miércoles, 9 de mayo de 2012

Email del 9 de mayo 2012

Nigel Tomm, Extraordinary. 2007

Estoy triste, amiga mía:


A veces pienso que estoy malgastando mi tiempo, sobre todo cuando una mirada o un ruido me recuerdan que no estoy realmente solo. En esos momentos, de la misma forma que el heroinómano intenta cuidar las venas de sus brazos con el fútil propósito de alargar la agonía de sus venas, yo intento mirar desde cualquier posición hacia ninguna parte, aunque desgraciadamente todos los lados, todos los bordes, todas las esquinas, son fracciones de algún lugar, e invariablemente terminan por recordarme a la suma de todas las partes. Tengo amigos, claro, pero están demasiado ocupados representando un papel social que les queda bastante grande; en realidad están tan solos y perdidos como lo pueda estar yo, con la sutil diferencia de que ellos no pueden, no quieren, quizás temen, darse cuenta. Debería crear un grupo de solitarios, extraviados y perdedores; podría esconderme entre la infinidad de esa nada fracasada y silenciosa, pero entonces no estaría solo. El aislamiento no forma parte de una penitencia autoimpuesta, no es un instrumento mortificante; es una necesidad, como respirar, amar o pensar. Incomunicado me siento útil, valioso, necesario.

Cuando cierro los ojos no me importa nada, ni siquiera la superficie que mis pies puedan estar usando para mantenerse en frágil equilibrio. Cuando la luz del la mañana o del atardecer es incapaz de traspasar mis parpados, apretados, espesos y agarrotados, es el momento en que utilizo las exiguas sensaciones producidas por horas y horas de locura y ensimismamiento para llenarme y vaciarme por dentro, cíclica pero inconsciente, constante pero precipitadamente.

Hace algunos días descubrí un agujero en la pared, era tan pequeño que no parecía un orificio sino un error de la pintura, pero era mi agujero, estaba orgulloso de él y lo tocaba cuando me apetecía. Al principio ni siquiera me cabía la parte más exterior de la lámina ungueal, pero desde que lo tanteo, lo palpo, lo tiento, ha crecido de manera exponencial y ahora es capaz de alojar mi cabeza. Cuando me asaltan las dudas, cuando siento miedo, introduzco mi cerebro en él y desaparezco. Tú no tienes agujeros en las paredes, por lo tanto no puedes percibir mis sensaciones, mis impresiones, la percepción avasalladora que produce la inanición emocional, el efecto, la causa, el pánico...

Mis manos tiemblan porque necesitan justificar mis actos; mi voz suena entrecortada porque detesta el movimiento de mis manos. Es una especie de círculo vicioso que no tiene solución. Mientras todo esto sucede, mis ojos se niegan en redondo a mirar donde yo les exijo. Está claro que he perdido el poder de regir mis dominios, esa caprichosa e inane autoridad que me concedió la absurda mezcla de genes de mis progenitores. Ya no puedo controlar los movimientos, me es sumamente difícil dominar los sentidos. Juro que si fuera menos cobarde acabaría con toda esta farsa en que se ha convertido mi senectud mental, mi decrepitud sensitiva, la achacosidad que vive dentro de mí y se sustenta de mis tentativas frustradas, de mis fracasos reincidentes.

Cuando me aburro de la posición fetal, intento otras posturas igual de arriesgadas y lamentables. Como no me avergüenza ser un despojo humano, no necesito ninguna dosis de auto convencimiento. Vivo de la misma manera que otros mueren y supongo que sucumbiré como siempre he deseado: carcajeándome de la broma, de la chanza, del chiste que significa vivir.



Un abrazo (con ganas pero sin fuerzas).