lunes, 9 de abril de 2012

Email del 9 de abril 2012

Lucien Freud, Eli. 2002

Hola querida:


Ante todo, quiero explicarte las razones por las cuales he desaparecido los últimos seis o siete días: he estado desenganchándome del tabaco (sí, otra vez), los ansiolíticos (mis eternos enemigos), de los dulces y el chocolate y de algunas adicciones emocionales en general.


Todos, en algún momento, hemos recibido alguna cuchillada trapera por parte de aquellos que, en los instantes en los que nos sentimos henchidos de imbecilidad, eufemísticamente llamamos "amigos intimos". Se supone que esa clase de colegas, a los que muchos sitúan al nivel afectivo y emocional de los padres o hermanos, disfrutan ayudándonos, escuchando nuestra mierda y transformándola en pétalos perfumados -por lo menos eso hemos hecho nosotros cuando nos han necesitado-; pero a veces, la respuesta no es así, y lo pagamos con dolor, mucho dolor, lágrimas y lamentos, seguidos de una infinita sensación de vergüenza y un millón de preguntas apretujándose en el cerebro: "¿cómo he podido creer que...?"

Está claro que mientras unos estarían dispuestos a dar su vida a cambio de la nuestra, otros prefieren organizar una reunión de tuppersex antes que echarte una mano justo cuando tu vida se está yendo al carajo. ¡Qué más da si ellos han gozado de tu ayuda siempre que la han necesitado! ¡Ya no importa una mierda! No importan las emociones, no importa el dolor, sólo la voraz autojustificación....esa inmensa bolsa repleta de heces que no sirve nada más que para magnificar el falso concepto que uno puede tener de sí mismo o de sus distorsionadas circunstancias. La misma que en determinadas ocasiones se esconde mientras, asqueada y aborrecida, te abofetea la lucidez sin piedad; esa que se carcajea cuando las pequeñas cosas que parece que tienen sentido se transforman en irracionalidad consentida, legítima, tolerable.

Estoy convencido de que es mejor confiar los secretos a un perro; por lo menos ellos nunca te van a traicionar, ni siquiera aunque los sobornes con un buen hueso de jamón. Siempre estarán a tu lado cuando los necesites y sus ojos se incrustarán en tu alma, convirtiendo las pesadillas en alivio instantáneo, la ansiedad en sosiego. Te regalarán amor, verdadero amor, sin importarles lo más mínimo si va a ser correspondido o no. Lamerán tus heridas, se convertirán en psicólogos, incluso en payasos si la ocasión lo requiere, pero nunca -y repito la dichosa palabreja- nunca te dejarán tirados, pese a que los maltrates con melancolía permanente, aunque pagues tus putas frustraciones humanas en sus vidas repletas de alegría innata y felicidad genuina.

Supongo que se me podría tachar de proselitista canino o incluso renegado humano. ¡Qué poco me importa! Pero ante la mirada sincera y sencilla de un chucho, mientras ladea la cabeza, seguramente para intentar discernir lo que se parapeta tras la máscara que oculta nuestro rostro, y la de un mono erguido y rebosante de complejos, desengaños e ira, yo...


Saludos.