a comerciar con las imágenes. No, no sueño, no sueño. Una vez lo intenté, pero un millón de noches golpearon mi paciencia. No sueño. Los acertijos tienden a convertirse en enigmas cuando la predisposición es insegura y recurrente, por ese motivo prefiero permanecer muerto pero seguro dentro de la insensatez que define mis movimientos. No puedo soñar, pero tampoco lo intento.

Las horas pasadas están guardadas en un volumen sin inscripción. No me importa demasiado: tengo las suficientes razones para olvidarlo. Necesito olvidarlo. Debería olvidarlo, porque cuando de entre las mentiras que conjugan el verbo de la desesperación se alce la más quebradiza y endeble, mis noches y mis días pasados conseguirán el mérito de lo improbable y entonces, es posible que pueda volver a caminar entre hijos de puta sin el mayor asomo de cobardía, timidez o miedo. Porque no existe pánico donde se cristaliza la insensibilidad, el desinterés, la displicencia.


Un abrazo

lunes, 22 de junio de 2015

Email de 22 de junio 2015

Pablo Picasso. Lying naked woman (The voyeurs) (1955)

Hola:


"Miraba a través de los cristales de la ventana, pero no veía nada. Las gotas de lluvia resbalaban por el vidrio, impidiendo a mi retina traspasar la habitación y concentrarse en lo que sucedía afuera. Así que empecé a imaginármelo. Y puedo asegurarte que lo que imaginaba me producía una satisfacción que pocas veces había experimentado hasta entonces. Si no me engañan las manecillas del reloj, estuve inventando sensaciones visuales durante casi siete horas, hasta que los gemidos de mi otro yo me obligaron a transformar los placenteros viajes mentales en depravación, deformidad y dolor."

El párrafo anterior es lo único que tengo escrito de mi próximo cuento, titulado "Aporía disortográfica". La verdad es que tengo tres versiones del mismo que, a la vez, es el comienzo de la historia. El problema radica en que prefiero la segunda versión, aunque si al final me decidiera por ella, tendría que cambiar el título del texto. Voy a pegártela y espero que me ayudes a elegir entre las dos:

"Miraba por los prismáticos, pero las ramas de un inmenso árbol me impedían contemplar con claridad cómo se desnudaba mi vecina. Así que intenté imaginármelo, y debí hacerlo realmente bien, porque una erección salvaje acompañada de una orden del cerebro me empujaron al cuarto de baño. Nada más entrar y echar el cerrojo, me bajé los pantalones y el calzoncillo con un movimiento tan rápido y poco sensual, que hizo que la rigidez de mi miembro se tornara en flacidez y laxitud. Entonces, y todavía no sé por qué razón, empecé a pensar en flanes"

Mientras te copiaba esta versión he decidido que no me gusta nada. Es más, creo que es tan mala como cualquier cosa que haya escrito Almudena Grandes, así que la elección ahora oscila entre dos textos. El que encabeza este email y el próximo que, como habrás adivinado, es la tercera versión:

"Miraba una mancha de color grisáceo que destacaba entre el resto de suciedad que se parapetaba en una de las paredes del pasillo de mi casa: la que utilizaba para jugar al frontón con una naranja cada vez que mi ex-amante me llamaba por teléfono para contarme con cuántos se había acostado esa semana. Al principio no me di cuenta, pero al cabo de un par de horas reparé en que ese borrón o salpicadura me recordaba la cara de Sara, la única mujer que me ha violado en mi vida. Todavía lo recuerdo. Recuerdo cómo me agarró por las orejas y me tiró con una brusquedad inusitada sobre el sofá de dos plazas. Mientras me pegaba con fuerza, intentaba desnudarla, pero cuanta más ropa le arrancaba, más me abofeteaba. Al final decidí ponerme a cantar..."

Bueno, amiga mía, esas son las tres versiones. Espero que me ayudes a decidirme. Sabes que siempre suelo hacerte caso y que tus consejos para mí son tan sagrados como el Diazepam que corre por mis venas. En cuanto me envíes la contestación, intentaré continuar con el cuentecito y transformarlo en una verdadera obra maestra.


Un abrazo

viernes, 19 de junio de 2015

Email del 19 de junio 2015

Remedios Varo, Dolor,1948


Querida:

Gracias a la experiencia sensorial, francamente desagradable, que se sufre por culpa de la red de tejidos de origen ectodérmico denominados "sistema nervioso central", la mayoría de los mortales tenemos libre acceso a lo que fisiológica y morfológicamente llamamos dolor; es decir, esa terrible sensación aflictiva a la que tanto tememos y que para algunas religiones es sinónimo de paz espiritual y acercamiento a Dios. Poco importa que esa percepción angustiosa, ese efecto inútil y perturbador esté relacionado con una alteración de la salud o simplemente sea debido a un sentimiento masoquista, pues la mayor parte de humanos dotados con la capacidad racional para elegir y diferenciar entre lo bueno y lo malo o lo que nos conviene en cada instante, necesitan constantemente autoconvencerse de que están vivos y de que no son parte o protagonistas de una pesadilla (de la que esperan despertar en cualquier momento). El sufrimiento, la nocicepción y la percepción consecuente son los mecanismos esenciales que componen la fisiología de la aflicción y, gracias a ellos, dotamos a este complejo y elaborado fenómeno de diferentes alternativas para seguir sintiéndonos consecuentes con cada una de las diversas derivaciones que componen, constituyen y organizan la existencia.

Hay multitud de tratados, ensayos, libros, guiones e incluso canciones que dan fe de ello. A estas alturas de la tarde, me viene a la cabeza la inspirada letra de una canción compuesta a principios del siglo anterior titulada "Ay, ay, ay", escrita por el famoso e inclasificable binomio de compositores López-Perez, es decir, Gabriel López y Gerardo Pérez, autores de éxitos como "El mamporrero", "La mamporrera", "Los mamporreros" y "Cómo me gustaría ser la subespecie de una especie", temas que causaron furor en su época y que de alguna forma, definieron el pensamiento, la coyuntura o las alternativas de toda una generación de malditos resignados. Voy a tratar de recordar los versos que hicieron de esa célebre melodía un clásico indiscutible e imitado hasta la saciedad:

Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Lo puedo sentir.
Lo debo sufrir.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
No puedo vivir.
No puedo morir.

(Estribillo)
Ouaaaaaahhhhhhhh
Ouaaaaaahhhhhhhh
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
He decidido partir.
Ya no necesito huir.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
Ay, ay, ay, ay, ay.
No debería mentir.
Me empiezo a aburrir.

(Estribillo)
Ouaaaaaahhhhhhhh
Ouaaaaaahhhhhhhh

Como verás, la cancioncita tiene su miga. Según algunos estudiosos contemporáneos, la letra fue compuesta por Gerardo Pérez algunas horas después de abonar tres facturas atrasadas debidas a la compra de un bureau de madera de pino; pero si hemos de hacer caso a las memorias del autor, publicadas en 1967, la composición fue el resultado de los continuos dolores menstruales de su tía Enriqueta, y sobre todo, de una aparición espectral de ésta, 18 años después de que falleciera de un ataque cardiaco al enterarse de que la fimosis era una anomalía masculina y no una infección producida por hongos, como ella creía.

Pero llegados a este punto, me vienen a la cabeza algunas preguntas fundamentales sobre el tema que trato en este desalentador texto de media tarde. Si no me las hago, es básicamente porque debería contestarlas, y no hay nada que odie más que responderme a mí mismo. Esquizofrénicamente hablando, las preguntas no son más que una demanda de información y las respuestas la reacción a esa demanda. Pero como una demanda no es más que una reclamación judicial contra alguien, si me pregunto y me respondo, al mismo tiempo me estoy metiendo en un pleito sin fin, por lo tanto creo que es innecesario plantearse cuestiones que de un modo u otro, fomenten la neurosis o puedan derivar en un peligroso trastorno somatoforme.

Lo que sí tengo claro es que existen 11.732 clases de dolores, ya sean totales o parciales. Enumerarlos todos sería una empresa desquiciante, sobre todo para mis dedos, que empiezan a sentirse hastiados de tanto teclear; por lo cual te voy a dejar frustradas las ansias de aprender, pero es un riesgo que se ha de correr cuando alguien se considera mi amiga y acepta interactuar epistolarmente conmigo. Por cierto, ¿sabías que el primer email que escribí, hace ahora 12 años, tenía lerele?

sábado, 13 de junio de 2015

Email del 13 de junio 2015

Andrew Wyeth (1917-2009)


Hola:


Como me suele suceder de vez en cuando, esta noche ha sido otra fiesta del insomnio, así que he aprovechado para comer almendras y bayas de goji y revisar un par de films de Fassbinder. Al final, las almendras y las bayas me han sentado muy mal y las películas muy bien. Es curioso, en este periodo de mi vida todo es "muy": muy importante, muy creible, muy demencial, muy deprimente. Nunca pensé que me haría tan amigo de un adverbio, ni siquiera en los sueños más osados; pero los hechos suceden porque necesitan ser testados por alguna clase de demonio psicomaniático que convive en el interior y al que nunca se debe llevar la contraria.

Entre la ingesta de frutos secos y el visionado del primer film, me he tomado unos minutos para pensar hacia dónde voy. Sé de dónde vengo, pues he recorrido ese camino varias veces en las últimas décadas, pero ignoro por completo qué es lo que se oculta tras la maldita línea. Podría hacer trampas ahora mismo y cruzarla antes de que llegara su hora, y entonces, quizá con un poco de suerte, cada uno de esos insolentes superlativos de significación que se ríen de mí con esa musicalidad argentina que tanto me horroriza, no tendrían el poder de continuidad que los hace tan detestablemente fuertes. Porque los apuñalaría para después decapitarlos y colgar sus despojos en la cima más alta de las cualidades peyorativas, esas mismas que se dejan intensificar como rameras.

Ahora, en estos mismos instantes, llueve dentro de mi cabeza; algunas gotas, las más audaces, intentan escapar transformándose en niebla.
Ahora, en estos mismos instantes, llueve dentro de mi cabeza; algunas gotas, las muy audaces, intentan escapar transformándose en niebla.  
Ahora, en estos mismos instantes, llueve dentro de mi cabeza; algunas gotas, las muy audaces, intentan escapar transformándose en niebla.


XXX

viernes, 12 de junio de 2015

Email del 12 de junio 2015

Giacomo Balla. Planet Mercury passing in front of the sun (1914)

Hola:

Si alguna vez vas al campo, fíjate en los surcos o caminos que se forman entre la maleza debido a la erosión y a las discontinuas pisadas de la gente. A esas pequeñas sendas se les denomina Caminos del deseo, porque sólo son utilizados si alguien lo desea. Algunos animales los usan para desplazarse en sus correrías o para buscar alimento o pareja. La diferencia entre usar una de esas veredas y desplazarse por las vías, paseos o avenidas asfaltadas de un pueblo o una gran ciudad es considerable.

Casi siempre esperé llegar a algún sitio, pero los lugares que elegía nunca existían. Por eso llegó un día en que decidí crearlos. Y concebí un número determinado de ellos. Algunos eran tan pequeños que podía cubrirlos con la superficie de una mano. Otros, sin embargo, eran tan enormes y se encontraban tan lejos, que me vi obligado a destruirlos ante el temor a que fueran descubiertos y colonizados por alguien, por todos, o por nadie. Las totalidades, los conjuntos y las integridades tendían a exteriorizar mi lado posesivo, por lo que decidí concentrarme en las zonas variables, volubles e inconstantes.

Dentro de toda esa inestabilidad, veleidosa y versátil, siempre hubo un sector que destacó. Se encontraba dentro de mi cabeza y, a veces, hacía frío cuando llovía. Generalmente no me importaba demasiado que las rotaciones de los satélites que cohabitaban en alguna parte de mi cerebro describieran órbitas que se rebelasen contra las fuerzas gravitacionales establecidas. Nunca fui consciente -ni siquiera ahora- de que las perturbaciones inconscientes existen y son una consecuencia lógica del sistema sobre el equilibrio.

Esa es la verdadera razón por la que tuve que secuestrar a una magnitud, atarla a un segmento imaginario y asignarle una serie de valores según su longitud, aunque sin olvidar su volumen y superficie. La verdad es que tuve serios problemas con algunas partes del plano que intercedían por sus propias rectas y que no respetaban la importancia de sus vértices. Pero obvié por completo cada uno de los semiplanos y sus vectores y me dediqué a desarrollar sus amplitudes.

Durante un breve periodo de tiempo fui consciente del enorme trabajo que desarrollaba en mi interior e incluso pude llegar a mordisquear algún que otro pedacito de felicidad, pero ese estado emocional dio paso a otro en el que la anhedonia disfrazada de concepto racional se hizo fuerte e incapacitó cada uno de mis intentos por volver a ser autosuficiente. Desde ese instante sólo me conmueve mi propio dolor, mi aflicción y mi tortura. Dedico mis días y mis noches a inventar retenciones estancas y cuando tengo un número suficiente las traslado una y otra vez. Poco o nada me importa si entre sus intersticios se acumulan sedimentos sin consolidar o si en el espacio comprendido entre el nivel freático y la superficie la impermeabilidad es insuficiente. Hago lo que tengo que hacer. No comprendo las razones. Posiblemente no existan. Pero yo tengo que seguir pareciendo inconsistente, quebradizo y desequilibrado. Trastornado. Perturbado. Enajenado. Demente. Loco. Chiflado.

miércoles, 10 de junio de 2015

Email del 10 de junio 2015

Rembrandt Harmenszoon van Rijn. A Scholar (1631)

Querida:


Existen cerca de 7000 idiomas en el mundo. La mayor parte todavía son utilizados en mayor o menor medida, pero unos pocos cientos, entre ellos el Taushiro, el Tanema y el Kaixana, se están perdiendo irremisiblemente. En nuestro país se hablan cuatro, aunque el oficial es el castellano. Si no me falla la memoria, el castellano tiene un total de ochenta y pico mil palabras, de las que normalmente sólo se utilizan unas mil. Yo intento utilizar el máximo número posible y por esa razón me llaman resabido. Hasta para ofenderme la gente no sabe utilizar los vocablos correctos. Un resabido es alguien que alardea de ser un entendido en algo y yo jamás me he jactado de mi españolidad verbal. Si fuese un listillo no tendría tantos problemas con las tildes o para poner las dichosas comas en un sitio adecuado. Por cierto, la mayor parte de subhumanos que se atreven a llamarme así no son capaces ni de escribir su propio nombre con la ayuda de una falsilla.

Hace algunos años inventé un idioma, el Gregius. Constaba sólo de 397 palabras pero exceptuando unas pocas frases como"Límpiate, odio tu epistaxis" se podía construir casi cualquier enunciado. Dejé de hablarlo porque nadie me entendía y, sobre todo, porque no resaltaba mi sexualidad de macho Alfa con el ímpetu necesario. Pero todavía lo recuerdo y me siento capaz de ponerte unos cuantos ejemplos:

Usum lak dubitasina? = Pásame el merengue
Nambi du sin munitisana = Creo que estoy empachado
Lak brunta dre nafosi fun solitarmin = El calzoncillo me aprieta una barbaridad

La verdad es que lo concebí para poder insultar a los cenutrios sin éstos que me soltasen una hostia, pero al final llegué a utilizarlo incluso en la lavandería para pedir prestado a las búlgaras o rumanas un suavizante o su número de teléfono. Como no me comprendían, nunca obtuve ni suavizante ni número de teléfono, así que decidí escribir un cuento totalmente en Greguius que presenté a varios concursos literarios con el mismo resultado y los mismos emails explicando las razones del rechazo: sin potencial comercial.

Hace un montón de años, cuando todavía era más inteligente que ahora, es decir, cuando las drogas y el alcohol no habían asesinado a la mitad de mis neuronas, me hice amigo de un tipo que se llamaba Filomeno. Sus padres eran griegos residentes en valencia y decidieron bautizar a su único hijo con ese nombre tan repugnantemente peculiar. Filomeno era un ciclotímico adicto a los monosílabos que pretendía escribir una novela larga sólo con preposiciones y conjunciones, por lo que su locura se granjeó mis respetos rápidamente. Su primer intento, titulado "Y para por" constaba de 2600 páginas y el vocablo más largo utilizado tenía cinco caracteres. En esos días yo acababa de escribir un ensayo sobre los efluvios que desprenden los quesos podridos y me proponía componer un poemario sobre las enfermedades y las fobias. Para documentarme le pregunté a Filomeno para que me diera alguna razón sobre su aversión a las palabras largas, pero éste rehusó. Desde ese momento se negó a hablarme y me evitaba siempre que podía. Al final dicté mi poemario a una dactilógrafa, titulé esa colección de versos como "Hipopotomonstrosesquipedaliofobia" y los presenté a un concurso nacional de poesía. No lo gané, pero me divertí muchísimo escuchando los intentos del jurado pronunciando la palabra. Por supuesto dediqué el libro a Filomeno y me apenó una barbaridad cuando me enteré que había fallecido debido a complicaciones de una enfermedad nueva por entonces que se llamaba Síndrome de Kleine-Kevin.

Poco después de mi fallida amistad con el griego conocí a Helen, una inglesa filóloga graduada en la University of Oxford que sufría una atracción enfermiza por los pentámetros yámbicos. Al principio nuestra relación no pasó de amigos con derecho a roce, aunque al cabo de unos meses decidimos seguir siendo colegas pero sin toqueteos. Helen era larguirucha y flaca, su cara me recordaba a un Sponge cake y su trasero era casi inexistente. Pero se podía conversar con ella. Era capaz de charlar sobre cualquier tema que le presentara y al final nos hicimos inseparables. Lamentablemente nuestro compañerismo acabo cuando decidió experimentar con el suicidio. Todavía recuerdo los llantos de su madre mientras era incinerada.

Podría escribir hojas y más hojas de Word rememorando hechos acontecidos en el pasado, pero me cansaría. Evocar implica un esfuerzo considerable que la mayor parte de las veces no sirve para nada. Además necesito ir urgentemente al vestidor y cambiarme de ropa interior, pues Lak brunta dre nafosi fun solitarmin. Tú ya me entiendes. me conoces lo suficiente como para saber cuando necesito evaporarme y cuando, por el contrario, prefiero que me evaporen.

PD:
Hace 53 años que vine al mundo. Nadie me pregunto si quería hacerlo, pero la cuestión es que aquí estoy. En todos estos años me ha dado tiempo de formularme algunas preguntas fundamentales, para las que nunca he logrado una respuesta más o menos coherente. De entre todo ese atajo de cuestiones físicas, emocionales y existenciales hay una que todavía me persigue y que se ha instalado en mi cerebro con ánimo de quedarse para siempre. Aunque soy consciente de que no he sido un buen amigo, ni un buen amante, ni siquiera un buen hijo, si desaparezco físicamente (y voluntariamente) de este jodido planeta, ¿alguien me echara de menos? ¿Surgiré como un pensamiento positivo en las cabezas de algunos de los seres que han interactuado conmigo durante toda esta representación? ¿Llorarán por mí? ¿Acaso no merezco unas cuantas lágrimas? Hace un rato, justo antes de empezar este texto me he mirado en el espejo. El reflejo que podía contemplar era el de un tipo que no existe. Un idiota que quizá nunca ha existido. Porque dentro de esa lumbrera se parapetaban contradicciones, envidias, celos, resentimiento, avaricia, ira, orgullo y soledad. Sobre todo soledad, pero interior. Esa es la más peligrosa. Y lo único que separa ese reflejo de mi cuerpo es una caja de pastillas.

martes, 9 de junio de 2015

Email del 9 de junio 2015

Cornelis Galle I 

Hola:

Por alguna razón, disfruto mirando el horizonte. Ayer, el arrebol crepuscular me dibujó una sonrisa inmarcesible que transformó mi limerencia esperanzadora, pero francamente ablépsica, en algo parecido a un lemniscate fosfénico. Pero, en lugar de lanzar una imprecación huera u omnimoda, decidí traspasar los límites concedidos a las entidades corpóreas, arrodillándome en el suelo y gimiendo desconsoladamente. Los vagidos debieron ser escuchados por algún espíritu sobrenatural que sintió lástima de mis carencias y, palmeando con dos de sus siete colas, abrió una oquedad silenciosa por la cual me deslicé envuelto entre nimbos nescientes. Mientras mi cuerpo caía, pude ver entre algunas de las innumerables sombras descabaladas a un ser disforme y monstruoso que me miraba con actitud condescendiente.
-Los sujetos de tu calaña siempre tienen cabida en mi universo- bramó con una voz que parecía un aullido perentorio inasible para los sentidos.
-¿Quién eres? ¿Dónde me encuentro?
-Los sujetos de tu calaña siempre tienen cabida en mi universo- Volvió a repetir al mismo tiempo que con una de sus garras destrozaba los colores indefinidos y eternos.
Creo que estuve descendiendo durante lo que me parecieron horas, aunque seguramente no fueron más que minutos. Cuando divisé bajo mis pies algo parecido a un magma borboteante que esperaba ansioso el impacto, me desperté. Lo primero que hice nada más abrir los ojos fue gritar. Aún estoy gritando. Y pienso desgañitarme hasta el mismo momento en que encuentre una explicación sensata a todo esto. ¿Todo esto? ¿Qué es todo esto? ¿Quizá lo que sucedió o lo que está por ocurrir? ¿O simplemente lo que yo quiero que suceda? Me gustaría tanto comprender el significado del vocablo "instante". Creo que es semejante a lo que algunos definen como el Aquí y Ahora, pero no estoy muy convencido. ¡Mi obsesión es el tiempo! ¡El acmé de mi afección! Pero si intentara curarme de ese proceso que me indispone poco a poco, ¿serviría de algo?