sábado, 21 de septiembre de 2013

Email del 21 de septiembre 2013

Damien Hirst. For the love of God


Hola:


Dios sigue siendo mi chulo, pero ya no obtiene beneficios cuando me prostituyo. Quizá si comenzaras a plantarle cara, las cosas empezarían a cambiar. ¿Qué puede hacer si te niegas a darle su parte? Nada. Absolutamente nada. Juega con tus temores, de la misma manera que lo haría un gatito con una madeja, pero por dentro, sabe que su poder reside en el miedo. Y este puede ser definido. Recuerda que si algo tiene definición, es que existe, o existió, o es posible que pueda o vuelva a existir, por lo tanto puede ser derrotado.

Dios es un asesino. Es tan cobarde que sus víctimas no podrían reconocer sus rasgos, pues siempre que saca el cuchillo esconde sus facciones tras un pasamontañas de falsa humildad, de amor adulterado, de destino irremediable. Pero eso no le impide regodearse en su maldad gratuita. ¡No le dejes entrar nunca! ¡No le abras la puerta! Tienes que aprender a decir que no. Podría enseñarte las heridas de sus tajos sobre mi piel. Podría pintarrajear con mi sangre sobre tu frente un símbolo de esos que los idiotas inventaron para tratar de convencerse a sí mismos de que él es el poder y la gloria y tú sólo eres su marioneta, su puta circunstancial.

Dios come niños. Sus padres se los entregan para pagar las deudas. A veces, cuando se le atraganta una víscera en los incisivos, utiliza sus tendones como mondadientes. Sus digestiones son pesadas porque se traga incluso la ropa y sus juguetes. Después reposa su barriga flácida sobre la cabeza de alguno de sus súbditos, mientras que otro le canta salmos de alabanza que lo sumen en un estado narcótico del que sólo despierta para volver a repetir ordenadamente el ciclo. ¡El ciclo de alcahuetería, asesinato y antropofagia!


Un beso

lunes, 16 de septiembre de 2013

Email del 16 de septiembre 2013

Lucio Fontana. Concetto spaziale attese (1965)

Hola:


No.

Insatisfecho.

Acobardado.

Ojalá.


Besos

domingo, 15 de septiembre de 2013

Email del 15 de septiembre 2013

Will Barnet. Polly minou and eon (1979)

Querida:


En el año 87 yo trabajaba en un zoo en Alicante y vivía en un chalet con mi novia de entonces que era francesa y trabajaba con guacamayos y focas, su ex-novio, que era australiano y además de trabajar con los mismos animalitos que su ex le daba al tequila de lo lindo, y una amiga de ambos, de nacionalidad británica, pero con antepasados selenitas, a juzgar por su demencia. La verdad es que la convivencia era correcta, nos divertíamos mucho y llegó un punto en que todos, incluidos los psitácidos y los fócidos, nos convertimos en grandes amigos y hacíamos casi todo juntos. Uno de los guacamayos era un experto cantante y a través de duros ejercicios había llegado a aprenderse enteras seis o siete canciones, que entonaba constantemente y nos hacía partirnos de risa. Sobre todo cuando iba fumado. Porque le encantaba el humo del hachís. Siempre que alguien se fumaba un porro, el pájaro se posaba en su hombro o en su cabeza y aspiraba todo el humo que sus pulmones eran capaces de oxigenar. Generalmente pillaba unos pedos tan grandes que mezclaba las melodías y las letras de las canciones transformando el resultado en una especie de cacofonía sandunguera que me recordaba vagamente a algunos temas de Raphael.

Un día vinieron de visita cinco amigas de la inglesa y como les gustó el clima de concordia y coleguismo, decidieron quedarse a vivir sine die, por lo que el número de fumetas pasó de cuatro a nueve. La ampliación numérica no sólo afectó a nuestro cantante alado, sino también a las arañas que vivían en las paredes, las cucarachas que algunas noches correteaban por el cuarto de baño e incluso a un ficus que adornaba el comedor y que decidió crecer en forma horizontal. Recuerdo un día que vino un vendedor de "El círculo de lectores" y cayó desmayado en el recibidor. Cuando logramos reanimarlo, lo primero que salió de su boca fue un "bésame la manita, por favor". Supongo que el tipo era especialmente sensible al THC y su cerebro se bloqueó momentáneamente. Me imagino que salvo en Ketama, en ningún otro lugar del mundo olía tanto a Cannabis y derivados.

Creo que fue por agosto cuando nuestro número de habitantes volvió a incrementarse. De repente y sin previo aviso se presentaron el novio jamaicano de una de las chicas y tres seres más de diferentes sexos y procedencia. Ahora éramos 13, y ese número nos sacaba de quicio a algunos, por lo que decidimos invitar a vivir a una ex-prostituta que se trajo con ella a su amante y a sus dos perros. Uno de los canes, que obviamente era hembra, llegó con una barriga tan abultada que ese mismo día parió a ocho preciosos cachorritos, que nacieron en el mismo instante en que al loro cantor le dio por imitar a un murciélago mientras recitaba un mantra espacial.

Cuando comenzó el invierno, nuestro chalet se había convertido en una especie de Arca de Noé patrocinada por Sensiseeds y hasta la alfombra de bienvenida empezaba a padecer serias alucinaciones. Una noche, un grito de terror nos sacó a todos de la cama. La ex-prostituta salió corriendo desnuda de su habitación -que también era el cubil de varios humanos más- gritando aterrada que una bufanda había intentado chuparle la oreja. Tuvimos que tranquilizarla a base de sopapos, porque no dejaba de berrear y teníamos miedo de que los vecinos llamaran a la policía. Al final logramos calmarla, nos liamos un canuto de 12 papeles y regresamos a nuestras respectivas camas. Yo me equivoqué y me acosté con uno de los perros y el jamaicano decidió probar qué podía sucederle si dejaba de respirar durante diez minutos. No voy a contarte lo que pasó después, porque no es indispensable para hacer avanzar la trama de este email, pero puedo adelantarte que su leptomeninge ya nunca volvió a ser la misma.

Sinceramente, no sé por qué te cuento esto. Es posible que la vejez, que se descuelga como una cortina rota cada día, me obligue a contar batallitas para sentirme vivo y útil. O es posible que las dosis de galato de propilo que tomo cada día en los alimentos envasados hayan fundido mi consciencia y ésta necesite volver a estados anteriores para confirmar que ya no hay remedio.

Sea lo que fuere, me he divertido mucho recordando momentos de mi vida en los que era mucho más feliz de lo que soy ahora o de lo que podré llegar a ser en el futuro.


Un besazo

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Email del 11 de septiembre 2013

Craig Larotonda

Amiga mía:


Un elevado número de imbéciles está convencido de que fue Dios, y no la selección natural, quien creó la vida y la muerte o lo que es igual, el principio y el fin. La existencia, ese invento biológico fomentado por un conjunto de casualidades y, que gozó de verdadero éxito durante millones de años, comenzó a degenerar cuando, no hace demasiado, a un puto mono se le ocurrió erguir su cuerpo repleto de pelos. Desde entonces, al igual que la vellosidad de esos repelentes simios, también disminuyó el futuro de todas las especies que, hasta ese momento habían seguido diferentes caminos evolutivos.

Antes de que los virus aprendieran a mutar y se convirtieran en los perfectos asesinos que son actualmente, ese dichoso mono erguido, -ya sin demasiados pelos cubriéndole la epidermis-, decidió inventar a un ser todopoderoso al que llamó Dios y en el que depositó todas sus esperanzas e incertidumbres. Al principio, ese ser tenía la forma del sol o de la luna, pero con el devenir de los siglos y del poder que confiere la ignorancia, se transformó en ídolos de barro o de madera, con formas bípedas pero con potestad mágica. Y ya nada volvió a ser igual.

ODIO AL HOMBRE. AMO AL VIRUS.
ODIO AL HOMBRE. AMO AL VIRUS.
ODIO AL HOMBRE. AMO AL VIRUS.

Odio al ser humano porque quiere rubricar con un final apoteósico cada uno de los diferentes principios. No le importa en absoluto lo que fue o lo que debería ser. Para él no existe nada más que el presente, y éste se traduce en egoísmo, dominio, autoridad o control.
Amo al virus porque carece de moral. Lo reverencio porque su razón primordial es multiplicarse dentro de las células y trasmitir la enfermedad. Y es esa alteración de la salud la que, de alguna extraña manera, está modificando de una forma completamente perceptible, la expansión de la vileza y ponzoña que acompaña a esa tara de la evolución a la que tanto tú, como yo y el resto de idiotas pertenecemos...por el momento.


Besos

sábado, 7 de septiembre de 2013

Email del 7 de septiembre 2013

Pablo Picasso. Bañista (1908)

Amiga mía:


Hasta el día de hoy, me habían confundido con un asesino en serie, con un travesti y con un sacerdote, pero nunca con un galeno. Quiero contarte lo que me ha sucedido...pero mejor te copio y pego el email que recibí ayer:


Doctor, me dirijo a usted por recomendación de su colega el doctor Cosme Martins García y porque tengo un terrible problema: las toallas van a acabar con mi vida. Pero creo que he sido demasiado directa y es posible que por esa razón usted se haya formado una opinión de mí equivocada. Todo empezó hace aproximadamente dos años. Mi hijo Serafín, que ahora está en la Universidad pero que entonces vivía conmigo se enamoró de una toalla de baño de algodón, muy blanda y esponjosa con un gramaje realmente elevado, lo que la convertía en una de mis toallas preferidas y, por supuesto, la más cara. Hasta que la adquirí, jamás había pagado más de siete euros por una de su tamaño, pero esta, lo crea o no, marcaba 34 euros en la etiqueta de venta, aunque al final, el vendedor me descontó un 10 % por, según sus palabras, la bondad que anunciaban mis ojos, tristes pero avispados. 

A la semana de haber comprado mi súper toalla y después del primer lavado sin suavizante, -jamás utilizo este producto con las toallas, pues reduce la capacidad de absorción del algodón-, Serafín se la llevó con él al baño. Al principio creí que la iba a usar para hacerle un test de calidad dándose una rápida pero reconfortante ducha, pero cuando habían pasado cinco horas empecé a ponerme nerviosa y a golpear la puerta del aseo. Cuando salió con la toalla envolviéndole el cuello como si fuera un gatito de peluche, sentí, como madre que soy, que algo iba mal. Los ojos claros y alegres de mi hijo se habían vuelto rojos y estaban repletos de ira y maldad. Lo primero que dijo nada más salir me dejó anonadada:
-Vieja, esta toalla es para mí. No quiero que le pongas una mano encima. Ni siquiera para lavarla. De ahora en  adelante yo la lavaré. ¿Entendido?
- Pero hijo, es mi toalla preferida. Pagué un riñón por ella- contesté.
-Pues te compras otro riñón. Y no quiero volver a hablar más del tema- me respondió mientras me miraba como si yo fuera un ser del espacio exterior que ha venido a la Tierra a inmiscuirse en sus asuntos.

Durante un tiempo la toalla y mi hijo fueron inseparables. Iban juntos a todas partes e incluso creo que le puso sus apellidos (a la toalla, se entiende). Como ya le he dicho, todo este follón duró hasta que Serafín tuvo que marcharse a Oviedo, a estudiar. De repente la toalla le importó una mierda. Y perdone mi grosera forma de expresarme. Cuando esto sucedió, lo primero que hice fue meter la toalla en la lavadora y darle tres lavados seguidos desde el programa número uno. Si quiere que le sea sincera, en el último de esos lavados sí que utilicé suavizante. La verdad es que todavía no sé por qué lo hice, pero no me arrepiento, pues la toalla volvió a la vida y nadie que entendiera de tejidos, podría haber dicho que era una prenda usada y con casi un año y medio de vida.

Cuando creí que mis problemas habían terminado y pensaba para mis adentros que disponía de un lustro, o más, para disfrutar de la suavidad y del perfecto alisado de la toalla, ocurrió algo que poco a poco sumió mi vida en una terrible desesperación. Cierto día, mientras limpiaba el bidé con Cillit Bang, escuché una serie de murmullos que provenían del toallero. Cuando me acerqué para comprobar qué sucedía, la toalla me sacudió un sopapo que me tiró al suelo. Sí, mi toalla; la toalla protagonista de este relato, real como la vida misma. Cuando me levanté y me froté los ojos para saber si estaba conmocionada por el golpe y lo que estaba viendo era una ilusión óptica, la toalla me llamo puta, perra y malparida. Y prometió que me asesinaría. También se atrevió a gritar que por mi culpa su amor, mi hijo, la había dejado y que mi vida desde ese instante en adelante sería un infierno. 

Y así ha sido. Necesito ayuda o acabaré colgada del aplique de cuarzo del váter. Su colega me ha remitido a usted porque le considera una eminencia en la materia y porque un inesperado viaje a Saturno le va a impedir tratarme. Espero su contestación antes de que todo acabe.


Suya
Alfreda Labordeta


¿Crees que todo es una broma? ¿Tengo que empezar a preocuparme por esta pirada que ni siquiera conozco? ¿Me compro una toalla?


Abrazos

jueves, 5 de septiembre de 2013

Email del 5 de septiembre 2013

Lucian Freud. Eli (2002)

Amiga:


Sofi y su perra Ro pasean por la calle. La dueña es esquizofrénica y matará a alguien en un futuro no demasiado lejano. Ro es una suicida en potencia y se traga las piedras y algunos cantos rodados. Mientras caminan hacia arriba, una cuesta hacia abajo les espera en la próxima esquina. Las paredes de los solares se estremecen cuando pasan, pero eso a ellas no les importa. Sofi y su perra Ro recorren las aceras. La humana colecciona sus propias mentiras y las guarda envueltas en papel de celofán en una cajita de cartón que lleva sus iniciales escritas en la tapa. El animal intenta agradar a los clientes de su propietaria, porque es la única forma que conoce de comprar sus caricias y al mismo tiempo evitar palizas.

Sofi y su perra Ro dialogan. Pero no lo hacen para sentirse vivas, sino para escupirse los lamentos la una a la otra. Mientras gimen y se consuelan, una especie de luz de color indefinido las rodea. Sofi grita y maldice a sus santos. Ro gruñe mientras recuerda a sus hermanos muertos. Todos fueron asesinados en el rio. Los santos de Sofi la han abandonado. Como todos, la han abandonado. Los espectros de los cadáveres de los cachorritos opacan el brillo de la mirada de Ro, que está congelada como un iceberg.

Sofi y su perra Ro están perdiendo la partida. El ama ha apuñalado hasta la muerte a quién en otro momento fue su amiga y confidente. Mientras se le escapa la vida, Ro derrama una lágrima por las piedras y cantos rodados que ya nunca podrá meterse en la boca. Sofi se ha tragado varias cajas de pastillas. Ahora se mira al espejo, pero su forma humana no tiene contornos. Carece de forma. La sustancia está regresando al lugar que pertenece. Por eso, mientras cae al suelo y un ruido sordo y físico certifica que ya ha muerto, algunas de las sombras que un día reunió se han parapetado tras una mancha, que no es otra cosa que pura inexistencia.


Un abrazo

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Email del 4 de septiembre 2013

Zdislav beksinski. Untitled

Hola:


De entre todos los seres repulsivos que he tenido la indignidad de conocer -y créeme, he conocido a unos cuantos- hay uno que encabeza claramente la siniestra relación. No sé su nombre. No puedo ponerle un rostro porque nunca lo he tenido delante. Ni siquiera soy capaz de adivinar su sexo. Pero sé que existe. Puedo notar su presencia, que me incomoda. Puedo escuchar sus carcajadas argentinas, irreales, ficticias. A veces noto cómo mueve los objetos, quizá en un vano intento de que abandone la casa -mi casa- gritando como lo haría una niña de cuatro años que ha descubierto a su perrito muerto. Pero no lo va a conseguir. Temo su presencia más que cualquier otra cosa, pero también tengo miedo de lo que hay, de lo que vive y se reproduce fuera de lo que algunos llaman "mi cubil". No voy a moverme. Nunca saldré de mis límites. Tengo que acabar con él. Tengo que acabar con él. Tengo que acabar con él.

"Este hogar es sagrado
así como cada una de las estancias que lo componen.
No lo mancilles con tinieblas y oscuridad
ni faltes al respeto que cada pared merece"

He colgado esa especie de oración compuesta bajo el terror que me produce saber que no vivo solo. La he enganchado con una chincheta en el tabique más cercano a la puerta de entrada, que también es la puerta de salida. Cada vez que pase por allí y la lea me sentiré reconfortado y biológicamente orgánico. Supongo que Él la arrojará al suelo pronto, pero yo volveré a recolocarla todas las veces que haga falta, porque no se puede sobrevivir sin incrementar cada esfuerzo. Ahora estoy delante de una ventana abierta. La luz que entra desde fuera me anima y envalentona. Desconozco a qué hora volveré a convertirme en una gallina. Supongo que sobre las siete, que es cuando empieza a anochecer. Hasta entonces soy un osado, un valiente. Y puedo ser capaz de exprimir el magma de ese espectro o aparición, o como diantres pueda ser llamado, o definido, temido, odiado, maldecido, rechazado...


Acabo de tener una estupenda idea. Me hubiera gustado tener algunas más, pero mi cerebro está atenazado por el pánico, pues muy pronto oscurecerá. Imaginemos que ese ser, esa especie de pesadilla concreta y definida transformada en sensación paralizante, sólo existe en mi cabeza, oxidada por la herrumbre que proporcionan tantos años de soledad y odio. Si fuera así, ¿acaso alguien o algo va a salvarme del final que se prepara? Yo soy el único resultado de mi Todo y de mi Nada. Tanto la totalidad como la carencia son infinitas, pues yo no les impongo ninguna restricción. Por esa razón he decidido anticiparme a lo que tiene que ocurrir, simplemente porque está escrito en alguna parte.


X

martes, 3 de septiembre de 2013

Email del 3 de septiembre 2013

Keith Vaugh. Evolution revolution (2009)

Hola:


Puede que no sea más que una manifestación senil, pero me siento incapaz de hablar con el 99 % de la gente que me rodea. La razón es que están muy por encima de mí y no me gusta mantener conversaciones que traten materias tan intelectuales como lo dura que está la vida, el trasero prieto y perfectamente formado de algunas mujeres, o el tuneo espectacular del coche del primo hermano de fulanito. Si alguna vez acabo hablando de semejantes temas, o de otros parecidos, quiero que me claves un cuchillo de cocina entre los dos pulmones, más o menos por encima del diafragma. Y si me dejas elegir, me encantaría que me apuñalaras con ese cuchillo jamonero con mango azul con el que preparas la ensalada de lechecillas, que tanta fama te ha dado como cocinera cárnica de arrabal y por la que todavía te felicitan los ex veganos valencianos.

Odio admitirlo, pero cada día que pasa me vuelvo más feo. Si sigo así, llegará un momento en que sólo podré trabajar en el tren del terror o como cupletista freelance. Claro que siempre puedo unir ambos oficios y convertirme en el monstruo cupletista que asusta a las chonis jovencitas que, ávidas de sensaciones fuertes, se montan en la atracción de feria llamada "El tren de la bruja" or something like that. Por cierto, ayer leí un interesantísimo ensayo sobre los mascachapas y las chonis en el que se demostraba con pruebas difíciles de rebatir, que uno de cada cuatro de esos idiotas moja la almohada con sus babas. Y que las abuelas de un 57 % de esos cretinos todavía visten con un horripilante chongo en la cabeza.

En mi opinión, al mundo le quedan tres años y medio para su completa, y por otra parte necesaria, destrucción. Por eso creo que lo mejor que podemos hacer los chimpancés más avanzados cerebralmente es diseñar nuestras propias muertes. Poco o nada importa que tu tía Adela se haya sometido a una complicada Hepatectomía laparoscópica; al final su hígado no será el responsable de su defunción. ¿Qué más da que su hija Adela II padezca un cáncer terminal de úvula? El fin será el mismo para todos: el descanso merecido. Por mi parte, he comprado en un chino un pequeño arcón de madera que hará de caja canópica cuando me ahorque y, por supuesto, cuando el tipo al que he contratado introduzca allí mis vísceras.


Un beso