lunes, 29 de octubre de 2012

Email del 29 de octubre 2012

BettyTompkins, Cow Cunt Painting. 1976


Hola:

Por algún motivo chiflado e indefinido me ha venido a la cabeza hace un rato un chiste parido en el vodevil de principio del siglo anterior por un cómico lunático sin nombre, pero que resume, de alguna manera, la verdadera y por otro lado vulgar, aspiración humana, es decir, la lucha desgarradora contra la soledad y la incomunicación.
-"Me he enterado de que has comprado varios cerdos"
-"Sí he comprado algunos cerdos."
-"¿Y a cuánto los has pagado?"
-"Los he pagado a cien pesetas cada uno."
-"Bueno, ¿y qué piensas hacer con ellos?"
-"Creo que los tendré por ahí y en primavera los venderé a 100 pesetas cada uno."
-"Si los vendes por la misma cantidad no tendrás ningún beneficio."
-"Cierto, pero habré pasado el invierno acompañado."

¿No crees que define a la perfección el anhelo existencial básico y primitivo de todos los individuos que han vivido, viven y vivirán en este planeta añoso y maltratado? Naturalmente, y te habrás dado cuenta, he vuelto a generalizar, pues existen un pequeño número de sujetos de ambos sexos y diferentes razas, algunos locos, otros cuerdos, que veneran el aislamiento como único remedio para no contraer ese enfermedad mortal y que se trasmite por medio de la palabra, llamada estupidez y que es mi tema recurrente.

Hasta hace bien poco, mi deseo fundamental, puede que el único que me permitía integrarme en sociedad, era utilizar el casi olvidado don de la delicadeza exquisita para abrir las piernas de las mujeres, mientras que un par de kilómetros de lengua húmeda y escrutadora se restregaba con fruición por lo que yo llamo "misterio existencial", aunque para otros menos cursis o con menos solera imaginativa, no sería más que un coño, una figa, un chichi o un chocho, la chirla, el conejo, la vulva, el potorro o el chumino, la almeja, el chirri, el fleco o la concha, la cangrejera, la panocha, la cuca, la micha, la pucha, el toto, el papo, el chango, el hoyo, la molleja, el mico, la cona o la cuchufleta.

Está claro que llevando al extremo esa pasión no hacía daño a nadie, pero siempre llegaba un momento en que tenía que hablar, demostrar, casi siempre mentir y en ocasiones arrepentirme, eso sin contar que me gastaba un dineral en colutorios o enjuagues bucales y que a veces, cuando despertaba en habitaciones ajenas, una incómoda sensación de traición a la individualidad y libertad personal me recordaba la verdadera definición de las palabras "miserable" y "vendido".

Ahora ya no lamo más que sellos, y eso cuando devuelvo alguna factura. Siguen gustándome los misterios, pero detesto interactuar para conseguir el objetivo. Prefiero usar la imaginación de la forma más sucia que conozco, sin palabras, con gruñidos animales de satisfacción y movimientos perpetuos perfectamente concebidos. No malgasto el tiempo diseñando rostros y sobre todo, soy libre de parar cuando quiero sin tener que recurrir a las caricias y el cariño. ¿Me estoy convirtiendo en un monstruo? ¿O quizá la soledad autoimpuesta y llevada hasta límites extremos no es más que una forma subliminal de inteligencia?

Hay otro chiste viejo que me ronda la memoria: un tipo entra en un restaurante y le pregunta a la camarera, "¿tiene patas de cangrejo?", a lo que ella responde "no, cojeo por culpa del reuma". ¿Acaso no cojeamos todos por una u otra razón? A veces me pregunto la causa de tanta exigencia. Exigimos limpieza, integridad, simpatía, control y perseverancia, pero mientras reclamamos esas quimeras transformamos las preguntas en respuestas, las acciones en indiferencia y los deseos en apatía. Y aún tenemos la cara dura de avasallar a los que no están de acuerdo y huyen como de la peste de ese principio de acción y reacción diseñado para hacernos sentir creaciones perfectas, adalides de la utilidad o simplemente máquinas expendedoras de falsa e imperfecta sociabilidad. Nuestra sociedad, por lo menos la que con paciencia y perseverancia hemos creado y que se alimenta de los cuerpos en descomposición de cada uno de los elementos que la componen, está destinada a crear engendros deformes o mártires inmaculados. Ya no existe el término medio. Ya no existe ninguna forma de dignidad humana. Vivimos en un universo desechable. Amamos, matamos, follamos, mentimos y robamos con una configuración anónima. El gozo épico en forma de alabanza por considerarnos polvo de Dios no nos redimirá del holocausto final. Las mismas cenizas que transforman nuestras pretensiones ocultarán la tierra quemada y la herencia de las razas, los linajes, la alcurnia o la estirpe. Todos moriremos de la misma manera. Poco importa que descendamos de soberanos, opresores o beatos. Nuestra carne purulenta y corrompida alimentará a la misma fauna hambrienta.

Soy consciente de que me repito; incluso me repito al repetirte que me repito, pero no puedo hacer otra cosa. Me gustaría no reincidir en la misma miseria, pero no sería más que otra mentira, otra ficción cuidadosamente proyectada para evidenciar lo injustificable. Creo que estoy llegando a ese punto sin retorno en el que no tengo más remedio que disfrazar los razonamientos para no sentirme culpable. Es posible que sea el responsable de mis propios idealismos, estoy de acuerdo, pero desafortunadamente no dispongo de otros. En estos instantes me aferro a ellos con insistencia pegajosa y afán redentor, con modales arriesgados y suicidas, pero con esperanzas discretamente silenciosas.

Ahora debería acabar con otro chiste, pero no quiero resultar tan previsible.


Un abrazo.

sábado, 27 de octubre de 2012

Email del 27 de octubre 2012

Albert Bierstadt, Evening on the prarie. 1870


Querida:


Son las tres de la madrugada y no puedo dormir, así que he decidido planchar un par de textos y escribir un pantalón. No existe nada en este mundo que me exalte más los nervios que planchar la ropa, si exceptuamos la acción de tratar de mantener una conversación coherente con mi padre. La última vez que lo intenté acabé sudado y con aspecto derrotado. Por supuesto, me refería a la última vez que planché ropa, aunque también podría aplicarse a la última vez que intenté conversar con mi progenitor. De hecho, prefiero que me extraigan cuatro muelas seguidas, antes de volver a intentar alguna de esas dos actividades. ¿Para qué sirve exhibirse con la ropa totalmente lisa y estirada si por el contrario es el cerebro el que está parcialmente arrugado? ¿Quizá para aparentar lo que uno no es y lo que jamás, pase el tiempo que pase, podrá llegar a ser? Me parece una imbecilidad digna del homo sapiens que la gente cuide su exterior hasta límites que rayan en la demencia absoluta, mientras no se preocupan un comino por lo que incuban en sus interiores. Yo he planchado unos putos pantalones como ejercicio fóbico para lograr algo parecido al sueño, pero puedes estar segura de que mañana, antes de ponérmelos, procuraré arrugarlos saltando sobre ellos mientras maldigo el semen primigenio, ese que, de alguna forma, arrastró a una pobre célula inexperta a convertirse en un simio repleto de pelos que, en el curso de la evolución, transmutó en humano y empezó a coleccionar carencias, vicios y enfermedades.

En cuanto a mi padre, sé a ciencia cierta que no se plancha su propia ropa, pues tiene una esclava que lo hace. Pero aunque su "negra" denegara el placer de asearle la ropa, estoy seguro de que jamás conseguiría planchar ni una arruga sin antes haber sufrido quemaduras de segundo y tercer grado en las manos, pues me imagino que plancharía con estas, aunque conociéndolo, no me extrañaría nada que lo hiciera con los testículos. Pero esa es otra historia, la historia de mi familia paterna, y de momento no voy a entrar demasiado en ella.

Acabo de abrir un bote de coca cola light. Me gusta notar el amargo sabor a pipí de castor en el gaznate, pues a eso sabe esta americanada burbujeante repleta de aspartamo. Entonces ¿por qué diantres la bebo? Bueno, ya me he contestado, porque sabe a meado de roedor semiacuático, pero sobre todo porque me produce bonitos y molestos flatos. No olvides que, como persona adulta y que ha vivido lo suyo, soy mi peor enemigo y me jacto de eso a todas horas y en cualquier parte. Claro está que todavía no me odio lo suficiente pues si así fuera sustituiría la Coca cola light o zero por Red Bull y entonces las flatulencias se convertirían en Napalm B.

Creo que estoy divagando, pero a estas absurdas horas de la noche ¿qué otra cosa puedo hacer? Podría ponerme un film de Pierre Schoendoerffer y disfrutarlo hasta el paroxismo, pero me niego a sacar provecho de mi absoluta incapacidad para mantenerme cuerdo a ciertas horas intempestivas. De hecho, me niego incluso a comportarme como un auténtico cafre hasta que la oscuridad se transforme en eso que los poetas llaman crepúsculo matutino y que tanto odian los ladrones, los murciélagos y los violadores.

No me extrañaría lo más mínimo que después de leer este email empezaras a tontear con los antihistamínicos, pero creo en lo más profundo de mi corazón, que es mejor que mis textos te produzcan alergias y no insuficiencia cardiaca. Lo que está claro es que por un azar del destino, llámalo casualidad fatal o como te apetezca, te ha tocado aguantar mi pesada e insoportable vigilia. Es posible que gracias a esta dura prueba, puedas sentirte realizada el resto de tu vida, pero también es probable que te cagues en mis antepasados. Por mi parte, sólo puedo agradecer tu infinita paciencia, pero si quieres sacar algún provecho de mi extraña e impoluta amistad, podrías tratar de vender tus memorias. Claro que antes tendrías que escribirlas. Ya sé que es un trabajo odioso -escribir la biografía, no cultivar mi amistad- pero te verías ampliamente recompensada a la hora de firmar autógrafos y cobrar royalties. ¡No olvides que conocerme es amarme!

Son cerca de las cuatro y me apetece un montón aporrear las paredes en sol menor. No lo hago porque desconozco la afinación correcta de los tabiques y muros. Pero partiendo de la base de que son instrumentos de percusión de altura indefinida, pues producen notas no identificables, y que el sonido que originan al ser golpeadas es similar al que produce una roca metamórfica al ser masticada por un hipotrago troilista, quizá debería intentar una afinación similar a la utilizada por el Aquaggaswack, ese extraño instrumento confeccionado con tapaderas de ollas que suena como si varias abuelas enajenadas y al unísono estrellaran sus cocidos contra las cabezas de sus yernos infieles.

Sigo escribiendo sandeces y todavía faltan algunas horas para las siete en punto, que es el momento en que suelo caerme en la ducha. Si no te tiemblan las piernas de pensar que aún pueden quedarme tres o cuatro párrafos más por componer, es que eres un ser especial y tremendamente valiente o simplemente ya estás de vuelta de todo. ¡Caray! al escribir la palabra "vuelta" he sentido unas repentinas ganas de prepararme una tortilla y si no corro a la cocina a batir y freír unos huevos ahora mismo es porque abrir mi nevera significa luxación de hombros asegurada debido a la desorbitada acumulación de hielo. Pero me gustaría que supieses que a los 19 años me presenté a un concurso nacional de omelettes en Lyon (Francia) y gane un accésit de consolación con mi "tortilla endomorfa de 7 huevos y medio".

Si no fuera porque estoy dopado con varios somníferos de primeras marcas que no han cumplido con el cometido para el que han sido diseñados, juraría que he tenido una alucinación, pues no se me ocurre otra manera de llamar a la visión de cinco cucarachas desgreñadas y llenas de tatuajes interpretando canciones de los Rolling Stones. Particularmente, he agradecido la versión que han hecho de "Sympathy for the devil", aunque ha habido un instante casi al final del tema en el que el redoble en el charles que el blatodeo Watts se ha sacado de la manga me ha parecido gratuito y vergonzoso.

¡Por fin son las seis y media! Creo que voy a saltar de alegría, pero ¿y si mientras brinco me cargo una baldosa? Dejaré la celebración para otra jornada. De momento voy a cumplir a rajatabla el ritual diario por el cual me hice famoso en el frenopático de Oullins, a sólo unos pocos kilómetros de Lyon (Francia) hace algunos años. Primero me quito el pijama mientras interpreto una versión psicótica del tema de Los Amaya titulado "Vete". Después del streep tease integral corro de un lado hacia otro de la casa hasta que me golpeo en la cabeza con el ambientador automático Air Wick y siento la imperiosa necesidad de darme una reconfortante y satisfactoria ducha. Una vez finalizada ésta, intento ponerme en contacto con los entes astrales por medio de la taza del inodoro, pero como casi nunca me contestan, me visto, desayuno y me transmuto en persona cabal y responsable.


Besos, abrazos y ácido acetilsalicílico.

viernes, 26 de octubre de 2012

Email del 26 de octubre 2012

Gürbüz Doğan Ekşioğlu


Hola, corazón:

Creo que es la tercera o cuarta vez que dejo de fumar en estos dos últimos años. Estoy tan acostumbrado a hacerlo que ya no me cuesta ningún esfuerzo abandonar este mortal y carísimo vicio; es como alejarse de una amante que de repente ha dejado de asearse, tú ya me entiendes. De momento, he sustituido el tabaco por caramelos y mala leche, pero supongo que un par de días todo volverá a la normalidad y podré sonreír a la gente sin tener ganas de seccionarles el tronco braquiocefálico con un buril.

Ayer, mientras decidía sobre varios aspectos de mi vida con los cuales creo que debería esforzarme un poco más, noté un repentino y seco golpe en el cerebro; al principio creí que una vena importante de mi cuerpo había estallado, pero unos minutos después, cuando logré tranquilizarme, una sensación reconfortante y placentera narcotizó mis temores y endulzó cada una de mis sensaciones. Era mi Satori interior susurrándome una canción de luz refulgente. Ahora ya sé lo que debo hacer: voy a tratar de desterrar de mi vida todo lo que no sirva para algún propósito concreto o pueda llegar a convertirse en un inconveniente. Por esa razón, he empezado a redactar una lista de vicios, actitudes y amigos o conocidos a los que he de aplicar una especie de Damnatio memoriae urgente y definitiva. Entre los vicios, me alegraría si fuera capaz de desterrar para siempre los chicles, los caramelos y los croissants, mis únicas depravaciones actuales, o por lo menos, las únicas de las que puedo hablar libremente sin sentirme vigilado o cohibido; por otro lado, tengo tantísimas actitudes que cambiar que enumerar unas pocas sería un ejercicio tan dificultoso e inútil como intentar domesticar un cocodrilo marino por medio de besos y caricias. En cuanto a los amigos, ya he borrado de mi vida a bastantes, pero en estos dos últimos meses, he llegado a batir mi propio record. Adiós Elena, adiós Eva, hasta nunca Sol. Podría escribir algunos nombres más pero ¿qué ganaría con eso?

Desde hace algún tiempo, habrás observado que mis emails se han acortado sensiblemente en tamaño y originalidad. Existe una razón lógica para esta tacañería desordenada: cada día que pasa me cuesta más trabajo pensar o llegar a una conclusión que no me estorbe mientras alegremente cambio de opinión. En otras palabras: lo que hace diez minutos tenía algún valor circunstancial y de alguna forma, corroboraba que soy medio humano, puede que en estos instantes no sea más que una ilusión óptica en la mente de un idiota hecho a sí mismo con mucho tesón y esfuerzo. Me gusta cambiar tanto de criterio como de calzoncillos, pero mientras estos últimos se decoloran y pierden elasticidad progresivamente, los criterios, erróneos o auténticos, limitados por una tremenda falta de perspectiva o incluso engrandecidos por lo que mi abuela Rufina llamaba "espíritu de contradicción", siempre permanecen en el tiempo; por supuesto, mientras uno tenga el suficiente poder como para convencer a los que le rodean que no son más que unos badulaques necesarios.

No sé si me he explicado bien, pero tanto si mi microdisertación ha sido de una genialidad desconcertante o por el contrario, digna del cerebro de un ratón marsupial al que han sometido a varios tratamientos de shock, me es indiferente. ¡Todo me importa nada! Y eso es parte de mi planteamiento mental actual. Tengo otros planteamientos de reemplazo, pero los guardo para cuando me haya convertido en un ser realmente insoportable.


Besazos.


PD: En cuanto a lo de la canción de luz refulgente, debo señalarte que aunque estoy tan lejos del budismo Zen como de los cristianos y los borregos que les siguen, siempre será mejor eso (el satori) que una molesta diverticulosis.



sábado, 20 de octubre de 2012

Email del 20 de octubre 2012

Gregory Thielker, Vortex. 2008



Querida:


En mi adolescencia y parte de mi juventud fui músico, eso ya lo sabes, y me encantaba componer canciones, de hecho yo era el autor de la casi totalidad del repertorio de un grupo. Generalmente, componía la música, aunque a veces también la letra. Por aquellos años, yo estaba completamente enganchado al Hare Krishna y la mayor parte de los pocos textos que intentaba, cuando no estaba demasiado ocupado intentando extraer melodías de algún punto del Cosmos, trataban sobre ese movimiento religioso. Podrías pensar que estaba demasiado influenciado por George Harrison, pero no es así: aunque me gustaban los Beatles, mi iniciación espiritual no fue culpa de ellos. Actualmente, soy ateo apóstata y me produce cierta vergüenza mi forma de pensar de aquellos años. Pero la juventud implica imbecilidad y tontería a partes iguales y aunque no es algo de lo que me sienta especialmente orgulloso, de nada serviría convencerme de que aquello no ocurrió. Recuerdo una canción que compuse a los 16 años cuya letra, absolutamente penosa pero emocionalmente sincera, se podría aplicar al día de hoy:

Fuera hace frio y llueve, llueve.
Yo estaré en casa toda la tarde,
y pensare en ti
y pensare en ti
y pensare en ti
Oh Maya

Oigo las gotas de agua
golpear mi ventana
como si me avisaran de algo...

Hare Krishna Hare Krishna
Krishna Krishna Hare Hare
Hare Rama Hare Rama
Rama Rama Hare Hare


Ya no recuerdo más. Maya es una Diosa perteneciente a la cultura hindú y budista. Es la señora de la creación y representa la ilusión, pero también el engaño, la falsedad. Yo era muy joven e inexperto y pensaba que todos los dioses védicos necesitaban su canción, así que le dediqué una a esta deidad a la que realmente había que temer. Pero no quiero que creas que estoy dejándome llevar por un estúpido e irreconciliable déjà vu. Te cuento esto porque el día de hoy es lluvioso, oscuro y con tormenta, y en la calle hace bastante frio. Te cuento esto porque seguramente no saldré de casa hasta mañana y me dedicaré a pensar, pero no en Maya, Manitú o incluso Jesús, sino en la forma más apropiada de encauzar el futuro, o lo que todavía me pueda quedar de él. Al mismo tiempo que organizo la jornada y mientras te escribo estas atolondradas líneas, las gotas de lluvia golpean furiosas los cristales de las ventanas. Es como si hubieran decidido romper el vidrio y permitir que la naturaleza entre en mi casa, en mi vida, en mi corazón.

Lo que sí recuerdo de la canción es la armonía, fabricada con los movimientos de los dedos jugando con el acorde Re en los trastes segundo y tercero. Es increíble la cantidad de melodías que se pueden sacar permitiendo a los dedos juguetear sobre esa posición. Desde entonces, nunca he intentado volver a tocarla, es más, hasta hace 15 minutos no me había vuelto a acordar de ella, pero estoy seguro de que si cojo la guitarra y lo intento, saldría perfecta a la primera. Desde luego no pienso retroceder al pasado interpretándola, aunque sí tocaré algo con la guitarra, lo que surja en ese momento. No existe nada tan perturbadoramente agradable como dejar que los dedos recorran el mástil sin pretensión artística; es como una visita al psicólogo pero sin tener que remunerarlo y sin sufrir el ahogo que produce rememorar imágenes o pensamientos pasados.

Son casi las 10 de la mañana y las plantas que viven en mi balcón están completamente cubiertas de gotas. Algunas de esas gotas brillan cuando las observo, otras, por el contrario, se ocultan entre las hojas y los tallos. Me siento feliz porque el agua de las nubes ha reverdecido mi jardín, pero al mismo tiempo no puedo disimular la tristeza que me produce pensar en mi amiga, su accidente y los resultados. Es una sensación rara, pues la comisura de mis labios no tiene claro qué dirección tomar y mi cerebro, bloqueado, escarmentado y herido no ayuda demasiado. Creo que lo mejor será que acabe con este email, o me pondré melancólico y no pararé de escribir ridiculeces que me atormentarán si en un futuro las releo.


Saludos.

viernes, 19 de octubre de 2012

Email del 19 de octubre 2012

Richard Prince, Nurse Series, 2004


Hola:

Me quedan unos 20 minutos para salir hacia el dentista, mientras espero voy a tratar de explicarte lo que hice ayer: prácticamente nada, como suele ser habitual en mí en estos últimos meses. Bueno, por la tarde aun practiqué trabajos manuales, pues construí, más que nada para matar el tiempo, un muñequito vudú con mi cara. La verdad es que nunca he creído en esas paparruchas, pero te puedo asegurar que funcionan, aunque no como uno esperaría, pues cuando clavé el alfiler en la cabeza sentí un dolor punzante y bastante insoportable en la rodilla. Claro que todo pudo ser una casualidad y realmente tengo un cáncer de rótula. No sé, quizá no puse el empeño suficiente en la fabricación del monigote pero no me no importa, esta tarde lo retocaré e intentaré superarme.

Por lo demás, el día fue una perfecta repetición de los anteriores: compaginé la euforia con el estancamiento emocional y por la noche, antes de acostarme dediqué media hora a perfeccionar mis maullidos. Ah, claro, ¡no te lo he contado! Llevo aproximadamente un mes maullando a ciertas horas para molestar a mis vecinos. Aunque al principio no me salían bien y más que los de un gato parecían los lamentos de Santa Teresa, poco a poco he ido cogiéndole el tranquillo y ahora es imposible distinguir los sonidos que salen de mi laringe de los de un minino sietemesino.

Ahora te tengo que dejar. Esta tarde si me siento con ganas volveré a escribirte. El odontólogo me espera para hacerme una masacre y no me gusta hacer esperar a los carniceros, ni siquiera a los que tienen un título. Si no recibes noticias mías en unos tres o cuatro días es que he fallecido. O eso o que me he fugado con la enfermera.



(Más tarde)

Al final no te he enviado el email; he preferido hacerlo cuando volviera del estomatólogo. Voy a tratar de contarte todo lo que ha sucedido en su consulta, aunque todavía tengo dormido hasta el hígado. Como siempre sucede en estos casos, lo primero que me han hecho ha sido inyectarme unos cuatro litros de anestesia con un sabor amargo y repugnante que me ha producido violentas arcadas. Al principio creí que a la doctora le había dado un calambre en la mano, ya que durante cinco interminables minutos no  dejó de bombear veneno sobre mi pobre encía. Menos mal que al final, y seguramente debido al precioso color azul cobalto que iban adquiriendo mi cara y parte de mi cuerpo, retiró la jeringuilla con un movimiento brusco  y me dejó descansar de suplicios durante un ratito. Mientras meditaba sobre la que se avecinaba, la enfermera estornudó unas 40 veces y en ningún momento vi que se lavara las manos. Claro que usaba guantes de látex, pero eso me puso bastante nervioso.

Por fin llegó el momento largamente temido y, con el sillón en posición horizontal, ambas se pusieron encima de mí y me llenaron la boca con un millón de instrumentos fríos como el hielo. Mientras me hurgaban y revolvían mantuvieron una bonita conversación intelectual que voy a tratar de reproducir en su totalidad.

DOCTORA: ¿Te acuerdas de Fina? Esa chica gordita que da saltitos de alegría cuando alguien pronuncia la palabra "electromagnético".
ENFERMERA: Ah sí, Estuvo aquí hace un par de meses ¿no? Le practicaste una ortodoncia.
DOCTORA: Esa, esa. ¿Sabes lo que le ha sucedido a su hijo pequeño?
ENFERMERA: ¿Qué le ha pasado?
DOCTORA: La semana pasada coincidí con su suegra en la peluquería y me lo contó. Un día, hace aproximadamente un mes, sin motivo aparente y mientras se comía una piruleta, el niño, creo que se llama Cosme, sufrió una repentina parálisis total.
ENFERMERA: ¡No me digas!
DOCTORA: Como lo oyes. Cuando llegó a su casa el médico de urgencias intentó quitarle la piruleta de la mano y le fue completamente imposible. No olvides que estaba completamente paralizado. Ni siquiera con la ayuda de una vecina y del delegado de la escalera lo pudieron conseguir. Al final tuvieron que llamar a un cerrajero de guardia.
ENFERMERA: ¿De guardia?
DOCTORA: Era domingo. (Dirigiéndose a mí) Gregorio, ahora igual te va a doler un poco.
YO: ¡Aaaaaahhhhhhhh!
DOCTORA: Tranquilo, no es nada. ¡Bueno! Como te decía, cuando lograron arrancarle el caramelo de las manos lo metieron en una ambulancia y lo trasladaron rápidamente al hospital.
ENFERMERA: Pobre niñito. Si es muy pequeño...
DOCTORA: Siete añitos.
YO: ¡Unga!, ¡Unga!
ENFERMERA: ¿Unga?
DOCTORA: Aguanta un poco...
ENFERMERA: Con tantos trastos en la boca no te entendemos, cariño.
DOCTORA: ¿Por dónde me había quedado?
ENFERMERA: Siete añitos.
DOCTORA: Eso, siete años. Creo que ya ha salido del coma, pero aún está ingresado. ¡Angelito!
ENFERMERA: A mi prima Rebeca la operan mañana de hemo...
YO:  ¡Ouaaaaahhhhhh!
DOCTORA: Sí, ahí duele, y eso que estás anestesiado. ¿Hemorroides?
ENFERMERA: Sí, pobrecita. Tiene tres. No tienes idea de lo que sufre. Pero es una cachonda y las ha bautizado.
DOCTORA: ¿Noooo?
ENFERMERA: Ya te digo. Juan, Perico y Andrés.
DOCTORA: ¡No puedo creérmelo! Es de locos. Las almorranas son femeninas. ¿Por qué les ha puesto nombre de tios?
ENFERMERA: Me imagino que porque a ella le chiflan los tios.
DOCTORA: ¡Toma, y a mí!
ENFERMERA: A mí también.Tiene tres hijos de cuatro padres diferentes.
DOCTORA: No me salen las cuentas...
YO: ¡Ouaaaaahhhhhh!

Como podrás suponer, han sido unos 45 minutos muy desagradables. Imagínate que al dolor le sumas esa estúpida conversación. Ha habido un momento en que he pensado seriamente darles una patada de kárate a cada una y salir corriendo. Por lo menos ya ha pasado todo. Tengo la quijada somnolienta pero creo que soy capaz de pronunciar "constitucionalmente" sin morderme la lengua. Ahora me voy a pegar una ducha reconfortante y después me iré a la mercería a robar un par de calzoncillos.


Besos.

jueves, 18 de octubre de 2012

Email del 18 de octubre 2012

Edward Hopper, Nighthawks. 1942


Hola:


Tenia ganas de escribirte y me he puesto a ello, pero no sé que contarte, desde antes de ayer no han pasado demasiadas cosas interesantes. Ayer fui a acompañar a mi madre al neurólogo y sentí unos fuertes deseos de que me abriera la cabeza -el médico, no mi madre- allí mismo y esterilizara mi cerebro, pero como no pude ver que dispusiera de ningún autoclave me contuve y me dediqué a observarlo mientras él, a su vez, observaba a mi progenitora y ella a la enfermera. Esta última contemplaba sus uñas lacadas y el murmullo de los pacientes que esperaban fuera apelotonados servía de leit motiv a la escena. Al salir de la consulta, miré al cielo sobre mi cabeza y me entraron ganas de gritar, pero logré contenerme y seguí comportándome como un humano cabal. Mientras intentaba parecer eso, un humano cabal, algunas ideas absurdas cruzaron por mi cabeza, pero las contuve con fuerza y pude llegar a mi barrio sin ningún contratiempo. Antes de subir a mi casa me metí en una cafetería y pedí zumo de veneno, pero el camarero me contestó que se había terminado, así que tuve que contentarme con un cortado con leche natural y sacarina. Mientras lo sorbía volví a jugar a observar a la gente: un hombre gordo y de aspecto bonachón que se sentaba en la mesa contigua y que hablaba solo me recordó a un amigo de la infancia; escrutándolo durante un rato, por fin llegué a la conclusión de que aquél era mi antiguo amigo, y de que el tiempo no perdona, ni siquiera a los gordos. Estuve tentado de saludarlo pero algo interno me lo impidió, así que continué con mi ejercicio de inspección y al cabo de unos pocos segundos me detuve en una mujer muy guapa de unos 40 años que leía el periódico. Me concentré en su rostro. ¿Dónde había visto antes esas facciones? Intenté recordar pero fue inútil. Por un momento, estuve tentado de preguntarle si me conocía de algo, pero volví a contenerme. Decidí toser para ver si su mirada se dirigía hacia mi y me reconocía, pero al final pagué mi cuenta y me largué.

Una vez en casa, me dirigí al baño a lavarme las manos con gel de alcohol, lo que hago siempre cuando vuelvo de interactuar con homínidos racionales; al mirar mi reflejo en el espejo, no pude reconocerme. -¿Esa cosa soy yo?- me pregunté mientras el gel calentaba mis manos al mismo tiempo que las desinfectaba. Si eso soy yo, entonces no me gusta lo que veo... Cerrando la puerta del aseo con un golpe que hizo retumbar los cimientos del edificio, me deslicé hasta mi habitación y me acosté. Mientras daba vueltas de un lado a otro, pensé en las veces que me había contenido esa misma mañana y sentí ganas de ladrar, pero nuevamente me serené y pude dormir durante un par de horas. Cuando me levanté quise ponerme a limpiar la casa, pero ¿lo adivinas? me contuve, sí, y me senté en el sofá del comedor a gastar un poco de mi tiempo. Esta vez no me reprimí y pude disfrutar en toda su plenitud de ese inútil ejercicio.

Ya sé que este email no es nada. Ya sé que este texto es forzado. Podría contenerme y no escribirlo, pero quería saludarte. Es muy posible que no vuelva a hacerlo en semanas o meses, aunque también es factible que esta tarde te escriba otro. Todo depende de mi estúpido hábito de auto cohibirme. Pero por otra parte, si no dominara mis impulsos, seguramente estaría en la cárcel, en el manicomio o incluso en una jaula del zoo. De momento, voy a comedir mis pensamientos distorsionados y a intentar mesurar mis emociones. Y no se me ocurre una manera mejor de hacerlo que fingir que soy una estatua de mármol.


Un beso.

lunes, 15 de octubre de 2012

Email del 15 de octubre 2012

Vincent Van Gogh, Habitación en Arles, 1888


Amiga mía:


Continúan los sueños aberrantes y sin sentido, rozando la demencia absoluta. El de hoy ni siquiera te lo voy a relatar, no quiero que te escandalices. ¡Bueno! voy a contarte un poco, no puedo remediarlo: compito en una carrera de cuadrigas frente a 10 adversarios entre los que se encuentra el príncipe Judá Ben-Hur y contra todo pronóstico, gano. El premio es una corona de laurel y un melocotón. Como no tengo pelo, cuando Poncio Pilatos me pone la corona en la cabeza, esta se resbala y cae al suelo provocando la hilaridad general. Abochornado, trato de esconderme detrás del melocotón, pero este es demasiado pequeño para ocultarme y las risas de la plebe se triplican. Con un ademán majestuoso, Pilatos calla al público, se come la fruta, ordena que le preparen unas chuletas de cerdo  al laurel con la corona y a mí me crucifica.

Creo que debo hacer algo al respecto o acabaré por enloquecer definitivamente, aunque de momento todavía no se me ocurre nada en absoluto. Ni siquiera se me ocurre algo bueno que contarte pues mi vida sigue sin cambios aparentes, por lo menos hasta este mismo instante. Es posible que hoy sea el día D de los cambios eternos, sobre todo si me electrocuto al afeitarme, algo que es imposible que suceda, más que nada porque me afeito con espuma. ¿Se te ocurre alguna idea para que todo este sopor inducido por la repetición diaria de los mismos acontecimientos cambie para mejor? Si es así, te ruego que me la envíes rápidamente y te estaré agradecido mientras viva.

Ayer traté de escribir un relato corto para presentarlo al concurso que me recomendaste, pero sólo pude garabatear unos puntos suspensivos. Dudo que pueda ganar el premio de 500 Euros con tres puntitos alienados horizontalmente, pero de todas formas lo enviaré. Si no me proclaman vencedor, por lo menos podrán acelerar los papeles para mi internamiento de por vida en una institución mental o nombrarme "idiota del año", lo que antes se les ocurra. Por mi parte, todo me importa un bledo, excepto fumar un par de paquetes diarios y sentarme en el suelo a ver pasar el tiempo.

Está claro que necesito ayuda pero no sé cómo conseguirla. Cuando intento gritar, lo único que consigo es que las golondrinas que anidan en la parte superior de mis ventanas salgan volando presas del pánico y acaben estrelladas en la pared del edificio de enfrente. No quiero sentirme culpable, pero es algo que no puedo evitar. Y actualmente es cómo me siento por cualquier motivo. Si debido a los temblores de mis manos, por ejemplo, un cuchillo o un tenedor se me caen al suelo, me siento culpable; y aunque les prometo que los quiero con locura y que para mí son lo más importante, nada me sirve para neutralizar esos sentimientos que me impiden aferrarme con fuerza a los breves momentos de dicha pasajera que se apretujan temerosos a mi espalda. ¡Imagínate!, hasta la felicidad tiene miedo de aparecer delante de mí. ¡Y eso que no soy tan feo!, aunque puedo poner caras terribles cuando me lo propongo, sobre todo delante del espejo o cuando llama a mi puerta algún testigo de Jehovah.

Supongo que me estoy volviendo paranoico y que es una cuestión de semanas que acabe por cortarme una oreja y enviársela a mi hermano. ¿Ves? ni siquiera soy capaz de pensar una estupidez que no haya sido antes ideada por otro demente. Si Theo levantara la cabeza, seguramente me denunciaría por plagio auricular y yo tendría que reembolsarle una cifra de la que no dispongo. ¡Dios!, vuelvo a divagar; podría sollozar, que también termina en "ar", pero eso no haría que me sintiera mejor de lo que me siento. Supongo que todos tenemos conflictos mentales y que es parte de la existencia luchar contra ellos, el problema es que yo estoy cansado de luchar y ya no me quedan fuerzas. Las pocas que guardaba como si fueran un tesoro las empeñé el día 30 de septiembre, pero eso es otra historia y no puedo permitirme el lujo de volver sobre ella.

Se despide de ti, un desvencijado cerebral con los mismos besos y abrazos que siempre. Al fin y al cabo, no me cuestan dinero ni esfuerzo.


Vincent Van López

sábado, 13 de octubre de 2012

Email del 13 de octubre 2012

Pablo Picasso, Seated monkey.1905


Querida:


Para que te hagas una idea de cómo funciona mi cabeza no se me ocurre nada mejor que contarte la pesadilla de hoy, por lo menos lo poco que recuerdo: un primate, no podría decirte de qué género o especie, me defecaba en la boca con unas heces tan liquidas que se deslizaban por la comisura de mis labios hasta impregnar los hombros y parte del torso. Sí, ya sé que es asqueroso, pero ¿qué quieres que haga?, los sueños sólo son veleidades del subconsciente y nadie tiene poder para encauzarlos a su propia conveniencia. Te aseguro que me hubiera apetecido más soñar con prados cubiertos de margaritas cimbreando bajo el sol, mientras la hierba mojada y algunos pequeños arbustos verdeados por el agua se balancean de un lado a otro mecidos por el viento del Este. Seguramente debo tener parcialmente dañado el prosencéfalo basal o quizá toda la región anterior del hipotálamo, ¿Qué más da? Por lo menos, mientras permanezco en constante vigilia, con los ritmos circadianos funcionando a plena potencia en el núcleo supraquiasmático, las ensoñaciones forzadas no llegan a los límites que alcanzan algunas veces los sueños. Supongo que el mesencéfalo aún me funciona hasta cierto punto, por lo menos hasta ese imperfecto nivel que separa la vesania más psicótica de la cordura racional y que en algunos instantes me convierte en un ser lúcido, sensato y, a veces, incluso constante.

A menudo pienso que debería someterme a una prueba polisomnográfica, sin embargo y sobre todo animado por los sueños que me cuentan amigos y conocidos, y créeme, algunos sueñan cosas mucho peores, me dejo llevar por la lánguida dejadez que enmaraña mi actividad y me convenzo de que soy, hasta cierto punto, un tipo normal con pequeñas dosis de excentricidad y contradicción, por supuesto, dentro de la excepción más inútil e ineficaz. El problema, es que cada uno de nosotros, los exiliados emocionales, somos básicamente como podemos o como nos dejan ser. Nuestro comportamiento está supeditado socialmente, y es ese mismo sometimiento el que de una u otra forma altera la condición, los accidentes y las casualidades de nuestras vidas, no importa que estemos despiertos o dormidos, asustados o decididos, sumidos en confusiones estériles que paralicen cada una de las mil y una emociones que turban nuestro deseo innato de docilidad ineludible, o avivados, o simplemente entumecidos.

Hay un lugar, por lo menos eso he leído en alguna parte, donde todos los problemas y dudas desaparecen. Ese lugar no es más que la propia mente y sus indefinidas posibilidades. La mía actualmente se encuentra desaprovechada y cubierta de herrumbre. Todos los días trato de asearla con un paño húmedo, pero el óxido es pugnaz y extremadamente complicado de limpiar. No existe un producto que la higienice en su totalidad. Mientras trato de buscar una panacea que me libere de compromisos y responsabilidades, no me queda otro remedio que utilizar ciertos placebos para que me narcoticen: la cobardía, el miedo y sus espantosas consecuencias.

Hoy he soñado con un mono y sus funciones corporales excrementales; puede que el sueño de mañana sea la continuación del mismo o algo totalmente distinto. De momento, me niego a extraer un significado o a auto-psicoanalizarme. Puede que algún día lo intente. Puede que incluso algún día no necesite soñar, pues me habré convertido en una partícula, un protón, un átomo de hidrogeno en estado plasmático, en definitiva, una infinitesimal parte del Todo y la Nada. ¿A quién puede importarle?


Besazos.

jueves, 11 de octubre de 2012

Segundo email del 11 de octubre 2012

Frank Stella, Lake city. 1962


Hola de nuevo:


Hace 11 días que no me río. Tú conoces la razón. ¿Cómo podría hacerlo cuando las circunstancias son tan desfavorables? La verdad es que hace el mismo número de noches que no duermo más de dos horas seguidas y ya empiezo a sufrir las consecuencias. De momento, mi pasividad se ha incrementado de la misma forma que el sentido de apreciación negativo. Es posible que cuando todo esto pase vuelva a recuperar las coordenadas mentales y emocionales que barajaba antes del accidente. También es posible que ya nunca vuelva a ser el mismo. ¿Quién es capaz de adivinar su propio futuro? Lo único que en estos momentos sé es que cuando cierro los ojos veo un coche destrozado y en su interior alguien que no pudo llegar a su destino, yaciendo inerte con severos politraumatismos. Me siento tan afectado que ni siquiera puedo concentrarme en mi actividad favorita, es decir, no hacer nada; y consumo los minutos que comprenden cada hora caminando de un lado hacia otro sin rumbo, como el alma desencarnada de un espectro. Y mientras pateo cada una de las baldosas del pasillo ruego con todas mis fuerzas para que el tiempo se atrase o incluso se adelante unos cuantos meses. Pero las manecillas del reloj han sido diseñadas para medir el paso que no acepta lágrimas, que no se doblega ante los chantajes ni el dolor.

A veces, mientras desando el espacio que ya he recorrido cientos de veces, siento una repentina y avasalladora tristeza que no puedo evitar. Entonces me acurruco en el suelo y trato de calcular los metros que me separan del principio o me faltan para llegar al final. Sólo cuando acabo el trayecto establecido, me siento fuerte y estoy totalmente convencido de que vale la pena comenzarlo de nuevo. Ya no me interesa nada que no tenga cierta relación con el suelo. Mientras mis pies no pierdan el contacto con él, sé que estoy seguro.

Ahora, mientras te escribo esto, siento la necesidad de sostener las paredes que rodean mi itinerario, pero están frías y manchadas con el polvo de los días y de las noches. Podría limpiarlas pero no tendría sentido. Quizá debería... no sé...


Besos.

Email del 11 de octubre 2012

Sue Coe, Monkey 2006


Hola:


Mi cerebro tiene 34 actualizaciones importantes disponibles pero me niego rotundamente a que sean instaladas, ya no necesito tenerlo al día pues he decidido volverme idiota, que es el único estado en que realmente se saca provecho a la felicidad, ya sea natural o inducida químicamente. Ayer gasté la totalidad de mi tiempo cambiando las macetas de los Selenicereus de sitio; intenté alojarlos en varias posiciones: a pleno sol, semisombra y sombra completa, pero al final los volví a dejar en el lugar que ocupaban originalmente en el balcón. ¡12 horas de indecisiones que no sirvieron para mucho! Pero no perdidas por completo, pues aunque nunca encontraba la posición que en ese momento creía que sería la correcta, por lo menos demostré que la indecisión es un arte y que, hoy por hoy y pese a quien pese, yo soy un artista con un talento especial en la compleja y denostada disciplina irresolutiva.

Hoy es un día especial, lo presiento. Estoy decidido a batir mi propio record abúlico con unas cuantas dosis de desgana e indiferencia. ¿De qué sirve justificar el día si la noche va a poner fin a los hechos? Y más sabiendo que esos mismos hechos no son más que un accidente circunstancial, una coyuntura errónea que se desintegra bajo los mismos fundamentos sobre los que fue creada. No pienso seguir con este dichoso juego, en el que algunos dictan las normas y otros las cumplen a rajatabla. Soy un superviviente, y como tal merezco cierto respeto. Ya no necesito comportarme humanamente, básicamente porque soy un mono. Podrías echarme cacahuetes y quizá me dejaría acariciar el cogote, pero mientras trato de espulgarme puedo percibir el continuo movimiento del firmamento. Mientras lo percibo, las cuatro formas fundamentales de interacción de la materia siguen un curso establecido y la energía oscura se empeña en acelerar la expansión de ese Universo que prepara una nueva extinción.

¡Cómo me gustaría viajar a Alpha Centauro! O a Sirio, Altair, Capella o Fomalhaut. No importa la estrella, pero sí la lejanía de todo lo que implique socialización y comportamientos democráticos. Yo no he sido engendrado para asentir con la cabeza, ni siquiera para devolver sonrisas adulteradas. Mi concepción, igual que la tuya o la de cualquier otro paria de la tierra no fue más que un accidente de la evolución biológica, un suceso que está resultando demasiado costoso para el resto de especies que tratan de cohabitar en armonía. Puede que mi asqueamiento como individuo perteneciente a una mal llamada raza superior te empiece a pasar factura. Sé que me repito, pero no puedo dejar de hacerlo. Una fuerza inusitada me obliga a replantearme algunas preguntas para las que no estoy capacitado a encontrar respuestas. Lo único de lo que estoy seguro es de que estoy tocando fondo, tú estás tocando el fondo, todos estamos inmersos en una vorágine involutiva que se desarrolla demasiado lentamente; un pozo de mierda cuyo fondo se percibe, pero contra el cual nunca nos estrellamos. Es como si una microatmósfera, caótica y desproporcionada, nos impidiera desmembrarnos por el impacto de la caída. Pero mientras este continuo deslizamiento, inútil y sin perspectiva, cuya verdadera finalidad es demostrarnos que no somos imprescindibles se alarga a cámara lenta, los desechos putrefactos de la sustancia con la que fabricamos el futuro terminará irremediablemente con cualquier vestigio de vida sobre la Tierra.

Un abrazo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Email del 10 de octubre 2012

Francis Bacon, Figure In Frame, 1950


Hola

Te imaginas que cada uno de nosotros, los perdedores en este juego de egos y poder en que se ha convertido la existencia fuéramos lo suficientemente valientes como para suicidarnos en masa y dejar el planeta o lo que queda de él en manos de los que ahora lo controlan?  Llegaría un momento en que éstos se destrozarían a sí mismos y algunos incluso se degradarían al nivel de esclavos para poder sobrevivir, pero cuando llegaran a ese nivel, nuevamente la idea del suicidio se convertiría en su única opción y el ciclo volvería a empezar. La población de estos potentados decrecería hasta que subsistiera sólo uno, que se convertiría en Dios de la nada, sin vasallos a los que amedrentar, sin prisioneros a los que condenar. Cuando, al fin, esta única y solitaria deidad muriera de aburrimiento, repleto de dinero y pertenencias, la vida volvería a abrirse camino y los vegetales y los animales cohabitarían en silencio. El silencio que produce el total exterminio de la razón, sometida al instinto salvaje y primario.

Hace unas semanas intenté convertir esa idea en un cuento, pero poco a poco el planteamiento inicial fue derivando hasta convertirse en un texto eutanásico. Un accidente que ocurrió hace ahora ocho días ha trastocado por completo la finalidad de la historia y en estos instantes soy incapaz de continuarla, por lo que voy a transcribirte lo que tengo, que no es demasiado, pero sí suficiente como para olvidarlo por completo. Lo titulé "El asesino" y trata sobre cierto tipejo que tú conoces bien:


G sujetaba una pistola con la mano temblorosa cuando la policía entró en su casa. En el suelo, su propio cadáver yacía en posición genopectoral y la sangre manaba a borbotones de su cabeza. Cuando el sargento mayor, un tipo regordete y de aspecto bonachón le arrancó el arma, G sólo pudo balbucear unas palabras.
-"Me he matado. Me he matado, lo siento"-
-"Tranquilícese, siéntese ahí y cuénteme lo que ha sucedido"- replicó un agente vestido de paisano y que parecía tener toda la autoridad en este y cualquier otro asunto.
-"Me he matado, yo no quería hacerlo pero él insistió"-
-"¿Él le pidió que le disparase?"-
-"Sí, el me lo suplicó"- explicó el presunto asesino lloriqueando.
-"¿Cómo se llama usted y cuál era el nombre del tipo al que ha matado?" -volvió a preguntar el agente.
-"Yo me llamo Greg y él era yo; él se llamaba Greg y yo lo he matado. ¡Dios, lo he matado!"-
Mientras el forense estornudaba, uno de los polis trataba de tomar las huellas del finado. Al mismo tiempo, un compañero que tartamudeaba al respirar ofreció un vaso de agua al verdugo. Este lo bebió de un trago y se puso a llorar desconsoladamente.
-"¿Qué va a pensar mi madre? Mi padre se va a enfadar mucho. Soy un asesino. Ahora soy un asesino."-
-"No se equivoque, usted no es un asesino, es un suicida. No ha matado a nadie, se ha matado a usted mismo" -se limitó a corregir el sargento.
-"Sí, ya no podía aguantarme más. Lo siento, lo siento mucho..."-
-"Trate de pensar en lo que ha sucedido y cuéntemelo despacio" -replicó el sargento
-"Yo estaba en la cocina, trataba de prepararme el desayuno" -dijo G -"de pronto, él entró, me puso esa pistola en las manos y me suplicó que acabase con todo".-
-"¿Y?"-
-"Al principio creí que se trataba de una broma y no le hice el menor caso, pero de repente me agarró por los hombros y me dijo unas cosas muy feas..."-
-"¿Qué le dijo?" -preguntó un policía mientras bostezaba.
-"Me dijo que yo no era más que un cobarde insolente, pero al fin y al cabo un cobarde, y un idiota despreciable al que nadie quería. Me dijo que matándole me mataría a mí mismo y que así acabaría con esta vida insufrible que ambos llevábamos. ¡Soy un asesino! He cruzado otra puerta, he cruzado la última puerta. No merezco seguir viviendo".-
-"Vamos a ver. Usted no está vivo. Acaba de asesinarse. Y eso no tiene remedio"- exclamó el sargento.
-"No, estoy vivo. Él está muerto. Yo lo he matado".-
-"Pero él era usted" -volvió a corregir el policía que tartamudeaba al respirar.
-"Sí, él era yo"- contestó G -"ambos vivíamos en mi propio cuerpo. Y lo llevábamos bien, hasta que hace unos días insistió en salir..."
-"¿Salir? -Preguntó el forense mientras trataba de limpiarse las gafas con los dedos".
-"Sí, quería salir de mi cuerpo y adueñarse del todo. Ya no soportaba ser yo. Quería ser él. ¿No lo entiende? Quería ser él mismo. Y lo he matado".-


Como podrás ver, no es nada del otro mundo, por lo menos en el punto en que he dejado la historia, pero es posible que tú le encuentres un desenlace. Tu final podrá ser distinto al que yo tenía pensado, pero ¿acaso todos los finales, de una forma u otra, no son iguales? Particularmente, hubiera deseado que el G asesino hubiera sido condenado a vivir eternamente, pero como eso sería llegar demasiado lejos, dejo a tu inteligencia y perspicacia las páginas venideras. Puedes cambiar lo que no te guste, puedes incluso imprimir esas líneas en un folio y doblarlo hasta conseguir hacer una pajarita o un barco. Me es indiferente.

Como escribió Kierkegaard en su admirable "La enfermedad mortal", "La desesperación se condensa en proporción a la conciencia del Yo". Y como mi Yo actualmente carece de la fuerza y perspectivas necesarias para seguir jugando partidas amañadas, ha decidido dejar de Ser, o por lo menos intentarlo sin sufrir el gozo del despropósito.



Saludos.

martes, 9 de octubre de 2012

Email del 9 de octubre 2012

Mykola Yaroshenko, The prisoner. 1878


Querida:

En esta época de mi vida existen pocos momentos agradables, por eso no puedo evitar sentirme tan pequeño como un zunzuncito. A veces ensayo sonrisas delante del espejo, pero como son claramente forzadas el reflejo del vidrio las devuelve a mis retinas donde una serie de nervios ópticos se desentienden y las trasladan a mi cerebro, que rápidamente las descalifica y las invalida. Mientras esto sucede, los restos de Clonazepam que congelan mi sangre y narcotizan por completo el sistema nervioso central, me producen angustia, mareos y serias dificultades en la coordinación psicomotriz, afectando a las emociones y la forma en que estas se escabullen de los problemas. Cuando estoy sedado, no me importa acertar o volver a equivocarme. Cuando el Rivatril controla mi cuerpo, sé que no tengo nada que temer, porque de la misma manera que elimina la sensación de ahogo, el insomnio o las pesadillas, me castiga un poco cada día. Y saber que estoy tan cerca de ese misterio incomprensible en que he convertido los comienzos, las conclusiones, los principios de los finales o las rendiciones incondicionales me reconforta. ¡Hasta el más abyecto de los mortales necesita una recompensa!

No logro comprender qué significa todo esto. Me refiero a este incesante vaivén de desasosiegos y agitación que envuelve cada una de las oportunidades y su precio. Quizá, al final, todo se reduzca a un éxtasis indefinido que carece de explicación. Es posible que el papel de preso o carcelero sólo sea una burla insoportable, un avance en retirada o los restos del pasado resbalando entre una marea de rencores retrasados. ¿Estoy condenado? Me siento como si fuera a morir. Ni siquiera estoy completamente seguro de que no esté muerto ya. Ni siquiera estoy seguro de que algo exista. ¿Quién soy yo?

Los pedazos que se extienden por el suelo y que no tienen forma definida pertenecen a mi cuerpo. Nadie puede recogerlos porque sólo se materializan cuando estoy solo. Mientras codifico la perfecta inutilidad de mis visiones, la trampa de la realidad  golpea el remolino sensorial en que se han convertido los bordes y las esquinas de mi razón. Ni siquiera soy capaz de hilvanar una melodía que acabe con la discordancia de los hechos. Podría arrojarme por la ventana, pero antes tendría que aprender a abrirla. Pero incluso si aprendiese, ¿quién sería capaz de volver a cerrarla? Huyo porque no tengo tiempo.


Un saludo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Email del 8 de octubre 2012

John Parson, Paths (and doors). 2012


Hola:

Mientras tratamos de establecer el presente, ignoramos que el trazado de nuestra existencia sigue un curso inexorable, abierto a ciertas modificaciones constantes y voluntarias, pero con un final claramente establecido, invariable y con un desenlace perfecto: la muerte. Entre ambos puntos, principio y final, un número inconstante de líneas entrecruzadas nos permite cierta libertad de elección al mismo tiempo que multiplica nuestro poder innato para rechazar las mejores decisiones, dentro de nuestras posibilidades. Esa es la razón fundamental por la cual nos equivocamos con esa perfecta regularidad que la mayor parte de las veces inmoviliza nuestros impulsos y (sólo a veces) nos sirve de aprendizaje. Entre el  Aquí y Ahora y la asombrosa e indefinida imperfección del Mañana, sólo hay un pequeño instante de diferencia. Ese momento que en realidad no es más que una justificación temporal y que dura el mismo tiempo que el azar y nuestro propio deseo permiten, nos acerca o separa de sus propias e inherentes consecuencias. Hoy estoy tumbado sobre la hierba que crece increíblemente alta mientras los rayos del sol calientan mi piel y reconfortan mi espíritu, pero mañana puedo estar acostado sobre una fría cama en la UCI de cualquier hospital, rodeado de aparatos extraños que emitan sonidos difusos mientras algunas luces parpadean y sólo el murmullo apagado de las enfermeras interrumpe en algunos momentos el silencio más total. La diferencia entre ese hoy y ese mañana depende principalmente de dos factores: la consecuencia y la inconsciencia.

Podemos ser consecuentes con nuestros actos y alimentar una línea definida, pero obviamos el poder infinito que ejerce la inconsciencia más o menos premeditada que se nutre gracias a esa efímera combinación de circunstancias e indecisión. Puede que mañana sólo sea un cuerpo contusionado, pero hoy, todavía puedo permitir que el sol acaricie mi cuerpo. Soy perfectamente consecuente con el acto en sí, pero no estoy libre de que en algún instante me domine la inconsciencia y opte por arrojarme de cabeza al futuro, que todavía no existe, eligiendo la línea mas cercana, más reluciente o más bonita, pero de ninguna forma, la que más me convenía en ese lapsus fugaz de lo que llamamos tiempo.

Y eso es lo que me ha sucedido en estos días. He optado por la equivocación de una forma mal calculada y sus consecuencias seguramente marcarán mi futuro. De momento, un punto de inflexión yace y se instala en mi memoria; ahora descansa, pero sé, estoy seguro, de que cuando haga acto de presencia, el todo y la nada ya no volverán a ser iguales, nunca más.


Besos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Email del 4 de octubre 2012

Ralph Anderson, Card Game


Querida:

El destino siempre juega bien sus cartas, poco o nada importa que la partida esté amañada desde antes del comienzo. De nada sirve esconderse un comodín en la manga o echarse faroles. Y este constructo que llaman "poder taumatúrgico ineludible" se traduce desde que nacemos en una constante serie de pruebas que nos machacan cada cierto tiempo: vemos morir a nuestros abuelos, a nuestros padres, algunas veces incluso a nuestros hijos, mientras esperamos que nuestro propio deceso se retrase lo más posible y que, cuando llegue, nos sorprenda en la cama, rodeado de nuestras pertenencias y familiares, aunque la mayor parte de las veces creamos que los segundos forman parte de los primeros. Particularmente, nunca he creído en él, siempre he pensado que era una estúpida boutade religiosa o filosófica y que nosotros mismos somos los verdaderos dueños y hacedores de nuestras circunstancias, ya pertenezcan al pasado, al presente o al futuro. Pero quizá estaba equivocado....

Chesterton, con su lucidez inigualable escribió que "Siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que hay otra cosa que se llama albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción", pero es posible que ese equilibrio contradictorio entre la capacidad humana para elegir y tomar nuestras propias decisiones no sea suficiente cuando la casualidad, en forma de fatalidad incesante, golpea y abruma nuestra conciencia, debilitada por años de sufrimientos, angustia y dolor. Por eso, aunque adoro a Gilbert Keith estoy mucho más de acuerdo con Einstein cuando cínicamente proclama que "Tendremos el destino que no hayamos merecido". Hemos sido concebidos sin permiso; nos han criado como justificación a una concepción, deseada o no, y a semejanza de nuestros preceptores; nos han obligado a comportarnos de una manera sociable, emparejarnos, creer que el amor es la única respuesta y que la muerte es un nuevo principio, pero ¿de qué sirve todo esto cuando no somos capaces de controlar ni siquiera nuestros propias indecisiones? Nos lamentamos, pero al mismo tiempo rechazamos la bala que nos proporcionaría ese amor, esa paz, en definitiva, ese verdadero "libre albedrío" que en vida somos incapaces de desarrollar.

En estos instantes, estoy convencido de que el destino existe y que juega con nosotros. Poco importa el resultado del juego, poco importa que tengamos una buena mano, al final perderemos hasta la camisa y seguiremos empeñados en seguir intentándolo de nuevo. Por mi parte, pienso que ha llegado el momento de tirar la toalla, retirarme del envite y permanecer célibe de responsabilidades hasta el final. Ese final anunciado que nos incapacita como ganadores o perdedores, como peones, alfiles o reinas, en definitiva, como personajes de una novela barata, repleta de situaciones previsibles y giros vergonzosos, metidos con calzador y que de nada sirven para hacer avanzar la trama.

Saludos.

lunes, 1 de octubre de 2012

Email del 1 de octubre 2012

Chris Peters, Live the shame behind. 2007


Hola:

Ha llegado el principio del mal tiempo. Como sucede con todos los octubres, los días comienzan a refrescar y mis plantas necesitan menos agua y cuidados en general. Uno de los ficus ha decidido perder un montón de hojas para demostrarme que sigue vivo y tan excéntrico como siempre y la pasiflora continúa regalándome colores por medio de sus flores de aspecto extraterrestre. Sin embargo, y aunque el jardín aparentemente se encuentre satisfecho y a la expectativa de su inminente hibernación, yo no logro hacerme a la idea de que nos esperan cerca de cinco o seis meses de frío y escasez lumínica. Algunos de mis amigos, o de los que aún me quedan, están convencidos de que este tiempo es perfecto para la lectura y la meditación. Como yo leo durante todo el año y medito varias veces al día, sus opiniones no me sirven de mucho. Estoy pensando seriamente en quedarme totalmente paralizado hasta abril. De esa forma no tendría que pensar, hablar, caminar, defecar o follar, ni siquiera podría firmar cheques sin fondos y mis gastos en cuanto a manutención serian nulos. El problema es que hay unas cuantas posibilidades reales de que muriera en el intento, y la muerte no está bien vista entre los vivos. Vamos a suponer que fallezco y que descubren mi cadáver en primavera; bueno... digo "mi cuerpo" cuando debería decir un montón de insectos henchidos y sobrealimentados retozando alegres por lo que en otro tiempo fue mi hogar: la fauna cadavérica. Cada uno de esos simpáticos bichitos serían una parte de mí, y como tales deberían ser tratados, tanto por el forense como por mi familia y seres queridos. Mis mejores amigos se repartirían los dípteros que aún sobrevivieran y parte de los lepidópteros, y mi familia los coleópteros del género Dermestes. Los restos de mi carne, licuefactada y descompuesta, deberían ser depositados, o mejor, esparcidos en el despacho del director de mi sucursal de Bankia.

Me imagino que estarás pensando que hoy me he levantado demasiado fúnebre, pero te equivocas, pues en lo que realmente deberías pensar es en la subida de precio del brócoli, casi un 32 % en menos de tres meses. Pero a estas alturas de nuestras vidas, no voy a ser yo quien te diga en qué debes o no pensar. Hay gente que tiene como mascotas serpientes, cerdos o incluso búfalos. ¿Por qué no se puede domesticar y cuidar a alguno de esos insectos de los que te hablaba antes? Sobre todo si en esos instantes son mitad insectos y mitad parte de lo que yo alguna vez llegué a ser. Imagínate los momentos de calidez que experimentarías al lado de unos pocos cientos de Aglossa pinguinalis, que son unas mariposillas encantadoras que revolotean de un lado para otro como si el paso del tiempo no fuera con ellas. Incluso podrías hacer un cronotanatodiagnóstico bastante acertado sobre la hora y la causa de mi deceso. Piensa, amiga mía, que el saber no ocupa lugar, y que lo mejor que nos puede suceder, me refiero a los homo sapiens, es envejecer aprendiendo. Y esto es algo que nunca me he cansado de repetir. Hay cierto tipo de gente que prefiere hacerse mayor con una jeringuilla en el brazo, otros con una botella en la boca y unos pocos, entre los que estarías tú, razonando los cómos, cuántos y porqués. ¿Qué mejor regalo de despedida podría hacerte? Claro que si tienes fobia a los lepidópteros, siempre podrías convencer a mis padres para que te los cambiaran por un kilo o dos de Dermestes maculatus, pequeños gorgojos de color oscuro o apagado que cuando son adultos pueden llegar a volar y así, darle un toque vivaz a tu apartamento.

Creo que estoy divagando. Hay algunas posibilidades de que no muriera hibernado, y despertara del sopor inducido por la auto-parálisis simplemente más delgado y con cierta resistencia adquirida para soportar mejor la falsa muerte que se sufre cuando estás vivo y todo lo que te rodea sólo te causa aburrimiento y desazón. No, definitivamente no me he despertado más funesto que otros días, simplemente, y tú me conoces, digo las cosas tal y como las veo. Detesto disfrazar lo que no me gusta o lo que no sirve para nada. Algunos lo hacen y le sacan cierto provecho. Yo no sirvo para eso. Las mentiras, aunque realmente tengan algún motivo, no son más que roturas indefinidas de la percepción. Y para que una de éstas tenga algún sentido, siempre tienes que acompañarlas de otras superiores, hasta que llega un momento en que todo se ha transformado en irrealidad y ficción. Es entonces cuando la realidad explota y convierte a sus autores en simples parásitos de su propia simplicidad y ofuscación. Mentir, y sobre todo, mentirse a uno mismo, es el acto más ruin que un humano puede cometer. Mentir es una adicción de la que es casi imposible recuperarse. No existen fármacos que alivien ese dolor. El mentiroso, una vez enganchado, nunca podrá llegar a sentirse libre; jamás volverá a experimentar los subidones que proporcionaban la verdad y estará irremediablemente perdido en el eterno vaivén de las circunstancias sociales hasta que llegue el momento en que se libere de ellas colgándose de una viga por el cuello.

Un besazo