miércoles, 18 de marzo de 2015

Email del 18 de marzo 2015

Salvador Dali. Figures lying on the sand (1926)

Hola:

Me pregunto si algunos de los emails que te he enviado en estos cuatro años no surgieron como un mero pretexto -bastante ingenuo e infantil- con el que alimentar un ego, que creía adormecido desde hace varias décadas.
Para responder, primero, debería limitar mi escasa capacidad racional al mínimo y dedicarme a buscar palabras que no tengan un significado concreto, pues correría el riego de ser malinterpretado, algo que ha sucedido en numerosas ocasiones con resultados desastrosos tanto para el emisor como para la receptora, en este caso, tú. Quizá, si proporcionara una verdad aparente, disfrazada con un cierto número de ideas poco concretas y, que carecieran por completo de lo que algunos denominan sentido racional, tus elucubraciones no se clavarían en tu propia carne como un anzuelo oxidado. Pero conociéndote desde hace tanto tiempo, estoy casi seguro que serías feliz tragándotelo hasta la tija o la paleta y que te negarías en redondo a que cualquier humano pusiera sus manos sobre él, para impedir de alguna forma que la infección pudiera ser controlada.

Por alguna extraña razón, nunca me he divertido viéndote tropezar tantas veces con el mismo adoquín. Al contrario. A veces incluso he sentido ganas de abrazarte. Si no lo he hecho es porque temía las consecuencias. Y éstas no eran otras que someterme a una serie de chantajes emocionales subliminales que te rebajaban hasta extremos difíciles de soportar incluso para el más experimentado cínico. En consecuencia sólo me quedaba una salida: tragar saliva y mirar hacia todas las direcciones. ¡Hacia todas las direcciones! Me hace gracia la frasecita. Porque todas esas direcciones estaban fijadas en mi calendario emocional con chinchetas despuntadas, herrumbrosas y muy frías al tacto.

Te pediría que me perdonases. Pero prefiero perdonarte yo.

lunes, 9 de marzo de 2015

Email del 9 de marzo 2015

Jamie Wyeth. Pumpkinhead (1972)

Hola:


A veces me siento extraño. No es una sensación que me pille por sorpresa, pues durante los últimos cinco o diez años he llegado a sacarle cierto partido a las cualidades inútiles, pero a veces, afortunadamente en contadas ocasiones, cada una de las pequeñas partes que componen el mundo real, representadas por las múltiples combinaciones de circunstancias inevitables y, que de alguna manera, desconocen el principio metafísico fundamental de "causa y efecto", hacen que me pregunte -con esa seriedad despreciable con la que la naturaleza ha intentado distinguir a los seres que van a alguna parte de los que huyen de todos los lugares- para qué diantres sirve complicarse la existencia. Por supuesto, la gran mayoría de respuestas a esa terrorífica cuestión han sido tan dispares e inconexas, que no te mentiría si te dijese que en numerosas ocasiones he estado tentado de abandonar mi envoltorio humano para convertirme en la furcia favorita de lo que algunos forenses denominan artropodofauna cadavérica.

Y si no he sucumbido a una retirada elemental y complaciente, ha sido porque mi nivel de amilanamiento nunca alcanzó las cotas indispensables para que el envite pudiera considerarse factible. Sólo soy capaz de edificar sobre estructuras que alguna vez fueron algo, quizá un todo, o por lo menos, los restos de un acto deliberado de destrucción, asolamiento o aniquilación gratuita. Lo que trato de explicarte es que existe una gran diferencia entre racionalizar el Yo como un simple concepto psicoanalítico y elegir el color de unos estores enrollables. Ambas acciones nos dotan de una autonomía irreal al mismo tiempo que nos eximen de responsabilidades fundamentales.

Soy consciente de que mi razonamiento no me lleva a ninguna conclusión. Es posible que el planteamiento sea pueril e inmaduro. Pero es mío. Yo lo he manufacturado y, aunque no me siento precisamente dichoso, sobre todo debido a sus complejas imperfecciones y a su alto grado de incoherencia, no tengo más remedio que aceptarlo. Si no lo hiciera así, los diez minutos que he gastado intentando explicarlo no servirían absolutamente para nada.

viernes, 6 de marzo de 2015

Email del 6 de marzo 2015

Alberto Magnelli. Man smoking (1914)


Amiga mía:


El centro de actividades cerebrales acaba de informar -al resto de la cabeza, al tronco y a las cinco extremidades- que no existe ningún problema serio actualmente, aunque se ha comprobado que una de las células agrupadas en el sistema respiratorio puede empezar a mutar si no se abandonan ciertos comportamientos o hábitos perniciosos. Mientras trato de comprender la razón que puede impulsar a esa unidad microscópica a convertirse en un futuro y bonito cáncer, sigo aspirando grandes dosis de humo alquitranado que en lugar de tranquilizar mi conciencia aletargada, la impulsa a maldecir a cada una de las enfermedades existentes. Podría volver a dejar de fumar en este mismo instante, pero alguna fuerza superior me obliga a llevar la contraria a ese deseo innato de supervivencia que se supone está grabado en el subconsciente de cada ente caritativo y bondadoso llamado Homo sapiens. Por lo tanto, y si he de ser sincero conmigo mismo, es posible que mi porción indeterminada de humano se haya rendido sumisamente, lo cual, en lugar de deprimirme o llevarme a un estado de intranquilidad permanente, me relaja de una manera poco sensata que incluso puede llegar a proporcionarme una especie de orgasmo catatónico o júbilo neroniano, dificil de describir en unas pocas líneas.


¿Por qué soy tan idiota? Si me hago esa pregunta por la noche, cuando mis pulmones están completamente amodorrados por el hollín, podría contestarme de una forma sincera. El problema estriba en que a esas horas, mi furia racional no se siente dispuesta a luchar contra los demonios que me obligan a dogmatizar el vicio. Y por las mañanas estoy tan ocupado intentando pensar en reducir las dosis, que me olvido por completo de que existen los minutos, las horas, los días. ¡Es todo tan extraño! ¡No sé! ¡Si fuera capaz! ¡Ya sabes! Debería dosificar cada una de esas refutaciones, porque lo único que consiguen es que me sienta todavía más tonto.

lunes, 2 de marzo de 2015

Email del 2 de marzo 2015

Francisco de Zurbaran. Agnus Dei (1636-1640)

Amiga:


Esta mañana he estado vaciando cajones y poniendo en orden mi despacho. Entre miles de papeles con textos incompletos para un posible cuento y un currusco de pan de 1992, había una nota anónima que me ha hecho recordar la cantidad de subhumanos que se pasean impunemente por nuestras ciudades. Voy a copiártela con exactitud, aunque corregiré sus faltas ortográficas y añadiré todas las tildes que semejante espécimen olvidó poner.


Cabrón:

No te acordarás de mí. Soy el cliente de Mercadona al que le robaste el pack de yogures griegos de Danone con tropezones de chocolate. Bueno, la verdad es que no me los robastes de mi carro, sino que te adelantaste a mí y cogistes los últimos que quedaban. No sabes cómo te odio. Por tu culpa no he podido cepillarme a mi jefa. Me mandó expresamente a por esa marca de lácteos y me prometió que dejaría que se los extendiese por el cuerpo desnudo y que me permitiría que la lamiera. Al final tuve que llevarle otra marca y eso hizo que se sintiera ultrajada. Y no sólo no me dejó restregarle esa porquería por sus arrugas, sino que acabó despidiéndome. Por esa razón estoy en condiciones de pedirte 2.390 Euros por daños y perjuicios. Tienes tres días para reunir dicha cantidad. Deposítala en la papelera pública que hay en la calle Maestro Padilla, al lado de la funeraria "Tancredo y Familia" el jueves 22 a las 17:00 horas. Si no lo haces así, te prometo que tu vida dará un tremendo vuelco. ¿Cómo pudiste hacerme eso? Eres una mierda ladrona y alguien debe ponerte en su sitio.  

Firmado:

El vengativo hijo de puta


Recuerdo que el anónimo apareció debajo de mi felpudo varios meses después de que caducase el plazo límite. Ahora ya sabes cada cuanto tiempo limpio el rellano de mi escalera. Como todavía gozo de buena salud, y sobre todo, estoy bastante vivo, he llegado a la conclusión de que el autor de dicho chantaje debe haber sido un vecino o un pobre idiota al que le robara la novia. No me gusta demasiado convertir en despojos emocionales lloriqueantes a tipos que hasta entonces eran la viva imagen de la gallardía y la testosterona. Pero yo soy así. Me gusta como me comporto. Me gusta mi cuerpo, mi mente, mi aura, mi alma. Estoy tan bueno que si pudiera me mataría a polvos sin usar preservativo. El problema es que mi elasticidad no es la que era hace unos pocos años. Ya no soy capaz de hacerme una felación. Y eso ha trastocado parte de mi castillo. Por eso me he comprado una boca succionadora de látex Made in Japan y la utilizo cuando veo mi belleza reflejada en un espejo. ¡Nunca he entendido a la gente que dice que soy un ególatra narcicista! La verdad es que no entiendo a la mayor parte de humanos. Aunque con esas caras y esos cuerpos más parecidos a torrijas o embutidos es normal que se odien. Y odien a sus progenitores. Yo no soy culpable de que el azar se confabulara para crear un superhombre Nietzschesiano sin parangón en la evolución. Si fuera capaz de adorarme más, mi semen saldría disparado del saco escrotal y fecundaría cada hembra que tuviera las medidas correctas (90-56-90). Y crearíamos una raza superior donde yo me convertiría en el dueño y señor de cada vagina, cada par de pechos turgentes, cada trasero y cada coxis. Y mis mujeres se arrodillarían y me lavarían los pies con agua y linimento. Y cuando alguna osara no mirarme con deseo y libidinosidad, la entregaría al mundo anterior, donde se transformaría en un producto de bollería apta para el consumo rápido.