miércoles, 11 de abril de 2012

Email del 11 de abril 2012

Giorgio de Chirico, Climb to the monastery, 1908

Hola:


Uno de mis pasatiempos favoritos cuando no estoy demasiado contento es entrar en una iglesia y observar las catársis que experimentan los rostros de todos los creyentes cuando se encuentran en éxtasis espiritual, mientras para mis adentros medito sobre la terrible forma que tienen de justificar sus existencias, comprando fe a precios prohibitivos y siguiendo a líderes espirituales que nunca han existido. La verdad es que cada uno es libre de destrozar su vida como quiera y no voy a ser yo, otro adalid de la auto flagelación -ellos despedazan su dignidad por medio del dolor, yo atiborro a mi páncreas con comidas basura y grasas saturadas que irremediablemente me matarán- quien les lleve la contraria.

Serían las 8, más o menos cuando me senté en uno de los bancos finales, muy cerca de la puerta y bastante lejos del altar y el oropel cristiano que lo rodea. No sé si es porque era muy pronto o porque era muy tarde, pero en el templo de Dios sólo había una fiel o una víctima o como quieras llamarla. Se encontraba cuatro filas por delante de mi, arrodillada, y no se movía en absoluto, pero sus ronquidos, con ecos incluidos, seguramente se podrían escuchar en Israel. Como soy curioso por naturaleza, me acerqué a contemplar de cerca su sueño místico y resollante. Tendría unos 80 años y era verdaderamente pequeña, iba vestida de negro de los pies a la cabeza y a su lado, tirada en el suelo, reposaba abierta una Biblia bastante desvencijada y mugrienta. Mi primera impresión fue pensar que por un designio celestial también las cucarachas pueden ser católicas y narcolepticas y me fascinó imaginar qué sucedería si la pisara. Afortunadamente, pronto salí de esa especie de trance cenestésico y advertí que era humana, aunque no lo pareciese en absoluto, y deduje que si seguía en esa posición hasta que se despertara, jamás volvería a andar derecha. A veces -ya me conoces-, me entra una especie de fervor por ayudar al prójimo, al desvalido, al afligido, y eso es lo que hice. La agarré con cuidado entre mis brazos y la deposité totalmente tendida en el altar. Como seguía roncando como un jabalí faringítico, le acerqué el micrófono a 5 cm de la boca, apreté el play del amplificador y subí el volumen hasta el máximo. Por supuesto, salí pitando de ese antro de oración, quizá pensando la que se armaría cuando el sacerdote la descubriera, plácidamente echada y resoplando en estéreo.

Te juro por mis calzoncillos nuevos de microfibra calada que a 200 metros de distancia se podían escuchar sus roznidos sofocantes, y es que, imbécil de mí, cuando puse en marcha el amplificador no reparé en que estaba conectada la posición de altavoces externos. Mientras huía a toda prisa del lugar, pude ver cómo un montón de gente entraba en la iglesia armada con palos, garrotes y ladrillos del 6, quizá pensando que esos terribles ruidos nasales eran cosa de Satanás, Lucifer, Belcebú y Luzbel montando seguramente un Sabbat sexy e impío en la sacristía.

Ahora, mientras te escribo estas pecaminosas y blasfemas líneas son cerca de las 11. Ignoro qué es lo que está sucediendo en la iglesia y sus alrededores, pero no me importa lo más mínimo; mañana lo leeré en los periódicos, aunque ya puedo imaginarme los titulares: "Bruja emponzoñando el altar sagrado", "El poder de la maldad", "Misa negra, culto a Satán". Suceda lo que suceda yo no voy a perder el sueño, más que nada porque padezco de insomnio. Lo que tenga que suceder, sucederá de todas formas, pues los designios de los hados que gobiernan la fatalidad son inescrutables.


Besos y abrazos.