miércoles, 27 de mayo de 2015

Email del 27 de mayo 2015

Eckart Hahn

Hola:

Ayer la vi por última vez. Era una bolsa de basura con cierre, de color azul, tamaño mediano, es decir, para cubos de basura normales, de los que todos tenemos en nuestras casas, biodegradable, posiblemente fabricada con petróleo fundido y convertido en un tipo de polímero termoplástico conocido como polietileno. He pasado cerca de tres horas buscándola y no la he podido encontrar. Supongo que mientras dormía alguien me la ha robado. Pero la cerradura de la puerta está intacta y nadie tiene copia de mis llaves. Lo más seguro es que un ladrón se haya deslizado por la bajante del deslunado y haya entrado por la ventana de la cocina, que suelo dejar abierta. Si es así, ese maldito caco ha sabido cómo hacerme daño. De todas mis posesiones, esa bolsa de basura con cierre era la más preciada. ¡Aún recuerdo cuando compré el paquete de 50 bolsas! Y lo dichoso que me sentía mientras una a una eran utilizadas. Me encantaba su resistencia, textura, su inteligente sistema de antidesgarro y de antiperforación y sobre todo, su cierre fácil mediante unas asas que también me facilitaba transportarlas repletas de inmundicias de una forma muy cómoda y casi sin esfuerzo.

No te adjunto las cifras de un análisis (en peso y volumen) que hice en febrero sobre el tipo de residuos con los que llenaba dichas bolsas porque la pena me consume; pero puedo asegurarte que los resultados fueron concluyentes. Quizá, llegado a este punto, te gustaría saber de qué marca eran y cómo llegué a descubrirlas. Y estás en tu derecho. La marca no te la voy a decir, no quiero que se me acuse de hacer publicidad, sobre todo con mi largo historial anti SS (sistema y sociedad), pero no me importa en absoluto contarte de qué manera di con ellas. Sucedió cierto día delante del ordenador; aburrido de navegar por cientos de webs pornográficas repletas de fotos de desnudos y posiciones imposibles, decidí dar un rumbo a mis criterios de búsqueda y me metí en un blog sobre asesinos psicópatas. Mientras me empapaba con las biografías de descuartizadores famosos me di cuenta de que cuatro de cada cinco prefería asfixiar a sus víctimas con bolsas de basura. Y que casi la totalidad de criminales psicóticos utilizaba una marca específica. El resto puedes imaginártelo.

El problema surgió hace unas pocas semanas, cuando de casualidad me enteré que la fábrica que producía dichas bolsas había cerrado debido a la crisis. Por esa razón guardaba la última con pasión desbocada y la reverenciaba a escondidas. Pero ahora todo ha acabado. Un desgraciado ratero carente de moralidad y principios ha puesto punto final a mi sueño. Espero que su vida y la de su familia sea un verdadero infierno.


Un abrazo

lunes, 25 de mayo de 2015

Email del 25 de mayo 2015

Picasso. El loco (1904)

Pese a todas las crudas contradicciones que adornan mis textos, puedo constatar de manera inequívoca que éstos solamente son una forma de llamar la atención sobre mi salud mental. ¡Pero a nadie parece importarle! Por esa razón me gustaría hacer dos observaciones de extraordinaria trascendencia:

1- He rechazado continuar con la medicación porque me impide ser coherente.
2- He rechazado continuar con la medicación porque me impide ser coherente.

Aunque pueda parecer que ambas declaraciones son similares, existen varias diferencias fundamentales. De hecho, y al margen de las limitaciones racionales que puedan llevar a algún lector dotado de cierta insuficiencia intelectual a interpretar de forma errónea los dos enunciados, he decidido llevar al límite la demostración con una explicación expresada mediante mimo corporal. Cualquier lector de mi blog, amigo, enemigo, fiador o deudor, está invitado mañana a las 17:00 horas a asistir a la actuación-declaración que representaré en el Teatro Pedagógico de Valencia. La "performance" tendrá una duración de 2 horas y dos actos bien definidos:

Acto 1: Intuición ritual y esencia de mi rechazo.
Acto 2: Intuición ritual y esencia de mi rechazo.

Puede parecer que ambos actos son el mismo, pero desde la posición epifánica que otorga mi enfermedad, estoy en condiciones de apreciar y, por supuesto, tolerar tal confusión; pero también de condenar y sentenciar la ausencia de lucidez en los sujetos que hayan llegado a dicha conclusión. Para tratar de insuflar un poco más de discernimiento en dichos estultos, he preparado una serie de conferencias que impartiré haciendo submarinismo en la modalidad "escafandra autónoma" y en el que trataré por todos los medios a mi alcance de convencer a los escépticos sobre la naturaleza de mis disquisiciones. A continuación, ennumeraré los tres puntos básicos que desarrollaré con total libertad y en toda su extensión:

Punto 1: Razonamiento sobre la progresión infinita.
Punto 2: Razonamiento sobre la progresión infinita.
Punto 3: Razonamiento sobre la progresión infinita.

domingo, 24 de mayo de 2015

Email del 24 de mayo 2015

John Brosio

Holaaaaaaa:


He triplicado la ingesta de humo alquitranado de la marca Philip Morris y de comprimidos de Lorazepan. Supongo que a este ritmo no viviré demasiado, pero, ¿para qué cojones quiero vivir más? Hasta donde mis conocimientos sociales llegan, no me consta que actualmente se repartan premios a la longevidad. Además, aguantar día tras día a esa caterva de estúpidos anormales que forman el gobierno y la oposición me está pasando factura. Supongo que los muertos no tienen que ponerse cada cuatro años en la disyuntiva de votar entre unos retrógrados fascistas, que para erotizarse necesitan hacer sufrir a los que no comparten sus ideas antediluvianas, o esos que se las dan de rojos, pero que no son más que un atajo de reprimidos chaqueteros que sólo están en política con el pretexto de poder acabar sus días presidiendo el consejo de administración de una gran corporación y que además padecen un daltonismo dicromático deuteranópico realmente grave.
La verdad es que ignoro la razón por la que intento seguir vivo y con este rostro tan sumamente bello y tan bien moldeado. Quizá para no darle un disgusto a mi madre. Todos sabemos lo difíciles y estresantes que se hacen los preparativos de los funerales, aunque no tengo claro si esa es la razón fundamental. Es posible que nada de lo anteriormente expuesto me importe un pimiento y que si realmente he decidido seguir entre los zombis sea porque no puedo concebir el dejar de comer el arroz con leche de la marca blanca que venden en Alcampo y que está realmente bueno. Por poco más de un euro tienes cuatro tarrinas repletas y listas para comer de una sentada, aunque si sobra un poco, se puede utilizar como pasta de juntas para azulejos, desatascador de cañerías o espermicida vacuno.
Hace años se me apareció el espectro de un amigo fallecido mientras me daba una reconfortante ducha. Recuerdo perfectamente cada una de sus palabras, pero creo que es mejor que os transcriba nuestra conversación sin omitir absolutamente nada:
GREG: AH, ¿Eres tú, Albertito?
ESPECTRO: Sí, soy Alberto. He venido desde muy lejos para hacerte una pregunta.
GREG: ¿Te importaría esperar cinco minutos? No me gusta que me interroguen estando desnudo.
ESPECTRO: No dispongo de mucho tiempo.
GREG: Bueno, dime qué quieres saber...
ESPECTRO: ¿Con quién se acuesta ahora mi mujer?
GREG: Dirás tu viuda...
ESPECTRO: ¿Con quién se acuesta mi viuda?
GREG: Con un tipo que se llama Sebastián, con acento en la a, y que trabaja en una fábrica de pieles y curtidos.
ESPECTRO: ¿Es guapo?
GREG: ¿Guapo? Eso es muy relativo. No olvides que soy un tío muy heterosexual y que...
ESPECTRO: ¿Es más guapo que yo?
GREG: Pero qué preguntas me haces Albertito. Es un tío normal. Quizá un poco bajito. No sé. ¿Por qué no se lo preguntas a tu mujer?
ESPECTRO: Tengo verguenza...
GREG: ¿Los muertos sienten verguenza? Esa sí que es buena.
ESPECTRO: Si fueras mujer, ¿a quién preferirías, a él o a mí?
GREG: ¡Coño Albertito!
ESPECTRO: ¡Responde!
GREG: Te seré sincero. A ninguno de los dos. A mí quien verdaderamente me gusta es un albañil que está en paro y que si le da la luz de una forma especial se parece a Sofía Loren.
ESPECTRO: Quiero que me hagas un favor.
GREG: Claro que sí, amigo.
ESPECTRO: Quiero que esta tarde visites a mi mujer y la mates. La echo tanto de menos. Necesito tenerla a mi lado. La echo tanto de menos.
GREG: Albertito, no me puedes pedir eso.
ESPECTRO: Si no lo haces contaré a todos lo que hiciste una noche con una gallina.
GREG: ¡Eso es chantaje!
ESPECTRO: ¡LLámalo como quieras. Irás a casa de mi amor, la estrangularás y te prometo que tu secreto estará a salvo.
GREG: No pienso hacerlo. Espera que apague el maldito chorro. ¡Ya! No voy a matar a tu mujer. Puedes contar lo de Evanity a quien quieras. Me importa una mierda.
ESPECTRO: ¿Evanity?
GREG: Sí, Evanity, la gallina. Se llamaba así.
ESPECTRO: ¿Quién puede poner un nombre así a un ave de corral?
GREG: Yo no la bauticé. Cuando me la vendieron me aseguraron de que ese era su nombre.
ESPECTRO: ¿Es tu última palabra?
GREG: ¡Sí!
ESPECTRO: Pues atente a las consecuencias. Ahora debo irme. Debo irme. Debo irme.
Ignoro si Albertito confesó mi affaire con Evanity a alguien. Hasta el momento nadie me ha repudiado, por lo que supongo que o bien se tragó mi secretito para siempre o mis amigos tienen demasiadas cosas que ocultar y no han creído que mi historia de amor con la gallinácea sea tan escandalosa.


XXX

domingo, 17 de mayo de 2015

Email del 17 de mayo 2015

Kazimir Malevich, Suprematist composition. 1915

Querida:


La multinacional que fabrica el trankimazin me ha enviado un email comunicándome que piensan seriamente en nombrarme cliente de la década, y si es aprobado en la próxima reunión de accionistas, incluso quieren colgar una foto mía en el cuarto de baño para directivos. Lo que ellos desconocen es que desde hace aproximadamente tres meses he sustituido sus efectivas pastillas por otra panacea mucho más natural y que tranquiliza mis nervios de una manera asombrosa: el insulto. Cuando, por cualquier motivo, y créeme, cada día existen infinitas causas, me siento excitado o incluso angustiado, insulto a cualquier humano o cosa que en esos instantes esté a mi lado. Ayer sin ir más lejos, y debido sobre todo al calor asfixiante que provocó en mi un estado de inquietud histérica que rayaba la demencia, no tuve más remedio que poner en práctica ese sustitutivo y me puse a ultrajar y ofender a una sartén de acero inoxidable. La llamé perra y malnacida y le leí la cartilla mientras con la mano derecha le dedicaba gestos procaces y obscenos, hasta que llegó un momento en que tuve que parar para inspirar aire. Lo mismo sucedió  antes de acostarme: me encontraba realmente intranquilo y arremetí contra el despertador analógico al que, mediante una serie de improperios encadenados, sumí en la confusión más absoluta, pues a partir de ese momento dejó de funcionar y esta mañana he tenido que despertarme usando como alarma los ruidos del estómago de mi vecina Josefina Contreras (esta señora pesa cerca de doscientos kilos y se desplaza introducida en un carrito galvanizado, pero aún conserva una figura provocativa que trastoca los sentidos de los albañiles que le gritan guarradas cuando la ven rodar).

Mientras trato de escribirte este impreciso e imbécil email, los gorriones no dejan de piar como auténticos psicóticos y me estoy empezando a poner fatal; menos mal que tengo a mi lado un cenicero de cristal tallado y puedo descargar contra él mi furia agresiva, pero antes me gustaría comentarte un par de cosillas que me rondan la cabeza y me tienen bastante inquieto.

La semana pasada descubrí en una pared un agujero del tamaño de un ojo de coleóptero fitófago, relativamente cerca de una grieta con forma de fisura post parto, que es utilizado por las arañas patilargas para guarecerse cuando se sienten desilusionadas por cualquier razón. Así, en principio, puede que este hallazgo no te diga absolutamente nada, pero a mí me intriga, porque a veces de su interior surgen ruidos extraños, semejantes a los que haría una apisonadora mecánica de juguete cuando es masticada por una comadreja ciclotímica. El problema radica en que odio los boquetes, ¡en serio! y no puedo soportar los desconchones o cualquier imperfección en las paredes. Sólo me siento feliz y realizado si son brutalmente lisas, aunque me tiene sin cuidado el estado de la pintura o el color y la textura de éstas.
También me sume en un estado de intranquilidad desasosegante contemplar cómo la suciedad de los cristales de las ventanas forma poliedros, sobre todo pirámides y prismas cuboides. Si hay algo que tenga el poder de transformar mi innata quietud en una especie de orgía psicótico-esquizo-delirante es la contemplación de las figuras geométricas. Puedo soportar los puntos y alguna recta, incluso soy capaz de sentarme cerca de un plano, una elipse o  ciertas hipérbolas, pero no puedo mantenerme sereno y constante cerca de los cilindros, conos y esferas. Eso sin contar que ciertos politopos me producen dispepsia nerviosa.

En fin, amiga mía, por el momento no voy a continuar preocupándote con mis fobias neuróticas. No te lo mereces. Ahora voy a vestirme y en media hora volveré a desvestirme. Sólo poniéndome y quitándome la ropa a intervalos precisos y constantes puedo mantener mi ritmo de trabajo, que es pluscuamperfectamente impreciso, ambiguo y premeditado.


Besos y abrazos.

sábado, 16 de mayo de 2015

Email del 16 de mayo 2015

Eric Fischl. Anger, remorse, fear or incontinence (1996)


Pequeñaja:


"El pene flácido de Dios", así se titula el cuento que estoy escribiendo y que, aunque parezca algo idiota, no va sobre miembros viriles ni sobre deidades inexistentes. A decir verdad no sé muy bien de qué trata, pues lo estoy escribiendo en un idioma inventado, y así me gustaría que lo publicaran cuando lo concluya. Te pego un párrafo escogido del segundo capítulo para que te hagas una idea:

Nunse mi hitfa lasába in afajorde tusála; mirin lajar in fatasabuá.
-Nor merten sucagua- ganerut in isfanje.
-Mararne in secian fulisma, ¡túsica lasart in fojondia!- desastir.
-Nar, nar in milf sajonia fur fatasabuá. ¡Nar! ¡Nar!
-¿Fatasabuá in hersis?- desastir in zueker hásas
-Nar in relatis hersis. ¡Fatasabuá sus in cuelant!

Si eres consecuente con tu propia persona, y me consta que siempre lo eres, no dejarás de admitir que la prosa tiene bastante fuerza y que los diálogos son estupendos. Si no me entra un repentino ataque de pereza, creo que estará acabado antes de un par de semanas, mucho menos si trabajo por las noches. Estoy totalmente convencido de que es mi obra maestra, por lo menos eso pienso cada vez que lo repaso intentando corregir las faltas ortográficas o las frases mal construidas.

Inventar historias es fascinante, pero inventarlas en otro lenguaje puede llegar a ser desconcertante. Tú me conoces, sabes que la confusión me impulsa desde que me levanto hasta que me acuesto. Pero esta clase de desconcierto es diferente. A veces me atemoriza, otras actúa como una droga y no puedo dejar de luchar para obtener más dosis. Cuando esto último sucede, me siento una piltrafa humana, pero en lo más profundo de mi incompetencia intuyo que estoy traspasando una puerta que siempre ha permanecido cerrada para la mayor parte de los mortales. No sé si me explico bien. Lo que trato de hacer en ese cuentecito enfermizo no es otra cosa que rizar el rizo teosófico y transgredir sus estúpidas normas hasta encumbrarlas en los más alto del paroxismo demente y falsamente asertivo. Cuando imagino situaciones ficticias que después transfiero a una historia, me siento como un pólipo de medusa que crece mientras se separa de sí mismo. Es en esos instantes cuando comprendo lo que es incomprensible, cuando veo lo que es invisible, en resumidas cuentas, cuando todos los colores del arco iris se dimensionan en mi cerebro con el vano propósito de engendrar un monstruo compuesto de rabia, ira y maldad. Porque sólo parapetándose tras un disfraz maligno se consigue algo.

Una vez me encontré en la calle un bolsillo. Dentro de ese bolsillo había otro bolsillo y, dentro del segundo, un tercer bolsillo. Cómo no sabía qué hacer con ellos, me los metí a su vez en mi propio bolsillo. Supongo que todavía deben estar en él. A veces supongo demasiado, ese es mi único fallo.


Un besazo

viernes, 15 de mayo de 2015

Email del 15 de mayo 2015

Edvard Munch. The women (1985)


Ésta es la historia de alguien que huía de sí misma constantemente:

María coge la cajita donde guarda clasificados sus recuerdos. Mientras la destapa, su ronroneo se transforma en un maullido rabioso. Si me acercara a ella en silencio me arañaría, por eso intento señalar mi posición arrastrando los pies y haciendo ruiditos con la boca. Su habitación está iluminada con el resplandor que desprenden sus pupilas dilatadas, que me recuerdan a un caleidoscopio. Necesito urdir un plan para que cierre esa maldita caja. Porque soy tan egoísta que sólo de esa manera puedo sentirme libre para gozar de su sonrisa alucinógena. Deslizo mis ojos que penetran por la abertura que exhibe la puerta entornada. Lo que veo no deja dudas a la imaginación. María lucha con sus demonios, pero éstos se niegan a dejarla marchar. Le pregunto si puedo entrar, pues necesito acariciarla. Pero ella no me responde. Está viajando a través del tiempo. ¡Y yo me siento tan poca cosa!

María dibuja círculos concéntricos con los dedos de las manos. Algunos me recuerdan a algo. Mientras colorea los márgenes uniformes y cuantifica sus tamaños, sus pies no tocan el suelo. Contemplo fascinado la escena y me pregunto si tiene sentido. ¡Me gustaría tanto comprender y asimilar sus cambios! ¡Penetrar en su confusión y transformar sus circunstancias! ¡Acicalar su astro interno y mordisquear cada una de sus lunas! ¡Esquejar sus ramas y cultivar nuevos retoños modificados! María escucha música que no existe y dibuja puntitos negros en las partituras. Le guiño un ojo en señal de complicidad durante una de sus huidas siderales. Pero no se da cuenta. Está viajando a través del tiempo. ¡Y yo me siento tan poca cosa!

María atrae a las fuerzas gravitatorias que se mueven zigzagueantes. A veces encauza sus rumbos, pero otras, las obliga a chocar provocando un percance sublime y casi perfecto. Escucho la explosión y analizo sus consecuencias intentando extraer una conclusión lógica. Pero la lógica tiende a hacerse añicos cuando entran en escena esa clase de sentimientos parecidos a una corriente que fluye hacia el infinito. Porque no se puede querer nada si no se ama todo. Porque es imposible sujetarse a un punto de fijación que está no demasiado alto ni excesivamente bajo. Porque la línea divisoria entre lo necesario y lo inconcebible es tan fina como el aire que mece las partículas. María lo sabe. María lo sabe. Me ladea su cabeza y expone su cuello para que lo muerda. Pero yo me siento tan tímido como un niño y no me doy cuenta. ¡Estoy tan atareado viajando a través del tiempo, tratando de sentirme tan poca cosa!

domingo, 10 de mayo de 2015

Email del 10 de mayo 2015

Henri Rousseau. The football players (1908)

Desde que el antiguo rey abdicó, los monárquicos recalcitrantes no paran de rezar a su Dios particular, esa deidad repleta de medallas de cobre y bronce y con poderes redentores. Recuerdo la infortunada fecha en que su hijo -como antaño hacían los césares- tomó el relevo de esa institución autócrata y trasnochada, que sólo sirve para poder cazar elefantes con total impunidad o leer discursos irrelevantes repletos de orgullo y satisfacción. Sin embargo, cuando una gran parte de la ciudadanía sale a la calle -para pedir un regreso de la república que nos redima de tantos y tantos años de Borbonía y realeza añeja, o por lo menos, un merecido cambio en la Constitución, donde entre otras cosas, se nos otorgue el derecho a elegir- se ve obligada a escuchar insultos, vilezas y descalificaciones demenciales de los que creen que son más españoles que el toro de Osborne.
Pese a todo, estoy convencido de que nuestros bichoznos, es decir, los hijos del cuadrinieto, o si quieres, los nietos de los nietos de los nietos, o los hijos de los trastataranietos, vivirán en un mundo donde todos seremos iguales y tendremos las mismas oportunidades. ¿Pero qué clase de porro me he fumado? Eso no se lo cree ni el perroflauta más borracho de cerveza barata de mi barrio. Por lo menos mientras sigamos alimentando a la misma clase de políticos, que en una alternancia de poderes (casi) pactada, nos intentan convencer de los beneficios de la Soberanía, la magnificencia de la Absolutidad y la no permutabilidad de sus ideas medievales.

En mi casa no soy Rey, sólo soy Dios. Y amo a cada uno de los muebles y electrodomésticos que no se apolillan o estropean. Y los amo tanto porque son conscientes de esa realidad irracional. Si fuera Soberano en lugar de Divinidad, les sonreiría...

El próximo domingo, al igual que el resto de domingos del año televisarán un partido de futbol. Un deporte en el que 22 tipos con pantaloncitos cortos van detrás de una pelotita e intentan darle pataditas mientras desde las gradas una piara de "intelectuales" los aclaman como héroes. Un deporte donde cada uno de esos tipos que dan pataditas a una pelotita cobran cifras astronómicas mientras más de la mitad de la población mundial no tiene nada que llevarse a la boca (o al bolsillo). ¿Sabes cuánta pasta saca cada jugador nacional, de esos que dan pataditas a una pelotita, cada año? Pero los sueldos a los tipos que dan pataditas a una pelotita del resto de países no se quedan a la zaga, aunque, por supuesto, no llegan a la inmoralidad de los que se cobran en este país, donde lo más importante para una gran mayoría de la población es cerrar los ojos ante cualquier suceso que no tenga que ver con esos tipos que dan pataditas a una pelotita.

¿Te imaginas cómo sería la vida a nivel global, si en lugar de vitorear cualquier cosa que tenga que ver con esos tipos que dan pataditas a una pelotita, nos metiéramos en bibliotecas públicas, teatros, museos o filmotecas e intentáramos insuflar unas cuantas dosis de cultura en nuestros cerebros totalmente atrofiados? Sí, a esos cerebros que otorgan más valor a cómo viste fulanita o cuántas novias tiene menganito que a trazar un mapa detallado de su propio presente.
Nuestra civilización, y sobre todo su maquinaria de asalto, la globalización, está fabricando idiotas a una velocidad alarmante. Si ningún virus letal lo impide, pronto nos asesinaremos los unos a los otros en las calles (vestidos con ropa de marca, of course). Pero eso sí, siempre que den en la tele un partido donde unos tipos den pataditas a una pelotita, haremos una pausa en la escabechina y volveremos a amarnos desinteresadamente durante 90 minutos.

¡Me gustaría tanto ser pelotita atómica o de hidrógeno!

martes, 5 de mayo de 2015

Email del 5 de mayo 2015

Bob Law. Nothing to be afraid (1969)

DEDICADO A UN MALTRATADOR SOCIÓPATA:

En una de las estanterías de mi habitación descansa una caja negra de cartón duro repleta de aire. A su lado hay una pequeña figurita sin forma que no representa nada. La fabriqué yo mismo hace unos pocos años con arcilla caducada y la pinté mezclando varios colores y diferentes pigmentos una mañana que no encontraba solución a mi desconcierto habitual. Durante un tiempo pensé seriamente en guardar la figura en la caja negra, pero un día llegué a la conclusión de que antes tendría que sacar el aire de ésta y depositarlo en otro lugar resguardándolo de la luz mortecina que se filtra por el agujero de la cortina que cubre la ventana. Por lo que decidí seguir manteniendo la caja cerrada y poner la figurita encima, con lo cual he ganado un espacio libre en la balda en el que puedo depositar parte de mi colección invisible de Nada, compuesta por ausencias recolectadas en diferentes momentos de mi vida. Entre esas inexistencias hay una que significa mucho para mí. La secuestré cuando todavía era un conjunto de vacío ontológico y desde entonces no ha variado lo más mínimo en su objetividad física. Aunque no estoy seguro de que sea una buena idea mantenerla al lado del resto de carencias.

En mi opinión, sólo existe el tiempo si te paras a pensarlo. Mientras uno siga conservando firme el convencimiento de que la duración es una realidad poco específica, no tiene que preocuparse de los imperfectos inconvenientes que reducen los periodos a una perspectiva finita. Odio admitirlo pero, los cambios suceden porque, básicamente, no estamos preparados para aceptar nuestra propia incapacidad para soportarlos. Creemos en un criterio básico y rápidamente lo extrapolamos para no caer en la tentación de mantenerlo hasta que se convierta en una solución factible. Nadie se atreve a cuestionar su metodología. Si lo hiciera, un montón de mundos irreales que revolotean sobre sus inconsciencias absurdas y prefabricadas se estrellarían contra la fe que las hace creíbles. Y de repente, carecerían de una superficie a la que asignar una posición. Eso desbarataría por completo sus creencias más firmes y los haría todavía más vulnerables.

Maldito maltratador sociópata: todos y cada uno de tus Algo son irreductibles y sostienen su intensidad indeterminada. Los mantienes con vida para objetivizar tus remordimientos. A veces has pensado en quemarlos en una pira de fuego, pero al final has optado por concentrarlos en un mismo espacio y alimentarlos con ficción y decadencia. Al fin y al cabo, forman parte de los embustes que fabricas ordenadamente para justificar la irrealidad. ¡Deberías sentirte cansado de inmiscuirte en oquedades ajenas!