sábado, 29 de septiembre de 2012

Email del 29 de septiembre 2012

Edgar Degas, Friends at the-theatre Ludovic Halevy and Albert Cave 1879 


Amiga mía:


Hace apenas un ratito, o quizá dos ratitos -últimamente no controlo bien el paso del tiempo-, mientras regresaba a casa de mi acostumbrado paseo matinal, he coincidido en una esquina con un colega al que hacía casi 10 años que no veía; y eso que ambos vivimos en el mismo barrio. Este tipo, al que antaño llamábamos "Hijo de Einstein", era increíblemente inteligente y culto; podía hablar de casi cualquier tema y nunca se cansaba de ejercer de maestro particular. Nos explicaba lo que desconocíamos despacio, como si fuéramos avestruces retrasadas mentales, hasta que comprobaba que habíamos asimilado la esencia de la idea. Jamás se jactaba de su cultura, al contrario, le costaba demostrarla y sólo lo hacía para responder a nuestras preguntas, que eran muchas. Al principio nos hemos saludado efusivamente y con cierto regocijo, ya sabes, la alegría que se experimenta cuando vuelves a ver a alguien que en una época determinada de tu vida significó mucho, pero esa alegría, por lo menos por mi parte, se tornó en incredulidad cuando empecé a comprobar que "hijo de Einstein" ya no era el mismo: rehuía cualquier conversación que no fuera sobre los viejos tiempos, sobre todo si era sobre cultura; sólo me hablaba de bragas y sujetadores, escupía continuamente al suelo y se comportaba como si fuera "esnifabragas", el hijo del violador del distrito. Estaba claro que algo le había cambiado, y no para mejor. Todos sabemos que el incesante pasar de los años puede ser funesto, pero jamás me hubiera imaginado que pudiera cambiar tanto a alguien. Después de una conversación de unos 20 minutos, le choqué la mano y me despedí. Él se limitó a escupir a un gato que pasaba por allí, se dio media vuelta y se alejó como si nada hubiera sucedido y como si el encuentro conmigo sólo hubiera sido parte de ese cúmulo de casualidades circunstanciales que se cruzan en el camino, pero a las que no hay que permitir de ninguna manera justificar el instante.

Por eso me alegro de dedicar unas cuantas horas diarias a los ejercicios de flexiones mentales; aunque alguna vez he sufrido alguna que otra dislocación cerebral, en conjunto estoy convencido de que resultan satisfactorios; sobre todo para esa clase de sujetos como yo, a los que les encanta subsistir aprendiendo, más que nada como terapia existencial y no por convertirse en adalides intelectuales, listos para vomitar sapiencia y erudición sobre la cara de los incautos que se encuentren a su lado. Es posible que dentro de 300 años pueda llegar a considerarme a mí mismo como una persona culta, pero de momento me conformo con saber que puedo escribir mi nombre sin faltas ortográficas y que, comparado con la inmensa mayoría de cenutrios que pululan por mi barrio, se me puede tachar de "elemento ilustrado", aunque a veces tenga cierta dificultad para conversar sobre dispositivos manométricos o biología molecular. De momento, intento no acercarme demasiado a nadie que no pueda enseñarme algo, aunque sea cómo chupar un langostino sin mancharse las manos y, lo que es más importante, sin hacer el menor ruido. Seguramente pensarás que siempre se puede aprender incluso del cenutrio más infrahumano, y de alguna forma estoy de acuerdo. También se puede aprender observando a un jabalí defecar pero, francamente, ¿para qué quiero despilfarrar tres minutos de mi azarosa vida contemplando cómo evacúa un jabalí pudiendo perderlos chupando una raíz de regaliz? No sé si me explico bien. Siempre dará más sombra un árbol que una brizna de hierba.

Ahora, mientras trato de poner punto final a este email, estoy inhalando el veneno en forma de humo cancerígeno que me proporciona  un cigarrillo. Tengo claro que el alquitrán y el resto de productos tóxicos que contiene a la larga causarán problemas irreversibles en mi organismo, pero me es indiferente. Entonces, si lo analizamos detenidamente, o soy masoquista o idiota, o es posible que ambas cosas a la vez, pues estoy matándome lentamente en lugar de dispararme en la boca con un revolver del 45, que es la forma que utilizaría un ser realmente inteligente. Pero mientras existan -y te puedo asegurar que existen- individuos que son capaces de fumarse la pistola o incluso descerrajarse un tiro con el cigarro, no puedo dejar de considerarme por encima de ellos, y eso implica creer que soy un ser especial y una fuerza racional única.

Besos (y abrazos)

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Email del 26 de septiembre 2012

John Atkinson Grimshaw, October gold. 1889


Hola querida:


Me he levantado de la cama con un horrible dolor de cabeza que todavía persiste. No creo que tenga nada que ver con el sueño de hoy, raro y pesado, donde una señora gorda y con rulos  se sentaba en mi cabeza a hacer un jersey descomunal con ganchillo, seguramente diseñado para un residente de Brobdingnag. Mientras trato de escribirte este email, mi ánimo o lo que queda de él se encuentra enterrado en el lecho marino de la Fosa de Tonga; y no creo que mejore demasiado con la escasa iluminación natural del otoño. Si fuera más inteligente me metería en la cama, rodeado de libros y música hasta la próxima primavera, pero tengo que seguir justificando mi concepción para que mis padres tengan un motivo para no sentirse demasiado desdichados. A veces pienso si no sería mejor beberme un bidón de gutapercha y poner fin a esta especie de parálisis existencial que sólo me alimenta de abulia, insensibilidad y dolor. El problema es que ese polímero del isopreno es bastante caro y aunque es traslucido y flexible, es sólido y difícil de tragar. Claro está que podría beberme un litro de sosa caustica, pero soy alérgico al Hidróxido de sodio pues produce una muerte poco relajante.

Mientras trato de escribirte miro continuamente por la ventana, a veces veo a los vecinos intentando vivir sus vidas, algunos son hombres y llevan la cara afeitada, otros son mujeres y lucen un hermoso bigote; incluso puedo ver el culo lleno de pelos del gilipollas que maltrata a su familia continuamente, pues odia a muerte a los calzoncillos y le encanta desplazarse por su habitación emulando a Adán, mientras pega a Eva. La verdad es que no me importa lo que cada uno haga en la húmeda oscuridad de su castillo, ni siquiera me importa si esto que te escribo tiene cierta incoherencia lunática, si lo vas a leer o acabará en la papelera de reciclaje de tu Mac. Lo único que en estos momentos tiene algo de relevancia es saber que hay un tanto por ciento de posibilidades de que toda mi existencia sea un sueño de cualquier forma de vida extraterrestre y que cuando ese alienígena despierte, yo, mi pasado, y las circunstancias que han rodeado mi existencia desaparecerán tan rápido como un esparrago hervido y entonces mi Todo relativo se transformará en mi Nada absoluta.

Estoy cansado de someterme al continuo influjo de las leyes que rigen nuestra irreversible entropía. Necesito un impulso para que la gama de colores que perturba mi esperanza se torne en negro para siempre; pero la cobardía heredada y pagada con oro y sangre imposibilita cualquier forma de interrupción consentida. Quizá debería transformarme en una forma vegetal con tropismo neutro y aposematismo falso. Pero mientras el acrecimiento de mi imposibilidad se transforma en vacuidad auto organizada, los sistemas que desequilibran mi plasticidad sináptica se difuminan en un sinfín de consecuencias secundarias.

Creo que voy a tomar una ducha satisfactoria, luego es posible que tome otra, y otra, hasta que mi piel o mi recibo del agua digan basta. Más tarde es posible que guarde unas lágrimas entre las páginas del libro que estoy leyendo. ¿Qué otra cosa puedo hacer?


Besos

martes, 25 de septiembre de 2012

Email del 25 de septiembre 2012

Simon Schrikker, the Great White 2011


Querida:

No suelo encender la Tv, por eso todavía soy guapo y mi apariencia exterior se asemeja a la de Robert Taylor en lugar de a la de Bela Lugosi; pero ayer no me encontraba en un estado que me permitiera discernir lo bueno de lo malo y cometí el terrible pecado de ponerme delante de ella en casa de un conocido. Las primeras imágenes y sonidos que escuché fueron las de una tipa que anunciaba con una sonrisa panorámica que Evax por fin había acabado con el olor menstrual. Anonadado por el impacto me senté en uno de los sofás desvencijados mientras meditaba si todo había sido un sueño, pero la brutal realidad me arrancó de mi ensoñación con la voz de mi amigo.
-¿Y eso es bueno?-
Después de escuchar semejante pregunta sentí ganas de ahogarlo por el cuello hasta la muerte, pero me contuve y me largué dando un portazo. Mientras salía de su patio, y ya en la calle, oí al imbécil asomado a la ventana gritándome que le respondiera a la cuestión, que era importante para él conocer otras opiniones y que cada día yo estaba más intratable. Al fin pude llegar a casa y me tumbé en la cama; mientras daba vueltas sobre ella imaginé que volaba por encima de las nubes. Mientras me desplazaba gracias a las corrientes aéreas ascendentes, podía contemplar a la gente caminando por las calles. Desde mi altura parecían ladillas jugueteando sobre un gran Monte de venus que era la ciudad. Como la ensoñación resultaba repetitiva, en un microsegundo la transformé en otra. Esta vez era un gusano y me deslizaba entre la maraña de hierba fresca mojada por la lluvia. A veces necesitaba quedarme inmóvil para impedir que unos grandes pies humanos me aplastaran, pero la sensación de reptar por el barro me producía un placer del que no podía abstraerme. Seguí siendo lombriz durante lo que me parecieron horas, hasta que llegó el momento de volver a comportarme como una persona cabal, ya sabes, reinterpretar el papel de siempre, ese que me sé de memoria, y decidí escribir parte de estas líneas que te enviaré hoy.

Los seis próximos meses, además de fríos y desapacibles, se presentan realmente jodidos, con esa especie de Neandertal sádico y embustero que tenemos por presidente y su absoluta falta de principios. A la constante reducción de horas de luz natural, tendremos que añadir la manía del partido de fascistas que nos desgobierna y que se ha propuesto convertir este país en una sucursal de Uganda por medio del destrozo sistemático de los derechos individuales y el genocidio de ese mal llamado estado de bienestar que otros tipos de su calaña infecta nos vendieron hace tantos años como la única y verdadera panacea. A veces, en mitad de uno de mis míticos ensueños, me imagino al señor Rajoy secuestrado por extraterrestres de un planeta situado a 7 millones de años luz de la Tierra; otras, que repentinamente sufre un ataque de apoplejía y al despertar se siente Fray Juan Pérez y se encierra de por vida en un monasterio franciscano. Lamentablemente, ninguna de esas alternativas positivas va a realizarse; sobre todo porque los extraterrestres, si existen, deben ser unos tipos inteligentes y al mismo tiempo elitistas y por supuesto, ¿en qué clase de monasterio admitirían a un sujeto como ese? taimado y al mismo tiempo cobarde y ruin. Así que salvo que ocurra un milagro, nada, absolutamente nada va a cambiar en esta demencial espiral de recortes, paro y mentiras.

Hoy es día 25 y se supone que el Congreso va a ser rodeado, aunque la verdad es que sigo sin comprender para qué va a servir esa acción. Por otro lado, me produce gracia la respuesta del Gobierno de blindarse tras los armarios de los individuos que forman parte de las fuerzas del orden. Si lo pienso bien, todo este asunto, este toma y daca me resulta conocido. Lo observé una vez en el zoo, en la jaula de los monos. Pero por lo menos los simios siempre demostraron una gran dignidad en sus teatrales actuaciones. ¿Qué más puedo decirte? Mientras ese montón de ilusos de uno y otro lado representan los papeles de sus vidas, unos como profanadores, otros como salvadores, yo pienso permanecer en mi habitación, rodeado de mis libros, rascándome la barriga y pensando que en algún lugar del Cosmos debe haber un pequeño coagulo de inteligencia magmatizada, desplazándose u orbitando sin rumbo. Lo que está claro, y nadie que tenga dos dedos de frente se atrevería a rebatir, es que en nuestro sufrido planeta llamado Tierra o Gaya, el razonamiento y el conocimiento se extinguieron nada más aparecer.

Tú me conoces bastante bien y sabes que mis ideas son demasiado estalinistas, pero estoy convencido de que la única solución son los palos y las barricadas. Puedes llamarme bárbaro o como te salga del lugar donde suelen salirte los insultos, pero no hay otra salida. Si no me crees, vete a una biblioteca y lee sobre este tema y las verdaderas soluciones que han resultado efectivas en los últimos 2000 años. Comprenderás que ni las pancartas, ni los rodeos, ni las súplicas de un pueblo oprimido tienen nada que hacer frente a la desvergüenza y la absoluta falta de moral de los crápulas que controlan el poder. Ningún aprendiz de reyezuelo va a permitir que tú u otros como tú, con valores a fuerza de terremotos los desaloje de su jaula dorada. Y para ello estarán dispuestos a lo que haga falta. Y lo estamos viendo estos días, no es algo que me invente yo.

Saludazos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Email del 24 de septiembre 2012

Goya, Hasta su abuelo (1799)

El rebuzno ¿es innato o adquirido? (Ensayo atribulado sobre la estulticia o por qué resulta más fácil echarle las culpas al gato)


Pensar puede llegar a ser duro, pero no hacerlo es realmente trágico y nos acerca un poco a nuestros antepasados los ladrillos. Mientras pensamos o tratamos por todos los medios de creer que lo hacemos -aunque en la mayor parte de los casos no se trate mas que de una improvisada toma de conciencia inútil y un absoluto desperdicio de tiempo-, nuestro sentido de la percepción muta y se transforma en un oasis de narcisismo y autocomplacencia que haría palidecer de envidia hasta al mismísimo Jesucristo en mitad de una de sus innumerables, falsamente angustiosas e improductivas oraciones en el huerto de Getsemaní. Pensamos, los que verdaderamente tenemos ese don y lo cultivamos, porque desarrollamos una imperiosa necesidad de sentirnos humanos trascendentes más allá de lo que representa pertenecer a una raza asesina y egoísta. Mientras nuestros recuerdos se agolpan en la memoria, tratamos por todos los medios de maquillarlos con la solemnidad y parafernalia más típica y al mismo tiempo más siniestra. Y llega un momento en que la realidad pretérita se vuelve ficción. Y como autores de esa ficción sobrealimentada no tenemos otra salida que glorificarla y hacerla creíble para los que tienen la desgracia de rodearnos, de soportarnos, a veces incluso de envidiarnos. Pensamos en pasado porque nos resulta más sencillo que anticiparnos al futuro; mientras razonamos en pasado y nos esforzamos en diseñar el futuro, olvidamos el ahora, el presente, el aquí. Y es ese mismo abandono el que nos hunde irremediablemente. A algunos de nosotros nos complace ese movimiento absurdo y le sacamos cierto provecho, pero a la mayor parte de sujetos los esclaviza y sienten que deben luchar contra esa inerte herejía, aunque desconocen el motivo, el proceso o la solución. Son humanos porque lo han leído en algún libro o simplemente lo han aprendido en documentales, y eso les basta. Tienen que comportarse como humanos, aunque realmente estén más cerca del simio primigenio que de la fastuosidad pomposa del ser inteligente, con capacidad casi ilimitada para comprender, asimilar, procesar información y utilizarla para solucionar contratiempos.

Recibimos toneladas de datos pero tenemos serios problemas para almacenarlos. Nuestra memoria es violada con frecuencia por nuestros deseos inmaduros y ese estúpido afán de protagonismo que nos ha afeado durante más de 50.000 años. De poco ha servido evolucionar hasta caminar de forma bípeda: seguimos siendo monos, y a veces incluso procedemos peor que ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a los libros de Historia, para darnos cuenta en qué clase de bestia cruel y despiadada nos hemos convertido. Psicométricamente hablando, hemos tocado el techo. Comportarnos de una manera más ilógica es imposible. Sólo nos queda relamernos de gusto mientras tratamos de aparentar que tenemos todo dominado, aunque realmente la mayor parte del tiempo ni siquiera podemos controlar esos impulsos que florecen, sobre todo, debidos a la tremenda necesidad de indecisión que nos caracteriza y que de alguna forma, por qué no, nos avasalla y nos domina. Esa necesidad de indecisión que aparentemente nubla nuestra sublime capacidad de aprendizaje no es más que un comodín trabajosamente incrustado en el chip de los recuerdos con el único fin de desarrollar una absoluta incapacidad para resolver esos incómodos lapsus inducidos artificialmente debido, entre otras razones, a la pereza congénita que al mismo tiempo que nos dignifica como monos erguidos y evolucionados nos desentiende de cualquier obligación para con nuestra salud racional.

De todos es sabido que aparte de enfermedades, la genética nos proporciona una perfecta excusa por medio del factor hereditario. ¡Es tan sencillo escabullirse y echar la culpa de nuestra inmadurez social y de la estulticia que nos envuelve a los dichosos genes! Pero hay algo más. Mucho más. Existe lo que yo, dentro de mis limitadas capacidades científicas, llamo el sentido del retroceso consentido y que, en los momentos en que me encuentro dichoso y falsamente genial, explico a los ineptos, que sólo saben hacer un círculo con la ayuda de un compás, con una pregunta fácil pero capciosa: ¿el rebuzno, es innato o adquirido? Hasta el momento, ninguno de los cenutrios a los que he atosigado con la dichosa cuestión ha podido contestarla sin rascarse la cabeza. Puede parecer una estupidez, pero racionalizar la pregunta puede llevar a ciertos individuos a sufrir un repentino ataque de lucidez que puede sumirles en una especie de suicidio racional. Está claro que, exceptuando algunos elementos francamente infrahumanos, la mayor parte de nosotros sólo rebuzna cuando está enfadado o simplemente porque el consomé del chef le ha parecido intragable. Pero la cuestión no es si rebuznamos o mugimos, ni siquiera si resoplamos o ululamos. El asunto es mucho, mucho más complicado. Y sólo podría demostrarlo con otra pregunta, eso sí, un poco menos rebuscada y simplona que la anterior: ¿por qué somos absolutamente incapaces de desarrollar todo o la mayor parte del poder que nos otorga el cerebro? Es posible que parte de la culpa se deba a lo que algunos osan llamar, no sin cierta ironía, herencia cultural, y que es trasmitida de generación en generación como un lastre o carencia silenciosa que nos permite echar la culpa de nuestras propias vacilaciones, de nuestras definitivas ganas de escurrir los bultos. ¿Quiere decir esto que los descendientes de los ignorantes están condenados de por vida a sufrir esa misma carencia que se les impone desde la cuna? Muy probablemente, pues así conviene a ciertos estamentos.

A veces, más por diversión que por otra razón, intento comprender lo que se esconde en algunas cabezas, pues no noto gran diferencia entre éstas y un moho mucilaginoso, esa especie de cruce entre hongo y animal que todavía desbarata a los micólogos y zoólogos, pero pocas veces puedo llegar a una conclusión que estabilice mis ansias de conocimiento a través de la observación psicológica y la refutación accidental. De lo que estoy plenamente convencido es de que me alegro de pertenecer al grupo de seres que lubrican continuamente sus neuronas, o que por lo menos lo intentan. No tengo más que acercarme a un zoquete para saber que dependemos de nuestra capacidad de aprendizaje para consentir que nos definan como libres. Aunque somos seres de opiniones invariables, deberíamos valorar que el hecho de sentirse libre no es tener la capacidad para hacer lo que te de la gana en el preciso instante en que te apetece; eso no es libertad, no nos engañemos, eso es nada más y nada menos que imbecilidad y frustración a partes iguales. Y la imbecilidad es una cárcel, pero es una cárcel en la que uno se encierra por decisión propia, excluyendo, por supuesto, a los nacidos con alguna forma de retraso mental. Y como en todas las prisiones, llega un momento en que los presos son incapaces de vivir en completa libertad, de inhalar el aire no viciado que se respira tras sus muros, en definitiva, de salir de sus celdas más rehabilitados y con la conciencia social deseablemente definida.

Mientras el acto de escabullirse sea tan sencillo y sus consecuencias tan a largo plazo, el número de acémilas y desgarbados mentales aumentará exponencialmente. De hecho, ese número es tan demencial que causa un pavor terrorífico entre los idealistas del razonamiento que ven como el nombre de Homo sapiens se aplica con verdadera alegría tanto a unos como a otros, sin distinción.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Email del 23 de septiembre 2012

Michael Sowa School of Fish 

Hola:

El otoño me encanta, pero la falta de horas de luz me afecta. Y ya empiezo a notar los síntomas en mi cabeza. Ayer intenté construir un cohete espacial con el que desplazarme a otro planeta, utilizando piezas de una tostadora eléctrica, varios teléfonos rotos y un consolador que alguien se dejó olvidado alguna vez en mi casa, pero no pude conseguir lo que deseaba. Hoy lo volveré a intentar aunque ya se me han pasado las ganas de emigrar a otros mundos; me conformo con este, repleto de mierda e imbecilidad a partes iguales, gobernado por miles de pequeños dictadores que intentan por todos los medios hacerse un hueco en los libros de historia, ya sea como redentores o tiranos, el adjetivo no les importa demasiado, pero sí las consecuencias de sus egos y circustancias. Para conseguir sus fines estarán dispuestos al sacrificio que conlleva el poder, es decir, mentir, confundir, robar, avasallar, pero tambien violar los derechos de los borregos sin dignidad, entre los que yo no me incluyo, que prefieren vivir en una sociedad consumista y coleccionar piscinas, coches, chalets y posesiones a cualquier precio. Y el precio es la prostitución total de sus vidas y la de sus descendientes. Al otro lado de la balanza tenemos a los desheredados, a los refugiados, a esa clase de gente que realmente quiere cambiar el mundo, pero que se narcotiza con el aroma de sus deseos y que temen pasar de ese punto de no retorno porque todavia no tienen claro cuál podría ser el resultado de sus incógnitas, y por eso se dedican a esperar que otros den el primer paso. Pero nadie se atreve a darlo, basicamente porque temen los resultados; y mientras meditan y salen a la calle con pancartas y gritos de cambio, el tiempo pasa. Y cada día que pasa, son un día más viejos; y cada grito de furia contenida que sale de sus gargantas, les hace más mudos, más reservados y silenciosos, hasta que acaban conformándose esperando a un Salvador que nunca llegará porque no ha nacido. Ignoran que cada uno de ellos es el verdadero enmancipador de sus circunstancias, olvidan que sólo la fuerza de sus aspiraciones y de sus credos es suficiente para transformar el dolor y la desesperación que implica no ser verdaderamente libres. 

Pronto llegará el invierno. Hará frio y nuestras ideas se congelarán bajo un manto de letargia y sopor. Caminaremos por las calles con nuestros abrigos de marca, mientras esos dictadores que nos sonrien se hacen cada vez más fuertes, más astutos, más poderosos. Nos prometerán el Nirvana y muchos de nosotros les aplaudiremos extasiados, pero más tarde, en la inmensidad de nuestras soledades y ocultos en nuestros rincones preferidos, malgastaremos un tiempo del que no disponemos soñando con utopias a las que disfrazaremos con la etiqueta de la imposibilidad o el impedimento. Tenemos el suficiente poder adquisitivo para comprar tabaco, pagar putas y emborracharnos. ¿Para qué queremos más? ¿Qué nos importa que esos Grandes Hermanos que dirigen nuestro futuro se hayan forrado a nuestra costa? Nos dan pan y a veces nos pagan el circo. ¿Es ese el verdadero estado de felicidad absoluta? ¿Fue ese el principal motivo para nuestra concepción? ¿Pensaron nuestros padres que nuestra existencia sería todavía más miserable que la suya? Sólo somos esclavos. Caminamos sin cadenas, pero necesitamos permisos para utilizar las aceras. Si nos abofetean optamos por el ejercicio de la sumisión. Somos furcias que regalan sus servicios. Somos el servicio de limpieza de las letrinas de la autoridad y su supremacía. Nos escupen y damos las gracias porque no nos han disparado. 

La primavera y el verano recargarán nuestro cansado ímpetu y lo alteraránn de una forma tan sublime que parecerá que toda esa fuerza contenida en la rabia que destila nuestra cobardía servirá para imponer nuestros deseos. Pero esos deseos carcomidos por la ignorancia y el arrepentimiento nos llevarán al próximo otoño. Y la rueda, el ciclo volverá a iniciarse. Y mientras eso sucede, cada microsegundo que gastemos en fabricar quimeras y equivocadas visiones, será irremplazable. Si no salimos a la calle ahora, en estos momentos, y desalojamos a cada uno de esos falsos profetas y caudillos de la vileza, la oscuridad que reina sobre nuestra impotencia lo hará eternamente.


Besos y abrazos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Email del 21 de septiembre 2012

Brendan Monroe, Observations of Light and Matter. 2012


Querida:


Son las cinco de la madrugada y todavía estoy medio drogado de sueño. Parece ser que mis años de dormir bien y de un tirón acabaron para siempre. Me siento como una especie de lechuza semi-profesional, así que no tengo otro remedio que matar las horas hasta el alba con algunas de mis ensoñaciones prefabricadas. No trato de justificar la decisión de continuar con esas ensoñaciones como único fin de asesinar las horas que paso en vela, pero sí como un ejercicio de serenidad autocomplaciente, una forma de sustituir el desasosiego que produce dar vueltas y más vueltas en la cama mientras escucho los ronquidos del vecindario, que, ajenos a sus desgracias y, sobre todo, a las que subyugan al país, me producen esos celos y envidia que en esos momentos me corroen. Ellos, todos, duermen, pero a mi no me sirve ni siquiera contar corderos u ovejas.

En la inmensa leontina de pensamientos accidentales a los que me relega el insomnio, hay uno que destaca sobre el resto con una fuerza y un vigor tan insensato que agita mi cordura como lo haría un cachorro de perro con su juguete de trapo. A veces, puedo dirigirlo hacia los rincones de la esperanza, pero la mayor parte de las veces no puedo rendirme cuando me sujeta con esa fuerza descomunal que poseen las ideas irreflexivas y me transporta a mi pesar hacia el territorio de la locura impetuosa e inconsciente. Y es durante ese viaje hacia ningún lado cuando el recuerdo de los placeres inocentes corroe como ácido nítrico la lógica del contrato, de la promesa, del pacto o de sus fragmentos, que en otro momento y en otro lugar juré cumplir, pero que ahora no es más que una diana situada estratégicamente para que no pueda errar el tiro, un crucigrama con anotaciones en los márgenes que nunca trataré de descifrar, una llave escondida entre los intersticios de una puerta agrietada.

Recuerdo perfectamente el sonido de las voces mudas que me acompañaron en mi infancia. Y recuerdo mis devaneos con la soledad, translucida, sólida y flexible, como un paso razonable hacia una madurez que me esquiva disfrazada de círculo de simulación, de abulia e inercia, de eternidad y burla. Pero no me entiendas mal, no busco tampoco esa quimera inoportuna y precipitada llamada satisfacción o bienestar o felicidad o como diantres quieras llamarla y que tantos infortunios acarrea al necio que por todos los medios intenta atraerla. Sólo busco lo que sé de antemano que no voy a poder encontrar, pues me resulta incongruente cualquier forma de coherencia trabajosamente elaborada con el único y servil fin de conseguir un final completo, elaborado a la carta, pero anestésico e inoportuno, que sostenga por si sólo al mortífero aunque delicado y autocomplaciente instinto de sobrevivir a cualquier precio.

Hay momentos en los que una sensación reconfortante me incomoda, pues percibo la inquietante presencia de un observador invisible apretando con esa fuera inusitada que caracteriza a los planteamientos defectuosos y que de alguna forma rodea los movimientos que eficazmente trato de evitar, pero las experiencias almacenadas en mi cerebro y el dolor encarcelado en mi carne han fundido en cristal esos sueños de vida y muerte que se retuercen en las entrañas y trasforman lo que alguna vez fue parte de la zona afectiva y piadosa en cinismo, rabia, secretos y adicción. Ya nada importa demasiado. Mi empatía está en coma. Abrazo la enfermedad como panacea ensordecedora. Mis brazos están sedientos de vacío e infinito. Ya nada volverá a ser igual. ¡Es demasiado tarde para cambiar!


Saludos afectuosos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Email del 20 de septiembre 2012

Jackson Pollock, Nº 8 (fragmento) 1949


Hola:


Ayer rellené una solicitud para el 13º Concurso de Suicidios Nacionales y no hace ni media hora que acabo de recibir la aceptación y las bases. Como ya sabes, y si no es así yo te lo explico, esta competición la gana el insensato que acaba con su vida de una forma más excéntrica y absurda. El año pasado el ganador se eutanasió introduciendo sus genitales en una batidora Mulinex, junto a unas peras tendrales y varios melocotones de Calanda. El premio, como ya supondrás, es un ataúd de madera de nogal, con incrustaciones de metal y acabados con forrado de raso acolchado de forma personalizada para el finado y clases de Gori-Gori (el canto fúnebre) gratis durante un año para los parientes más próximos. Como soy un tipo al que le desagrada perder, he diseñado una forma de poner fin a todo excepcional que, estoy completamente seguro, dejará al jurado con la boca abierta de asombro y perplejidad. Seguramente te estarás preguntando qué manera maquiavélica pienso utilizar. Pues la implosión visceral total. Me tragaré tres o cuatro masclets valencianos y trataré de explosionarlos de una forma artística, es decir, intentaré por todos los medios que mis entrañas dibujen un gran cuadro sicodélico con patrones caleidoscópicos y fractales, repletos de motivos fosfénicos y otros fenómenos entópticos, en las paredes y las ropas de los asistentes. Si no me proclaman vencedor, es porque los tipos que juzgan el concurso de muertes son unos completos inútiles y artísticamente incultos o porque se presenta algún primo, amante o hermano de los miembros del jurado.

Antes de decidirme por este sensacional final, había barajado otros; como por ejemplo tatuarme en el pene la imagen de un judío ortodoxo sodomizando al Papa y presentarme desnudo y recitando la bendición Urbi et orbi en una iglesia cristiana de las más fundamentalistas. ¿Te imaginas mi cuerpo atlético sin ropa y mi boca perfecta, con esos labios rojos vampíricos que me caracterizan cantando eso de "Sancti Apostoli Petrus et Paulus, de quorum potestate et auctoritate confidimus, ipsi intercedant pro nobis ad Dominum"? Si no he elegido esta sutil y estrambótica forma de suicidio ha sido por dos razones:

1) Aunque mi miembro viril es inmenso y está bastante bien formado, es decir, no se dobla hacia ningún lado cuando experimenta una formidable erección, no es lo suficientemente voluminoso como para que quepa el tatuaje que pretendía, o por lo menos, para que pudiera ser visto en todo su esplendor y detalle.
2) El año pasado ganó un sujeto utilizando sus partes intimas y no he querido repetirme.

Esta tarde, si no llueve, pienso ir a cambiar mi testamento. Sí, no te preocupes, a ti te lego mi colección de baberitos, parte de mi enorme biblioteca y un tratado escrito por el doctor Miguel Tortajada acerca del furor uterino y sus consecuencias en una sociedad como la que nos ha tocado vivir. A mis padres, las facturas impagadas, a mis hermanos el cenicero de cobre con motivos florales y a mi vecino Serafín mi birimbao fabricado en el Chaco.


Besos

lunes, 10 de septiembre de 2012

Email del 10 de septiembre 2012

Craig La Rotonda, Anathema


Hola:

Acabo de hacer una tontería: he bajado al kiosco y me he comprado un paquete de tabaco. Sé que de estos 20 cigarrillos no voy a pasar, pero ahora me siento idiota y culpable, aunque al mismo tiempo que experimento nuevamente la sensación de imprudencia estoy disfrutando de la nicotina y el alquitrán sobre mi cerebro y pulmones. Podría abrir el cajón donde guardo mis cilicios mentales y provocarme esa sensación de dolor que me purifica al mismo tiempo que me degrada, pero voy a intentar no ser otra vez mi propio enemigo, ese demonio que juzga y alaba mis errores y recrimina mis aciertos, perfora mi cordura y descompone la sensatez transformándola en pequeñas partículas de lodo y porquería. Estoy fumando ¿Y qué? ¿Acaso no tengo derecho a maltratar mi cuerpo y mente de la forma en que libremente elija? Me hago daño porque necesito sentirme útil, necesito acariciar el despropósito como parte de la autoafirmación espontánea que mueve los hilos de la idiotez suprema y que, de alguna manera, destapa esa caja de Pandora repleta de tormentos y angustias, de desorden y miedo, de deseos retractados e imágenes que se desvanecen.

El paso del tiempo es una sensación imaginaria que me incomoda. Huyo para no encontrarme. Pero mientras me sacudo de encima los métodos y sus porcentajes, el vacío y sus consecuencias crónicas intuyen mis movimientos y arrastran lo que deberían ser principios inalterables hasta el borde del precipicio. Entonces, cuando esto sucede, las líneas que serpentean por mis heridas perciben la presencia de la desesperanza y de la irreflexión, transformando el resentimiento trabajosamente acumulado en éxtasis sagrado y penitencia abstracta e irreal. La imprudencia es mi mejor amiga, mi verdadera aliada. A veces la sujeto con las manos y la contemplo embelesado; limpio la suciedad que se acumula en el gozne de la cerradura y la vuelvo a guardar. Mientras la escondo, trato de pensar como serían mis pocas horas luminosas si no existiera o si por algún motivo no pudiera usarla cuando me conviene.

Quizá debiera justificar los errores como parte de lo que llamamos enriquecimiento personal, pero entonces sólo estaría fingiendo la lógica y no sufriéndola como despropósito absoluto. Es posible que en todo este proceso de autodestrucción insoportable, en el que la distorsión y la autocomplacencia desencadenan deseos injustos, aparezca un movimiento indefinido atrincherado tras un deseo de supervivencia; incluso es factible que la estela que se retuerce entre la contagiosa sensación de falso triunfo dé paso a la inconfundible pero reveladora sensación sorda y muda que siento al obstruir las puertas del verdadero equilibrio; ese que palpo a ciegas cuando creo que sus tentáculos asfixiantes no rodean la solemnidad del poder que rige mis errores y mis aciertos, mi destino, mi eternidad derrotada.

Mientras te escribo esta serie de frases incoherentes e infantiles, el remolino sensorial del conocimiento se encuentra en el punto más bajo de la escala. Intento tragar aire, pero los parásitos de los recuerdos flagelan cada una de las sensaciones racionales, alterando el Libre Albedrío y mutando la sabiduría adquirida en todos y cada uno de estos años, en negación, miseria y alarma.


Un saludo

sábado, 8 de septiembre de 2012

Email del 8 de septiembre 2012

Adriaen Brouwer, Inn with drunken peasants, 1625


Hola, querida:


Te escribe la piltrafa humana, o lo que ha quedado de ella tras pasar más de media noche escuchando pasodobles valencianos y salvajadas por el estilo. Resulta que como todos los años por estas mismas fechas (desgraciadamente) se celebran las fiestas de mi barrio, ya sabes, esos típicos festejos que a los inteligentes nos hunden en un estado semi-comatoso pero que a los que participan en ellas les hace olvidar por unos instantes lo memos, subnormales e intolerantes que son y el asco que se dan a sí mismos. El problema es que las putas verbenas se celebran a unos 20 metros de mi casa, por lo que el sonido llega directamente y en forma de flecha electrificada a mi cerebro; allí se parapeta tras la corteza somatosensorial primaria, se hace fuerte, y ya no me abandona durante horas o incluso semanas. Estas celebraciones pseudomusicales y claramente fascistas -pues yo tengo derecho a dormir y no a ser obligado a tragarme sus demonios y sus miserias- suelen durar hasta las 4 o las 5 de la madrugada, pero los berridos infecciosos de la mayor parte de asistentes, totalmente defraudados porque el festín sólo ha durado 10 horas, son claramente audibles hasta que sale el sol (a veces, hasta que se pone).

Serian las 7 más o menos y mi estado era tan lamentable como el de un zombi al que han impedido alimentarse de vísceras durante un siglo, cuando decidí vestirme y bajar a un bar a tomarme un café americano cuádruple. Mientras trataba de buscar uno reconfortante y más o menos limpio, un tipo con cara de plátano maduro y aspecto de uxoricida convencido, me abordó por la calle y echándome directamente el aliento en la cara me preguntó si yo era Carmen, la hija de Aparicio y Matilde. Como en ese momento no me encontraba para imbecilidades de borrachos profesionales le contesté que sí, que yo era Carmen, pero que si le asombraba mi peinado o la falta de él era debido a que 18 Cheyennes afectados de polidipsia psicogénica me habían arrancado el cuero cabelludo hacía media hora, posiblemente con el propósito de impermeabilizar sus tipis o fabricar pelucas para sus squaws calvas.
-¿Sssssqu qué? -preguntó el tipo mientras se rascaba una oreja con la rodilla.
- Squaws, mujeres indias.
- ¿Indiossss? ¿Hay indiossss en el barrio?
- Sí, ejem -repliqué yo aguantando la respiración -pero ahora, si me disculpa, me esperan en casa de mi futuro asesino.
- ¿Assssessssino? volvió a preguntar desconsoladamente; pero ya no obtuvo respuesta, pues yo había desaparecido a la velocidad de los neutrinos.

No hace falta explicarte como acabó mi excursión callejera ni lo reconfortante que sentí el chute de café directamente en la vena cerebral magna, aunque casi me provoqué un aneurisma al bombear la cafeína con la plantilla del zapato. El caso es que por fin me encuentro despejado, aunque un poco nervioso y deprimido; creo que estoy en condiciones de pegarme un tiro sin que me tiemble la mano. Y es lo que voy a hacer a menos que la mosca que ahora me putea posándose en mi cara sin el menor recato desaparezca o sufra un ataque meningítico severo. La verdad es que si lo medito, el tiro debería descerrajárselo al concejal de fiestas de mi ciudad, y de paso a su secretaria por ser tan diligente a la hora de aprobar ciertas celebraciones. Ya sabes que cuando empiezo a disparar soy como William H. Bonney y la única forma de detenerme es contarme un chiste sobre verduras rancias u obispos troilistas. De momento voy a ducharme con un nuevo gel que me he fabricado yo mismo siguiendo la recomendación de una web naturista y que según uno de sus partidarios, y cito textualmente, "suaviza el cutis hasta un punto en que resulta desconcertante".



Saludos


PD:
A veces cuando me aprieto con fuerza el talón derecho me duele el codo izquierdo.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Email del 6 de septiembre 2012

Jeremy Geddes


Hola (después de tantos días):


Todo este tiempo lo he gastado en hacer las cosas que más disfruto, es decir, no hacer prácticamente nada excepto cuidar a mis plantas, leer a Gerral Durrell, escuchar música y volver a visionar films de mis directores favoritos. Ni siquiera he leído periódicos o he interactuado con otros humanos o animales, si descontamos a las moscas que felizmente vuelan por mi casa o alguna cochinilla algodonosa que a hurtadillas trata de comerse mis pasifloras. Al mismo tiempo he seguido un régimen bastante estricto de 900 calorías al día y he hecho mucha gimnasia casera. Es posible que mi "casi nada" para ti sea bastante e incluso para algunos demasiado, pero no para un cerebro tan nervioso e infatigable como el mío, pues he reducido las ensoñaciones o las meditaciones a la mitad y el ejercicio mental al cero absoluto. Sin pensar me siento realmente reconfortado y los problemas se reducen drásticamente. Ni siquiera he consultado el cochambroso estado de mis cuentas bancarias, por lo tanto no he tenido motivos para deprimirme y como no he tenido que aguantar conversaciones estériles de los cenutrios que pululan por la ciudad mi ánimo es especialmente estable.

Desde luego mi retiro aún no ha concluido, de eso puedes estar segura, pero hoy, como la temperatura es agradable y llevadera, he decidido salir de mi agujero durante un par de horas y enfrentarme al mundo y sus circunstancias más o menos desfavorables. La verdad es que definir mi estado actual como cenobítico sería un eufemismo; no creo que exista en el lenguaje castellano una palabra que determine mi aislamiento o mi ascetismo sin quedarse corta. Me recluyo porque el exterior apesta y ha llegado un momento en que no hay nada ahí fuera que me devuelva las ganas de seguir comportándome como un ser humano. En mi cárcel no existe la imbecilidad y nadie me da órdenes; no tengo que intentar ser lo que no soy para parecer lo que nunca seré. En mi cuchitril soy el ser supremo y sólo los vegetales que se broncean en el balcón obedecen mis órdenes. ¡Y porque no tienen más remedio! Si quieren agua y abono tienen que cumplir las reglas. Como no pueden hablar, no pueden quejarse, y como no piensan, por lo menos como pensamos nosotros, los hijos de la desolación que siguen las normas establecidas, no pueden gritarme a la cara que soy un tirano despreciable y que debería arrojarme desde una de las almenas de las Torres de Quart.

Básicamente soy una especie de Rey Agag pero sin el final que éste tuvo a manos de Saúl, o por lo menos eso espero. Soy un monje trapense que se pudre rodeado de nadas y todos, de cuantos y porqués, pero que lejos de esconderse bajo una capucha de lino, intenta sobrevivir asesinando los recuerdos y pisoteando el aquí y ahora. Un fósil viviente; una máscara inacabada; un efecto casual que se desmorona. Pero también soy un hacha de guerra, un virus indeterminado, el vacío. No existo. No hay cambios. Sin cambios, sin cambios, sin cambios. Soy mi propio placebo. Soy la repetición de los días y de las noches; soy una roca, un tocón cubierto de musgo y líquenes, un ipsisimus penitente acosado por los espectros. Y no puedo ni quiero mudar la piel. Soy la ausencia, la oquedad absoluta y la conclusión. Soy esa astilla de madera que se transforma en puñal. Soy lo que nadie quiere ser, lo que tú no te atreves a soñar, el ángel caído y el tiro de gracia, pero ahora, ¡el juego ha terminado!

Espero que tus horas sigan siendo luminosas.


Besos