viernes, 30 de marzo de 2012

Email del 30 de marzo 2012

Camille Corot, Moonlit landscape, 1874


Hola:


Esta es la historia de un pensamiento equivocado:


La injustificación lo parió, pero él se hizo grande a su manera. Durante un tiempo creció dentro de un espejismo concebido por un flujo de despropósitos unánimes; a veces, se dejaba notar mediante una serie de impulsos incontrolados, pero aunque yo sabía que existía y que su influencia podría causarme sensaciones delirantes, tuve el coraje necesario para impedir que su mensaje se fijara en mi cabeza. Eran días de sombras y distancia, las horas todavía podían catalogarse y la difracción de los recuerdos no era más que la eterna justificación de una agonía etiquetada. Cuando sentía su fuerza avasallando el dolor por medio de la tentación y seduciendo a la naturaleza, intentaba escapar a la desesperación con energía y materia. Entonces mis puertas estaban abiertas, y los vínculos redentores que danzaban en la profundidad de la noche eran mis únicos aliados y compañeros.

Pero como a veces suele suceder, las visiones incómodas se atrincheraron dentro de mi inconsciente amortajado y el magma sordo y mudo de la razón afloró a la superficie. El aire frío y viciado del espacio transformó las contradicciones en accidentes, los escenarios en espesura estrangulada y las coincidencias en inercia mutable.
El pensamiento hurgaba en la carne; la sentencia inquietaba a la causa; los restos del altar agrietado se desvanecían entre la absoluta pureza entrópica de un infinito imaginario, circunstancial pero premeditado.

Intenté subir los peldaños hasta algún punto donde la línea divisoria del horizonte no incidiera en sus propias  incógnitas; pretendí trasladar los espasmos, las sacudidas, las convulsiones hasta un lugar donde no pudieran ser malinterpretadas. En el camino sollocé, pero esas lágrimas pertenecían a los sonámbulos que habitan los fragmentos triturados del crepúsculo. El pensamiento, reforzado con las fibras pisoteadas de mis delirios inconscientes, me susurro unas palabras en forma de letanía persistente que deshizo la amenaza que planeaba sobre mi imprudencia: "La conciencia y la abstracción son la recompensa a tus flagelaciones."

De repente, un millar de posibilidades nuevas surgieron de la nada y se incrustaron en mi cuerpo, lo atiborraron de admoniciones que crecieron de forma asimétrica e imperfecta. Y la sustancia se deshizo de la materia, el volumen burló al origen y a la razón y las brillantes inclinaciones de la enfermedad y sus síntomas dieron paso a la revelación de una nosología infinita. Mientras trataba de secarme el sudor y la sangre, algo llamó mi atención: el pensamiento, engendrado por una conjetura causal y multívoca había sucumbido a su propia determinación.