lunes, 30 de abril de 2012

Email del 30 de abril 2012

Paolo Veronese, Júpiter lanzando truenos a los vicios, 1554

Querida:

Lentamente voy volviendo a tener fe en mi mismo y, sobre todo, en los garabatos insustanciales que salen de mis manos cuando escribo algo. Dejar cinco vicios al mismo tiempo no es una tarea fácil, ¡bueno, cuatro y medio!, el chocolate y la bollería no están abandonados del todo, aunque he disminuido sus ingestas de manera bastante apreciable, sobre todo para los hornos, panificadoras y kioskos de mi barrio (tres de ellos incluso han cerrado desde mi repentino cambio a una dieta saludable). La mayor parte de los humanos que utilizamos el cerebro sabemos que mantener vicios inútiles es algo poco rentable para la salud, la mente o el bolsillo, pero por alguna extraña razón nos negamos en redondo a abandonarlos. Te pondré un ejemplo de fácil comprensión: yo fumaba como un carretero porque me encontraba revolucionariamente sexual con un cigarrillo en la boca y/o con los dientes amarillentos y nicotínicos; comía y (a veces) todavía como bollería y chocolate porque cuando paladeo su exquisito sabor seductivo y narcotizante, no me acuerdo de los imbéciles que pululan por este mundo ni de las tonterías que son capaces de fabricar para sentirse vivos y necesarios. El caso de los ansiolíticos era diferente; los tomaba porque soy un puto vicioso y además rebajaban mis impulsos asesinos cuando me encontraba delante de un banquero, suplicándole de rodillas un poco más de tiempo -cosa que por desgracia sucedía y sucede a menudo- y, sobre todo, me ayudaban a dormir dos o tres horas seguidas, lo cual aumentaba mi resistencia existencial, bastante cortita desde que descubrí, años atrás, que debajo de cada gran mujer no hay un gran hombre, sino un gran colchón, y arriba, simplemente aire perfumado...

Hace un montón de tiempo, por lo menos treinta años, conocí a un tipejo que se vanagloriaba de no tener ningún vicio, pero sin embargo gastaba enormes cantidades de dinero en contratar putas gordas o sobrepesadas. Yo intentaba hacerle ver que eso, en sí mismo era un vicio, pero él me replicaba que si fornicaba rameras gruesas era simplemente por hacerles un favor, ya que nadie las alquilaba y que, en lugar de echarle en cara sus buenas acciones, transformándolas en vicios, depravación y defectos, debería estarle agradecido por hacer que la sociedad avanzara hacia el progreso mental, emocional y sexual y bla bla bla. Como afortunadamente suele suceder, el tiempo es astuto como una serpiente y las casualidades sólo existen cuando se fabrican, por eso no volví a ver a este elemento hasta bastantes años después, cuando se había casado (con una gorda), tenía tres hijos (gordos) tan estúpidos como él y un perro (gordo) que apenas podía caminar sin rascarse la barriga con el suelo. Recuerdo que nos saludamos con falsa efusividad y afectación y rememoramos viejos tiempos. Cuando le expliqué que tenía prisa y que debía dejarles, me apartó a un lado y me hizo una confesión:

- Tenías razón viejo, era un vicio...

Recuerdo que mi padre, uno de los seres más indescriptibles y excéntricos que han existido en el planeta desde que los dinosaurios se extinguieron, tenía un sólo vicio (aunque para él era simplemente conocimiento y disciplina a partes iguales): negatividad desbordada. ¡Y todavía lo tiene, aunque ya roza los setenta y cinco! Te cuento esto sólo para dar fe de que ni siquiera el peor de los vicios puede llegar a matar si el portador no está dispuesto a morir defendiendo su libertad de acción y reacción. Sé que esta última frase puede parecerte una perogrullada, pero estoy convencido de que un vicio no es un defecto, y que incluso en numerosas ocasiones, es una bendición de dios (palabra de ateo) para el acarreador, sus familiares, amantes, mascotas , amigos...


Besos viciosos.

domingo, 29 de abril de 2012

Email del 29 de abril 2012

M. C. Escher, Crab canon.

Querida:


Acabo de despertarme con un fuerte dolor de oreja. Voy a intentar relatarte el sueño que tiene la culpa de que en estos momentos todavía esté sudoroso, compungido y agitado:

Me encuentro devorando crustáceos en una marisquería del centro de la ciudad, cuando repentinamente un bogavante fuerte, musculoso, dinámico y poco cocinado salta del plato y me agarra con sus pinzas de una oreja. Intento quejarme al maître con el bicho todavía colgando de mi pabellón auditivo, pero este no tiene cuerpo y su ropa, que camina sola, es incapaz de darme una solución que me satisfaga por completo. Me dispongo a salir del local, molesto y cabreado, cuando mi brazo derecho se desprende de mi torso y se transforma en una almorrana de elefante asiático que me obliga a rendirle sumisión, obediencia y pleitesía. Aterrado y con los ojos saliendo de sus orbitas, huyo del local y corro hacia el hospital más cercano, empapando los adoquines de las calles con la sangre que chorrea a borbotones de mi hombro mientras el maldito Homarus gammarus continua apretando sus tenazas en mi oreja, a estas alturas convertida en un guiñapo azulado muy poco atractivo a la vista de un otorrinolaringólogo. Por fin entro en urgencias, pero rápidamente advierto que todo el personal sanitario está bastante ocupado bailando el casachock por los pasillos mientras los pacientes contemplan extasiados el pene de Dios, que se ha aparecido de repente ante ellos y amenaza con una erección post morten. Como soy falofóbico desde que me duché con un grupo de hombres en el servicio militar, salgo despavorido y me siento en un banco de un parque cercano para intentar aclarar mis ideas. Pasan unos minutos aunque parecen horas y me hago colega del bogavante que, en un gesto de generosidad extrema, suelta mi oreja y me agarra por la nuez de Adán mientras me cuenta la vida del cuñado de su padre y el affaire que mantuvo con una centolla ninfómana y con transtorno bipolar mientras se encontraban atrapados en una nasa, en el océano atlántico.

Aunque suceden bastantes más cosas, no recuerdo bien el resto de detalles y algunos los he omitido porque me parecen de mal gusto y creo que tú no eres de esa clase de público preparada para escucharlos sin sentir el impulso de vomitar.¡Te imaginas lo que harían Freud o Jung con este sueño! ¡Y eso que no te he contado el que pienso tener mañana!, repleto de pasiones devoradoras, sexo sucio y traiciones por doquier.




Un besazo muy muy fuerte.

viernes, 27 de abril de 2012

Email del 28 de abril 2012

Will Barnett, The spider sewed at night, 1989

Hola, cielo:


Me he pasado la mitad de la noche asomado a la ventana. Como ya sabes, sufro de una especie de ataque insomne desde hace unos meses y, de momento, me siento más cercano al mundo de las aves estrigiformes que al de los humanos. Mientras contemplaba la quietud y el sosiego nocturnos le he dado vueltas y vueltas a la cabeza, hasta llegar a un punto en que he tenido que desenroscarla, ya que me impedía respirar, ya sabes, ese estúpido vicio que nos permite vivir para poder sacar dinero de los cajeros automáticos o escuchar conversaciones demenciales entre la panadera y sus clientas y acólitas. Durante las 4 horas que he estado cotilleando los devenires de mi calle, no ha sucedido nada de importancia, si excluimos 2 intentos fallidos de robo de ciclomotores, un imbécil que seguramente soñaba con ser futbolista de élite y pagaba su frustración encalando gatos en los balcones a puntapiés y un par de borrachos que han entonado algunas cancioncillas completamente desafinados y que al final han optado por echarse a dormir la mona abrazados el uno al otro encima de una gran mierda de perro que seguramente ha hecho de colchón visco-elástico (o quizá de látex).

Ahora, mientras intento escribir estas incoherentes líneas, los bostezos amenazan con desfigurarme el rostro, en estos momentos bastante demacrado y macilento, pero estoy seguro de que si intento acostarme de nuevo volveré a transformarme en una lechuza cotilla, y ya es demasiado tarde para eso, o mejor debiera decir que ya es demasiado temprano, pues hace unos minutos que oigo a los gorriones trinar como posesos desquiciados. Creo que voy a intentar desayunar algo que proporcione a mi cansado cuerpo vigor, energía y puro nervio, pero llegados a este punto, surge con una fuerza anormal e inusitada una terrible pregunta desde los más profundos recovecos de las neuronas que se esconden avergonzadas en mi cerebro: ¿zumo de naranja o leche de soja? Si me hago un zumo natural tengo que girar y utilizar la mano durante unos minutos y me canso bastante, pues mi exprimidor eléctrico estalló una noche de tormenta hace al menos veinticinco años, pero ciertamente, es muchísimo más sano que la leche y, sobre todo, más sabroso y particularmente lo tolero mejor. Tengo otra opción: ponerme los pantalones y bajar a un bar a que me preparen un café americano y medio kilo de tostadas, pero no me apetece vestirme, pues en calzoncillos me encuentro realmente sexy y arrebatador. ¿Y si bajo en gayumbos?

¿Sabes? Creo que no tengo remedio; me refiero a que por mucho que lo intento no logro convertirme en una versión mejorada de lo que ahora mismo soy. No es que esté desilusionado con mi forma de proceder ante los ataques injustificadamente inesperados de la existencia, sino que me gustaría ser lo contrario de lo que se supone que soy, simplemente para no aburrirme siendo constantemente de la misma manera. A veces logro parecerme a lo que nunca quise ser, comportándome de una forma sensata, pero al final vuelvo a adoptar mi rol eterno y acabo siendo lo que más me gusta ser: yo mismo.


Bueno, querida, ahora voy a dejarte, tengo que ponerme las pilas; esta tarde tengo una reunión con mi grupo de ayuda "Dispépsicos anónimos" y necesito preparar los lloriqueos para después de mi intervención. Te doy mi palabra de honor que a partir de mañana voy a volver a escribirte (casi) diariamente, y que combatiré la abulia y la desgana que me domina por medio de los pensamientos positivos y la autocastración. Tú ya me entiendes.....


Besos.

domingo, 22 de abril de 2012

Email del 22 de abril 2012

David Dorsey, A candy jar. 2009

Hola querida:

Me he desenganchado totalmente del tabaco, ansiolíticos y dulces, pero los he sustituido por chicles y caramelos Solano tradicionales, por lo cual estoy parte del día moviendo la boca como si fuera una especie particularmente involucionada de ungulado bípedo. Ni siquiera intento escribir, pues al estar masticando se me mueve la mano y tecleo letras incorrectas. Este es un ejemplo de un mail que escribí ayer y que el receptor me ha devuelto por ininteligible (según él):


Hola Josadew:

¡Cuantow tripo hace quew no sabiw nadaw de tiw, amoigo! Qureia preguntawrte: ¿Aún sigwews depilawndotew las inglews?

Saloudows.



Por supuesto, mientras te escribo a ti, mi mejor amiga, he dejado los caramelitos y goma de mascar aparcados durante un momento, aunque de vez en cuando me entran ganas de meterles mano. ¡Joder!, tenemos confianza ¿no?, pues voy a comerme un chiclé, tu me entenderás, siempre lo haces. Ayerw frue un día bastentew malo; todo lo que intentrbaw hacer me salía bastontew mawl. ¡Ya sabews, lo que podríamws llamrar: jornadsa desastroswa. Inclusow hubow un mementwo en que penesew en acostarmre y no levanrtrarmew en varois semanwas. [Vale, mejor me saco el chiclé Clix de la boca] Por algún motivo especial, odio los sábados y los domingos casi tanto como los lunes, jueves o viernes.  ¡Todos los días deberían ser martes! O por lo menos miércoles por la tarde. Un mircoles por la tarde me enamoré de la que fue el amor de mi vida y la mujer con la que me casé, hace ya tantísimos años; pero un martes me divorcié, y ademas del mismo año. Tengo tantísimos recuerdos de esos dos días de la semana:

Martes 2 de diciembre de 1966: Mis padres, con la ayuda de un vecino y su primo hermano, me agarron con fuerza y me pusieron mi primer enema jabonoso, evacuante y templado. Como no se alejaron a tiempo, les rocié las caras con agua amarillenta repentinamente salida de mis intestinos. El primo hermano de mi vecino jamás lo superó y hoy es vicario apostólico, aunque a veces cuando está fuera de servicio se pone vestiditos cortos de color rosa y los luce delante del espejo.

Miércoles 23 de febrero de 1977: Me dejé con orgullo inusitado mi primer bigote y lo bauticé con el nombre de  "Alexis". Semanas después me lo afeité y se lo regalé a una musaraña que lo escupió con claros signos de asco, nada más probarlo.

Miércoles 24 de agosto de 1980: Mi novia de entonces, su ex-amante, un vecino, su primo hermano y yo tratamos de poner un enema al perro del ex-amante de mi novia sin resultados positivos, pues en un descuido del can acabamos por introducirselo en la oreja al primo hermano del vecino. Este, todo sea dicho, tampoco superó la prueba, por llamarlo de alguna manera, y hoy es obispo ortodoxo en Tripoli, aunque cuando no le mira nadie, le gusta disfrazarse de Maria Magdalena.

Martes 19 de abril de 1985:  Tocando la guitarra acústica en una pradera de mi pueblo y alejado de todo contacto humano, me cayó sobre la cabeza un pato asado con aceitunas. Horas más tarde, el médico que me curó se lo comió con delectación y no me cobró nada por la consulta.

Miércoles 6 de noviembre de 1994: El primo hermano del vecino de mi ex-cuñado se emplumó con brea y se pegó fuego mientras se arrojaba del sexto piso de su edificio con tan mala suerte que aterrizó a un par de metros de dos monjas que huian a la carrera despues de haber secuestrado, atado y toqueteado a un carpintero gay mientras orinaba en una esquina de un solar.

Martes 17 de abril de 2012: Mientras limpiaba el videt con amoniaco, me di cuenta de que en mi vater nunca habia tenido videt. De repente me asaltaron las dudas y pensé: si no tengo videt, ¿en qué aseo estoy? Y si este no es mi lavabo, ¿por qué diantres lo limpio con amoniaco? Hoy en día existen productos de limpieza menos corrosivos y perfumados que transforman el insidioso trabajo de la limpieza de retretes en un placer sólo comparable al que se experimenta cuando le introduces el dedo indice en el ojo a tu novia despues de olerla y darte cuenta de que ya no usa tu gel favorito.

No te voy a cansar tratando de convencerte de las excelencias de ese par de días, pues me ha venido a la memoria que fue un martes cuando tu ex-marido intentó flambearte, así que mejor cierro la boca. Bueno, como este email demente se acaba, voy a comerme un par de caramelos. Te desew de towdow corsrzon que seá muwy felzi y que tus diaws y nochews seán espectacwlarews.


Besows (perdron por lo abssurdoch de este texow)

miércoles, 11 de abril de 2012

Email del 11 de abril 2012

Giorgio de Chirico, Climb to the monastery, 1908

Hola:


Uno de mis pasatiempos favoritos cuando no estoy demasiado contento es entrar en una iglesia y observar las catársis que experimentan los rostros de todos los creyentes cuando se encuentran en éxtasis espiritual, mientras para mis adentros medito sobre la terrible forma que tienen de justificar sus existencias, comprando fe a precios prohibitivos y siguiendo a líderes espirituales que nunca han existido. La verdad es que cada uno es libre de destrozar su vida como quiera y no voy a ser yo, otro adalid de la auto flagelación -ellos despedazan su dignidad por medio del dolor, yo atiborro a mi páncreas con comidas basura y grasas saturadas que irremediablemente me matarán- quien les lleve la contraria.

Serían las 8, más o menos cuando me senté en uno de los bancos finales, muy cerca de la puerta y bastante lejos del altar y el oropel cristiano que lo rodea. No sé si es porque era muy pronto o porque era muy tarde, pero en el templo de Dios sólo había una fiel o una víctima o como quieras llamarla. Se encontraba cuatro filas por delante de mi, arrodillada, y no se movía en absoluto, pero sus ronquidos, con ecos incluidos, seguramente se podrían escuchar en Israel. Como soy curioso por naturaleza, me acerqué a contemplar de cerca su sueño místico y resollante. Tendría unos 80 años y era verdaderamente pequeña, iba vestida de negro de los pies a la cabeza y a su lado, tirada en el suelo, reposaba abierta una Biblia bastante desvencijada y mugrienta. Mi primera impresión fue pensar que por un designio celestial también las cucarachas pueden ser católicas y narcolepticas y me fascinó imaginar qué sucedería si la pisara. Afortunadamente, pronto salí de esa especie de trance cenestésico y advertí que era humana, aunque no lo pareciese en absoluto, y deduje que si seguía en esa posición hasta que se despertara, jamás volvería a andar derecha. A veces -ya me conoces-, me entra una especie de fervor por ayudar al prójimo, al desvalido, al afligido, y eso es lo que hice. La agarré con cuidado entre mis brazos y la deposité totalmente tendida en el altar. Como seguía roncando como un jabalí faringítico, le acerqué el micrófono a 5 cm de la boca, apreté el play del amplificador y subí el volumen hasta el máximo. Por supuesto, salí pitando de ese antro de oración, quizá pensando la que se armaría cuando el sacerdote la descubriera, plácidamente echada y resoplando en estéreo.

Te juro por mis calzoncillos nuevos de microfibra calada que a 200 metros de distancia se podían escuchar sus roznidos sofocantes, y es que, imbécil de mí, cuando puse en marcha el amplificador no reparé en que estaba conectada la posición de altavoces externos. Mientras huía a toda prisa del lugar, pude ver cómo un montón de gente entraba en la iglesia armada con palos, garrotes y ladrillos del 6, quizá pensando que esos terribles ruidos nasales eran cosa de Satanás, Lucifer, Belcebú y Luzbel montando seguramente un Sabbat sexy e impío en la sacristía.

Ahora, mientras te escribo estas pecaminosas y blasfemas líneas son cerca de las 11. Ignoro qué es lo que está sucediendo en la iglesia y sus alrededores, pero no me importa lo más mínimo; mañana lo leeré en los periódicos, aunque ya puedo imaginarme los titulares: "Bruja emponzoñando el altar sagrado", "El poder de la maldad", "Misa negra, culto a Satán". Suceda lo que suceda yo no voy a perder el sueño, más que nada porque padezco de insomnio. Lo que tenga que suceder, sucederá de todas formas, pues los designios de los hados que gobiernan la fatalidad son inescrutables.


Besos y abrazos.

lunes, 9 de abril de 2012

Email del 9 de abril 2012

Lucien Freud, Eli. 2002

Hola querida:


Ante todo, quiero explicarte las razones por las cuales he desaparecido los últimos seis o siete días: he estado desenganchándome del tabaco (sí, otra vez), los ansiolíticos (mis eternos enemigos), de los dulces y el chocolate y de algunas adicciones emocionales en general.


Todos, en algún momento, hemos recibido alguna cuchillada trapera por parte de aquellos que, en los instantes en los que nos sentimos henchidos de imbecilidad, eufemísticamente llamamos "amigos intimos". Se supone que esa clase de colegas, a los que muchos sitúan al nivel afectivo y emocional de los padres o hermanos, disfrutan ayudándonos, escuchando nuestra mierda y transformándola en pétalos perfumados -por lo menos eso hemos hecho nosotros cuando nos han necesitado-; pero a veces, la respuesta no es así, y lo pagamos con dolor, mucho dolor, lágrimas y lamentos, seguidos de una infinita sensación de vergüenza y un millón de preguntas apretujándose en el cerebro: "¿cómo he podido creer que...?"

Está claro que mientras unos estarían dispuestos a dar su vida a cambio de la nuestra, otros prefieren organizar una reunión de tuppersex antes que echarte una mano justo cuando tu vida se está yendo al carajo. ¡Qué más da si ellos han gozado de tu ayuda siempre que la han necesitado! ¡Ya no importa una mierda! No importan las emociones, no importa el dolor, sólo la voraz autojustificación....esa inmensa bolsa repleta de heces que no sirve nada más que para magnificar el falso concepto que uno puede tener de sí mismo o de sus distorsionadas circunstancias. La misma que en determinadas ocasiones se esconde mientras, asqueada y aborrecida, te abofetea la lucidez sin piedad; esa que se carcajea cuando las pequeñas cosas que parece que tienen sentido se transforman en irracionalidad consentida, legítima, tolerable.

Estoy convencido de que es mejor confiar los secretos a un perro; por lo menos ellos nunca te van a traicionar, ni siquiera aunque los sobornes con un buen hueso de jamón. Siempre estarán a tu lado cuando los necesites y sus ojos se incrustarán en tu alma, convirtiendo las pesadillas en alivio instantáneo, la ansiedad en sosiego. Te regalarán amor, verdadero amor, sin importarles lo más mínimo si va a ser correspondido o no. Lamerán tus heridas, se convertirán en psicólogos, incluso en payasos si la ocasión lo requiere, pero nunca -y repito la dichosa palabreja- nunca te dejarán tirados, pese a que los maltrates con melancolía permanente, aunque pagues tus putas frustraciones humanas en sus vidas repletas de alegría innata y felicidad genuina.

Supongo que se me podría tachar de proselitista canino o incluso renegado humano. ¡Qué poco me importa! Pero ante la mirada sincera y sencilla de un chucho, mientras ladea la cabeza, seguramente para intentar discernir lo que se parapeta tras la máscara que oculta nuestro rostro, y la de un mono erguido y rebosante de complejos, desengaños e ira, yo...


Saludos.

lunes, 2 de abril de 2012

Email del 2 de abril 2012

Alberto López Claro, El signo revelador, 1940

Querida:


Las imágenes juegan en la memoria. Se constriñen unas con otras hasta formar movimientos perpetuos. Un impulso inicial modifica sus apariencias evocadas en percepciones hipotéticas. De entre todas esas imágenes, hay algunas que hipnotizan los recuerdos, logrando que el pasado se transforme en una especie de fricción sin rozamiento, que mientras inmoviliza algunos buenos instantes, decolora la esencia del momento, mutándola en una abstracción incoherente que despedaza el carácter, la sustancia, la naturaleza del propósito original, logrando desafiar a la parte sensata de la conciencia, generalmente aletargada e insensible.

Las ideas arrastran a la displicencia, mientras esto sucede, el maelstrom de la memoria restablece la estructura del nimbo interior, destruyendo las ramificaciones aportadas por el desenlace cenestésico. Entonces es cuando se intuye que lo que fue quizá ya nunca vuelva a ser; que lo que se intentó jamás se volverá a pretender, en definitiva, que los sucesos que proyectaron y definieron el júbilo de la moderación desaparecerán para siempre. Y mientras la perpetuidad inconsciente presume de sus victorias y de sus fracasos, la gloria que delicadamente forja el caos incontrolado emerge a la superficie desde lo más profundo de la zona de subducción, en el abismo de la desesperanza.

Arrepentimiento, contrición. A veces ni siquiera es posible articular de una manera coherente las palabras; es posible que el bucle fonológico esté deteriorado, debilitado, envejecido, estropeado. Es incluso factible que la demencia progresiva causada por el razonamiento inconsecuente pase factura. En esos instantes, se pueden percibir los fríos dedos de la paranoia apoderándose violentamente de los destellos de lucidez. Entonces, uno se da cuenta de que ya es demasiado tarde para rogar un milagro redentor, demasiado tarde para erradicar la enfermedad que no tiene cura. Sólo los latidos del corazón certifican que se está vivo, pero podría tratarse de una ilusión, un deseo, un delirio inconsciente de origen desconocido.


Un abrazo.