lunes, 27 de enero de 2014

Email del 27 de enero 2014

Edward Hopper. New York movie (1939)

Amiga mía (y de multitud de gente):



Tengo el inmenso placer de pegarte algo que he escrito hoy, mientras esperaba aburrido una llamada de teléfono de cierta persona que me odia, aunque ella dice que no me odia, simplemente me detesta.


Hace algunos años...Sí, ya sé que es una forma vulgar de empezar un texto que trata sobre un hecho que sucedió en el pasado, pero ¿alguien me va a denunciar por eso? Hace algunos años quedé con una chica -a la que había conocido unos pocos días antes- para ver una película en un destartalado pero estupendo cine de barrio donde casi siempre reponían clásicos interesantes. Como soy un caballero y un dandi en ciernes, pagué las dos entradas y nos sentamos a esperar que comenzara la doble función. Mientras aguardábamos el momento mágico que implica sumergirse en una historia fílmica charlamos de cosas banales. Aunque en mi cabeza rondaban varias preguntas esenciales, por lo menos para un humano, varón y con ganas de encamarse: "¿Cómo estará desnuda? ¿Tendrá el trasero caído? ¿Será frígida? Todavía no me había hecho ni nueve preguntas cuando de la cabina de proyección se escapó ese rayo de luz compacta que demuestra fehacientemente que la sesión ha comenzado. No recuerdo los títulos de ninguna de las dos pelis, pero me acuerdo perfectamente de lo que sucedió a partir de ese instante. Por alguna razón estúpida sentí unos deseos irrefrenables de comer chocolate así que, disculpándome con mi amiga y el resto de público que tranquilamente comenzaban a visionar las primeras imágenes, salí a la cafetería dispuesto a comprar una chocolatina. La tipa que atendía el chiringuito tenía una fisonomía peculiar. Debía andar cerca de los sesenta y lucia un bonito principio de bigote que habría hecho palidecer de envidia a Groucho Marx. Era bastante gruesa y su rostro se asemejaba al de un monstruo antediluviano al que han sometido a una serie de liftings fallidos.
-Hola, ¿Tiene chocolate o algo parecido?
-¿Tú que crees?- me contestó despacio, como suponiendo que yo padecía alguna enfermedad mental.
-Bueno, supongo que sí. Deme un Toblerone, por favor.
-No tengo Toblerone.
-Pues un Crunch...
-Tampoco tengo Crunch.
-Deme cualquier cosa que contenga un mínimo de un 60 por cien de pasta de cacao y un 40 de azúcar, por favor.
-¿Cacao? ¿No me habías pedido chocolate?
-Deme una bolsa de papas- le contesté secamente.
-Una bolsa de papas no es una chocolatina- replicó a su vez, poniendo una cara de lástima que me recordó a la de un oposum pigmeo al que le han contado una mentira.
-Por favor, deme lo que quiera, pero a poder ser posible antes de que ambos cumplamos los setenta.
-Yo tengo 45, aún me quedan muuuuuchos años para que cumpla esa edad.
-Si, ya... ¿Me va a servir o prefiere seguir amargándome la existencia?
Al cabo de un rato de conversación demente la señora me tiró a las manos una bolsa de palomitas acarameladas y al pagarle, una moneda de dos euros bastante gamberra y escapista se salió de mi monedero, rodó por el mostrador y cayó a la pila.
-Lo siento. Cóbrese con esos dos euros. Supongo que hay suficiente...
-Esos dos euros son míos. Se me cayeron allí hace un rato- farfullo el espécimen.
-¿Cómo dice?
-Que esa moneda es mía. ¡Págueme!
-Acaba de ver como esa puta moneda se me ha caído. ¿Qué es lo que pretende?
-¿Me está llamando mentirosa?
-No estoy llamándola mentirosa. Pero usted sabe que esa moneda es mía.
-Me está atosigando, señor. O me paga o me devuelve las palomitas.
-No pienso darle ni un céntimo más. Cóbrese con esa moneda de una puñetera vez. Me estoy perdiendo toda la película. No se comporte como una idiota. Seamos serios...
En ese justo instante la tiparraca empezó a chillar como si la estuvieran violando doscientos cincuenta marcianos invidentes. A decir verdad, sus gritos me recordaban a la matanza del cerdo, espectáculo que había observado algunas veces en mi pueblo cuando era un niño. Al cabo de unos pocos segundos de griterío apareció el acomodador y yo sentí miedo, así que hice una de las más grandes tonterías que un inocente puede hacer en un momento dado: salí por la puerta y escapé corriendo. Cuando quise darme cuenta de la estupidez de mis actos ya me encontraba a varias manzanas. Intente poner en orden mis pensamientos y me senté en un banco de la acera. Un montón de ideas inconexas me rondaban por la cabeza. Mientras las analizaba una por una decidí esperar a que acabara la doble sesión, inventar una excusa convincente y esperar a mi amiga a la salida. Las cuatro horas se me hicieron interminables. Mientras me dirigía de regreso al cine pude ver en la puerta a un montón de gente arremolinada, un par de policías preguntando a diestro y siniestro y a una periodista y un cámara de televisión. Cuando me percaté del percal, el acomodador, que debía tener una vista de lince, gritó
- ¡Es él! ¡Es él! ¡Ha venido otra vez! ¡Es él! Los polis dirigieron la mirada hacia mí y yo no tuve más remedio que volver a huir, aunque esta vez lo hice caminando en lugar de a la carrera. Ni siquiera miré si alguien me seguía. Volví a recorrer el mismo trecho de antes y acabé nuevamente sentado en el mismo banco. De repente, una mano se posó en mi hombro. Giré la cabeza esperando contemplar a los polis agitando unas esposas, pero sólo vi a la periodista y su compañero, el cámara.
-Tranquilo. La policía aún está tomando declaración a la víctima. ¿Por qué razón le hiciste eso a la taquillera?
-¿Le hice qué?
-Eso...
-Yo no le he hecho nada. No sé a qué te refieres.
-Ella dice que le retorciste un pezón...
-¿Que dice qué?
-Que le retorciste un pezón- repitió el cámara.
-¿Que yo le retorcí un pezón?
-Sí- contestó la chavala.
-Sí- repitió el cámara.
-¿Estáis de broma?
-Para nada. Te ha denunciado. Es grave.- dijo la chica- Deberías darnos tu versión de los hechos. Así podrías defenderte y nosotros llenaríamos dos minutos y medio en las noticias.
-¿Qué noticias?
-Las noticias de la televisión local, susurró suavemente ella.
-Las noticias de la televisión local- repitió el cámara.
-Yo no le he estrujado un pezón a esa especie de carcamal visigodo. De hecho ni siquiera creo que tenga pezones. Discutimos porque decía que no le había pagado. Y sí le había pagado. Está loca. No sé... Se puso a gritar...yo tuve miedo....
-Te diré lo que vamos a hacer. Buscaremos un edificio bonito, con una fachada que tenga buena planta para que sirva de fondo y te haremos una entrevista en exclusiva- ¿Qué te parece?- comentó, como si entrevistar a un presunto retorcedor de pezones fuera la cosa más común en su vida.
-¿Qué te parece? repitió el cámara.
-No me vais a hacer ninguna entrevista. Yo no he hecho nada. Largaos, por favor. Dejadme en paz.
-Creo que deberías defenderte-. Claro, que si eres culpable...
Llegados a ese punto, totalmente irreal y semejante a un sueño inducido por ingesta desmedida de poleo y Valium, decidí que me dejaría entrevistar. Si todo ese follón se hacía más grande y además había una denuncia por medio... quizá dando mi versión saldría impune de aquello.
-Está bien. Hacedme la puta entrevista.
-Perfecto- respondió la periodista guiñándome un ojo- Todo se solucionará, tranquilo. Pero este lugar es deprimente y además el tráfico estropearía el sonido.
-El tráfico estropearía el sonido- respondió el cámara.
Como no quería que el tráfico estropeara las tomas nos dirigimos a otra calle, pero la fachada estaba sucia y a los reporteros con corazón artístico tampoco les gustó. Nos pasamos las siguientes tres horas buscando una calle o una finca en condiciones de servir de fondo. Supongo que yo les parecía tan feo que esperaban que un frontispicio renacentista salvara parte de la entrevista. Al final acabamos sentados en un bar y hablando de muchos temas. Resultaron ser unos tipos muy majos. Incluso el cámara dejó de repetir las frases de su compañera y demostró que además de loro o guacamayo a tiempo parcial también era una persona culta y sobre todo divertida. Charlamos sobre la cerveza, sobre los muebles de nogal, sobre la forma en que la política se aferra a nuestras vidas disfrazada de cualquier cosa. Me comentaron que eran novios y que no pensaban casarse nunca. Nos reímos un montón y la verdad es que me lo pasé estupendamente.
-Así que le retorciste un pezón. ¡Puaj! Qué mal gusto tienes amigo.
Bebimos y bebimos hasta que llegó un punto que resultaba idiota seguir con la ingesta desmesurada de alcohol y nos dirigimos a casa de Didi y Fernán, que era como se llamaban ambos. Allí seguimos despotricando sobre todo.
-Mi querido amigo estrujapezones. Me caes estupendamente pero creo que necesito otro whiskito- gritó Didi mientras eructaba con un estilo que haría morirse de vergüenza al camionero más curtido.
-Estrujapezones, ¿has visto "la última peli de Eric Rohmer? Guau, amigo es sensacional- replicó Fernán.
-Sí. Me encanta Rohmer. Aunque creo que prefiero su filme anterior.
-¿Prefieres "El árbol, el alcalde y la mediateca" a "Las citas de París"?
-Yo creo que sus dos últimas películas están por debajo de su nivel- gritó Didí mientras intentaba servirse un vodka doble con hielo- Quiero decir...Si comparas esas dos pelis con "El rayo verde" o "Las noches de la luna llena"...
-Cariño, no se puede estar toda la vida haciendo obras maestras- replicó Fernán
-Estoy de acuerdo contigo, Fernán. Tanto "Las citas" como "El árbol..." son films menores pero completamente válidos en su carrera. Yo los disfruté enormemente...
-Desde luego- gritó Didi, pero, joder, yo quiero más cosas como "La rodilla de Clara" o incluso "La coleccionista-, me escupió Didi al oído. Soy tremendamente egoísta. Sólo busco mi propio placer.
-Ella busca su propio placer- repitió Fernán.
-Cari, no hace falta que seas mi eco- respondió Didi.
-Yo no soy tu eco. Soy el eco del mundo. Yo soy...
-Tú eres el que me va a servir un ron cuádruple- dije yo.
-Y quíntuple si hace falta.
-¿Sabes que Didi se durmió el otro día en el ginecólogo y tuvieron que despertarla pinchándole con un palillo en la vulva?
-¡Animal!- respondió Didi. No me pincharon en la vulva. Me dieron unos sopapitos en la cara. ¡Caray! Me quedé totalmente roque.
-¿No me jodas?- Exclamé yo mientras derramaba parte del vodka por la alfombra.
-Cambiando de tema. Me ha salido un bulto en la lengua y estoy acojonado por si es un cáncer...
-Fernán, no seas paranoico. Me recuerdas a una perra que tuve hace muchos años. Creía que no era una perra, sino un canario, pues pasaba casi todo el tiempo sola en casa, con el pájaro. Un día cuando entré por la puerta, me la encontré volando por la habitación- exclamó Didi al mismo tiempo que imitaba con las manos el batir de alas canino.
-Yo me tomaría un cafetito. ¿Tenéis café?- pregunté a ambos.
-Claro. ¿Quieres un cortado, un Cappuccino, un americano?- pregunto Didi.
-¿O quizá un Corretto, o un Ristretto o un romano?
-He cambiado de parecer. ¡Otro cubata por favor!
-¡Marchaaaaando!
Estuvimos charlando hasta el amanecer, entonces nos acostamos e hicimos un trío. Después de la maratón sexual ellos se quedaron dormidos y yo me fui a casa. Mientras recorría la distancia que me separaba de mi hogar pensé muchas, muchas cosas. Pero una en especial no paraba de atormentarme: ¿Le habría gustado la sesión doble a mi amiga? Me refiero a la chica con la que se supone fui al cine. Como tenía tiempo, decidí responderme. Pero las auto respuestas son confidenciales, eso es algo que todos deberíamos tener muy claro.

miércoles, 22 de enero de 2014

Email del 22 de enero 2014

Hans Memling. St. John and Veronica Diptych (reverse of the right wing) (1483)

Hola:


La presencia ocasional de una idea despierta parte de la energia que se esconde parapetada en alguna parte de mi cerebro. Puedo sentir sus movimientos, pero soy incapaz de sacarle cualquier partido. Mientras decido si soy lo suficientemente inteligente para imponerme al deseo que me fuerza a reverenciar la melancolía como única opción de supervivencia, mis músculos agarrotados se hacen viejos y con ellos, el sentimiento perturbador que implica tener que justificar los actos. He visto demasiadas cosas. Algunas todavía no las he podido racionalizar con la frialdad deseable, pero de alguna forma, tengo claro que sólo son necesarios los recuerdos que demuestran que la equivocación y la incompetencia son grandes y necesarias virtudes. A ellos dedico mis días y mis noches.

Según el principio que rige cada uno de nuestros momentos, es decir, el espacio y el tiempo singularizados subjetivamente, la naturaleza muerta en forma de palíndromo extrasemiótico que vive y respira en mi interior debería resignarse por completo y cumplir a la perfección el rol establecido, pero mi capacidad de aceptación de las adversidades como principio básico e inalterable de la existencia me está empezando a pasar factura. No soy mi propio enemigo, pero tampoco puedo sentir empatía por el individuo que se refleja en el espejo. Quizá... no sé. Es posible. Lo ignoro. No me interesa.


Un beso

jueves, 16 de enero de 2014

Email del 16 de enero 2014

Genoves. Madeja (2010)

M es idiota. Bastante idiota. ¿Cómo podrías definir a un tipo que pregona sin rubor que la mejor película de la historia es "No me toques el pito que me irrito"? Pero yo le aprecio. Le aprecio de la misma forma que una serpiente de cascabel puede apreciar a una rata de arbellón. Gracias a él y otros muchos como él, yo tengo una razón para sobrevivir. ¿Qué sería de mi existencia si no pudiera despotricar acerca de los imbéciles? Ellos están en el planeta para recordarnos que no somos nada, absolutamente nada, a pesar de que todavía exista un poco de razón escondida en silos subterráneos en cada uno de los cinco continentes.

M sabe escribir su nombre con una plantilla de plástico. La compró en una papelería cuando cumplió los 25. Ahora tiene casi 60 y todavía la necesita. A veces piensa que debería comprarse otra de aluminio, pero va retrasándolo constantemente. Quizá el próximo año. Al fin y al cabo, pocas veces se le presenta la oportunidad de rubricar un documento. Mientras, espera obtener fuerzas que le ayuden a decidir cuál de las dos le permitiría conseguir la caligrafía que tanto desea. Pues aunque es tan memo como un zapato, odia tremendamente emborronar una bonita hoja blanca, cuadriculada y con márgenes a ambos lados.

M quiere coger al aire. Extiende los brazos y siente un terrible calambre en el hombro derecho. Se sienta sobre una roca y se rasga los pantalones. Mientras trata de hacer funcionar su cerebro, siente un picor extraño en una pierna. Pero no se rasca. La escolopendra trepa hasta su ingle y con las forcípulas le inyecta una dosis de histamina y enzimas. Las nubes se difuminan. La luz le golpea el rostro. De repente todo está oscuro.

M se despierta en la cama de un hospital y pregunta a una enfermera si es un ángel. Ella niega con la cabeza mientras se le escapa una sonrisa insolente. Cuando sale de la habitación, un escalofrío le recorre la espina dorsal. Por primera vez en su vida a tocado a un idiota. Se lo cuenta a una compañera y ésta la obliga a lavarse las manos. Mientras se limpia con una gasa y alcohol, recuerda a su madre muerta y le da las gracias por sus genes.

M está ojeando el mundo por la cristalera. Su compañero de cuarto le pregunta por qué razón se encuentra inquieto. Pero él no responde. Está demasiado ocupado pensando qué va a suceder cuando le hagan firmar la baja. Si tuviera familia o algún amigo menos idiota podría pedir que le trajeran su vieja plantilla. Con ella se siente seguro y fuerte. De repente, sin ni siquiera pensar en los pros y los contras, decide escapar por la ventana...M es idiota. Bastante idiota. ¿Cómo podrías definir a un tipo que pregona sin rubor que la mejor película de la historia es "No me toques el pito que me irrito"? Pero yo le aprecio. Le aprecio de la misma forma que una serpiente de cascabel puede apreciar a una rata de arbellón. Gracias a él y otros muchos como él, yo tengo una razón para sobrevivir. ¿Qué sería de mi existencia si no pudiera despotricar acerca de los imbéciles? Ellos están en el planeta para recordarnos que no somos nada, absolutamente nada, a pesar de que todavía exista un poco de razón escondida en silos subterráneos en cada uno de los cinco continentes.

M sabe escribir su nombre con una plantilla de plástico. La compró en una papelería cuando cumplió los 25. Ahora tiene casi 60 y todavía la necesita. A veces piensa que debería comprarse otra de aluminio, pero va retrasándolo constantemente. Quizá el próximo año. Al fin y al cabo, pocas veces se le presenta la oportunidad de rubricar un documento. Mientras, espera obtener fuerzas que le ayuden a decidir cuál de las dos le permitiría conseguir la caligrafía que tanto desea. Pues aunque es tan memo como un zapato, odia tremendamente emborronar una bonita hoja blanca, cuadriculada y con márgenes a ambos lados.

M quiere coger al aire. Extiende los brazos y siente un terrible calambre en el hombro derecho. Se sienta sobre una roca y se rasga los pantalones. Mientras trata de hacer funcionar su cerebro, siente un picor extraño en una pierna. Pero no se rasca. La escolopendra trepa hasta su ingle y con las forcípulas le inyecta una dosis de histamina y enzimas. Las nubes se difuminan. La luz le golpea el rostro. De repente todo está oscuro.

M se despierta en la cama de un hospital y pregunta a una enfermera si es un ángel. Ella niega con la cabeza mientras se le escapa una sonrisa insolente. Cuando sale de la habitación, un escalofrío le recorre la espina dorsal. Por primera vez en su vida a tocado a un idiota. Se lo cuenta a una compañera y ésta la obliga a lavarse las manos. Mientras se limpia con una gasa y alcohol, recuerda a su madre muerta y le da las gracias por sus genes.

M está ojeando el mundo por la cristalera. Su compañero de cuarto le pregunta por qué razón se encuentra inquieto. Pero él no responde. Está demasiado ocupado pensando qué va a suceder cuando le hagan firmar la baja. Si tuviera familia o algún amigo menos idiota podría pedir que le trajeran su vieja plantilla. Con ella se siente seguro y fuerte. De repente, sin ni siquiera pensar en los pros y los contras, decide escapar por la ventana...

martes, 14 de enero de 2014

Email del 14 de enero 2014

Wayne Thiebaud. Cakes (1963)

Amiga mía:

Bueno, ya tengo 52 años. El número 52 es asqueroso pero por lo menos es par, pues como sabes, tengo terror cerval a los números impares, sí, esos que se pueden dividir por 2. En realidad, mi fobia se concentra en ese último numerito con forma de patito... Te contaré un secreto: hace 43 años un amigo mío bastante feo me dio 2 besos en la boca. Desde entonces no puedo soportar la divisibilidad ni la imbecilidad, pero sí la invisibilidad, la alterabilidad, amabilidad, amigabilidad, apacibilidad, aplicabilidad, apreciabilidad, audibilidad, combustibilidad, compactibilidad, compatibilidad, comprensibilidad, compresibilidad, comunicabilidad, concentrabilidad, condensabilidad, conductibilidad, conmensurabilidad, conmutabilidad, contabilidad, contractibilidad, convertibilidad, corregibilidad, corruptibilidad, credibilidad, culpabilidad, debilidad, defectibilidad, desapacibilidad, destructibilidad, digestibilidad, dilatabilidad, disolubilidad, disponibilidad, durabilidad, elegibilidad, estabilidad, estimabilidad, excitabilidad, expansibilidad, falibilidad, fincabilidad, flexibilidad, flotabilidad, fluxibilidad, friabilidad, fusibilidad, habilidad, habitabilidad, honorabilidad, horribilidad, ignobilidad, impasibilidad, impecabilidad, impenetrabilidad, impermeabilidad, impermutabilidad, imperturbabilidad, imponderabilidad, imposibilidad, impracticabilidad, imprescriptibilidad, impresionabilidad, improbabilidad, imputabilidad, inaccesibilidad, inadaptabilidad, inalienabilidad, inalterabilidad, incombustibilidad, incompatibilidad, incomposibilidad, incomprehensibilidad, incomprensibilidad, incompresibilidad, incomunicabilidad, inconmensurabilidad, inconmutabilidad, incontestabilidad, y por supuesto, la inestabilidad, que es el magma que gobierna mis sensaciones y, por qué no, mis emociones.

¡52!, Parece que fue ayer cuando tenía 51 y medio y ya han pasado algunos meses desde entonces. ¿Sabías que en el año 52 de nuestra era, falleció Publio Ostorio Escápula? ¿Y que también en ese mismo año un sujeto llamado Almagor, que residía en una coqueta casita construida con adobe en un pueblecito israelí, fue picado repetidas veces por una avispa predadora (aunque para algunos historiadores no fue más que un avispón) mientras hacía sus necesidades en una porcatera vacía. Al parecer los cerdos, acostumbrados al olor de las deposiciones del fulano, habían abandonado el corral hacía tiempo, instalándose sine die en el vestibulum del gobernador de Roma destinado en esa región.

En estos momentos, mientras los 52 años me persiguen a todas partes, incluso al baño, trato de meditar sobre un fenómeno inexplicable que me ha sucedido hace 23 minutos. Aún así, intentaré explicártelo de la mejor manera posible: me encontraba diseñando mi futuro con un compás y un cartabón, cuando de repente una luz resplandeciente con forma triangular ha aparecido sobre mi cabeza. Al principio he creído que no era más que parte de la materia gris, que escapaba por mi oreja y flotaba debido a su poco peso y no le he hecho el menor caso. Pero cuando este haz luminoso se ha transformado en un señor con pelo y barba gris, tirando a blanca, y me ha ordenado que me arrodillara ante él, pues era Dios Padre y había venido a fustigarme por ser un "estúpido irresponsable", he sentido una sensación semejante a la que puede experimentar un pomelo maduro cuando es introducido a la fuerza en un exprimidor oxidado. Cuando me he negado a postrarme a sus pies, aduciendo que le olían un poco… mejor no te lo cuento, porque es casi pornográfico lo que ha hecho conmigo.

Si pudiera volver a tener 51 años, creo que me portaría mejor con los idiotas. Ellos no tienen la culpa de ser así. Quizá sus padres o sus abuelos. No sé. Todo es tan confuso. A veces incluso creo que los idiotas heredarán la tierra. Pero cuando esto suceda, espero estar bastante muerto, o por lo menos… bastante borracho.


Un besazo grande

sábado, 11 de enero de 2014

Email del 11 de enero 2014

Martin Kippenberge. Self portrait (1988)

Hola:


Hoy he tenido un sueño muy desagradable, sobre todo para un heterosexual convencido como yo. Por culpa de estos hijos de puta que nos gobiernan, no me quedaba más remedio que hacerme chapero. Pero por más que buscaba, los urinarios públicos ya estaban todos repartidos por uno o varios de estos elementos y las zonas de las calles acotadas para tales menesteres rebosaban tanto de prostitutos que las mamadas se habían depreciado hasta hacer poco rentable meterse un miembro en la boca. Te juro por Rouco Varela que me he despertado empapado y con un calcetín incrustado en la garganta. ¿Te has preguntado alguna vez cuál es la razón por la que soñamos? Yo lo hago a menudo, aunque todavía no he llegado a una conclusión lógica. La bibliografía existente sobre esta materia y, sobre todo, sus teorías dispares e imperfectas no acaban de convencerme, por lo que estoy pensando seriamente en preguntárselo a la Virgen María, en una de sus, últimamente, constantes apariciones. Ayer, sin ir más lejos, se manifestó mientras me metía dos naranjas medianas en la pernera del pantalón con el único propósito de bacilar de paquete en una reunión de ex-masturbadores anónimos, y lejos de ruborizarse ante mi procacidad, la santa cogió uno de los cítricos y se lo comió con gran delectación, por lo que tuve que asistir a dicha asamblea con una falsa criptorquidia que me sumió en la más acongojante humillación.

Si en lugar de soñar bailáramos rumbas mientras dormimos, todo sería mucho más sencillo. Al mismo tiempo que nuestro imperfecto cuerpo descansa haríamos ejercicio físico, que buena falta nos hace, por lo menos al que escribe esto. Si mi diario personal no me engaña, la última vez que moví mi cuerpo fue cuando la comadrona, una mujer de aspecto poco agraciado, me sacudió un par de palmadas para que llorara, mientras mi madre le preguntaba a uno de los doctores si era normal que después de parir le picara una pierna. Desde entonces, muchas lunas han pasado y pensar que he de mover cualquier parte de mi agraciado cuerpo, aunque sólo sea para caminar o llevarme los bocadillos de mortadela al gaznate, me llena de inquietud y nerviosismo. Cuando ahorre lo suficiente pienso comprarme una silla de ruedas y alquilar un esclavo que me empuje hacia cualquier dirección, excepto a los urinarios públicos de los que te hablé antes. No quiero problemas con esos feladores profesionales ni con sus navajas de 20 cm. Soy un tipo tranquilo. Por lo menos en esta etapa de mi vida, en que la que lo único que me salva del sopor de existir es comprar naranjas medianas en la frutería. ¡No pienses mal! También suelo hacerme zumos.


Un beso

martes, 7 de enero de 2014

Email del 7 de enero 2014

Agostino Arrivabene. Cherub (2012)

Hola:

En estos días me siento como una especie de Cruithne que ha sido desplazado de su órbita. Me miro al espejo y no puedo creer lo que veo. ¿Ese tipo con cara de Garam masala diluida soy yo? Me estoy convirtiendo en un vegetal cuyo basónimo necesita una urgente catalogación. No sabes cuánto me gustaría introducir en mis venas una dosis de fentanilo y asafétida en proporciones equivalentes. No quiero ser lo que soy, aunque no soy lo que parezco. Podría dedicarme a aparentar lo que nunca seré, pero no puedo permitirme seguir perdiendo el tiempo. Dentro de seis días cumpliré 52 años. Preferiría cumplir seis años dentro de 52 días. O no cumplir ninguno más. ¿Para qué sirve subrayar una vez cada 365 días que uno es un año más viejo?

Esta mañana he pasado más de cinco horas enmimismado contemplando parte del vacío que en forma de recuerdo descansa junto a mí. Incluso ahora, mientras te escribo estas líneas, esa ausencia total permanece a mi lado y la miro con el rabillo de un ojo. Esta noche, si no sucede nada extraño en mi vida, pienso hacerla desaparecer por medio de la flagelación que proporciona el autoengaño. Nunca digo mentiras cuando interpreto el papel de humano, pero me encanta engañarme cuando soy lo que soy: un ser contrario a la naturaleza y que difiere de cualquier especie.

Por eso cuando acabe de escribirte estas tontas líneas dignas de un PowerPoint ilustrado con gatitos y perritos, me evaporaré de mi cuerpo y levitaré hacia el techo. Desde esa posición cenital ojearé en lo que me he convertido y sentiré pena de mí, de ti, de todos los intérpretes que intervienen en esta farsa existencial, donde sólo vales un poco cuando tienes algo que ofrecer.

Besos