lunes, 24 de marzo de 2014

Email del 24 de marzo 2014

Meghan Howland (2012)

Querida amiga:


Si hay algo que odio con todas mis fuerzas, es escribir o limpiar las hojas caidas de mis cactus epifitos. Pero sin embargo sigo escribiendo y barriendo como un poseso. Preferiría barrer mis textos y escribir sobre las hojas o los tallos, o incluso algún sépalo o monosépalo, pero por alguna extraña razón que escapa a mi entendimiento, no puedo dejar de hacer ninguna de las dos cosas. La primera, escribir, simplemente para tener algo con que poder justificar parte de mi aburrida existencia. La segunda, barrer las hojas, para que no me tachen de marrano y, al mismo tiempo, que mi jardín casero luzca exquisítamente llamativo. Si fuera un poco más listo de lo que soy en estos momentos de mi vida, no perdería mis horas haciendo ni lo uno ni lo otro y dedicaría cada segundo de ésta a descansar sobre mi incómodo sofá con una coca cola en una mano y un croissant relleno de chocolate en la otra, contemplando con los ojos huecos cómo sobrevivo a la imposibilidad forzosa. Esa que nos viene impuesta desde el momento en que nuestra madre rompe aguas.Si tuviera un poco más de valor...si fuera más fuerte. ¡Más! ¡Más! Ese extraño adverbio de cantidad que no sirve absolutamente para nada, se ha incrustado en mi cerebro y trata de sodomizarlo. ¡Y yo no puedo impedirlo!

Ayer dediqué casi la totalidad del día a no hacer absolutamente nada. Y te juro que lo disfruté hasta el paroxismo. Hubo un momento en que casi me pongo a quitar el polvo, pero afortunadamente tuve un momento de consciencia virtual y pude detenerme  a tiempo. ¡Caray! Casi me pongo a mover el esqueleto! ¡Casi! Casi! Vaya, otro puto adverbio de cantidad. Debería hacerme ver por un médico. Por lo menos me queda el consuelo de que no he usado a sus compinches nada, algo, apenas, bastante, demasiado, menos, cuanto, mucho, poco, todo, mitad, tan sólo, tanto. Creo que tendría que pasarme a los adverbios de duda, que son increíblemente sexys: quizá, probablemente. Aunque si quieres que te sea sincero los que realmente me ponen son los de tiempo, ya sabes, ahora, ayer, anteayer, primero, hoy, mañana, antes, anoche, aún, cuando, entonces, después, jamás, luego, mientras, siempre, nunca, tarde, todavía, ya. Tengo un tío que está fascinado por los pronombres personales, por eso se casó con una mujer que adoraba los demostrativos. Tuvieron un hijo que habitualmente suele disfrazarse de signo de admiración y que imparte clases de gramática en un orfelinato corporativo. Hace varios años escribió un libro titulado "La inclusividad pegajosa rebala sobre dualidad existente" que tuvo cierto éxito en algunos círculos sociales, y por el que recibió una subscripción gratuita por un año a la revista "Me siento guapa y perfecta", pero actualmente es incapaz de pronunciar un diptongo sin reírse.

El mismo día en que mi progenitor se dio cuenta de que verdaderamente era padre de tres hijos, osea antes de ayer, un tipo llamado Amed Salushe Naram Ahuy dejó una cuenta impagada en la mercería de la esquina. La dependienta se lo fió porque estaba convencida de que de esa manera podría acostarse con él. Siempre había escuchado que los árabes la tienen muy grande y ella quería estrenar el metro de madera que su abuelo José Vicente le había regalado en el lecho de muerte. Lo que desconocía era que Amed no era moro, sino que era un ente imaginario que se aparecía en sus ensoñaciones calenturientas. Cuando reparó en su error ya fue demasiado tarde y el metro de madera sirvió de refugio para un pájaro carpintero que tenía cierta fóbia a los árboles. Te cuento esto, porque sé que te divierten los relatos picantes, y sobre todo, porque el coágulo que se esconde en mi cerebro se está haciendo cada vez más grande. Casi está a punto de explotar. Yo no quiero que eso suceda, pero no puedo detener el futuro. Una vez lo intenté y la experiencia fue cualquier cosa menos enriquecedora.

Para acabar este extraño email, me gustaría aclarar un par de cuestiones que pueden ser importantes a la hora de analizar mi comportamiento:
1) No, no estoy loco, pero lo aparento. Me encanta aparentar lo que otros quieren ver a su alrededor. Pero como soy de naturaleza inconstante y bastante contradictorio, me gusta representar justo lo contrario que la gente quiere percibir en un momento dado. Imagínate lo aburridos que serían mis ya de por sí, aburridos días y turbulentas noches, si hiciera caso a los planteamientos individuales exteriores. Mis necesidades sociales son diferentes a las del resto de humanos. Ellos intentan percibir, yo, simplemente intuyo.
2) Sí, siento lástima de mí mismo. Sobre todo por no haber superado mi fóbia a los adverbios, pero más, por no haber sido lo suficientemente valiente como para rechazar mi propia concepción. Nunca debí nacer. Algunos amigos están convencidos de que todas y cada una de mis deficiencias mentales son debidas al trato que pactó mi comadrona con el diablo. ¿Más! ¿Casi! ¿A quién le importa eso?


Un abrazo

domingo, 16 de marzo de 2014

Email del 16 de marzo 2014

Pablo Picasso. Seated fat clown (1905)

Amiga mía:


La verdadera razón por la cual no hago nada, es que sólo existe una cosa significativa por hacer. Pero como es demasiado compleja me da cierto miedo ponerme a desarrollarla. Quizá si no fuera lo suficientemente sustancial, ya haría tiempo que estaría ultimada. Mientras espero que las ganas se actualicen, mi decisión se consume, de la misma forma que se disipó hace ya bastante tiempo la capacidad para distinguir lo que es necesario de lo que es contraproducente.

Lo primero que hago cada mañana -incluso antes de cepillarme los dientes- es adorar a mi único Dios, también llamado Indiferencia, y a sus arcángeles Desprecio, Indolencia y Pasividad. Ellos cuatro son los protagonistas indiscutibles de la obra en la que represento un pequeño papel. Aunque llevo años esperando una hipotética bajada de telon, ésta nunca se produce, pues cada día el guión es rehecho y un millón de acotaciones casi imposibles de descifrar emborronan los márgenes de las hojas.

Si fuera más consecuente conmigo mismo y, sobre todo, con el rol secundario que me ha sido impuesto, quizá recuperaría parte de la energía que necesito para terminar de una vez por todas con esta farsa enfermiza, donde sólo los carácteres principales son exaltados y acaban cosechando excelentes críticas. La verdad es que ya no me importa en absoluto la carencia total de homenajes ni los vítores amañados del falso auditorio. Durante años seguí las indicaciones, pero ahora sólo puedo improvisar. Y ni siquiera de esta forma logro convencerme de la conveniencia y provecho del proyecto.

Creo que voy dejar de respirar...


Besos

viernes, 14 de marzo de 2014

Email del 14 de marzo 2014

Leah Saulner. Mr Potatoe

Amiga mía:


Durante un tiempo la jofaina había obtenido un montón de pruebas circunstanciales acerca de las manos que se limpiaban en ella y por eso optó por chantajearlas. Pero la jugada le salió bastante mal cuando éstas consiguieron unos bonitos guantes de latex de color verde puerro, por lo que tuvo que ponerse a pensar una nueva estrategia. Todos sabemos que las palanganas no son conocidas por su capacidad para racionalizar los hechos, pero ésta en particular, era más perspicaz que el resto y decidió sobornar al agua que casi llenaba el recipiente. El problema surgió cuando el jabón líquido se opuso con todas sus fuerzas y juró por la memoria de sus ácidos grasos que no estaba dispuesto a traicionar sus principios morales y se chivó a las extremidades humanas del vil plan que tramaba el lavamanos. Cuando éste se enteró estalló en una furia burbujeante tan salvaje que dejó exhausta a la cerámica que envolvía al recipente. Desconozco qué es lo que sucedió a partir de entonces, pero según algunos conocidos que siguieron el caso, las manos optaron por lavarse en adelante con toallitas refrescantes, lo que dejó al aguamanil sumido en una depresión que tuvo que ser tratada durante años.

Desde que me enteré de este suceso, ya no he vuelto a lavarme las manos. Tampoco ninguna parte de mi anatomía. Estoy convencido de que el vidé me mira raro. Como siempre voy vestido, nadie nota la roña. Y disimulo el olor corporal comiendo continuamente ajos y cebolla. Mis amigos créen que soy vegetariano, pero lo que realmente soy es precavido. Mi abuelo fue abducido por una ramita y mi tía por parte de madre violada por un pedazo de espadadrapo. No quiero que me suceda nada igual. Las cosas, los objetos están vivos. Puedo escuchar cómo respiran. Sé que todos maquinan algo. Pero yo soy más listo y jamás me amedrentaré. Ayer noté cómo me seguía por el pasillo una chincheta, pero al final pude esquivarla disfrazándome de mancha en las paredes. Soy un superviviente. La semana pasada sobreviví al ataque de una patata y hace un mes casi me asesina un supositorio de glicerina. Te aseguro que venderé cara mi vida, aunque para ello tenga que destruir cada una de las cosas que me rodean.

En estos momentos, mientras te escribo estas líneas, puedo escuchar las risas de la mesa camilla. Sé que planea algo. Desconozco de qué se trata. Si no tienes noticias mías la próxima semana, es que los objetos han ganado la batalla. Si eso sucede, ten un pensamiento positivo para mí.


Greg

jueves, 13 de marzo de 2014

Email del 13 de marzo 2014

Tomas Sánchez. Hombre crucificado en el basurero (1992)

Hola:

¿Y si nos llevásemos todo? Lo que somos y lo que no somos. Lo que parecemos, lo que creemos, lo que imaginamos y lo que nunca podremos llegar a ser. Lo que vivimos y lo que soñamos. Lo que sentimos y lo que padecimos. Si nos llevásemos todo a una naturaleza irreal y lo guardásemos en un agujero imaginario, ¿qué nos quedaría? Somos geometría flexible. Somos partículas neutralizadas que necesitan expandirse. Somos impacto sobre materia, explosiones uniformes, balizas cósmicas ralentizadas. Somos curvatura cartográfica, fusionada entre los restos del espacio. Necesitamos construir un sentido para cada una de las cosas que no comprendemos. Pero mientras tratamos de descubrir ese sentido, la realidad en forma de certeza interior nos golpea con fuerza.

Si fuésemos capaces de llevarnos todo, sentiríamos la necesidad de rubricar cada uno de los montones que contienen nuestros excesos y carencias. Si no podemos ser el centro del universo, entonces es que no existe el universo. El sol, el cielo, la luna, las estrellas, sólo son deformaciones de nuestra perpetua incapacidad para aceptar ese terrorífico vacío con el que nacemos y que, de alguna manera, define nuestras erróneas interpretaciones. Asumamos que no somos nada. Aceptemos que nuestro tiempo se acaba. Desembaracémonos del cuerpo humano, escupamos sobre los dogmas establecidos y levitemos hacia el infinito. Allí no encontraremos ninguna Santísima Trinidad, ni siquiera un Dios misericordioso. Eso son inventos de nuestro mundo. ¡Y existen tantos millones de mundos diferentes!

Supongamos que ya nos hemos llevado todo. Lo que fuimos y lo que no fuimos. Lo que parecíamos, lo que creíamos y lo que nunca podríamos llegar a ser. Imaginemos que el agujero imaginario de esa naturaleza irreal ha escondido cada una de nuestras estupideces, cada uno de nuestros pecados, en definitiva, cada uno de los recuerdos grabados dolorosamente en nuestro cerebro. ¿Qué nos quedaría? La respuesta es delicadamente sencilla: el principio absoluto, que no es más que un final relativo.


Un abrazo

miércoles, 5 de marzo de 2014

Email del 5 de marzo 2014

Joseph Kosuth. Glass, words, material, described (1968)

Hola:

Tengo sed. Por esa razón, mi cerebro transmite la orden y mis sentidos se fijan sobre la jarra de agua. Fabricada en  vidrio borosilicatado barato, tal vez en China o Taiwan, su trasparencia me permite comprobar que ninguna mosca, ningún insecto, flota sobre la superficie. Mientras mis ojos se posan sobre cada partícula imperfecta, dentro de su absoluta perfección, mis manos sujetan su asa recubierta de plástico. Plástico barato con un alto grado de polimerización deficiente. Pero no me importa demasiado. Tengo sed. Intento agarrarla con fuerza mientras el agua, cristalina, casi incolora cae desde una distancia prudencial en el recipiente de cerámica. Ignoro dónde lo conseguí, pero me gusta su forma, su color y su tamaño. Al igual que el jarro, el vaso tiene un asa, por lo que seguramente debería llamarlo jarra, taza o incluso vasija. Mientras el líquido elemento llena la cavidad, no puedo dejar de pensar en torrentes, ríos o lagos. Tengo sed. El vaso está casi lleno. Me lo acerco con mucho cuidado a la boca y absorbo su contenido con delectación. Trago despacio. No quiero gastar demasiada energía. De repente, siento un dolor insoportable en el estómago. Arrojo con fuerza el vaso, vasija, jarro, recipiente o como diablos quieras llamarlo y su contenido empapa por completo mis pantalones de pana. No me importa demasiado. Sé que con el tiempo se secarán, pero me fastidia mi ineptitud. Me quito la ropa. La tiro por la ventana. Y mi desnudez suprema me incita a comportarme como un cabestro. Salgo al rellano de la escalera. Toco al timbre de mi vecina. Ella abre, me mira de arriba a abajo y suelta una risotada. Confuso y deprimido, entro en casa, me dirijo hacia un espejo. Me miro. Me miro y me entra sed. Tengo sed. En la cocina está la solución al problema. Tengo sed. Por esa razón, mi cerebro transmite la orden y mis sentidos se fijan sobre la jarra de agua. Fabricada en  vidrio borosilicatado barato, tal vez en China o Taiwan, su trasparencia me permite comprobar que ninguna mosca, ningún insecto, flota sobre la superficie. Mientras mis ojos se posan sobre cada partícula imperfecta, dentro de su absoluta perfección, mis manos sujetan su asa recubierta de plástico. Plástico barato con un alto grado de polimerización deficiente. Pero no me importa demasiado. Tengo sed. Intento agarrarla con fuerza mientras el agua, cristalina, casi incolora cae desde una distancia prudencial en el recipiente de cerámica. Ignoro dónde lo conseguí, pero me gusta su forma, su color y su tamaño. Al igual que el jarro, el vaso tiene un asa, por lo que seguramente debería llamarlo jarra, taza o incluso vasija. Mientras el líquido elemento llena la cavidad, no puedo dejar de pensar en torrentes, ríos o lagos. Tengo sed. El vaso está casi lleno. Me lo acerco con mucho cuidado a la boca y absorbo su contenido con delectación. Trago despacio. No quiero gastar demasiada energía. De repente, siento un dolor insoportable en el estómago. Arrojo con fuerza el vaso, vasija, jarro, recipiente o como diablos quieras llamarlo y su contenido empapa por completo mis pantalones de pana. No me importa demasiado. Sé que con el tiempo se secarán, pero me fastidia mi ineptitud. Me quito la ropa. La tiro por la ventana. Y mi desnudez suprema me incita a comportarme como un cabestro. Salgo al rellano de la escalera. Toco al timbre de mi vecina. Ella abre, me mira de arriba a abajo y suelta una risotada. Confuso y deprimido, entro en casa, me dirijo hacia un espejo. Me miro. Me miro y me entra sed. Tengo sed. En la cocina está la solución al problema. Por esa razón, mi cerebro transmite la orden y mis sentidos se fijan sobre la jarra de agua. Fabricada en  vidrio borosilicatado barato, tal vez en China o Taiwan, su trasparencia me permite comprobar que ninguna mosca, ningún insecto, flota sobre la superficie. Mientras mis ojos se posan sobre cada partícula imperfecta, dentro de su absoluta perfección, mis manos sujetan su asa recubierta de plástico. Plástico barato con un alto grado de polimerización deficiente. Pero no me importa demasiado. Tengo sed. Intento agarrarla con fuerza mientras el agua, cristalina, casi incolora cae desde una distancia prudencial en el recipiente de cerámica. Ignoro dónde lo conseguí, pero me gusta su forma, su color y su tamaño. Al igual que el jarro, el vaso tiene un asa, por lo que seguramente debería llamarlo jarra, taza o incluso vasija. Mientras el líquido elemento llena la cavidad, no puedo dejar de pensar en torrentes, ríos o lagos. Tengo sed. El vaso está casi lleno. Me lo acerco con mucho cuidado a la boca y absorbo su contenido con delectación. Trago despacio. No quiero gastar demasiada energía. De repente, siento un dolor insoportable en el estómago. Arrojo con fuerza el vaso, vasija, jarro, recipiente o como diablos quieras llamarlo y su contenido empapa por completo mis pantalones de pana. No me importa demasiado. Sé que con el tiempo se secarán, pero me fastidia mi ineptitud. Me quito la ropa. La tiro por la ventana. Y mi desnudez suprema me incita a comportarme como un cabestro. Salgo al rellano de la escalera. Toco al timbre de mi vecina. Ella abre, me mira de arriba a abajo y suelta una risotada. Confuso y deprimido, entro en casa, me dirijo hacia un espejo. Me miro. Me miro y me entra sed. Tengo sed. En la cocina está la solución al problema…

martes, 4 de marzo de 2014

Email del 4 de marzo 2014

Tiziano. Tarquin and Lucretia (1576)

Amiga mía:


Hace un par de meses presenté un texto a un concurso y ayer recibí una escueta contestación en la que claramente se leía:

"Ojalá usted acabe como la protagonista femenina de su relato."

La verdad es que me he quedado un poco sorprendido. Ya sé que el concurso versaba sobre la genómica en las ciencias agrarias y mi texto iba por otros derroteros. Demasiado dramático. Pero mejor es que lo leas y me des tu opinión:


"A menudo, las palabras son un mero instrumento de nuestros actos. Cuando intentamos comportarnos de una manera diferente a la que tenemos grabada en nuestro enorme disco duro llamado cerebro, sentimos que algo no funciona correctamente, pero somos incapaces de racionalizar una solución convincente. Por esa razón nos es mucho más fácil dejarnos llevar e inventar excusas. Excusas para nosotros mismos. Excusas intolerables. Excusas que inútilmente trastocarán las bambalinas y el escenario de nuestro sufrido Yo.

ELLA: Intento ser razonable, pero una fuerza exterior me lo impide. Creo que deberías irte para siempre. Necesito volver a estar sola. ¡Hace tanto tiempo que dejaste de ser lo que yo quería! ¿Qué nos impide odiarnos? 
ÉL: Yo nunca podría odiarte. Tampoco llegaría a quererte otra vez. Ya te amé hace tiempo. No puedo volver al pasado. ¡Sí, creo que debo irme! Pero no voy a hacerlo.
ELLA: En cierto modo, hace tiempo que te largaste. Pero ahora te lo pido por el odio que no sientes hacía mí. No puedo estar junto a ti ni un minuto más. Siento una especie de asfixia cuando me miras. Si no te vas... Si no te vas hoy mismo, me encerraré en mi cuarto y representaré mi papel en silencio. No quiero sentirte cerca. No puedo aguantar tus movimientos. Yo tampoco te odio, pero te tengo lástima. Si yo fuera como eres tú, hace años que hubiera tomado el camino más complicado. Tú por el contrario, no dejas de venderte. ¿De verdad, no sientes lástima por ser de esa manera? ¿Nunca has analizado tu comportamiento con los demás? ¿Dejarás alguna vez de adorarte? No eres tan inteligente como crees.
ÉL: ¿Yo me adoro? ¿Y tú? ¿Tienes el valor de lanzarme reproches cuando has sido tú la que ha desencadenado esta falsedad en la que se ha convertido nuestra convivencia? ¿Quién engañó antes? Creo que olvidas tu relación con...
ELLA: Sabía que saldrías por ahí. Es tu amuleto preferido. Si te engañé fue porque tú me lo pediste.
ÉL: ¿Yo te lo pedí?
ELLA: Sí, con tus silencios eternos, tus miradas distantes y esa perfecta indiferencia de la cual te enorgulleces. Eres una mierda. El problema es que lo sabes y te importa poco. Sólo quieres a una persona en este mundo. A ti. El resto somos piezas de un engranaje que con la excusa de "supervivencia" has fabricado para redimir tu egomanía. ¿Sabes? Te engañé, y no lo lamento. Debería haberlo hecho muchas más veces, pero fui idiota. 
ÉL: Siempre lo has sido. Uno no puede cambiar. Tampoco vale la pena hacerlo. Hay que intentar seguir hacia delante. No comprendes nada. Eres una niña malcriada. Tu madre debe estar orgullosa de haber engendrado una masa de inocencia de tu tamaño. Deberías despertar. 
ELLA: Tienes razón. Soy una mentirosa. No sabes de qué forma inusitada te odio.

Hay momentos en los que el conocimiento se escabulle y los actos y las palabras tienden a individualizarse. Es en esos instantes cuando todo se oscurece y la luvia utiliza cualquier resquicio para mojarlo todo. Nos comportamos como dicta el corazón y relegamos el razonamiento. Sin embargo, pensar con el corazón es tan estúpido como bombear sangre con el cerebro. Y cuando buscamos un trapo para secar las gotas que empapan cada porción de lo que somos y de lo que nunca podremos ser, de repente sale el sol. Pero es un sol falso. Ilumina pero no calienta.

ÉL: ¡Sal de la habitación! Llevas tres días encerrada. Ya es suficiente. ¿Pretendes darme lástima? Sé que cuando no estoy sales. La comida de la nevera disminuye. Y esa comida la he comprado yo. ¿Crees que voy a estar manteniendo a un fantasma por los siglos de los siglos? 
ELLA: Saldré cuando te marches para siempre. Cuando esté segura de que no regresas. ¡Déjame tranquila! Eres...eres...
ÉL: Soy lo que tú decidiste. Mejor dicho. Cuando era como tú querías todo funcionaba. 
ELLA: ¡Cállate!
ÉL: Recuerdas...hace dos o tres años. Un día me preguntaste si recordaba cómo nos conocimos. Yo te respondí que no y tú te enfadaste mucho. En realidad me acordaba perfectamente. No puedes llegar a imaginarte el subidón que me produjo escupirte esa negación. Sabía que ibas a reaccionar de la manera en que lo hiciste. Simplemente necesitaba que cogieras un berrinche.
ELLA: ¡Cállate! ¡Cállate! por favor...
ÉL: Es curioso que me hagas callar. Tú que siempre me has echado en cara mis silencios. "Tenemos que conversar más, cielo" ese era tu mantra, tu letanía. Ahora no quiero, no puedo callarme. Vas a escucharme hasta que yo diga basta. Voy a tomarme la revancha. ¿Sabes por qué no hablaba mucho? Porque tu no parabas de largar. Día y noche, sin respiro, sin importarte cómo me encontrara yo. 12 años escuchando un montón de frases inconexas, de criticas y censuras. Y pensar que me casé contigo para escapar de esas mismas mierdas. No sabes que harto estoy de ti, de mis padres, de todo lo que representa esta interminable escena repleta de sufrimiento que es la maldita vida que he llevado. Y llevo. Y supongo que arrastraré hasta el último puto día de mi vida. Te aseguro que antes de irme de esta cloaca de existencia me llevaré a otros conmigo. ¡Dios! En que me habéís convertido. ¿Hacia donde voy? No veo una luz que me indique hacia donde dirigirme. Me gustaría tanto que todo volviera a empezar. No me refiero a mi maldita relación contigo, sino a mi vida. Volvería a tropezarme en los mismos escalones, pero te aseguro que iría preparado. No sé, con rodilleras y casco integral. No me arrepiento de nada de lo que he hecho, pero me aflige no haber podido llegar a hacer más cosas, o por lo menos llevarlas hasta su última consecuencia. Por eso estoy aquí, ahora. Sentado fuera de tu habitación, que alguna vez fue también mía. Apoyado en la puerta de madera que tú elegiste pero pagué yo. ¿Oyes cómo llueve? ¿Oyes cómo llueve? 

Existe un tiempo fijado en el calendario, en el que la razón da paso a la ofuscación y el aturdimiento. Un tiempo en que las casas funden sus ladrillos y el plomo y los convierten en ruinas. Decadencia. Deterioro. Principio de desintegración. 

ÉL: Ya llevas siete días con la comedia.¿No crees que es hora de dejarlo? Me estoy empezando a enfadar. ¿No quieres contestar? Como verás ya no hay nada en la nevera ni en los armarios. Alguna vez tendrás que salir si no quieres morirte de hambre. Supongo que tendrás provisiones. Supongo que saldrás cuando oigas cerrarse la puerta de salida. Supongo que...¿Pero cómo sabrás que estoy o no dentro? ¿Cuál es la diferencia entre estar adentro o afuera. Yo siempre he estado afuera. Siempre he estado lejos. Necesitaba que me encontraras. Tú te rendías tan pronto... Interior. Exterior. Profundo. Superficial. Vasto. Exiguo. Todo es tan complicado. ¿Comprendes ahora el valor del silencio? El silencio sagrado. Secreto. Sigiloso. Prudente. Agrupado en cantidades ridículas. Irrefutable. ¿Estoy fingiendo? Soy un ciego. Soy un sabio. Los cables están sueltos. Noto cómo me desconecto...¿Estás muerta? ¿Estás muerta? Sí, debes estar muerta. Bueno, tú siempre has estado muerta. Desde el principio, y ahora en el final. Yo tampoco como desde hace días. Supongo que nos encontrarán juntos pero separados. ¿Qué más se puede pedir?" 



PD 1:
Dicen que Dios sufrió un montón durante los seis días que duró la creación, pero que el séptimo tuvo un orgasmo. Desconozco de qué forma lo consiguió ya que como divinidad es inmaterial y carece de pene. Sea como fuere, esto viene a confirmar mi teoría de que un orgasmo es posible en cualquier circunstancia.

PD2:
Soy una planta. Como la ventana de mi habitación está abierta, puedo obtener sin dificultad la energía de la luz solar. Necesito transformar la energía lumínica en energía química, de lo contrario mi transformación carecería de sentido y volvería a ser humano otra vez, ya sabes, ese tipo repleto de justificaciones y descontrol. Con un sentido de la emocionalidad rayando la aberración. Soy una planta. Necesito un pequeño contenedor con tierra y turba para que mis raíces subterráneas acaben ancladas en un perfecto manto de rizosfera y humedad. Sólo de esa forma podré acumular y almacenar reservas.