sábado, 31 de marzo de 2012

Segundo email del 31 de marzo 2012

Thierry Poncelet


Hola nuevamente:

Hace un par de días recibí un email de un viejo conocido que, entre otras cosas banales y sin la más mínima importancia, me contaba que otro de nuestros amigos comunes había estado ingresado en un manicomio durante cuatro meses y que sólo hacía tres días que estaba de nuevo en casa. Me pedía que fuera a visitarlo, pues lo que él necesitaba era interactuar con las viejas amistades y sobre todo recordar buenos momentos pasados, así que ayer a medio día, armado de valor y fuerza de voluntad, me dirigí a su casa. Me recibió dando saltitos, supongo que no podía hacer otra cosa ya que iba disfrazado de merluza en rodajas. Con su amabilidad característica me rogó que me sentara, pero como no había ninguna silla en la habitación opté por acomodarme encima de la tv. Después de servirme un té que sabía a arena del desierto del Kalahari y mientras trataba de quitarse el disfraz, me contó que por primera vez en su vida había logrado hacer dos cosas que le llenaban de satisfacción: la primera era haber descubierto la felicidad dentro de un bote de mermelada de frambuesa y la segunda, que ya podía mirar su pene al orinar sin sufrir ataques de pánico. Mientras me congratulaba por sus maravillosos éxitos, lo que quedaba de mi amigo se puso a practicar flexiones abdominales encima de su perro que, lógicamente disgustado, salió a toda pastilla de la estancia dejando a éste tirado en el suelo en una posición francamente lamentable y obscena.

No llevaba en su compañía ni media hora (aunque yo me sentía como si estuviera allí varios días), cuando de repente, decidió que iba a presentarme a su nueva novia. Mientras yo trataba de imaginar cómo podría ser la mujer que viviera con un tipo como ese sin sentir ganas de deslizarse por la ventana, él señaló orgullosamente hacia un punto de la nada y me dijo que se llamaba Rita. Intenté dar un beso al aire mientras le decía lo guapa que era y lo feliz que me sentía de que hubiera encauzado su vida. Él se mostró complacido y me preguntó si me apetecía hacer un trío. ¡Como lo oyes! Un trío entre él, yo y un una fracción de la nada más absoluta llamada Rita. Cuando rechacé su oferta, aduciendo que yo era tan heterosexual que la sola idea de ver otro pene me ponía enfermo, eso sin contar con que sería incapaz de mirar a su novia desnuda, se entristeció un poco -creo que esperaba mucho más de mi-. Así que, dándole las gracias por tan maravillosa velada, le dije que se hacía tarde y que, lamentándolo mucho, tenía que asistir a una reunión de ex-humanos anonadados.

Cuando salí de aquel antro de locura y enajenación, sentí un calambre recorriéndome la espina dorsal. Mientras me acercaba al bar más próximo, medité profundamente sobre el tiempo y la forma que tiene de cambiar a la gente. Mientras sorbía un té de verdad, sentí deseos de largarme lejos, a alguna parte donde fuese un extraño y donde nadie pudiera indagar en mi pasado, pero cuando pagaba por la consumición llegué a la conclusión de que, ya que nuestras vidas no son sino una vorágine de estupidez y autocomplacencia, mi deber, como desarraigado profesional, era seguir rodando, sin importarme las bajas que esta sociedad despreciable y consumista deja tiradas por el camino.


Besos.