domingo, 27 de mayo de 2012

Email del 27 de mayo 2012

Suzanne Valadon, La chambre bleue. 1923

Querida amiga:



Esta es la historia de Goyo Pérez, el famoso secuestrador de ceniceros que aterrorizó mi ciudad hace ahora 35 años. Algunos todavía lo recordarán, sobre todo los que tuvieron que apagar sus colillas en un plato de postre o en una baldosa.

Todo empezó un día lluvioso. Lo recuerdo como si fuera ahora. Yo vivía con mis padres, pues aún era un niñato consentido. Recuerdo los gritos de agonía de mi vecina Alfonsa, echándole la culpa a Nicasio, su marido-victima:

ALFONSA: Nicasio, malparido ¿Dónde está el cenicero que me regaló tu abuela el día de nuestra boda?
NICASIO: Palomita, yo qué sé. Sabes que no fumo. ¿Para qué quiero un cenicero?
ALFONSA: Seguro que lo has empeñado. Dime ahora mismo cuánto te han dado...
NICASIO: Barrilita mía, te juro por tu madre, que en gloria esté, que yo no lo he cogido.
ALFONSA: Nunca debí casarme contigo, maldito mentiroso. Te veo en la cara que mientes...
NICASIO: ¿Has mirado en el bolsillo de tu bata?

La cosa no fue a más y el día llegó a su fin, como sucede con casi todos los días. Alfonsa se quejó un par de veces por la noche y la nueva jornada empezó radiante, con un cielo tan despejado que incluso hacía daño a la vista. No fue hasta el mediodía cuando el cartero repartió la correspondencia y volví a escuchar la potente voz de esa especie de hipopótama maldiciendo a diestro y siniestro:

ALFONSA: Nicasio, han secuestrado a mi cenicero. Mira, lee, lo pone aquí. Acabo de recibir esta carta.
NICASIO: ¿Secuestrado un cenicero? ¿Seguro que no has vuelto a beber lejía?
ALFONSA: Han secuestrado a mi cenicero. Han secuestrado a Lucerito.
NICASIO: ¿Lucerito? A ver, léeme lo que pone.
ALFONSA: "Mantengo secuestrado a su cenicero de cristal con incrustaciones de plástico en los bordes. Si quiere volver a verlo entero siga mis órdenes sin llamar a la policía. Esta noche, a las 11 en punto me pondré en contacto con ustedes. No jueguen conmigo, soy peligroso e irascible. Firmado: el secuestrador de ceniceros".
NICASIO: ¿Han secuestrado a tu cenicero Lucerito?
ALFONSA: Pareces imbécil, Nicasio. ¿No sabes decir otra cosa?
NICASIO: Pobre Lucerito...

Decir que Alfonsa se encontraba próxima a un ataque de nervios es decir poco. Incluso mi madre tuvo que prepararle unas cuantas tilas mientras la consolaba diciéndole que fumar era un hábito despreciable y asesino pero que de todas formas debía mantener la esperanza y creer en el altísimo y sus milagros. Sobre las 11, una llamada telefónica rompió de cuajo la incertidumbre:

SECUESTRADOR: Soy el que retiene a su cenicero favorito.
ALFONSA: No es mi cenicero favorito, es mi único cenicero, sabandija ladrona.
SECUESTRADOR; Si quiere volver a verlo vivo, no vuelva a faltarme al respeto.
ALFONSA: ¿Cómo se encuentra?
SECUESTRADDOR: Yo me encuentro muy bien, gracias pero el...
ALFONSA: Me importa un ovario cómo se encuentre usted, especie de chorizo repugnante. ¿Cómo se encuentra Lucerito?
SECUESTRADOR: ¿Lucerito?
ALFONSA: Lucerito, mi cenicero...
SECUESTRADOR: Ah, ¿Se llama Lucerito?
NICASIO: Alfonsaaaa... ¿Dónde has puesto mis calzoncillos?
ALFONSA: Iros a freír espárragos tú y tus malditos calzoncillos.
SECUESTRADOR: ¿Cómo dice?
ALFONSA: No es a usted, se lo decía a mi marido....
NICASIO: Necesito cambiarme de calzoncillos...
ALFONSA: ¿Qué quiere usted de mí?
NICASIO: Quiero mis calzoncillos...
ALFONSA: Cállate ya, estúpido papanatas, intento que no maten a Lucerito.
SECUESTRADOR: ¿Sigue hablando con su marido?
ALFONSA: Si, Dígame... ¿Qué quiere de mí? ¿Sexo?
SECUESTRADOR: Por Dios, señora, usted no es mi tipo...
ALFONSA: ¿Cómo se encuentra Lucerito?
SECUESTRADOR: Lucerito se encuentra bien. En estos momentos está en la pila, a remojo, pues daba asco verlo ¿Es que no lo limpiaba nunca?
ALFONSA: ¿Qué quiere de mi? Devuélvamelo, se lo imploro...
SECUESTRADOR: Si quiere volver a apagar un cigarrillo en su superficie, siga al pie de la letra mis órdenes...
ALFONSA: Le escucho.
NICASIO: Si no me das ahora mismo mis calzoncillos limpios soy capaz de bajar a la calle desnudo.
ALFONSA: Hazlo y te detendrán...
SECUESTRADOR: Deposite mañana a las 10 en punto 30.000 pesetas dentro de un sobre en el buzón que se encuentra frente a la mercería Paquita. Si todo sale bien y tengo en mi poder el dinero sin contratiempos, usted volverá a tener a Lucecito antes de la noche.
ALFONSA: Lucerito. Es Lucerito, no Lucecito.
SECUESTRADOR: Perdone. Quería decir Lucerito.
NICASIO: He encontrado mis calzoncillos, pero están sin lavar. No puedo ponérmelos en este estado. Eres una puta vaga...
ALFONSA: ¿Quieres que te diga lo que puedes hacer con tus malditos calzoncillos?
SECUESTRADOR: No hace falta que le repita lo que puede pasar si no cumple mis instrucciones o avisa a la poli....

Alfonsa era una fumadora empedernida y además estaba enamorada de su cenicero, por lo que satisfizo las exigencias del secuestrador y este devolvió a Lucerito a su dueña, para regocijo de ambos y pesar de Nicasio, que a esas alturas aún no se había puesto unos calzoncillos decentes. Pasaron unos cuantos días y un lunes por la mañana, mientras esperaba que mi padre me diera mi paga semanal de 500 pesetas, me entretuve leyendo el periódico y no pude dar crédito a mis ojos cuando en la primera página a modo de titular pude leer:

"Aumenta el secuestro de ceniceros en Valencia. Sus autores buscan conseguir grandes cantidades de dinero de una forma rápida y fácil. Las víctimas pagan de forma rápida a los delincuentes y optan por no denunciar los hechos ante la policía. Son delitos ocultos, apenas se denuncian porque más del 70% de los secuestros de ceniceros que se producen en nuestra provincia se dan entre las clases medias o bajas. Las Fuerzas de Seguridad destacan dos modelos de víctimas: amas de casa y fumadores empedernidos."

Mientras leía la noticia no podía dejar de pensar en lo afortunado que era, pues como sólo tenía 15 años, todavía no estaba en edad de fumar. Y aunque pudiera hacerlo, en mi casa sería imposible; mi padre odiaba el humo y mi madre odiaba a quien lo produce. Cuando acabé de leer la insólita información, doblé el diario por la mitad y me preparé un Martini dry, aprovechando que mis progenitores estaban en la fiesta que Alfonsa había preparado para recibir a Lucerito y que se prolongaba ya 2 jornadas.

El resto ya es historia. A Goyo lo cogieron con las manos en la masa, o quizá debería decir con las manos en los ceniceros y le cayó una buena condena. Al final quedó en libertad a los 3 años por buen comportamiento y rehízo su vida como buhonero. Falleció a la edad de 87 años en 1998, víctima de un cáncer de pulmón no sin antes escribir su biografía titulada " El arte de la inocencia", publicada en el 2002 por la editorial "Kamasutra".

sábado, 26 de mayo de 2012

Email del 26 de mayo 2012

Monet The Pave de Chailly in the Fontainbleau Forest 1865

Querida:


Mi balcón va a estallar. Lo presiento. Demasiadas plantas para tan poco espacio, pero de momento, y exceptuando los instantes en que tengo que regarlas, que se hacen un poco complicados, es mi remanso de paz, quizá el único. Por eso le dedico tanto tiempo. Me encanta hablar con los Ficus y las Yuccas, aunque por ahora no han querido contestarme. Incluso les pongo música clásica, sobre todo a Bach, aunque cuando alguna me putea creciendo deformada o incluso marchitándose sin motivo aparente las obsequió con una dosis programada de Black Sabbath, y eso es algo que no les gusta en absoluto. ¿Pero qué quieres que haga? Detrás de mi disfraz de extraterrestre se encuentra un humano apesadumbrado, y no de los mejores. Ver cómo crecen a toda velocidad las crassulas y los senecios no tiene precio. Me siento afortunado al contar con semejantes aliados no racionales, incluso cuando no todo sigue su rumbo establecido. Hasta el momento, ninguna de mis amigas, mis inquilinas, me ha pedido dinero ni se ha quejado por ninguna causa, aunque los Kalanchoes me dan algunos dolores de cabeza: nunca sé cuando quieren abono o cuando necesitan una pequeña sombra donde cobijarse del cargante y pesado sol del oeste.

¡Sí! Sé que no es la primera vez que te escribo sobre este tema y seguramente no será la última, porque cuando me siento rodeado de hojas y flores, en ese mismo momento, vuelvo a tener fe en la existencia, tal y como la conocemos, de la misma manera que unos la sufren y algunos, unos pocos, la gozan sin saber realmente la razón. Ayer me dedique a contar el número de plantas que poseo. ¡Uf, qué mal queda eso de poseer! En el balcón viven y se reproducen 287; en las tres habitaciones un total de 18, en el comedor 3, en la cocina 5 y en el lavabo 7. Si lo sumas hacen un total de 322. Puede parecer una locura, pero no deja de ser MI LOCURA; elegida por mí, gozada por mí, sufrida, a veces, por mí, junto a sus consecuencias, sin ninguna clase de pompa y con un número limitado de circunstancias.

Durante años crecí rodeado de animales, y no me refiero al género humano, sino a los reptiles y arácnidos que me daban argumentos simples y sencillos para seguir adelante, paras seguir rodando. Pero al mismo tiempo que los amaba, sentía que estaba traicionando una de las leyes fundamentales de la libertad individual (que no sólo pertenece a los que razonan), por eso tuve que deshacerme de ellos. Entonces tenía plantas, pero no en la cantidad y calidad que tengo actualmente. Es posible que mi parte humana sea infantil y se dedique a coleccionar como mero y fútil escape a los problemas avasalladores que implica estar vivo, respirar, interactuar con ceporros. También es posible que mi afán por rodearme de seres no racionales implique un terrible desasosiego circunstancial, motivado sobre todo por un vacío existencial que no puede, de ninguna manera, llenarse a base de conversaciones estériles que no llevan a ninguna parte. No me gusta sonreír a los de mi especie, prefiero dedicar los contados esbozos de sonrisas a los vegetales, a los animales, incluso a las piedras. No necesito usar más máscaras o caretas, por eso las tengo guardadas en un armario empotrado. Ya no las pienso usar jamás. Si quieres puedo regalarte algunas; las hay de todas las formas y tamaños inimaginables. Algunas pesan demasiado, otras son livianas como la espuma. Las hay de varios colores, con diferentes texturas. Todas fueron fabricadas por mí a lo largo de los años y si quieres que te sea sincero, ninguna me abrió ninguna puerta.

Ahora, a mis 50 años, con una barriga cada día más enorme y con la mente y el espíritu despejados, aunque heridos y con ciertos traumas que aparecen y desaparecen, como el gato de Cheshire, creo que por fin he recuperado la estima, la dignidad y el amor propio. ¡Me quiero! Me quiero porque necesito utilizar ese verbo, pero sobre todo, porque es la única fórmula que conozco que da resultado. Aprendiendo a quererme es posible que en el futuro pueda querer a mis semejantes, sin sentir cierto asco y temor, repartidos a partes iguales. A veces me pregunto si querer al prójimo sirve para algo. ¡Creo que me estoy liando! Claro que amo a ciertas personas, familia, amigos, algún que otro enemigo, pero hay que diferenciar entre los dos verbos: amar y querer. Yo amo mucho más que quiero. Querer implica egoísmo, ambición, codicia. Amar es una percepción irreal, quimérica, pero que de alguna forma, alimenta el futuro, aunque trastoca el pasado. Yo quiero a mis libros, a mi colección (otra vez las colecciones) de música y cine, pero sólo puedo amar a las plantas, a los animales, sobre todo los perros, y por supuesto, a esas 10 ó 12 personas que realmente lo merecen.

Nunca he podido comprender a ninguna de las religiones o sectas -para mí son lo mismo- que predican el amor como forma de sentir el dolor. Amar es indoloro. Si a veces duele es porque realmente queremos que duela. Y como he dicho antes, querer es una forma de egocentrismo e individualidad que pueden -casi siempre lo hacen- desorbitarse y transformar un sentimiento noble pero infantil en una serie de incapacidades que lejos de ayudar, estorban. No se puede querer a alguien que respira, que siente, que te mira con ojos amables, pero se puede amar incluso a algo que no existe, o que sólo existe en un punto concreto abstracto.

Generalmente percibo las pequeñas cosas como un todo substancial. Percibo los movimientos, percibo las formas, percibo eso que denominamos entropía social haciéndose fuerte y parapetándose entre los sentidos. Por eso no puedo dejar de sentir amagos de pánico cuando necesito demostrar al amor como un conjunto de sentimientos que sujetan a un ser con otro. Puedo llegar a comprenderlo, pero me parece arriesgado. ¿No seriamos más felices si cambiáramos la mente racional por mero instinto? Es decir, yo te toco y tú me hueles. Yo te huelo y tú me rozas. Yo te espulgo y tú me huyes.

Ahora me toca mover un peón. Necesito pensar una forma correcta de avanzar sin temor a los alfiles, que dotados de movimientos en diagonal pueden hacer que me desvíe. Pero no es a los alfiles a quienes temo. Al final del tablero hay una figura negra que danza mientras se vanagloria de su cetro y de su corona. Es la dama de ojos rojos, de la mirada eterna, que con sus cadenciosas oscilaciones quiere amenazar mi silencio. No existe el camino que lleve a alguna parte; no existe una única dirección, pero siempre llega ese momento en que cada una de las ramificaciones te aleja del principio mismo y de las evidencias singulares. Sabemos que el tiempo y el espacio son parte del Universo, pero desconocemos el valor y el significado. Negamos el futuro porque estamos demasiado ocupados estructurando el pasado. Nos sentimos parte de la creación, pero olvidamos que el firmamento no existe, por lo menos no para nosotros, mortales e infelices. Hijos de la carne, alejados del espíritu y la gloria. No somos más que direcciones equivocadas y dejamos tras de sí tierra quemada.

Es posible que en algún momento de la historia comprendamos que las palabras que existen en el diccionario las hemos inventado para justificar cierto poder de racionalización que nos queda grande. Es posible que algún día nos centremos más en el interior y sacrifiquemos la ostentación, la suntuosidad, el fausto y el lujo y volvamos a ser algo...algo que todavía no somos. Es posible que.....Las posibilidades son infinitas pero el tiempo tiene un precio.

Mientras tu lees estas líneas yo sigo viviendo, pero en algún lugar alguien muere. Mientras esa vida se desvanece, un puñado infinito de recorridos o itinerarios, o como quieras llamarlos, buscan otra víctima a la que alimentar, para después volver a sacrificar. No debes olvidar ni por un instante que el tiempo es nuestro carcelero. Por lo menos yo no lo olvido...


Un beso.

viernes, 25 de mayo de 2012

Email del 25 de mayo 2012

Alan McDonald, Drug run. 2007

Hola, querida:


"El aburrimiento puede matar", por lo menos eso es lo que he leído en algún periódico gratuito. Claro que los periodistas de este tipo de diarios se inventan cualquier cosa con el fin de que su artículo o columna sea leída por el mayor número posible de imbéciles en el metro. Si la abulia mata, yo debería estar enterrado desde hace unos 30 años. Supongo que no estoy muerto, pues me duele un pie de una manera realmente brutal y además oigo las ventosidades de mi vecino todas las mañanas sobre las 7:15. Eso no quiere decir que esté en contra de la muerte, pues no lo estoy, es más, pienso que es una de las formas más maravillosas que existen de vagancia y, como tú sabes, yo soy un vago redomado, sobre todo cuando no tengo nada que hacer o no tengo ganas de hacer nada. ¿Nunca has pensado en morirte? Bueno, no lo llamemos así, ya sé que no es el verbo adecuado. Volveré a hacerte la pregunta: ¿Nunca has pensado en estirar la patita? Aunque fuese un fallecimiento con derecho a retorno; simplemente para contemplar cómo te lloran o se descojonan la familia y los amigos, o por lo menos, para contemplar lo ineptos que pueden llegar a ser los del Ocaso, o en tu caso, como eres de clase alta, los de Mapfre.

Actualmente, -y con semejante adjetivo me refiero al tiempo que ha pasado desde hace un siglo más o menos hasta ahora, en esta misma facción de segundo- la gente no está preparada para abandonar sus posesiones más preciadas; no se atreven a meditar sobre el supremo instante, ese momento en el que de repente volveremos a ser libres y donde ni siquiera un pinzamiento lumbar o una epicondilitis nos turbará de la tranquilidad y la paz verdaderas que siempre hemos deseado, sobre todo cuando llega el fin de mes. Estar muerto significa no tener que volver a comprar suavizante para la ropa nunca más, significa no tener que decir "te quiero" a cambio de sexo, en resumidas cuentas, representa el principio de una nueva forma de (no) existencia basada en la posición horizontal como dogma de vida, aunque quizá debería decir, como forma de muerte. Y es esa no-existencia la que de una u otra forma dará una justificación moral al tiempo anterior en el que gozando de una inútil buena (o mala) salud, hemos tenido que pulular sin rumbo, simplemente para que la acepción "subsistencia" pueda figurar reflejada en el diccionario.

(ADVERTENCIA PARENTAL: PARTE ESCATOLÓGICA)
Si fuera posible elegir la forma de morir, personalmente desearía palmarla mientras defecara, sentado en la taza del váter y con el papel higiénico semi absorbente en la mano. Así por lo menos el juez tendría algo que comentar ese día a su señora mientras le acariciaba la joroba y los esclavos del ayuntamiento que tuvieran que limpiarme el trasero gozarían de un magnifico tema que daría para varios años; incluso es probable que alguno de ellos llegara a hacerse accionista de alguna gran fábrica de jabón o lejía. Eso sin contar con el tatuaje... ¿Qué tatuaje? El de mi barriga, amiga mía, el de mi barriga, ese en el que en letras góticas se puede leer: "Señor forense, fui yo el que le robó el coche. Si lo quiere recuperar vaya a Budapest" Llegados a esta línea, seguramente te preguntarás de dónde saco tanta mala hostia. Como eres una de mis mejores amigas y, sobre todo, la única que sabe escribir su nombre sin echarse a reír, te lo confesaré: me la proporciona mi parte humana, esa porción malsana de la que no puedo renegar y que llevo incrustada a todas horas.

Voy a contarte una pequeña historia. Hace varios años, conocí a un tipo que nunca hablaba, sólo asentía o negaba con la cabeza; a veces, si se sentía especialmente mal te pellizcaba una mejilla o te estiraba una oreja. Este sujeto notable y avanzado se negó a articular palabra hasta el día de su muerte. Ese día, mientras sus estertores se hacían más profundos y la respiración más entrecortada, el tipo se inclinó con verdadero esfuerzo hasta lograr poner su rostro a la altura del curita que intentaba consolarle y le susurró: "Padre, quiero hacerle una felación, pero no ahora, sino cuando esté muerto y frio". El párroco completamente aturdido soltó sus manos y se levantó de la silla de un salto. Mientras se alejaba y cerraba la puerta de la habitación exclamó con voz apagada pero totalmente audible para mí, que me encontraba cerca: "este puto mamón me la ha puesto dura".

Siempre me he preguntado a donde iría el cura después de dar semejante portazo. Es posible que a un colegio de niños, o puede que a un puti-club gay. No lo sé y, si quieres que te sea sincero, daría un testículo por conocer el destino. Lo que está claro es que salió dispuesto a pecar. Y si pudo o no hacerlo sí que carece de importancia, pues no era la primera vez que lo hacía, y tal y como están las cosas en el clero, no sería la última.


Besos.

martes, 22 de mayo de 2012

Email del 22 de mayo 2012

George Condo, Figure with Bubbles 1997

Hola:


La cantidad de imbéciles que existen en el planeta es inimaginable, pero si quiero ser consecuente conmigo mismo no puedo dejar de resaltar que la calidad "toca pelotas" de los cenutrios es más deficiente cada día. Antes los gilipollas eran más auténticos, tenían más agallas, más clase. Actualmente no saben ni siquiera comportarse como lo que se suponen que son: subnormales, memos, bobos, deficientes, retrasados, incultos, cretinos, estúpidos, zopencos, fantasmones, mentecatos, zascandiles y majaderos. Hoy en día esta clase de subhumanos tienen serios problemas para articular una frase coherente que pueda ser entendida en su totalidad por alguien que tenga bien lubricado el cerebro y ni siquiera son capaces de escribir una línea sin delatar su psicosis, aunque algunos pueden llegar a engañarnos con su fascinante verborrea inconexa. Pero todos tienen una cosa en común: se incrustan como una garrapata.

Existen varias clases de acémilas:

1 - Los que se creen que no lo son, pero lo son y disfrutan etiquetando a los que no lo son o sólo lo son en determinados momentos o, simplemente, son lo que son porque no están capacitados para ser lo que no quieren (de ninguna manera) llegar a ser.

2 - Los que aún naciendo limpios e impíos prostituyeron su mente trabajosamente por el simple placer de hacer sentirse desgraciados e inútiles a los que les rodean.

3 - Los que sienten que son el corazón del Universo y están convencidos de que sin ellos la vida no sería posible.

En estos tres grupos se pueden incluir a todos. Y es nuestro deber descubrirlos, etiquetarlos y, en algunos casos, destruirlos; porque sólo se puede llegar a tocar el cielo conociendo lo que se esconde en el infierno. En una sociedad libre de prejuicios morales, estos sujetos despreciables serían azotados hasta la muerte, despellejados y sus cuerpos cercenados en trozos medianos y pequeños. Sus pedazos sanguinolentos decorarían cada barrio, cada plaza, cada calle, esquina o rincón de nuestras ciudades, y el resto sería entregado a las fieras que viven encarceladas en los zoológicos para alimentarlas y al mismo tiempo provocar su placer, su gozo y su deleite. Como los familiares de estos tipos tarde o temprano buscarían venganza, se crearían guetos especiales situados a un mínimo de cien kilómetros de cualquier población, donde se les permitiría vivir aislados,  pero no aparearse ni engendrar...

Vamos a analizar las palabras del doctor Gregory Stills cuando afirma con toda autoridad:

"Los idiotas no nacen, se hacen, a veces con cierta ayudita de sus progenitores, otras simplemente aceptando al ego como libro de cabecera y elevándolo al estatus de deidad maquinal. Poco les importa que para llegar al fin que se han marcado deban engendrar un monstruo que les devore. El fin justifica los medios. Y el medio consiste en acelerar y malograr su propio destino."
Comportarse como un imbécil es una forma de vida; para sentirse vivos necesitan justificar sus acciones y la única forma o, mejor dicho, la mejor manera de enfatizar su vacuidad es repartirla en dosis controladas pero continuas, sobre los infelices que todavía creen que conocen el comportamiento humano y que, de alguna forma, se sienten especiales y con la capacidad suficiente como para reciclar dichas conductas extremas. El verdadero problema estriba en que nunca -y subrayo la palabra nunca- una conducta extrema puede ser reciclada sin sufrir una serie de consecuencias perdurables. "Los idiotas no nacen, se hacen", bonita sinécdoque, aunque no del todo cierta. La estupidez no es un virus y por consiguiente no es relativa, no puede concebirse de una manera racional o subjetiva. Particularmente, conozco un indeterminado número de sujetos que han nacido con el gen RGS14 alterado. Dicho gen activa una región  del hipocampo llamada CA2 que se relaciona con el aprendizaje y la formación de recuerdos. Pero, llegados a este punto deberíamos hacernos una pregunta fundamental: ¿Pueden las moléculas que participan en el procesamiento de diferentes tipos de señales en el cerebro trastornar un comportamiento futuro? La respuesta es sí. Sólo tenemos que salir a la calle, acercarnos a un grupo de gente que tranquilamente charle de sus cosas y escuchar atentamente la conversación, teniendo en cuenta de antemano y desde luego, que la naturaleza humana se fundamenta en la incoherencia, la contradicción y el despropósito.


Un saludazo.


PD: La goma elástica de unos calzoncillos viejos y gastados me ha herido una mano mientras los usaba para quitar el polvo de los muebles. Creo que de esta manera los gayumbos se han vengado de la ignominia que supone llevar pegados unos testículos peludos y un culo sudoroso durante toda su vida funcional. Te aseguro que yo también haría lo mismo.

lunes, 14 de mayo de 2012

Email del 14 de mayo 2012

Nardo Di Cione, San Juan. 1350

Hola preciosa:


Jesús era carpintero y fabricaba mesas y armarios de buena calidad, aunque lo que realmente le gustaba hacer era confeccionar vestiditos ajustados, pero su padre José, hombre de carácter agrio y con fuertes ideas reaccionarias no se lo permitía, por eso continuamente le rebajaba tachándole de "afeminado" o "nenita". Como eran pobres, María, su madre, preparaba comidas con pocas proteínas y con bastante frecuencia recriminaba a José su vocación de perdedor y le restregaba con cierta malicia que debía haberse casado con Aarón, que era carnicero y en sus tiempos libres regalaba orgasmos a cualquier mujer de Galilea que se lo requiriera. Ante estos insultos, José se escondía dentro de un arcón y no salía en cuatro días. Cierta jornada de abril del mismo año en que Casiano, el pastor, dejo preñada a su cabra preferida, y no teniendo nada con lo que preparar un buen puchero, María se arrancó un ovario y preparó un banquete que hizo las delicias de su esposo y de su hijo, que a estas alturas ya vestía como una mujerzuela, aunque caminaba como un chimpancé, es decir, arqueando las piernas. Según el historiador británico William Perry, su informal forma de desplazamiento era debida a la costumbre de introducirse hortalizas tubulares por el recto, mientras que su colega Alfred Allen Smith difiere por completo y está totalmente convencido de que esa increíble forma de locomoción era consecuencia de unas purgaciones que le contagió Constancio, el horadador de frutos secos, durante los meses en que ambos cohabitaron en libre contubernio.

Por aquella época, vivía un tipo raro llamado Juan al que le encantaba hacer inocentadas pesadas a sus amigotes o a cualquiera que se le acercara a menos de 2 metros de distancia. Su broma preferida era arrojar residuos fecales  mientras la víctima estaba de espaldas, por eso, con el tiempo sus incondicionales acabaron por llamarle "el bautista". Actualmente se creé que conoció a Jesús mientras le seguía por las calles con un cubo repleto de excrementos con el claro propósito de vertérselo encima, pero que el hijo del carpintero se giró en redondo, seguramente advertido por el olor a heces o quizás a efluvios varoniles y le recriminó su proceder. Discutieron durante veinte minutos y al final se alejaron juntos cogidos de la mano.

Como aborrecía a su padre con todas sus fuerzas, Jesús pasaba la mayor parte del tiempo fuera del hogar predicando sobre el amor; el amor entre los progenitores y sus vástagos, el amor entre un hombre y una mujer, el amor entre un casero y su arrendatario o el amor entre un camello y su cuidador. Con el tiempo sus sermones llegaron a ser multitudinarios, por lo cual tuvo que contratar a un acomodador que se hacía llamar Simón, aunque su verdadero nombre era צמח מדברי (florecilla del desierto) y entre ambos, con el tiempo, surgió algo más que una buena amistad. Es más, según William Perry, Simón estaba enamorado de Dacio, el pescadero, aunque éste quería a Cipriano que se acostaba con Casimiro y con Donato, por eso decidió cambiar su vida y fugarse con Jesús. Según su teoría, la fuga no tuvo éxito porque a Simón le daba vergüenza la forma de andar de Jesús y decidió que lo mejor era que se quedaran en Galilea, donde ya nadie se escandalizaba de nada, y seguir con sus  respectivos quehaceres diarios.

Por aquellos tiempos, el vulgo era catorce veces más estúpido que ahora y se creía cualquier cosa, por eso a Jesús no le costó demasiado preparar unos cuantos milagros que elevaron su leyenda hasta cotas vergonzosas e increíbles.

Relación de milagros del mes de junio del año 29:

Día 4: Convierte una piedra en una víbora con tan mala suerte que ésta le muerde en un pie y debe ser sanado de urgencia.

Día 15: Resucita a un buey muerto. Hasta el momento se desconocen los motivos, aunque según Alfred Allen Smith, la razón pudo ser de carácter zoofílico.

Día 22: Transforma un pan de centeno en otro pan de centeno diferente ante la mirada atónita de treinta y cuatro fieles seguidores y un número indeterminado de moscas. Después del milagro, se prepara un bocadillo y se lo come. Las moscas se alejan defraudadas.

Día 28: Cura de herpes a Cosme, el felador enmascarado y éste en recompensa le demuestra sus innatas facultades.


No voy a seguir contándote la vida y obra de semejante personaje porque me duele un costado y necesito ir urgentemente al baño, pero te prometo que cualquier día de estos acabo la historia. Tú me conoces y sabes que mis promesas son sagradas, así que deberás armarte de paciencia o tomarte un valium. Lo que decidas en su momento.


Un abrazo.


Nota: Cualquier semejanza de los hechos y personajes de este texto con personajes históricos es pura coincidencia.

domingo, 13 de mayo de 2012

Email del 13 de mayo 2012

Jacek Yerka, Fever

Querida amiga:


Esta noche he dormido cincuenta y seis minutos y todavía me ha dado tiempo a soñar. Como sé que disfrutas con la vesania de mis sueños paso raudo y veloz a relatártelo: estoy en el lavabo, desenroscándome un ojo que se ha fundido y dispuesto a cambiarlo por otro de la marca Osram y de igual distancia focal, cuando una toalla amarilla de baño, bastante mullidita gracias al suavizante que uso y que me recomendó Charles Manson por email, se descuelga del toallero y me pide matrimonio. Como me niego en redondo, aduciendo que estoy enamorado de un cepillo eléctrico de dientes con tres velocidades llamado Deliplus García, la toalla se transforma en Bertín Osborne y me canta "Noches de San Juan" cuarenta y siete veces seguidas, sustituyendo las vocales por bramidos tiroleses y las consonantes por grititos parecidos a los que emite un roedor pequeño cuando lo obligan a estudiar corte y confección. Cuando acaba el último verso de la última intentona, la agarro con las manos y la despedazo a mordiscos, pero en el empeño pierdo toda la dentadura que cae al suelo desperdigada y algunas piezas, sobre todo los incisivos y un par de premolares me demandan por maltrato. No te puedo contar más porque en el momento en que empezaba el juicio, este se interrumpió bruscamente y surgieron de la nada algunos anuncios; hasta donde recuerdo, uno comercializaba un desengrasante de neuronas y otro unas pastillas para controlar los deseos impuros súbitos y no demostrables. Como odio los comerciales, en ese preciso momento hice zapping y sintonicé las pesadillas de una amiga mía que tiene un trauma con los cebollinos desde que una tarde cuatro de ellos salieron de la bandeja inferior de su nevera y la obligaron a beber un vaso de lejía.

Muchas veces, sobre todo cuando las sisas de las camisetas me hacen sentir incómodo, me pregunto para qué sirven los sueños. De momento he llegado a la conclusión de que las sisas son el producto de una mala confección en la zona más ancha de la manga, la que se junta con la prenda, pero en cuanto al acto involuntario de los sueños, sigo desconociendo la razón por la cual estamos obligados a soñar. Y no me vale la respuesta clásica de que lo hacemos para que la mente se mantenga activa, porque cuatro de cada cinco humanos cuando se despiertan son incapaces de escribir su nombre sin la ayuda de una plantilla. Está claro que mientras soñamos, mezclamos recuerdos del pasado con imágenes nuevas de trinqui, y que cada sueño tiene varias etapas, siendo la más importante la llamada fase REM -aunque realmente debería llamarse fase MARUJITA DÍAZ- que se caracteriza por el rápido movimiento de los ojos seguido de una erección en el pene (en los hombres y algunas mujeres) de ochocientos grados que desplaza los testículos hasta las ingles y que impide dormir en posición boca abajo.


Si pudiera elegir, francamente desearía no soñar; podría sustituir este acto instintivo, irreflexivo y automático por la levitación; así de paso podría limpiar la lámpara del techo de mi habitación mientras duermo. ¡Me encanta matar dos pájaros con el mismo tiro! Claro que prefiero acostarme con dos mujeres a la vez, al mismo tiempo y en la misma cama, pero no voy a entrar ahora en disquisiciones morales, pues no es la hora ni tú la oyente apropiada, por lo tanto y con este dolor de cabeza que me hace sentirme válido para vivir en sociedad y rodeado de ineptos, me despido de ti, no sin antes recordarte los dos primeros versos de la canción de Bertín del sueño anterior en su versión original:

Cuentan las leyendas
que en las noches de San Juan
los gitanos se reúnen a cantar.

Faldas de lunares
y camisas de algodón,
carromatos de madera y de cartón
que viajan en procesión.

Como veras, puro Shakespeare.....


Besazos (grandes pero espaciados)


PD: Por algún motivo mis sueños son recurrentes. Siempre hay juicios, verduras , animales y sobre todo transformaciones. ¿Tendrá algún significado?

sábado, 12 de mayo de 2012

Email del 12 de mayo 2012

Johannes Vermeer, La alcahueta. 1656

Querida amiga comunitaria y europea:


Dentro de poco todos acabaremos haciendo las calles, pues la economía de este país que tan rápidamente se resquebraja nos impedirá incluso criar aves de corral para trocarlas por legumbres, bollos o cereales. El problema es que si todos nos hacemos putas, ¿entonces quienes serán nuestros clientes? Porque políticos, banqueros y estafadores millonarios hay un montón, pero no los suficientes como para alimentar a 46 millones de prostitutas de ambos sexos. La única salida sería emigrar a otros países y buscar los clientes allí, pero ¿y los idiomas? ¿Cómo se dice "tío bueno, quieres que te haga una buena mamada" en croata? Aunque si todos traspasáramos las fronteras para pegar kikis o engullir falos, ¿quienes se quedarían en territorio nacional para asistir a los mítines de Mariano? Me consta que incluso los discípulos y partidarios de la ideología ultra e híper-conservadora que promueve el partido de la gaviota blanca están a dos velas. Te juro por Doraemos que algunas noches puedo escuchar cómo mis vecinos autoritarios y fachas se golpean la cabeza contra la pared mientras maldicen su estado mental el día que votaron a esos imbéciles farsantes y mentirosos.

Personalmente, ya he pensado cómo me vestiría si esto sucede -y al paso que vamos y con la prima de riesgo superando los 450, no se me puede tachar de agorero o alarmista-: seguramente me pondría unas botas rojas de ante que sobrepasaran ampliamente las rodillas, unos tacones en aguja de 18 centímetros (igual necesitaría muletas para no perder el equilibrio), un pantaloncito corto y ajustado que dejara escapar parte de mi libidinosa grasa glútea, y una blusita rosa transparente que permitiera apreciar mi perfecto ombligo repleto de piercings barriobajeros, aunque fabricados con metales nobles. Por supuesto me pintaría los labios de color carmesí rijoso o negro ala de cuervo y un poco los ojos, no demasiado, pues ya los tengo francamente preciosos y estoy convencido de que una abundancia de maquillaje me haría parecer un obispo católico sensato o, lo que es peor, un controlador aéreo abnegado, bondadoso y tolerante.

Pero putear por otros territorios no es tan fácil como pueda parecer a simple vista. Cada país tiene sus propias rameras y chaperos y éstos no se van a quedar con los brazos cruzados contemplando cómo la carne foránea les roba el sustento propio y el de sus hijos, nietos, bisnietos y chulos o mascotas. Además, tengo entendido que a partir de Francia hacia arriba cualquier ciudadano saca la navaja automática por cualquier nimiedad. ¿Recuerdas el caso de Guillaume Abadie, el octogenario francés que acuchilló 563 veces a la monja que le cambiaba los pañales porque ésta arañó sin querer su tacatac cromado diseñado por el cuñado de Guy Laroche? Y este no es un ejemplo extremo. Sin ir más lejos, un tal Wilhelm Koeberlin Biedermann, un psiquiatra alemán autor de una veintena de libros de autoayuda y residente en el barrio más lujoso de Baden-Baden, apuñaló a 23 chefs en 17 minutos presa de un ataque psicótico. Imagínate, ¡ni a chef por minuto! Y todo porque los Fetuccini a la guitarra con salsa de pimentón rojo que le sirvieron en el restaurante del hotel de cuatro estrellas donde se hospedaba estaban, según sus palabras, "mas pasaditos que las ideas de Ángela Merkel". Pero creo que empiezo a divagar, a salirme del tema. La cuestión no es que los trabajadores del sexo de otros lugares defiendan su puesto de trabajo con uñas, dientes, ligueros y tatuajes, sino que para emigrar a otras naciones, a otros estados, necesitamos dinero para pagar el autobús que nos traslade hasta los lugares elegidos y sobre todo para sufragar las consumiciones que nos permitan usar los lavabos mientras viajamos hasta esas metrópolis soñadas. Y hasta donde yo puedo ver (con gafas), nadie tiene ni un mísero céntimo ahorrado en el banco, excepto yo que soy un poco retrasado y guardo 31.50 E en una cuenta con un número más largo que el pene de Rocco Siffredi en erección en la gran banca líder de todas las bancas: Bankia.

De momento y hasta que la prima de riesgo no sobrepase los 500, no voy a empezar a llenar la maleta, pero si quieres que te sea sincero, ya he empezado a hacer algunas prácticas. Ayer estuve cerca de 3 horas chupando y lamiendo un calabacín joven y te puedo decir que no lo hago tan mal. Es cuestión de habilidad y destreza, como todo en esta vida. Ah, por cierto, cuando acabe de chupetearlo y succionarlo lo cortaré en finas rodajas y me preparé una ensalada.


Un abrazo.

viernes, 11 de mayo de 2012

Email del 11 de mayo 2012

Honoré Daumier, Le malade imaginaire (l''hypocondriaque). 1673

Hola:


Ayer por la tarde, sobre las seis y media, más o menos, me rasqué una pierna, creo que la derecha, a la altura del muslo,  y si quieres que te sea sincero, ese fue el suceso más interesante de todo el día. Espero que la jornada que ahora comienza aporte algún aliciente a esta vida aburrida y tediosa, por lo menos un ligero dolor de ombligo o un calambre mandibular cuando bostece, ya sabes, algo de lo que me pueda sentir orgulloso y que justifique el semen de buena calidad que mi padre trabajosamente tuvo que eyacular hace ahora cincuenta años para concebirme. Afortunadamente, no todas mis jornadas son igual de monótonas: algunas veces, para provocarme algo de diversión me pongo unos gayumbos negros con come-cocos multicolores y la boca de un buzón donde se supone que debe ir el órgano, y que conste que no me refiero al instrumento, bueno sí, es un instrumento pero no musical, aunque a veces puede provocar sonidos... Creo que me estoy perdiendo... Lo que quería decirte es que ese calzoncillo boxer siempre logra provocarme una buena risotada, y eso que sólo me costó tres euros en un supermercado. Recuerdo que fui alli a comprar habichuelas, melocotones, batatas y aceite de oliva y acabé adquiriendo doce calzones surtidos de la talla XL, tres pares de calcetines con los talones reforzados y una braga calada de señora de color salmón oscuro. La braga debió caer en mi carrito accidentalmente y la pagué por verguenza. Me acuerdo perfectamente de la compra porque ese mismo día, cuando regresaba a casa contento aunque cavilando si la braga serviría para limpiar el polvo de los muebles y los electrodomésticos, sufrí un repentino ataque de lo que los matasanos llaman "negligencia hemisférica" que me dejó verdaderamente jodido. Por si no lo sabes, la negligencia hemisférica se produce cuando se deterioran los centros visuales de un lado del cerebro, lo que provoca que el sujeto que la padece, en este caso yo, sólo vea la mitad de las cosas. Cuando esto me sucede, sólo bebo por el lado derecho del vaso, sólo insulto con la parte derecha de la boca o, por acabar con los ejemplos, sólo me quito las canas de la ceja derecha. Como verás, se trata de una enfermedad realmente imbécil aunque no tanto como la otra que padezco en silencio: el "Síndrome de Capgras". ¿Quieres que te explique en qué consiste esta afección? Verás, es un desorden de la capacidad de indentificación. Cuando esto me sucede no reconozco a las personas y tiendo a creer que son farsantes o impostores. Una vez, bajo la indisposición que produce esta demencial enfermedad, confundí a mi vecino Rogelio con Charlize Theron y le tiré los trastos. Lamentablemente, mi vecino me los devolvió -entonces ignoraba que era bisexual- y casi acabo practicando el trenecito con él y con un par de amigos suyos.

Se me está haciendo tarde, pues a las ocho he quedado con varios miembros de la congregación a la que pertenezco: Genios con ardor de estómago. Hemos quedado en la puerta de una farmacía de guardia y desde allí pensamos dirigirnos a la sala de espera de las urgencias del Hospital General para hablar de nuestras inquietudes, nuestros desasosiegos y sobre todo, del cancer de esófago.


Besos y abrazos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Email del 9 de mayo 2012

Nigel Tomm, Extraordinary. 2007

Estoy triste, amiga mía:


A veces pienso que estoy malgastando mi tiempo, sobre todo cuando una mirada o un ruido me recuerdan que no estoy realmente solo. En esos momentos, de la misma forma que el heroinómano intenta cuidar las venas de sus brazos con el fútil propósito de alargar la agonía de sus venas, yo intento mirar desde cualquier posición hacia ninguna parte, aunque desgraciadamente todos los lados, todos los bordes, todas las esquinas, son fracciones de algún lugar, e invariablemente terminan por recordarme a la suma de todas las partes. Tengo amigos, claro, pero están demasiado ocupados representando un papel social que les queda bastante grande; en realidad están tan solos y perdidos como lo pueda estar yo, con la sutil diferencia de que ellos no pueden, no quieren, quizás temen, darse cuenta. Debería crear un grupo de solitarios, extraviados y perdedores; podría esconderme entre la infinidad de esa nada fracasada y silenciosa, pero entonces no estaría solo. El aislamiento no forma parte de una penitencia autoimpuesta, no es un instrumento mortificante; es una necesidad, como respirar, amar o pensar. Incomunicado me siento útil, valioso, necesario.

Cuando cierro los ojos no me importa nada, ni siquiera la superficie que mis pies puedan estar usando para mantenerse en frágil equilibrio. Cuando la luz del la mañana o del atardecer es incapaz de traspasar mis parpados, apretados, espesos y agarrotados, es el momento en que utilizo las exiguas sensaciones producidas por horas y horas de locura y ensimismamiento para llenarme y vaciarme por dentro, cíclica pero inconsciente, constante pero precipitadamente.

Hace algunos días descubrí un agujero en la pared, era tan pequeño que no parecía un orificio sino un error de la pintura, pero era mi agujero, estaba orgulloso de él y lo tocaba cuando me apetecía. Al principio ni siquiera me cabía la parte más exterior de la lámina ungueal, pero desde que lo tanteo, lo palpo, lo tiento, ha crecido de manera exponencial y ahora es capaz de alojar mi cabeza. Cuando me asaltan las dudas, cuando siento miedo, introduzco mi cerebro en él y desaparezco. Tú no tienes agujeros en las paredes, por lo tanto no puedes percibir mis sensaciones, mis impresiones, la percepción avasalladora que produce la inanición emocional, el efecto, la causa, el pánico...

Mis manos tiemblan porque necesitan justificar mis actos; mi voz suena entrecortada porque detesta el movimiento de mis manos. Es una especie de círculo vicioso que no tiene solución. Mientras todo esto sucede, mis ojos se niegan en redondo a mirar donde yo les exijo. Está claro que he perdido el poder de regir mis dominios, esa caprichosa e inane autoridad que me concedió la absurda mezcla de genes de mis progenitores. Ya no puedo controlar los movimientos, me es sumamente difícil dominar los sentidos. Juro que si fuera menos cobarde acabaría con toda esta farsa en que se ha convertido mi senectud mental, mi decrepitud sensitiva, la achacosidad que vive dentro de mí y se sustenta de mis tentativas frustradas, de mis fracasos reincidentes.

Cuando me aburro de la posición fetal, intento otras posturas igual de arriesgadas y lamentables. Como no me avergüenza ser un despojo humano, no necesito ninguna dosis de auto convencimiento. Vivo de la misma manera que otros mueren y supongo que sucumbiré como siempre he deseado: carcajeándome de la broma, de la chanza, del chiste que significa vivir.



Un abrazo (con ganas pero sin fuerzas).

lunes, 7 de mayo de 2012

Email del 7 de mayo 2012

Magritte, Respuesta inesperada, 1933

Querida:


A veces tiendo a darme buenos consejos pero, como le pasaba a la Alicia de Lewis Carroll, raramente los sigo; más por una especie de exagerada pereza involucionista, que por hacerme caso a mí mismo y terminar dándome cuenta de que sería mucho más beneficioso para mi salud mental ocupar mi tiempo en mantener limpio y purificado mi hermoso cutis y obviar por completo todo lo que de alguna u otra forma esté relacionado con el engrandecimiento personal. Si no recuerdo mal, la última sugerencia que me hice a mí mismo fue un estrepitoso fracaso desde el momento en que mi cerebro fofo y apergaminado intentó llevarla a cabo: encerrarme en un armario durante un año o doce meses, con provisiones, agua, piruletas de fresa con forma de corazón, un wc químico, ansiolíticos, laxantes y una lámpara solar, lejos de todo lo que representa el contacto humano real, siempre doloroso y absurdamente arriesgado.

Qué lejos quedan esos días en los que mi única preocupación como ser racional eran los agujeros de mis calcetines y la forma de ocultar los pies para que mis amantes o podólogos no los vieran; hasta que en un acto de genialidad meramente extraterrestre, descubrí que era mucho mejor quitármelos para dormir, y sobre todo, infinitamente más saludable. Lo que nunca me he quitado, ni siquiera delante de la mujer más bella del mundo, han sido los calzoncillos, más que nada porque hace años que no los uso, aunque tengo una colección bastante considerable y realmente codiciada por los marchantes de ropa interior más importantes de mi barrio.

Hace cerca de cuatrocientos años, un antepasado mío que continuamente se jactaba de la perfecta simetría de sus caderas, sufrió un ataque de locura mientras las contemplaba extasiado frente a un espejo y golpeó a su mujer con una benditera. Por supuesto, la parienta de este imbécil murió y a él lo condenaron a muerte. Mientras esperaba la hora de su ejecución y presa de una especie de delirio psicótico, escribió un tratado sobre la cocción de los espárragos que tuvo un gran éxito una vez publicado y unas memorias tituladas "Rasuramiento y contubernio" que fueron confiscadas por la Santa inquisición. Te cuento esto por dos razones: 1) Para hacer bulto, pues no se me ocurre absolutamente nada coherente. 2) Para demostrarte que mis ancestros ya sufrian enfermedades mentales.


Besos.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Email del 2 de mayo 2012

Van Gogh, Autorretrato con oreja vendada, 1889

Hola:


Hace apenas unas horas me he sorprendido a mí mismo teniendo un pensamiento, fugaz como un relámpago pero tan positivo como un ánodo, sobre el ser humano, en este caso una farmacéutica. Me encontraba asomado al balcón, pensando en la manera de preparar unas  "albondigas de carne empanadas con sesamo sobre cama crujiente de boniato y crema de esparragos verdes a la miel" pero sin carne, pues soy vegetariano, cuando, de repente, un sonido que procedía de la calle ha paralizado mi ensoñación. El ruido era semejante al que provoca un carro de la compra cuando un toro carifosco enfurecido lo cornea;  como en mi calle no suelen correr morlacos cabreados carifoscos o caribellos, ni siquiera entrepelados, bocinegros o zaínos, inferí que a alguna maruja o marujo se le había roto el carrito, seguramente repleto de manjares recién adquiridos en Mercadona. Pero me equivocaba, el crujido procedía de mi oído izquierdo y venía acompañado de un dolor punzante e insoportable. Lo primero que se me ocurrió pensar es que tenía un cáncer de Yunque o Martillo, pero enseguida comprendí que era absolutamente improbable y corrí al váter a mirarme el pabellón en el espejo. ¿Has intentado alguna vez mirarte una oreja en un espejo colgado en una pared? Es imposible, completamente imposible, a menos que tengas una oreja extensible, lo cual no es mi caso. Como ni siquiera estirando el cuello como una Chelodina siebenrocki podía ver cuál era el problema que se ocultaba en el canal auditivo interno, decidí lavarme la oreja con jabón para pieles mixtas y largarme a toda prisa a la farmacia más cercana para que me vendieran algún remedio infalible...

GREG (osea, yo): ¿Por favor tienen una oreja para el remedio?
FARMACÉUTICA 1: ¿Perdón?
GREG: Necesito un dolor para las gotas o crema...
FARMACÉUTICA 1: Tranquilízate, ¿qué es lo que te sucede?
GREG: Me dueleeeee, me dueleeeee...
FARMACÉUTICA 1: ¿Qué es lo que te duele?
GREG: La puta orejaaaaaaaa. Por favoooor, necesito unas gotas o una cremaaaaa...
FARMACÉUTICA 1: ¿Dónde te duele exáctamente?
GREG: Dentrooooo, dentrooooo. Me dueleeeeee, me dueleeee...
FARMACÉUTICA 1: Deberías ir al médico....
GREG: Ya sé que debería ir al médico, pero ahora si no es molestia deme algo para....
FARMACÉUTICA 1: A ver, siéntate, así, tranquilo, déjame que mire a ver si es una infección, tranquilízate, por Dios...
GREG: Ay, ay, ay...
FARMACÉUTICA 1: ¡Que oreja tan bonita tienes! ¡Me encanta! ¿Me dejas que te la lama con la lengua?
GREG: ¿Eh?
FARMACÉUTICA 1: Tranquilo, siente mi lengua, ¿ves? ¿A que te gusta?
GREG: SI, siga por favor, creo que me calma y me tranquiliza...
FARMACÉUTICA 2: Ritaaaa, cuando te canses me dejas a mí. Tengo varios kilómetros de lengua para ese calvito. Jijiji.
FARMACÉUTICA 1: (Chupando mi oreja): Anghorta erstpoy yop, ofvipdmef...
FARMACÉUTICA 2: ¿Qué es lo que dices? No te entiendo...
FARMACÉUTICA 1: Ahora estoy yo lamiendo. Espérate a que me canse.
GREG: Más, más , así, así...
CLIENTE 1: ¿Puedo mirar? Necesito mirar....
FARMACÉUTICA 3: ¿A usted no le duele nada? Yo también sé lamer e incluso mordisquear...
CLIENTE 1: Prefiero mirar, me gusta mirar...
GREG: Más, más...
FARMACÉUTICA 1: (Chupando la oreja) Gronf slunk sienffff...
FARMACÉUTICA 2, CLIENTE 1: ¿Cómoooo?
FARMACÉUTICA 1: Nada, ocupaos de vuestros asuntos...
CLIENTE 2: Perdón, ¿Alguien puede atenderme? Llevo diez minutos esperando. ¿Tienen Flatoril comprimidos?

Bueno, como supondrás esto no ha pasado realmente, por desgracia nadie me ha lamido la oreja, pero sí he acudido a la farmacia y me han vendido unas gotas que ya me he puesto tres veces. Y parece que funcionan, porque se me está calmando el dolor. ¡Bendita farmacéutica! ¡Y bendita joroba!, porque aunque la mujer tenía una gran giba y no era nada agraciada de rostro, me ha salvado el día. De ahora en adelante, te prometo que tendré pensamientos positivos con la mitad de la población mundial. Con el resto seguiré comportándome de forma cínica y mordaz, más que nada para no perder las buenas costumbres. Tú ya me conoces...


Un abrazo.