jueves, 26 de diciembre de 2013

Email del 26 de diciembre 2013

Paul Klee. Cosmic composition (1919)

Hola:


De las 37 personas que vivían en esa pequeña aldea, 36 soñaron lo mismo una noche. El único individuo que rompió la excepcional regla, un varón de 87 años, analfabeto y con serios problemas de afección, se dedicó a dibujar icosaedros convexos en las dos paredes opuestas de su pequeña y destartalada cocina de leña. Cuando acabó de dibujar los cientos de triángulos equiláteros conformados en poliedros de veinte caras, se sintió satisfecho y se dirigió al acantilado. Si alguna vez vas a ese pueblucho y te acercas a su precipicio, deberías mirar hacia las rocas cortadas que salpican el fondo. Una de ellas, no sabría decirte ahora cuál, desmembró el cuerpo de aquel hombre. Por esa razón los 36 habitantes de la zona llaman a esa escarpadura "El salto del viejo".

Un pequeño animal de compañía se escapó de la casa que le cobijaba. Mientras recorría los cientos de metros que separaban lo habitual de lo extraño, experimentó una sensación angustiosa, imposible de describir para un humano. Se limpió los bigotes con las zarpas, miró al cielo y enseguida comprendió cuál era su destino. No tardó ni media hora en encontrar a una alimaña rabiosa y desesperada que lo mató y lo engulló por completo. Al día siguiente, su dueña lo buscó en cada una de las estancias de la casa, pero como no pudo encontrarlo creyó que nunca lo había tenido y que sólo era un sueño. Un sueño más. Un sueño engendrado por la desesperación y el abatimiento. Cuando se lo contó a su vecino, éste se asustó, pues era el mismo sueño que él había tenido. Y era el mismo sueño que su yerno, que residía a escasos metros, le había contado. ¿Los tres soñaron lo mismo? ¿Los tres soñaron lo mismo, la misma noche? ¿La misma noche que el más viejo del lugar dibujaba icosaedros?

Aunque estaba impedido le encantaba descansar al lado de la ventana. El sol que entraba y se filtraba por el cristal sucio le calentaba la parte anterior del cuerpo. Era una sensación placentera que le sumía en una especie de maravilloso amodorramiento. Mientras su cabeza se ladeaba y la baba mojaba los primeros botones de la camisa, sus recuerdos se dirigían en todas las direcciones. Lamentaba que las noches no tuvieran sol, pues sin el calor del astro rey los sueños solían transformarse en pesadillas desconcertantes. Si tú fueses una diosa, una hada o simplemente una ninfa y aparecieses en su destartalada habitación, seguramente te imploraría que borrases el capítulo de aquella noche. ¿Por qué no fue ella la que se precipitó sobre las rocas? Si hubiera sido ella, por lo menos algún lugar de la comarca, algún día, llevaría su nombre. Sin embargo, mientras el viejo acababa con sus demonios interiores, ella soñaba algo que ni siquiera era concreto u original.

Las nubes descargaban agua sin compasión sobre la cabeza de una estatua. El cuerpo de esa escultura descansaba semienterrado en la tierra arcillosa, pero la testa se beneficiaba de las inclemencias meteorológicas mientras sus ojos inertes jugaban con cada una de esas pequeñas sensaciones que discurren cuando el tiempo, ese secuestrador invisible e insobornable, se petrifica. La anciana que vivía en la cabaña estaba convencida de que era la cabeza de la Gorgona y jamás la miraba. Cuando fue joven -y no olvides que todos y cada uno de ellos o de nosotros ha sido joven en algún momento de su vida- leyó muchos libros y aprendió a discernir un secreto de un falso sol de medianoche. Ahora, mientras esperaba algo que no llegaba, pero que ansiaba por encima de cualquier deseo, sus fuerzas para soportar una nueva jornada escapaban despavoridas, retrocediendo y cambiando de dirección sin lógica aparente. ¡Sí, ella también soñó esa noche! Y después de ese sueño de sueños, ya nada parecería lo que realmente era. Pues esa representación onírica y cruel, semejante al viento del este que parte los tallos de los girasoles, no era más que una fracción del conocimiento infinito que establecía las distancias y multiplicaba las imágenes fractales codificadas en su memoria.

Continuamente se hacía preguntas. Y aunque parezca inusual, siempre se las contestaba todas. "¿Si sabemos de qué color es la carne de las manzanas, por qué razón seguimos pelándolas?" "¿Podría contar los guijarros de menos de medio centímetro que descansan en el viejo camino que sale de mi casa y conduce hasta el pequeño torrente donde una vez vi a Dios?" "¿Debería esconder las sombras que producen las amapolas en la cajita de estaño?" Cuando no se estaba preguntando algo, solía jugar con dos palitos de madera. Le encantaba el ruidito que hacían al ser golpeados el uno contra el otro, o ambos contra su cabeza. Por las noches solía soñar con esos mismos palitos y con su cabeza. Pero esa noche, esa noche en la que todos los vecinos comulgaron una misma pesadilla, sus palitos, su cabeza y sus preguntas se ocultaron para siempre entre la espesura de veleidades eternas, mientras que el protagonismo se lo quedaron los ejes de simetría, los vértices opuestos, las rectas y las aristas del anciano suicida.

¿Sabes por qué te cuento esto? Yo viví en aquel pueblecito por aquellos días. Yo era un número más entre los soñadores, es posible que el 27, o el 28. ¿Qué más da? Yo soñé lo mismo y puedo certificar que las imágenes que mi prosencéfalo fabricó fueron exactamente las mismas que hirieron y desconcertaron al resto. Durante semanas las comparamos y yo me dediqué a analizarlas. El viejo que no pudo soñar dibujó icosaedros. Un icosaedro no es más que un antiprisma pentagonal rematado en sus bases por dos pirámides (también) pentagonales, con con 12 vértices y 30 aristas. El resto de vecinos, los que tuvimos el privilegio o desventaja de dormir, soñamos que esbozábamos dodecaedros en las paredes opuestas de nuestras cocinas; algunas de leña, otras no. Un dodecaedro es una figura geométrica configurada por 12 pentágonos, 20 vértices y 30 aristas. Podríamos haber soñado con tetraedros, hexaedros u octaedros o podríamos haber soñado que nos perseguían, o que volábamos, con agua, con arañas, que nos caíamos, o se caían nuestros dientes, con perdernos, con ser atacados y heridos, con la muerte.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Email del 20 de diciembre 2013

Duy Huynh

El hombre que miraba en todas direcciones excepto en una se incorporó, y doblando la cabeza de la misma forma que un papagayo complacido me preguntó: ¿sabes por qué miro hacia todos los lados menos a uno? Me disponía a contestar con ese precioso adverbio que sirve, entre otras cosas, para negar, rechazar o impedir una posible correspondencia, cuando de su boca brotó un remolino de segmentos restringidos por demarcaciones, o lo que otra persona menos pedante y afectada que yo llamaría vocablos, palabras, términos. Trataré de transcribir su respuesta de la manera más exacta posible, aunque entre los círculos familiares tengo cierta fama de olvidadizo y algunos de mis amigos, exactamente a los que más aprecio tengo, no se cansan de repetir, que tanto los sintagmas endocéntricos como los exócentricos que volando llegan desde las laringes de los emisores a mis oídos sufren una penosa transformación cuando intento hacer un epitome, una sinopsis o incluso una pequeña pero satisfactoria paráfrasis.

Pero antes de reproducir, o por lo menos, intentar trasladar el conjunto de frases atiborradas de sentido, lucidez y sabiduría del hombre que miraba en todas direcciones menos en una, me gustaría dejar patente ciertas reflexiones sobre la naturaleza de ese ser o ente excepcional y su interacción con los elementos que le rodeaban, sobre todo con cada una de las unidades especiales relativas a la propia persona, entiéndase, alma, espíritu o fuerza vital, que hacía que mantener contacto con sus postulados y con la luminosidad que estos desprendían, fuera, además de el "actus fidei specificatur ab objecto", lo más cercano a una experiencia espiritual, emocional, subjetiva y, por supuesto, mística.

La primera vez que reparé en el hombre que miraba a todos los lados menos a uno, yo estaba sometido a una terrible presión. Los problemas económicos y la ruptura con mi mujer después de 20 años de pacífica aunque miserable convivencia, habían transformado mi habitual quietud en furia brutal y desmedida. El único humano bueno era el que estaba enterrado bajo dos metros de tierra y sólo el placer que me proporcionaban los perros y los gatos solía apaciguar las ansias de venganza social que nacían de cada uno de mis poros sanguinolentos.

Recuerdo perfectamente cómo sucedió todo. Caminaba sin dirección fija, posando la mirada en la mugre que rodeaba mi existencia, cuando de repente escuché una voz suave, amable pero segura, que se detenía suavemente sobre la percha de mis malas experiencias. Al principio creí que sería un mendigo que querría unas monedas a cambio de un pequeño chantaje emocional, pero cuando miré directamente a su cara supe que el principio de todo era una respuesta y que esa respuesta significaba el adiós a todos esos "antes" y "después", y por extensión el finiquito generacional de todos y cada uno de los "por qué", de los "no sé", de esos millones de preguntas nunca contestadas, de la avaricia del sinsentido y el ilustre corolario al abandono o la dejadez que hasta entonces y de una manera demencial habían abanderado el nacimiento de cada segundo, cada minuto, hora, jornada, mes, año, lustro, década...

Soy consciente de mi promesa, aquella que hice en el primer párrafo. Recordad, recordad, si mi palique manuscrito no os ha aburrido. Supongo que debería ser fiel a mis palabras y reproducir lo más exactamente posible la respuesta del hombre que miraba en todas las direcciones excepto en una. Llegados a este punto no puedo dejar de preguntarme: ¿para qué sirve ser honesto en un mundo donde la honestidad no es más que otra marca de cosméticos? ¿Entendería alguien las oraciones, los enunciados , las máximas y las proposiciones que salieron de su boca? Nadie comprende nada. Es tan fácil escurrir el bulto. Todos quieren sacar los conejos de las chisteras, pero mientras tratan de mantener derechos los sombreros, los logomorfos corren despavoridos temiendo por sus vidas.

En estos instantes trato de encontrar una expresión que acabe de una vez con todas las manifestaciones que se delimitan con palabras. Pero no existen palabras que reflejen lo que tengo en mi cabeza. Cuando me siento realmente jodido, sólo tengo que pensar en él, el hombre que miraba en todas direcciones excepto en una,  para saber que toda la mierda que vomito la he fabricado yo. Y que todo ese conjunto de heces va dirigido a la persona que más debería querer de todas las que pueblan el mundo, o quizá el Universo: yo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Email del 19 de diciembre 2013

Saverio Polloni. Crocodile (2010)

Hola.


Voy a contarte algo sobre Hécuba...

No era fea, pero había algo en su cara que me desagradaba. Quizá fuera esa mandíbula dura y rectangular que otorgaba al conjunto de su cuerpo un cierto aire amenazante, o puede que su exagerada e inquisitiva forma de mirar a los ojos mientras intentaba por todos los medios deslizar una orden telepática hasta mi cerebro sin que yo lo advirtiera.

Recuerdo la primera vez que le puse un bozal. Se resistió, pero era la única forma de impedirle comunicarse conmigo.
-Ojalá fueras muda- pensaba cada vez que le apretaba el dogal.
Pero ella, lejos de defenderse, simplemente gemía. Ahora, mientras escribo esto, medito sobre aquellos quejidos. Estoy casi seguro de que no eran de terror, sino de placer. Estoy seguro de que disfrutaba con cada jugarreta que le preparaba. Al final me aburrí. Necesitaba sentir unas emociones que no me proporcionaba. Por eso decidí devolverla al zoo, aunque eso implicara una multa o incluso unos meses en el talego.

Recuerdo los titulares: "El cocodrilo raptado ha sido devuelto", "El secuestrador de reptiles se arrepiente", "Entrevista exclusiva al sociópata que raptó a la cocodrila".

ENTREVISTADOR: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué la secuestró?
SECUESTRADOR: No fue un secuestro, teniendo en cuenta que jamás pedí rescate.
ENTREVISTADOR: ¿Entonces?
SECUESTRADOR: La respuesta es muy simple. Estoy loco. No puedo interactuar con humanos. Necesitaba acariciar, besar y amar a una bestia. Pero poco a poco mis instintos se desbocaron hasta un nivel que incluso para mí se hizo reprobable. Un día quise llegar más lejos y...
ENTREVISTADOR: No siga, por favor. Este es un periódico cristiano.
SECUESTRADOR: ¿De veras cree que existe un Dios?
ENTREVISTADOR: ¿Yo? No estoy seguro pero mi cuñado si cree en él.
SECUESTRADOR: Es la respuesta más idiota que he escuchado en mi vida.

El día del juicio me encontraba extrañamente tranquilo. El juez, con aspecto de larva vermiforme, me miró con cara de asco mientras con sus esqueléticas manos llamaba a un bedel. Minutos después comenzó la pantomima:

JUEZ: Está usted aquí por representar un peligro para la sociedad. Son los seres de su calaña los que hacen de mi profesión algo divino, omnipotente y sagrado. Pero no me interprete mal. Yo no soy Jesús, ni siquiera Dios Padre ni el Espíritu Santo. Si fuera alguno de ellos, usted y todos los psicópatas de este mundo no existirían. Todas y cada una de las mañanas de cada día me levanto de la cama pensando que la vida es una sucesión de maravillas sin fin, dispuestas para gozarlas, pero cuando llego a este grisáceo edificio y me pongo esta oscura toga, que en su día vistió a mi padre y mi abuelo, sólo tengo ganas de llorar. ¿Sabe cuántos años llevo juzgando a excrementos como usted? 37. Dentro de seis años me jubilaré. Y dedicaré mi tiempo a pescar, a disfrutar de los míos y a predicar la palabra del Señor. Cuando eso suceda, mis cansados ojos no tendrán que volver a posarse en basura como la que usted representa. Para terminar, sólo quiero subrayar que después de que dicte sentencia, justo en el momento en que su infecto olor abandone esta estancia, imaginaré como arde en el infierno. Y sus gritos de dolor se transformarán en gozo para mi corazón. ¿Tiene el acusado algo que decir?
SECUESTRADOR: Señoría. Sólo una cosa, si me lo permite. ¡Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo son una misma persona!
JUEZ: Le condeno a...

Esta celda es estrecha, pero me siento confortablemente en ella. Esta mañana me he comido una araña que se escondía tras su tela en un rincón de la pared. Su sabor me ha recordado al del gazpacho industrial que venden en Mercadona. Desde luego su sabor era infinitamente más suculento que los macarrones que nos sirvieron ayer.

Es extraño, mientras reflexiono sobre mi futuro, no puedo dejar de pensar en la cocodrila. Por algún motivo, siempre me recordó a la madre de mi padre. Yo quería a mi abuela, pero ella siempre puso cierta distancia entre nuestros cuerpos. La verdad es que yo siempre quise a toda mi familia. Y a cada uno de mis amigos. Todavía espero que me devuelvan el amor que derroché con ellos. ¡Sólo quiero un poco de amor! ¡Necesito que me quieran! Aunque sea de verdad.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Email del 18 de diciembre 2013

Marcel Duchamp. Fresh widow (1920)

Amiga:


Las sombras. Las sombras que se producen al chocar la luz natural que entra por la ventana. La ventana. Esas manchas grises con formas extrañas danzan mientras la cortina se mueve. ¿La muevo yo? Las manchas. Las sombras. La ventana. Cuando interpongo un objeto entre la luminosidad exterior que se cuela como un ladrón nocturno, obligo a las sombras grises a interpretar un papel de comparsa que todavía no se ha escrito. El objeto. La ventana. El guión. El guión. El guión de parte de la nada entremezclada con el objeto y la ventana. Las sombras. Las manchas. Parte de la desarmonía interna que se arremolina bajo epítetos específicos que desconozco y que impiden a mis ojos enfocar las manchas. Las manchas de las sombras grises que se producen porque yo preparo el choque. El choque. El colapso. El colapso de la reflexión que se produce cuando inciden esos haces luminosos sobre la materia. La materia del cuerpo. El cuerpo azulado que yace a mis pies, junto a la pistola que descansa sobre la alfombra. La alfombra. ¿Quién los trajo a mi casa? La pistola. El cuerpo. Las sombras. El objeto. La ventana. Las manchas. El guión. El choque. El colapso.


XXX

martes, 17 de diciembre de 2013

Segundo email del 17 de diciembre 2013

Eric Penington

Hola otra vez:

Colecciono cogniciones simultáneas. No me importa demasiado si alguna de ellas entra en conflicto con otra idea o propósito. Incluso me es totalmente indiferente que puedan llegar a ser incompatibles con parte de mis argumentos primitivos o con algunas de las demostraciones futuras. El razonamiento, como forma de pensamiento u organización de ideas con el único propósito de llegar a una conclusión, por muy errónea o desacertada que esta sea, ya no obstaculiza esa cualidad innata que hace que mis errores sean más neutralmente exactos e indiscutibles que los del resto de idiotas con los que comparto taxón. Podría calcular cuántos de esos memos alguna vez han estado por encima de mi absoluta y vulgar falta de talento, computando a partir del porcentaje de necedades y ordinarieces que se consideran dignas de un adocenado mental y restando la forma, el procedimiento o las circunstancias. Pero no sería más que otra pérdida de tiempo. Todos sabemos que la simpleza es la propiedad, la cualidad infranqueable que nos hace grandiosos y sublimes a los cretinos que no poseemos ningún valor, a los inútiles que nos vendemos cada día imaginando que la siguiente jornada será diferente. A los imbéciles que cada año creemos que será el último en que nos comportaremos como putas y yaceremos con las leyes que promulga el estado. Esas leyes y disposiciones que nos hacen un poco más pequeños a cada minuto.

Por eso colecciono emociones primarias, truncadas gracias a una o varias palabras mal diseñadas, vomitadas de una boca oscura y herida. Podría enfrentarme con cada una de ellas y sentirme invencible, pero demuestro mas incompetencia ordenándolas de mayor a menor, envolviéndolas en una bolsita de plástico y mostrándoselas a los demonios que me martirizan cada día.

Un abrazo

jueves, 12 de diciembre de 2013

Email del 12 de diciembre 2013

Roy Lichtenstein. Magnifying glass (1963)

Hola:


Si alguien ha sufrido lo indecible en esta vida, ese ha sido mi amigo Cosme. Hace cuatro años su madre lo ingresó en un frenopático por intentar poner un mini tanga a una patata y desde entonces su vida ha ido de mal en peor. Cuando le dieron el alta de la institución mental, Cosme, al que por entonces llamábamos "Cosme", pero pronunciado con acento nigeriano, decidió de repente que le gustaría saber el por qué de las cosas, pero no de todas las cosas, sólo de algunas pocas cosas, ese tipo de cosas en las que por miedo o simplemente vagancia a nadie se le ocurre indagar. Por eso se hizo escrutinizador de entidades, aunque a él le gustaba más presentarse como indagador de elementos existentes, inexistentes, reales, irreales, concretos o abstractos. ¡Y se ganaba muy bien la vida! Tenía un gran abanico de clientes que iban desde una trapecista, que necesitaba conocer imperiosamente la razón de su fobia a las redes de pesca manufacturadas con cáñamo y fibra sintética en la proporción 40% y 60 % respectivamente, hasta un esquimal de 25 años que odiaba cualquier temperatura por debajo de los 29 grados siempre que la humedad relativa estuviese en discordancia con la velocidad y dirección del viento y que, debido a los trastornos que le producían esas incógnitas, precisaba a menudo con relativa urgencia una respuesta que le satisfaciera.

Todos sabemos que la vida es una mentira, o por lo menos no es una verdad total y mucho menos una realidad consistente. ¿Cuántas veces hemos sentido deslizarse sobre nuestros deseos a los largos dedos de la insatisfacción? A mí me sucede constantemente, por eso no me sorprendió demasiado cuando Cosme fue ingresado en el manicomio por segunda vez. Parece ser que, no hallando respuesta para la cuestión planteada por un cliente, su cerebro entró en la misma fase de tubérculo que la vez anterior y le sorprendieron afeitando las ingles de una cebolla joven. Nadie le preguntó si necesitaba ayuda. Todos dirigieron su dedo acusador a su cabeza y le condenaron sin juicio previo. Ahora se pudre en una celda acolchada del módulo tres. Su madre llora desconsoladamente cuando alguien pregunta por él. Su padre da vueltas en su nicho de lujo en el cementerio parroquial. Yo, en estos momentos me pregunto algunas cosas que realmente no tienen demasiado sentido, pero como Cosme ya no trabaja, no tengo ni idea de a quién dirigirme. Nadie puede ayudarme.


Besos

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Email del 11 de diciembre 2013

Jen Mazza

Querida:


Hoy es miércoles. Supongo que para el resto de los inocentes en esta absurda patraña será una jornada más, quizá cargada de imágenes de otros días, ya sabes, esos recuerdos que fluyen desde la parte más recóndita del razonamiento humano y que capacitan nuestro aguante y pasión por sobrevivir un tiempo indeterminado. Me he apresurado a utilizar el adverbio "quizá", porque es un comodín que sólo funciona verdaderamente a través del lenguaje escrito y me evita pensar y buscar otra salida lingüística igualmente innecesaria, además me produce una tremenda hilaridad absurda, complaciente, versátil, voluble...

Mañana será jueves. Yo seguiré intentando arrojar el resto de mi vida a la basura. Por algún motivo que desconozco, continuaré haciéndolo con esta extrema parsimonia con la que me caracterizo como despojo errante;  que sólo sirve para degustar esos segundos inútiles, prefabricados a base de mandíbulas de vida mugrientas y que en el mejor de los casos me proporcionará un epitafio vacío y carente de sentido o lógica.

De una cosa estoy seguro: nunca he existido.


Saludos

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Email del 4 de diciembre 2013

Felix Vallotton. Étude de fesses (1884)

Querida amiga:


Mi odontóloga habitual está casada con un oftalmólogo prosopopéyico, pero se acuesta con su neuropsicólogo al que cariñosamente apoda "Eneldo". Su marido, a menudo acude a convenciones en el extranjero y aprovecha para contratar prostitutas de alto standing a bajo precio. Mientras todo esto sucede, el perro de ambos "Cilantro", está incubando una enfermedad letal que acabará con su vida y con la de los dos gatos de la pareja, "Perejil" y "Orégano". Cuando esto suceda, le echará las culpas al, según sus propias palabras, "putero y pichafloja con el que me casé" y lo tirará de casa para siempre. Sin él y sin sus animalitos domésticos será libre para dejar libre esa marejada ciclónica que albergaba en su interior y fornicar como una concupiscente y lujuriosa demente con su amante y, de paso, ahorrar un montón de dinero en psicólogos cognitivistas. Por lo menos eso es lo que la pobre creerá, porque el papanatas seguirá pasándole la minuta de cada revisión de ojos sin atender a ninguna clase de razones. Al sentirse agraviada de esta forma, la infeliz estomatóloga decidirá a su vez cobrarle los empastes, las ortodoncias y las felaciones, por lo cual él se negará en redondo a practicarle los cunnilingus que tan loca la vuelven. Te adjunto diez minutos de sus vidas en texto. ¡Diez minutos que todavía no han sucedido!

ELLA: ¿Me cobras por una simple graduación de ojos? ¿Tan rastrero y a la vez atrevido te has vuelto? Tu mamá se sentiría orgullosa de haber traído un ciclotímico con inmovilidad tónica de pene al mundo. ¡Y además diastémico!
EL: No te metas con mi diastema. A las mujeres les gusta. Dicen que me da un toque sensual.
ELLA: Animal, diría yo.
EL: Cariño, necesitas que te follen un poco o explotarás...
ELLA: Ya me folla tu hermano. Y mucho mejor que lo harías tú, estúpido hijo de....
EL: ¿Pero si yo no tengo hermanos?
ELLA: ¿Te acuerdas de Federico?
EL: ¿Tu loquero?
ELLA: No es loquero, es neurólogo y psicólogo.
EL: Siempre me hizo gracia ese tío. ¿Sabes que es gay?
ELLA: ¿Cómo que es gay?
EL: Si, gay. Ya sabes, marica...
ELLA: Conozco perfectamente el significado de la palabra gay.
EL: Pues eso. Es gay. Pero que me querías decir de él...
ELLA: No es gay.
EL: Si es gay.
ELLA: No es gay.
EL: Si es gay. Y si continuamos así esto parecerá un guión de Almodóvar.
ELLA: Me acuesto con él desde hace dos años y te puedo asegurar que no es gay.
EL: Bueno, eso me confesó una vez mientras retozábamos juntos en tu colchón viscoelástico.
ELLA: No es viscoelástico. Es de látex natural. ¡Siempre supe que eras un marica despreciable!
EL: No soy marica.
ELLA: Sí eres marica.
EL: Cuando me junté contigo era heterosexual, pero después de hacer el amor varias veces me transformé en bisexual convencido. Menos mal que ya no te tengo que ver desnuda o acabaría manflorito.
ELLA: Eres un maldito hijo de perra dendrofóbico. Voy a matarte. Voy a matarte.
EL: No soy dendrofóbico.
ELLA: Eres dendrofóbico.
EL: No tengo miedo de los árboles, sólo que me recuerdan una experiencia que tuve cuando era un chiquillo...
ELLA: Deberías crear una fundación llamada "Estúpidos en acción"...
EL: ¿Y me lo dices tú, que tienes una tendencia infantil a poner nombres de hierbas aromáticas a los animales y a la gente? Por cierto, el tomate no es una hortaliza, es una fruta, so mema...
ELLA: Imbécil sádico y antropomorfista.
EL: No soy antropomorfista.
ELLA: Sí eres antropomorfista.
EL: No soy antropomorfista.
ELLA: Sí eres antropomorfista.

Es una lástima que la mayor parte de las relaciones humanas acaben de esta manera. Con bochinches y vejaciones a partes iguales. Quizá si nos relacionáramos sentimentalmente con animales la cosa fuera mejor. Pero claro, antes habría que cambiar las leyes. Una vez conocí a una tipa que se acostaba con su carpa de colores. Hasta que ésta murió asfixiada mientras hacían alguna guarrada no apta para miembros de Opus Dei. En fin, creo que lo mejor es permanecer sólo y atento hasta que llegue la hora final. ¡Joder! Como odio las palabras acabadas en "nal".


Un besazo.